1 Navidad – 30 de diciembre de 2018


[RCL] Isaías 61:10–62:3; Salmo 147 o 147:13–21; Gálatas 3:23–25; 4:4–7; San Juan 1:1–18

Hoy, primer domingo después de Navidad continuamos la celebración del nacimiento de Nuesrtro Señor Jesucristo con gozo y alegría. Mantenemos latente en nuestro corazón todo lo que implica esta fiesta de Navidad. Por encima de todo y al centro de esta celebración vivimos una y otra vez el mensaje maravilloso que Dios nos transmite hoy: Jesús es nuestra luz, porque es amor y verdad y se ha manifestado tomando nuestra condición humana, es decir, Dios nos ha mostrado su rostro humano en Jesús. Nuestra alegría también la completan nuestras tradiciones como la de ofrecernos regalos, compartir la cena en familia y con las personas más cercanas y queridas.

En las lecturas de este día se ven reflejadas la felicidad ante la presencia salvadora de Dios. En Isaías el desborde de júbilo por la salvación de Dios es una gran victoria y no es para menos: percibimos la hermosura de la protección y cuidado que da nuestro Señor. El salmista también canta alabanzas sobre ese poder infinito de Dios y lo describe como proezas de gloria. El salmo está atado a la lectura de la Carta a los Gálatas cuando Pablo dice que somos hijos de Dios, herederos de su Reino y con la misma honra de su Hijo Único. Esta dignidad que describe Pablo nos hace sentirnos libres y amados porque ya no somos esclavos; en el amor no hay esclavitud, sino libertad.

El evangelio de San Juan es un himno que va a lo profundo de la revelación del misterio de Jesús, porque describe cómo el amor infinito de Dios por nosotros y nosotras se encarna en Cristo para de esa manera extender su amor divino a toda la humanidad. La descripción de Jesús en este pasaje es la transformación de la historia de Dios en el mundo a través de su unigénito hijo Jesucristo. No olvidemos que durante muchos siglos se especuló cómo sería Dios, cuál sería su rostro, qué pensaba de nosotros y de nosotras y si éramos dignos de su atención y amor.

Estas creencias están distribuidas a lo largo de todo el mundo en las diferentes religiones, porque el ser humano en su imaginación quiere respuestas a la gran incertidumbre de cómo es Dios y qué quiere. Ahora bien, como cristianos podemos estar convencidos y convencidas de que conocemos al Dios humanado, que se ha acercado a nuestras vidas siendo como nosotros y nosotras, profundamente humano, en todo, menos en el pecado. Con certeza sabemos que Jesús también sintió las emociones que nos embargan a diario: miedo, rabia, alegría y tristeza. Jesús también conoce a fondo nuestro corazón, nuestro ser y toda nuestra existencia.

Comúnmente en nuestra vida espiritual, personal y comunitaria nos preguntamos cómo hablar con Dios, cómo sentirlo cerca cuando pasamos por dificultades y adversidades. A veces nos sentimos impotentes por no saber expresarle a Dios lo que sentimos. Por esto, es muy importante que recordemos el texto del evangelio de hoy: “Se hizo hombre y vivió entre nosotros”. De tal modo, que las distancias entre Dios y nosotros han desaparecido, no es algo abstracto, sino que es alguien, es una persona.

A lo largo del evangelio hallamos cientos de historias, vivencias y experiencias que nos hacen comprender cómo Dios nos mira cuando sufrimos, cómo Dios se preocupa cuando nos perdemos en búsquedas arriesgadas, cómo nos perdona con su misericordia infinita cuando nos equivocamos y lo negamos, incluso cuando pensamos que no somos dignos de su amor. Dios entiende todo lo que somos, lo sublime y lo complicado de nuestras vidas, y todo esto porque también Él fue humano. Dios no se comunica a través de teorías o conceptos abstractos sino que se manifiesta a través de las experiencias de su Jesús: humilde, sencillo, frágil y allegado a todo ser humano.  A Jesús lo encontramos en el diario vivir desde lo que somos, desde nuestra bondad y sencillez de corazón, en el trato con nuestro prójimo – esas personas a quienes encontramos en nuestro diario vivir en la calle, en la escuela, en el trabajo y en nuestras comunidades de fe.

Juan describe a la luz del mundo de esta manera: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla”. Esta referencia se repirte en la Colecta de hoy refiriéndose a nuestra propia luz: Concede que esta luz, que arde en nuestro corazón, resplandezca en nuestra vida”. Esta oración nos invita a recordar que, a pesar de los tiempos oscuros, tenebrosos e injustos que nos rodean, somos la luz de Jesús.

La luz de Cristo inspira a que brote de nuestros corazones la esperanza, la fe y el amor por la creación de Dios. La luz de la humanidad en Cristo Jesús es el camino de la salvación trazado por Jesús. El amor y la verdad que su Palabra y Pan nos transmiten, nos impulsan más allá de nuestras propias capacidades, para dar testimonio de que somos luz.

¿Qué hemos de hacer? Seguir a Jesús es reconocer que somos una creación maravillosa de Dios. Mantener una comunicación constante con Dios para renovar nuestros espíritus, sentirnos revividos, y tener esperanza. Apartar tiempo de silencio y reflexión, aunque solo sea por unos minutos, en los que podamos abrir mente y corazón a escuchar la voz de Dios y ver la luz de Jesús en lo más sagrado de nuestras almas. En estas acciones reflajamos nuestra bondad, misericordia, compasión, solidaridad y compromiso de vivir el evangelio de Jesús.

En el nuevo año que se aproxima encomendémonos a Dios, dueño del ayer, del hoy y del mañana, todo lo que somos, nuestros proyectos y deseos, nuestras inquietudes y angustias, nuestras alegrías y tristezas, nuestras familias y amigos, cercanos y lejanos. ¡Qué todo lo que hagamos sea para ser y hacer felices a los demás, para transmitir el inmenso recogijo que nos hace sentir amados y amadas, tanto así, que nadie dude que somos destellos de luz que un hermoso Niño nos ha legado!

El Rvdo. Israel Alexander Portilla Gómez es diácono en la Misión San Juan Evangelista, Diócesis de Colombia, donde ha ejercido el ministerio desde diciembre de 2016.

Descargue el sermón de 1 Navidad.

Navidad (III) – 25 de diciembre de 2018


[RCL] Isaías 61:10-62:3; Salmo 147 ó 147:13-21; Gálatas 3:23-25; 4:4-7; John 1:1-18

“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios”.

Con estas palabras el evangelista Juan nos introduce el cuarto evangelio y establece con claridad meridiana que todo lo que existe y tiene su ser se origina en y por la Palabra. Esa Palabra decidió establecer su morada entre nosotros y bendecirnos con su presencia de una forma más concreta.

Pero ésta no es una presencia totalmente ajena en la experiencia del pueblo hebreo. Durante muchos siglos Dios se había hecho manifiesto en el llamado a Abrahán, en la liberación de Egipto bajo el liderazgo de Moisés y en el envío constante de profetas para que guiaran a los israelitas en su proceso de maduración en la fe y comprensión del propósito salvífico de Dios.

El verdadero desafío de este pasaje del evangelio de Juan, tanto para nosotros como para los contemporáneos del evangelista, es cómo esa Palabra toma forma en la persona de Jesús. Y esto, queridos hermanos y hermanas, nos presenta un problema muy serio, un problema que no podemos resolver si nos quedamos aferrados a una visión limitada y cómoda de lo que es la presencia de Dios entre nosotros.

Por fe sabemos que Dios es Palabra efectiva que se cumple en su promesa y se manifiesta en la creación y en sus acciones. Ya desde los tiempos de Moisés entendemos que ese Dios se define como el que Es: un Dios de acción, celoso por su pueblo y apasionado por la justicia.

Sin embargo, cuando ese Dios se nos hace muy concreto, puede llevarnos al desconcierto y a la búsqueda incansable del aspecto de él que más se acomode a nuestros intereses. ¿Acaso fue eso lo que pasó cuando Jesús apareció reclamando ser el Hijo de Dios? ¿Acaso es lo que nos ocurre a nosotros mismos cuando una persona necesitada pasa a nuestro lado y nos reclama ser Jesús?

En el evangelio de Juan el mismo Jesús se autodefine como: “Camino, verdad y vida”, un lenguaje que nos deja espacio para la elaboración teológica y creativa. Desde nuestra experiencia cristiana se nos hace relativamente fácil aceptar a Jesús como esa “Palabra hecha carne que habitó entre nosotros”. Pero Jesús no nos deja tanto libre albedrío cuando nos desafía a descubrirle en el hambriento, el sediento, el enfermo, el desnudo y el encarcelado. Ahí nos exige la acción que libera y no solamente el discurso que busca liberar. Esa distinción la descubrimos bastante matizada a todo lo largo del ministerio de Jesús; ministerio del que se hace partícipe la Iglesia y, por asociación, nosotros también.

