1 Navidad – 30 de diciembre de 2018


[RCL] Isaías 61:10–62:3; Salmo 147 o 147:13–21; Gálatas 3:23–25; 4:4–7; San Juan 1:1–18

Hoy, primer domingo después de Navidad continuamos la celebración del nacimiento de Nuesrtro Señor Jesucristo con gozo y alegría. Mantenemos latente en nuestro corazón todo lo que implica esta fiesta de Navidad. Por encima de todo y al centro de esta celebración vivimos una y otra vez el mensaje maravilloso que Dios nos transmite hoy: Jesús es nuestra luz, porque es amor y verdad y se ha manifestado tomando nuestra condición humana, es decir, Dios nos ha mostrado su rostro humano en Jesús. Nuestra alegría también la completan nuestras tradiciones como la de ofrecernos regalos, compartir la cena en familia y con las personas más cercanas y queridas.

En las lecturas de este día se ven reflejadas la felicidad ante la presencia salvadora de Dios. En Isaías el desborde de júbilo por la salvación de Dios es una gran victoria y no es para menos: percibimos la hermosura de la protección y cuidado que da nuestro Señor. El salmista también canta alabanzas sobre ese poder infinito de Dios y lo describe como proezas de gloria. El salmo está atado a la lectura de la Carta a los Gálatas cuando Pablo dice que somos hijos de Dios, herederos de su Reino y con la misma honra de su Hijo Único. Esta dignidad que describe Pablo nos hace sentirnos libres y amados porque ya no somos esclavos; en el amor no hay esclavitud, sino libertad.

El evangelio de San Juan es un himno que va a lo profundo de la revelación del misterio de Jesús, porque describe cómo el amor infinito de Dios por nosotros y nosotras se encarna en Cristo para de esa manera extender su amor divino a toda la humanidad. La descripción de Jesús en este pasaje es la transformación de la historia de Dios en el mundo a través de su unigénito hijo Jesucristo. No olvidemos que durante muchos siglos se especuló cómo sería Dios, cuál sería su rostro, qué pensaba de nosotros y de nosotras y si éramos dignos de su atención y amor.

Estas creencias están distribuidas a lo largo de todo el mundo en las diferentes religiones, porque el ser humano en su imaginación quiere respuestas a la gran incertidumbre de cómo es Dios y qué quiere. Ahora bien, como cristianos podemos estar convencidos y convencidas de que conocemos al Dios humanado, que se ha acercado a nuestras vidas siendo como nosotros y nosotras, profundamente humano, en todo, menos en el pecado. Con certeza sabemos que Jesús también sintió las emociones que nos embargan a diario: miedo, rabia, alegría y tristeza. Jesús también conoce a fondo nuestro corazón, nuestro ser y toda nuestra existencia.

Comúnmente en nuestra vida espiritual, personal y comunitaria nos preguntamos cómo hablar con Dios, cómo sentirlo cerca cuando pasamos por dificultades y adversidades. A veces nos sentimos impotentes por no saber expresarle a Dios lo que sentimos. Por esto, es muy importante que recordemos el texto del evangelio de hoy: “Se hizo hombre y vivió entre nosotros”. De tal modo, que las distancias entre Dios y nosotros han desaparecido, no es algo abstracto, sino que es alguien, es una persona.

A lo largo del evangelio hallamos cientos de historias, vivencias y experiencias que nos hacen comprender cómo Dios nos mira cuando sufrimos, cómo Dios se preocupa cuando nos perdemos en búsquedas arriesgadas, cómo nos perdona con su misericordia infinita cuando nos equivocamos y lo negamos, incluso cuando pensamos que no somos dignos de su amor. Dios entiende todo lo que somos, lo sublime y lo complicado de nuestras vidas, y todo esto porque también Él fue humano. Dios no se comunica a través de teorías o conceptos abstractos sino que se manifiesta a través de las experiencias de su Jesús: humilde, sencillo, frágil y allegado a todo ser humano.  A Jesús lo encontramos en el diario vivir desde lo que somos, desde nuestra bondad y sencillez de corazón, en el trato con nuestro prójimo – esas personas a quienes encontramos en nuestro diario vivir en la calle, en la escuela, en el trabajo y en nuestras comunidades de fe.

Juan describe a la luz del mundo de esta manera: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla”. Esta referencia se repirte en la Colecta de hoy refiriéndose a nuestra propia luz: Concede que esta luz, que arde en nuestro corazón, resplandezca en nuestra vida”. Esta oración nos invita a recordar que, a pesar de los tiempos oscuros, tenebrosos e injustos que nos rodean, somos la luz de Jesús.

La luz de Cristo inspira a que brote de nuestros corazones la esperanza, la fe y el amor por la creación de Dios. La luz de la humanidad en Cristo Jesús es el camino de la salvación trazado por Jesús. El amor y la verdad que su Palabra y Pan nos transmiten, nos impulsan más allá de nuestras propias capacidades, para dar testimonio de que somos luz.

¿Qué hemos de hacer? Seguir a Jesús es reconocer que somos una creación maravillosa de Dios. Mantener una comunicación constante con Dios para renovar nuestros espíritus, sentirnos revividos, y tener esperanza. Apartar tiempo de silencio y reflexión, aunque solo sea por unos minutos, en los que podamos abrir mente y corazón a escuchar la voz de Dios y ver la luz de Jesús en lo más sagrado de nuestras almas. En estas acciones reflajamos nuestra bondad, misericordia, compasión, solidaridad y compromiso de vivir el evangelio de Jesús.

En el nuevo año que se aproxima encomendémonos a Dios, dueño del ayer, del hoy y del mañana, todo lo que somos, nuestros proyectos y deseos, nuestras inquietudes y angustias, nuestras alegrías y tristezas, nuestras familias y amigos, cercanos y lejanos. ¡Qué todo lo que hagamos sea para ser y hacer felices a los demás, para transmitir el inmenso recogijo que nos hace sentir amados y amadas, tanto así, que nadie dude que somos destellos de luz que un hermoso Niño nos ha legado!

El Rvdo. Israel Alexander Portilla Gómez es diácono en la Misión San Juan Evangelista, Diócesis de Colombia, donde ha ejercido el ministerio desde diciembre de 2016.

Descargue el sermón de 1 Navidad.

Navidad (III) – 25 de diciembre de 2018


[RCL] Isaías 61:10-62:3; Salmo 147 ó 147:13-21; Gálatas 3:23-25; 4:4-7; John 1:1-18

“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios”.

Con estas palabras el evangelista Juan nos introduce el cuarto evangelio y establece con claridad meridiana que todo lo que existe y tiene su ser se origina en y por la Palabra. Esa Palabra decidió establecer su morada entre nosotros y bendecirnos con su presencia de una forma más concreta.

Pero ésta no es una presencia totalmente ajena en la experiencia del pueblo hebreo. Durante muchos siglos Dios se había hecho manifiesto en el llamado a Abrahán, en la liberación de Egipto bajo el liderazgo de Moisés y en el envío constante de profetas para que guiaran a los israelitas en su proceso de maduración en la fe y comprensión del propósito salvífico de Dios.

El verdadero desafío de este pasaje del evangelio de Juan, tanto para nosotros como para los contemporáneos del evangelista, es cómo esa Palabra toma forma en la persona de Jesús. Y esto, queridos hermanos y hermanas, nos presenta un problema muy serio, un problema que no podemos resolver si nos quedamos aferrados a una visión limitada y cómoda de lo que es la presencia de Dios entre nosotros.

Por fe sabemos que Dios es Palabra efectiva que se cumple en su promesa y se manifiesta en la creación y en sus acciones. Ya desde los tiempos de Moisés entendemos que ese Dios se define como el que Es: un Dios de acción, celoso por su pueblo y apasionado por la justicia.

