Último domingo después de la Epifanía – Año B

2 Reyes 2:1-12, Salmo 50:1-6, 2 Corintios 4:3-6, Marcos 9:2-9

La Iglesia Episcopal dentro y fuera de Estados Unidos celebra el domingo de Misión Mundial. Junto a cristianos y cristianas de todo el mundo oramos por la misión de Dios en nuestras iglesias y comunidades, la cual, según el catecismo de la Iglesia es “restaurar a todos los pueblos a la unión con Dios y unos con otros en Cristo”.

Hoy es el último domingo de la Epifanía. Estamos a pocos días de dar inicio a la estación de Cuaresma con la liturgia del Miércoles de Ceniza. La primera lectura tomada del Segundo Libro de Reyes nos describe la partida del profeta Elías, que es llevado al cielo en un carruaje de fuego bajo la mirada del profeta Eliseo, discípulo de Elías.

La historia de Elías ha cautivado a generaciones de cristianos a lo largo de la historia. En este profeta se combinan los dones de la profecía y de la contemplación del misterio de Dios. En relatos previos al que hoy escuchamos, se nos dice que este profeta permanece fiel al verdadero Dios a pesar de que en Israel muchos se entregaron a servir a otros dioses. La voz, la firmeza y la ira de Elías se hicieron sentir aun en la corte del rey Ajab, quien con su esposa Jezabel rendían adoración al dios Baal. La fidelidad de Elías fue tal que tuvo la dicha de contemplar la presencia de Dios en una cueva del monte Horeb. El pasaje bíblico que hoy escuchamos resume la vida de Elías. Es el profeta entre los profetas, es el maestro de Eliseo, quien al verle subir exclama: “¡Padre mío, padre mío, que has sido para Israel como un poderoso ejército!”

Es así como para nosotros hoy día, la figura del profeta Elías es un modelo digno de imitar. Al igual que en los tiempos de Elías, hay muchos que adoran dioses falsos. Son los adoradores del poder y de la fama; dioses que esclavizan al cuerpo y al alma. Es por esto por lo que se le invita al cuerpo de Cristo alzar la voz, como lo hizo Elías, ante una sociedad que promueve el consumo desmedido y el culto al cuerpo. Elías nos recuerda que solo en el silencio se puede sentir la “suave brisa” de la presencia de Dios que pasa frente a nosotros. El profeta Elías ha sido rebautizado como San Elías por cristianos que lo vinculan estrechamente a Cristo en el momento de la Transfiguración del Señor.

El apóstol Pablo continúa con el tema de los dioses falsos. Nos habla del “dios de este mundo”, el dios que impide acercarnos a la contemplación de la gloria de Dios, la cual brilla en la persona de Cristo. Para Pablo la predicación del evangelio es destacar la gloria y el poder de Dios manifestado en Jesucristo. En su carta dice que “no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor”. Pablo recuerda a los cristianos de su tiempo y a las futuras generaciones que tienen como centro de la predicación la obra de Cristo y no las obras de los líderes de las instituciones religiosas. Los líderes de la Iglesia somos siervos de Cristo. La obra le pertenece a Él; nosotros y nosotras en la comunidad cristiana somos los instrumentos que el Señor ha escogido para realizar su obra en el mundo. Se nos invita a ser luz para otros, sin olvidar que la luz proviene de Cristo y nosotros somos cual cristales que damos paso a la luz que Cristo ha puesto en nuestros corazones.

El mensaje de Pablo es para las comunidades cristianas que en todos los tiempos están llamadas a mostrar la bondad y la misericordia de Dios por medio de Jesucristo. La Iglesia en el tiempo presente debe presentar a Cristo como la razón fundamental de nuestra adoración. De no hacerlo así corre el riesgo de predicarse a sí misma y sufrir con vergüenza los errores de quienes la formamos. La reacción de rechazo de las nuevas generaciones frente a las instituciones religiosas tiene su base en el hecho mismo de que se destaca más la obra de los hombres y mujeres que servimos en la institución religiosa, que la obra de Cristo.

En el evangelio de hoy se relata el episodio de la Transfiguración del Señor. El Señor Jesús, en lo alto de un monte, se encuentra con Moisés y Elías, figuras monumentales del pueblo hebreo. Este episodio de la vida de nuestro Señor Jesucristo se conoce como la Transfiguración. Nuestro Señor Jesucristo se transfigura e irradia una luz tan blanca que no hay en la tierra un equivalente de esa luz. Desde una nube se oyó una voz que dijo: “Este es mi Hijo amado: escúchenlo”. Los evangelios de Mateo, Lucas y Marcos nos describen por igual el momento de la Transfiguración del Señor. Testigos de este acontecimiento son los apóstoles Pedro, Juan y Santiago, que invadidos por una paz que proviene de lo alto, piden al Señor permanecer en el monte junto a Elías y a Moisés. Le dicen: “Maestro, ¡qué bien que estemos aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Los cristianos de hoy no somos diferentes a Pedro, Santiago y Juan. También pediríamos al Señor permanecer en lo alto del monte gozando de esa paz que no da el mundo. Nuestras vidas en el mundo siempre nos traen a esta realidad donde usamos la oración para entregarnos a los brazos del Señor y disfrutamos de su presencia. De igual manera cuando nos encontramos con los demás en la iglesia, alabamos y glorificamos a Dios con himnos y oraciones que nos ponen en contacto con la presencia de su Santo Espíritu. Al igual que los apóstoles, queremos que esos bellos momentos de encuentro con el Señor no terminen. Sin embargo, tenemos que aceptar que vivimos en un mundo que niega a Cristo de muchas maneras. Es en este mundo donde nuestro testimonio de vida cristiana debe hacerse notar tanto en el servicio como en el cumplimiento de las diferentes misiones que Dios nos asigna en nuestros variados estilos de vida. Los padres viviendo el compromiso de educar a los hijos en el conocimiento del amor de Dios, los jóvenes creciendo en sabiduría y respeto de sus semejantes y los que sirven en la comunidad cristiana colaborando en conjunto para alcanzar la meta de atraer a otros a Cristo.

Algunos pensarán que no es posible alternar la oración con la acción. Es importante recordar nuevamente al profeta Elías. Como profeta alzó la voz y llevó el mensaje de Dios a todos los de su tiempo. Pero aun en medio de los afanes de su vocación profética, también tuvo intensos momentos de oración que le permitieron sentir muy de cerca la presencia de Dios. Si el profeta Elías fue capaz de lograrlo, también nosotros podemos combinar la oración y la acción en nuestra vida cristiana. Bien lo dijo san Benito de Nursia: “Ora y trabaja”.

 

— El Rvdo. Álvaro Araica es oriundo de Nicaragua y actualmente sirve como vicario en las congregaciones de Cristo Rey y Nuestra Señora de las Américas en la Diócesis Episcopal de Chicago. Araica es el presidente del Comité de Asuntos Hispanos en la Diócesis de Chicago y sirve en las Comisiones de Ministerio y de Desarrollo Congregacional. Araica es graduado del programa de doctorado en Ministerio de Seabury Western Theological Seminary en Evanston Illinois.

