Último domingo después de Pentecostés, Fiesta de Cristo Rey – Año B


[RCL]: 2 Samuel 23:1-7; Salmo 132: 1-13, (14-19); Apocalipsis 1:4b-8; Juan 18: 33-37

Hay un cuento infantil sobre un rey que se molestaba mucho con los pájaros que ensuciaban los muros de su castillo. Un día mandó a los hombres que le servían a cortar las alas de todos los pájaros del bosque para que no pudieran volar y seguir ensuciando los muros. Uno de los pájaros se le acercó al rey y le dijo: “Tú no eres como nuestro otro rey – él nos quiere y nos cuida y nunca nos hace daño”. El rey se asombró al escuchar al pájaro hablar de otro rey, ya que él estaba seguro de que, en su reino, él era el único rey.

Entonces, una tarde se vistió como un obrero y salió solo al bosque sin decirle nada a sus jefes de seguridad y fue en busca del otro castillo. Su deseo era conocer al otro rey del cual el pájaro le hablaba con tanta admiración y respeto. En una vuelta del camino, el rey se encontró con un albañil que le ofreció un vaso de agua y un lugar para descansar. Los dos empezaron a conversar y se hicieron amigos. En ningún momento el rey le reveló quién era él. El albañil lo llevó a ver los animales en la parte de atrás de su pequeña cabaña de madera. Allí le mostró todas las atenciones que él le ofrecía a sus animales. Le compartió cómo los cuidaba, y en especial, cómo trataba a los pájaros.

Uno de los pájaros se dirigió al albañil diciéndole “Gracias Majestad”. En ese momento el rey conoció al rey del bosque. Un rey que reinaba sin castillo, sin corona y sin ejército. Reinaba en el bosque por su amabilidad y su cariño hacia todas las criaturas. Él era un rey diferente.

En el pasaje del Evangelio de hoy, Jesús dijo, “Mi reino no es de este mundo”. Es claro que Pilato no entendía del todo la acusación de los judíos y que tampoco encontraba crimen alguno por el cual condenar a Jesús. Pero al admitir Jesús que Él era realmente rey, y, además, que su reino no era de este mundo, las cosas se complicaron. La verdad es que sí, Jesús es un rey. Y también es verdad que su reino no es de este mundo. Para entender el reino de los cielos – el reino que describe Jesús tantas veces en el Evangelio, lo primero que necesitamos, es tener fe.

Humanamente hablando, el reino de Jesús tiene muy poco sentido para quienes piensan en un rey sentado sobre un trono, que vive en un castillo y con mucha autoridad y poder. El reino de Jesús es un reino de servicio, humildad, entrega y sacrificio. Su trono fue la cruz y su corona fue adornada; pero con espinas.  El primero en su reino es aquella persona capaz de lavarles los pies a los demás y de las personas que se inclinan a recibir a un niño o a una niña en sus brazos, sabiendo que de ellos es el reino de los cielos. Todo lo que dice Jesús de su reino y de su reinado es lo opuesto a lo que popularmente pensamos de los reyes y de sus reinos.

Además, para quienes queremos ser constructores y partícipes del reino de Jesús en nuestros tiempos, hemos de escuchar sus palabras y su verdad. Jesús dice, “Los que pertenecen a la verdad, escuchan mi voz”. Esto quiere decir, que para ser discípulos debemos poder escuchar al maestro. Escuchar su voz y su verdad es parte esencial de nuestro desarrollo y crecimiento espiritual tanto como individuos y como comunidad de fe.

Lo cierto es que vivimos en un mundo en el cual todos queremos ser escuchados y escuchadas. Lo vemos cada día con el incremento de videos en YouTube, las múltiples plataformas en las redes sociales como Facebook, Instagram, Twitter, textos, correos electrónicos y el ciclo de noticias las veinticuatro horas al día y siete días a la semana. Con frecuencia enviamos mensajes a nuestros conocidos y muchos responden, y no sabemos cuántos realmente prestan atención a lo que se comunica. Con tanto ruido y tanta interacción, muy a menudo, la pregunta es: ¿Qué aspecto de la comunicación será más importante – el hablar o el escuchar? Hoy Jesús contesta esta pregunta para quienes deseamos ser realmente sus discípulos y discípulas. No podemos realmente construir el reino – y aspirar a ser discípulos de Cristo Rey – si realmente no hemos escuchado su mensaje, y escucharlo de verdad.

Hermanos y hermanas hagamos que el mensaje del amor a Dios y al prójimo sea parte de nuestro ser. Escuchemos el mensaje del reino con nuestros corazones.

El saber escuchar es parte esencial de la misión de la iglesia en nuestros tiempos. Es importante que los líderes escuchen a sus congregaciones y que sepamos integrar la práctica regular y necesaria de escucharnos los unos a los otros. El diálogo abierto y las oportunidades para dialogar sobre nuestras distintas perspectivas nos hace personas más abiertas a lo que el Espíritu Santo nos dice a través de nuestras hermanas y de nuestros hermanos en la comunidad de fe. Además, esta práctica de escuchar “intencionalmente” permite que existan relaciones más sanas y mayor comprensión entre todos. Si no escuchamos la voz de Dios y la voz de la comunidad de fe corremos el riesgo de caer en el individualismo y nos aislamos de los demás.

Nosotros hemos sido llamados y llamadas a ser miembros del Reino de Dios. En nuestro bautismo nos incorporamos para siempre en el Cuerpo de Cristo como hijos e hijas de Dios y herederos de ese reino. Hacemos presente el reino de Jesús cuando vivimos con sus actitudes, imitamos su bondad, y expresamos el amor de Dios hacia todos y todas con nuestro servicio y nuestra disponibilidad.

Salgamos al mundo en este día convencidos y convencidas de la grandeza de nuestra misión: la misión de hacer que el Reino de Dios se haga una realidad entre nosotros y nosotras, especialmente ante quienes sufren la injusticia, la opresión, los hambrientos, los inmigrantes, y los que sufren cualquier necesidad y se sienten que no tienen voz. ¡Que encontremos a alguien que nos escuche, nos abra los brazos y nos invite a tomar un lugar en el reino de Cristo, nuestro Rey!

El Muy Reverendo Dr. Alberto R. Cutié, es rector de la Iglesia de Saint Benedict en Plantation, Florida y autor de “Talking God: Preaching to Contemporary Congregations (Church Publishing). Es sacerdote en la Diócesis Episcopal del Sureste de la Florida, donde también sirve como Deán de Broward County.

Descargue el sermón de la Fiesta de Cristo Rey (B).

26 Pentecostés – Año B

Propio 28


[RCL]: 1 Samuel 1:4-20; 1 Samuel 2:1-10; Hebreos 10:11-14, (15-18),19-25; San Marcos 13:1-8

“Mantengámonos firmes, sin dudar, en la esperanza de la fe que profesamos, porque Dios cumplirá la promesa que nos ha hecho”.

Las lecturas y las oraciones de hoy nos invitan a avivar nuestra esperanza en Dios y a nutrir nuestra fe con el mensaje de las Sagradas Escrituras. En ellas aprendemos de Dios quien siempre cumple su palabra y vela por el bienestar de cada persona que confía en Él.

La epístola que escuchamos hoy es un extracto de la Carta a los Hebreos, que así se llama porque hace muchas referencias a los detalles del Antiguo Testamento y a su sistema de culto con sacerdotes, levitas, ritos de purificación y varias clases de sacrificios. El autor de la carta nos exhorta a acercarnos cada vez más a Dios y a mantenernos firmes en la esperanza que acompaña la fe en Cristo el Señor. Dice que los creyentes debemos ayudarnos unos a otros a seguir el camino de Jesús; que nos animemos mutuamente y que no faltemos a las reuniones de la iglesia. El sagrado escritor, con su estilo muy propio, nos comunica cuál es la razón de sus exhortaciones: “animémonos unos; y tanto más que vemos que el día del Señor se acerca”.