Sin embargo, cuando ese Dios se nos hace muy concreto, puede llevarnos al desconcierto y a la búsqueda incansable del aspecto de él que más se acomode a nuestros intereses. ¿Acaso fue eso lo que pasó cuando Jesús apareció reclamando ser el Hijo de Dios? ¿Acaso es lo que nos ocurre a nosotros mismos cuando una persona necesitada pasa a nuestro lado y nos reclama ser Jesús?

En el evangelio de Juan el mismo Jesús se autodefine como: “Camino, verdad y vida”, un lenguaje que nos deja espacio para la elaboración teológica y creativa. Desde nuestra experiencia cristiana se nos hace relativamente fácil aceptar a Jesús como esa “Palabra hecha carne que habitó entre nosotros”. Pero Jesús no nos deja tanto libre albedrío cuando nos desafía a descubrirle en el hambriento, el sediento, el enfermo, el desnudo y el encarcelado. Ahí nos exige la acción que libera y no solamente el discurso que busca liberar. Esa distinción la descubrimos bastante matizada a todo lo largo del ministerio de Jesús; ministerio del que se hace partícipe la Iglesia y, por asociación, nosotros también.

“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Habitar es tener morada con carácter permanente o establecerse en un lugar cualquiera. Eso, dicho a partir de la experiencia humana, constituye una afirmación ordinaria. Pero visto del punto de vista divino nos lleva al campo de lo extraordinario. Lo que pasa con la encarnación de Jesús es extraordinario y por eso el evangelista Juan lo hace tema introductorio de su libro. En ese sentido la misión de la Iglesia es mantener un diálogo permanentemente y abierto entre lo ordinario y lo extraordinario. Ese diálogo debe ayudarnos a seguir descubriendo la presencia del Dios encarnado en las personas ordinarias con quienes compartimos este mundo, especialmente con aquellas que están más necesitadas.

Hace un momento decíamos que el desafío real consiste en descubrir cómo la Palabra encarnada se manifiesta en nosotros. Con un poco de esfuerzo podemos descubrir muchas formas en las que esto ocurre. Pensemos, por ejemplo, en los soldados que han sido enviados a combatir en Irak y Afganistán. Reflexionemos en la angustia que puedan tener sus familias, y en su impotencia y el temor de no volverlos a ver con vida. Pensemos también en las miles de familias que han sido divididas por los operativos y así han puesto cientos de millas de distancias entre padres e hijos. También pensemos en los hermanos y hermanas que perdieron sus casas y sus trabajos en estos dos últimos años. De igual modo, traigamos a nuestra mente a miles de jornaleros y jornaleras que diariamente, y aun durante este tiempo de Navidad, se debaten entre lo posible y lo imposible; lo real y la esperanza que da la fe, antes de salir a las calles a buscar el sustento de su familia. Y por qué no pensar en los casi doce millones de personas que esperan desesperadamente un acto del Congreso de Estados Unidos que regularice su estatus a través de una muy esperada, orada y protestada reforma inmigratoria.

En cada uno de los ejemplos que acabamos de mencionar no hay mucho de extraordinario. Lo extraordinario es que nosotros podamos experimentar la ruptura y ansiedad de los sujetos envueltos del mismo modo que Jesús la experimenta. Nosotros los cristianos podemos descubrir en cada ser humano la presencia incuestionable de Jesús, el Verbo encarnado cuyo nacimiento estamos celebrando. Él nos invita a servirle en cada ser humano. Y eso sin importar la condición social, la raza, el género, las preferencias o el estatus de aquellos y aquellas en quienes él se hace presente.

Que Dios Padre nos siga bendiciendo con su palabra y nos conceda la gracia de poder identificarle en todo y en todos, y hacer manifiesto su amor con hechos que dan un testimonio fehaciente.

Este sermón escrito por el Reverendo Canónigo Simón Bautista originalmente se publicó para el Día de Navidad 2009.

Descargue el sermón de Navidad (III).

Estudio Bíblico – 2 Navidad (Año C) – 3 enero 2016

Escrito por Robin Denny

[RCL] Jeremías 31: 7-14; Salmo 84 o 84: 1-8; Efesios 1: 3-6,15-19a; Mateo 2: 13-15,19-23



Jeremías 31: 7-14

En Jeremías oímos hablar al pueblo de Israel que clama al Señor en busca de ayuda. Dios los escuchó y recogió y retornó del exilio. ¿Cómo alabó el pueblo al Señor? Israel se embarca en un viaje fuera de la cautividad. Aunque el camino es largo, está nivelado y va al lado de arroyos. No solo hay personas sanas en este viaje. Vienen todos, incluyendo aquellos que son débiles, incapaces de ver o caminar. También hay madres embarazadas; sus nacimientos inminentes simbolizan un nuevo comienzo. Este viaje es un nuevo comienzo con abundancia para todos. ¡La gente va a celebrarlo con alabanza y danza! ¡Su dolor será reemplazado por la felicidad!

  • ¿En qué casos en tu vida te sientes como exiliado?
  • ¿Cómo te libró Dios del exilio?
  • ¿Dónde está tu tierra prometida?
  • ¿A qué se parecerá tu tierra prometida?

Salmo 84 o 84: 1-8


Este salmo nos habla del poder amoroso de Dios. Ilustra cómo deseamos el amor de Dios. Dios provee refugio en el templo. Un lugar para cantar alabanzas, pero también un lugar de refugio para todo el mundo; incluso las aves están seguras allí. Podemos encontrar la felicidad con la seguridad que Dios nos da, y los que confían en Dios son bendecidos. Además de refugio, necesitamos agua para sostenernos. Las fuentes de agua cerca del templo son necesarias para la vida y con ellas y con Dios, no tendremos sed. Dios provee para nosotros. Alabamos a Dios y pedimos en nuestras oraciones fervientes porque Dios es el Todopoderoso.

  • ¿Cómo experimentas el amor de Dios en tu vida?
  • ¿Cómo expresas la felicidad que se encuentra en la presencia de Dios?

Efesios 1: 3-6, 15-19a

En la carta de Pablo a los efesios se habla de la fuerza de Dios, la gracia y el poder inconmensurable. Dios trae bendiciones para un futuro lleno de gloria y de poder. Somos escogidos para ser hijos de Dios. Dios nos eligió para que fuéramos santos y sin mancha. Nuestros pecados son perdonados y Dios nos acepta plenamente. No solo hemos obtenido una herencia, también estamos sellados por el Espíritu Santo. Dios nos conoce bien y oramos para que seamos iluminados. Buscamos la sabiduría y la revelación a fin de conocer mejor a Dios. Nosotros, como gente humilde nos esforzamos por conocer mejor a Dios. Creemos.

  • ¿Cómo puedes conocer a Dios más plenamente?
  • ¿Cómo ha sido bendecida tu vida?


Mateo 2: 13-15, 19

Un ángel del Señor se le apareció a José en un sueño y obedeció. El ángel le habló de los peligros para su familia. José amaba a su familia e hizo todo lo posible para protegerla. Él y su familia huyeron a Egipto en busca de refugio temporal. La muerte del rey Herodes implicaba seguridad por lo que se trasladó a Israel. La familia se dirigía a Judea, pero se enteraron de que el hijo del rey Herodes estaba allí. Esta fue otra amenaza. Así que, se fueron a la región de Galilea, y se establecieron en el pueblo de Nazaret. Este pueblo era de mala reputación, pero a pesar de esto, a Jesús se le conoció como el nazareno.

  • ¿Cómo escuchas a Dios?
  • ¿Cómo te ha guiado Dios?

