Último domingo después de Pentecostés, Fiesta de Cristo Rey – Año A

Ezequiel 34:11-16, 20-24, Salmo 100, Efesios 1:15-23, Mateo 25:31-46

Hoy celebramos la fiesta de Cristo Rey. Cuando el Papa Pío XI instituyó esta fiesta en 1925, el mundo estaba en medio de la polémica social y política de ideologías extremas. La institución de la fiesta que hoy celebramos fue la respuesta de la Iglesia Católica a la crisis del mundo en esos momentos. El mensaje del Papa Pio fue sencillo: ¡Nuestro Rey es Cristo, y su realeza es diferente a lo que estamos acostumbrados! Él no viene ni con poder político, ni con armas, ni con amenazas. ¡No! Él es el Rey que vino a vivir entre nosotros y nosotras y como cada uno de nosotros.

La primera lectura de hoy del profeta Ezequiel nos describe la realeza de Dios, el gran pastor. Él es un pastor que mima a su rebaño, socorre a los débiles y a los perdidos y desproveídos. Nos guía a todos y a todas de manera gentil y compasiva, nos lleva al alimento y al descanso de esos montes de pastos verdes.

En la lectura del evangelio de Mateo que acabamos de escuchar, la imagen de Dios el gran pastor se nos amplía. Jesús aclara qué tipo de Rey es Él y cómo espera que todos y todas respondamos a su señorío. Según Mateo, este fue el último mensaje de Jesús al pueblo, antes de entrar en su pasión y muerte. Jesús establece de esta manera el porvenir del “reino eterno que está preparado para ustedes desde que Dios hizo el mundo”. Nuestra respuesta a su señorío es el Gran mandamiento de Jesús que nos pide: que con amor y humildad alimentemos a los hambrientos, demos agua a los extraños sedientos, acojamos a los desnudos y visitemos a los enfermos y a los encarcelados.

Con este mandamiento, Jesús nos invita a vivir con convicción su última voluntad para el mundo. Sus palabras nos guían a influir en el mundo resquebrajado en el que vivimos. Nos dice que nunca ignoremos el llamado de servir al prójimo: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron”.

Vemos en el evangelio que aquellos que son condenados no son condenados por hacer cosas malas, o por actuar de manera injusta o cruel, sino que son condenados por el bien que no hicieron. Jesús nos dice que no hay forma de evitar el Juicio Divino si hemos evitado involucrarnos en la compasión divina. Decir: “Bueno, nunca lastimé intencionalmente a nadie”, no es suficiente excusa para presentarle al Rey en el día final. En realidad, es una gran pérdida para nosotros, si no hemos actuado con amor y compasión en el servicio a los demás.

No importa qué tan piadosos seamos, no importa cuánto sirvamos a Cristo en los demás, no importa el amor que pretendamos tener, lo que nos lleva a ser verdaderos instrumentos del amor de Cristo en el prójimo, es ver el rostro de Cristo Jesús en cada persona a quien servimos de cualquier manera que tengamos que hacerlo.

Muchas veces pensamos que servir a Cristo no debería ser tan difícil, que no debería ser tan desalentador como a veces lo es. Tampoco, el hecho de que hagamos algo por motivos religiosos no significa que, por sí solo, sea sagrado. Muchas veces a lo que estamos llamados a hacer en el nombre de Jesús, no ocurre en la iglesia, sino en los lugares menos esperados: en una parada de autobús cuando ayudamos a otra persona a subirse, cuando alguien está enojado con nosotros, en una escuela donde escuchamos y confortamos a un adolescente con ansiedad o en una esquina donde ayudamos a alguien que se ha caído porque sufre de adicciones. Esos son momentos caóticos y también son momentos sagrados.

El llamado de Jesús es real, no deberíamos tener excusas para ignorarlo porque es un llamado del alma, es un llamado de discernimiento y de gratitud por la gracia de Dios recibida. Es un llamado a la acción y al servicio. No hay manera secreta ni misteriosa para responderle a Jesús. Si vamos al mundo con apertura de corazón, convicción y propósito cristiano, el rostro de Jesús se nos revelará en el rostro del prójimo. Y más aún, si queremos que Jesús se nos revele en nuestra vida diaria, también podemos pedirle en oración que lo haga. A veces creemos que le pedimos mucho, no obstante, siempre recordemos que Jesús nos escucha, que podemos contar con su guía divina. Jesús nunca se apartará de nosotros y nosotras, su espíritu divino nos inspirará, nos mostrará el camino y alimentará nuestro deseo de dar lo mejor de nosotros y nosotras a toda persona que camine a nuestro lado.

Si a través de las oraciones que le ofrecemos al Señor, no nos llenamos de la esperanza del Reino de Dios frente a lo que sucede a nuestro alrededor, entonces vivimos en la superficie de una realidad que es mucho más profunda. Nos arriesgamos a perder la presencia y la palabra de Jesús que pueden llegar a transformar una tarea mundana en una oportunidad para sentir el gozo de la presencia divina.

Hermanas y hermanos, la historia del evangelio de hoy es más que un llamado a servir. Es más que un llamado a ser buen cristiano o buena cristiana. Nuestro llamado es un llamado a mirar, a percatarnos, a dedicar nuestros días y nuestras vidas a buscar la imagen de Jesús en todo lo que hacemos. Es un llamado, sobre todo, a abrir nuestros corazones y a ver y servir al Cristo Rey que se encuentra justo delante y va al lado de nosotros. Es el llamado del salmista a regocijarnos en el Señor, a servirle con alegría, a alabarle, a darle gracias y a bendecir su nombre porque Él nos hizo y somos suyos, somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Vigésimo cuarto domingo después de Pentecostés – Año A

Jueces 4:1-7, Salmo 123 , I Tesalonicenses 5:1-11 , Mateo 25: 14-30.

El año litúrgico se acerca a su fin. Para cerrar el ciclo del recuerdo de la historia de la salvación, los últimos domingos del año siempre presentan el final de los tiempos para nuestra consideración. Hoy es el penúltimo domingo del año litúrgico. Quiere decir que el domingo que viene terminará el año tal como lo celebramos en las iglesias cristianas. El último domingo después de Pentecostés tendrá presente, de una manera especial, el triunfo de Cristo.

Por eso, la lectura de la primera carta a los tesalonicenses concuerda mejor con la parábola de los talentos, que Jesús nos cuenta en el evangelio de Mateo.

La primera carta a los tesalonicenses resulta ser el primer libro escrito del Nuevo Testamento. Es decir, fue escrita antes que los evangelios. Habían transcurrido unos veinte años después de la muerte de Jesús. Los eruditos colocan su composición hacia el año 51 de nuestra era.

Tesalónica era la ciudad griega que hoy se conoce con el nombre de Salónica. Era una ciudad cosmopolita, próspera y en ella florecía un sincretismo religioso, es decir, existían cultos de una variedad de religiones. En Tesalónica, Pablo fundó una comunidad cristiana.

Después de unos años, ya estando en Corinto, Pablo se acordó de su querida comunidad tesalonicense. Les envió esta primera carta en manos de su fiel discípulo Timoteo. El objetivo de la carta era consolarlos de sus preocupaciones con respecto al destino de sus seres queridos que ya habían muerto. Veamos cuál era el problema.