Ese concepto de “el día del Señor” se desarrolló durante la época de los profetas de Israel, cuando estos proclamaron que Dios se encargará de hacer justicia, trayendo paz para los que confían en él.  Los primeros cristianos también atesoraban la visión de la justicia divina y de la paz. Hacían lo que la colecta de hoy sugiere que hagamos: leían, consideraban, aprendían e interiormente asimilaban las Sagradas Escrituras para mantener vivas sus esperanzas en Dios. La visión de la justicia divina les llenaba de gozo y esperanza en medio de sus aflicciones, y con esta visión se consolaban. Por tanto, en sus reuniones leían las historias de la Biblia, como la de Ana, que muestran que Dios siempre cumple sus promesas y que siempre escucha al clamor de cada persona necesitada.

La historia de Ana que escuchamos en la primera lectura es un buen ejemplo de este principio de que Dios responde a las súplicas de sus fieles cuando están atribulados. Como muchas mujeres de su época, Ana se sentía avergonzada porque no tenía hijos. Fue motivo de burlas y de desprecio, incluso en su propia casa. En medio de la pena y la desesperación entraba una y otra vez en el tabernáculo de la presencia de Dios y con lágrimas le abría su corazón al Señor suplicándole que le diera un hijo. El llanto de Ana fue tal que Elí el sacerdote le reclamó porque pensó que estaba borracha.

Cuando Ana explicó que no estaba borracha sino acongojada por sus tristezas, Elí la consoló con la esperanza de que Dios escucharía su oración. Dios atendió su súplica y le respondió, concediéndole un hijo, el que conocemos como el profeta Samuel. El Señor cambió el lamento de Ana en gozo y alegría, como ella misma describe en su cántico: “Señor, yo me alegro en ti de corazón porque tú me das nuevas fuerzas…la mujer que no podía tener hijos ha dado a luz siete veces”.  El nacimiento de Samuel era una señal de que Dios cumplió la palabra que pronunció por medio de Elí. Para nosotros es una señal de que podemos confiar en lo que Dios nos ha dicho por medio de su Hijo Jesucristo.

El otro motivo importante de la historia de Ana es el tema de la justicia de Dios. Esta justicia divina cambia las vidas de los hombres y de las mujeres: Los pobres y necesitados reciben su sitio entre los lugares de honor; los orgullosos y los malvados son juzgados y condenados.

En algunos de sus detalles, el cántico de Ana tiene un fuerte parecido con el cántico de María, la madre de Jesús.  Por tanto, es razonable que sospechemos que Jesús habría escuchado de esta esperanza de la boca de su madre. Ella le habría hablado de la justicia de Dios, el que atiende las oraciones de los necesitados y que siempre hace cumplir sus promesas. De boca de Jesús los discípulos escucharon la misma proclamación del reino de Dios, el reino en el que impera la justicia verdadera y en el que los vulnerables son acogidos y protegidos de sus opresores.

En el evangelio asignado para esta semana, Jesús hace una declaración impresionante sobre el Templo de Jerusalén: “¿Ves estos grandes edificios? Pues no va a quedar de ellos ni una piedra sobre otra. Todo será destruido”. El Templo era el símbolo del pueblo judío y su relación con Dios, y Jesús insiste en que todo quedará destruido. Da su palabra. ¿Pero, por qué dice eso?

La declaración de Jesús se puede tomar como un simple pronóstico de lo que estaba por venir. El Templo había sido derrumbado anteriormente cuando ejércitos extranjeros invadieron a Israel y Judá, y en la época de Jesús los extranjeros ya habían tomado control de Jerusalén. Fácilmente podría pasar de nuevo, y de hecho ocurrió de nuevo cuando los romanos destruyeron el Templo en el año 70 después de Cristo.

Los teólogos han sugerido que algo más que un pronóstico ocurre aquí. Dicen que es un mensaje profético, o sea, es el anuncio de la intención de Dios que en su justicia “hace caer y hace levantar”.  Según esta interpretación, Dios habría juzgado al sistema sacrificial del Templo que no podía borrar los pecados del pueblo como Cristo hizo con su sacrificio en la cruz, pues “ofreció por los pecados un solo sacrificio para siempre, y luego se sentó a la derecha de Dios. Allí está esperando hasta que Dios haga de sus enemigos el estrado de sus pies, porque por medio de una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los que han sido consagrados a Dios”.

Cristo pagó el precio para liberar la humanidad de sus peores opresores: el pecado, el odio y la muerte. Y desde el cielo Cristo está esperando inaugurar el día del Señor para traer la justicia prometida a sus fieles y al mundo entero. Extrañamente este anuncio de una destrucción es en verdad, un anuncio alentador y una promesa de justicia y paz divinas.

Con esta promesa animémonos y mantengámonos firmes en esta esperanza de que Cristo cumplirá su palabra y nos abrirá el reino de los cielos.

El Reverendo Jack Lynch es Cura Párroco de la Iglesia Episcopal San Jorge en Central Falls, Rhode Island y es el Director del Instituto Ecuménico de Ministerio Hispano. Publica el blog “El Cura de Dos Mundos” (padrejack.blogspot.com).

Descargue el sermón de 26 Pentecostés (B).

25 Pentecostés – Año B

Propio 27


[RCL]: 1 Reyes 17:8–16; Salmo 146; Hebreos 9:24–28; San Marcos 12:38–44

El texto del evangelio de Marcos que se ha proclamado hoy hace parte de las últimas acciones y enseñanzas de Jesús entre nosotros mientras estaba en Jerusalén. Asimismo, también nosotros nos encontramos en la recta final de este año litúrgico, camino a la festividad de Cristo Rey. Esto lo vemos en las lecturas de estos últimos domingos las cuales vienen preparando el culmen de la misión de Jesús. El pasado domingo él mismo nos insistía en el mandamiento principal: el amor a Dios y al prójimo; ahora, nos hace un llamado a evaluar si nuestras acciones como seguidores y seguidoras suyos son el reflejo de dicho amor o están motivadas por algo distinto.

Jesús se da cuenta que los líderes espirituales de su tiempo y de su tierra obran sin amor, sin misericordia, sin sencillez, de ahí que les llame la atención fuertemente e invite a los demás a no aprender estas actitudes: “Cuídense de los maestros de la ley…” ¡Qué triste que el Hijo de Dios prevenga al pueblo de sus pastores! Y, es que tal vez la vocación de estos servidores de Dios y del pueblo se desvió para pasar a ser más un privilegio que una entrega, más un honor social que una vocación; el puesto de servicio tomó tal prestigio que se comenzaron a comportar con arrogancia olvidando su verdadera razón de ser: el amor a Dios y al prójimo.

Jesús hace énfasis en algunos de los comportamientos que ve en los maestros de la ley: ostentación: “les gusta andar con ropas largas”; vanagloria: “que los saluden con todo respeto en las plazas”; egocentrismo: “Buscan los asientos de honor en las sinagogas”; ambición: “los mejores lugares en las comidas”; hipocresía: “despojan de sus bienes a las viudas, y para disimularlo hacen largas oraciones”. Los ministros de Dios han olvidado que están llamados a servir y han abusado de dicha autoridad; han olvidado también que deberán presentar cuentas de dicha responsabilidad a Dios: “Ellos recibirán mayor castigo”.

Si revisamos, seguro nos daremos cuenta que estas actitudes son propias de muchos gobernantes, gente de farándula, ricos y poderosos, a quienes les gusta figurar en los medios, participar de grandes banquetes y fiestas, ser reconocidos por los demás, vestir ostentosamente, quieren ser el centro de atención y, sobre todo, muchos roban a sus gobernados o empleados mientras proclaman estar en su defensa.

Jesús nos hace caer en cuenta del peligro de no ejercer nuestro ministerio bautismal cristianamente. Todas estas actitudes son un buen termómetro para evaluarnos a nosotros mismos, pues si hicieran parte de nuestra personalidad reflejarían cuán mal estamos en el mandamiento del amor. Los cristianos estamos llamados al servicio a los demás, a la compasión, a la humildad y sencillez, a una vida austera, a la acogida, a darnos a los demás sin esperar nada a cambio. Por ello nuestro referente no son los poderosos, sino los humildes. Así lo observa Jesús al decir: “Les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros que echan dinero en los cofres”. La viuda humilde con su trabajo silencioso, donador, sencillo, desinteresado, gratuito y generoso nos enseña la grandeza de la entrega amorosa: “pues todos dan de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir”.