 

Escrito por Malcolm Keleawe Hee.
Malcolm Keleawe Hee es nativo hawaiano episcopal que fue ordenado recientemente al diaconado de transición en la Diócesis de Hawai. Ha sido educador durante 28 años y pronto será ordenado de sacerdote.


Publicado por la Oficina de Comunicaciones de la Misión de la Sociedad Misionera Doméstica y Extranjera, 815 Second Avenue, Nueva York, NY 10017.
© 2015 La Sociedad Misionera Doméstica y Extranjera de la Iglesia Protestante Episcopal en Estados Unidos de América. Reservados todos los derechos.

Estudio Bíblico – 1 Navidad (año C) – 27 diciembre 2015

Escrito por Robin Denny

[RCL] Isaías 61: 10-62: 3; Gálatas 3: 23-25; 4: 4-7; Juan 1: 1-18; Salmo 147 o 147: 13-21



Isaías 61: 10-62: 3

En pleno invierno, en las noches más largas del año, escuchamos este pasaje de Isaías, lleno de imágenes de brillante esplendor real y belleza y del despuntar de las plantas del suelo. En medio del frío, de noches oscuras, estas imágenes brillan con más resplandor. Se nos dice que Dios hará que la justicia y la alabanza surjan en nosotros, al igual que el huerto hace que brote lo que está sembrado en él. El jardinero sabe íntimamente que pesar de todo su trabajo, no es él el que hace que las plantas broten y crezcan. Tampoco nosotros estamos llamados a quedarnos de brazos cruzados y esperar a que la justicia surja en nosotros. Estamos llamados a cultivarla, y confiamos en que Dios hará el resto.

  • ¿Qué parecería si plantáramos las semillas de la justicia y de la alabanza en nuestros corazones?
  • ¿Cómo sabremos cuándo Dios ha hecho que la justicia y la alabanza surjan en nosotros?

Salmo 147 o 147: 13-21


Este salmo expresa gratitud y asombro ante la gloria de Dios, que no solo da forma a todas las cosas en el mundo natural, sino que también se preocupa por nosotros. El salmo termina exaltando a Dios por la especial relación que Dios tiene con el pueblo de Israel por la revelación que ha hecho de los juicios de Dios. Como cristianos, creemos que Jesucristo en su vida, muerte y resurrección es la revelación de Dios.

  • Según lees todo el Salmo 147, ¿qué otro lenguaje e imágenes te recuerdan la revelación de Dios en Cristo, la encarnación?
  • ¿Qué nos pide el salmista que hagamos en respuesta?
  • ¿Por qué es importante nuestra respuesta?

Gálatas 3: 23-25; 4: 4-7


¿Te has sentido incapaz alguna vez de vivir de acuerdo a las reglas o expectativas que rigen tu vida? La autocrítica constante, o el juicio a los demás, nos dejan insatisfechos no importa lo duro que trabajemos para probarnos a nosotros mismos. En este quid pro quo y ansia de superarnos con nuestro propio esfuerzo, irrumpe la luz de Cristo, que entra en nuestros corazones, y nos invita a gritar: “¡Abba, Padre!” Porque ya no somos esclavos de la producción y del éxito, sino que somos adoptados e hijos amados de Dios.

  • ¿Cómo sentimos este increíble regalo de la adopción por parte de Dios?
  • ¿Cómo nos llama Cristo a responder a este regalo?

Juan 1: 1-18


En medio de nuestro mundo quebrantado y herido brota la luz de Cristo. Es fácil sentirse abrumado por las noticias de los ataques terroristas, de la crisis de los refugiados, de la violencia y del conflicto. Puede parecer que la oscuridad está a nuestro alrededor, y sin embargo, en esa oscuridad, en ese dolor e incertidumbre, la luz de Cristo resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella. La oscuridad sigue ahí, el dolor y el sufrimiento, pero con la luz de Cristo, que brilla en nosotros, la oscuridad ya no tiene el poder para vencer. El encarnado, que se convirtió en uno de nosotros, camina con nosotros a través de estos momentos de dolor, y nos llama a seguirlo, no impulsados por el miedo a los lugares de comodidad y seguridad, sino a abandonar el miedo e ir al mundo para amar y servir.

  • ¿Qué diferencia hace la luz de Cristo en tu vida?
  • ¿Qué sucedería al seguir a Jesús, a la luz de un evento actual que te ha estado preocupando?

Escrito por Robin Denny


Robin es estudiante en el Seminario Teológico de Virginia (M.Div 2017), de la diócesis de El Camino Real. Ella es agricultora, y ha servido como misionera de la Iglesia Episcopal en Liberia y Sudán del Sur. Antes de ir al seminario se desempeñó como líder laica fundadora de iglesias y líder de jóvenes.


Publicado por la Oficina de Comunicaciones de la Misión de la Sociedad Misionera Doméstica y Extranjera, 815 Second Avenue, Nueva York, NY 10017.
© 2015 La Sociedad Misionera Doméstica y Extranjera de la Iglesia Protestante Episcopal en Estados Unidos de América. Reservados todos los derechos.

Inserto Para el Boletín: Segundo Domingo Después de Navidad

Los Ministerios Episcopales de Migración

3 de enero del 2016

Este domingo, la Iglesia Episcopal celebra la fiesta de la Epifanía, que comienza la temporada de seis semanas de la Epifanía. La Epifanía reconoce la manifestación de lo divino en Jesús y recuerda la huida de la Sagrada Familia a Egipto para escapar de la tiranía del rey Herodes, que ordenó la matanza de los inocentes en Belén.

Obligados a huir, María, José y el Niño Jesús se convirtieron en lo que ahora llamamos refugiados.

La experiencia de la Sagrada Familia se refleja hoy en la difícil situación de los más de 60 millones de personas desplazadas en todo el mundo, incluyendo al menos 19 millones de refugiados. Muchos están en campamentos o ciudades en lugares como Ruanda, Kenia y Jordania, con la esperanza de que algún día sea lo suficientemente seguro como para regresar a sus comunidades. Algunos, sin embargo, encuentran que tienen que viajar a otro país para empezar de nuevo. A 70.000 refugiados en el 2015, ese viaje los llevó a Estados Unidos.

El viaje de un refugiado nunca es fácil. Algún día estos viajes ya no serán necesarios; algún día, la persecución y la violencia cesarán de causar el desplazamiento y de robar a los refugiados de sus comunidades y naciones.

Hasta ese día, por favor, únase a los Ministerios Episcopales de Migración en la tarea de lograr un futuro más seguro y mejor para los refugiados.

Durante más de 75 años, la Iglesia Episcopal ha acogido y apoyado a los refugiados en Estados Unidos. Trabajando en asociación con las comunidades de fe episcopales, así como con los gobiernos locales, con las organizaciones no gubernamentales (ONG) y con una red de 30 oficinas afiliadas, los Ministerios Episcopales de Migración ofrecen un paso seguro, servicios vitales, hospitalidad y amistad a miles de familias de refugiados que se establecen en Estados Unidos cada año.

Durante las próximas tres semanas, los Ministerios Episcopales de Migración están proporcionando insertos para boletines y Planes de clases que funcionan, que le ayudarán a aprender más sobre la situación de los refugiados y cómo puede unirse a este ministerio que da vida y salva vidas.

Para obtener más información sobre el apoyo de reasentamiento de refugiados a nivel local, póngase en contacto con Allison Duvall, directora del programa de los Ministerios Episcopales de Migración para Relaciones y Compromiso en la Iglesia, aduvall@episcopalchurch.org o visite http://www.episcopalchurch.org/page/episcopal-migration-ministries

Oh Dios, te pedimos tu protección viva para todos los refugiados que anhelan la libertad y la esperanza en una nueva tierra. Que recordemos siempre que la Sagrada Familia, también fueron refugiados que huían de la persecución. Bendice, guía y condúcenos en la fe para que abramos las puertas y nuestros corazones a través de este ministerio de la hospitalidad.