A los primeros cristianos les parecía que los acontecimientos relacionados con Jesús no habían llegado a una conclusión definitiva y perfecta. Creían en la resurrección de Jesús y en su ascensión a los cielos. Sin embargo, faltaba algo. Los cristianos que se habían quedado en esta tierra continuaban peregrinando. El peregrinaje continuaba siendo arduo y duro. Así que empezó a cundir la idea de que el regreso de Jesús era inminente. Esto explica el que los primeros cristianos vendieran sus posesiones y compartieran lo que tenían, pues, ¿para qué lo querían, si el fin del mundo estaba a la vuelta de la esquina con el regreso de Jesús? Convencidos de que Jesús volvía, la nueva comunidad de cristianos vivía en una expectativa inminente.

Pablo era uno de los más fervientes promotores de la vuelta definitiva del Señor. Las comunidades por él fundadas también se habían contagiado de su entusiasmo. Todos esperaban con urgencia el “día del Señor”. En ese día habría una gran fiesta como no se había dado otra en la historia de la humanidad. Rebosantes de alegría todos subirían al cielo en las nubes, a gozar de Dios por toda la eternidad.

No obstante, y como ya se mencionó, a los cristianos de Tesalónica les preocupaba la situación de sus seres queridos ya muertos. ¿Dónde están? ¿Qué les sucederá? Pablo contesta en esta carta de esta manera: “No se entristezcan, como los que no tienen esperanza. Dios resucitará primero a esos muertos y, luego, todos subiremos al cielo. Así que, ¡anímense los unos a los otros con palabras de esperanza y de consuelo”! Y la razón de todo ello es porque los tesalonicenses son “ciudadanos de la luz y del día”, y porque “Dios no nos destinó a recibir el castigo, sino a alcanzar la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

Ahora ya sabemos que Jesús no regresó, y que la expectativa sigue en pie. Pero ahora la pregunta tiene un aspecto diferente: ¿qué hacemos mientras tanto”. ¿En qué nos ocupamos mientras regresa el Hijo del Hombre, es decir, Jesús? La respuesta nos la ofrece la parábola tradicionalmente conocida como la parábola de los talentos. Hoy nos encontramos con que cada Biblia se refiere a los “talentos” de una manera diferente: unas hablan solamente de “talentos”, otras de “talentos de oro”, otras de “bolsas de oro”, otras de monedas”. Al parecer, en un principio la palabra “talento” no significaba moneda. Las traducciones modernas siempre se han referido a ella como “don”, “capacidad” o “aptitud”.

En esta parábola se nos invita a la diligencia, a la fidelidad mientras se consuma el tiempo. El punto de tensión se encuentra en la rendición de cuentas, y de manera especial en la conducta del siervo precavido. Jesús denuncia la inconsecuencia de los que reciben el mensaje del reino y luego se refugian en una seguridad estéril. Los discípulos de Jesús tienen que hacer fructificar los bienes del reino durante el tiempo que se les concede.

Así pues, los primeros en sentirse atacados por esta enseñanza fueron los escribas y fariseos que, como el siervo precavido, enterraron o escondieron sus responsabilidades en la tierra. Es decir, se aferraron a las leyes que ellos mismos habían creado, leyes, en muchos casos ridículas y sin sentido, que antes de beneficiar a los seres humanos, les impedían el caminar hacia Dios. Como sabemos, Jesús mismo en muchas ocasiones fue víctima de una situación tan legalista, cuando se le acusaba de quebrantar el sábado. Los escribas y fariseos debieran haber abierto su entendimiento a un espíritu nuevo y haberse arriesgado para poder crear nuevas oportunidades.

En segundo lugar, la parábola nos dice que Dios ofrece a cada persona diferentes talentos y cada uno debe responder con ellos de una mera responsable, incluso arriesgando para multiplicarlos. Aquí lo que importa no es cuántos talentos da a cada uno, sino cómo respondemos con los que hemos recibido. Dios no va a demandar cuentas a nadie por dones que no haya recibido. Pero sí quedará muy sorprendido de que no hayamos colaborado con los dones y talentos que nos ofreció.

Y esta enseñanza tiene sentido en todos los sectores de la vida. Por ejemplo, cómo podemos avanzar la causa de la humanidad para que se dé más justicia en el mundo, cómo podemos ser más responsables en nuestros hogares en nuestro matrimonio y en la educación de nuestros hijos y, finalmente, cómo podemos colaborar en nuestra iglesia, en nuestra comunidad de creyentes. No podemos asistir al templo como espectadores que van a contemplar un espectáculo. La iglesia somos todos, y todos juntos debemos esforzarnos para lograr que el reino de Dios sea una realidad lo antes posible.

El Rev. Isaías A. Rodríguez es misionero hispano en la Diócesis de Atlanta, donde ha ejercido el ministerio durante veinticinco años. Oriundo de España, ha vivido en Estados Unidos desde l974.

Vigésimo tercer domingo después de Pentecostés – Año A

Josué: 24:1-3ª, 14-25 , Salmo 78:1-7 , I Tesalonicenses: 4:13-18, Mateo: 25:1-13

La primera lectura de hoy es del libro de Josué. Este libro se encuentra en el Antiguo Testamento y le sigue al libro de Deuteronomio. El último verso del libro de Deuteronomio concluye con la muerte de Moisés a las puertas de Canaán y el primer verso del libro de Josué nos indica cómo las Doce Tribus de Israel entran a la Tierra Prometida bajo el liderazgo de Josué, el sucesor de Moisés. El texto narra que, al morir Moisés, Josué les pide a los israelitas su compromiso firme para con Dios, el único Dios y Padre de todos cuya presencia los acompañó a cada paso. Estuvo con ellos y nunca los abandonó ni durante las penurias vividas como esclavos en Egipto, ni durante su exilio por el desierto.

De la misma manera en la que Josué invitó a las Doce Tribus a sellar su alianza con Dios, a cada uno de nosotros y nosotras hijos e hijas del mismo Dios, continuamente se nos invita a sellar nuestro compromiso y entrega personal con Dios a través de Jesús.

El desenlace de la lectura de hoy es apropiado para reconocer que la providencia del Señor marca indeleblemente nuestras vidas al punto de ofrecernos no solo el cuidarnos, sino también prodigarnos sus continuas bendiciones.

Por nuestra condición humana, podemos portar en una mano el tesoro que Dios nos brinda y en la otra una situación de pecado que intenta separarnos del amor de Dios como sucedió con el pueblo israelita. Al igual que ellos, hemos confesado nuestra entrega a Dios, y sabemos que en este peregrinaje no estamos solos y nunca lo estaremos a pesar de nuestras transgresiones, porque a quien Dios toma de la mano nada ni nadie lo podrá separar de su corazón.

Jesús nos ilumina el camino, no obstante, está de nuestra parte escoger caminar con Él. Nosotros podemos exclamar, como lo hizo el pueblo israelita durante su travesía por el desierto: “Nosotros serviremos al Señor nuestro Dios, y haremos lo que él nos diga.”

En su carta a los Tesalonicenses, Pablo recalca la importancia del compromiso único que hemos de tener con Jesús. Pablo describe la muerte como una realidad-condición en la vida del creyente, que no será el final de la existencia por la creencia en la promesa de vida eterna.