 

Quinto domingo después de la Epifanía – Año B

Imagínense por un momento que su trabajo y llamado es reconciliar a toda persona a Dios y a la comunidad de Dios.  Entonces siendo ese su trabajo, ¿qué estrategias usarían para que toda persona pueda renovar o reanudar su relación con Dios, siendo también, si necesario, una persona reconciliada o restaurada a la comunidad?  Una de las estrategias más importantes para nosotros y nosotras es la inclusión.  La inclusión es una manera de reconciliar personas a la comunidad y restaurarlas a la comunidad de fe.  El modelo fundamental para este trabajo es Jesús, quien vino al mundo para reconciliar a la humanidad a Dios.  En el primer capítulo del evangelio según Marcos, esa labor de reconciliación es de inmediato evidente cuando Jesús, luego de su bautismo, comienza su ministerio público proclamando: “Vuélvanse a Dios y acepten con fe sus buenas noticias”.  Seguidamente llamó a los primeros discípulos, y demostró su autoridad como Hijo de Dios.  Todo esto ocurre justo antes de la lectura designada para este quinto domingo después de la Epifanía.

Recordemos varios aspectos del evangelio según Marcos.  Este evangelio es considerado el más antiguo, y es también el más corto.  Marcos fue muy eficiente e intencional en lo que escogió para comunicar sobre las buenas nuevas de Dios en Cristo.  Por lo tanto, si aceptamos que cada palabra en este evangelio es importante, pues también entendemos que, si Marcos decidió incluir algunos temas o datos específicos, y darles más espacio que a otros temas, entendemos que esto también es importante.  De hecho, en este primer capítulo, Marcos hace hincapié en el trabajo de reconciliación que Jesús hizo cuando empezó su ministerio público, en particular, cuando empezó el trabajo de sanación.  En este capítulo Jesús sana a tres personas, incluyendo en la lectura de hoy a la suegra de Simón, y a muchas otras personas también.  Al ser sanadas, todas estas personas fueron prontamente restauradas a su plenitud con Dios y con la comunidad.

No nos debemos limitar a pensar que la sanación que Jesús ofrece es sólo física o solamente espiritual. Se trata de una sanación que reincorpora personas a la comunidad, incluyendo su incorporación a la comunidad de fe.  Entonces, debemos nosotros y nosotras considerar que Jesús “sana” a toda persona excluida de la comunidad, es decir, Jesús incluye a toda persona dentro de la comunidad.  Nuestro trabajo de inclusión es, entonces, una manera de reconciliar la humanidad a Dios.  Al Jesús sanar a la suegra de Simón, Jesús le permite a ella vivir su vida en plenitud y en libertad.  Jesús la restaura para su plenitud o, en otras palabras, la restaura para su diakonia que es la misión de servicio.  Al igual que Simón y Andrés respondieron a Jesús siguiéndolo inmediatamente, ella “al momento” le respondió a Jesús sirviéndole.  ¿Cuál es nuestra respuesta a Jesús? Por nuestro bautismo nuestra respuesta comienza con el Pacto Bautismal.

En la época de Jesús, una persona enferma, o con una condición “fuera de lo común,” se consideraba impura, por lo tanto, no podía ser parte de la comunidad de fe, y se consideraba que su “condición” era resultado de su pecado.  Jesús demostró una y otra vez, que estas personas no estaban fuera del alcance de Dios y que podían participar plenamente en la comunidad de Dios.  En la época de Jesús, y aun hoy día, esto era muy radical.  Nosotros y nosotras tenemos nociones diferentes sobre el pecado.  Y también tenemos creencias que nos llevan a excluir a personas de nuestras comunidades de fe y familias.  Sin embargo, la realidad es que nosotros y nosotras con Jesús, debemos trabajar para incluir a las personas que estamos excluyendo, siendo ese uno de los trabajos primordiales que Jesús nos enseña: la reconciliación y la restauración.

Preguntémonos entonces sin importar cuán difícil sea esa pregunta, ¿quiénes sabemos que Jesús incluiría, y que nosotros y nosotras no lo estamos haciendo?  Como personas Latinx, puede ser que en este momento histórico de los EE. UU. conocemos lo que es ser excluidos y excluidas.

La realidad es que estamos viviendo en sociedades donde la inclusividad de todo ser humanos se expresa más ampliamente que en ningún otro momento de la historia. Es por esto, por lo que la iglesia ha de responder a nuestras promesas bautismales, particularmente el respetar la dignidad de todo ser humano – sin exclusión.

Hay dos maneras en que algunas personas están excluidas de la comunidad de Dios.  La primera es por nuestro propio pecado y decisión de alejarnos de Dios y de la comunidad; la segunda es por el rechazo de otras personas.  La gracia de Dios nos invita a restaurarnos a la comunidad.  Nuestro pacto bautismal nos invita a incluir y a restaurar a otras personas excluidas en nuestras comunidades.

Marcos, en su evangelio, nos invita a entender el trabajo de reconciliación de Jesús como primario.  Marcos nos recuerda que Jesús dijo: “Vamos a los otros lugares cercanos; también allí debo anunciar el mensaje, porque para esto he salido.”  En sanar, en restaurar, en incluir, Jesús cumple su misión de reconciliar la humanidad a Dios y la humanidad consigo misma.  En nuestro bautismo, y por la gracia de Dios, nosotros y nosotras estamos en nuestra plenitud.  La madre de Simón Pedro y de Andrés en su condición restaurada sirvió. Nosotros y nosotras, viviendo nuestro bautismo, podemos y debemos también trabajar para la reconciliación de personas a Dios y de toda persona a la comunidad.  El modelo que tenemos en Jesús es claro, y nuestro pacto bautismal sirve también como guía del trabajo de reconciliación.  Lo que hizo Jesús fue radical. Hagamos lo mismo.

La Rvda. Carla E. Roland Guzmán es la rectora de la Iglesia Episcopal de San Mateo y San Timoteo en la ciudad de Nueva York (smstchurch.org). Ella también coordina Fe, Familia, Igualdad: La Mesa Redonda Latinx (fefamiliaigualdad.org).

 

Cuarto domingo después de la Epifanía – Año B

Deuteronomio 18:15–20, Salmo 111, 1 Corintios 8:1–13, San Marcos 1:21–28

El Evangelio de San Marcos que acabamos de escuchar nos relata el primer milagro de Jesús en este evangelio. Es el primero que Él hizo después de su bautismo en el río Jordán y después de llamar a los pescadores del Lago de Galilea a que lo siguieran. De esa manera Jesús comienza a llevar las Buenas Nuevas al mundo y a preparar a esos discípulos a continuar su legado.

¿Qué tiene de especial el comienzo del ministerio de Jesús? Con palabras claras y sencillas San Marcos nos indica que la autoridad de Jesús es central a su ministerio entre nosotros y nosotras. Se trata de una autoridad que va más allá de las palabras, de los tradicionalismos de líderes religiosos de su tiempo. Es una autoridad que rompe esquemas y que libera. De entrada, el evangelio nos muestra lo que será esa autoridad en la obra de Jesús, el Mesías y en lo que consiste la llegada del Reino de Dios.

