Tercer domingo después de Pentecostés – Año A

Génesis 21:8-21, Salmo 86: 1-10, 16-17, Romanos 6: 1b-11, Mateo 10: 24-39

Jesús dijo: El que trate de salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa mía, la salvará.”

Una de las cualidades que adornan a un discípulo o seguidor de Jesús es el no tener miedo. Cuando los deportistas participan en una competencia van a ganar o a perder. Aunque muchos afirman que el participar en sí, ya es una ganancia, algunos no están tan seguros de ello, y les da miedo perder. Por eso, dan el todo por el todo para ganar. Sin embargo, para ganar o perder necesitamos un elemento importante que muchos no mencionan. Ese elemento es arriesgarse. De hecho, muchos de nosotros por ganar un poco más de dinero, ponemos en peligro nuestras vidas y hasta la libertad. Muchas veces dejamos a nuestros hijos al cuidado de personas a quienes no conocemos muy bien y nos arriesgamos diciéndonos: “El que no se arriesga ni gana ni pierde”.

Como cristianos no estamos exentos de tener miedo a arriesgarnos. Tememos “perder” amistades por declarar públicamente a qué iglesia asistimos, o cuando por vergüenza nos da miedo que nos rechacen por nuestras creencias. Y mucho menos si se trata de preferencia sexual o simpatía política.

En el evangelio de hoy, Jesús es bien enfático en comunicar que no debemos quedarnos callados y nos invita a no tener miedo de la gente. “¿No se venden dos pajarillos por una monedita? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin que el Padre de ustedes lo permita. En cuanto a ustedes mismos, hasta los cabellos de la cabeza Él los tiene contados uno por uno. Así que no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos”.

Dios no solo se preocupa por un pajarito sino también por las pequeñas cosas que pasan en nuestra vida. Hoy día vivimos tan preocupados por lo que pasa a nuestro alrededor que no nos damos cuenta de la presencia de Dios en todo nuestro peregrinar por la vida. Debemos hacer una parada para meditar en ello, para dejar el miedo a un lado y caminar confiando en Dios.

El diccionario define el miedo de esta manera: “El miedo o temor es una emoción caracterizada por una intensa sensación desagradable provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro e incluso pasado”. El miedo nos puede paralizar e impedirnos cumplir con nuestros deberes cristianos como por ejemplo seguir a Jesús.

Jesús dijo: “El que no toma su cruz y me sigue, no merece ser mío”. Si pensamos en el significado de la cruz en tiempo de Jesús, puede que nos cause miedo. Muchas personas interpretan “la cruz”, como una carga que deben llevar en su vida. Por ejemplo, la carga de una mala relación, un trabajo ingrato, una enfermedad física. Estos son obstáculos que causan miedo. No obstante, si vemos la cruz como símbolo de perdón, gracia y amor, el miedo o el temor desaparecen y la paz llega a nuestras vidas.

Pensemos en el temor que sentimos cuando ofrendamos más de lo acostumbrado. Nos da miedo que nuestro presupuesto personal disminuya, que no nos alcance para cubrir todos nuestros gastos. Muchas veces expresamos nuestras inseguridades: “¿y porque dar más, si la iglesia tiene más que yo?” Olvidamos que “Dios ama al dador alegre” Y dudamos de que Dios cumpla sus promesas.

Como discípula de Jesús me gusta usar la palabra “invertir”, mejor que “dar”. Pues todo lo que doy, se me traduce en ganancia. Gano el doble y hasta el triple al invertir mi tiempo, mi talento y mi tesoro. Cuando aprendemos a no tener miedo participamos más, nos arriesgamos más, sin importar el qué dirán. Pues el mismo hecho de participar ya es ganancia.

Otro temor que surge en nuestro caminar cristiano es el de “comprometernos”. Si vamos a la iglesia, muchas veces, nos sentamos lo más lejos posible para que no nos comprometan a hacer tal o cual cosa. Lo vemos como una pérdida de tiempo y no como una ganancia. Dejamos de participar en actividades y decimos “no tengo mucho tiempo”, cuando la verdad es que encontramos tiempo para llevar a cabo otras cosas. Nos olvidemos de que nuestro compromiso cristiano es dedicarle tiempo a las cosas de Dios y una de las más importantes es la extensión de su Reino.

Recientemente leímos la lectura de Hechos de los Apóstoles donde el mismo Jesús nos invita a que vayamos a todas las naciones a llevar su mensaje y hacer discípulos. Es un gran reto que conlleva tiempo, pero más que nada, involucra dejar de lado el miedo. Pero ¿cómo lo vamos a hacer si nos quejamos siempre de que no tenemos tiempo? Ahí es donde verdaderamente se muestra nuestro desprendimiento y nuestro compromiso con Dios. Esto significa negarse a sí mismo y a la vez, saber que hay ganancia para nuestra vida espiritual y material.

El evangelio de Mateo nos dice: “si perdemos la vida por causa de Cristo, será ganancia”. Cuando sentimos temor al arriesgarnos, generalmente le prestamos más atención a las pérdidas que a las ganancias y nos olvidamos de poner nuestra confianza en Dios. Confianza es creer en Él y no tenerle miedo al porvenir. Cuando aprendemos a no tener miedo, nos damos cuenta que estamos dispuestos a seguirle.

Nuestra vida debe ser de testimonio para que otros vengan y crean, no importando las consecuencias. Y principalmente sin temor. Jesús nos da razones para no temer cuando nos invita a que proclamemos abiertamente las enseñanzas que nos ha transmitido a través de su Palabra. Cuando le damos fuerza y poder a las personas para atemorizarnos no estamos siendo fieles a su invitación. Y no olvidemos el amor compasivo de Dios. Dios no solo se preocupa por la vida de un pajarito, sino también por las pequeñas cosas que pasan en nuestras vidas. Dios sabe cuáles son nuestras necesidades, antes de que le pidamos ayuda. Si él se preocupa por un pajarito, cuanto más no lo haría por nosotros que somos la coronación de su creación.

Mantengamos nuestra confianza en Dios. Él todo lo puede. Seamos fieles a su llamado. Vivamos agradecidos por todas las maravillas que hace por nosotros y sobre todo que nuestra fe nunca desfallezca por el miedo o el temor del qué dirán o qué perderé. Que las palabras de Jesús resuenen en nuestra mente y en nuestro corazón. “El que pierda su vida por causa mía, la salvará”.

Séptimo domingo de Pascua – Año A

Hechos 1: 6-14, Salmo 68: 1-10, 33-36, 1 Pedro 4:12-14, 5: 6-11, Juan 17: 1-11

¿Sabes tú que hace más de dos mil años, Cristo oró por ti? ¿Sabes que Cristo le pidió a su Padre, que te cuidara con Su poder? ¿Sabes que Cristo oró para que todas las personas aquí presentes estén completamente unidas? Esto es lo que acabamos de recibir de las lecturas.

En la lectura del evangelio que acabamos de escuchar, Jesús dice, “Yo no voy a seguir en el mundo, pero ellos sí van a seguir en el mundo, mientras que yo me voy para estar contigo. Padre santo, cuídalos con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado, para que estén completamente unidos, como tú y yo.”

En ese momento, Jesús estaba hablando de sus discípulos. En ese momento estaba hablando de los discípulos y las discípulas que vendrían después. En otras palabras, estaba hablando de cada persona que está aquí hoy.

Más adelante escuchamos que Jesús dice, “No te ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí al oír el mensaje de ellos.” Aquí claramente podemos ver que Jesús está hablando de nosotros. Está hablando de las personas que iban a creer a través del testimonio de sus discípulos. Como leemos en la Biblia, sus discípulos fueron por todo el mundo, predicando, anunciando las buenas nuevas, y sanando. Llevaron a Cristo al resto del mundo. Muchos de los discípulos, entre otros, fueron inspirados para escribir la Biblia y de esa manera ha creído mucha gente.

Muchas personas dicen, “voy a estar orando por ti.” O, “por favor ora por mí.” Esto se dice especialmente cuando están pasando por momentos difíciles. Muchas veces la gente busca la solución a sus problemas en todas partes y cuando ya piensan que no hay nada más que hacer, buscan también a Dios, y muchas veces lo buscan a través de la oración.

Cristo nos está demostrando que lo más poderoso e importante es orar. Es lo primero que debes buscar cuando algo difícil pasa en tu vida. Antes de buscar soluciones, antes de ir a otras personas, antes de pagarle a alguien, antes de seguir consejos, antes de todo uno debe buscar a Dios. Cuídalos, le pide Jesús al Padre, por los que siguen en el mundo. Si Jesús con todo su poder oró, cuanto más deberíamos orar nosotros.