Debemos recordar que en tiempos de Jesús una mujer viuda era una persona vulnerable, quien, al no contar con su esposo protector y proveedor, podía rápidamente terminar en la mendicidad. Lo que estamos viendo es cómo una persona doblemente marginada, es decir, mujer y viuda, da mayor ejemplo de vivencia del mandamiento del amor, que sus mismos líderes religiosos. Así el caso de la viuda de Sarepta en el Primer libro de los Reyes, aquí la triplemente vulnerable al ser mujer, viuda y extranjera, es quien da al profeta Elías lo último que tiene para su sustento y el de su hijo, arriesgando por el prójimo hasta su propia vida: “Te juro por el Señor tu Dios que no tengo nada de pan cocido. No tengo más que un puñado de harina en una tinaja y un poco de aceite en una jarra, y ahora estaba recogiendo un poco de leña para ir a cocinarlo para mi hijo y para mí. Comeremos, y después nos moriremos de hambre”. Aun así, ella optó por servir.

Sin embargo, no es el servicio como asistencialismo o por costumbre, se trata del sacrificio en el servicio. Pareciere que dar de lo que me sobra o no necesito es mucho más fácil, aunque sea mucho, que dar de lo que se necesita o de lo que se carece; es aquí donde se nota el verdadero desprendimiento y espíritu donador. ¿Qué estamos aportando al servicio del Reino, de lo que nos sobra o de lo que necesitamos? Trátese de tiempo, talento, tesoro, la donación que hacemos al Reino, a la Iglesia, al prójimo debe ser de corazón, con espíritu de entrega amorosa y no como simple costumbre o compromiso.

Finalmente, la donación perfecta, ni siquiera son cosas, dinero, alimento, tiempo ni talentos. La entrega perfecta es la de Cristo, tal cual la recuerda la carta a los Hebreos: “ofreciéndose a sí mismo en sacrificio”. Ésta es la entrega más difícil, más que de las mismas viudas de Marcos y el primer libro de los Reyes, pues ya no se trata de dar de lo que se necesita para vivir, sino de ofrendar la persona misma, la propia vida. Si nos hacemos como Cristo por el bautismo debemos comprender que esto se trata de auto donación, de entender que la vida es para los hermanos y las hermanas y que en esa entrega la vida cobra pleno sentido, pues la realización humana está en el ser-con-los-demás; es en esto donde se evidencia con mayor claridad que se ha interiorizado el mandamiento del amor, que realmente se ama a Dios, al prójimo y a sí mismo.

Mientras los modelos políticos, sociales, de farándula y publicidad, nos prometen la felicidad en la fama, el dinero, el lujo, la admiración, la vanagloria y la superioridad, Jesús nos señala un camino diferente. Él es nuestro modelo de la entrega amorosa a los demás, el de dar la vida por los otros. Ahora hermanos y hermanas, a ponerlo en práctica y a servir con la humildad y la sencillez que el mismo Jesús nos enseñó.

El Rvdo. Dr. Richard Acosta Rodríguez es diácono en la Iglesia Divino Salvador, registrador diocesano y docente del Centro de Estudios Teológicos (CET) en la Diócesis de Colombia.

Descargue el sermón de 25 Pentecostés (B).

24 Pentecostés – Año B

Propio 26


[RCL]: Deuteronomio 6:1–9; Salmo 119:1–8; Hebreos 9:11–14; San Marcos 12:28–34  

Si nos preguntáramos cuáles son las reglas que hemos establecido y que guían nuestra vida diaria, la respuesta sorprendería porque nos daríamos cuenta de que nuestra vida se ve regida por muchas reglas. Fuera de las que obedecemos creadas por el gobierno nacional y el local, están las que nosotros y nosotras establecemos ya sea en lo estudiantil, en familia o para el trabajo. Es posible que tengamos reglas sobre cuánto queremos ahorrar, cuánto tiempo queremos pasar con familiares o amigos, o sobre cuánto tiempo pueden nuestros hijos e hijas navegar por el Internet.  Lo cierto es que hemos establecido reglas que seguimos sean estas formales o informales, conscientes o inconscientes.

La pregunta va encaminada a ayudarnos a determinar las reglas que seguimos ya que nos revelan lo que nos es importante. Precisamente en el Evangelio de hoy escuchamos que Jesús al responder a la pregunta acerca de los mandamientos, nos está revelando mucho acerca de sí mismo y del Reino de Dios.

El maestro de la ley le pregunta a Jesús: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús le contesta dándole no solo un mandamiento, sino dos. El primero, “ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” y el segundo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. La manera como Jesús une estos dos mandamientos nos indica que estos no pueden separarse. En otras palabras, no podemos amar a Dios y no amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. La muestra de que amamos a Dios se ve reflejada en nuestro amor también.

La pregunta de este maestro fue a raíz de otras conversaciones entre líderes judíos y Jesús, donde cuestionaban su fidelidad a las reglas judías. Las respuestas de Jesús siempre se centraban en las normas, tradiciones y reglas bíblicas. Por ejemplo, el libro del Deuteronomio donde se establece la importancia de la oración diaria, en el libro de Levítico en el que Dios se dirige a Moisés y le indica que le comunique a la comunidad israelita: “Ama a tu prójimo que es como tú mismo”. En estos textos se basa Jesús para decirnos que el amor por el prójimo resalta el amor de Dios por la persona.

Algo que pasó casi inadvertido fue el que el maestro de la ley estuvo de acuerdo con Jesús. Es posible que ni los judíos, ni Jesús ni el experto legal pudieran imaginar un tipo de amor sin el otro. Parte del impacto de esta historia es que el maestro judío estuviera de acuerdo con la respuesta de Jesús.

A lo largo del Evangelio de San Marcos observamos que los líderes religiosos constantemente observaban y criticaban cada movimiento de Jesús. Ellos juzgaban su comportamiento y sus acciones, acusándolo de “blasfemia” cuando perdonaba los pecados, cuando se sentaba a la mesa a comer con cobradores de impuestos y pecadores, y cuando sanaba a los enfermos. Esos hombres inclusive afirmaban que Jesús tenía un demonio porque sacaba demonios. Este cuestionamiento de Jesús lo hacían para defender su posición con respecto a las leyes judías.

El maestro, ya de acuerdo con los dos principales mandamientos, recalca que ese amor del que habló Jesús, “vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios que se queman en el altar”.  En este contexto lo que dijo el maestro de la ley pareciera ser una crítica implícita de las normas del Templo, pero no lo es. Ni Jesús ni el maestro estaban rechazando esas normas importantes del Templo. Jesús reafirma la prioridad del amor para Dios y para el prójimo sobre los sacrificios físicos y religiosos.

No nos debe sorprender que otros líderes judíos, además de Jesús, creyeran en la correlación entre amar a Dios y amar al prójimo. De hecho, el maestro de la ley en la historia de hoy representa a las personas judías que empezaron a apreciar y a estar de acuerdo con las enseñanzas de Jesús.

Jesús afirmó la respuesta del maestro diciéndole: “no estás lejos del reino”, porque vio que este señor sí comprendió la mayor enseñanza de Jesús, el amor. No obstante, el maestro no se unió a los seguidores de Jesús. No se trataba solo de ser sabio; se necesitaba algo más, un compromiso profundo a la humildad, la justicia y la igualdad de la humanidad creada por Dios.

Esta historia comienza a revelar la transformación de los individuos que rodearon a Jesús; aquellos que lo criticaron y que lo llevaron a la muerte. A pesar de la falta de amor que hubo en la condena, sacrificio y muerte de Jesús, la historia es testigo del gran mandamiento revelado por Jesús en ese encuentro del Evangelio de hoy: “ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” y el segundo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Esta historia revela el poder transformador de la palabras y acciones de Jesús. No solamente sobre sus seguidores, sino también sobre los que se consideraban archienemigos suyos. Esta historia nos invita a ser más abiertos a las diferencias de los seres humanos, a reflexionar, reconocer y validar a aquellos que a lo mejor no entendíamos y que por el poder del Espíritu Santo se nos revela el amar sin condición.