Hay una historia en el budismo paralela a la de Pablo, la cual es sobre la semilla de fe que hemos de tener en el Dios y Padre de todos y de todas que nos dispone para nuestro encuentro definitivo con Él. Se cuenta de la vida de Gautama, mejor conocido como Buda, que estando en sus acostumbradas meditaciones fue interrumpido por una madre que llevaba en sus brazos su hijo muerto al nacer.  Acercándose a Buda, la madre afligida le dice: “Vengo a suplicarte le devuelvas la vida a mi hijo, pues conozco de tu sabiduría y sin duda sabrás qué hacer.” Buda le respondió: “Mujer ve a enterrar a tu hijo y regresa en una semana.” La mujer siguió sus indicaciones y lo visitó pasado ese tiempo. Buda le respondió: “Quiero que visites a tus vecinos y en cada casa que entres pide una semilla de trigo si en esa familia no han sufrido pérdida alguna.” Al cabo de unos días ella regresó donde el Buda con las manos vacías, haciéndole ver a la madre que todos sufrimos pérdidas graves en la vida y que no hemos de perder ni la fe ni la esperanza en la redención divina, como sucedió con las Doce Tribus de Israel.

Pablo ilustra una serie de imaginarios para describir el momento de reconocimiento de la madre desconsolada. Su relato hace hincapié sobre lo que sabemos sin duda alguna es la promesa salvífica dada por el Señor y en quien debemos confiar. El relato nos invita a reflexionar en vivir nuestra vida confiando plenamente en la presencia y en la providencia de Dios, presencia y providencia que nunca nos abandona, ni aún en los momentos más angustiosos y de sufrimiento.

Mateo en su Evangelio emplea la imagen y metáfora de las “lámparas de aceite” para explicar el bien y el mal que existe en la humanidad. La historia nos ayuda a entender que hemos de tener nuestras lámparas listas y con suficiente provisión de aceite, lo cual quiere decir que hemos de tener listas las obras que por fe hacemos y que presentaremos a Dios. La lámpara de aceite está disponible para combatir el mal o la oscuridad y también para facilitar el que podamos reconocer el camino acompañado con la luz del Evangelio de Cristo, el cual nos guía en esta existencia terrenal.

De la misma manera como el profeta Josué fue guiado por Dios y guió a las Doce Tribus de Israel, previniéndoles de escoger el camino aparentemente fácil por ser ese camino oscuro y sin la luz de Dios, asimismo Jesús en la parábola de las lámparas de aceite recalca la importancia de estar preparados y preparadas espiritualmente para ser guiados y guiadas en el camino de la vida.

Somos hijas e hijos de la luz y no podemos dar frutos distintos a los que son producto de la gracia. Somos una vez más herederos de su Reino y como tal, nuestras vidas deben reflejar este llamado salvífico con agradable olor a eternidad.

Somos también llamados a ser “lámpara” en un mundo cada día más “oscuro” donde el amor de Jesús es el modelo de vida relegado por el hijo de Dios. Donde la propuesta de Cristo en vigilia, preparación y espera, fácilmente se confunde con una respuesta mediática de velocidad, intereses personales e individualismo.

Hermanos y hermanas, confiemos en la presencia y la providencia de Dios en nuestras vidas y “Luchemos por ser luz y testimonio vivo para quienes se acercan a nosotros, amemos la gracia que es la luz de Dios en nuestra espera para que cuando Dios nos llame a su Reino reconozcamos su llamado.”

Vigésimo segundo domingo después de Pentecostés – Año A

Josué 3:7–17, Salmo 107:1–7, 33–37, 1 Tesalonicenses 2:9–13, San Mateo 23:1–12

Lo único que Dios desea para todos nosotros y nosotras es nuestra felicidad liberándonos de todo tipo de esclavitud y de cadenas que no nos dejan ser y vivir como hijos e hijas de Dios. Esta maravillosa realidad la encontramos a lo largo de toda la liturgia de la palabra de este domingo.

En la primera lectura escuchamos la manera como Dios, en su omnipotencia, libera al pueblo de Israel de la esclavitud porque Dios, en ningún momento, quiere vernos sufrir. En la segunda lectura tenemos el ejemplo y el testimonio del apóstol Pablo, quien trató al pueblo de Tesalónica con un cariño sin medida, dispuesto a dar su vida por aquellas gentes, a las que amó y les dio la Palabra de Jesús, Palabra que ellos acogieron en sus corazones. Palabra viva por la acción del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que obra en nuestros corazones para que lo conozcamos, lo amemos cada día más, y lo sigamos más de cerca como Él nos sigue de cerca.

La Palabra de Dios viva la acabamos de escuchar nuevamente. Su Palabra nos ofrece una respuesta para el aquí y el ahora en nuestras vidas. En ningún momento es un texto muerto. Es la Buena Noticia que nos habla de Cristo, de su vida y de sus obras; es la Buena Nueva de su persona, de su pasión, muerte y resurrección. Si dejamos que la Buena Nueva de Jesús entre en nuestro corazón, nos corresponde luchar para entenderla, aplicarla a nuestra vida, y hacer del mensaje de Jesús una sagrada prioridad. El mensaje de Jesús da esperanza aun cuando nos sentimos distanciados por nuestra propia falta de fe, indignados por la opresión que nos rodea y defraudados cuando las estructuras sociales no cumplen con nuestras expectativas.

Muchas personas hablan de estar indignados o indignadas. En el evangelio de hoy vemos cómo Jesús expresó su indignación con respecto a las actitudes y comportamientos de los fariseos y los maestros de la ley. Las palabras de Jesús nos advierten de la tentación de aparentar lo que no somos y cómo eso puede perjudicar a los demás hermanos y hermanas de la comunidad cristiana.  La persona indignada es aquella que está muy enojada o disgustada por algo que considera injusto, ofensivo y perjudicial. Jesús está indignado porque ve a su alrededor falsas muestras de religiosidad que hacen difícil la vida a la gente con “fardos pesados e insoportables”, en vez de anunciar a un Dios que es Padre y Madre para todos y que busca relaciones fraternas entre sus hijos e hijas.

En el fondo, la Buena Noticia denuncia las apariencias: en lo exterior, en las formas, los títulos, los cargos y las rentas, para conseguir prestigio, distinción y puestos de privilegio. Jesús denuncia a los fariseos y a los maestros de la ley. Su mensaje es también una advertencia para todos y cada uno de nosotros quienes formamos la iglesia de hoy, la iglesia del 2017, para que no caigamos en los mismos comportamientos y actitudes. Este evangelio nos invita a hacer un serio examen de conciencia y a preguntarnos si cada uno de nosotros y nosotras, con nuestro comportamiento, somos la causa del escándalo o de la injusticia en la sociedad en la que nos movemos, vivimos y existimos.

La vida del verdadero cristiano gira siempre en torno al decir y al hacer. Ser discípulo o discípula de Jesucristo no implica ser perfecto, porque no lo podemos ser. No obstante, seguir a Jesús, ayudar a que otros también lo sigan y aspirar a ser el mejor cristiano o cristiana que podamos ser, nos compromete a ser genuinos, humildes, honestos en toda acción realizada ya sea en nuestro trabajo, nuestros estudios, con nuestra familia, en nuestra diversión y vida en comunidad.

Para toda persona de fe, la Palabra de Dios resuena en nuestras vidas y almas. Es preciso saber que a través de nuestros semejantes y de todos los signos de los tiempos, Dios sigue hablándonos. De allí la importancia urgente de escuchar y leer, meditar y vivir la Sagrada Escritura como lo que en verdad es, Palabra de Dios, y no pretender ser agente de Jesús cuando no vivimos la vida que Jesús espera de nosotros y nosotras. El pueblo de Tesalónica tomó esta enseñanza muy en serio según nos indica la carta de Pablo.