La próxima vez que estés pasando por algo, antes de agarrar tu teléfono para llamar a alguien que te ayude, ora. Pídele a Dios por esa situación. Después que hables con Dios, entonces busca, pide, ve. Dios te mostrará qué debes hacer. Dios te dará Su poder y Su cuidado y te ayudará.

La Epístola de hoy dice: “Dejen todas sus preocupaciones a Dios, porque Él se interesa por ustedes.” Este versículo debería ser memorizado. Es un versículo que tal vez, para una persona que no tiene fe o que no ha vivido una situación donde la mano y el poder de Dios han actuado, es un poco difícil de creer. Este versículo, para aquellos y aquellas quienes han visto, vivido, y experimentado un milagro, sea grande o pequeño, es uno de los más importantes y verdaderos. Nos dice que dejemos todas las preocupaciones a Dios. Todas. No las más grandes. No sólo las más difíciles, sino todas.

A veces escuchamos o leemos que Dios no está para escucharnos cuando necesitamos un estacionamiento o una nota buena en un examen o una pareja o suficiente dinero para poder ir a nuestro restaurante favorito. Pero este pasaje es muy claro – dejen todas sus preocupaciones a Dios. No pone ningún parámetro ni ningún “pero”. Sólo dice, dejen. ¿Qué quiere decir dejar? Quiere decir separarse o alejarse de algo. Aunque es difícil, Dios nos pide que le dejemos todas nuestras preocupaciones y nos alejemos de ellas.

¿Todas? Todas. Pero es que me preocupo que no voy a poder pasar mi examen de matemáticas. Todas. Pero es que estoy tarde para mi vuelo y necesito un estacionamiento cerca al aeropuerto. Todas. Pero es que siento que voy a estar sola el resto de mi vida. Todas. Pero es que mis hijos no están haciendo nada bueno. Todas. Dios no tiene un límite de bendiciones o soluciones. Dios lo puede todo. No hay un pero que detenga su amor y cuidado por ti. Y no hay ninguna situación tan grande que pueda con su gran poder.

El resto del versículo dice, “Porque Dios se interesa por ustedes.” ¡Wow! El creador del universo se interesa por nosotros. Dios, quien hizo al hombre y a la mujer a su imagen se interesa por cada uno de nosotros. Dios, el Todopoderoso, el Principio y el Fin, el dueño de todo se interesa por ti. Dios, el que no duerme, piensa que somos importantes y se preocupa e interesa por nosotros. Dios, el que liberó a los Israelitas y ganó muchas batallas está pensando en cómo ayudarte.

Entonces, ¿por qué seguimos preocupándonos? ¿Será porque en esta sociedad aprendemos a ser individualistas? ¿Será porque solemos decir, “cada uno por sí mismo”? ¿Será porque pensamos que Dios ayuda al que se ayuda a sí mismo? ¿Será porque estamos tan acostumbrados a preocuparnos y buscar una solución fuera de Dios? ¿Será porque no nos gusta pedir ayuda?

No es fácil dejarlo todo a los pies de Cristo. No es fácil dejar todas las preocupaciones. No es fácil confiar en Dios. A veces parece que nos gusta llevar ese bolso lleno de preocupaciones con nosotros a todas partes. A veces nos acostumbramos a estar cargados y casi jorobados de tanto peso en nuestra espalda. Es tan fácil hundirnos en nuestras ansiedades que parece imposible poder dejarlas. Pero eso es exactamente lo que nos dice la epístola.

La epístola también dice que seamos prudentes y que nos mantengamos despiertos, porque el enemigo el diablo, como un león rugiente, anda buscando a quién devorar. “Resístanle, firmes en la fe.” Prudente significa pensar acerca de los riesgos posibles y modificar la conducta para no recibir daños innecesarios. En otras palabras, siempre tenemos que pensar antes de actuar. Debemos pensar en las consecuencias de nuestras acciones. Es mucho más fácil actuar sin pensar en las consecuencias y hacer lo que nos plazca, pero eso no es lo que es recomendable.

Nos han dicho que debemos siempre estar alertas, especialmente cuando estamos solos o en lugares desconocidos. Lo mismo nos dice Pedro en la epístola – que nos mantengamos despiertos o alertas. Nuestro enemigo es el diablo y está tratando de devorarnos. Muchas veces vamos hacia el peligro. A veces pensamos que las cosas malignas son las divertidas y en vez de mantenernos alertas, nos dejamos devorar. Pero aun en esos momentos, Dios siempre está a nuestro lado. Siempre está listo para ayudar, mejorar, rescatar, y salvar.

Cuando nos encontremos en situaciones difíciles, oscuras, y alarmantes recordemos que Cristo oró por nosotros, le pidió a Dios que nos cuide con Su poder. Y esa oración sigue y es lo mejor que nos podría dejar Cristo. Recordemos que debemos llevar todas nuestras preocupaciones a Dios porque Dios se interesa de nosotros. No te quedes con tu problema, llévaselo a Dios y déjalo allí.

Día de la Ascensión – Año A

Hechos 1:1–11, Salmo 47 o 93, Efesios 1:15–23, Lucas 24:44–53

Nuestra sociedad nos muestra, día tras día, que lo más importante y mejor viene de arriba y nos acostumbramos a vivir en un mundo en el que arriba es mejor que abajo. Nuestras luchas diarias están muchas veces ligadas a esta gran necesidad de subir en status, subir, subir…

Los cantantes quieren estar en la cima de las listas, los atletas quieren estar en la cima de su juego, y los estudiantes quieren ocupar los primeros puestos de su clase. Todo el mundo preferiría tener un día más que un día abajo. Cuando el mercado de valores sube, celebramos, pero hay desesperación cuando se cae. Nadie quiere estar al final de la lista de otra persona.

Trabajamos para subir, no para bajar en nuestra vida profesional. Escuchamos y leemos acerca de los alpinistas que logran llegar a la cima, pero no se dice ni se escribe mucho acerca de los que no llegan. Estamos rodeados de incentivos en nuestra sociedad que nos impulsan a escalar, a subir, a luchar por ser siempre los primeros, no importando a quién dejamos atrás.

La realidad es que la mayoría de nosotros queremos vivir sabiendo que hemos logrado nuestras metas y que tenemos otras más que lograr. Queremos liberarnos de todo lo que nos detiene. Es parte de nuestra naturaleza. Algo dentro de nosotros sabe que somos más que criaturas terrestres. El problema es que hemos distorsionado lo que significan la ascensión y la vida ascendida.

Olvidamos, o quizás negamos, que la ascensión de Cristo sitúa a la humanidad junto a Dios, y nos conformamos o buscamos la distorsión que afirma que nosotros mismos podamos ascender. Pensamos que podemos ascender por nuestros propios medios individuales y que nada ni nadie nos ayuda a hacerlo.

Esa distorsión ha invadido nuestra teología y entendimiento de Dios. En esta visión distorsionada, Dios, el cielo y la santidad están allá arriba en algún lugar mientras estamos atrapados aquí abajo. Así que pasamos nuestro tiempo saltando como niños pequeños pensando que si saltamos lo suficientemente fuerte, lo suficientemente alto, o lo suficientemente rápido podremos tocar la luna. Esto se vive de muchas maneras y casi siempre implica la comparación, la competencia y el juicio de algún tipo. Nos comparamos a nosotros mismos y a nuestras vidas con otras personas y sus vidas. Competimos entre nosotros creyendo que, para nosotros ascender, el otro tiene que descender o al menos no saltar tan alto como nosotros. Siempre estamos juzgándonos a nosotros mismos y a los demás. Llenamos nuestras vidas con ocupaciones con la esperanza de subir a nuevas alturas. Una vida de ascensión personal nos mantiene siempre en busca de la próxima cosa que debemos alcanzar y nos mantiene en la pregunta, ¿es esto lo último o hay algo más?

Nuestros intentos de ascensión personal fragmentan nuestro mundo y nuestras vidas. Separan a la criatura del creador. Destruyen las relaciones y la intimidad. En última instancia, se convierten en la fuerza de gravedad que nos niega la vida ascendida que estamos buscando, una vida que, en realidad, ya es nuestra. La ascensión de Jesús remodela nuestra comprensión desfigurada de una vida ascendida. Su ascensión es el correctivo y el antídoto para la fragmentación y separación que la ascensión personal nos trae. Su ascensión es la única que es auténtica y vivificante. A través de él también nosotros podemos vivir vidas ascendidas.