Estamos siempre invitados e invitadas, como nos lo muestra Jesús, a encontrar a la otra persona en donde se encuentre; a encontrarla e invitarla a que profundice su entendimiento de Dios y a que esa persona también nos transforme en la imagen más profunda de Jesús nuestro Salvador.

Hermanos y hermanas, el amor que enseñó Jesús nos lleva a la realización de su misión en este mundo, la misión que da vida en abundancia y promueve la justicia y la paz divina.

El Rvdo. Víctor Conrado es rector asociado en la Iglesia Episcopal San Marcos en la Diócesis de Chicago. Victor es miembro de la facultad del seminario Bexley Seabury y de Academia Ecuménica de Liderazgo.

Descargue el sermón de 24 Pentecostés (B).

23 Pentecostés – Año B

Propio 25


[RCL]: Job 42:1-6, 10-17; Salmo 34:1-8; Hebreos 7:23-28; Marcos 10:46-52

Hay un coro de niños que dice: “El amor de Dios es maravilloso. Grande es el amor de Dios. Tan alto que no puedo estar más alto de Él. Tan bajo que no puedo estar debajo de Él. Tan ancho que no puedo estar afuera de Él. Grande es el amor de Dios”. Al preguntar ¿Qué es el amor de Dios y cómo expresa Dios su amor? Podemos acercarnos a los textos leídos en el día de hoy para encontrar una respuesta. En términos generales nos dicen que el amor de Dios es restauración, es salvación y es salud.

El pasaje que concluye las lecturas del Libro de Job nos habla de la providencia de Dios como la forma de expresar su amor. Al Job sufrido, Dios lo restaura y lo sana física y espiritualmente, le devuelve toda la prosperidad que tuvo y mucho más. La Carta a los Hebreos dice que Jesús puede salvar para siempre a los que se acercan a Dios por medio de Él. Pero es en el Evangelio de Marcos donde Jesús nos da un ejemplo de cómo Dios expresa su amor.

En el Evangelio encontramos a Bartimeo, un mendigo ciego, a quien Jesús sana. Marcos es sucinto en el recuento y no nos dice mucho más acerca de Bartimeo. Es necesario profundizar en las condiciones de vida del tiempo para entender por qué este relato es importante.

La condición de discapacidad que sufre Bartimeo lo lleva a mendigar para poder sobrevivir. Allí se encuentra, al lado del camino, pidiendo la compasión de los que pasan. Quién sabe cuántos años lleva así. Depende de que alguien lo ayude a movilizarse de un lugar a otro. Depende de que alguna persona le dé algo para comer.  La realidad de la pobreza en los tiempos de Jesús toma vida a través del relato de los evangelios. Marcos denuncia la situación de vida de este hombre y con él, la de todos los que viven en la mendicidad. A la vez, denuncia a la Sociedad que le pasa al lado sin preocuparse por él: “al contrario, solo les preocupa silenciarlo”.

Bartimeo esta físicamente ciego, pero espiritualmente tiene visión. Y cuando le dicen que es Jesús de Nazareth el que va saliendo de la Ciudad, Bartimeo reconoce quien es Jesús. Y en Él encuentra su oportunidad. Sólo puede gritar con la esperanza de ser oído desde el lugar donde está sentado. Una y otra vez levanta la voz y grita pidiendo la compasión de Jesús, el Hijo de David. Jesús se detiene, Jesús lo llama, Jesús le da su tiempo y su atención, Jesús lo escucha. Bartimeo sabe en su corazón lo que necesita para recobrar vida, necesita recobrar la vista. Jesús, al sanar a ese hombre que era ciego y vivía de la limosna, le restaura su dignidad como persona, como ser humano, como hijo de Dios.

Esta imagen de un hombre o una mujer con alguna discapacidad sentados a la orilla de la calle, en una acera, o a la par de un local comercial, con una latita entre su mano extendida, pidiendo la compasión del que pasa, se encuentra con regularidad en nuestros pueblos y ciudades alrededor del mundo aún en nuestros días. Muchas personas les pasan de largo y no los ven, sienten temor si se acercan y es un problema si irrumpen en la celebración dominical.  La pobreza en la que viven, el rechazo y la exclusión social son una realidad que no se puede negar. A ellos no llegan los servicios sociales del estado, las organizaciones de ayuda social y las Iglesias se ven limitadas en su capacidad de respuesta. ¿Quién escucha los gritos y el llanto de los que viven en la pobreza en nuestros pueblos y ciudades? ¿Quién se detiene para escuchar, atender y responder a las necesidades integrales de la persona? ¿Quién denuncia y genera cambios en las estructuras de la sociedad que mantienen la pobreza?

Puede que se vea como una tarea titánica y compleja más allá de lo que cualquier individuo o comunidad pueda hacer. Puede que algunos digan que estas son situaciones que sólo Dios puede resolver. Y la realidad es que el amor de Dios se expresa y actúa a través de cada uno de nosotros. La nueva vida que nos es otorgada en el Bautismo nos anima a buscar y a servir a Cristo en todas las personas y a la vez nos compromete en luchar por la justicia y la paz. Jesús nos da el ejemplo al acercarse a la persona, entre ellas Bartimeo, el leproso, la hija de Jairo y la mujer con hemorragia. En el relato de Jesús y Bartimeo encontramos algunas pistas que nos pueden ayudar. Con información y conocimiento Bartimeo actuó: Llamó la atención de Jesús y se acercó a él. Jesús no ignoró la situación ni a la persona. Ambos entablaron una conversación dirigida a buscar respuesta y había un ambiente de respeto mutuo. El pasaje concluye con un Bartimeo quien es sanado tanto física como espiritualmente. Dios invita a su pueblo fiel a expresar su amor a otros sin temor. Nos invita a acercarnos e involucrarnos con el extraño, con la extranjera, con los indigentes. Dios nos invita a participar en la construcción de su Reino restaurando vidas, sanando cuerpos y almas, llevando la salvación de Cristo Jesús.

Las Sagradas Escrituras son la historia revelada de Dios y de cómo expresa su amor. Las palabras del Salmista reconocen los atributos de Dios que es amor “Proclamen conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos a una su Nombre. Busqué al Señor y él me respondió, y me libró de todos mis temores.” Respondamos con valentía a la invitación que Dios hace a amar y como Jesús tomemos el riesgo acercándonos al extraño, a la que es diferente; es así que podremosjuntos cantar con el Salmista “gusten, y vean qué bueno es el Señor”.

La Rvda. Glenda McQueen es Oficial de Compañerismo para América Latina y el Caribe de la Iglesia Episcopal.

Descargue el sermón de 23 Pentecostés (B).

22 Pentecostés – Año B

Propio 24


[RCL]: Job 38:1-7, (34-41); Salmo 104:1-9, 24, 35b; Hebreos 5:1-10; Marcos 10:35-45

Iluminados por las lecturas bíblicas de este domingo, un tema que surge es el de la oración y específicamente, la oración de petición.

Tanto en nuestra celebración eucarística, como en nuestra vida diaria, tenemos varias formas de oración. Están, entre otras, la oración de alabanza, en el gloria; la oración de perdón, en la confesión de nuestro pecado; la oración de ofrecimiento en las ofrendas; la oración de contemplación e invocación, en la liturgia eucarística; la oración de petición, en la oración de los fieles y la oración de acción de gracias en la colecta final. La síntesis de toda forma de oración está contenida en el padrenuestro.

Dentro de nuestras diferentes formas de oración, hay algunas que las hacemos sin esperar nada a cambio; las ofrecemos a Dios gratuitamente para contemplarlo, alabarlo y darle gracias. Pero hay también algunas expresiones que las hacemos con mucha fe, en espera de una respuesta. En la oración de petición, le pedimos al Señor algo o por alguien. Pedimos salud, trabajo, unidad familiar, por las necesidades de la iglesia y, en fin, por tantas intenciones que inquietan nuestro corazón, y que las ofrecemos llenos de fe y en espera de que Dios atienda a nuestro clamor.