La autoridad de Jesús se revela durante el Shabbát, la festividad religiosa judía del sábado a la cual Jesús asistía siendo Él mismo, de origen judío. Jesús respeta los preceptos religiosos en tiempo y en espacio. En tiempo pues es sábado y en espacio, la sinagoga, el lugar del culto. No obstante, Jesús asiste no como un oyente más. Jesús enseña, y su palabra es tan profunda que “La gente se admiraba de cómo les enseñaba, porque lo hacía con plena autoridad”. La comunidad reconoce que está ante un hombre que con sus palabras conmueve a sus oyentes y despierta en ellos su admiración. Según esto, Jesús es un maestro cualificado cuya autoridad ya supera a los más doctos de su tiempo, pues enseña de manera diferente a los maestros de la ley y de la religión judía.

Pero ¿qué tiene de diferente la autoridad de Jesús y su manera de enseñar? La diferencia es en que su autoridad va de la mano con su acción, que son las Buenas Nuevas. El texto inaugural de la misión de Jesús es uno de palabras y de hechos. Porque la realización del Reino no se logra solamente con palabras conmovedoras, sino a través de la verdadera transformación de las realidades humanas. Como escuchamos en el evangelio de hoy, Jesús confronta al espíritu impuro que oprime a un hombre. Jesús va más allá de las palabras para obrar en el hombre su primer milagro: la expulsión de un demonio.

En esa época y hoy día, un demonio constituye la presencia del mal que intenta impedir la realización del Reino, pero Jesús es la autoridad sobre ese poder. Esto quiere decir que con Jesús llega la era del fin del poder del mal sobre la humanidad. Con Jesús se inaugura el Reino de Dios y los demonios lo saben: “¿Por qué te metes con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo te conozco, y sé que eres el Santo de Dios.” Como resultado sólo puede venir el reconocimiento de quién es Jesús. Él es aquel que “¡Enseña de una manera nueva, y con plena autoridad! ¡Incluso a los espíritus impuros da órdenes, y lo obedecen!”. Todos estaban admirados porque Jesús no enseñaba de la forma tradicional. Se trata del profeta prometido por Dios por medio de Moisés en el libro del Deuteronomio que escuchamos hoy: “Yo haré que salga de entre ellos un profeta… que les diga lo que yo le ordene decir, y les repita lo que yo le mande.” Ese profeta es Jesús y su autoridad radica en su enseñanza y también en sus obras.

En este tiempo de la Epifanía, cuando se nos recuerda la manifestación de Jesús a los pueblos, la Iglesia también ha de hacer el esfuerzo de conocerle y reconocerle, de lo contrario ¡cómo podrá comunicarlo al mundo! ¿Qué Epifanía necesitamos hoy? ¿De qué manifestación de Jesús tiene sed el mundo? ¿Qué autoridad reclama la sociedad?

Una iglesia que se centra en la Palabra, que la medita, la interioriza, la comparte, la difunde, lo está haciendo bien, y debe sentirse orgullosa de ello. Sin embargo, si falta el paso al hacer, al obrar, a evidenciar cada día un poco más la realidad del Reino de Dios y hacerlo tangible en su contexto, tal vez deba replantear la comprensión de dicha Epifanía. Recordemos que Jesús pasa de la palabra a la acción, de la exhortación a la liberación, y en ello debemos transformarnos como Iglesia. Ser una iglesia que por sus obras los tristes sonrían, los angustiados reciban esperanza, los sin sentido encuentren la razón de vivir, los enfermos alivien su dolor, los olvidados se sientan queridos, los rechazados por tantas condiciones humanas discriminatorias se puedan sentir en casa. Todos estos son signos del Reino de Dios y a lo que hemos sido llamados como discípulas y discípulos seguidoras y seguidores de Jesús.

Nuestro llamado a seguir a Cristo implica una gran responsabilidad social, moral y ética además de religiosa. Con el bautismo, como Jesús nos enseña, viene nuestro compromiso con Jesús, con Dios y con toda su creación sagrada. De la misma manera que el ministerio público de Jesús comenzó después de su bautismo, así ha de ser con el pueblo de Dios. Nuestro bautismo es el mismo llamado que Jesús hizo a esos primeros discípulos a quienes invitó a ser pescadores de hombres. Hay muchas realidades que transformar, muchos “demonios” que expulsar, muchas personas por liberar, muchas realidades por cambiar. Nuestro compromiso de fe con Jesús y unos con otros, es de afirmar las palabras de la Biblia y a poner esas enseñanzas en acción, como Jesús mismo lo hizo.

Hermanos y hermanas, vivamos centrados en la divina autoridad de Jesús y seamos fieles a esa autoridad revelada en sus palabras y también en sus obras.

 El Rvdo. RICHARD ACOSTA RODRÍGUEZ es diácono en la iglesia de San Pedro, Diócesis de Colombia, es el Registrador Diocesano, profesor del Centro de Estudios Teológicos, doctor en Teología y docente universitario.

Tercer Domingo después de la Epifanía – Año B

Jonás 3:1–5, 10, Salmo 62:6–14, 1 Corintios 7:29–31, San Marcos 1:14–20

¡Cómo vuela el tiempo! Hace poco menos de un mes con luces, villancicos, alegría, reuniones en familia y en comunidad celebramos la Natividad del Señor, la llegada de Enmanuel – Dios con nosotros. Esa llegada de Jesús al mundo es el amor infinito de Dios que tomó nuestra condición humana y vino a vivir entre nosotros. Hace veinte días también celebramos la Epifanía. Ese es el día en que San Mateo describe cómo los tres sabios de Oriente, estudiantes de las estrellas y a quienes los conocemos como los Tres Santos Reyes, fueron guiados a Jesús por la estrella que iba delante de ellos. Llenos de gozo al encontrar al niño Jesús y a su madre María, le rindieron homenaje, le ofrecieron oro, incienso y mirra y lo reconocieron como Dios, Hombre y Rey.

En este tercer domingo después de la Epifanía, Jesús está en Galilea donde comienza su vida pública. Su mensaje nos revela quién es Jesús al proclamarle al mundo: “Ya se cumplió el plazo señalado y el reino de Dios está cerca. Vuélvanse a Dios y acepten con fe sus buenas noticias”.

De nuevo como lo escuchamos el domingo pasado, los evangelistas nos describen lo que fue el llamado de Jesús a los pescadores que echaban sus redes en el lago de Galilea. Jesús llamó a esos discípulos y continúa llamándonos de muchas maneras hoy día.  Su llamado es poderoso, transformador y constante. Ese llamado está presente en cada momento; sólo requiere que uno responda. Ese “síganme” que sale de la boca de Jesús es un llamado universal, se trata de un llamado a descubrir la vocación de cada uno de nosotros a explorar las maneras de servir al mundo.