La ascensión de Jesús no se trata de su ausencia, sino de su presencia. No se trata de su partida sino de la plenitud de aquel que llena todo en todos. No se trata de un lugar, sino de una relación. La presencia, plenitud y relación debe ser seguramente lo que se esconde detrás de la pregunta de los hombres de blanco: ¿Por qué estás mirando hacia el cielo? Es como si nos estuvieran diciendo: No malinterpreten y desfiguren este momento. No se nieguen el don que se les está dando en estos momentos.

La ascensión de Jesús completa la resurrección. La resurrección es victoria sobre la muerte. Sin embargo, la ascensión lleva a la humanidad al cielo y nos recuerda lo que una vez se nos dijo en el bautismo: somos propiedad de Cristo para siempre. La ascensión de Jesús asienta la carne humana, tu carne y mi carne, a la diestra de Dios el Padre. Ahora participamos de la gloria y divinidad de Dios. Ya nos somos esclavos, sino hijos.

La ascensión se trata más del dejar ir, de desprenderse. No se trata tanto de lo que podemos alcanzar o atrapar. La pregunta para nosotros no es, “¿Cómo ascendemos?” Eso ya se ha logrado. La pregunta es: “¿Qué nos tira hacia abajo?” ¿Qué necesitamos dejar ir? El miedo, la ira o el resentimiento a menudo nos pesan mucho y no nos permiten mover. La necesidad de tener la razón o de estar en control es una carga pesada. Para algunas personas, sentir que están en lo correcto, los celos, y el orgullo son su fuerza de gravedad. Muchos de nosotros estamos atrapados en las cadenas del perfeccionismo y la necesidad de demostrar que somos suficientes.

Para otros puede ser indiferencia o apatía. Demasiadas vidas están atadas por la adicción. La fuerza de gravedad toma muchas formas. Nos podemos preguntar, ¿cuál es la fuerza de gravedad en mi vida que niega la ascensión de Jesús?

La fuerza de gravedad que mantiene nuestros pies en la tierra no son las circunstancias de nuestras vidas. La fuerza de gravedad no está alrededor de nosotros, sino dentro de nosotros. Así que a medida que comenzamos a mirar nuestra vida e identificar los lugares donde hay más fuerza de gravedad, no nos tenemos que desesperar. Las mismas cosas que nos sostienen también señalan el camino hacia la ascensión. Nuestra participación en la ascensión de Jesús no comienza mirando hacia arriba, sino buscando la presencia del Cristo resucitado y el aliento de Dios que llevamos adentro. Busquemos hacia adentro en lo más profundo y así ascenderemos a una nueva realidad con Cristo y uno con el otro.

Sexto domingo de Pascua – Año A

Hechos 17:22-31, Salmo 66:7-18, 1 Pedro 3:13-22, Juan 14:15-21

Pablo se levantó en medio de ellos, y dijo “Atenienses, por todo lo que veo, ustedes son gente muy religiosa. Pues al mirar los lugares donde ustedes celebran sus cultos, he encontrado un altar que tiene escritas estas palabras: A un Dios no conocido. Pues bien, lo que ustedes adoran sin conocer, es lo que yo vengo a anunciarles”. Estas fueron las palabras del apóstol Pablo cuando visitó la ciudad de Atenas en Grecia.

El apóstol Pablo fue el experto número uno en aprovechar la más mínima oportunidad para predicar y dar a conocer a nuestro señor Jesucristo, sin importar las circunstancias. Él es para nosotros los cristianos, el modelo de evangelista que necesitamos imitar en estos tiempos difíciles. Fue el mejor y el más grande misionero en los comienzos del cristianismo.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra su gran obra evangelizadora mediante sus cinco viajes. Su pasión y su fuego por la predicación y el anhelo de que todos conocieran al Jesús resucitado, le permitieron alcanzar sus metas como evangelista y misionero. ¿Se imaginan a Pablo viviendo en esta época de la tecnología y del desarrollo de las comunicaciones? ¿Cuántos viajes hubiera realizado por tierra, mar y aire? ¿Cuántos correos electrónicos y mensajes no hubiera enviado? ¡Desde luego, hasta tendría su propia página blog y más!

Hoy se nos hace un llamado a cumplir con nuestro compromiso cristiano. Así como Pablo nos inspira a ser evangelistas y misioneros, así también el apóstol Pedro nos trae un mensaje de empoderamiento y de confianza, de responsabilidad, de fuerza y de esperanza.

Pedro nos exhorta a no tener miedo a nadie, a que no nos asustemos, y que honremos a nuestro Señor Jesucristo como Señor en nuestros corazones, a que estemos siempre preparados a responder a toda persona que nos pida razón de la esperanza que tenemos.

Por encima de todo, Pablo insiste en que lo hagamos con humildad y respeto. En sus propias palabras dice: “Es mejor sufrir por hacer el bien, si así lo quiere Dios, que por hacer el mal.”

Tenemos mucho que hacer en este tiempo que nos ha tocado vivir. Es necesario que proclamemos las Buenas Nuevas de salvación, que luchemos porque nuestros valores sean transmitidos a niños y jóvenes, tenemos que apoyar a los padres y orientarlos en cuanto a la vigilancia de sus hijos en cuanto al uso de la internet. Muchos niños y niñas se están quitando la vida por el abuso verbal y físico por sus compañeros de clase y otros llamados amigos. También por las personas sin escrúpolus que los usan, los manipulan y los manejan a su antojo.

Predicar y dar a conocer al Cristo resucitado no significa escuchar un sermón o ir a la iglesia cada domingo. Implica que tenemos un compromiso con nuestros hijos e hijas. No dejemos que se nos quite el derecho de ser padres en el cuidado y orientación de ellos. La escuela da los conocimientos. La educación, la formación y la transmisión de los valores la damos en casa.

Seamos predicadores con la acción, más que con la palabra. El Cristo resucitado debe estar presente en nuestras vidas a través de nuestras familias. Proclamemos la Palabra de Dios en los actos del diario vivir, pues lo que hacemos vale más que lo que decimos.

El amor de Dios se muestra en nuestras acciones cotidianas. Un ejemplo palpable lo podemos ver en el momento en que una joven recién llegada, proveniente de un país latinoamericano se ve envuelta en un problema muy grave y la policía la detiene. Los pocos miembros de su familia viven en otro estado. Es encarcelada y cuando llega el día de la corte, se sentía sola, abatida y desamparada. Y lo que nunca se imaginó, la dejó sorprendida. La persona que le había alquilado el apartamento estaba ahí, dispuesto a pagar la fianza, para que ella saliera libre.

Ejemplos como estos ocurren a menudo, y tenemos que prestarles atención, pues este es el predicar a tiempo y fuera de tiempo que Pablo aprovechaba cada ocasión que se le presentaba, para predicar y compartir su amor a Dios con los demás.

Es posible que nosotros también hayamos tenido esas oportunidades y las hayamos dejado ir. No tengamos miedo de hacer el bien a los demás, seamos solidarios y compasivos. No tenemos que hablar; solamente hacer algo de valor por alguien que necesita de nosotros. En el sector o vecindario donde vivimos siempre hay oportunidad de compartir el amor de Dios, pues todos los seres humanos tengamos buena vida financiera o no, en algún momento dado, necesitaremos la ayuda de alguien que quizás ni conozcamos. Y es ahí donde Dios nos ha colocado para ser un evangelista o un misionero.

Aprovechemos cada momento de nuestra vida para hacer algo útil por otras personas. Que nuestro corazón no albergue el desprecio u odio religioso, ni cultural, ni de género. Todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Todos tenemos los mismos derechos y privilegios como hijos e hijas de Dios y Él quiere lo mejor para nosotros.

¿Cómo demostramos que amamos a Dios? Jesús dice que el que recibe sus mandamientos y los obedece demuestra que de veras lo ama. Por lo tanto, hermanos y hermanas, debemos pedir a Dios que infunda en nuestros corazones su amor hacia Él, como aparece escrito en la colecta de hoy.

Busquemos el amor de ese Dios desconocido para quien los habitantes de Atenas tenían un altar. Postrémonos ante él y limpiemos nuestros corazones con su gracia y su misericordia y de esta manera, ya purificados, salgamos al mundo a dar a conocer a nuestro Dios, quien es desconocido por millones de personas.

Ayudemos a nuestros hijos e hijas y a la próxima generación a ser personas de bien, a ser tolerantes y respetuosos, aceptando a cada quien como es y sirviendo a Dios según su tradición religiosa. Sembremos la semilla de la fe y la esperanza que es lo que va a minimizar el odio y el desprecio del corazón de nuestros semejantes.