“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Habitar es tener morada con carácter permanente o establecerse en un lugar cualquiera. Eso, dicho a partir de la experiencia humana, constituye una afirmación ordinaria. Pero visto del punto de vista divino nos lleva al campo de lo extraordinario. Lo que pasa con la encarnación de Jesús es extraordinario y por eso el evangelista Juan lo hace tema introductorio de su libro. En ese sentido la misión de la Iglesia es mantener un diálogo permanentemente y abierto entre lo ordinario y lo extraordinario. Ese diálogo debe ayudarnos a seguir descubriendo la presencia del Dios encarnado en las personas ordinarias con quienes compartimos este mundo, especialmente con aquellas que están más necesitadas.

Hace un momento decíamos que el desafío real consiste en descubrir cómo la Palabra encarnada se manifiesta en nosotros. Con un poco de esfuerzo podemos descubrir muchas formas en las que esto ocurre. Pensemos, por ejemplo, en los soldados que han sido enviados a combatir en Irak y Afganistán. Reflexionemos en la angustia que puedan tener sus familias, y en su impotencia y el temor de no volverlos a ver con vida. Pensemos también en las miles de familias que han sido divididas por los operativos y así han puesto cientos de millas de distancias entre padres e hijos. También pensemos en los hermanos y hermanas que perdieron sus casas y sus trabajos en estos dos últimos años. De igual modo, traigamos a nuestra mente a miles de jornaleros y jornaleras que diariamente, y aun durante este tiempo de Navidad, se debaten entre lo posible y lo imposible; lo real y la esperanza que da la fe, antes de salir a las calles a buscar el sustento de su familia. Y por qué no pensar en los casi doce millones de personas que esperan desesperadamente un acto del Congreso de Estados Unidos que regularice su estatus a través de una muy esperada, orada y protestada reforma inmigratoria.

En cada uno de los ejemplos que acabamos de mencionar no hay mucho de extraordinario. Lo extraordinario es que nosotros podamos experimentar la ruptura y ansiedad de los sujetos envueltos del mismo modo que Jesús la experimenta. Nosotros los cristianos podemos descubrir en cada ser humano la presencia incuestionable de Jesús, el Verbo encarnado cuyo nacimiento estamos celebrando. Él nos invita a servirle en cada ser humano. Y eso sin importar la condición social, la raza, el género, las preferencias o el estatus de aquellos y aquellas en quienes él se hace presente.

Que Dios Padre nos siga bendiciendo con su palabra y nos conceda la gracia de poder identificarle en todo y en todos, y hacer manifiesto su amor con hechos que dan un testimonio fehaciente.

Este sermón escrito por el Reverendo Canónigo Simón Bautista originalmente se publicó para el Día de Navidad 2009.

Descargue el sermón de Navidad (III).

Primer Domingo después de Navidad – Año B

Isaías 61:10–62:3, Salmo 147 o 147:13–21, Gálatas 3:23–25; 4:4–7, San Juan 1:1–18

“Dios todopoderoso, tú has derramado sobre nosotros la nueva luz de tu Verbo encarnado”.

La imagen de la luz se destaca en la liturgia de este domingo. En la colecta de apertura agradecemos a Dios que ha “derramado una nueva luz por medio de Jesucristo”. El profeta Isaías en la primera lectura, describe la salvación como una antorcha encendida. El evangelio de hoy nos muestra a Cristo como Verbo, Vida y Luz.

La temporada navideña es un tiempo que destaca el brillo y el color; lo confirman las miles de luces que adornan nuestros hogares, iglesias, ciudades y nuestros corazones. La imagen de luz que nos muestran las lecturas tiene que ver con la revelación de Dios a la humanidad por medio de su Hijo, Jesucristo. “Aquel que es la Palabra se hizo hombre y vivió entre nosotros. Y hemos visto su gloria, la gloria que recibió del Padre, por ser su Hijo único, abundante en amor y verdad”.

Dios derrama sus dones espirituales a los que abren sus corazones y mentes a su profundo misterio. A pesar de nuestro razonamiento, dado por Dios, el misterio de la maravilla de Dios es inexplicable por el mero hecho de que Dios es Dios: Creador de lo visible e invisible, de lo conocido y desconocido. El evangelio de San Juan nos ofrece una serie de imágenes que nos ayudan a comprender la condición divina de Jesús. San Juan se refiere al Hijo de Dios como el Verbo o Palabra. La intención de San Juan es indicar que Jesucristo nos comunica el ser de Dios. “Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, que es Dios y que vive en íntima comunión con el Padre, es quien nos lo ha dado a conocer”.

En el evangelio de hoy, escuchamos el primer verso del primer capítulo según San Juan. El evangelista afirma, sin lugar a duda, la preexistencia del Hijo de Dios antes de encarnarse en el seno de María. Comienza el evangelio de esa manera porque en esa época, al igual que hoy día, había muchas y diversas interpretaciones sobre la divinidad y la humanidad de Jesucristo. Algunas de esas interpretaciones se fundaban en conceptos filosóficos, que incluían entre otras ideas, que Jesús no era el Mesías, que no era humano y que no podía ser divino y humano a la misma vez. Podemos ver cómo nuestra condición humana trataba y trata de cualquier modo entender el misterio hecho Verbo, que es Dios encarnado en su hijo Jesucristo.

Al igual que en la época de San Juan, hoy día muchas personas entienden a Jesús de maneras diversas; así cómo lo conocieron con el vuelo de la imaginación durante su niñez, o como un Jesús revolucionario y renovador, y aún como un ser lejano de la realidad humana. El apóstol Pablo en la carta a los gálatas nos guía al decirnos que la ley y la tradición no son suficientes para entender la grandeza de Dios. “Antes de venir la fe, la ley nos tenía presos, esperando a que la fe fuera dada a conocer”.

En estos días de Navidad y de Año Nuevo continuamos celebrando según las tradiciones y costumbres recibidas a través de la historia. Las tradiciones navideñas son bellas en la medida en que nos ayudan a conectarnos con la razón principal de la celebración. En el caso de la Navidad, es importante recordar las palabras de Juan en su evangelio: “Aquel que es la Palabra se hizo hombre y vivió entre nosotros”.

La celebración de la venida del Hijo de Dios a este mundo se expresa con gestos y detalles que hacen patente la venida de Cristo al mundo, llenándonos de luz, para de esa manera iluminar el mundo. Con esa luz en nuestros corazones, recibamos el nuevo año agradeciendo a Dios las muchas bendiciones recibidas. Roguemos a Dios que su amor y compasión infinita prodigue fortaleza y consuelo a los centenares de familias que perdieron a sus seres queridos a manos de personas obsesionadas con causar el mayor daño posible y por la facilidad con la que pueden hacerse a armas de alto calibre. Pidámosle fortaleza para cada persona y familia víctima de los desastres naturales, huracanes, terremotos e incendios devastadores ocurridos a lo largo de este año. Oremos todos por la paz del mundo.

San Pablo les dice a los gálatas que la llegada del Hijo de Dios al mundo es para concedernos “los derechos de hijos e hijas de Dios”. Que para nosotros y nosotras la conquista por el derecho a una vida digna de cada ser humano siga siendo en nuestro mundo actual, la meta de los que conocemos a Cristo como Mesías y Salvador. Isaías el profeta nos dice: “Por amor a ti, Sión, no me quedaré callado; por amor a ti, Jerusalén, no descansaré”. Quedarse callado no resuelve nada, desfallecer frente a lo que parece imposible de cambiar tampoco es una opción.

Entre nuestros propósitos de año nuevo consideremos ser luz y voz de los que la sociedad somete a la marginación y al abandono. Hemos recibido la luz de Cristo en el bautismo y nuestras obras reflejan el compromiso de colaborar con Jesús en la construcción del Reino de Dios. Es solo por el testimonio de la iglesia como comunidad de fe que Cristo seguirá siendo luz para el mundo. Cada bautizado y bautizada es trabajador del reino en medio de fuerzas adversas a la verdad y a la justicia. A lo largo de los siglos ha prevalecido la obra de Cristo en el mundo, y se mantendrá presente en los siglos venideros. “Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla”.

 En la mayoría de nuestras congregaciones tendremos celebraciones de acción de gracias por el año que termina y rogativas por el año que comienza. Al igual que aquellos que nos precedieron, nos disponemos a comenzar un nuevo año con la fe puesta en el Señor de la historia. Cristo ayer, Cristo hoy y Cristo siempre es el mensaje central del evangelio de hoy. Nuestra generación llevará a cabo su misión y nuevas generaciones de cristianos llegarán, pero nuestra misión es la misma que fue dada a Juan Bautista: “Juan no era la luz, sino uno enviado a dar testimonio de la luz”. Nosotros no somos la luz, nosotros somos los enviados y las enviadas a dar testimonio de la luz.