Cuando hablamos del término vocación, creemos que se refiere solamente a las personas que han sido llamadas al ministerio ordenado o a la vida religiosa: diáconos, presbíteros, obispos, y nuestros hermanos y hermanas que pertenecen a comunidades religiosas. No, no es así. La vocación cristiana va más allá, no aplica solamente a esas vocaciones a las sagradas órdenes, sino que abarca todas aquellas vocaciones que, por el bautismo, los fieles en nuestras comunidades de fe descubren como miembros del Cuerpo de Cristo.

Detengámonos a considerar por un momento lo que significa responder al llamado de seguir a Jesús. Seguir a Jesús significa seguirlo comprometiéndonos a lo que se nos presente en ese camino. Pensemos en los pescadores del lago de Galilea, los personajes principales del Evangelio de hoy. El texto nos dice que Simón y su hermano Andrés lo siguieron, también Santiago y Juan, hijos de Salomé y de Zebedeo. Al escuchar la palabra “síganme”, toda su vida se detuvo. Tan monumental debe haber sido lo que vieron y sintieron estos hombres en lo más profundo de su ser, que sin preguntar ni detenerse a dialogar, lo dejaron todo y emprendieron un camino incierto, desconocido, confiando en las palabras que les decía: “y yo haré que ustedes sean pescadores de hombres”.

Si reflexionamos en lo que conlleva transformar el espíritu de un individuo a seguir al Cristo que hoy día reconocemos como Salvador y Redentor, veremos que nos quedamos cortos en la descripción del gran llamado que nos sigue haciendo Jesús a amar y a servir al prójimo. Estos pescadores, que desde muy jóvenes se dedicaban a la única vocación que conocían, cambiaron el rumbo de sus vidas para seguir a un hombre, Dios y humano. Y no iban solos. Iban acompañados de otros, porque Jesús no llamó a un solo individuo, sino que llamó a hombres y a mujeres, y caminando junto a ellos, se les reveló como el Hijo de Dios. Poco a poco lo fueron conociendo y poco a poco confiaron en ese ser divino y humano, y en sus enseñanzas.

Hoy y aquí mismo como lo hizo en el lago de Galilea, Jesús nos llama para que dejemos lo superficial y nos enfoquemos en lo esencial. Que nos enfoquemos en el servicio a Dios y a su creación. Dejar todo lo superficial para seguir a Jesús no quiere decir que tenemos que abandonar nuestros hogares, nuestra familia y nuestras responsabilidades para seguir un grupo a los lugares más apartados del mundo, ni para anunciar las buenas noticias del Reino de Dios. Se trata de abrir nuestros corazones y de estar dispuestos a conocer, relacionarnos y caminar con otras personas para verdaderamente llegar a conocer quién es Jesús reflejado en ellas y a través de nuestras acciones.

El primer llamado que Dios nos ha hecho ha sido el llamado a la existencia. Luego, Dios nos llama a vivir con gozo como servidores y servidoras de nuestro prójimo. Dios nos llama a una existencia de felicidad.  Si decimos que Dios nos ha llamado como cristianos a seguirle, entonces podemos decir que la verdadera felicidad del cristiano está en seguir a Jesús, servirle a Él y a la creación de Dios, con alegría y convicción.

Creemos en Jesús, no solamente por lo que aprendimos desde niños, sino también por lo que compartimos en nuestros caminos cristianos. La alegría de seguir a Jesús nos ha de transformar y alentar a invitar a otras personas a la fiesta Eucarística que nos llena el espíritu y que alienta nuestra esperanza. Nos ha de llevar a pensar en las hermanas y hermanos que están lejos, y a los que están a nuestro alrededor en la comunidad. Seguir a Jesús nos impulsa a compartir el gozo que nos da el Espíritu Santo.

Hermanos y hermanas, veamos cómo nuestras acciones en la vida diaria nos convierten en heraldos de la luz que es Jesús. Roguemos al Señor que nos ayude a reconocer su presencia en nuestra vida, que la transforme, que nos anime y ayude a vivir en comunidad sin exclusión, invitando a otros a seguirle y amarle. De esta manera ayudamos a cimentar el reino de Dios entre nosotras y nosotros.

El Rvdo. Nelson Serrano Poveda es Diácono en Transición de la Diócesis Episcopal de Colombia, adscrito a la Parroquia el Divino Salvador en la ciudad de Bogotá, y miembro del Equipo Coordinador del Centro de Estudios Teológicos de la misma Diócesis.  Actualmente apoya el desarrollo de algunos proyectos de los Ministerios Latinos.

Segundo domingo después de la Epifanía -Año B

1 Samuel 3:1-10(11-20), Salmo 139: 1-5, 12-17, 1 Corintios 6:12-20, San Juan 1:43-51

Las lecturas de hoy se encadenan una tras otra logrando que nuestro ser se llene no solo de admiración ante la omnipotencia y sabiduría divina, sino de profunda gratitud, y gozo interior al escuchar los deseos de Dios para con nosotros y nosotras sus amadas criaturas.

La lectura proveniente del primer libro de Samuel nos muestra a Dios llamándonos por nuestro nombre no solo una vez, sino dos y tres veces esperando nuestra respuesta como la del joven Samuel: “Habla que tu siervo escucha”. Escuchamos que Samuel servía al Señor -a Yavé, bajo la tutela de Elí, el sacerdote encargado del llamado El Lugar Santísimo del Tabernáculo en el centro religioso de Siló. Allí se encontraba el Arca de Dios. El Arca de Dios era una caja hecha de madera de acacia completamente cubierta en oro. Medía cuatro pies de largo, dos y medio pies de ancho y de alto. Tenía una tapa hecha de oro llamada “propiciatorio” Encima de la tapa había dos querubines uno en frente del otro cuyas alas tapaban el propiciatorio completamente. Esta era el Arca que había acompañado al pueblo de Israel desde su éxodo, a través del desierto. En ella se conservaban las tablas de piedra donde Moisés escribió los Diez Mandamientos. En esa época se postraban ante ese santuario, muchas familias de peregrinos que venían a ofrecer sacrificios de animales y a pagar promesas. El padre de familia se encargaba de ofrecer los sacrificios.

El joven Samuel a quien Dios llama tres veces por su nombre, es el hijo de Ana, una mujer estéril a quien Dios le escuchó después de que, con fe profunda, por mucho tiempo, día tras día iba a postrarse a la entrada del templo para elevar oraciones y lamentos insistentes, constantes y fervientes rogándole le concediera el milagro de concebir y dar a luz a un hijo. Cuando terminó de amamantar a Samuel, Ana ofreció a su único hijo para que pasara el resto de su vida al servicio de Yavé. Dice la lectura: “Samuel creció, y el Señor lo ayudó y no dejó de cumplir ninguna de sus promesas”. Samuel fue gran gobernador y profeta.