San Pablo le escribe a Timoteo en su segunda carta: “…te encargo mucho que prediques el mensaje, y que insistas cuando sea oportuno y aun cuando no lo sea. Convence, reprende y anima, enseñando con toda paciencia.” Amén.

 

Quinto domingo de Pascua – Año A

Hechos 7:55-60, Salmo 31:1-5, 15-16, 1 Pedro 2:2-10, Juan 14:1-14

A través del evangelio de Juan, se nos anima a confiar plenamente en Dios que permanece con nosotros en cada momento de nuestra vida.

Es como aquella madre que no descansa al ver a su hijo que llega embriagado en alcohol todas las noches. El padre desde la distancia observa como ella espera que su hijo caiga dormido en la cama para acariciarle la cabeza. Ella, arrodillada al lado de la cama de su hijo, lo contempla con amor. El padre le pregunta: ¿Qué haces? A lo que ella le responde: “Debo amarlo cuando está dormido, porque mi hijo no me deja amarlo cuando él está despierto”.

Como la madre ama a su hijo y permanece con él, Dios nos ama y se queda con nosotros aun cuando nosotros le negamos nuestro amor.

Jesús sanó a los enfermos, expulsó demonios y resucitó a los muertos. Él lavó los pies de sus discípulos como ejemplo y mandato a servir. Él anunció la traición de uno de sus amados y de otro que lo negaría tres veces. Jesús preparó el camino para sus discípulos.

Tal vez estaban confundidos por lo que Jesús les decía. Su tono era de despedida, pero lleno de amor. Pues era necesario preparar a sus discípulos para los sucesos que estaban por venir: su pasión, es decir, su sufrimiento, tortura y muerte en una cruz.

En la vida cotidiana nos enfrentemos a diferentes tipos de murallas emocionales. Son barreras que, en ocasiones, nos resultan muy difíciles de derrumbar. Son fracasos, complejos, críticas destructivas, disgustos, resentimientos, sentimientos de culpabilidad, soberbia, egoísmos, sueños que no se realizan, planes personales que no se ajustan a nuestra voluntad y hasta desengaños. Son pesos que cargamos y que nos acompañan en nuestro diario caminar, pesos que nos duelen y nos molestan. Son velos del corazón que nos limitan.

Son sentimientos negativos que pueden llegar a destruirnos. Muchas veces las heridas más dolorosas no son las que dejan cicatrices o las que se pueden ver. Por el contrario, son las heridas emocionales y sicológicas las más peligrosas. Son las heridas que nos dejan rencores y odios, y son las que nos ciegan.

Estos contratiempos en nuestras vidas, estas luchas en nuestro andar por la vida, estos obstáculos que encontramos pueden quitarnos la alegría de vivir. Sentimos que nuestra fe se debilita; y llegamos al punto, que acumulamos tantas heridas que nos impiden seguir adelante. Incluso, el éxito que experimentamos puede ser objeto de muchas críticas.

No permitamos que esto nos haga daño, porque Jesús lo sabe y está a tu lado. Jesús es paciente y te espera. Jesús está incondicionalmente presente para nosotros, de la misma manera que está la madre de la historia. Ella ama a su hijo cuando él está dormido. Con amorosa paciencia, ella se queda con él.

Aunque nos cueste trabajo entenderlo, así como pasó con Tomás y Felipe que cuestionaron a Jesús, nosotros también muchas veces lo cuestionamos porque Él no responde a nuestras peticiones, sobre todo bajo nuestras condiciones y en nuestro tiempo.

Pero Jesús, amorosamente nos responde que está preparando un lugar especial, y que algún día nos reuniremos con Él. Jesús insiste en que no dudemos, porque sabe que nos cuesta mucho trabajo entenderlo. Por eso, Él nos habla del gran amor que nos tiene y que su presencia está con nosotros siempre. Jesús permanece con nosotros.

Jesús dice: “No se angustien. Confíen en mi Padre y confíen también en mí…Voy a prepararles un lugar. Vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté. Ustedes ya conocen el camino para ir adonde yo voy”.

Jesús hoy día nos afirma como lo hizo con sus discípulos de ese entonces. Él no renuncia a nosotros y no nos cierra la puerta. Al contrario, nos prepara un lugar y nos invita a ir con Él. Jesús nos asegura que nosotros “ya conocemos ese camino a donde Él va”. Él nos conoce bien y sabe que vamos a ser tentados por el enemigo, y nos sentiremos débiles ante los grandes contratiempos que aparecerán en el camino. Aun así, Jesús pacientemente nos espera, y está dispuesto a levantarnos. Nos insiste en que confiemos en el Padre y en Él. Su Santo poder nos recogerá y nos levantará después de cada caída para la gloria del Padre.

Confiando en el amor incondicional de Dios, conocemos un amor que conquista la muerte física y espiritual. Jesús nos invita a dar la batalla contra los contratiempos, y luchar contra las acechanzas del enemigo. Dios es el único que siempre nos hace una invitación abierta. Él deposita su confianza en nosotros. Por eso Jesús, nos dice que no nos angustiemos y que aprendamos a confiar en el Padre y en Él.

En este texto, las palabras de Jesús “confíen en mí” se oyen como “crean en mí”. Jesús nos invita a una relación espiritual e íntima con Él. Como si llegara a nuestro lado y a cada uno de nosotros nos hablara y nos dijera: “confía en mí”.

El mensaje de Jesús, “No se angustien. Confíen en mi Padre y confíen también en Mí” hace que esos velos del corazón se rasguen como en la hora de la muerte en la cruz para dejar entrar la luz de la resurrección. Es un mensaje que nos llega como un bálsamo sanador y restaurador. Jesús en su mensaje nos rodea de su propio aroma y nos abraza con sus palabras de vida.

Este texto del Evangelio de Juan, nos revela que la confianza en Dios nos enseña a escuchar su propósito en nuestras vidas. Por eso es importante, que tengamos presente el estar en sintonía con Dios. Invocar su presencia en nuestro momento de oración y estudio de las escrituras. Esto nos ayuda a desarrollar una capacidad para escuchar detenidamente su voz. Es aquí cuando nos damos cuenta, que Dios nos tiene un plan en el que somos llamados a ser instrumentos de su amor para nosotros y en la vida de otros; y como dice el evangelio, así como el Padre habita en Jesús, Jesús habita también en nosotros.

Jesús nos promete su presencia, su apoyo y su poder por medio del Espíritu Santo. Si algún día nos encontramos embriagados y atormentados por la vida, sabemos que a nuestro lado, amándonos, y acariciándonos Jesús nos acompaña y nos espera para cuando por fin nos volvamos a Él, su amor nos abarque con su bálsamo sanador, la fuerza que necesitamos para derrumbar la murallas que nos impiden ver su luz y disfrutar de la vida que nos ha prometido.

Cuarto domingo de Pascua – Año A

Hechos 2:42-47, Salmo 23, 1 Pedro 2:19-23, Juan 10:1-10

El cuarto domingo de Pascua tradicionalmente se ha denominado “Domingo del Buen Pastor”. Para esta ocasión, se nos invita a reflexionar sobre el papel que desempeña el sacerdote, el líder cristiano, como Buen Pastor. Es un discurso enigmático interpretado por medio de otro de significado perfectamente claro, para una cultura que se dedicaba a pastorear ovejas.

En los versículos del 1 al 5 del texto del Evangelio de Juan en el capítulo 10, Jesús propone las características esenciales de un buen pastor. Juan añade que los fariseos no entendieron su significado. Con el fin de orientar a sus seguidores, Jesús expone sus enseñanzas con claridad sobre este tema tan importante.

Jesús se presenta como el verdadero pastor de su pueblo. Saca a sus ovejas fuera del recinto del judaísmo para constituir un nuevo rebaño o comunidad mesiánica. Él se identifica con la puerta que da acceso a la salvación. Es Jesús, el Buen Pastor que comunica vida y vida en abundancia, con la garantía del equilibrio de vivir en paz y armonía con nosotros mismos y con los demás.

Todas las ovejas son posesión de Jesús ya que le han sido dadas por el Padre Dios y para que puedan entrar en el nuevo rebaño que se constituye perfectamente sólo en el tiempo futuro, es decir, tras la muerte y resurrección de Jesús. La realidad esencial del nuevo rebaño consiste en las nuevas relaciones que se instauran entre el pastor y las ovejas. Jesús va delante de ellas, las conduce y las ovejas se muestran dóciles a su voz y le siguen. Surgen entre Jesús y las ovejas relaciones de mutuo conocimiento y comunión.