 

Sermón – Día de Navidad – (Años A, B y C) – 2015

Escrito por El Rvdo. Gonzalo Rendón

25 de diciembre de 2015

Isaías 62:6-12; Salmo 97; Tito 3:4-7; Lucas 2:(1-7), 8-20.

Nos encontramos de nuevo junto al pesebre para continuar meditando sobre este gran misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en medio de nosotros; dispongamos nuestro espíritu y nuestro corazón no tanto para comprender ese hermoso misterio, pues jamás la razón humana podría comprenderlo, sino más bien para dejarnos envolver por él, para imbuirnos en él y permitir que la fuerza del amor de nuestro buen Padre-Madre Dios nos transforme y haga de nosotros criaturas tiernas y pacíficas al estilo de su Hijo.

Escuchamos anoche, en la misa de Nochebuena, el pasaje del evangelio de san Lucas donde el evangelista describe las circunstancias históricas y geográficas donde nace el Hijo de Dios, y dijimos que esa descripción era muy importante para la comunidad a la cual escribe Lucas porque quizás muchos cristianos estaban ya considerando al personaje Jesús como una especie de leyenda o de mito.

Recordemos que Lucas no es un personaje contemporáneo de Jesús; por tanto, su evangelio es fruto de las investigaciones y confrontaciones con muchas otras tradiciones que ya existían en su tiempo sobre Jesús de Nazaret. Él mismo lo manifiesta así al inicio de su evangelio: “Ya que muchos emprendieron la tarea de relatar los sucesos que nos han acontecido, tal como nos lo transmitieron los primeros testigos presenciales y servidores de la palabra, también yo he pensado, ilustre Teófilo, escribirte todo por orden y exactamente, comenzando desde el principio; así comprenderás con certeza las enseñanzas que has recibido” (Lucas 1:1-4).

Pero vimos también que más allá de unos datos históricos en torno al origen de Jesús, lo que más resalta el evangelista es el aspecto teológico que subyace en el nacimiento de Jesús. Y descubrimos que uno de esos aspectos está en el hecho de que María y José no encontraron lugar en la posada de Belén para el alumbramiento de su hijo. Dicho de otro modo, la criatura anunciada por el ángel a María como el que sería el Salvador, no encontró sitio entre los hombres para su nacimiento. No es mera casualidad que esta misma idea la encontremos también en el evangelio de Juan: “La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Juan 1:9-11).

No dejemos pasar por alto ese detalle que al parecer no reviste ninguna importancia. Quizás el folclore y los diferentes modos tradicionales de celebrar la Navidad en nuestros países de origen hayan ocultado de alguna manera este aspecto; sin embargo, hoy delante del pesebre es el momento de volver a reconocer con humildad que quizás, con nuestras actitudes de vida, estemos cerrando la puerta a ese Dios que se ha encarnado y quiere establecer su morada entre nosotros.

El evangelio que escuchamos hoy es la continuación del mismo que se leyó en la misa de Nochebuena; María ha tenido que dar a luz en el establo, ha envuelto el niño en pañales y lo ha recostado en el pesebre. Y de aquí el evangelista nos traslada hasta el campo donde unos humildes pastores se encuentran custodiando los rebaños; a ellos, se dirige un ángel para contarles la alegre noticia del nacimiento del Salvador, el Mesías y Señor. El tono de alegría queda de manifiesto con el canto del Gloria que entona una multitud de ángeles que se suman al que habla con los pastores.

Después del anuncio, los pastores van hasta el lugar indicado por el ángel y efectivamente encuentran a María, a José y al Niño recostado en el pesebre; y aquí se forma la algarabía de los pastores que cuentan a los humildes esposos todo lo acontecido. Nadie comprende nada del sentido profundo que encierra este nacimiento y por eso nos dice el evangelista que “María guardaba todas estas cosas en su corazón”.

Miremos entonces con atención este segundo detalle teológico que Lucas ha querido subrayar en su relato. Pero antes, tengamos presente el primero: el Salvador, el Mesías y Señor no encontró un lugar para su nacimiento. En torno a esta idea, el cristiano de todos los tiempos ha de cuestionarse si acaso en su corazón hay espacio para el nacimiento de su Salvador.

El segundo aspecto teológico de este pasaje de san Lucas, tiene que ver con los primeros destinatarios de la noticia de la venida del Mesías. El relato del nacimiento del Niño Dios nos lo narra también el evangelista Mateo; pero es muy curioso que en ese evangelio quienes se constituyen en los primeros visitantes del pesebre no son los humildes pastores, sino unos reyes que vinieron desde oriente trayendo para el Niño oro, incienso y mirra.
Pues en Lucas, como lo acabamos de escuchar, los primeros que reciben el anuncio del nacimiento del Mesías y quienes se convierten en sus primeros visitantes, son unos pobres pastores, unos campesinos, humildes, unos personajes marginados que no contaban para nadie. En el judaísmo de la época de Jesús, los pastores eran personas legalmente impuras, indignas de entrar al templo a orar o a ofrecer sacrificio alguno.

Vamos meditando entonces en la profundidad que tiene este relato y en la gran actualidad que tiene hoy para nosotros. En primer lugar, en el pesebre quedan cumplidas todas las promesas hechas desde antiguo por Dios; en segundo lugar, Dios cumple sus promesas, pero no según los criterios humanos; no es el hombre quien impone sus criterios a Dios, quien dirige los destinos de Dios, ¡qué gran atrevimiento! Pues aunque nos parezca descabellado, a eso había llegado la religión en los tiempos de Jesús. Pero, pensemos: ¿no estaré yo también en ese mismo plano de intentar manipular a Dios, de imponerle mis criterios?

En tercer lugar, la mirada de Dios sólo se dirige a quien no cuenta para nadie. Ya desde el Antiguo Testamento, Dios había tomado partido por un montón de esclavos que gemían y se lamentaban en Egipto, por ellos se enfrenta al faraón y los libera, hace una alianza con ellos, los convierte en un pueblo y les permite habitar la tierra de la libertad. Cada acción, cada palabra, cada mensaje que Dios transmitía a través de sus profetas, tenía como objeto defender siempre a los excluidos, a los marginados y oprimidos.

Ahora, al cumplirse la plenitud de los tiempos, ese mismo Dios se encarna tomando la forma humana y nace entre los hombres como cualquier otro hombre; no por ser Dios encarnado, su aparición tiene lugar en la corte real, en un palacio. Precisamente, porque ha decidido encarnarse en la humanidad, lo hace entre aquellos a quienes se les ha arrebatado su más preciado tesoro: su humanidad; y lo hace para rescatar y devolver al hombre su dignidad humana. El Verbo encarnado, ha querido entonces que sean esas personas “indignas” para una religión excluyente, las primeras en ir a visitarlo; a contemplarlo en el máximo extremo de debilidad y de impotencia como lo es un niño.

Si por algún motivo nosotros nos sentimos excluidos, marginados, por nosotros mismos o por una institución que excluye y pisotea nuestra dignidad humana, juntémonos con estos pastorcitos, acerquémonos gozosos y confiados al pesebre y dejemos a los pies del Niño nuestra vida, nuestros anhelos, nuestras esperanzas y nuestros más profundos deseos de surgir y elevarnos de nuevo a la dignidad de hijos e hijas del auténtico Dios que en su Hijo se ha hecho uno con nosotros.

El Rvdo. Rendón es colombiano, nativo del departamento de Antioquia. Filósofo, teólogo y biblista. Actualmente presta servicios de docencia en la primera Universidad 100% virtual del país.

Día de Navidad (A,B,C) – 2015

25 de diciembre de 2015

Isaías 62:6-12; Salmo 97; Tito 3:4-7; Lucas 2:(1-7) 8-20.

Nos encontramos de nuevo junto al pesebre para continuar meditando sobre este gran misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en medio de nosotros; dispongamos nuestro espíritu y nuestro corazón no tanto para comprender ese hermoso misterio, pues jamás la razón humana podría comprenderlo, sino más bien para dejarnos envolver por él, para imbuirnos en él y permitir que la fuerza del amor de nuestro buen Padre-Madre Dios nos transforme y haga de nosotros criaturas tiernas y pacíficas al estilo de su Hijo.

Escuchamos anoche, en la misa de Nochebuena, el pasaje del evangelio de san Lucas donde el evangelista describe las circunstancias históricas y geográficas donde nace el Hijo de Dios, y dijimos que esa descripción era muy importante para la comunidad a la cual escribe Lucas porque quizás muchos cristianos estaban ya considerando al personaje Jesús como una especie de leyenda o de mito.