Muchos de nosotros y nosotras hemos escuchado que alguien nos llama por nuestro nombre y al responder y preguntar quién nos ha llamado, como le sucedió a Samuel, nos damos cuenta de que nadie que esté cerca nos ha llamado. La experiencia nos causa sorpresa y nos preguntamos por qué escuchamos lo que escuchamos. Aunque verificamos que nadie nos llamó, el eco de esa voz que escuchamos nos queda grabado y nos pone a pensar en que tal vez hay un mensaje importante que se nos está tratando de comunicar, o si reflexionamos y creemos en el llamado que Dios nos hace a todos sus hijos e hijas ¿no será que se trata de Dios llamándonos como lo hizo con Samuel? ¿Cuál sería nuestra respuesta?

Si creemos que Dios ha pronunciado nuestro nombre y si el sentimiento nos embarga y tal vez no lo podemos expresar con las palabras “Estoy aquí”, los versos del salmo de hoy pueden ser nuestra mejor respuesta al llamado que Dios a servir a su pueblo: “Oh Señor, tú me has probado y conocido; conoces mi sentarme y mi levantarme; percibes de lejos mis pensamientos. Observas mis viajes y mis lugares de reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Aún no está la palabra en mis labios, y he aquí, oh Señor, tú la conoces. Me rodeas delante y detrás, y sobre mí pones tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; sublime es, y no lo puedo alcanzar”.

Es cierto, aquel que nos creó conoce todo sobre nosotros y de nosotras. Su presencia por doquier es permanente; una dulce compañía que nos rodea por completo y con ternura. Dios observa lo que hacemos, los caminos y lugares que recorremos y hasta donde nos detenemos a descansar. Hemos de convencernos que Dios conoce nuestras palabras antes que las pronunciemos y creer, como dice el profeta Jeremías, que nos ha conocido mucho antes de formarnos en el vientre de nuestras madres de la misma manera que le sucedió a Jesús con María.

Con ese completo, profundo, maravilloso y sublime conocimiento que Dios tiene de nosotros y nosotras, nuestra respuesta a su Hijo Jesús de seguirlo también será inmediata como fue la respuesta de los pescadores del lago de Galilea del evangelio de Marcos y como fue el reconocimiento de Jesús de parte de Felipe y Natanael del pueblo de Betsaida: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en el libro de la ley, y de quien también escribieron los profetas. Es Jesús, el hijo de José, el de Nazareth”.

Seguir el llamado de Jesús es el llamado a servir como Jesús nos lo muestra con su ejemplo y alimentado por su luz. Es tener la misma mente que Cristo y siempre identificarnos con los más humildes como Pablo les aconseja a los Filipenses. Seguir a Cristo es también como Pablo les indica a los efesios: revestirse con la armadura de Dios. Esa armadura es espiritual y se alimenta de la oración a toda hora y en comunidad. Nos ayuda a resistir las tentaciones, a siempre proclamar la verdad, a llevar al mundo el evangelio de la paz y a luchar por la justicia protegidos y protegidas con el escudo de la fe y la palabra de Dios que es la espada del Espíritu Santo. Por último, escuchamos a Pablo aconsejar a los corintios a “honrar a Dios en nuestro cuerpo” porque somos el templo del Espíritu Santo.

Hermanos y hermanas, digamos como nos dice el salmista: “¡Cuán profundos me son Oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán inmensa la suma de ellos! Vivamos esta experiencia de Dios con fe plena y sigamos a Cristo confiados en que lo único que tenemos que hacer es seguirlo, llevados de su mano y entregados al servicio de los que necesitan oír la Buenas Noticias del Reino de Dios, rodeando a los que desean ser reanimados en su fe, salir al mundo a luchar junto con los que claman justicia, servir a toda persona que pida sanación, restaurar su dignidad, y reconciliarse con sus opresores y la opresión de este mundo, ir al mundo a sembrar la paz entre nuestras comunidades y nuestros pueblos.

¡Salgamos al mundo a amar y a servir al Señor!

Primer domingo después de la Epifanía – El Bautismo del Señor – Año B

Génesis 1:1-5, Salmo 29, Hechos 19:1-7, Marcos 1:4-11

Una tarde soleada, cálida y placentera, Carlitos, el primogénito de la familia Cortés jugaba con su gatito mientras su madre lo observaba desde la ventana de la cocina. La madre del niño sonreía feliz. Era la primera vez que su hijo jugaba y disfrutaba de la naturaleza y del patio de su nuevo hogar. Al poco rato vio que su hijo estaba sacando las sillas del comedor y las estaba poniendo en fila, una detrás de la otra. Parecía que estaba preparando una especie de escenario. Cuando la madre le preguntó: “¿Qué haces hijo?” Carlitos contestó con entusiasmo: “Estoy jugando a que soy sacerdote y Rufito es el primer miembro de la iglesia”. A la madre le pareció gracioso lo que escuchó.

Todo iba muy bien, hasta que el gato empezó a emitir chillidos muy extraños. La madre corrió al patio para ver lo que ocurría. El niño había llenado un cubo con agua y estaba tratando de meter a Rufito dentro del cubo. Alarmada la madre le preguntó al hijo, “¿Qué estás haciendo?”. El chico le contestó: “Mamá, si Rufito quiere ser miembro de esta iglesia, tiene que bautizarse. No hay de otra. Tiene que comprender lo que significa ser bautizado y me doy cuenta de que no es fácil”.

En nuestro Libro de Oración Común (LOC) de 1979 entre las páginas 737 y 755 encontramos el Bosquejo de la Fe, comúnmente llamado el Catecismo. En esta catequesis episcopal hay una pregunta sobre quiénes somos los ministros de la Iglesia. La respuesta nombra a los laicos y a las laicas en primer lugar y nos define con el cargo de “representar a Cristo y su Iglesia; dar testimonio de él dondequiera que estén; según los dones que hayan recibido, efectuar la obra reconciliadora de Cristo en el mundo; y ocupar su lugar en la vida, el culto y el gobierno de la Iglesia”. Esto quiere decir que TODOS y TODAS somos ministros de Dios y que empezamos a serlo a través del sacramento del bautismo que recibimos “en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, por el cual “Dios nos adopta como hijos suyos, y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, y herederos del reino de Dios”. Por el sacramento del Santo Bautismo también somos recibidos dentro de la santa familia de Dios, confesamos nuestra fe en Cristo crucificado, proclamamos su resurrección y participamos en su sacerdocio eterno.

Ser bautizados no se puede limitar a un ritual perteneciente a una tradición familiar. El bautismo es el primer sacramento de la vida cristiana. Es el comienzo de una vida nueva en la gracia de Dios que nos transforma para siempre.

El evangelio de hoy, que proviene del primer capítulo de Marcos, nos describe cómo Nuestro Señor Jesucristo inició el bautismo cristiano con su propio bautismo. Es un momento importante en la vida del ministerio de Jesús y en el nuestro. Nuestra jornada de fe comienza con el Santo Bautismo. El bautismo es ese momento sagrado en el cual como ya lo dijimos, comenzamos a llamarnos “hijos de Dios” e “hijas de Dios” y nos hacemos miembros vivos del Cuerpo de Cristo. Con este título de hijos e hijas de Dios vienen responsabilidades, pues no solo nos hacemos herederos del reino, sino también constructores del reino de Dios aquí en la tierra.