La expresión “el Buen Pastor da la vida por sus ovejas” aparece cinco veces en el texto del Evangelio de hoy. La muerte de Jesucristo es el cumplimiento de la voluntad y del mandato del Padre, una manifestación de su amor, y su muerte se ordena a la resurrección como una victoria sobre la muerte. Estos dos acontecimientos constituyen la obra de la salvación.

Nuestro mundo necesita pastores que con amor, humildad y dedicación guíen a las ovejas descarriadas para mostrarles el buen camino a través del apoyo amable y compasivo, con el fin de alcanzar un estado de armonía y paz espiritual. Ese es el principio de la felicidad a la que todos aspiramos para alcanzar la salvación eterna.

Necesitamos pastores, sacerdotes, líderes cristianos como Jesús que estén dispuestos a dar la vida por sus ovejas. Hay que morir cada día, entregados incondicionalmente a la obra de la redención, tratando siempre de hacer el bien sin mirar a quién.

Existen muchos falsos pastores que sólo buscan prebendas de intereses personales descalificando la doctrina del Maestro de Nazaret, confundiendo al rebaño de Jesús, distorsionando sus enseñanzas, trayendo filosofías con falacias que exhiben un estilo de vida contrario al estilo de vida del cristiano, estilo que debe asimilar la mística del rebaño de Jesús que, en el fondo, es una comunidad de amor.

Esa comunidad de amor nos la presenta la lectura de hoy en el Libro de los Hechos de los Apóstoles. En pocos versículos describe las actitudes y prácticas que mantienen esa vida como efecto inmediato de los dones del Espíritu Santo. Todo estaba centrado en la escucha de las enseñanzas de los Apóstoles, la oración continua y la “fracción del pan” que es la celebración Eucarística como sacramento de la comunión con Cristo.

Lucas, que es el autor del Libro de los Hechos de los Apóstoles, añade algo más: esta unión se manifiesta en la comunidad de bienes, como comunión de vida. Los ricos vendían sus propiedades y las repartían entre los pobres. Esta preocupación por los desposeídos es la expresión manifiesta de la comunidad de amor del rebaño de Cristo como Buen Pastor. Finaliza estos cortos versículos describiendo el rápido crecimiento de la comunidad cristiana como signos de la presencia del Espíritu Santo y también como fruto de la fidelidad a Jesús, el Buen pastor.

El testimonio de vida de los cristianos ayer, hoy y siempre es el impacto mayor que acompaña todo proceso de evangelización. El salmo 23, uno de los salmos más edificantes, fortalece esta idea desarrollada en el texto del Evangelio de hoy al proclamar: “El Señor es mi Pastor nada me faltará. En verdes pastos me hace yacer, me conduce hacia aguas tranquilas. Aviva mi alma y me guía por sendas seguras por amor de su Nombre”. Aunque los problemas nos quieran ahogar y las dificultades nos acorralan, Dios está ahí con nosotros para conducirnos a aguas tranquilas como el Pastor va junto a sus ovejas.

Hay muchas ovejas descarriadas que pertenecen al redil de Cristo, y al mismo tiempo, hay escasez de buenos pastores que salgan en busca de esas ovejas errantes por el mundo; ovejas perdidas por estar prisioneras de la maldad de una sociedad sin Dios.

Muchos pastores viven distraídos obsesionados con sus títulos, sus poderes y sus posesiones de bienes materiales. Muchas veces descuidan el redil que se les ha encomendado. Muchos pastores han convertido el rebaño de Cristo en negocios lucrativos abultando sus bolsillos y alejándose de las genuinas enseñanzas del maestro de Galilea, Jesús, el Buen Pastor.

La Iglesia debe volver a las enseñanzas de los Apóstoles y a las prácticas de la primera comunidad cristiana descrita en el Libro de los Hechos de los Apóstoles: “los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común” (Hechos 2:44). Los cristianos estamos muy divididos por ideas egoístas, intereses administrativos, razas, culturas y clases sociales olvidando que hay una sola fe, un solo bautismo y un solo Dios y Padre de todos. Muchos pastores se han constituido en francotiradores de teologías baratas que a veces la llaman de la prosperidad. El mejor honor que le hacemos al Buen Pastor es luchar por la unidad de todos los cristianos, aún reconociendo la diversidad de razas, culturas e ideologías.

No podemos darnos el lujo de presentar una imagen de un “Cristo roto” a la humanidad hambrienta de verdades trascendentales ni distorsionar la recta doctrina del Cristo Liberador que representa la imagen del Buen pastor que llama a sus ovejas por su nombre.

Rescatemos esa ovejas perdidas y descarriadas que vagan por el mundo sin Dios y sin amor y que nosotros los pastores demos un testimonio vivo de unidad y entrega llegando a decir a todo pulmón: “ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida y en la casa del Señor moraré por largos días”.

La gloria sea para Dios: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu santo.

Tercer Domingo de Pascua – Año A

Hechos 2:14a, 36-41, Salmo 116:1-3, 10-17, 1 Pedro 1:17-23, Lucas 24:13-35

¿Caminas en compañía de Jesús? ¿Reconoces la presencia de Jesús en la iglesia y en tu vida diaria? ¿Y qué podemos hacer para que nuestra vida y nuestra iglesia manifiesten de manera más genuina la presencia y compañía de Jesús el Cristo resucitado?

Hay una expresión humorística en inglés que dice que si algo “tiene el aspecto de un ganso, nada en el agua como un ganso, y grazna como un ganso, entonces ES un ganso”. Lo mismo podría decirse de un perro o de un caballo: Si tiene aspecto de perro y ladra, seguramente es un perro. Si tiene aspecto de caballo y relincha, seguramente es un caballo. Algo similar podría decirse de una cristiana o un cristiano: Si es alguien que cree en Jesús, confiesa a Jesús, y vive las enseñanzas de Jesús, entonces podemos decir con certeza que dicha persona es una seguidora o un seguidor de Jesús.

Y lo mismo podría decirse de una Iglesia. ¿Reconoces en tu congregación, en tu misión o parroquia, los rasgos de ese movimiento que Jesús inició y que hoy llamamos cristianismo? En la lectura de los Hechos de los Apóstoles se mencionan varias características de la iglesia en aquellos días.

Los discípulos de Jesús tenían un espíritu misionero. Aunque Jesús ya no estuviese con ellos, iban de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo anunciando que Jesús era el ungido de Dios. A veces la gente los recibía de brazos abiertos, escuchaban su mensaje, se bautizaban y cambiaban su vida. En otras ocasiones, los rechazaban de la misma manera que en la antigüedad, el Pueblo de Dios había rechazado a muchos de sus profetas.

Esos actos de conversión se describen detalladamente en el relato de Hechos: Los apóstoles, como Pedro, predicaban el mensaje de Jesús, invitaban a la gente a “volverse a Dios,” a bautizarse y a recibir el Espíritu Santo. Algunas traducciones antiguas de la Biblia hablaban de “arrepentirse”. Sin embargo, “volverse hacia Dios” es una descripción más completa de lo que Dios espera de nosotros y una interpretación más correcta del texto original.

No se trata solo de reconocer y enmendar nuestros pecados, sino de realmente cambiar la dirección de nuestra vida. “Volverse hacia Dios” es un acto profundo. Esto es la conversión. Cuando cambiamos nuestra vida, damos la vuelta para orientarnos hacia Jesús; nos bautizamos en el agua que nos retorna de la muerte a la vida; quedamos libres del pecado, recibimos el Espíritu Santo y somos enviados a llevar el mensaje del amor reconciliador de Dios, que libera y da vida.

La Iglesia Episcopal es una continuación de ese movimiento establecido por Jesús: Como Pedro, predicamos la palabra; como Pedro, invitamos a la gente a volverse a Dios y a bautizarse; y como Pedro, proclamamos la venida de la guía, la fuerza y el consuelo del Espíritu Santo.

Hoy el evangelio de Lucas describe otro rasgo del movimiento iniciado por Jesús. Se nos dice que el día que Cristo resucitó, había dos discípulos que iban camino a Emaús. En esos días la mayor parte de la gente caminaba; Los caminos se enlodaban cuando llovía y eran polvorientos cuando estaba seco. De noche, generalmente era necesario detenerse para descansar; no existía iluminación eléctrica, y a veces acechaban ladrones en los caminos; caminar de noche podía ser muy peligroso.