Descarga los insertos para boletines (PDF):

página completa, de un solo lado, 3 de enero del 2016
media página a doble cara, 3 de enero del 2016

blanco y negro, página completa, de un solo lado, 3 de enero del 2016
blanco y negro, media página a doble cara, 3 de enero del 2016

Sermón – Primer Domingo después de Navidad – Año C – 2015

Escrito por El. Rvdo. Jesús Reyes

27 de diciembre de 2015

Isaías 61:10-62:3; Salmo 147 o 31; Gálatas3:23-25; 4:4-7; Juan 1:1-18.

La oración inicial de cada celebración eucarística, también llamada, siempre marca el tono de la liturgia día y nos indica el propósito de la misma. Casi siempre la leemos sin escucharla o la ofrecemos sin orarla. Por esta razón deseo pedirles que guardemos un momento de silencio y tomemos conciencia de la presencia de Dios en nosotros y con nosotros.

Oremos:
Dios todopoderoso, tú has derramado sobre nosotros la nueva luz de tu Verbo encarnado: Concede que esta luz, que arde en nuestro corazón, resplandezca en nuestra vida; mediante nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y por siempre. Amén.

Linda oración que reconoce la presencia de Dios entre nosotros mediante su Verbo Encarnado, y le pedimos que la luz de su presencia en el mundo se refleje mediante nosotros. Este pedido implica una responsabilidad mayúscula, y, queramos o no, ya nos ha sido concedido. Jesús nos dice que el Reino de Dios está en nosotros; de hecho, nunca estamos separados de él. De esta forma, todo aquello que existe en el Reino -la esperanza, el amor, la alegría, la paz, y la justicia- ya habita en nosotros y alrededor de nosotros. Detengámonos un momento y oremos por la esperanza y pongamos atención en aquello que esperamos (breve silencio). Ahora oremos por el amor y prestemos atención a todo eso que amamos (breve silencio). Ahora oremos por la alegría y todo aquello que nos llena de gozo en la vida (breve silencio). Ahora oremos por la justicia y la paz en todos esos lugares donde éstas se hallan ausentes (breve silencio).

Qué interesante, ¿no es? Cada vez que oramos enfocando en esos valores del Reino de Dios, inmediatamente los sentimos presentes. Uno piensa en esas personas que ama e inmediatamente sentimos amor por ellas. Esa misma destreza es la que requerimos cuando deseamos sentir el amor de Dios. Respiremos profundo y conforme respiramos pensemos, Dios me ama. En este momento cada uno de nosotros nos hicimos conscientes de ese amor de Dios por nosotros. Después, durante la semana, ustedes podrán realizar este ejercicio usando de la esperanza, la alegría, la paz y la justicia.

Como ministro de la Iglesia, de tiempo en tiempo las personas me dicen “lo que realmente Dios quiere es que seamos buenas personas”. Y esto se escucha más seguido cuando alguien está viviendo el dolor de haber perdido a un ser querido, “estoy seguro que está en el cielo, porque era una buena persona…” No estamos muy lejos de la verdad con esto, pero creo que lo que Dios verdaderamente quiere es mucho más que un buen comportamiento. De hecho, en ningún lugar de los Evangelios Jesús nos dice, “lo que Dios quiere es que ustedes sean unas personas bien comportadas…” Él no nos dice que esto sea lo que más le importa a Dios. Para entender a Jesús es importante que escuchemos aquello que es verdaderamente importante para Él; que verdaderamente descubramos lo que Él ha venido a hacer en el mundo.
A diferencia del Evangelio de San Juan, los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas colocan la predicación del Reino de Dios al principio o casi al principio. El Evangelio según San Marcos nos dice, “El tiempo ya ha llegado, y el Reino de Dios está cerca; arrepiéntanse de sus pecados y crean en las buenas noticias.” En el Evangelio de Lucas, Jesús nos dice, “yo he venido para traer las buenas nuevas a los pobres, a proclamar la libertad a los cautivos, y anunciar la liberación a los oprimidos.” ¿Qué es lo que significa para cada uno de nosotros cuando escuchamos estas buenas noticias? ¿Qué buenas noticias son esas? ¿Qué es lo que verdaderamente significa ser libre?
Pero hoy escuchamos el Evangelio de Juan. El escritor nos dice en el primer capítulo, “es mediante la presencia viva de Jesús que recibimos gracia sobre gracia”, y también dice, “a Dios nadie lo ha visto jamás, sino sólo su hijo unigénito, quien se encuentra cerca del corazón de su Padre, y de aquellos que él se los de a conocer.” Lo que Dios verdaderamente quiere es conocernos y que nosotros le conozcamos. La vida del Reino es principalmente una realidad espiritual que ya está en nosotros. Es una manera de ser. A esto es a lo que llamamos experimentar la Gracia de Dios –amor incondicional, perdón y aceptación de Dios. Esta relación mutua significa que en algunos casos no solamente estamos en la necesidad de ser perdonados por Dios, sino también estamos llamados a perdonar a Dios. ¿Les sorprende esto? Verdaderamente, perdonara a Dios en aceptarle como es, en amar a Dios como es. Lo mutuo significa no sólo recibir, sino también dar.
Jesús siempre comparte el Reino de Dios, lo hace en todo lugar. Él nos dice en cada uno de los Evangelios, “¡Vamos! Tenemos que seguir, vayamos a anunciar el mensaje en todo lugar, pues para eso he venido, ¡para decirles que el Reino de Dios ya está aquí!” Las acciones y obras de Jesús, las cuales él desea continuar con urgencia, son expresiones poderosas de la gracia de Dios. Las obras de Jesús nos indican cuáles son sus prioridades. Y sus prioridades están vinculadas al proyecto original de Dios para su creación. Jesús sana a la gente y expulsa a los demonios liberando a las personas de todos sus males. Ser libre es una de las realidades del Reino de Dios, es una manifestación de ese profundo conocimiento de Dios. Imagínate, ¿cuál es la diferencia que hace en tu vida el hecho de sentirte libre? Libre de problemas… Libre de los sufrimientos… Libre del pecado –sean estos propios o ajenos-…
Cuando iniciamos este momento de reflexión y nos hacíamos conscientes de la presencia amorosa de Dios en nosotros y alrededor de nosotros, posiblemente en ese momento algunos nos sentimos especialmente libres. O sea, nos sentimos más ligeros y con menos peso en la vida. Quizás, eso aún continúa en este momento, pues siempre que nos hacemos conscientes de la presencia de Dios, nos estamos haciendo conscientes también de la presencia del Reino de Dios en nosotros y eso nos hace descubrir nuestra libertad en Cristo. Es como si nos haya sido dada una vida nueva o, quizás, estamos tan tranquilos que nos sentimos ¡como si un demonio haya salido de nosotros! (Es una broma). Lo cierto es que en ocasiones nos sentimos tan ansiosos en nuestras vidas que pareciera que estamos poseídos, ¿a poco no? Es como si nos invadiera algo que no es la presencia de Dios.
Es muy común que en la Iglesia nos enfoquemos más en la buena conducta de las personas, ¿no es así? No quiero decir que no se deban portar bien –signifique lo que esto signifique-, portarse bien tiene tantas y tan diferentes interpretaciones que es difícil concordar en aquella que es totalmente correcta. Pero, sin lugar a duda esto debe ser el síntoma de vivir en la experiencia del amor de Dios, es lo mismo como sentirse libre y lleno de paz.
Conforme Jesús camina proclamando su mensaje -las buenas nuevas del Reino de Dios-, Él nos está ofreciendo la mano de Dios y diciéndonos a todos que Dios quiere conocernos, hacernos libres, y hacernos expresiones poderosas de su gracia. Como bautizados, cada uno de nosotros nos unimos a Jesús para proclamar esta prioridad de Dios. Que Dios nos conceda conocer su Reino entre nosotros y nos asista en su proclamación al mundo. Amén.