En la oración muy a menudo nos desanimamos porque no obtenemos lo que pedimos. Entonces nos preguntamos por qué el Señor no atiende a nuestras súplicas. Muchos responden que tal vez lo que se pidió no era lo que se necesitaba, a lo cual el Señor no respondió. Otros afirman que el Señor es sordo al que sufre, y que se hace ajeno al problema humano. Otros dicen que hay que seguir pidiendo puesto que le faltó fe a la petición, e invitan a orar sin desanimarse. Y cada uno, de alguna manera, encuentra alguna razón para justificar que la oración no fue atendida de acuerdo con sus deseos y a la voluntad de cada uno. Tristemente también encontramos que muchos pierden la fe y nunca más vuelven a orar o volver la mirada a Dios.

En el evangelio de hoy encontramos a dos discípulos de Jesús, Santiago y Juan, que, en el camino a Jerusalén, se le acercan para hacerle una petición: “Concédenos que en tu reino glorioso nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda.” Todo indica que las peticiones de Santiago y Juan no reflejan bien el amor y fidelidad a Jesús, su deseo de estar siempre cerca de él, siendo fieles hasta el final, en todo tiempo y momento. Sus peticiones apuntan más bien hacia la búsqueda de un privilegio, de un premio o un favor exclusivo. Su petición está más centrada en el individualismo y de alguna manera en la búsqueda de protagonismo, ya que aquí, en nuestro mundo no creían haberlo logrado. Como dice Jesús, “los pueblos los esclavizan”. De ahí que la respuesta dada por Jesús, de alguna manera, avergüenza a Juan y Santiago y motiva el enojo de los demás discípulos.

En esta lección del evangelio de hoy encontramos entonces, un gran contraste entre las enseñanzas de Jesús sobre el discipulado y las peticiones de estos dos discípulos. Mientras Santiago y Juan piden privilegio, posición, estatus, en el reino de Dios, Jesús les enseña algunas de las características más importantes del discipulado como la fidelidad, el servicio, la humildad y la apertura a la propuesta de Dios. Para ser discípulos del reino, se debe renunciar a privilegios, puestos de honor, y lugares exclusivos; implica abrir nuestro corazón a la fe en Dios que, mejor que nosotros, sabe lo que necesitamos. El discípulo, ante todo, debe ser hermano y hermana, que busca y ofrece el mejor puesto al otro, a aquel más necesitado, dejando que Dios le asigne el lugar que más le conviene, lo que Dios considera adecuado. Sabemos que al buen discípulo el Señor le asignará el puesto del justo.

Muchas veces el estar abiertos a la propuesta del Padre y aceptar ser sus discípulos conlleva sufrimiento. Sufrimiento que puede ser consecuencia de nuestro compromiso y fidelidad a la promesa y alianza hecha con Dios. Así que dice Jesús: “¿Pueden beber este trago amargo que voy a beber yo, y recibir el bautismo que yo voy a recibir?”

Esta pregunta de Jesús es una forma de respuesta para los discípulos, al indicarles que más que lugares de privilegio, el discípulo, en su caminar cristiano, podría encontrar lo que Él encontró en el camino: rechazo, burla, persecución, injusticia, y en última instancia, hasta la misma muerte. La pregunta-repuesta de Jesús significaría también que nuestras peticiones hechas a Dios pueden conllevar muchos tragos amargos, como el que Él bebió desde su cruz, y que son como una expresión de aceptación y fidelidad a Dios.

Este pasaje bíblico, nos puede llevar a pensar que muchas veces somos necios en nuestras peticiones. Pedimos lo que no necesitamos, pedimos puestos de honor que no merecemos, o simplemente pedimos privilegios que no reflejan la actitud de un discípulo verdadero.

Una característica común de nuestras oraciones es que muchas de ellas son como las de Santiago y Juan, peticiones exclusivas, individualistas y hasta de alguna manera egoístas, que no tienen en cuenta la necesidad y padecimiento de los demás. Así, pues, nuestra oración de petición debe ser precedida por un momento de reflexión, en el que nos deberíamos preguntar si nuestros deseos son los deseos de un discípulo del reino, si nuestras necesidades son algo necesario y bueno que Dios debe dar a sus hijos, y si son consecuentes con nuestra meta final que es la realización del reino de Dios entre nosotros.

Pero por encima de todo, sepamos orar o no, la invitación constante de Jesús es que oremos siempre y sin desanimarnos, que en el camino del discipulado Él nos enseñará a orar. También sabemos que Dios nos da no solo lo que necesitamos, sino mucho más. Él se nos ha revelado como un Dios lleno de amor y generosidad que da en abundancia, no solo hasta saciarnos, sino hasta que queden sobras.

Es digno anotar también, que el deseo de Dios y el deseo del ser humano se encuentran, porque Dios, más que nosotros, quiere que seamos felices y salvos. Él ve nuestro sufrimiento y se conmueve; Él no se hace sordo a nuestra súplica. Aquellos que ya han logrado una madurez en la vida cristiana, que ya han abierto totalmente su corazón a la propuesta de Dios saben que antes de pedirlo, el Padre ya se lo ha concedido. Y, por lo tanto, su oración solo es de alabanza, gloria y agradecimiento.

El Rvdo. Fabio Sotelo es oriundo de Colombia y pertenece a la Diócesis de Atlanta, donde ejerce como misionero de dos comunidades hispanas.

Descargue el sermón de 22 Pentecostés (B).

21 Pentecostés – Año B

Propio 23


[RCL]: Job 23:1-9,16-17; Salmo 22:1-15; Hebreos 4:12-16; Marcos 10: 17-31

En la lectura del evangelio que acabamos de escuchar, un hombre rico le hace una pregunta a Jesús. Le hace una pregunta que tal vez varios de nosotros le hemos hecho: ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Para la gente de hoy día la vida eterna se define como el cielo. ¿Cómo podemos llegar al cielo? Mucha gente piensa que para llegar al cielo se tiene que ser una persona buena. ¿Cómo es una persona buena? Tal vez pensamos que una persona buena no mata, no miente, no roba, no chismosea, no se emborracha, no toma drogas, no juzga y muchas cosas más.

Si pensamos en los mandamientos, ¿podemos decir con seguridad que somos personas buenas? ¿Podemos asegurar que no hemos hecho nada que no sea bueno? No creo que muchas personas puedan, con honestidad, decir que han podido seguir los mandamientos especialmente el de no mentir ni engañar. Pero, este hombre le dice a Jesús que ha cumplido con los mandamientos. En otras palabras, dice que ha sido bueno desde joven. Le asegura que no ha matado, no ha robado, no ha dicho mentiras en perjuicio de nadie ni ha engañado; también asegura que ha honrado a su padre y a su madre. Jesús le dice que eso no es suficiente. No. No es suficiente seguir los mandamientos para llegar a la vida eterna. Jesús le asegura que, para llegar a la vida eterna tiene que hacer algo más.

Pero, retrocedamos un poquito. Jesús, al hablarle al hombre rico, lo hizo con amor. Antes de contestarle, dice la Biblia: Jesús lo miró con cariño. En otras versiones dice que Jesús le contestó con mucho amor. Así es Dios con nosotros, ¿verdad? Cuando hacemos preguntas nos responde con amor. Tal vez son preguntas necias, o preguntas que Dios sabe que no nos van a gustar las respuestas. Pero, aun así, nos habla con amor. ¿Cuántas personas aquí podríamos decir que hacemos eso? ¿Somos pacientes cuando nos hacen preguntas nuestros hijos, amigos, esposas, familia, prójimos? Jesús nos demuestra que todo lo que hacemos debe ser con amor. Nos da el ejemplo de ser una persona paciente y amorosa. Le habla a este hombre rico con amor porque sabe que lo que le va a decir le va a herir y a entristecer.