Recordemos que Lucas no es un personaje contemporáneo de Jesús; por tanto, su evangelio es fruto de las investigaciones y confrontaciones con muchas otras tradiciones que ya existían en su tiempo sobre Jesús de Nazaret. Él mismo lo manifiesta así al inicio de su evangelio: “Ya que muchos emprendieron la tarea de relatar los sucesos que nos han acontecido, tal como nos lo transmitieron los primeros testigos presenciales y servidores de la palabra, también yo he pensado, ilustre Teófilo, escribirte todo por orden y exactamente, comenzando desde el principio; así comprenderás con certeza las enseñanzas que has recibido” (Lucas 1:1-4).

Pero vimos también que más allá de unos datos históricos en torno al origen de Jesús, lo que más resalta el evangelista es el aspecto teológico que subyace en el nacimiento de Jesús. Y descubrimos que uno de esos aspectos está en el hecho de que María y José no encontraron lugar en la posada de Belén para el alumbramiento de su hijo. Dicho de otro modo, la criatura anunciada por el ángel a María como el que sería el Salvador, no encontró sitio entre los hombres para su nacimiento. No es mera casualidad que esta misma idea la encontremos también en el evangelio de Juan: “La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Juan 1:9-11).

No dejemos pasar por alto ese detalle que al parecer no reviste ninguna importancia. Quizás el folclore y los diferentes modos tradicionales de celebrar la Navidad en nuestros países de origen hayan ocultado de alguna manera este aspecto; sin embargo, hoy delante del pesebre es el momento de volver a reconocer con humildad que quizás, con nuestras actitudes de vida, estemos cerrando la puerta a ese Dios que se ha encarnado y quiere establecer su morada entre nosotros.

El evangelio que escuchamos hoy es la continuación del mismo que se leyó en la misa de Nochebuena; María ha tenido que dar a luz en el establo, ha envuelto el niño en pañales y lo ha recostado en el pesebre. Y de aquí el evangelista nos traslada hasta el campo donde unos humildes pastores se encuentran custodiando los rebaños; a ellos, se dirige un ángel para contarles la alegre noticia del nacimiento del Salvador, el Mesías y Señor. El tono de alegría queda de manifiesto con el canto del Gloria que entona una multitud de ángeles que se suman al que habla con los pastores.

Después del anuncio, los pastores van hasta el lugar indicado por el ángel y efectivamente encuentran a María, a José y al Niño recostado en el pesebre; y aquí se forma la algarabía de los pastores que cuentan a los humildes esposos todo lo acontecido. Nadie comprende nada del sentido profundo que encierra este nacimiento y por eso nos dice el evangelista que “María guardaba todas estas cosas en su corazón”.

Miremos entonces con atención este segundo detalle teológico que Lucas ha querido subrayar en su relato. Pero antes, tengamos presente el primero: el Salvador, el Mesías y Señor no encontró un lugar para su nacimiento. En torno a esta idea, el cristiano de todos los tiempos ha de cuestionarse si acaso en su corazón hay espacio para el nacimiento de su Salvador.

El segundo aspecto teológico de este pasaje de san Lucas, tiene que ver con los primeros destinatarios de la noticia de la venida del Mesías. El relato del nacimiento del Niño Dios nos lo narra también el evangelista Mateo; pero es muy curioso que en ese evangelio quienes se constituyen en los primeros visitantes del pesebre no son los humildes pastores, sino unos reyes que vinieron desde oriente trayendo para el Niño oro, incienso y mirra.

Pues en Lucas, como lo acabamos de escuchar, los primeros que reciben el anuncio del nacimiento del Mesías y quienes se convierten en sus primeros visitantes, son unos pobres pastores, unos campesinos, humildes, unos personajes marginados que no contaban para nadie. En el judaísmo de la época de Jesús, los pastores eran personas legalmente impuras, indignas de entrar al templo a orar o a ofrecer sacrificio alguno.

Vamos meditando entonces en la profundidad que tiene este relato y en la gran actualidad que tiene hoy para nosotros. En primer lugar, en el pesebre quedan cumplidas todas las promesas hechas desde antiguo por Dios; en segundo lugar, Dios cumple sus promesas, pero no según los criterios humanos; no es el hombre quien impone sus criterios a Dios, quien dirige los destinos de Dios, ¡qué gran atrevimiento! Pues aunque nos parezca descabellado, a eso había llegado la religión en los tiempos de Jesús. Pero, pensemos: ¿no estaré yo también en ese mismo plano de intentar manipular a Dios, de imponerle mis criterios?

En tercer lugar, la mirada de Dios sólo se dirige a quien no cuenta para nadie. Ya desde el Antiguo Testamento, Dios había tomado partido por un montón de esclavos que gemían y se lamentaban en Egipto, por ellos se enfrenta al faraón y los libera, hace una alianza con ellos, los convierte en un pueblo y les permite habitar la tierra de la libertad. Cada acción, cada palabra, cada mensaje que Dios transmitía a través de sus profetas, tenía como objeto defender siempre a los excluidos, a los marginados y oprimidos.

Ahora, al cumplirse la plenitud de los tiempos, ese mismo Dios se encarna tomando la forma humana y nace entre los hombres como cualquier otro hombre; no por ser Dios encarnado, su aparición tiene lugar en la corte real, en un palacio. Precisamente, porque ha decidido encarnarse en la humanidad, lo hace entre aquellos a quienes se les ha arrebatado su más preciado tesoro: su humanidad; y lo hace para rescatar y devolver al hombre su dignidad humana. El Verbo encarnado, ha querido entonces que sean esas personas “indignas” para una religión excluyente, las primeras en ir a visitarlo; a contemplarlo en el máximo extremo de debilidad y de impotencia como lo es un niño.

Si por algún motivo nosotros nos sentimos excluidos, marginados, por nosotros mismos o por una institución que excluye y pisotea nuestra dignidad humana, juntémonos con estos pastorcitos, acerquémonos gozosos y confiados al pesebre y dejemos a los pies del Niño nuestra vida, nuestros anhelos, nuestras esperanzas y nuestros más profundos deseos de surgir y elevarnos de nuevo a la dignidad de hijos e hijas del auténtico Dios que en su Hijo se ha hecho uno con nosotros.

 

— El Rvdo. Rendón es colombiano, nativo del departamento de Antioquia. Filósofo, teólogo y biblista. Actualmente presta servicios de docencia en la primera Universidad 100% virtual del país.

Nochebuena (A,B,C) – 2015

24 de diciembre de 2015

Isaías 9:2-7; Salmo 96; Tito 2:11-14; Lucas 2:1-14 (15-20).

Con la celebración del nacimiento del Niño Dios, esta noche, concluye el tiempo de Adviento; ese tiempo durante el cual la liturgia nos fue ayudando a través de las diferentes lecturas de la Palabra de Dios a prepararnos adecuadamente para celebrar el nacimiento del Mesías y Salvador Jesucristo.

Para nosotros, como cristianos, la celebración del nacimiento del Niño Dios es algo más que un simple aniversario, un nuevo cumpleaños de Jesús. Nos hemos preparado durante cuatro semanas para celebrar la venida de Jesús. Dejando a un lado todo el aparato consumista que se ha montado en torno a la Navidad, nosotros nos dejamos invadir de esa alegría inmensa que nos produce el hecho de saber que hoy, el Dios Todopoderoso y eterno, ha venido hasta nosotros en forma de un débil niño.

Hemos escuchado hoy una lectura muy sugestiva del Antiguo Testamento y hemos aclamado el salmo 96 donde el salmista nos invita al gozo y la alabanza al constatar las obras grandes del Señor. Eso es lo que hacemos en esta Nochebuena, alabar y bendecir al Señor por sus obras; pero por encima de todo alabarlo y darle gracias porque a pesar de su infinita grandeza ha decidido venir hasta nosotros, hacerse uno de nosotros y compartir nuestras alegrías y tristezas, nuestros sueños y esperanzas. Ese es el gran sentido de la celebración de esta noche.

Como acabamos de escuchar en el pasaje del libro de Isaías que nos trae la liturgia de hoy, el profeta invita a la alegría por dos motivos especialmente: porque “el pueblo que caminaba a oscuras vio un luz intensa”, y el segundo motivo es porque “un niño nos ha nacido”. Por una parte, Isaías invita a vivir esa alegría y regocijo en actitud de agradecimiento a Dios porque la opresión que pesaba sobre su pueblo se ha retirado. El trasfondo histórico de este pasaje es la devastación y muerte que produjo en la región el imperio Asirio quien derramó mucha sangre y produjo gran dolor a los israelitas del Norte del país. En medio de todo, el profeta invita a mantener viva la fe y a confiar siempre en el poder inigualable de Dios, único que puede doblegar a los más poderosos del mundo.