Esos dos discípulos oyeron decir que Jesús había resucitado, pero ellos no lo habían visto. El relato sugiere que estaban temerosos o confundidos por los acontecimientos tan dramáticos de esos tres días. No sabemos si era un día soleado o lluvioso, si había polvo o si había lodo; no se nos dicen los nombres ni por qué iban a Emaús. Ni siquiera sabemos si los dos eran hombres o iba una mujer. Pero sí se nos dice que Jesús se les acercó y empezó a caminar con ellos. Pero no lo reconocieron. Jesús les explicó a esos dos discípulos las escrituras que hablaban de Él, desde los libros de Moisés hasta todos los libros de los profetas. A pesar de predicarles un brillante sermón y de explicarles que en Él se cumplían las profecías, los discípulos no lo reconocieron.

Entonces llegando al pueblo caía la noche y Jesús hizo como que iba seguir su camino. Los discípulos insistieron diciendo, como en el canto: “Quédate con nosotros que la tarde está cayendo”. Entonces los tres se detuvieron, entraron y se sentaron a la mesa. Luego, Jesús tomó el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio a esos dos discípulos. ¡En ese mismo momento reconocieron a Jesús! Reconocieron a Jesús en el acto de partir y repartir el pan. Lo reconocieron porque tres días antes, Jesús había hecho lo mismo. En aquella ocasión Jesús les había dicho que entregaría su cuerpo y derramaría su sangre en favor de sus discípulos, y les había mandado a que siguieran haciendo lo mismo, de compartir el pan y el vino en su memoria.

Dos mil años más tarde, en la Iglesia Episcopal seguimos cumpliendo ese mandato: Bendecimos y partimos el pan; bendecimos y compartimos el vino. Lo hacemos en memoria permanente de Jesús, y creemos que es Jesús mismo quien se hace presente en el pan y en el vino. En ese acto recordamos que Jesús está presente junto a nosotros y que somos el cuerpo de Cristo. Esa práctica hoy la llamamos la comunión, la santa cena del Señor, o simplemente la Eucaristía. En ese acto en que compartimos, afirmamos nuestra unidad, nuestra comunión con Jesús y nuestra comunión con los demás miembros de la Iglesia de hoy y de todos los tiempos.

Amigo, la próxima vez que estés en frente de un espejo examínate, “tienes el aspecto de un ganso, nadas en el agua como un ganso, y graznas como un ganso… entonces ¡ERES un ganso!” O será que crees en Jesús, confiesas a Jesús, y haces todo por vivir las enseñanzas de Jesús, entonces puedes decir con certeza que ERES cristiano y caminas con Jesús.

Hoy día es Jesús el que nos invita a quedarnos con Él a cenar de su propio cuerpo y su propia sangre. Es Jesús el que nos lleva de la muerte a la vida. Es Jesús el que nos sana y nos envía su Santo Espíritu para fortalecernos y consolarnos cada vez y en cada momento que clamamos su Santo Nombre.

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Hugo Olaiz es editor asociado para recursos latinos/hispanos de Forward Movement, un ministerio de la Iglesia Episcopal.

Publicado por la Oficina de Formación de la Iglesia Episcopal, 815 Second Avenue, Nueva York, N. Y. 10017.
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Segundo domingo de Pascua – Año A

Hechos 2:14ª, 22-32, Salmo 16, 1 Pedro 1:1:3-9, Juan 20:19-31

¿Alguna vez has estado en la incertidumbre de si creer en algo o en alguien? Ciertamente la mayoría de nosotros nos hemos preguntado si creer o no creer en una cosa u otra.

En 1983 se descubrió que un virus estaba afectando de modo devastador a gran número de personas. Pronto se aprendió que el VIH o virus de inmunodeficiencia humana producía graves efectos. Muchas personas no creyeron que el VIH era contagioso. Tampoco creyeron cuando se les decía que era urgente un tratamiento adecuado. Este virus, cuando no se trata, resulta en el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida conocido también por SIDA una condición que resulta en múltiples complicaciones que llevan a la muerte. A pesar de la enorme cantidad de información y educación que se les suministraba acerca del VIH y el SIDA, muchos decían: “eso es mentira”.

El no creer en esta enfermedad, hizo que se convirtiera en una pandemia en muchos países, y llegó a tales niveles, que comunidades enteras se contagiaron y una gran parte de sus habitantes perdieron la vida. Por fin, muchos comenzaron a escuchar y a creer por haber visto las consecuencias. Hoy día, el esfuerzo de personas, comunidades y naciones para prevenir el contagio y proveer tratamiento ha logrado salvar millones de vidas.

En las comunidades migrantes, hoy día tenemos otra situación de creer o no creer. La encontramos en las redes sociales y en los distintos medios de comunicación. Se trata de las redadas que lleva a cabo el departamento de Inmigración de EE UU. Mucha información nos llega de lo que está pasando en las ciudades donde vivimos y en comunidades vecinas aún así es difícil saber qué creer.

Con la información, vienen las preguntas: ¿Qué se debe hacer o no hacer si llegan y tocan a la puerta de mi casa? Si nos paran en la calle cuando vamos manejando, ¿qué debemos decir o no decir? Al suministrar información para saber qué hacer si llegara a suceder, más preguntas surgen: ¿será verdad? ¿Qué fuente de información lo corrobora? ¿qué hacer si solamente es para asustarnos? Es difícil darle crédito a esta situación y creer lo que se escucha, no se diga el temor que se siente en las comunidades.

El Evangelio según San Juan, nos presenta otra situación de creer o no creer. Relata las dos apariciones de Jesús a sus discípulos, cada aparición con una semana de por medio. Los discípulos no creían que era Jesús a quien estaban viendo. Estaban atemorizados, pues creían que era un fantasma.

Algunos de los presentes dudaron o negaron a Jesús anteriormente. Tal es el caso de Natanael quien dudaba que algo bueno pudiera salir de Nazaret, aunque más adelante confesó: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”.

Pedro también había declarado que Jesús era “el Hijo del Dios viviente” y más tarde, sabemos que lo niega tres veces. Y entonces oímos a Tomás, para quien era necesario ver, tocar, y hasta meter los dedos y las manos en las heridas de Jesús para poder creer.

En nuestro tiempo y para muchos, el refrán, ver para creer ha venido a ser fundamental a la hora de desarrollar la fe. Incluidos muchos que nos llamamos cristianos, no podemos creer si no encontramos una explicación lógica, evidencias de lo ocurrido o que se nos explique la manera como se produjo y sucedió un hecho.

Creer va más allá de toda la información intelectual que podamos tener a nuestra disposición. Creer va de la mano con la fe, y la fe va más allá de la lógica, de los procesos y de las evidencias. Es creer que Dios es poderoso para hacer todo aquello que pedimos y necesitamos conforme a su divina voluntad.

Sin embargo, la incredulidad ha existido desde antes de los tiempos de Cristo Jesús. Ejemplo de ello, lo encontramos en Números capítulo 14, versículo 11 “Y el Señor dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo me desdeñará este pueblo? ¿Y hasta cuándo no creerán en mí a pesar de todas las señales que he hecho en medio de ellos?” El creer es una parte central de nuestro peregrinaje espiritual.

Analicemos por un momento al Tomás, desde cuando Jesús estaba ejerciendo su ministerio. Primeramente, Jesús escogió a Tomás como su discípulo. ¿Se imaginan qué gran privilegio fue para Tomás el ser llamado? Tomás creyó y no dudó sobre las buenas nuevas que Jesús predicaba. Lo siguió y aprendía de sus enseñanzas. Cuántos de nosotros quisiéramos haber estado ahí, para ser elegidos.

Tomás también se encontraba junto con los otros discípulos cuando Jesús les dijo que Lázaro ya estaba muerto. Al escuchar la noticia de que Jesús iba para Betania, Tomás les dijo a los demás: “Vamos también nosotros, para que muramos con él”. A Tomás le preocupaba lo que podría pasarle a Jesús. Los líderes religiosos de ese momento estaban en contra de Él y era muy probable que lo arrestaran y le dieran muerte. Tomás cree con una fe inmensa y sin dudas acerca del poder de su Maestro que no fallaría.

Tomás llegó a Jerusalén para morir con Jesús y estaba allí cuando resucitó a Lázaro de entre los muertos. “Los hombres quitaron la piedra que cubría la entrada de la tumba según el mandato de Jesús. Jesús oró al Padre, y cuando terminó, gritó con fuerte voz: ¡Lázaro, ven afuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadlo y dejadlo ir”.

Desde el momento en que Jesús resucitó a Lázaro de entre los muertos, comenzó a preparar a sus discípulos para su muerte. Cuando celebraron la cena de la Pascua, en el aposento Alto, Tomás escucho las palabras de Jesús acerca del cielo. El reaccionó diciéndole: “Señor, no sabemos a dónde vas; ¿Cómo, pues, podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí. Si me conocieran, también a mi Padre conocerían; y desde ahora lo conocen y lo han visto”.