Entonces, ¿qué necesitamos? Al hombre rico le dijo Jesús “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres.” En otras palabras, le está diciendo al hombre rico y a nosotros que seamos gente generosa. Para tener la vida eterna, para llegar al cielo, para ser personas de bien, tenemos que ser personas generosas. Tenemos que ser Jesús a la humanidad. ¿Qué hizo Jesús? Dio todo por cada una de las personas que estamos en esta iglesia. Dio su vida entera, fue generoso. Jesús, siendo hijo de Dios, decidió que nosotros valíamos tanto y se dio completamente para que se perdonaran nuestros pecados.

La generosidad se demuestra de muchas maneras. En la Iglesia, podemos dar nuestras ofrendas y diezmos como agradecimiento por la generosidad inmensa de Dios para con nosotros. También podemos ser generosos con nuestro tiempo y talentos y entregárselos al ministerio de Dios. Podemos ser generosos con nuestras palabras. A veces es difícil decirle a nuestros compañeros de trabajo o a nuestra familia que nos agrada algo que ellos hacen. Por ejemplo, podemos decirle a la persona que cocina, “Muchas gracias por tomarte el tiempo para hacer esta comida deliciosa.” A un compañero podríamos agradecerle o felicitarle por el buen trabajo que está haciendo. Podemos también ser generosos con nuestro tiempo y ayudar a alguien en necesidad. Podemos ser generosos y cocinar para una familia que ha perdido un ser querido. Podemos regalar nuestro talento al limpiar la casa de una persona que no puede hacerlo. Podemos ser generosos con nuestro conocimiento y ayudar a alguien que necesita nuestra habilidad. Podemos ser generosos de muchas maneras, no porque deseamos llegar al cielo (aunque eso es algo bueno) pero porque queremos ser como Jesús.

El Evangelio sigue así: Entonces Jesús les dice: Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Y sabemos que los discípulos se preocuparon porque la lectura dice: Al oírlo, se asombraron más aún, y se preguntaban unos a otros: —¿Y quién podrá salvarse? Tal vez nos recordamos que había un programa de televisión que se llamaba El Chapulín Colorado. En ese programa los personajes siempre pasaban por diferentes problemas y cuando estaban en necesidad decían: “Y ahora, ¿quién podrá ayudarnos?” Y salía el Chapulín Colorado que era el superhéroe y los sacaba de muchos aprietos. Esta pregunta de los discípulos suena como si alguien de ese programa lo hubiera dicho. No obstante, en la vida real la única persona que nos puede ayudar, especialmente para llegar a la vida eterna, es Dios.

Jesús los miró y les contestó: —Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible. Para la gente es imposible llegar a la vida eterna, nos dice Jesús. Nosotros, por nosotros mismos, no podemos llegar al cielo. Necesitamos al superhéroe de superhéroes: Dios. Jesús como humano y como Dios sabe que la única manera que podemos llegar al cielo, a la vida eterna, es con la ayuda de Dios. Qué alivio saber que no lo tenemos que lograr por nosotros mismos. Qué bendición saber que Dios lo puede todo y está cerca. Qué gozo saber que Dios quiere salvarnos, quiere que estemos juntos con Él en la vida eterna.

Para Dios todo es posible. Estas palabras deberíamos aprender de memoria y repetir cada vez que estemos en algún momento de desesperación, de desánimo, y de tristeza. Para nosotros hay muchas cosas que parecen imposibles. Pero la palabra de Dios nos dice esta verdad que debe de ayudarnos a tener esperanza y fe. En Hebreos leemos que la palabra de Dios tiene vida y poder. Tiene vida y nos da vida. La Biblia habla a cada persona de diferente manera, por eso es bueno leerla y compartirla. La Biblia también tiene poder – como en esta frase – todo es posible para Dios. Hay tanto poder en esa frase que puede hacer que nosotros tengamos vida eterna.

Lo último que nos dice el Evangelio de hoy es algo que tal vez no se entiende en este mundo y en este día. Nos dice que muchos que ahora son los últimos, serán los primeros en la vida venidera, en la vida eterna. A veces se nos hace la vida muy difícil. A veces pasamos por situaciones que nos hacen sentir como los últimos, como los perdedores. Pero Dios no ve las cosas como las vemos nosotros, ni mide la vida como este mundo la mide. Dios nos dice que nos bendecirá, que todo lo que hemos dejado o perdido por seguirle será multiplicado y que tendremos el premio de la vida eterna. Esa vida donde seremos primeros porque tanto nos ama Dios. Recordemos que para Dios no hay nada imposible y para Dios somos más que vencedores.

La Dra. Sandra Montes trabaja como consultora de recursos en español para Episcopal Church Foundation. También se desempeña como música, traductora, oradora, asesora y redactora. Vive en Houston, Texas.

Descargue el sermón de 21 Pentecostés (B).

20 Pentecostés – Año B

Propio 22


[RCL]: Job 1:1; 2:1-10; Salmo 26; Hebreos 1:1-4; 2:5-12; Marcos 10:2-16

La base de nuestra relación con Dios es el amor, amor puro, total, sin condición, no guiado por el miedo ni el interés de recibir algún beneficio o regalo. Así como no vamos a casa de nuestra novia o novio por miedo, así nosotros no vamos a la iglesia por temor u obligación, sino porque allí tenemos un encuentro gozoso con nuestro amado Creador. O por lo menos, debería de ser así, porque ese es el reflejo del amor que Dios nos tiene. Dios nos creó y nos sustenta cada día con amor profundo y fidelidad total y nos invita a amarlo de la misma manera.

El personaje Job, de quien escuchamos hoy en la primera lectura, nos da un ejemplo del amor incondicional que le debemos a Dios. Este personaje ficticio ve su fe y amor a Dios puestos a prueba cuando lo pierde todo, y a pesar de ser incitado por otros a renunciar a Dios, se mantiene fiel hasta el final, respondiendo así a la pregunta que tantos nos hacemos hoy en medio de tanta adversidad: ¿Es posible seguir amando a Dios cuando todo nos sale mal, cuando parece que Dios no responde a nuestras oraciones y nos envía desgracia tras desgracia? ¿Es posible amarlo hasta el fin de nuestra vida sin importar tropiezos o desengaños?

La respuesta es “sí” si nuestro amor a Dios es totalmente desinteresado; si lo amamos por ser nuestro Dios, sin esperar nada a cambio, reflejando el amor descrito por San Pablo cuando dice que tener amor es ser bondadoso, es sufrirlo todo, creerlo todo, soportarlo todo. La respuesta es un “sí” rotundo cuando en el Bautismo hacemos nuestro pacto con Dios, pacto de amor, de fidelidad y entrega completas por el resto de nuestra vida, empezando así, una vida nueva como miembros de la familia cristiana. Es “sí” cuando queremos corresponder a Dios por el amor que Dios nos da.

Este amor total, completo, de entrega mutua de por vida se vive entre nosotros en el matrimonio como lo expresa Jesucristo en el Evangelio de hoy. Su respuesta a la pregunta de los fariseos con respecto a si era permitido al esposo divorciarse de su esposa es clara y rotunda: “El hombre no debe separar lo que Dios ha unido”.

Es importante tener en cuenta que el divorcio en la sociedad hebrea no solo era permitido, sino que era muy fácil conseguirlo especialmente para los hombres. En el libro del Deuteronomio vemos que de acuerdo con la ley de Moisés, cuando un hombre se desilusionaba de su esposa y deseaba terminar el matrimonio, solo tenía que escribir y darle a ella un certificado de divorcio y mandarla a la casa de sus padres. Esto tenía consecuencias catastróficas para la mujer, quien, por cualquier motivo y sin poder defenderse, perdía todo lo que había ganado a través del matrimonio, incluyendo su relación con el marido, su posición social como mujer casada, su seguridad económica, e incluso su valor personal. Esto se prestaba a muchos abusos y sufrimiento y aumentaba la opresión de la mujer en dicha sociedad.