El otro motivo de alegría se refiere al nacimiento de un niño; al parecer, se trata de un descendiente real que acaba de nacer. Era normal que cuando se producía el nacimiento del descendiente, hubiera alegría y se renovaran las esperanzas del pueblo. Desde la época del rey David, el pueblo siempre alimentó la esperanza de un rey a la medida de sus expectativas y necesidades; sin embargo, ningún descendiente del legendario David dio la talla; por eso, siempre se mantuvo la esperanza en que algún día, Dios enviaría un Mesías que sí fuera capaz de realizar el papel auténticamente liberador.

Ya en la época del Nuevo Testamento, las comunidades cristianas primitivas muy pronto encontraron el cumplimiento de estas profecías en Jesús de Nazaret. Ese niño que anunciaba Isaías fue para los primeros cristianos Jesús, el hijo de José y María que hoy contemplamos en el pesebre.

Llenos de gozo contemplamos pues al niño de Belén. En este niño se cumplen hoy todas las profecías, ahí está en el silencio y la humildad del pesebre la realización de todas las promesas divinas; no importa cuanta oscuridad, cuanta soledad, cuantas tristezas y angustias ha experimentado la humanidad y cada uno de nosotros; ese llanto y esa desnudez de este Niño nos están diciendo que no estamos solos; que la vida no es dolor ni llanto, que la vida, nuestra vida, tiene un sentido porque Dios en su amor infinito ha venido a hacerse uno con nosotros, a llenar de sentido nuestra existencia.

El evangelista Lucas es quien nos cuenta con más detalle el nacimiento del Niño Dios. Como hemos escuchado, Lucas menciona una circunstancia muy particular que rodeó este nacimiento: María y José que habitaban el pequeño y escondido caserío de Nazaret en Galilea, tuvieron que desplazarse hasta Belén, muy cerca de Jerusalén, para registrarse en un censo que había decretado el emperador romano. La ley era que cada judío tenía que ir hasta su lugar de origen a censarse; y como José no era de Galilea, sino de Belén de Judá, por eso tuvo que hacer este viaje.

Estando entonces en esta penosa diligencia, se le cumplió el tiempo a María y tuvo que dar a luz allí en Belén, lejos de su casa, entre gente desconocida. Y nos dice Lucas que como no hubo sitio para María y José en la posada, tuvo que alumbrar en una pesebrera. Fue lo más íntimo que pudieron encontrar María y su esposo, el lugar donde habitualmente pasaban la noche los animales de trabajo.

No se trata simplemente de un relato pintoresco. El evangelista quiere subrayar aquí tres cosas muy importantes: la primera tiene que ver con el origen histórico de Jesús, el Mesías: aun tratándose del esperado de los tiempos, no cae del cielo, ni viene entre ángeles y nubes; su nacimiento tuvo lugar en un momento preciso: en los días del censo impuesto por la autoridad romana; la segunda tiene que ver con la localidad o la ciudad donde nace el Mesías: en Belén, ciudad de David; de este modo, Lucas conecta el nacimiento de Jesús con las expectativas mesiánicas según las cuales, el mesías tenía que ser un descendiente de David y, aparte de eso, tenía que nacer allí en la ciudad de David.

Sin embargo, para nosotros, el tercer elemento que subraya Lucas es el más importante de todos ya que se trata del sentido teológico que el evangelista quiere darle a su relato. Prestemos mucha atención. Se trata del lugar exacto del nacimiento; nos dice san Lucas que éste se realizó en un pesebre o una pesebrera, como quieran mirarlo. Como quien dice, al Mesías, al enviado de Dios, su propio Hijo, no le ha tocado nacer, como a la gran mayoría de criaturas, en la intimidad de un hogar -por aquel tiempo cuando no había clínicas ni hospitales, los niños nacían en la casa y la madre era asistida por una partera.

Para María y José “no hubo lugar en la posada de Belén”, nos dice san Lucas. Había mucha gente aquel día en la ciudad a causa del censo. Este detalle lo utiliza el evangelista para hacer entender a los cristianos y cristianas de su comunidad -y a nosotros hoy- que no podemos quedarnos contemplando sólo la dimensión gloriosa de Jesús, el Cristo. Es importante tener en cuenta que Lucas es un cristiano probablemente de la segunda generación de cristianos, cuando ya el cristianismo tiene raíces muy fuertes, pero está olvidando muchos aspectos que tienen que ver con la sencillez, la humildad y el despojo de toda vanagloria que rodearon el origen humano de su Señor.

Delante del pesebre hoy pensemos con toda sinceridad si hay o no, lugar en nuestro corazón para el Hijo de Dios; qué situaciones, qué intereses, qué obstáculos ponemos para no abrir la posada de nuestra vida a Jesús. No le cerremos la puerta, no dejemos pasar la oportunidad de dejarlo entrar en cada uno de nosotros para que él nos transforme, para que él nos reconstruya, para que él vuelva a hacer de cada uno de nosotros seres nuevos, más humanos, más dignos de ser hijos e hijas de Dios.

Que las luces, la música y el consumismo de la Navidad no sean más un motivo para cerrar la puerta a la humilde pareja de María y José que quieren hoy pasar la noche de la vida con nosotros.

 

— El Rvdo. Rendón es colombiano, nativo del departamento de Antioquia. Filósofo, teólogo y biblista. Actualmente presta servicios de docencia en la primera Universidad 100% virtual del país.

1 Epifanía (B) – 2015

El Bautismo del Señor

11 de enero de 205

Génesis 1:1-5; Salmo 29; Hechos 19:1-7; Marcos 1:4-11.

Amados hermanos y hermanas. Con la solemnidad de este domingo en que estamos celebrando el Bautismo del Señor, concluimos el llamado ciclo de Adviento-Natividad-Epifanía; tiempos litúrgicos que nos ayudaron a prepararnos adecuadamente para vivir a profundidad el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y para sentir de cerca esa presencia amorosa de Dios que se ha hecho carne y fijado su morada entre nosotros.

Hoy estamos concluyendo este ciclo; mas no porque queramos dar por terminado nuestro caminar en la fe; todo lo contrario; el ciclo que finaliza hoy ha dejado en nuestra vida y en nuestro corazón elementos muy motivadores para continuar ese camino de meditación y de vivencia del mensaje de Jesús durante este tiempo que viene, hasta que podamos cantar ese Gloria definitivo en la presencia misma del Cordero.

Las lecturas de hoy subrayan de una manera muy especial la presencia del Espíritu de Dios; es decir, el Espíritu Santo. Precisamente el libro del Génesis, al hablarnos de cómo estaba la tierra antes de que todo fuera creado, nos dice que “el rúaj-elohim; es decir, el espíritu de Dios se cernía por encima de la superficie de las aguas” (Génesis 1:2). Nos indica la Escritura que desde siempre, desde antes de que las cosas mismas existieran, ya estaba Dios; ese Dios que está siempre ahí a lo largo de todo el Antiguo Testamento y que finalmente se hará presente en la vida de Jesús, y en la vida de cada creyente y de la comunidad, como lo relata el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Una primera idea pues, para animar nuestra vida de fe: podemos contar con la presencia permanente del Espíritu de Dios en nuestra vida. Quizás esto no sea ningún “descubrimiento”; sin embargo, mirando la vida de tanta gente, incluso de muchos que dicen ser cristianos, da la impresión de que no han percibido esa presencia, viven “alejados” de Dios, se acuerdan que Dios existe sólo cuando están en graves dificultades; el resto de tiempo, viven más bien la “ausencia” de Dios en sus vidas.

Pero detengámonos a contemplar la Palabra a través del evangelista Marcos. Antes de narrar la escena del bautismo como tal, deja claro algo que todos los evangelistas, a su manera, aclaran también el papel y la figura de Juan el bautista y el de Jesús. Y para dejarnos claro ese papel del bautista, nos dice Marcos algo muy importante: “Se presentó Juan en el desierto bautizando y predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados” (1:4); y luego describe la figura externa del profeta, sus vestimentas y el tipo de dieta que consumía. En el fondo, el evangelista va dejando claro cómo Juan representa el estilo de la predicación profética del Antiguo Testamento; no la descalifica, pero la muestra para que quien se decida ser discípulo de Jesús, tenga algún elemento de juicio.