Es la misión de la Iglesia comunicarle al mundo del siglo veintiuno que esto de “ser cristianos” y el de “ser bautizados” no es pertenecer a una especie de club social, sino que formamos parte una comunidad de fe entregada al mensaje transformador de Jesús. Como bautizados y bautizadas hemos de dar el ejemplo de lo que significa realmente “ser hijos e hijas de Dios” y todo lo que eso implica para nuestra vida cristiana y nuestra vida en medio del mundo en el que vivimos. Que la gente no nos vea como “esa gente que va a la iglesia”, sino como “los discípulos de Cristo” que luchamos por vivir a plenitud, las promesas del bautismo y de nuestro pacto bautismal.

Recuerdo un joven de una familia cristiana que visitaba la iglesia solamente durante las fiestas especiales, mayormente para la Navidad y la Pascua de Resurrección. En una de esas celebraciones el joven se encontró con la rectora a la salida del servicio.  La reverenda lo saludó con mucho cariño y discretamente le preguntó: “¿Cuándo te voy a ver más a menudo aquí en la iglesia?” El joven le contestó tímidamente: “Pues sí, estoy pensando en eso”. Al ver que el joven no mostraba mucho interés en continuar la conversación, la sacerdote no se dio por vencida y le preguntó: “¿Te gustaría unirte al grupo de jóvenes que está explorando su discipulado como discípulos de Cristo?” El joven no sabía qué contestar. Después de una larga pausa, él dijo, “Reverenda, la verdad es que soy un hombre de poca fe”.

Aunque, como el joven y muchas personas y hasta muchos de nosotros mismos, nos llamemos personas de poca fe, cualquier gesto o acción que hagamos de corazón muestra nuestros valores de fe y nuestro llamado como cristianos.

Hermanos y hermanas, sigamos viviendo nuestro bautismo ya que nuestros tiempos exigen un compromiso de fe cada vez más visible e impactante. Nuestro testimonio como bautizados tiene que ser constante, comprometido y entregado. Dios nos llama a una vida centrada en su Hijo Cristo. Esta vida de “hijos e hijas de Dios” y de “bautizados y bautizadas en Cristo” requiere que hagamos lo posible por vivir interesados en las cosas de Dios y ser los constructores de un mundo más humano, menos violento, más tolerante a las diferencias, y más abierto a lo que el Creador quiere para el mundo – la verdadera felicidad, la justicia y la paz.

El compromiso de bautizados debe retarnos día tras día a ser más como Jesús y hacer de nuestras iglesias y comunidades un lugar donde todos encontremos el amor transformador de Cristo a través de cada uno de nosotros y nosotras. De esta manera, el Santo Bautismo y el ser “bautizados” dejará de ser una simple tradición y será realmente una forma de vivir la vida en Cristo.

Que la luz de la Epifanía nos guíe en nuestro deseo de vivir – cada día –  las promesas de nuestro bautismo y confiar como lo canta el salmista en que: “El señor dará fortaleza a su pueblo; el Señor bendecirá a su pueblo con la paz”.

 

El Muy Reverendo Dr. Alberto R. Cutié, es rector de la Iglesia de Saint Benedict en Plantation, Florida y autor de “Talking God: Preaching to Contemporary Congregations (Church Publishing). Es sacerdote en la Diócesis Episcopal del Sureste de la Florida, donde también sirve como Dean de Broward County.

La Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo – Año A

Isaías 60:1-6, Salmo 72:1-7, 10-14, Efesios 3:1-12, Mateo 2: 1-12

El 6 de enero es Día de Reyes Magos, que en la Iglesia llamamos Epifanía. El relato que leemos hoy en Mateo es bastante misterioso: Unos sabios del oriente, con conocimiento de astronomía, recorren una larga distancia. Llegan a Belén guiados por una estrella. Adoran a Jesús y le entregan tres regalos: oro, incienso, y mirra. Luego desaparecen del relato bíblico tan misteriosamente como aparecieron.

El Libro de Oración Común llama el día de hoy “la manifestación de Cristo a los gentiles”. La palabra Epifanía significa precisamente eso: manifestación. “Gentiles” significa: todos los pueblos del mundo que no son judíos. Entones hoy celebramos que Jesús se manifiesta no solo a los judíos, sino a todos los pueblos de la tierra. Eso incluye a la gente de México y de China; a las naciones de Europa, Asia, África y Oceanía. Incluye a la gente que vive en Miami y en Chicago; a los que viven en las altas cumbres de los Andes, y a los que viven en las playas de la Patagonia. Y nos incluye también a todos nosotros.

Todas y todos nacemos en este mundo como bebés totalmente desvalidos. Necesitamos que nos alimenten, nos mantengan abrigados, y nos cambien los pañales. Esos son también regalos que José y María le dieron a Jesús. Suponemos que María lo amamantaba. Suponemos José la ayudaba si había que cambiarle los pañales.

Aunque no lo recordemos, esos son regalos que todos nosotros recibimos cuando fuimos bebés. También recibimos, como regalos, un nombre y una nacionalidad. Y cuando crecimos, recibimos más regalos: la lengua materna, para poder hablar y comunicarnos; y la oportunidad de aprender a leer y escribir. Muchos también recibimos de nuestros padres otros regalos importantes: principios tales como el trabajo, la honradez, la paciencia, la generosidad, la sabiduría. Esos son regalos más valiosos que el oro.

Hay otros regalos que son más personales. A veces los llamamos dones o talentos, y decimos que provienen de Dios. Pero también pueden ser talentos que aprendimos de nuestra familia. Para alguien, puede ser la habilidad de cocinar tamales muy deliciosos. Para otro, puede ser el talento de saber escuchar y consolar a los que sufren; para otros, es el don de tocar la guitarra o cantar. Todos estos talentos los hemos recibido para edificar a nuestra familia; para compartir con nuestras hermanas y hermanos de la iglesia; para edificar el reino de Dios.

¿Han notado alguna vez que dar regalos puede tener un efecto contagioso? Si crecemos en ambiente generoso, aprendemos generosidad. Hay infinidad de ejemplos de personas que recibieron talentos o regalos de Dios y, en lugar de esconderlos, o usarlos de manera egoísta, los compartieron con los demás. Cuando eso ocurre, hay muchos dones o regalos que circulan libremente y benefician a mucha gente. ¡Una sociedad como esa puede transformar el mundo!

En la lectura de hoy de la carta de san Pablo a los Efesios se describe un regalo extraordinario que recibió de Dios: El entendimiento de que la promesa de Dios no es solamente para el pueblo de Israel, sino para todas las naciones de la tierra. Y ¿qué hizo Pablo con ese regalo? ¡En vez de esconderlo, lo compartió con todo el mundo! Esa era su manera de agradecerle a Dios el regalo que había recibido. En eso, Pablo es un buen ejemplo de seguir la enseñanza de Jesús. En Mateo, capítulo 5 versículos del 14 al 16, Jesús enseñó sobre lo que debemos hacer con la luz que recibimos: Ustedes son la luz de este mundo,” dice Jesús. “Una ciudad en lo alto de un cerro no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para ponerla bajo un cajón; antes bien, se la pone en alto para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo, procuren ustedes que su luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que ustedes hacen, todos alaben a su Padre que está en el cielo.”