El Rvdo. Jesús Reyes, es el Canónigo para el Desarrollo de Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real, California.

Sermón – Día de Navidad – (Años A, B y C) – 2015

Escrito por El Rvdo. Gonzalo Rendón

25 de diciembre de 2015

Isaías 62:6-12; Salmo 97; Tito 3:4-7; Lucas 2:(1-7), 8-20.

Nos encontramos de nuevo junto al pesebre para continuar meditando sobre este gran misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en medio de nosotros; dispongamos nuestro espíritu y nuestro corazón no tanto para comprender ese hermoso misterio, pues jamás la razón humana podría comprenderlo, sino más bien para dejarnos envolver por él, para imbuirnos en él y permitir que la fuerza del amor de nuestro buen Padre-Madre Dios nos transforme y haga de nosotros criaturas tiernas y pacíficas al estilo de su Hijo.

Escuchamos anoche, en la misa de Nochebuena, el pasaje del evangelio de san Lucas donde el evangelista describe las circunstancias históricas y geográficas donde nace el Hijo de Dios, y dijimos que esa descripción era muy importante para la comunidad a la cual escribe Lucas porque quizás muchos cristianos estaban ya considerando al personaje Jesús como una especie de leyenda o de mito.

Recordemos que Lucas no es un personaje contemporáneo de Jesús; por tanto, su evangelio es fruto de las investigaciones y confrontaciones con muchas otras tradiciones que ya existían en su tiempo sobre Jesús de Nazaret. Él mismo lo manifiesta así al inicio de su evangelio: “Ya que muchos emprendieron la tarea de relatar los sucesos que nos han acontecido, tal como nos lo transmitieron los primeros testigos presenciales y servidores de la palabra, también yo he pensado, ilustre Teófilo, escribirte todo por orden y exactamente, comenzando desde el principio; así comprenderás con certeza las enseñanzas que has recibido” (Lucas 1:1-4).

Pero vimos también que más allá de unos datos históricos en torno al origen de Jesús, lo que más resalta el evangelista es el aspecto teológico que subyace en el nacimiento de Jesús. Y descubrimos que uno de esos aspectos está en el hecho de que María y José no encontraron lugar en la posada de Belén para el alumbramiento de su hijo. Dicho de otro modo, la criatura anunciada por el ángel a María como el que sería el Salvador, no encontró sitio entre los hombres para su nacimiento. No es mera casualidad que esta misma idea la encontremos también en el evangelio de Juan: “La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Juan 1:9-11).

No dejemos pasar por alto ese detalle que al parecer no reviste ninguna importancia. Quizás el folclore y los diferentes modos tradicionales de celebrar la Navidad en nuestros países de origen hayan ocultado de alguna manera este aspecto; sin embargo, hoy delante del pesebre es el momento de volver a reconocer con humildad que quizás, con nuestras actitudes de vida, estemos cerrando la puerta a ese Dios que se ha encarnado y quiere establecer su morada entre nosotros.

El evangelio que escuchamos hoy es la continuación del mismo que se leyó en la misa de Nochebuena; María ha tenido que dar a luz en el establo, ha envuelto el niño en pañales y lo ha recostado en el pesebre. Y de aquí el evangelista nos traslada hasta el campo donde unos humildes pastores se encuentran custodiando los rebaños; a ellos, se dirige un ángel para contarles la alegre noticia del nacimiento del Salvador, el Mesías y Señor. El tono de alegría queda de manifiesto con el canto del Gloria que entona una multitud de ángeles que se suman al que habla con los pastores.

Después del anuncio, los pastores van hasta el lugar indicado por el ángel y efectivamente encuentran a María, a José y al Niño recostado en el pesebre; y aquí se forma la algarabía de los pastores que cuentan a los humildes esposos todo lo acontecido. Nadie comprende nada del sentido profundo que encierra este nacimiento y por eso nos dice el evangelista que “María guardaba todas estas cosas en su corazón”.

Miremos entonces con atención este segundo detalle teológico que Lucas ha querido subrayar en su relato. Pero antes, tengamos presente el primero: el Salvador, el Mesías y Señor no encontró un lugar para su nacimiento. En torno a esta idea, el cristiano de todos los tiempos ha de cuestionarse si acaso en su corazón hay espacio para el nacimiento de su Salvador.

El segundo aspecto teológico de este pasaje de san Lucas, tiene que ver con los primeros destinatarios de la noticia de la venida del Mesías. El relato del nacimiento del Niño Dios nos lo narra también el evangelista Mateo; pero es muy curioso que en ese evangelio quienes se constituyen en los primeros visitantes del pesebre no son los humildes pastores, sino unos reyes que vinieron desde oriente trayendo para el Niño oro, incienso y mirra.
Pues en Lucas, como lo acabamos de escuchar, los primeros que reciben el anuncio del nacimiento del Mesías y quienes se convierten en sus primeros visitantes, son unos pobres pastores, unos campesinos, humildes, unos personajes marginados que no contaban para nadie. En el judaísmo de la época de Jesús, los pastores eran personas legalmente impuras, indignas de entrar al templo a orar o a ofrecer sacrificio alguno.

Vamos meditando entonces en la profundidad que tiene este relato y en la gran actualidad que tiene hoy para nosotros. En primer lugar, en el pesebre quedan cumplidas todas las promesas hechas desde antiguo por Dios; en segundo lugar, Dios cumple sus promesas, pero no según los criterios humanos; no es el hombre quien impone sus criterios a Dios, quien dirige los destinos de Dios, ¡qué gran atrevimiento! Pues aunque nos parezca descabellado, a eso había llegado la religión en los tiempos de Jesús. Pero, pensemos: ¿no estaré yo también en ese mismo plano de intentar manipular a Dios, de imponerle mis criterios?

En tercer lugar, la mirada de Dios sólo se dirige a quien no cuenta para nadie. Ya desde el Antiguo Testamento, Dios había tomado partido por un montón de esclavos que gemían y se lamentaban en Egipto, por ellos se enfrenta al faraón y los libera, hace una alianza con ellos, los convierte en un pueblo y les permite habitar la tierra de la libertad. Cada acción, cada palabra, cada mensaje que Dios transmitía a través de sus profetas, tenía como objeto defender siempre a los excluidos, a los marginados y oprimidos.

Ahora, al cumplirse la plenitud de los tiempos, ese mismo Dios se encarna tomando la forma humana y nace entre los hombres como cualquier otro hombre; no por ser Dios encarnado, su aparición tiene lugar en la corte real, en un palacio. Precisamente, porque ha decidido encarnarse en la humanidad, lo hace entre aquellos a quienes se les ha arrebatado su más preciado tesoro: su humanidad; y lo hace para rescatar y devolver al hombre su dignidad humana. El Verbo encarnado, ha querido entonces que sean esas personas “indignas” para una religión excluyente, las primeras en ir a visitarlo; a contemplarlo en el máximo extremo de debilidad y de impotencia como lo es un niño.

Si por algún motivo nosotros nos sentimos excluidos, marginados, por nosotros mismos o por una institución que excluye y pisotea nuestra dignidad humana, juntémonos con estos pastorcitos, acerquémonos gozosos y confiados al pesebre y dejemos a los pies del Niño nuestra vida, nuestros anhelos, nuestras esperanzas y nuestros más profundos deseos de surgir y elevarnos de nuevo a la dignidad de hijos e hijas del auténtico Dios que en su Hijo se ha hecho uno con nosotros.