Una invitación que nos es de gran provecho es el detenernos a reflexionar sobre la invocación de Cristo con respecto a la existencia de un solo Padre y un solo Maestro para la unidad de todo ser humano. Hemos de tener presente que la autoridad divina es la de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo – ese es el camino que nos sigue mostrando nuestro hermano y maestro Jesús. Él les dice a sus discípulos que no imiten a los fariseos ni a los maestros de la ley, sino que, más bien, hagan lo contrario. Que sean genuinos en sus palabras y en sus acciones. Que no nos dejemos llamar maestros, ni jefes porque el gran maestro y el gran jefe es Dios.

Nuestra prioridad ha de ser servir al prójimo. Tenemos que estar atentos, vigilantes, ser humildes, sinceros y listos para luchar contra esa tendencia de juzgar con ligereza al prójimo. No somos mejor que otros, somos todos creados y creadas en la imagen de Dios y dignos de su amor.

Hermanos y hermanas, salgamos de esta Santa Eucaristía llenos de Jesucristo, que es Buena Noticia para todos, y “contagiemos” a los demás hermanos y hermanas con su mensaje liberador de amor y de vida.

Día de Todos los Santos – Año A

Apocalipsis 7:9-17, Salmo 34:1-10,22, 1 Juan 3:1-3, San Mateo 5:1-12

Hoy se celebra una de las fiestas mayores de la Iglesia: el Día de Todos los Santos. Esta celebración religiosa se conmemora tanto el día primero de noviembre, como el domingo que le sigue. El Libro de Oración Común indica que, al igual que las demás fiestas mayores, el Día de Todos los Santos toma precedencia sobre cualquier otro día o celebración.

Según los historiadores, la primera celebración de este día se efectuó a principios del siglo cuarto, pero no se consolidó hasta principios del siglo séptimo bajo el Papa Bonifacio IV. El Papa Gregorio III hizo de Todos los Santos un día sagrado a mediados del siglo octavo y trasladó la celebración de la fecha original del 13 de mayo al 1ro de noviembre.

Este día nos brinda una oportunidad litúrgica y teológica para meditar sobre lo que llamamos la Comunión de los Santos, es decir, la unión espiritual o el vínculo que como creyentes tenemos con nuestros antepasados y con todos aquellos y aquellas que están aquí presentes, porque todos y todas somos propiedad de Cristo a través del sacramento del Bautismo.

Ese concepto de comunión y unión se puede comparar con el concepto de “seis grados de separación”, el cual indica que toda persona está conectada a seis pasos o menos de cualquier otra persona en el mundo, a través de una presentación entre personas desconocidas.  La diferencia en este caso es que estamos vinculados con los santos y las santas, no a través de una presentación, sino a través de la gracia de Dios y la fe que tenemos en Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Estamos unidos con todos los creyentes en el cielo y en la tierra. Esa unión se hace visible en la celebración de la Eucaristía, en la oración, en la proclamación de nuestra fe a través de los Credos y cada vez que nos acercamos al altar y recibimos los sacramentos.

No solo nos unimos a esa colosal nube de testigos, a quienes a menudo llamamos santos y santas; también estamos llamados a vivir en santidad. Muchas veces tenemos perspectivas limitadas sobre lo que es la santidad. Atribuimos el título de “santo” o “santa” a aquellas personas cuyas vidas han sido excepcionales en el servicio a Cristo a través de la historia, como lo fueron Santa Teresa de Calcuta, San Agustín, San Francisco de Asís, Santa Julia de Norwich y muchos más.

Los Santos y las Santas de la iglesia no solo son mártires y misioneros milagrosos de épocas pasadas. ¿Qué tenemos nosotros, el pueblo de Dios, en común con mártires, místicos, apóstoles y profetas? La santidad es la comprensión profunda de nuestra dependencia de Dios. Es un camino personal al corazón de Dios. Y en ese camino hay altibajos, errores que cometemos, desafíos, alegrías que experimentamos, pero sobre todo tenemos a Dios, que siempre camina a nuestro lado.

El Evangelio de hoy describe la santidad de una manera particular. Las Bienaventuranzas no son prescripciones para los creyentes, sino descripciones de los que creen. No es una invitación a ser, sino un retrato de quienes ya somos en Cristo Jesús.

Las Bienaventuranzas hablan del carácter moral de los creyentes y en muchos sentidos exige una conciencia ética. Estas lecturas ofrecen una excelente oportunidad para explorar el concepto de santidad. Al igual que muchas enseñanzas bíblicas, la explicación parece ser paradójica. Se trata de una experiencia de Dios en nuestras vidas que nos permite trascender las circunstancias de los momentos vividos y las experiencias vividas, sin importar cuáles sean.

Las Bienaventuranzas traen consigo el mensaje de la promesa divina, que se expresa de la siguiente manera: si nuestras vidas o nuestro carácter es de esta manera, entonces nosotros y nosotras recibiremos esta promesa de Jesús:

 

“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia.
Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”.

 

Hermanos y hermanas, estas son declaraciones profundas que describen la naturaleza de nuestro camino de fe como peregrinos cristianos que somos: somos ‘Gente del Camino’.

Algunas de las primeras órdenes monásticas pensaban que las Bienaventuranzas eran ventanas hacia un mundo nuevo donde el amor a Dios y al prójimo era posible. Esta perspectiva todavía es relevante. En este tiempo de tanta tensión social estamos llamados a recordar las palabras de Jesús, citadas en el Evangelio de hoy: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. La promesa de Jesús es que nuestra necesidad de justica será saciada. Que Dios permita que arda en nuestros corazones una necesidad inmensa por la justicia social y que nuestras oraciones y acciones reflejen el amor de Dios y la valentía de Jesús al retar las estructuras opresivas de nuestros tiempos.

Hermanas y hermanos, el Evangelio también dice: “Bienaventurados los de corazón puro, porque ellos verán a Dios”. Cuando puedan ver a la persona que está a su lado más allá de sus defectos, carácter, desafíos, frustraciones y luchas, podrán ver a Dios. Si logramos esto, ya hemos iniciado nuestro viaje hacia la santidad.

El teólogo reformista Martín Lutero ha sido citado por llamar a los santos difuntos como: “aquellos que han completado su viaje bautismal.” Hoy, en muchas iglesias, los fieles se reúnen para recibir a personas de todas las edades en la comunión de los santos vivos a través del sacramento del Bautismo. Dios permita que toda persona que proclame el Pacto Bautismal en este día y que recite el Credo Niceno reciba una renovación de fe, de energía y de compromiso con la humanidad para que reine el amor, la justica y la razón en este mundo.

 

La Muy Rev. Miguelina Howell es originalmente de la República Dominicana y es Deana de Christ Church Cathedral, Hartford.  Miguelina sirve como capellana de la Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal, miembro de la facultad para programas del Departamento de Educación y Bienestar del Fondo de Pensiones y miembro del Consejo Asesor del Misionero Latino de la Iglesia Episcopal. 

Vigésimo primer domingo después de Pentecostés – Año A

Deuteronomio 34:1–12, Salmo 90:1–6, 13–17,  1 Tesalonicenses 2:1–8, San Mateo 22:34–46

A lo largo de nueve domingos hemos leído y escuchado en nuestras comunidades la historia del pueblo de Israel en la etapa que va desde la esclavitud en Egipto hasta la llegada a la Tierra Prometida. En cada uno de esos domingos, se ha contado parte de la vida de Moisés, el líder escogido por Dios para guiar a su pueblo a través del desierto.  Dios libró a Moisés de la muerte, porque el faraón había ordenado el exterminio de niños varones hebreos nacidos en Egipto durante los tiempos de la esclavitud.