¿Podemos ser Reyes Magos, tú y yo? ¿Qué regalos podemos darle nosotros a Jesús?

Cuenta la historia que una familia inglesa decidió una vez ir de vacaciones de invierno a Francia para esquiar. Alquilaron un chalé de montaña en un pueblito muy pequeño de los Alpes. Pero ese resultó ser uno de los inviernos más fríos de la historia, y las tuberías del pueblito se congelaron. Al abrir el grifo, no salía ni una gota de agua. Alarmado, el papá salió a la calle y empezó a preguntar si alguien en el pueblo tenía agua. “Sí,” le dijeron los vecinos. “Vaya a la casa de Madame Chantal”.

Le resultó fácil al papá encontrar la casa, porque había muchos vecinos que salían con cubetas llenas de agua. El papá tocó la puerta y pidió agua. “Claro que sí,” le dijo Madame Chantal. “¿Y cómo es que su tubería no se atascó?” le preguntó el papá. “El secreto es muy simple,” dijo la señora. “Cuando empezó a nevar, dejé el grifo levemente abierto; el agua que corre, no se congela”. Madame Chantal tenía agua porque la hacía circular. De manera similar, los dones que Dios nos envía no disminuyen, sino que crecen y se multiplican cuando circulan, cuando los compartimos con el prójimo.

En los Estados Unidos, una de las canciones más famosas de esta época es la canción del Pequeño Tamborilero. Es muy parecida al Villancico Yaucano de Puerto Rico. La canción describe a un niño que llega a Belén, al lugar donde está Jesús, y ve los regalos que Jesús recibió. El Pequeño Tamborilero le dice a Jesús lo siguiente:

Yo quisiera poner a tus pies,
algún presente que te agrade, Señor.
Más tú ya sabes que soy pobre también
y no poseo más que un viejo tambor.
En tu honor frente al portal tocaré
con mi tambor.

Jesús no nos pide ni oro ni incienso. Pero se complace cuando usamos nuestros dones y talentos, sean lo que fueren, para bendecir y alegrar la vida de los demás. El Pequeño Tamborilero de la canción hace un regalo tan valioso como el oro cuando toca su tambor. Y nosotros le damos a Jesús un regalo tan valioso como el oro cuando somos bondadosos con el prójimo, cuando ayudamos al necesitado, cuando tenemos una palabra de consuelo hacia los que están deprimidos o preocupados.

Lo que Jesús nos enseñó es que esos regalos y esos actos de servicio que creemos que le estamos dando a nuestro prójimo, se los estamos dando directamente a Jesús. Cada vez que hacemos un acto de servicio, es como si estuviéramos allá en Belén el día de la Epifanía, arrodillados frente a Jesús, dándole regalos junto a los sabios del Oriente.

¿Podemos ser Reyes Magos, tú y yo? ¿Qué regalos podemos darle nosotros a Jesús?

Tal vez, como el pobre yaucano, le podemos ofrecer nuestro corazón.

 

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Sermón – Último Domingo Después de la Epifanía (Año C) – 7 febrero 2016

Éxodo 34:29-35 Salmo 99 2 Corintios 3:12-4:2 San Lucas 9:28-36, (37-43a)

Hemos pasado de un año al otro, de la ternura de la Navidad y el esplendor de la Epifanía, a este tiempo en nuestro calendario litúrgico después de la Epifanía. Se han vivido días de especial ánimo en estos últimos meses y los días se van alargando—cada día hay más luz.
La visión de Dios está fuera de nuestra propia visión del tiempo. Dios lo sabe todo. Tiene una memoria infinita y una visión de todo lo que ha de venir. Aún así, se preocupa por nosotros y desea mantenerse en constante comunicación. Por eso, se sigue manifestando a través de los tiempos hasta llegar a ser uno de nosotros para comunicarnos su mensaje de amor y de luz.

En las lecturas de hoy hay comunicación a distintos niveles. En el antiguo testamento esa comunicación entre los personajes principales se da entre Moisés, Aarón y el pueblo de Israel. En la lectura del Evangelio Jesús, sus discípulos y el pueblo se comunican en dos momentos distintos. En uno de esos momentos Jesús ora y se comunica con Dios. Todo lo que ocurre en el cerro va a comunicarse con quienes estaban presentes con Jesús.

La Epifanía es una manifestación, y como tal, es fuertemente comunicativa. En esa comunicación, un Dios de amor llegó a todos nosotros y nosotras. Somos impulsados por un continuo respirar de este Dios de amor que interactúa con todo dentro y fuera de nuestra vida. Por eso es que al mejorar nuestra manera de relacionarnos los unos a los otros, mejora nuestra vida.

Jesús y Moisés manifestarán la voluntad de Dios a su pueblo cumpliendo con su llamado. A pesar de que en la vida de los personajes bíblicos percibimos sus victorias y frustraciones, nos falta ver cómo enfrentaban el día a día, cómo desarrollaban sus tareas y cómo no perdían el enfoque de lo que tenían que lograr. Muchos de nosotros desperdiciamos el tiempo y no logramos muchas de las cosas a las que se nos ha llamado:
estamos pendientes de qué me hacen otras personas
pasamos mucho tiempo viendo qué hacen los demás
comentamos lo mal que va todo en este país, el sistema, la iglesia…

No buscamos con la misma firmeza la forma de actuar y tomar cada reto que enfrentamos paso a paso hacia buenos cambios.
Moisés respondió al llamado de Dios siendo obediente y sirviendo de puente de su mensaje al pueblo de Israel. Moisés enfrentó barreras, pero de su obediencia surgió esa constancia de tomar el primer paso en su deseo de cumplir con la voluntad de Dios. Jesús también responde a su Padre con obediencia y constancia.

Al revisar las lecturas encontramos tareas que se pueden determinar y que están relacionadas en cómo nos comunicamos ya sea con Dios, con los y las demás y con nosotros mismos.
Veamos algunos elementos que complementan el mensaje que recibimos hoy:
Tanto Moisés como Jesús oraban y se comunicaron con Dios en un cerro.
En su encuentro con Dios, ambos experimentaron una transfiguración.
Jesús brilló y este fenómeno les envió un mensaje a los discípulos presentes. 
Moisés dialogó con Dios y su rostro brilló y después pasó a compartir el mensaje con la comunidad de fieles.