No perdamos de vista pues, este elemento: el contenido de la predicación de Juan: un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados, a lo cual añade la imagen de un Dios intransigente, listo para venir a exterminar a los pecadores. Y a este elemento vamos a unir el efecto de esa predicación; a renglón seguido nos dice el evangelio que “toda la población de Judea y de Jerusalén acudía a él, y se hacía bautizar en el río Jordán, confesando sus pecados” (1:5). Es apenas lógico; ante aquella predicación, la gente se sentía atemorizada y acudían con ese temor de ser destruidos por la ira de Dios, confesaban sus pecados y se sumergían en las aguas del Jordán para salir purificados.

Hasta aquí, no hay nada novedoso todavía: la gente escucha la predicación, reconoce que son pecadores, recuerdan que según la tradición religiosa del judaísmo, se espera el “día de Yahweh”, cuando él vendrá con todo su poder a juzgar y a condenar a los pecadores, y movidos por eso temor, confiesan sus pecados y se purifican en las aguas del Jordán.

El elemento novedoso lo pone el evangelista en boca del mismo Juan; vamos a subrayarlo: “detrás de mí viene uno con más autoridad que yo… Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo (1:7-8).

En estas palabras de Juan, cargadas de humildad, pero repletas de contenido teológico, está precisamente la inmensa e indecible novedad del Nuevo Testamento, es aquí donde los seguidores de Jesús debemos poner nuestra mirada para aclarar también en dónde está la novedad que nos trae Jesús y dónde está la raíz del sentido de nuestro propio bautismo.

El gesto de Jesús de ir hasta el Jordán donde está el Bautista predicando y bautizando no tendría nada de especial si no fuera por lo que sucede una vez que Jesús se ha bautizado. De hecho, el rito es igual; es decir, como todos los que vienen hasta el río, arrepentidos de sus pecados, Jesús también viene hasta acá y se sumerge en el agua; pero al salir, sucede algo distinto a lo que sucede con todos los que se han bautizado hasta ahora: “En cuanto salió del agua, vio el cielo abierto y al Espíritu bajando sobre él como una paloma. Se oyó una voz del cielo que dijo: Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto” (1:10-11).

Esto es lo nuevo que acontece en el bautismo de Jesús: la presencia del Espíritu y la Palabra del Padre que lo confirma como hijo, más aún: como hijo predilecto; es decir, como hijo amado por encima de todo.

Ahora bien, es importante tener en cuenta que Jesús no va al Jordán por simple curiosidad, o porque se sienta atraído por la predicación de Juan. Hemos de entender que esta decisión tuvo que estar precedida quizás por una profunda reflexión por parte de Jesús, de que era necesario asumir con radicalidad la voluntad del Padre. Hacer vida la convicción a la cual seguramente ha llegado Jesús de que ese Dios presente y actuante a través de toda la historia de su pueblo, es por encima de todo un Padre. Un Padre lleno de amor, de bondad y de misericordia, que no quiere la perdición de ninguno, sino el regreso de todos a su seno.

Esa es la convicción de Jesús o, si se prefiere, la experiencia de Dios más profunda, y a eso va al Jordán, a bañarse en sus aguas, para salir absolutamente decidido a dedicar el resto de su vida a transmitir a su pueblo esa experiencia personal de Dios y a demostrar con palabras y acciones ese sentimiento que está en lo profundo de su corazón. Eso es exactamente lo que confirma la presencia del Espíritu y la voz del Padre al declararlo hijo predilecto.

No es necesario por tanto, malgastar el tiempo discutiendo, si Jesús fue a bautizarse como el resto de los pecadores porque también él era pecador; lo que realmente aporta para nuestra vida de fe es el convencimiento de que Jesús al sumergirse en las aguas del Jordán asume sobre sí las miserias de la humanidad para transformarlas; para hacer de cada creyente una nueva criatura, para volver a entregarle a cada uno la genuina imagen del Padre amoroso que él experimenta en su corazón.

No es fortuito pues, el hecho de que antes de dar inicio a su ministerio público, Jesús haya ido a bautizarse; ello nos indica que bautismo y misión, no pueden separarse. Ahí está el sentido y la finalidad de nuestro propio bautismo. Nos bautizamos, no para confesar que somos pecadores, sino para confesar y dar testimonio de que en Jesús, hemos sido elevados de nuevo a la dignidad de hijos e hijas de su mismo Padre; eso tiene que ser el motor de nuestra vida de fe.

Que a lo largo de este año que estamos comenzando, vivamos a profundidad este misterio que Jesús nos ha revelado con su bautismo.

 

— El Rvdo. Gonzalo Rendón es colombiano, nativo del departamento de Antioquia. Filósofo, teólogo y biblista. Actualmente presta servicios de docencia en la primera Universidad 100% virtual del país.

Epifanía del Señor (A,B,C) – 2015

6 de enero de 2015

Isaías 60:1-6; Salmo 72:1-7; Efesios 3:1-12; Mateo 2:1-12.

La liturgia de la Epifanía quiere resaltarnos algunos puntos del Nacimiento del Señor, que son importantes, y que nos han de acompañar en nuestra vida cristiana. Alumbrados por la palabra del evangelio de san Mateo (2,1-12), queremos profundizar en la riqueza de esta celebración festiva del Dios-niño y rey de toda la humanidad.

La Epifanía es la manifestación de Jesús no sólo a los judíos, su pueblo, sino que lo hace en la figura de los magos, a todos los pueblos de la tierra. Jesús que es la luz, no se puede encerrar en los estrechos márgenes de un pueblo, su luz trasciende y pasa todas las fronteras.

En estos días de Navidad y Epifanía, la gran mayoría de nosotros esperamos algún regalo o algún saludo especial. El regalo de Reyes de Dios a la humanidad es su propio hijo. Nos lo regala en sentido de humildad, de justicia y de paz. Sólo quiere que lo acojamos y lo hagamos crecer en nuestras vidas.

¿Qué quiere contarnos el evangelista? ¿Un acontecimiento histórico, una leyenda, una reflexión teológica dramatizada sobre el alcance universal del nacimiento del Mesías? Quizás un poco de todo eso. Entremos en la meditación especialmente de este capítulo, donde San Mateo va tejiendo, a modo de presentación el perfil de su personaje.

El nacimiento de Jesús fue algo desconcertante, no sólo para María y José que no lograron alcanzar un lugar seguro en la posada para esperar el parto, sino también para las autoridades judías que temblaron de miedo y preocupación ante la llegada y la pregunta de los Magos.

Los magos eran extranjeros y venían de oriente. Se presentaron en Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Vimos su estrella en oriente y venimos adorarle” (Mateo 2:2).

Esto es lo que podríamos llamar una noticia de primer orden, de primer impacto. En la inmensa oscuridad de la noche descendió una gran luz, esperanza y ánimo para unos; desaliento, miedo y preocupación para los que se creen dueños del mundo y de la gente.

En el acontecer de la historia la contemplación de las estrellas ha sido objeto de fascinación a hombres y mujeres de todas las religiones y culturas, ya que por medio de ellas se han orientado acontecimientos y nacimientos decisivos en el avance de la humanidad.

Por eso Herodes, inquieto por la pregunta de los magos, pidió a sus colaboradores una investigación rápida y segura del lugar del nacimiento del nuevo rey, y ésta fue la respuesta: “En Belén de Judea, como está escrito por el profeta: Tú, Belén, en territorio de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un líder, el pastor de mi pueblo Israel” (Mateo 2:5-6).

De esta manera, con la información técnica en la mano, Herodes monta su estrategia, mientras los magos continúan su búsqueda. Pero es sólo una señal extraordinaria, invisible en Jerusalén, la que va a llevar a los magos hasta el pequeño rey. También de forma extraordinaria quiebran los magos la estrategia de Herodes, que esperaba la información de la dirección correcta para ir a visitar al niño rey y llevarle un regalito.

Sobre este horizonte de historia y de leyenda proyecta el evangelista esta meditación en forma de relato escenificado que contiene ya, en germen, todo lo que nos va a decir a lo largo de su evangelio.

Jesús es el heredero de las promesas de Israel, pero también de la esperanza de todos los pueblos de la tierra; es el Mesías – Rey e Hijo de Dios, pero se revela en la humilde fragilidad del niño, hijo de María; su presencia provoca el rechazo de los suyos y la aceptación de los alejados y extranjeros.

En el Antiguo Testamento el profeta Isaías, llamado por muchos el profeta Mesiánico, hacía esta proclamación: “Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del señor amanece sobre ti. Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti” (Isaías 60:1-2).

¡Levántate!, es el grito que se da tanto para despertar al dormido como para infundir coraje al desesperado. El segundo imperativo que aparece es brilla, que significa revístete de esplendor. Es una invitación que nos llama para que mostremos rostros alegres, porque la tristeza y la desesperación han cesado.