La respuesta de Jesús redime a la mujer, colocándola al mismo nivel de dignidad y respeto con el hombre en la relación matrimonial. Jesús dice que es Dios quien une a dos seres humanos quienes se deben amor, fidelidad y respeto mutuo y que dicha relación no debe ser terminada por nadie. Al decir esto, Jesús eleva la relación matrimonial al nivel de nuestra relación con Dios. Una relación por amor completo, en la que los dos miembros de la pareja pueden confiar en que es para toda la vida.

Esto se expresa en el rito del matrimonio en el Libro de Oración Común el cual dice claramente que los contrayentes hacen sus votos para toda la vida, y donde se nos advierte que por tanto el matrimonio no debe de ser realizado ligera o inconsideradamente, sino con reverencia y deliberación. El matrimonio ha de ser de ser entonces un reflejo de nuestro amor y devoción a Dios.

Sin embargo, sabemos que a pesar de ir al matrimonio con mucho amor y toda clase de expectativas de dicha de por vida, es una realidad que muchas veces, bien sea con el paso del tiempo o prontamente después del matrimonio, las ilusiones se desvanecen, la relación de pareja empieza a quebrantarse y eventualmente el amor se acaba y el deseo de terminar el matrimonio surge como una opción. Eso puede llevar a situaciones donde la convivencia se vuelve destructiva tanto para la pareja como para los hijos, si los hay. Puede dase que las parejas tratando de ser fieles al mandato de no buscar un divorcio, terminen en situaciones de peligro para su salud mental, espiritual e incluso sus vidas.

En estos casos es importante recordar lo que dice el Libro de Oración Común: “Es la voluntad de Dios que la unión de esposo y esposa en corazón, cuerpo y mente sea para gozo mutuo; para la ayuda y consuelo que cada uno se dé, tanto en la prosperidad como en la adversidad”.  Si el matrimonio no está cumpliendo con esos propósitos, si, por el contrario, está amenazando la vida espiritual, mental y hasta física de la pareja y sus hijos, entonces es razonable pensar que lo que Dios unió ya no existe, ha sido disuelto por las circunstancias o personas que llevaron al matrimonio a ese estado de muerte, y por lo tanto es justo considerar la disolución del matrimonio, por acuerdo mutuo de la pareja.

Esa decisión debe der ser considerada como último recurso, y después de que se hayan agotado todos los esfuerzos por salvar el matrimonio, lo cual puede incluir consejería tanto de parejas con un profesional clínico, y pastoral con un miembro del clero. En el mejor de los casos, y de acuerdo con el espíritu del amor de Dios, se debe hacer todo lo posible porque esa terminación del matrimonio se haga en forma amistosa y donde toda acción hiriente termine y toda relación familiar pueda ser continuada, como en el caso de los hijos de la pareja y otras relaciones que se hayan formado entre las familias biológicas de la esposa y del esposo.

Al actuar así, buscando una solución amorosa y constructiva a la disolución del matrimonio, estaremos siendo fieles a nuestro propósito bautismal de vivir nuestras vidas basados en el amor, manteniendo nuestra fidelidad y amor inquebrantable a Dios y esperando que en nuestras relaciones con nuestros semejantes podamos reflejar ese mismo amor, a pesar de nuestras flaquezas e imperfecciones.

 El Rvdo. Edgar A. Gutiérrez-Duarte es Vicario de la Misión St. Luke’s-San Lucas en Chelsea, Massachusetts. Sirve como director del Comité Diocesano para Ministerio Hispano, y es vicepresidente de la Junta de Directores de la Colaborativa de Chelsea (organización que sirve a inmigrantes y trabajadores del área) y miembro de la Junta de Directores de CAPIC (Community Action Programs Inter-City, Inc.) de la región Chelsea-Revere-Winthrop.

Descargue el sermón de 20 Pentecostés (B).

19 Pentecostés – Año B

Propio 21

Pentecostés 19 Sermon Episcopal


RCL: Ester 7:1-6, 9-10; 9:20-22; Salmo 124; Santiago 5:13-20; Marcos 9:38-50

Hermanos y hermanas, tengamos fe plena en lo que nos dice el octavo verso del Salmo 124: “Nuestro auxilio está en el Nombre del Señor, que hizo los cielos y la tierra”.

El reino de Dios es diverso, y en esa diversidad hay unión. Por ende, creemos que, dentro de la gran abundancia de diversidad en nuestras comunidades de fe, también podemos y hemos de recalcar nuestra unidad en Cristo. Al reconocer esta diversidad y unidad en Cristo, entendemos que no estamos en competencia, sino que cada persona trae algo que es importante para la jornada difícil a la cual Jesús nos ha invitado. Una jornada de sacrificio. No hay espacio ni tiempo para celos o juicios entre personas.

Para entender la lectura del evangelio de hoy tenemos que leer un poco hacia atrás, leer los capítulos octavo y noveno del Evangelio según Marcos. Hace dos domingos ocurrió algo muy dramático e importante. Pedro declaró que Jesús era el Mesías. Puede ser que para nosotros y nosotras escuchar esto no sea nada dramático, es nuestra realidad y nuestra fe; sin embargo, Pedro al decir estas palabras, en voz alta, no puede retroceder de ellas.

El capítulo y el momento donde se encuentra esa declaración es muy significativo; es en el mismo medio del evangelio—en la cumbre. Justo después ocurre algo muy disonante para Simón Pedro y los otros discípulos. Jesús enseña por primera vez sobre el sufrimiento que ha de venir. Imagínense todos los anhelos y sueños de Simón Pedro incluidos en esa declaración mesiánica; en vez de hablar de victoria, Jesús les enseña sobre lo que ha de venir: sufrimiento. Desde ese momento en adelante Jesús está mirando hacia Jerusalén. Jesús les dice: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame”.

Entonces entramos en el capítulo noveno, en el cual luego de una segunda declaración de lo que ha de venir, leímos sobre la discusión entre los discípulos de ¿quién era más importante? El ciclo se repite: Jesús declara, los discípulos no entienden y les explica sobre el discipulado. Jesús les reprende y les indica que esto no es una competencia, sino una vida de sacrificio y ayuda para las personas que menos tienen. Jesús les enseña que: “El que recibe en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, no solamente a mí me recibe, sino también a aquel que me envió”.

Es en este contexto que ubicamos la lectura de hoy. En la misma, Jesús, como tantas veces lo hace, recalca lo difícil que es seguirle, lo amplio de su mensaje y que las personas que llevan ese mensaje no forman parte de un grupo exclusivo. Seguirle requiere sacrificio. Seguirle requiere excelencia. El no seguirle tiene consecuencias graves. Es posible que al escuchar esta lectura nos sintamos convictos y convictas por todas nuestras faltas en seguir a Jesús. Todas las maneras en que estamos en competencia o envidiamos a otras personas, todos los chismes, todas las formas en que nuestros enfoques están desvirtuados. Todas las maneras en que no nos apoyamos.

Hay cosas más significativas a riesgo, que las cosas mezquinas entre personas. Nuestra razón de estar en comunidad es para que todas las personas estén en paz entre sí mismas y se ayuden mutuamente a regresar del mal camino y del pecado a la verdad. Esta es nuestra responsabilidad mutua como parte de la comunidad cristiana y dentro de nuestras comunidades de fe. Un comentario sobre el Evangelio según Marcos nos recuerda que este pasaje es sobre lo esencial que es la cruz, que la grandeza viene del servicio a otras personas, incluyendo personas marginadas, y la importancia de que nuestra vocación cristiana vaya más allá de nuestros círculos íntimos.

Estas lecturas se refieren a nuestro comportamiento mutuo cuando estamos en comunidad, nuestro discipulado. Esto es importante porque en comunidad nos fortalecemos mutuamente para lidiar con todo lo que el mundo nos trae. No podemos competir ni envidiarnos dentro de la comunidad, hemos de apoyarnos mutuamente y de esa manera emulamos el reino de Dios.

En la carta de Santiago tenemos una receta de cómo lidiar con los sufrimientos que han de venir a causa de nuestro discipulado. Se nos ofrece la oración al centro de todo lo que se hace. La oración mutua en la aflicción; la alabanza a Dios en la alegría; la oración y unción en la enfermedad; la confesión y la oración mutua para la sanación.