Tomás creyó en las palabras de Jesús. Sin embargo, su personalidad no le permitía quedarse con dudas. Muchos, tal vez lo hemos mal interpretado. Aparentemente, Tomás estaba tan preparado como los otros discípulos para creer en la resurrección de Jesús, pero dejó que la duda, lo hiciera cuestionar.

El primer día de la resurrección de Jesús de entre los muertos, Él se aparece a sus discípulos. Tomás no estaba presente. Cuando le cuentan lo que experimentaron, Tomás se niega a aceptar el testimonio de sus amigos. Ellos le aseguraban que habían visto a Jesús resucitado. Tomás no les cree por más que ve a sus compañeros emocionados y convencidos de la verdad de lo ocurrido. Los otros discípulos querían que su amigo tuviera la misma paz que sintieron al ver que su amigo y Salvador estaba vivo. En su incredulidad, Tomás pide pruebas para creerles: “si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi mano en su costado, no creeré”.

Tomás quería evidencias y pruebas. ¡Ahora él está frente a ellas! “Ocho días después estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, se puso en medio y les dijo: ¡Paz a vosotros! Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo y mira mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron”.

Jesús le revela la verdad a Tomás, así como lo hizo con los otros discípulos. La fe ha sido probada y ahora es más profunda con la aparición de su Señor resucitado, la revelación de Jesús el Mesías esperado, Dios con nosotros.

Jesús ha dado un golpe decisivo a todas las dudas y a la incredulidad acerca de su resurrección. Habrá muchos Tomases a través de la historia que lucharán con la misma pregunta de si creer o no creer en la resurrección. Jesús les responderá, de manera satisfactoria a todas las dudas que puedan surgir. Debemos estar agradecidos de que Tomás expresó sus dudas sobre la resurrección de Jesús, porque al responder a sus preguntas, Jesús respondió las nuestras, también.

Es por esto que al principio les dije que el creer va de la mano con la fe. Creer es levantar nuestra mirada hacia Jesús, y contemplarlo como “mi Señor y mi Dios”, sin dejar de mirarlo por el resto de nuestra vida. Jesús habla de nosotros cuando dice: “bienaventurados los que no vieron y creyeron.” El que, en cualquier momento, pasado, presente o futuro, cree sin ver es pronunciado, “bienaventurado.”

Cuando practicamos la fe, sin olvidar la esperanza y sobre todo el amor de Dios que libera, da vida y nos llama a hacer lo mismo para con el prójimo, comenzamos a desarrollar una manera de pensar y vivir que nos alumbra el conocimiento y nos permite actuar como agentes de vida. Cuando dudamos podemos contar con la comunidad de “bienaventurados” que también caminan a nuestro lado por la fe y no por la vista, que por nuestros temores o prejuicios nos puede paralizar.

Escuchemos la voz de nuestro Señor que comparte el misterio de su resurrección con nosotros y nos dice en cada momento, “¡No temas! ¡

 

7 Pascua (A) – 2014

1 de junio de 2014

Hechos 1:6-14; Salmo 68:1-10, 33-36; 1 Pedro 4:12-14; 5:6-11; Juan 17:1-11.

Celebramos el séptimo domingo de Pascua y las lecturas se enfocan en la despedida del Señor. La primera, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos describe la Ascensión del Señor a los cielos y como los discípulos han escuchado de Jesús resucitado  la promesa de la venida del Espíritu Santo, para así  dar  testimonio de su resurrección. A pesar de tales palabras, se sienten tristes y desorientados.

Mucho antes que sucediera la Ascensión del Señor, Jesús había presentado al Padre  una bella oración, conocida como la oración sacerdotal. Antes de su pasión y muerte, nuestro Señor Jesucristo ofrece al Padre esta plegaria en la que, como un  padre amoroso, se preocupa por el futuro de  sus seguidores.  “Yo te ruego por ellos; no ruego por los que son del mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos.  Todo lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío; y mi gloria se hace visible en ellos. No voy a seguir en el mundo, pero ellos sí van a seguir en el mundo, mientras que yo me voy para estar contigo. Padre santo, cuídalos con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado, para que estén completamente unidos, como tú y yo”.

Habiendo el Señor concluido su ministerio en la tierra, regresa al lado del Padre y sus seguidores hubieran preferido que se quedase físicamente para todas las generaciones de creyentes. No cabe duda que la presencia corporal del Señor nos ayudaría a realizar una obra misionera sin muchas dificultades. Sin embargo, el Señor, prefiere subir a los cielos y dejar que el Espíritu Santo guíe y fortalezca a cada uno de sus apóstoles en la obra misionera de la Iglesia en distintas partes de la tierra.

El Señor confía en nosotros y, llenos del poder del Espíritu, nos deja la responsabilidad de extender su reino y quiere que nos dediquemos a proclamar las buenas nuevas de un Dios misericordioso y compasivo que nos invita a una vida plena. La Ascensión del Señor no es una despedida, es el inicio de la obra misionera con la presencia espiritual del Señor.

Los discípulos regresan al aposento alto, lugar donde se hospedan en Jerusalén, y allí se decide quién será el que sustituya a Judas Iscariote. Le corresponde a Matías ser parte del grupo de los doce. La misión no puede esperar, es importante sumar más apóstoles; no hay tiempo para lamentarse de que Judas optara por su propio proyecto y no por el del reino de Dios.

Continuarán los seguidores del Señor en el mismo aposento alto, donde tendrá lugar la venida del Espíritu Santo sobre cada uno, pronto se va a celebrar el primer Pentecostés de la naciente Iglesia.

Los primeros cristianos, según la primera carta de Pedro, eran plenamente conscientes del reto de la persecución y la muerte por causa de Cristo. El texto que hoy se lee en la segunda lectura nos confirma lo dicho: Dichosos ustedes, si alguien los insulta por causa de Cristo, porque el glorioso Espíritu de Dios está continuamente sobre ustedes” (Primera carta de Pedro 4:14).

La decisión y el valor de los primeros cristianos y cristianas de entregar la propia vida por la causa de Cristo se explican por la certeza que cada uno tenía del poder del Espíritu Santo en el surgimiento y desarrollo de la Iglesia, como comunidad de Cristo resucitado. Se debe añadir el hecho mismo de que el Señor Jesús oró al Padre por sus seguidores en las generaciones venideras.

La obra misionera de la Iglesia en todos los confines de la tierra ha sido posible gracias a la fe y entrega de tantos hombres y mujeres que no han dudado al responder al llamado del Señor  cuando les ha buscado para extender su reino.

La Ascensión del Señor como el acontecimiento que marca el inicio de la obra evangelizadora de la Iglesia, la llegada del Espíritu Santo como fuerza motriz de la obra, y  la oración sacerdotal de Jesús por sus seguidores en todos los tiempos deben ayudarnos a entender que la obra misionera de la Iglesia está absolutamente en las manos de Dios.

En la Iglesia Episcopal todos los bautizados  y bautizadas participamos con igualdad de deberes en la obra evangelizadora de la Iglesia. En la mayoría de nuestras congregaciones se enfatiza en las promesas bautismales. Cada una de estas promesas está relacionada con el mandato del Señor de anunciar las buenas nuevas. Así encontramos que una de las promesas nos pide continuar con la enseñanza de los apóstoles en la fracción del pan y en las oraciones.

A nuestra generación  de creyentes le corresponde hacer realidad esa promesa mediante la predicación, el testimonio y la adoración al Señor en la santa Eucaristía, y en la educación de nuestros hijos en los valores del evangelio, con el fin de que ellos continúen practicando su fe en el contexto de la comunidad cristiana.

Otra de las promesas bautismales nos invita a servir a Cristo en todas las personas amando al prójimo como a uno mismo. En esta promesa se nos pide llevar a la práctica nuestra fe en el servicio a los demás. El servicio cristiano en nuestras comunidades se ejerce en diferentes formas, que van desde el gesto de solidaridad por el hermano o hermana que sufre, o bien en proyectos comunitarios que atienden a centenares de personas desamparadas o bien  abogando por los que sufren discriminación y rechazo en nuestra sociedad.

A lo largo de  la estación de Pascua, hemos reafirmado nuestras promesas bautismales; en la medida que cada cristiano y cristiana vive estas promesas, entonces la presencia del Señor resucitado  puede palparse en la sociedad en que vivimos. La Iglesia es la misma de aquellos primeros discípulos que regresaron del monte de los Olivos, después de haber visto subir al Señor a los cielos; la Iglesia es la misma de aquellos que recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés.