El Rvdo. Rendón es colombiano, nativo del departamento de Antioquia. Filósofo, teólogo y biblista. Actualmente presta servicios de docencia en la primera Universidad 100% virtual del país.

Nochebuena – (Años A, B y C) – 2015

Escrito por Por el Rvdo. Gonzalo Rendón

24 de diciembre de 2015

Isaías 9:2-7; Salmo 96; Tito 2:11-14; Lucas 2:1-14, (15-20).

Con la celebración del nacimiento del Niño Dios, esta noche, concluye el tiempo de Adviento; ese tiempo durante el cual la liturgia nos fue ayudando a través de las diferentes lecturas de la Palabra de Dios a prepararnos adecuadamente para celebrar el nacimiento del Mesías y Salvador Jesucristo.
Para nosotros, como cristianos, la celebración del nacimiento del Niño Dios es algo más que un simple aniversario, un nuevo cumpleaños de Jesús. Nos hemos preparado durante cuatro semanas para celebrar la venida de Jesús. Dejando a un lado todo el aparato consumista que se ha montado en torno a la Navidad, nosotros nos dejamos invadir de esa alegría inmensa que nos produce el hecho de saber que hoy, el Dios Todopoderoso y eterno, ha venido hasta nosotros en forma de un débil niño.
Hemos escuchado hoy una lectura muy sugestiva del Antiguo Testamento y hemos aclamado el salmo 96 donde el salmista nos invita al gozo y la alabanza al constatar las obras grandes del Señor. Eso es lo que hacemos en esta Nochebuena, alabar y bendecir al Señor por sus obras; pero por encima de todo alabarlo y darle gracias porque a pesar de su infinita grandeza ha decidido venir hasta nosotros, hacerse uno de nosotros y compartir nuestras alegrías y tristezas, nuestros sueños y esperanzas. Ese es el gran sentido de la celebración de esta noche.
Como acabamos de escuchar en el pasaje del libro de Isaías que nos trae la liturgia de hoy, el profeta invita a la alegría por dos motivos especialmente: porque “el pueblo que caminaba a oscuras vio un luz intensa”, y el segundo motivo es porque “un niño nos ha nacido”. Por una parte, Isaías invita a vivir esa alegría y regocijo en actitud de agradecimiento a Dios porque la opresión que pesaba sobre su pueblo se ha retirado. El trasfondo histórico de este pasaje es la devastación y muerte que produjo en la región el imperio Asirio quien derramó mucha sangre y produjo gran dolor a los israelitas del Norte del país. En medio de todo, el profeta invita a mantener viva la fe y a confiar siempre en el poder inigualable de Dios, único que puede doblegar a los más poderosos del mundo.
El otro motivo de alegría se refiere al nacimiento de un niño; al parecer, se trata de un descendiente real que acaba de nacer. Era normal que cuando se producía el nacimiento del descendiente, hubiera alegría y se renovaran las esperanzas del pueblo. Desde la época del rey David, el pueblo siempre alimentó la esperanza de un rey a la medida de sus expectativas y necesidades; sin embargo, ningún descendiente del legendario David dio la talla; por eso, siempre se mantuvo la esperanza en que algún día, Dios enviaría un Mesías que sí fuera capaz de realizar el papel auténticamente liberador.
Ya en la época del Nuevo Testamento, las comunidades cristianas primitivas muy pronto encontraron el cumplimiento de estas profecías en Jesús de Nazaret. Ese niño que anunciaba Isaías fue para los primeros cristianos Jesús, el hijo de José y María que hoy contemplamos en el pesebre.
Llenos de gozo contemplamos pues al niño de Belén. En este niño se cumplen hoy todas las profecías, ahí está en el silencio y la humildad del pesebre la realización de todas las promesas divinas; no importa cuanta oscuridad, cuanta soledad, cuantas tristezas y angustias ha experimentado la humanidad y cada uno de nosotros; ese llanto y esa desnudez de este Niño nos están diciendo que no estamos solos; que la vida no es dolor ni llanto, que la vida, nuestra vida, tiene un sentido porque Dios en su amor infinito ha venido a hacerse uno con nosotros, a llenar de sentido nuestra existencia.
El evangelista Lucas es quien nos cuenta con más detalle el nacimiento del Niño Dios. Como hemos escuchado, Lucas menciona una circunstancia muy particular que rodeó este nacimiento: María y José que habitaban el pequeño y escondido caserío de Nazaret en Galilea, tuvieron que desplazarse hasta Belén, muy cerca de Jerusalén, para registrarse en un censo que había decretado el emperador romano. La ley era que cada judío tenía que ir hasta su lugar de origen a censarse; y como José no era de Galilea, sino de Belén de Judá, por eso tuvo que hacer este viaje.
Estando entonces en esta penosa diligencia, se le cumplió el tiempo a María y tuvo que dar a luz allí en Belén, lejos de su casa, entre gente desconocida. Y nos dice Lucas que como no hubo sitio para María y José en la posada, tuvo que alumbrar en una pesebrera. Fue lo más íntimo que pudieron encontrar María y su esposo, el lugar donde habitualmente pasaban la noche los animales de trabajo.
No se trata simplemente de un relato pintoresco. El evangelista quiere subrayar aquí tres cosas muy importantes: la primera tiene que ver con el origen histórico de Jesús, el Mesías: aun tratándose del esperado de los tiempos, no cae del cielo, ni viene entre ángeles y nubes; su nacimiento tuvo lugar en un momento preciso: en los días del censo impuesto por la autoridad romana; la segunda tiene que ver con la localidad o la ciudad donde nace el Mesías: en Belén, ciudad de David; de este modo, Lucas conecta el nacimiento de Jesús con las expectativas mesiánicas según las cuales, el mesías tenía que ser un descendiente de David y, aparte de eso, tenía que nacer allí en la ciudad de David.
Sin embargo, para nosotros, el tercer elemento que subraya Lucas es el más importante de todos ya que se trata del sentido teológico que el evangelista quiere darle a su relato. Prestemos mucha atención. Se trata del lugar exacto del nacimiento; nos dice san Lucas que éste se realizó en un pesebre o una pesebrera, como quieran mirarlo. Como quien dice, al Mesías, al enviado de Dios, su propio Hijo, no le ha tocado nacer, como a la gran mayoría de criaturas, en la intimidad de un hogar -por aquel tiempo cuando no había clínicas ni hospitales, los niños nacían en la casa y la madre era asistida por una partera.
Para María y José “no hubo lugar en la posada de Belén”, nos dice san Lucas. Había mucha gente aquel día en la ciudad a causa del censo. Este detalle lo utiliza el evangelista para hacer entender a los cristianos y cristianas de su comunidad -y a nosotros hoy- que no podemos quedarnos contemplando sólo la dimensión gloriosa de Jesús, el Cristo. Es importante tener en cuenta que Lucas es un cristiano probablemente de la segunda generación de cristianos, cuando ya el cristianismo tiene raíces muy fuertes, pero está olvidando muchos aspectos que tienen que ver con la sencillez, la humildad y el despojo de toda vanagloria que rodearon el origen humano de su Señor.
Delante del pesebre hoy pensemos con toda sinceridad si hay o no, lugar en nuestro corazón para el Hijo de Dios; qué situaciones, qué intereses, qué obstáculos ponemos para no abrir la posada de nuestra vida a Jesús. No le cerremos la puerta, no dejemos pasar la oportunidad de dejarlo entrar en cada uno de nosotros para que él nos transforme, para que él nos reconstruya, para que él vuelva a hacer de cada uno de nosotros seres nuevos, más humanos, más dignos de ser hijos e hijas de Dios.
Que las luces, la música y el consumismo de la Navidad no sean más un motivo para cerrar la puerta a la humilde pareja de María y José que quieren hoy pasar la noche de la vida con nosotros.