Moisés fue protegido por Dios hasta el momento en que Dios lo llamó en el monte Horeb, conocido también como el monte Sinaí. Ahí Dios le encomendó a guiar al pueblo hebreo y a librarlo del martirio de la servidumbre y abusos de los capataces egipcios. La jornada por el desierto está marcada por innumerables pruebas para Moisés y para el pueblo de Dios. Hay momentos en los que Moisés desfallece frente a las flaquezas de los israelitas. Hombres y mujeres olvidan con facilidad las proezas que Dios hizo para liberarlos de la esclavitud.

La lectura de este domingo tomada del Deuteronomio nos muestra a Moisés al final de su vida. El escenario es impresionante. Escuchamos e imaginamos a Moisés contemplando a lo lejos la Tierra Prometida desde lo alto del monte Nebo en el desierto de Moab. El Señor le dijo: “Éste es el país que yo juré a Abraham, Isaac y Jacob que daría a sus descendientes. He querido que lo veas con tus propios ojos, aunque no vas a entrar en él.”

Podemos imaginar el efecto que tuvo en Moisés el escuchar esas palabras de Dios. Había llegado a la meta y no podía celebrar semejante logro. Para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, que vivimos bajo el imperativo de alcanzar el éxito, el final de Moisés nos parece un gran fracaso. No es un final feliz, no hay copa de la victoria que levantar y Moisés tiene que conformarse con ver a lo lejos una tierra que otros y otras recibirían como herencia.

No es fácil entender la historia de Moisés cuando hemos sido programados para alcanzar el éxito y el reconocimiento por nuestro esfuerzo y sacrificio. Las preguntas que podemos hacernos son: ¿Cuál es el propósito de nuestros esfuerzos?  ¿Cómo encajan nuestros esfuerzos con la misión de Dios?

En nuestra práctica de fe es importante recordar las palabras de la segunda lectura tomadas de la primera carta de Pablo a los Tesalonicenses: “No tratamos de agradar a la gente, sino a Dios, que examina nuestros corazones”. Al final de todo, lo que realmente cuenta es haber sido fieles al mandato del Señor, aun cuando en la sociedad la tendencia es buscar incansablemente triunfos y logros.

La organización de la iglesia primitiva era muy diferente a las maneras como se organizan las jerarquías eclesiásticas hoy día. Durante los primeros siglos el énfasis estaba en la vida comunitaria que celebraba la multiplicidad de dones tanto en los hombres como en las mujeres. El apóstol Pablo no hubiera podido desarrollar una empresa misionera de largo alcance sin el apoyo de líderes locales en diferentes lugares. El mensaje primordial de Pablo a las nuevas comunidades cristianas fue la resurrección del Señor.

Con el paso del tiempo, los nuevos líderes cristianos no pudieron dejar de lado su propio poder. Los efectos negativos de tales comportamientos todavía se hacen sentir en las distintas confesiones cristianas. Un ejemplo de ello es la primacía del varón en los asuntos tanto litúrgicos como administrativos de un buen número de iglesias. Con pena y vergüenza debemos reconocer que se desarrolló en cierto momento de la historia de la iglesia, toda una campaña para excluir a la mujer de los principales puestos del liderazgo ministerial. Son pocas las iglesias que hoy en día otorgan a la mujer un espacio de participación plena y desarrollo en la vida eclesial.

El evangelio de este domingo nos habla nuevamente del deseo que tenían los líderes religiosos de atrapar a Jesús. Saduceos, fariseos y otros líderes de la ley se acercaron a él con la intención de eliminarlo de la escena pública, formulándole preguntas comprometedoras. Reconociendo la mala intención de sus preguntas, Jesús les responde con prudencia y sabiduría. Ellos preguntaron: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?” Jesús les dijo: —“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.” Según la creencia y las leyes de la época, la respuesta es correcta y completa. No obstante, Jesús le agregó una segunda parte al primer y más importante mandamiento de amar a Dios. Jesús les dijo: “Pero hay un segundo parecido a este; dice: ‘ama a tu prójimo como a ti mismo.’ En estos dos mandamientos se basan toda la ley y los profetas.” Al incluir a la humanidad, Jesús completa el gran mandamiento de amor.

Cuando nuestras prácticas religiosas se enfocan únicamente en doctrinas y fórmulas de fe, corremos el riesgo de vivir una fe hipócrita y sin fundamento. Desafortunadamente, en nuestra cultura religiosa se prioriza aprender de memoria algunas verdades de fe, pero sin conectarlas con nuestra práctica diaria.

El Pacto Bautismal que encontramos en el Libro de Oración Común (pg. 224) incorpora promesas de acción cristiana donde los bautizados (si pueden), los padres, padrinos y la congregación se comprometen a seguir. Cada una de esas promesas está encabezada por una palabra que alude a una acción específica: continuarás, perseverarás, proclamarás, buscarás y lucharás. Estas son las acciones que cada persona bautizada se compromete a llevar en su práctica cristiana.

Al igual que en los tiempos de Jesús, en nuestro ambiente religioso existen diferentes grupos con distintas tendencias. El cuestionamiento y la desacreditación entre grupos opuestos siempre existirá. Los episcopales somos tildados de liberales al ofrecer en nuestra Iglesia una radical bienvenida a todos y a todas sin distinciones de género, raza y sexualidad. Los círculos religiosos más conservadores cuestionan nuestra práctica inclusiva por no interpretar literalmente algunos pasajes bíblicos y enfatizar el respeto a la dignidad de toda persona.

Con frecuencia escuchamos a los miembros de nuestras comunidades expresar lo difícil y arriesgado que significa explicar a los fariseos de hoy, que Jesús no discriminó a ningún ser humano, porque al igual que los maestros de la ley en el evangelio de hoy, algunos y algunas se acercan a nosotros con la intención de culparnos por faltar a las Sagradas Escrituras o a las verdades de la fe cristiana. Pensar no ofende a Dios; lo que sin duda le ofende es que juzguemos a los demás desde nuestros miedos y prejuicios.

Hermanas y hermanos, mantengámonos firmes en nuestro pacto bautismal en el cual Jesús nos da las palabras que llevan a la acción cristiana. Su mandamiento es de amor incondicional a Dios y al prójimo, para así guiar y transformar nuestras vidas y poder sostener una sociedad más justa, inclusiva y compasiva.

Vigésimo domingo después de Pentecostés – Año A

Isaías 45:1-7, Salmo 96:1-9, 1 Tesalonicenses 1:1-10, Mateo 22:15-22

“Den al emperador lo que es del emperador y a Dios lo que es de Dios”. Estas palabras que tanto hemos escuchado nos sitúan en una disyuntiva. Con ellas, Jesús nos dirige a escoger entre el reino de Dios o el reino de este mundo, por aquello de que, “nadie puede servir a dos señores, pues, u odia a uno y ama al otro, o apreciará a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al dinero”.

Esta disyuntiva se planteó ante los representantes de fariseos y herodianos, dos grupos influyentes en la vida religiosa y política de Israel en un momento de creciente tensión entre Jesús y las autoridades judías, autoridades que se negaban a creer en Él. Fariseos y herodianos eran grupos con intereses opuestos, pero en esta ocasión se juntaron con el firme propósito de encontrar la manera de acusar a Jesús y de hacerlo desaparecer, porque Jesús con su predicación y sus enseñanzas buscaba producir un cambio profundo en los corazones de sus seguidores.