Con la vuelta del destierro la situación del pueblo no había mejorado. El profeta Isaías había hablado de un nuevo éxodo y la vida nueva no llegaba, incluso, la fidelidad a Dios daba paso a la duda. Frente a esta profunda desesperación, el profeta proclama este mensaje de salvación para la ciudad de Jerusalén. Es la respuesta esperanzadora al lamento de un pueblo que grita.

Con la llegada de la luz de la nueva Jerusalén todo se tornó diferente y así lo expresa el profeta:” Entonces lo verás radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos” (Isaías 60:5).

Y en la segunda lectura San Pablo hablando a los Efesios nos dice: “Por medio de la Buena Noticia los paganos comparten la herencia y las promesas de Cristo Jesús, y son miembros del mismo cuerpo. De esta Buena Noticia yo soy ministro por el don de la gracia de Dios, otorgada según la eficacia de su poder” (Efesios 3:6-7).

Pablo se refiere a esto cuando al declararse apóstol de los paganos, no piensa en un reparto territorial, sino que implica un descubrimiento, que el Mesías esperado por los judíos vino también para los paganos. Y expresa: “Este es un gran secreto que Dios tuvo guardado durante muchos siglos” (Efesios 3:10). Con razón se le ha venido a llamar a este escrito, la Carta magna de la unidad.

Este es el sentido de la Epifanía. La riqueza de Cristo se desborda ahora y se reparte a todos. Esta es la gran revelación de la que pablo está orgulloso y que lo anima en su ministerio. No reivindica para sí solo la revelación del ministerio, sino que se considera parte de la tradición apostólica.

Después de veintiún siglos, ese espíritu misionero que inspiró Pablo en la iglesia primitiva, sigue siendo tan urgente y necesario como en aquél entonces. Manifestar a Cristo implica llegar hasta el corazón del mundo, buscar la concordia y denunciar todo lo que divide, fragmenta y oprime a la familia humana.

Si la salvación viene de Dios, y así lo creemos, tendrá que ser universal, ya que según Pablo en su carta a los Romanos: “Dios no hace diferencia entre unos y otros” (Romanos 2:11). Si ha de ser para todos, tendremos que cultivarlo en todo el mundo.

Todo mensaje que inquieta y despierta, suscitando el rechazo, debería hacernos reflexionar, para no perder la oportunidad de recibir tal vez una interpelación que viene de lejos, desde la periferia. Desde allí, levantándonos de nuestra instalación, Dios siempre nos llama a la solidaridad y a la compasión. Esto también es Epifanía del Señor.

 

— El Rvdo. Antonio Brito es oriundo de la República Dominicana y misionero hispano en la Diócesis de Atlanta.

El Santo Nombre de Jesús (A,B,C) – 2015

1 de enero de 2015

Números 6:22-27; Salmo 8; Filipenses 2:5-13Lucas 2:15-21.

Hoy es el primer día del año 2015 y conmemoramos el día del santo nombre. Comenzamos este nuevo año, con el deseo, la oración y el compromiso, siempre presente, por la paz. Podemos contemplar con la mirada de Dios, llena de ternura y misericordia, la humanidad.

Así personas, familias, pueblos, culturas, razas, religiones, habitamos en un mismo mundo. Existen muchas diferencias, pero hay algo profundo que nos une: somos miembros de la misma familia humana, y porque creemos, somos familia de hermanos e hijos de Dios.

El libro de Números nos ofrece la forma perfecta de cómo debemos invocar a Dios y recibir la bendición y la paz en este nuevo año: “El señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz” (Números 6:24-26).

Esta triple invocación del nombre divino confiere eficacia a la bendición de los sacerdotes de Aarón, pero en realidad es el Señor el que bendice a través de sus mediadores. Esto lo expresa el final del texto, diciendo: “Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré” (Números 6:27).

Esta forma especial de bendición, usando el nombre divino, nos invita también a cantar con el salmista diciendo: “Señor, soberano nuestro, ¡tu nombre domina en toda la tierra!, ¡tu gloria se extiende más allá del cielo!” (Salmo 8:1). Hace énfasis en el nombre. En el lenguaje bíblico, es mucho más que el vocablo que se emplea para llamar o designar a una persona; es más bien la persona misma, que se hace presente y se revela dando a conocer su nombre, su identidad, su naturaleza.

Este salmo es también un himno o canto de alabanza al Dios, que nos ha concedido el dominio de todas la cosas creadas. Así lo expresa: “Con la alabanza de los pequeños, de los niñitos de pecho, has construido una fortaleza por causa de tus enemigos, para acabar con rebeldes y adversarios” (Salmo 8:2).

En esta forma especial de invocar el nombre del Señor para que nos bendiga, acogemos hoy las preocupaciones y esperanzas, las frustraciones y logros, los dolores y alegrías de toda la humanidad, representada en tantos rostros que nos son familiares.

Se ha llegado a considerar, que por mediación de este texto, fue adquiriendo la bendición un valor profético, incluso, muchos padres de la antigüedad, han visto en esta fórmula, el anuncio de la auténtica bendición que vino a ser la venida de Jesús, nuestra paz.

Así lo expresa el profeta Isaías: “Porque nos ha nacido un niño, Dios nos ha dado un hijo, al cual se le ha concedido el poder de gobernar. Y les darán estos nombres: “Admirable en sus planes, Dios invencible, padre eterno, príncipe de la paz” (Isaías 9:6).

En estos días recordamos el nacimiento del Príncipe que nos trae la paz basada en la justicia, el amor a Dios y a los hermanos. La contemplación del Príncipe de la paz en el portal de Belén nos invita a implorar también su bendición, en caso contrario, convertiremos nuestro planeta en un estado total de dolor y angustia.

Pero la paz no es solo un bello sueño sino una tarea constante en la que todos debemos colaborar. Como cristianos sabemos que la paz de Dios necesita mediaciones humanas, por esta razón, se nos propone que pongamos en práctica la tolerancia y el respeto a los demás como instrumentos importantes para poder conquistarla.

Este día orientado hacia la paz y teniendo como base evangélica la sagrada familia de Nazaret, Jesús, María, y José, se nos hace muy propicio pensar también en la constitución de la familia humana.

Siguiendo este orden, el evangelio de san Lucas nos da a conocer todo lo concerniente al recién nacido, diciendo: “Y todos los que lo oyeron se admiraban de lo que decían los Pastores. María guardaba todo esto en su corazón, y lo tenía muy presente” (Lucas 2:18-19).

La presencia de Jesús, que quiere decir salvador, y de María como madre y mujer, pueden iluminar acontecimientos nuevos para el fortalecimiento de la familia y de la paz en este año 2015.

Desde el comienzo de la vida salvadora de Jesús está la presencia de María. A veces olvidamos algo tan claro como que María es ante todo una mujer. La mujer no tiene sólo una función de maternidad biológica, significa mucho más, es el cuidado de la vida.

Quizá la falta de paz en nuestro mundo tiene mucho que ver con la postergación del elemento femenino. No se trata ya de sexos si no de géneros. Por eso hoy se habla de una feminización de la cultura para la construcción de la paz.

La mujer se ha convertido en una herramienta saludable para nuestro mundo. Ella es la que sufre principalmente la pobreza y la guerra. Y ella es la clave para un desarrollo verdaderamente humano. Reconocer y apoyar la dignidad y papel de la mujer y de lo femenino es también para nosotros los cristianos hacer memoria de María.

Es realmente conmovedor y significativo, en este día del santo nombre, de que sea una mujer, María, la persona elegida por Lucas para tipificar la actitud creyente. En el pueblo de la ley una mujer jamás habría sido elegida modelo de observancia. Pero esta ha sido una elección exclusiva de Dios.

Por medio de María se nos muestra el camino para la paz y la felicidad, acogemos la buena noticia del nacimiento del Salvador, le damos cabida dentro de nosotros, dejándonos llenar por ella. De esta manera, habremos empezando a hacer nuestra la salvación de Jesús, cuya expresión serán la paz y la felicidad.

Así, por boca de unos pastores, el texto de hoy nos informa de la buena noticia del nacimiento de un Salvador. Y por el hecho de ser unos extranjeros quienes dan la noticia hace de la salvación de Jesús un acontecimiento universal.

En la segunda lectura, el apóstol Pablo hablando a los Filipenses nos pide que imitemos a Jesús humilde, diciendo: “Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo, el cual: aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó la naturaleza de siervo” (Filipenses 2:5-7).

En esta especie de himno, Pablo hace como si tratara de una declaración de fe, mostrándonos cuáles fueron las disposiciones de Jesús y considera que deben ser las mismas también para nosotros, que proclamamos ser sus seguidores.

“Se humilló”, escribe Pablo. La humillación de Cristo llega hasta la muerte. La muerte en la cruz era lo más humillante que podía imaginarse. Pero después de esta vendrá la exaltación que culmina con su reconocimiento como señor por todos los seres del universo.