El último aspecto que presenta Santiago es el de la confesión mutua. La misma tiene mucho potencial, aunque poco lo usamos. En nuestro contexto Anglicano/Episcopal va más allá de la práctica de confesión durante el servicio dominical. En nuestra humanidad se nos hace difícil escucharnos. Vivimos compitiendo y envidiamos o enjuiciamos a la otra persona; las dos admoniciones de Jesús a sus discípulos se refieren a esto. En esta confesión mutua tenemos un ejemplo de cómo podríamos vivir en comunidad. Para lograr estar en comunidad, tanto en diversidad como en unidad, tenemos que estar dispuestos y dispuestas a ser vulnerables con cada cual. Esto es algo que hemos de practicar y modelar.

Sin embargo, esta vulnerabilidad mutua no es fácil. Si lo lográramos sería una gran práctica que nos ayudaría a lidiar con los sufrimientos de la vida y servir de apoyo mutuo. Si pudiéramos sobrepasar el miedo al chisme, a la competencia y al juicio, entonces tendríamos un último obstáculo que superar: el poder admitir ante otra persona nuestros pecados y la decepción o desilusión que sentimos – aunque siempre en amor.

Amistades en Cristo, qué lindo sería que en la comunidad nos ayudáramos tanto, que cuando cayéramos en pecado, la persona a nuestro lado alrededor del altar fuera la que nos hace volver a Dios: “sepan ustedes que cualquiera que hace volver al pecador de su mal camino, lo salva de la muerte y hace que muchos pecados sean perdonados”. En esencia esto es lo que resulta de no vivir en competencia o envidia, sino para el servicio de toda persona.

La Rvda. Dra. Carla E. Roland Guzmán es Rectora de la Iglesia Episcopal de San Mateo y de San Timoteo en la Ciudad de Nueva York (smstchurch.org) También coordina Fe, Familia, Igualdad: La Mesa Redonda Latinx. (fefamiliaigualdad.org)

Descargue el sermón de 19 Pentecostés (B).

18 Pentecostés – Año B

Propio 20

Pentecostés 18 Episcopal Sermon


RCL: Proverbios 31:10–31; Salmo 1; Santiago 3:13–4:3, 7–8a; San Marcos 9:30–37

Escuchamos en el evangelio la conversación entre Jesús y sus discípulos mientras caminaban hacia Cafarnaúm. Jesús aprovecha este momento para compartirles que, “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; pero tres días después resucitará”. Al oír esto los discípulos no entendieron cómo el Mesías podía sufrir de la manera en que Jesús describe su fin terrenal. ¿Por qué podría sufrir Jesús? Todos sabemos que, por su amor al mundo, el Mesías sería traicionado, sufriría, moriría y resucitaría a la gloria eterna, que es también su promesa a la humanidad. Esta es la voluntad divina de Dios encarnado en su hijo Jesús.

Si nos percatamos de las enseñanzas que Jesús les ofrece a sus discípulos, nos damos cuenta de que, muchas veces ellos no entendían su mensaje y a veces les atemorizaba preguntarle. Aunque los doce discípulos siempre iban a su lado y pasaban bastante tiempo con su amado maestro, muchas veces no reconocían la importancia de los mensajes del Mesías como el de su pasión, muerte y resurrección que acabamos de escuchar y que ya habían escuchado en otra ocasión. Jesús se da cuenta de ello y al llegar a la ciudad de Cafarnaúm les pregunta: “¿qué venían discutiendo ustedes por el camino?” Aunque se quedaron callados y no contestaron la pregunta que Jesus les hizo, sabemos que los discípulos “habían discutido quién de ellos era el más importante”.

Jesús en su profunda sabiduría se sienta entre ellos y les comparte esta enseñanza: “si alguien desea ser el primero, él debe ser el último entre ellos, y al servicio de todos”. Esta es una enseñanza de humildad. Jesús les dice que los primeros o primeras en nuestras vocaciones y en nuestras vidas debemos ponernos en el último lugar para poder servir a nuestro prójimo en Su nombre.

Jesús trae a un niño al círculo de los doce para ilustrar su enseñanza de la humildad y del servicio a los demás. Los pequeños siguen siendo los más vulnerables en nuestras sociedades y aún en el tiempo de Jesús eran vistos como el grupo menos privilegiado dentro del estatus social. Su manutención y bienestar dependía de los adultos. Hoy día, con el tráfico humano que es universal, muchos niños y niñas también son utilizados como sirvientes y mucho más.  Se ven víctimas de prácticas y labores inhumanas y degradantes.

En cualquier grupo o sociedad nos encontramos personas que viven al margen de la sociedad y son vulnerables. En nuestro caminar cristiano, ¿cómo reaccionamos cuando nos encontramos con estas personas en posiciones de vulnerabilidad? ¿Cómo nos convertimos en su voz y cuál es el servicio al que estamos llamados siguiendo el ejemplo de Jesús?

Es por esto por lo que Jesús dice: “aquel que reciba a cualquier niño o niña en mi nombre, también me recibe a mí. Y aquel que me recibe a mí, no solamente me recibe; sino también al que me envió”. Jesús nos enseña cómo llegar con entrega al marginado, al enfermo y al pobre de la misma manera que Él se entregó por toda la humanidad. Su gran enseñanza de humildad y servicio al prójimo no discrimina y es inclusiva. Jesús nos muestra un principio transcendental; al nosotros y nosotras servir a la humanidad en su nombre, le estamos rindiendo honor y gloria al Dios Todopoderoso: “el que me recibe a mí, no solamente a mí me recibe, sino también a aquel que me envió”. En nuestro servicio al mundo complacemos a Dios, y también nos unimos en divina comunión con su Hijo amado.

Recordemos en sus palabras divinas cuando nos dice que estamos en el mundo pero que no somos del mundo. Jesús nos afirma constantemente que, aunque tengamos las presiones de las cosas superficiales del mundo, ante Dios lo que vale es hacer prevalecer nuestro amor a Dios y a los demás incluida su creación. Vivimos en un mundo muy competitivo y egoísta. En un mundo que nos presiona a mostrar quiénes somos a través de nuestras posesiones materiales y credenciales. El evangelio nos exhorta a dejar de lado esas prioridades materiales y estar dispuestos y dispuestas a valorar al ser humano que tenemos delante. Y, es aquí, cuando Jesús a través de su divina enseñanza nos demuestra cuán importante es nuestro servicio y lealtad a Él.

El Mesías nos sigue enseñando que este caminar no es fácil y nos lo demuestra en la forma en que se lo enseñó mientras caminó con ellos. Jesús nos provee el máximo ejemplo de su entrega al humillarse y hacerse siervo de la humanidad. Nuestra riqueza en Jesús y el legado de su mensaje lo continuamos viviendo en la Santa Eucaristía, en el estudio de su palabra, en el compartir sus enseñanzas y en cada ejemplo de servicio, amor, compasión, caridad, y hermandad. Sabiendo todo esto, a nosotros nos ronda la misma preocupación que a sus discípulos. Inclusive sentimos temor como lo sintieron los discípulos cuando nos enfrentamos a la misión evangelizadora a la cual nos envía Jesús.

De la misma manera que Jesucristo exhortó a sus discípulos a darle prioridad a las personas marginadas entre ellos, nosotros y nosotras también hemos de poner de lado nuestras agendas personales para encarnar la voluntad de Dios en el mundo. Como dice el apóstol Santiago: “Si entre ustedes hay alguno sabio y entendido, que lo demuestre con su buena conducta, con la humildad que su sabiduría le da”.

Hermanos y hermanas, sigamos viviendo las enseñanzas de Jesús y de la Colecta que escuchamos hoy que nos recuerda el no afanarnos por las cosas terrenales, sino que amemos las celestiales. De esta manera todos y todas vivimos el evangelio de Jesús en nuestras vidas y es a lo que nos invita nuestro Salvador compartir con nuestras comunidades.

La Reverenda Alejandra Trillos es Sacerdote Encargada de la Iglesia San Andrés en Yonkers, Diócesis de Nueva York.

Descargue el sermón de 18 Pentecostés (B).