El Rvdo. Rendón es colombiano, nativo del departamento de Antioquia. Filósofo, teólogo y biblista. Actualmente presta servicios de docencia en la primera Universidad 100% virtual del país.

1 Navidad (C) – 2015

27 de diciembre de 2015

Isaías 61:10-62:3; Salmo 147 o 31; Gálatas 3:23-25, 4:4-7; Juan 1:1-18.

La oración inicial de cada celebración eucarística, también llamada, siempre marca el tono de la liturgia día y nos indica el propósito de la misma. Casi siempre la leemos sin escucharla o la ofrecemos sin orarla. Por esta razón deseo pedirles que guardemos un momento de silencio y tomemos conciencia de la presencia de Dios en nosotros y con nosotros.

Oremos:

Dios todopoderoso, tú has derramado sobre nosotros la nueva luz de tu Verbo encarnado: Concede que esta luz, que arde en nuestro corazón, resplandezca en nuestra vida; mediante nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y por siempre. Amén.

Linda oración que reconoce la presencia de Dios entre nosotros mediante su Verbo Encarnado, y le pedimos que la luz de su presencia en el mundo se refleje mediante nosotros. Este pedido implica una responsabilidad mayúscula, y, queramos o no, ya nos ha sido concedido. Jesús nos dice que el Reino de Dios está en nosotros; de hecho, nunca estamos separados de él. De esta forma, todo aquello que existe en el Reino -la esperanza, el amor, la alegría, la paz, y la justicia- ya habita en nosotros y alrededor de nosotros. Detengámonos un momento y oremos por la esperanza y pongamos atención en aquello que esperamos (breve silencio). Ahora oremos por el amor y prestemos atención a todo eso que amamos (breve silencio). Ahora oremos por la alegría y todo aquello que nos llena de gozo en la vida (breve silencio). Ahora oremos por la justicia y la paz en todos esos lugares donde éstas se hallan ausentes (breve silencio).

Qué interesante, ¿no es? Cada vez que oramos enfocando en esos valores del Reino de Dios, inmediatamente los sentimos presentes. Uno piensa en esas personas que ama e inmediatamente sentimos amor por ellas. Esa misma destreza es la que requerimos cuando deseamos sentir el amor de Dios. Respiremos profundo y conforme respiramos pensemos, Dios me ama. En este momento cada uno de nosotros nos hicimos conscientes de ese amor de Dios por nosotros. Después, durante la semana, ustedes podrán realizar este ejercicio usando de la esperanza, la alegría, la paz y la justicia.

Como ministro de la Iglesia, de tiempo en tiempo las personas me dicen “lo que realmente Dios quiere es que seamos buenas personas”. Y esto se escucha más seguido cuando alguien está viviendo el dolor de haber perdido a un ser querido, “estoy seguro que está en el cielo, porque era una buena persona…” No estamos muy lejos de la verdad con esto, pero creo que lo que Dios verdaderamente quiere es mucho más que un buen comportamiento. De hecho, en ningún lugar de los Evangelios Jesús nos dice, “lo que Dios quiere es que ustedes sean unas personas bien comportadas…” Él no nos dice que esto sea lo que más le importa a Dios. Para entender a Jesús es importante que escuchemos aquello que es verdaderamente importante para Él; que verdaderamente descubramos lo que Él ha venido a hacer en el mundo.

A diferencia del Evangelio de San Juan, los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas colocan la predicación del Reino de Dios al principio o casi al principio. El Evangelio según San Marcos nos dice, “El tiempo ya ha llegado, y el Reino de Dios está cerca; arrepiéntanse de sus pecados y crean en las buenas noticias.” En el Evangelio de Lucas, Jesús nos dice, “yo he venido para traer las buenas nuevas a los pobres, a proclamar la libertad a los cautivos, y anunciar la liberación a los oprimidos.” ¿Qué es lo que significa para cada uno de nosotros cuando escuchamos estas buenas noticias? ¿Qué buenas noticias son esas? ¿Qué es lo que verdaderamente significa ser libre?

Pero hoy escuchamos el Evangelio de Juan. El escritor nos dice en el primer capítulo, “es mediante la presencia viva de Jesús que recibimos gracia sobre gracia”, y también dice, “a Dios nadie lo ha visto jamás, sino sólo su hijo unigénito, quien se encuentra cerca del corazón de su Padre, y de aquellos que él se los de a conocer.” Lo que Dios verdaderamente quiere es conocernos y que nosotros le conozcamos. La vida del Reino es principalmente una realidad espiritual que ya está en nosotros. Es una manera de ser. A esto es a lo que llamamos experimentar la Gracia de Dios –amor incondicional, perdón y aceptación de Dios. Esta relación mutua significa que en algunos casos no solamente estamos en la necesidad de ser perdonados por Dios, sino también estamos llamados a perdonar a Dios. ¿Les sorprende esto? Verdaderamente, perdonara a Dios en aceptarle como es, en amar a Dios como es. Lo mutuo significa no sólo recibir, sino también dar.

Jesús siempre comparte el Reino de Dios, lo hace en todo lugar. Él nos dice en cada uno de los Evangelios, “¡Vamos! Tenemos que seguir, vayamos a anunciar el mensaje en todo lugar, pues para eso he venido, ¡para decirles que el Reino de Dios ya está aquí!” Las acciones y obras de Jesús, las cuales él desea continuar con urgencia, son expresiones poderosas de la gracia de Dios. Las obras de Jesús nos indican cuáles son sus prioridades. Y sus prioridades están vinculadas al proyecto original de Dios para su creación. Jesús sana a la gente y expulsa a los demonios liberando a las personas de todos sus males. Ser libre es una de las realidades del Reino de Dios, es una manifestación de ese profundo conocimiento de Dios. Imagínate, ¿cuál es la diferencia que hace en tu vida el hecho de sentirte libre? Libre de problemas… Libre de los sufrimientos… Libre del pecado –sean estos propios o ajenos-…

Cuando iniciamos este momento de reflexión y nos hacíamos conscientes de la presencia amorosa de Dios en nosotros y alrededor de nosotros, posiblemente en ese momento algunos nos sentimos especialmente libres. O sea, nos sentimos más ligeros y con menos peso en la vida. Quizás, eso aún continúa en este momento, pues siempre que nos hacemos conscientes de la presencia de Dios, nos estamos haciendo conscientes también de la presencia del Reino de Dios en nosotros y eso nos hace descubrir nuestra libertad en Cristo. Es como si nos haya sido dada una vida nueva o, quizás, estamos tan tranquilos que nos sentimos ¡como si un demonio haya salido de nosotros! (Es una broma). Lo cierto es que en ocasiones nos sentimos tan ansiosos en nuestras vidas que pareciera que estamos poseídos, ¿a poco no? Es como si nos invadiera algo que no es la presencia de Dios.

Es muy común que en la Iglesia nos enfoquemos más en la buena conducta de las personas, ¿no es así? No quiero decir que no se deban portar bien – signifique lo que esto signifique – portarse bien tiene tantas y tan diferentes interpretaciones que es difícil concordar en aquella que es totalmente correcta. Pero, sin lugar a duda esto debe ser el síntoma de vivir en la experiencia del amor de Dios, es lo mismo como sentirse libre y lleno de paz.

Conforme Jesús camina proclamando su mensaje -las buenas nuevas del Reino de Dios-, Él nos está ofreciendo la mano de Dios y diciéndonos a todos que Dios quiere conocernos, hacernos libres, y hacernos expresiones poderosas de su gracia. Como bautizados, cada uno de nosotros nos unimos a Jesús para proclamar esta prioridad de Dios. Que Dios nos conceda conocer su Reino entre nosotros y nos asista en su proclamación al mundo. Amén.