En el tiempo de Jesús, el pueblo de Israel estaba dominado política y militarmente por el Imperio Romano. Muchos judíos que tenían un espíritu nacionalista buscaban acabar con la opresión romana más que todo en lo que se refería a pagar impuestos a un imperio opresor. Sin embargo, cuando se encontraron con el avance del liderazgo de Jesús, llegaron hasta traicionar sus propios sentimientos nacionalistas y su deseo de independencia y libertad. La predicación de Jesús perturbó tanto a los líderes judíos, que prefirieron traicionar sus principios aliándose a un emperador pagano antes que aceptar y reconocer a Jesús como el Mesías, el enviado de Dios. Por esa razón, los líderes acusan a Jesús de rebelde. De lograr su propósito, los romanos se dispondrían a arrestarlo y a matarlo.

La polémica consistía en determinar si se debía pagar o no el impuesto al emperador César. La pregunta que le hacen a Jesús “¿Está bien que paguemos impuestos al emperador romano o no?” tiene su lógica. Es una pregunta que intenta llevar a Jesús a un terreno movedizo y desarmarlo de su poder. La respuesta de Jesús tenía que ser muy bien analizada. Si Jesús contestaba que no, se ponía en contra del emperador a quien se le tenía en lugar de un dios, y si contestaba que sí, se echaba en contra al pueblo judío que estaba hastiado con el pago de impuestos. Dándose cuenta de la malicia de la pregunta, Jesús respondió con otra pregunta: “Hipócritas, ¿por qué me tienden trampas?”  y pidiéndoles la moneda con la que se pagaba el impuesto, les preguntó: “¿De quién es esta cara y el nombre que aquí está escrito? Le contestaron: – Del emperador”.  Entonces Jesús les dio una respuesta clara y desconcertante, “Pues den al emperador lo que es del emperador y a Dios lo que es de Dios”.

Como la moneda llevaba la imagen del emperador, les quedaba claro a los líderes religiosos que el gobierno tenía la potestad sobre ese recurso material y humano. Y nosotros y nosotras porque llevamos el sello de Dios, es a Dios a quien le pertenecemos. Jesús no buscaba separar lo humano de lo divino. Él nos exige establecer diferencias entre su reino y el reino de este mundo. Nosotros, aunque estemos en este mundo, no podemos idolatrar a nada ni a nadie terrenal. Tenemos que vivir nuestra fe en el contexto que nosotros mismos hemos creado, enalteciendo los valores humanos que provienen de las estructuras que hemos instituido. Es desde ese contexto que Jesús nos invita a profesar nuestra fe con autenticidad, sobrepasando los bienes pasajeros y amando inmensamente los bienes eternos. Jesús nos recuerda que estamos en el mundo pero que somos ciudadanos del reino celestial.

La respuesta de Jesús: “Den al emperador lo que es del emperador y a Dios lo que es de Dios” nos muestra que nuestro Señor es un Dios celoso y que no comparte su gloria. Esto lo confirma el profeta Isaías en la primera lectura de hoy, cuando dice: “Yo soy el Señor, y no hay otro; fuera de mí no hay Dios. Te pongo la insignia, aunque no me conoces, para que sepan de oriente a occidente, que no hay otro fuera de mí”.

Este mensaje también es proclamado por el apóstol San Pablo. Hemos escuchado en la epístola cómo la comunidad cristiana de Tesalónica fue acogida por el gozo del Espíritu Santo, lo cual la llevó a apartarse de los ídolos y a convertirse a Jesús, el Dios vivo y verdadero. El pueblo tesalonicense llegó a ser un modelo cristiano para otras comunidades. Supieron mantenerse unidos a Dios con una fe firme, un amor entrañable y una esperanza perseverante, a pesar de las muchas persecuciones que sufrieron. Ellos tenían los pies sobre la tierra y la mirada puesta en Cristo. En este sentido es fácil entender cómo ellos fueron verdaderos mensajeros del evangelio de palabra y de obra.

El testimonio de los tesalonicenses en los comienzos de la Iglesia sigue siendo válido para nosotros. En el tiempo en que vivimos, el fervor y los valores religiosos han disminuido en algunas culturas. En estas circunstancias es difícil ser testigo de Dios; a veces nos acobardamos, no nos gusta enfrentarnos a las dificultades ni a la falta de justicia. Por eso tenemos que confrontar como lo hizo Jesús antes las autoridades poderosas en Israel: “Den al emperador lo que es del emperador y a Dios lo que es de Dios”.

Apartémonos del camino fácil, no busquemos seguridad en los poderes del mundo que, aunque parezcan fuertes, se deshacen como la nieve. Más bien hagamos de Cristo nuestro refugio y no tengamos miedo a la muerte. Como dice San Pablo en la carta a los romanos: “Ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades, ni presente ni futuro, ni poderes, ni altura ni hondura, ni criatura alguna nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor”.

 

 

Decimonoveno domingo después de Pentecostés – Año A

Éxodo 32: 1-14, Salmo 106: 1-6, 19-23, Filipenses 4: 1-9, Mateo 22:1-14

Llevamos varios domingos escuchando en el evangelio de San Mateo que Jesús se dirige con parábolas o enseñanzas, no sólo a sus discípulos y a las multitudes que lo seguían, sino también a las autoridades religiosas y a los agentes del gobierno de aquella época. Su intención fue hacerles entender que Dios es quien tiene la última palabra. Nuestro Creador no solamente tiene la última palabra, también nos ha enseñado a través de las acciones de su hijo Jesús, cómo tomar acción y cómo ser portavoces del evangelio, particularmente cuando nos enfrentarnos a las injusticias del mundo.

La invitación al banquete celestial sí tiene una condición: querer seguir a Jesús y su gran mandamiento. Según las enseñanzas de los cuatro evangelios, todos somos escogidos y escogidas, no obstante, tenemos que aceptar esa invitación divina que se nos extiende a cada momento. Aceptar la condición de seguir a Jesús y la invitación al banquete implica no darle la espalda al “anfitrión”, como lo hicieron los invitados en el evangelio de Mateo.  Persona que no acepte la invitación se atiene a las consecuencias de vivir en la oscuridad de afuera en vez de la luz del reino. El designio de Dios no es excluir del banquete a ninguna persona de su creación, porque Dios sabe que su creación complementará y completará el reino celestial.

La parábola en el evangelio de hoy compara al Reino de los Cielos a un rey que deseaba celebrar la boda de su hijo. Escuchamos que, aunque muchos fueron invitados al banquete, ninguno se presentó.  Por las razones que sean, muchos creyentes tienen prioridades que no siempre incluyen el seguir los caminos que Cristo trazó.  También hay personas que no creen merecer la invitación que Dios les ofrece a sus hijos e hijas porque no se sienten dignas de estar en la presencia de Dios o de reconocerse como hijas e hijos amados de Dios Padre y Madre de todos.