Que el señor Jesús, exaltado sobre todo nombre en el cielo y en la tierra, nos ayude como familia de Dios, a unirnos a la gran familia mundial, para que mediante la fe y la oración, construyamos y obtengamos el don precioso de la paz y la felicidad deseada.

 

— El Rvdo. Antonio Brito es oriundo de la República Dominicana y misionero en la Diócesis de Atlanta.

1 Navidad (A,B,C) – 2014

28 de diciembre de 2014

Isaías 61:10-62:3; Salmo 147 ó 147: 13-21; Gálatas 3:23-25, 4:4-7; Juan 11:1-18.

Oremos,

Luz de la vida, que te has hecho carne y has nacido en el dolor y la alegría humanos, y con esto nos concedes el poder para ser hijos de Dios. Concédenos fe, oh Cristo, para reconocer tu presencia entre nosotros, de forma tal que toda la creación cante cantos nuevos de alegría y camine por los senderos de la paz. Amén.

En nuestra tradición latino americana, el día de hoy celebramos el día de los Santos Inocentes. Esta tradición la vivimos con un sentido doble de broma y de tragedia. La broma consiste en hacer caer a alguien en una trampa, haciéndole creer que algo es verdadero cuando eso es falso. Es posible que algunos de ustedes ya hayan sido el motivo de la broma.

La parte trágica que recordamos hoy, se refiere al acontecimiento narrado en el Evangelio de Mateo, cuando los, así llamados, “Reyes Magos” siguiendo una estrella llegan hasta donde Herodes y preguntan el recién nacido “Rey de los judíos”. Estas noticias inquietan mucho a Herodes que era un hombre muy ambicioso y violento. Sin embargo, informado por los sacerdotes y maestros de la ley, Herodes dirige a los magos hacia Belén con las indicaciones que regresen a notificarle si es que encuentran a ese niño que buscan. Sabemos mediante la historia que los magos no siguen las instrucciones dadas por Herodes y regresan a sus lugares de origen usando de otros caminos. Movido por la ira y el miedo, Herodes entonces ordena el asesinato de todos los niños menores de dos años. Sin embargo, un ángel avisa a José de las malas intenciones de Herodes, y la Sagrada Familia escapa de las manos criminales huyendo hacia Egipto.

Esta historia está repleta de implicaciones de toda naturaleza. Podríamos pasar días enteros hablando sobre esto. Sin embargo, me gustaría hacer una pregunta muy sencilla, ¿quién es el inocente? Si hablamos de un juez, es aquel que no ha cometido un crimen. Si hablamos de edad, nos referimos a los niños que aún no tienen uso de la “razón”. Si hablamos de moralidad, es aquel que no tiene culpa. Pero si hablamos en un sentido social y político, bien nos podemos referir a todos aquellos que están desprotegidos de los privilegios del ejercicio de poder. Son todos aquellos que son brutalizados por la violencia, la injusticia, la explotación, la discriminación, etcétera, etcétera. Esta es una fotografía muy común en los servicios noticiosos; las víctimas de las guerras, de la violencia urbana, de las divisiones religiosas y étnicas; todos aquellos que procurando el pan de cada día cayeron en las manos de explotadores; los abandonados en las calles; los niños con padres ausentes. La lista puede ser muy larga.

Quizás algunos de ustedes se estarán preguntando, “¿y dónde quedó el mensaje de paz y amor de la Navidad?” Este es el primer domingo después de haber celebrado el nacimiento de Jesús y no queremos irnos a casa con un mal sabor de boca. ¿En dónde podríamos encontrar el mensaje positivo en este día? Lo encontraremos en el nombre mismo de Jesús. El nombre de Jesús proviene del griego Iesous, el cual se conecta con su raíz hebrea Yesua. El nombre de Jesús contiene dos partes, la raíz Yehoje-, la cual hace referencia al nombre de Dios, Yahvé; y de la segunda parte hosea –sus-, que significa liberar, salvar. Entonces el nombre de Jesús puede ser entendido como: Dios salva, o lamento a Dios de salvación, o un clamor a Dios por salvación, o Dios es mi salvador. Pero la versión del nombre de Jesús que mejor viene al caso es “Dios rescata” o “Dios viene al rescate”. Esta versión del nombre de Jesús es más proactiva y coloca la acción de la salvación, la liberación o el recate como iniciativa de divina. Dios mismo viene al rescate de la humanidad en la persona de Jesús. Esta es la certeza que nos es proclamada y afirmada durante este tiempo feliz de la Navidad. Dios se hace presente en la historia para ofrecernos el camino un camino de liberación.

La manifiesta alegría que escuchamos en la voz del profeta Isaías es la de un pueblo transformado. Israel ha sido liberado de la esclavitud y su cántico está lleno de gozo y esperanza. Este pueblo oprimido es ahora un pueblo liberado, redimido, con “un nombre nuevo” dado por el Señor. Para nosotros los cristianos, la voz del profeta Isaías no tan sólo refleja lo que estaba aconteciendo durante sus días, sino que, como voz profética, también revela lo que habrá de suceder en la persona del Mesías. Isaías habla del presente y del futuro. Entonces, esta voz profética como tal, también nos indica aquello que aún puede acontecer en y con nosotros; sí, en este momento y en este lugar. Dios no es un acontecimiento del pasado, la Biblia no nos relata tan sólo una historia ya caducada; la Palabra de Dios contenida en la Biblia es actual, acontece hoy y continúa siendo relevante tanto para mí como para nuestro mundo. En otras palabras, la alegría experimentada por el profeta puede convertirse en nuestra propia alegría si estamos dispuestos a experimentar liberación. Pero la pregunta es, ¿de qué deseamos ser liberados? ¿Qué será aquello que me oprime que no me permite vivir como hijo o hija de Dios en este mundo?

Todos tenemos nuestras propias ataduras, esto es parte de nuestra condición humana; no tengamos miedo a reconocerlas. La belleza de la fe es que cuando reconocemos nuestra fragilidad es entonces cuando también puede aparecer la esperanza. Como dice san Pablo, en su Segunda Carta a los Corintios 12: 9-10: “Así que muy a gusto me gloriaré de mis debilidades, para que se aloje en mí el poder de Cristo. Por eso estoy contento con las debilidades, insolencias, necesidades, persecuciones y angustias por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

Ahora podemos entender mejor lo que san Pablo nos dice en la segunda lectura de hoy: “Dios envió a su Hijo, que nació de una mujer, sometido a la ley de Moisés, para rescatarnos a los que estábamos bajo esa ley y concedernos gozar de los derechos de hijos de Dios”. En otras palabras, la vida de fe no es una vida de obligaciones; la ley es la que indica obligaciones y ésta debe ser seguida o la consecuencia es el castigo. La vida de fe es una vida de convicciones, el cristiano no debe necesitar de la ley puesto que ahora debe ser movido por la autenticidad de ser llamado hijo o hija de Dios. O sea, el cristiano es aquella persona dispuesta a ser instrumento para la dispensación de la gracia divina en el mundo. Si yo soy salvado, entonces yo soy el instrumento de salvación para otros; si yo soy redimido entonces yo soy transmisor de esta redención; si yo he sido liberado también debo estar dispuesto a ser instrumento de liberación.

¿No les parece impresionante el nombre de Jesús? Dios viene al rescate. Ahora bien, podemos repetir con gozo y esperanza las palabras de Simeón: “…ya he visto la salvación que has comenzado a realizar a la vista de todos los pueblos, la luz que alumbrará a las naciones y que será la gloria de tu pueblo…”

Dios mismo toma la iniciativa, en la persona de Jesús, de ser nuestro defensor y protector. Dios siempre habrá de estar de lado del inocente. Ahora la invitación es a convertirnos en las manos de Dios en el mundo.

Concluyamos con esta oración celta:

En mi corazón y en mi hogar
La bendición de Dios
En mi ir y en mi venir
La paz de Dios
En mi vida y en mis búsquedas
El amor de Dios
En mi día final y mi nuevo comienzo
Los brazos de Dios para recibirme y llevarme a mi hogar eterno. Amén.

 

— El Rvdo. C. Jesús Reyes es actualmente el Canónigo para el Desarrollo y Crecimiento de las Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real, California. Es de nacionalidad mexicana y ha vivido en Estados Unidos desde el año 1989. Habiendo crecido en Tijuana, Baja California, México, es una persona muy familiarizada con las realidades de los inmigrantes en este país; de hecho, vive en carne propia esta realidad. Antes de venir a Estados Unidos, sirvió como misionero en la región zapoteca del Estado de Oaxaca, México. Después de esto, trabajó por varios años como misionero en el Estado de Espíritu Santo, Brasil.