 

— El Rvdo. Jesús Reyes, es el Canónigo para el Desarrollo de Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real, Calif.

Día de Navidad (A,B,C) – 2015

25 de diciembre de 2015

Isaías 62:6-12; Salmo 97; Tito 3:4-7; Lucas 2:(1-7) 8-20.

Nos encontramos de nuevo junto al pesebre para continuar meditando sobre este gran misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en medio de nosotros; dispongamos nuestro espíritu y nuestro corazón no tanto para comprender ese hermoso misterio, pues jamás la razón humana podría comprenderlo, sino más bien para dejarnos envolver por él, para imbuirnos en él y permitir que la fuerza del amor de nuestro buen Padre-Madre Dios nos transforme y haga de nosotros criaturas tiernas y pacíficas al estilo de su Hijo.

Escuchamos anoche, en la misa de Nochebuena, el pasaje del evangelio de san Lucas donde el evangelista describe las circunstancias históricas y geográficas donde nace el Hijo de Dios, y dijimos que esa descripción era muy importante para la comunidad a la cual escribe Lucas porque quizás muchos cristianos estaban ya considerando al personaje Jesús como una especie de leyenda o de mito.

Recordemos que Lucas no es un personaje contemporáneo de Jesús; por tanto, su evangelio es fruto de las investigaciones y confrontaciones con muchas otras tradiciones que ya existían en su tiempo sobre Jesús de Nazaret. Él mismo lo manifiesta así al inicio de su evangelio: “Ya que muchos emprendieron la tarea de relatar los sucesos que nos han acontecido, tal como nos lo transmitieron los primeros testigos presenciales y servidores de la palabra, también yo he pensado, ilustre Teófilo, escribirte todo por orden y exactamente, comenzando desde el principio; así comprenderás con certeza las enseñanzas que has recibido” (Lucas 1:1-4).

Pero vimos también que más allá de unos datos históricos en torno al origen de Jesús, lo que más resalta el evangelista es el aspecto teológico que subyace en el nacimiento de Jesús. Y descubrimos que uno de esos aspectos está en el hecho de que María y José no encontraron lugar en la posada de Belén para el alumbramiento de su hijo. Dicho de otro modo, la criatura anunciada por el ángel a María como el que sería el Salvador, no encontró sitio entre los hombres para su nacimiento. No es mera casualidad que esta misma idea la encontremos también en el evangelio de Juan: “La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Juan 1:9-11).

No dejemos pasar por alto ese detalle que al parecer no reviste ninguna importancia. Quizás el folclore y los diferentes modos tradicionales de celebrar la Navidad en nuestros países de origen hayan ocultado de alguna manera este aspecto; sin embargo, hoy delante del pesebre es el momento de volver a reconocer con humildad que quizás, con nuestras actitudes de vida, estemos cerrando la puerta a ese Dios que se ha encarnado y quiere establecer su morada entre nosotros.

El evangelio que escuchamos hoy es la continuación del mismo que se leyó en la misa de Nochebuena; María ha tenido que dar a luz en el establo, ha envuelto el niño en pañales y lo ha recostado en el pesebre. Y de aquí el evangelista nos traslada hasta el campo donde unos humildes pastores se encuentran custodiando los rebaños; a ellos, se dirige un ángel para contarles la alegre noticia del nacimiento del Salvador, el Mesías y Señor. El tono de alegría queda de manifiesto con el canto del Gloria que entona una multitud de ángeles que se suman al que habla con los pastores.

Después del anuncio, los pastores van hasta el lugar indicado por el ángel y efectivamente encuentran a María, a José y al Niño recostado en el pesebre; y aquí se forma la algarabía de los pastores que cuentan a los humildes esposos todo lo acontecido. Nadie comprende nada del sentido profundo que encierra este nacimiento y por eso nos dice el evangelista que “María guardaba todas estas cosas en su corazón”.

Miremos entonces con atención este segundo detalle teológico que Lucas ha querido subrayar en su relato. Pero antes, tengamos presente el primero: el Salvador, el Mesías y Señor no encontró un lugar para su nacimiento. En torno a esta idea, el cristiano de todos los tiempos ha de cuestionarse si acaso en su corazón hay espacio para el nacimiento de su Salvador.

El segundo aspecto teológico de este pasaje de san Lucas, tiene que ver con los primeros destinatarios de la noticia de la venida del Mesías. El relato del nacimiento del Niño Dios nos lo narra también el evangelista Mateo; pero es muy curioso que en ese evangelio quienes se constituyen en los primeros visitantes del pesebre no son los humildes pastores, sino unos reyes que vinieron desde oriente trayendo para el Niño oro, incienso y mirra.

Pues en Lucas, como lo acabamos de escuchar, los primeros que reciben el anuncio del nacimiento del Mesías y quienes se convierten en sus primeros visitantes, son unos pobres pastores, unos campesinos, humildes, unos personajes marginados que no contaban para nadie. En el judaísmo de la época de Jesús, los pastores eran personas legalmente impuras, indignas de entrar al templo a orar o a ofrecer sacrificio alguno.

Vamos meditando entonces en la profundidad que tiene este relato y en la gran actualidad que tiene hoy para nosotros. En primer lugar, en el pesebre quedan cumplidas todas las promesas hechas desde antiguo por Dios; en segundo lugar, Dios cumple sus promesas, pero no según los criterios humanos; no es el hombre quien impone sus criterios a Dios, quien dirige los destinos de Dios, ¡qué gran atrevimiento! Pues aunque nos parezca descabellado, a eso había llegado la religión en los tiempos de Jesús. Pero, pensemos: ¿no estaré yo también en ese mismo plano de intentar manipular a Dios, de imponerle mis criterios?

En tercer lugar, la mirada de Dios sólo se dirige a quien no cuenta para nadie. Ya desde el Antiguo Testamento, Dios había tomado partido por un montón de esclavos que gemían y se lamentaban en Egipto, por ellos se enfrenta al faraón y los libera, hace una alianza con ellos, los convierte en un pueblo y les permite habitar la tierra de la libertad. Cada acción, cada palabra, cada mensaje que Dios transmitía a través de sus profetas, tenía como objeto defender siempre a los excluidos, a los marginados y oprimidos.

Ahora, al cumplirse la plenitud de los tiempos, ese mismo Dios se encarna tomando la forma humana y nace entre los hombres como cualquier otro hombre; no por ser Dios encarnado, su aparición tiene lugar en la corte real, en un palacio. Precisamente, porque ha decidido encarnarse en la humanidad, lo hace entre aquellos a quienes se les ha arrebatado su más preciado tesoro: su humanidad; y lo hace para rescatar y devolver al hombre su dignidad humana. El Verbo encarnado, ha querido entonces que sean esas personas “indignas” para una religión excluyente, las primeras en ir a visitarlo; a contemplarlo en el máximo extremo de debilidad y de impotencia como lo es un niño.

Si por algún motivo nosotros nos sentimos excluidos, marginados, por nosotros mismos o por una institución que excluye y pisotea nuestra dignidad humana, juntémonos con estos pastorcitos, acerquémonos gozosos y confiados al pesebre y dejemos a los pies del Niño nuestra vida, nuestros anhelos, nuestras esperanzas y nuestros más profundos deseos de surgir y elevarnos de nuevo a la dignidad de hijos e hijas del auténtico Dios que en su Hijo se ha hecho uno con nosotros.

 

— El Rvdo. Rendón es colombiano, nativo del departamento de Antioquia. Filósofo, teólogo y biblista. Actualmente presta servicios de docencia en la primera Universidad 100% virtual del país.