De la misma forma que en la parábola de hoy el rey termina invitando a toda persona a la boda de su hijo, Jesús nos invita a cada uno de nosotros a compartir las Buenas Nuevas con toda persona que nos quiera escuchar.  Esa es la manera en que Jesús nos utiliza para realizar su misión en este mundo. Él nos invita a compartir nuestro amor y gracia, no solamente con personas de fe que conozcamos y que nos agraden porque ellos cumplen la ley de Dios, sino compartir esa gracia con toda persona. Nos dice la Santa Escritura que el rey terminó ordenando a sus criados a invitar a todos los que encontraran en las calles principales. Y ¿Por qué echó a uno de esos invitados? ¿Será que nosotros también vamos a ser rechazados? No, esa no es la manera de Jesús, pero como dije anteriormente, la condición que se nos presenta es seguir a Jesús, o sea aceptar la invitación al banquete que Él nos ofrece.

Algunas personas interpretan esta escritura como un rechazo personal. Inmediatamente piensan que ellos son los que van a ser excluidos por sus acciones o falta de acciones, no “llevar la ropa adecuada”, como en el evangelio, o de no comportarse como se espera.  Pero ¿acaso no son precisamente las personas que menos pensamos dignas de recibir la invitación de Dios, las personas a las que Jesús les dio un lugar preferido en su Santa mesa?

Nuestro Señor espera de nosotros lo que nosotros esperaríamos de cualquier invitado o invitada que llegara a nuestro hogar a participar de un convivio.  Al aceptar la invitación, nuestro compromiso es seguir las normas del anfitrión. A eso se refiere la parábola de hoy cuando dice que el invitado no estaba vestido apropiadamente para la celebración.  Ese invitado escogió no seguir las normas para que los demás pudieran disfrutar del banquete.  La parábola termina diciendo que Dios echó al invitado “a las tinieblas de fuera”, no porque Dios lo desee así, sino porque la persona escogió darle la espalda a Él.

En el libro de Deuteronomio encontramos unos versículos que afirman lo que esta parábola de Jesús quiere enseñarnos al invitarnos al banquete de la gloria eterna: “Mira que te he ofrecido en este día el  bien y la vida, por una parte, y por la otra, el mal y la muerte. Lo que hoy te mando es que tú ames a Yavé, tu Dios, y sigas sus caminos.  Observa sus preceptos, sus normas y sus mandamientos, y vivirás y te multiplicarás, y Yavé te dará su bendición en la tierra que vas a poseer.  Pero, si tu corazón se desvía y no escuchas, sino que te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses para servirlos, yo declaro hoy que perecerás sin remedio… Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia.”

 Dios quiere que sigamos el camino que Jesucristo nos trazó para llegar a Él. Jesús quiere que participemos plenamente del banquete que nos ha prometido. Dios nos ama tanto, que aun cuando esté “ardiendo de enojo” y quiera castigarnos, como lo quiso hacer con el pueblo hebreo en la lectura del Éxodo, Él está dispuesto a cambiar de parecer y recogernos en sus santos brazos, prodigarnos su amor infinito, misericordioso y reconciliador.

Dios desea tu felicidad y la mía y también desea nuestra fidelidad. ¿En qué manera?  Al hablar, al interactuar, al amar, al trabajar, al estudiar, al cuidar de nuestros cuerpos y de nuestras almas, y hasta en nuestra ira y desesperación. Él quiere que en nuestra ira seamos justos y compasivos con el prójimo. Además, Jesús quiere que invitemos a los que no se sienten convidados a la mesa o dignos de participar del banquete. Aceptemos entonces la invitación e invitemos a toda persona a la fiesta en este paraíso terrenal, de la misma manera como Jesús nos invita al banquete de la vida eterna.  ¡Celebremos con Dios y con el Espíritu Santo la fiesta a la que hemos sido invitados e invitadas!

 

Décimo octavo domingo después de Pentecostés (A)

Isaías 5: 1-7, Salmo 80: 7-14, Filipenses 3:4b-14, Mateo 21: 33-46

La mayoría de personas nacidas tanto en el campo como en la ciudad, han tenido la experiencia de plantar o ver a otra persona plantar árboles frutales u ornamentales con la ilusión de cosechar flores o frutos. Es posible que en esta tarea sembradora los que cosechan hayan tenido buenos resultados con los frutos esperados, y ¡qué alegría poder cosechar! No obstante, también es posible que el sembrador se sienta frustrado porque los árboles plantados no se desarrollaron lo suficiente o simplemente crecieron desordenadamente produciendo solo hojas, y ¡qué desilusión! Dan ganas de abandonar ese terreno para ir a plantar a otro lugar.

También nuestro Dios tuvo desilusión con el pueblo escogido de Israel. El profeta Isaías nos describe de forma poética el amor de Dios por su viña, pero a la vez la desilusión que tuvo al final por no encontrar los frutos de justicia y verdad que esperaba de Israel: “Mi amigo tenía un viñedo en un terreno muy fértil. Removió la tierra, la limpió de piedras y plantó cepas de la mejor calidad. En medio del sembrado levantó una torre y preparó también un lugar donde hacer el vino. Mi amigo esperaba del viñedo uvas dulces, pero las uvas que este dio fueron agrias. (…) El viñedo del Señor todopoderoso, su sembrado preferido, es el país de Israel, el pueblo de Judá. El Señor esperaba de ellos respeto a su ley, y solo encuentra asesinatos; esperaba justicia y solo escucha gritos de dolor.”

El evangelio de hoy y la lectura de Isaías 5:1-7 son similares. San Mateo, a través de un ejemplo sencillo conocido como la parábola de los labradores asesinos, nos habla del rechazo de los líderes judíos a la misión salvadora de Jesús y la consecuencia que iba a tener ese rechazo – quedarse fuera del reino de Dios. En el contexto agrario que presenta el evangelio, donde se desenvolvió Jesús, era muy fácil para sus interlocutores entender las imágenes de esta parábola. La viña era parte del diario vivir del pueblo de Israel, por eso tal vez Mateo insiste en que el objetivo de una viña es producir fruto. El hombre de la parábola representa a Dios, la viña representa a Israel, los viñadores son los líderes del pueblo de Israel y los servidores golpeados representan a los profetas que Dios envió a Israel. Matar al hombre y sacarlo de la viña significa la muerte de Jesús fuera de las murallas de Jerusalén, expulsado de la comunidad de Israel.

La muerte inmisericorde que se dará a los labradores malvados viene a ser como una profecía de la destrucción de Jerusalén por los romanos. Los otros labradores a quienes se les entregará la viña para que la trabajen, representan a los pueblos paganos que, contrario a Israel, creerían en Jesús y darían frutos de buenas obras unidos a la misión de Jesús.

Los líderes judíos se consideraban hijos de Abraham y lo llamaban su padre, por ser este el primer judío. Ellos depositaban su confianza en la carne, es decir, en el hecho de que eran hijos naturales de Abraham y en que fueron circuncidados. En tal sentido algunos líderes judaizantes entraron en la comunidad de Filipo y estaban atormentando a los fieles de esta comunidad diciendo que si no se circuncidaban no podían salvarse. Por esa razón, el apóstol San Pablo les advierte a los filipenses sobre esta clase de doctrina y con el ejemplo de su propia vida, les hace saber que no hay nada en este mundo que valga más que conocer a Cristo. Nada más puede darnos la salvación y la vida eterna.

San Pablo era un judío a carta cabal y cuando conoce a Cristo dice: “A nada le concedo valor, si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo, lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a él y encontrarme unido a él; no con una justicia propia, adquirida por medio de la ley, sino por la justicia que se adquiere por la fe en Cristo, la que da Dios con base en la fe.” En consecuencia, el reino de Dios les pertenece, no a los descendientes de Abraham en la carne, sino a los verdaderos descendientes de Abraham por la fe.