Hoy, sin temor, proclamamos al mundo que Cristo vive y dirige nuestras vidas. Participemos en cada una de nuestras congregaciones con la misma esperanza y pasión de los primeros cristianos, que en situaciones de persecución, fueron capaces de establecer comunidades de fe en muchas partes del mundo antiguo. Ellos no tenían los medios  de transporte y de comunicación que nosotros tenemos, pero si tenían la certeza de que la obra que realizaban era en el nombre del Señor  resucitado que les había encomendado llevar la buena nueva a todas las gentes

El futuro de nuestra Iglesia está en la fuerza y el poder del Espíritu Santo;  pidamos que ese poder maravilloso del Espíritu derrame los dones necesarios sobre nuestras congregaciones para que la fe cristiana siga siendo la brújula que marque el rumbo de nuestras familias

Celebremos pues con gozo la Ascensión del Señor, porque Jesús confía que nos dejemos guiar por el poder del Espíritu Santo para llevar a cabo la transformación de nuestra sociedad con los valores del evangelio que él nos proclamó.

 

— El Rvdo. Álvaro Araica es Asociado del Ministerio Hispano en la Diócesis de Chicago. También sirve como vicario parroquial en la iglesia Cristo Rey en el norte de la ciudad de Chicago. El padre Araica es graduado del programa de doctorado en ministerio de Seabury Western Theological Seminary.

La Ascensión del Señor (A) – 2014

29 de mayo de 2014

Hechos 1:1-11;  Salmo 47 o Salmo 93;  Efesios 1:15-23Lucas 24:44-53.

La Iglesia, extendida por todo el mundo, celebra con gozo la Ascensión del Señor.  Lucas, en su evangelio y en el libro de los Hechos de los Apóstoles, nos describe los detalles que rodean la subida del Señor a los cielos. Eran los días  en que las apariciones del Señor resucitado a los apóstoles se daban con mucha frecuencia. Así se indica libro de los Hechos: “Después de muerto se les presentó en persona, dándoles así claras pruebas de que estaba vivo. Durante cuarenta días se dejó ver de ellos y les estuvo hablando del reino de Dios” (Hechos 1).

Ese período de cuarenta días en el que el Señor resucitado se aparece a sus seguidores es un tiempo de preparación para la obra misionera que está a punto de iniciarse. El Señor aborda  temas como el reino de Dios, el bautismo en el Espíritu, el testimonio en la vida cristiana y la misión evangelizadora a todos los pueblos de la tierra; tales tópicos han sido centrales en la vida de la comunidad cristiana a lo largo de su historia.

Bien se dice que el libro de los Hechos de los Apóstoles debería llamarse el libro de los Hechos del Espíritu Santo. El Señor resucitado instruye a sus discípulos antes de ascender a los cielos y, como se indica en la primera lectura de hoy, lo hace por medio del Espíritu Santo.

¿Por qué el Señor se refiere al Espíritu Santo como el poder y la fuerza que dirigirá la obra misionera de la iglesia? ¿Es posible entender la obra redentora de Jesús, sin tener en cuenta la acción del Espíritu Santo? ¿Quién es el Espíritu Santo?  Según el catecismo de la Iglesia Episcopal: “El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Trinidad, Dios actuando continuamente en el mundo y en la Iglesia (Libro de Oración Común, pág. 744).

El Señor sube a los cielos, y la obra iniciada por él en el mundo cobra una fuerza especial por medio del poder del Espíritu Santo. En palabras de san Pablo en su carta a  los Efesios, “Este poder es el mismo que Dios mostró con tanta fuerza y potencia cuando resucitó a Cristo y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, poniéndolo por encima de todo poder, autoridad, dominio y señorío, y por encima de todo lo que existe, tanto en este tiempo como en el venidero”.

Frente al hecho maravilloso de la Ascensión del Señor, los cristianos y cristianas de hoy no son diferentes a los discípulos que fueron testigos de semejante evento. La primera reacción es de estupor, el Señor se marcha y ellos temen que todo ha terminado, que no son capaces de continuar la obra que el Señor les encomienda. La Ascensión marca el inicio de una nueva etapa en la comunidad cristiana bajo la guía y el poder del Espíritu Santo. El maravilloso acontecimiento de Pentecostés  es la confirmación de esta vida en el Espíritu Santo. La afirmación  del Señor a sus discípulos al revelarles que “cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí, en Jerusalén, en toda la región de Judea y de Samaria, y hasta en las partes más lejanas de la tierra” (Hechos 1:8), se hace realidad el día de Pentecostés.

Nuestro Señor Jesucristo, resucitado y glorificado, está presente en cada obra que la iglesia realiza en el mundo. El Espíritu Santo, que, como recitamos en el credo, “procede del Padre y del Hijo”, es la expresión suprema de la presencia de Cristo en el mundo.

Jesús sube a los cielos, pero no se marcha, permanece en cada acción misionera, en cada testimonio de vida cristiana, en cada nueva comunidad cristiana que surge y se desarrolla. Los primeros discípulos del Señor extrañaban la presencia física del Señor, pero una vez que experimentan el poder del Espíritu Santo en Pentecostés, abren los ojos y descubren la real presencia de Jesús en las obras que realizan en su nombre y abrazan la misión de extender el reino hasta los confines de la tierra.

Para nosotros cristianos y cristianas de este tercer milenio, las palabras de los ángeles a los discípulos: “Galileos, ¿por qué se han quedado mirando al cielo? Este mismo Jesús que estuvo entre ustedes y que ha sido llevado al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse allá” (Hechos 1:11), son un llamado de atención y un mandato a la vez. La obra del Señor en la tierra debe continuar bajo la acción y el poder del Espíritu Santo. La obra misionera no depende solamente de los recursos humanos y materiales, es una obra iniciada por el mismo Jesús bajo el influjo poderoso del Espíritu Santo.

Hoy en día vemos que la evangelización es tarea difícil en medio de campañas mediáticas que desacreditan la labor pastoral y evangelizadora de la Iglesia. Las nuevas generaciones se sienten atraídas por las variadas ofertas espirituales que invitan a centrarse en el individuo solamente, obviando que el ser humano se define a partir de su relación con los demás. El Señor delegó a la Iglesia la responsabilidad de ser guía para el ser humano en la búsqueda de la plenitud. La Iglesia que es a su vez institución humana, es también como lo afirma el apóstol Pablo a los Efesios: “Cuerpo de Cristo, de quien ella recibe su plenitud, ya que Cristo es quien lleva todas las cosas a su plenitud” (Efesios 1:23).

La obra de la Iglesia continuará durante muchos milenios más, porque la guía el mismo Espíritu Santo, sin embargo, nos corresponde a nosotros, discípulos y discípulas de este tiempo responder al reto de llevar la buena nueva a todos los pueblos en el contexto social y cultural en que viven. La Iglesia no puede aislarse y confiar en el poder de su estructura organizativa para existir. Atrás quedaron los tiempos en que la Iglesia ocupaba un lugar especial en el seno de cada familia. El domingo, tradicionalmente dedicado a la práctica religiosa, es hoy también el día de practicar el deporte favorito. Los horarios laborales no permiten a muchos de nuestra comunidad hispana participar en la adoración dominical. ¿Cómo respondemos a ese reto? ¿Somos creativos y tenaces al abrir nuevos espacios de adoración y formación cristiana fuera del domingo? ¿Cómo utilizamos la tecnología para llevar al mensaje a los miembros de nuestra comunidad?

El Señor subió a los cielos y se fue confiado que la obra iniciada por él no tendría fin porque sus discípulos y discípulas abrirían sus mentes y corazones al influjo del Espíritu y así cumplirían con la misión de anunciar las buenas nuevas de salvación a todos los pueblos. Ser Iglesia hoy en día es más que tener  un templo, ser iglesia es ser una comunidad en la que la evangelización y el testimonio de servicio son los mandatos centrales del Señor antes de subir a los cielos. El reino de Dios anunciado por Jesús antes de morir, es también reafirmado por el Señor resucitado antes de subir a los cielos. Que nuestro anuncio de un reino de paz y justicia desde el amor cristiano sea siempre el centro de nuestra tarea evangelizadora.

 

— El Rvdo. Álvaro Araica es Asociado del Ministerio Hispano en la Diócesis de Chicago. También sirve como vicario parroquial en la iglesia Cristo Rey en el norte de la ciudad de Chicago. El padre Araica es graduado del programa de doctorado en ministerio de Seabury Western Theological Seminary.