Hermanos y hermanas, recordemos que ese Jesús rechazado y asesinado es la piedra angular del cristianismo. Ese Jesús espera que nosotros, sus seguidores, demos frutos de santidad y de justicia. Ese Jesús nos ha convertido en sus nuevos labradores. Miremos a nuestro alrededor para ver cómo nosotros los creyentes estamos dando frutos de amor, de unidad, de justicia y santidad. Preguntémonos qué tipo de labradores somos y qué tipo de labradores queremos ser.  

Recordemos la lectura de Isaías donde la viña representa a Israel, y en el evangelio la vid verdadera de Dios representa a Jesús mismo – el amor de Dios encarnado. No seamos cristianos de nombre solamente, permitamos que el Espíritu Santo de Dios que mora por siempre entre nosotros sea nuestra guía, nuestra inspiración y que su amor reconciliador se deleite en ver florecer y dar fruto en las obras que emprendamos como sembradores de su reino. Como dijo Pablo, busquemos con esmero conocer y vivir interiormente el poder de Cristo resucitado que habita en nosotros y en nosotras y que a través del Espíritu Santo nos invita a ser los labradores de Jesús en este reino de Dios. ¡Que para nosotros y nosotras no haya otra alegría más inmensa que esa!

 — El Rvdo. Ramón Betances es vicario en las misiones hispanas de la Iglesia Episcopal San Benedicto y el Buen Pastor en la Diócesis de Atlanta.

Decimoséptimo domingo después de Pentecostés – Año A

Éxodo 17:1–7, Salmo 78:1–4, 12–16, Filipenses 2:1–13, San Mateo 21:23–32

El tema de la autoridad es central al evangelio de hoy. La autoridad no solo es parte integral de la sociedad en la que vivimos, sino también juega un papel importante en nuestras familias e inclusive en nuestras iglesias.  La autoridad es un reto para muchos y muchas porque es a la misma vez necesaria y mal utilizada.  ¿Alguna vez has conocido a alguien con problemas de autoridad? En este evangelio, los sumos sacerdotes y los ancianos se oponen a la autoridad de Jesús, y en la parábola, ambos hijos, desafían la autoridad de su padre.

Al hablar de problemas de autoridad, me incluyo, le incluyo a usted y reconozco que hasta las instituciones que nos gobiernan tienen problemas con la autoridad. Sin embargo, no estoy hablándoles de problemas de autoridad de la manera como generalmente entendemos esos problemas en nuestras vidas cotidianas. La pregunta que se nos presenta como obvia en el evangelio se refiere a si reconocemos y nos sometemos a la autoridad divina.

Tal vez nos sentimos confundidos con respecto a nuestro entendimiento y aplicación de lo que consideramos es la autoridad. A veces pensamos que se basa en credenciales y experiencia, muchos años de labor en la misma industria, años de educación, éxitos y logros, relación entre cónyuges, entre familiares, entre amigos e inclusive entre jefe y empleado. Asumimos que la autoridad viene de fuera de una persona y que se le es otorgada por sus circunstancias. Pensando de esta manera, algunas personas tienen autoridad y otras no la tienen. También y como adultos, a veces no nos gusta que nos enseñen, que nos corrijan o nos digan qué hacer y cuestionamos: “¿Quién crees que eres?” “¿Qué te da el derecho de decirme qué hacer?” O esta frase que usamos en la adolescencia: “¡Tú no eres mi jefe!”. Este cuestionar también lo escuchamos claramente en el desafío de los sumos sacerdotes y ancianos para con Jesús, “¿con qué autoridad estás haciendo estas cosas, y quién te dio esta autoridad?”

A través de la parábola de los dos hermanos, hijos del viñador, Jesús nos invita a considerar cómo reconocer nuestra propia autoridad. Hay en este ejemplo, un paralelo que a veces confundimos cuando se trata de la autoridad de Dios. A veces pensamos que Dios es nuestro jefe, el ser supremo en vez de pensar que Dios no es jefe, sino que Dios es Dios, nuestro creador. Cada día, Él nos invita a entrar a laborar a su viña. Cada día nos invita a ir al mundo en el que vivimos, y a actuar en ese mundo con autoridad justa y en Su nombre con los dones y talentos que nos ha otorgado. Esta manera de ejercer la autoridad con justicia es lo que los sumos sacerdotes y los ancianos no pudieron hacer y por lo cual Jesús retaba su autoridad como líderes religiosos en esa época. Ellos intercambiaron, por el poder humano, la autoridad dada por Dios. A veces, también nosotros y nosotras lo hacemos. Veamos no más lo que está sucediendo alrededor nuestro. Veámoslo en la ausencia de autoridad verdadera donde siempre habrá luchas de poder. En el ejercicio del poder cuidamos nuestros propios intereses, no obstante, en el ejercicio de la autoridad, miramos los intereses de los demás. Observemos el estancamiento de los sistemas políticos, las guerras que se viven en diferentes lugares del mundo. Miremos los conflictos que se presentan en nuestras propias relaciones. Estos conflictos son un ejemplo de poder mal utilizado, no de la autoridad. Nuestros líderes ejercen poder, pero muy pocos ejercen autoridad.

Pensemos en las personas que tienen autoridad en nuestras vidas, en la comunidad y en la iglesia. Algunas de esas personas dejan de lado sus propios intereses. No dominan ni controlan, al contrario, animan e inspiran. Esas personas inspiran fe, esperanza y confianza. Ellas también expanden el mundo, abren nuevas posibilidades y son un regalo de gracia para tantas otras personas. Nos ayudan a reevaluar nuestras vidas, cambiar nuestra manera de pensar, y vivir de manera diferente. Todo esto nos suena mucho como Jesús, y es muy diferente de aquellos que ejercen poder en vez de ejercer autoridad con justicia.

Hay personas en nuestras comunidades que no tienen posición de liderazgo, título o credenciales teológicas y, sin embargo, tienen una hermosa autoridad espiritual. Lo vemos en su compasión y dulzura. Lo oímos en la forma en que rezan. Lo sentimos en su amor por nosotros y por los demás. Estas personas también nos muestran el camino a la viña de la vida porque su autoridad viene de Dios. Dios comparte su autoridad con el pueblo de Dios. La autoridad que Dios comparte no es nada menos que sus propios atributos divinos; es la expresión y manifestación de la vida de Dios en y a través de la nuestra.

La autoridad compartida existe en nosotros y Dios lo manifiesta en nuestras carismas y dones. Esto significa que tenemos autoridad dada y compartida con Dios y por lo tanto es divina. Contrario a los sumos sacerdotes y autoridades en la época de Jesús, nuestro clero no tiene más autoridad que otras personas, sólo tienen autoridad diferente y diversa porque Dios da a cada persona dones y talentos particulares. Dios es generoso y extravagante con los dones que da y con la autoridad que nos comparte.

No hay persona sin autoridad, lo que sucede es que algunos reconocen y ejercen su autoridad y otros no. A algunas personas se les ha robado la autoridad, pero Dios conoce y ve la autoridad que nos ha otorgado y espera que nosotros lo afirmemos.  Terminemos haciéndonos estas preguntas: ¿Cuál es la autoridad que Dios le ha dado a cada uno de ustedes? ¿Qué dones, qué atributos divinos tiene usted? ¿Está compartiendo sus dones y autoridad? ¿Le dice usted a Dios que va a obrar por Él y no lo hace? Le dice usted a Dios que no va a obrar por Él, y termina haciéndolo?