Como vemos, todo lo que vive se comunica. Debemos aprender cómo podemos comunicarnos mejor y hacerlo con amor. Estas son algunas de las tareas que nacen de los relatos bíblicos y que nos pueden ayudar a ser mejores comunicadores:

  1. Dios siempre está buscando nuevas formas de comunicarse, sólo hay que prestar atención. Estemos atentos a su mensaje. Todo, todo nos habla de Dios.
  2. Nuestro “yo” es con quién más hablamos a diario. Aquí es donde nacen las respuestas al diario vivir. Presta atención a qué te estás diciendo tú mismo y transforma ese mensaje en palabra de Dios en Jesucristo Nuestro Señor. Será un alimento que mejorará lo que sale de ti.
  3. Cuida tu mente. Bien se nos enseña en Filipenses capítulo 4 versículo 8, que debemos pensar en todo lo que es verdadero, honesto, justo, puro, amable y en lo que tiene virtud. Al hacer esto seremos constructores de vida. Y como bien dijimos anteriormente, la comunicación se inicia dentro de mí y por lo tanto, al destruirla fuera de mí es porque ya lo he hecho dentro de mí.
  4. Esfuérzate por cumplir con tu palabra. Esa es la piedra angular, así como Jesús es nuestra piedra angular. Procuremos ser más de lo que profesamos ser.
  5. Persiste en buscar maneras de conocer el mundo en el que vives. Muchas de las Iglesias a las que asistimos no viven la realidad del lugar donde se encuentran. Conocer nuestro entorno, el medio en el que nos movemos es parte de la tarea que Jesús nos dio. Él no pudo ignorar el sufrimiento de las personas a su alrededor. Nosotros tampoco debemos ignorar las necesidades a nuestro alrededor. Al comprometernos con nuestros vecinos sembramos ese amor de Dios que arraiga esa manifestación de Jesús en la vida de cada persona cristiana.

Jesús nos dice, “Ustedes son luz del mundo”. No se trata de aprender a brillar, sino a ser obedientes, consecuentes y solidarios. Al hacer esto la luz de Jesús brillará a través nosotros. Jesús no subió al cerro a brillar. Pero creemos que su intensa disciplina de oración lo lleva a un momento de encuentro con Dios. Un momento que resonará como un fuerte eco en la vida de sus discípulos y que ha tenido un gran impacto para nosotros hasta hoy.

No le damos suficiente valor al poder de la oración ni a la frecuencia con que debiéramos orar. Este valor tiene que ver con el hecho de que la oración es la comunicación que deseamos y como resultado una relación más profunda con Dios.

Que nuestra oración nos permita un acercamiento mejor cada día. Que esa comunicación con Dios nos lleve a momentos de transfiguración para que brillemos en este mundo, demos testimonio de su amor reconciliador y por medio del servicio a nuestro prójimo—especialmente a los más necesitados.

Llevemos nuestra experiencia con Jesús a una realidad diaria y a todas las situaciones que vivimos. Digamos alegremente: Jesús vive, vive en mí y vive también en ti y nos guía con amor a caminar en su luz, brillando también igual que Jesús en su transfiguración.

Carlos Austin

Estudio Bíblico
 – Último domingo después de Epifanía (Año C) – 
7 febrero del 2016


Escrito por Robert Pennoyer



[RCL] Éxodo 34: 29-35; 2 Corintios 3: 12-4: 2; Lucas 9: 28-36, [37-43a]; Salmo 99

Éxodo 34: 29-35
Cuando leemos la Biblia, es fácil echar un vistazo obedientemente a la letra pequeña y preguntarse qué es exactamente lo que Dios trata de decir a través de estas palabras antiguas y santas. Leemos con la esperanza de un encuentro con Dios que aumente nuestra comprensión. Pero podemos tratar este pasaje del Éxodo como un reto a replantear lo que un encuentro exitoso con Dios podría ser: no es, ante todo, una cuestión de entendimiento, sino de transformación.
Moisés está de vuelta en la base del Monte Sinaí y en sus brazos se encuentran las más santas de las leyes de Dios, los Diez Mandamientos. A lo largo de las Escrituras hebreas (y, de hecho, a lo largo de la historia judía y cristiana) no ha habido escasez de esfuerzo para comprender el contenido de esas dos tablas. Pero aquí, por un breve momento, las leyes que descansan en los brazos de Moisés parecen totalmente secundarias tras el sorprendente reconocimiento de que “la piel de su rostro resplandecía”. El rostro resplandeciente de Moisés ayudó a los israelitas a saber que Dios estaba de hecho obrando mediante Moisés.

  • ¿Cómo nos ayudan las vidas santas a ver la manera en que Dios obra en el mundo?
  • ¿Has conocido a personas que parecen brillar con la fe alimentada por la alegría, la paz y la compasión?
  • ¿Es tu fe exteriormente visible para los demás? ¿De qué manera desearías que fuera?

La imagen del velo podría ser útil en la reflexión sobre nuestras prácticas de oración. Cuando oramos, ¿cómo podemos aprender a quitarnos el velo del ajetreo, de la distracción, del egoísmo y de la impaciencia, un velo que nuestra cultura de pantalla dividida a menudo nos anima a llevar?

Salmo 99

Muchos salmos celebran a Dios mediante el uso de la metáfora de un rey. En el Salmo 99, Dios es “entronizado” y vemos que todas las personas deben “temblar” y “proclamar la grandeza de nuestro Dios” cayendo “ante el estrado de sus pies”. Los reyes antiguos presumían de su poder militar como prueba de su grandeza y, por supuesto, algunos líderes modernos lo siguen haciendo. Pero ten en cuenta cómo el salmista retrata la grandeza de Dios como proveniente de una fuente muy distinta: de la justicia de Dios.
Es difícil, probablemente imposible, hablar mucho acerca de Dios sin utilizar metáforas. Los Salmos nos ofrecen una sorprendentemente rica biblioteca de imágenes y comprensiones de Dios. En un lugar Dios puede ser presentado como un rey encaramado en un trono (Salmo 99: 1) y en otro como partera de un parto (Sal. 22: 9-10). Siempre es importante recordar que ninguna metáfora referida a Dios es por sí sola suficiente, pues cada una de ellas oscurece tanto la naturaleza de Dios como lo que revela.

  • ¿Alguna vez has formado una parte de una comunidad donde hay líderes cuya autoridad proviene no en virtud de un título, sino más bien como consecuencia de su bondad?
  • Escoge dos himnos y examina las metáforas que cada uno de ellos utiliza para describir a Dios. ¿De qué manera los himnos ofrecen diferentes comprensiones de Dios? ¿Cómo se complementan mutuamente los himnos? Puede que resulte especialmente fructífero el comparar las imágenes militaristas de un himno como # 473 “Alzar en alto la cruz” con las imágenes pastorales de otro como # 664 “Mi pastor colmará mi necesidad”.

2 Corintios 3: 12-4: 2

Con demasiada frecuencia, pasajes como este de 2 Corintios han sido utilizados por los cristianos para justificar desagradables rechazos, y con frecuencia antisemitas, de interpretaciones judías de las Escrituras hebreas, como si el valor de estos textos sagrados se limitara a la forma en que se pueden ver a la luz de la vida y muerte de Jesús. Leído en su contexto, como defensa de Pablo de su autoridad docente, el pasaje parece menos un tratado contra los judíos y mucho más una polémica acerca de la autoridad de enseñanza de Pablo en Corinto. Cuando asegura a sus lectores que: “No procedemos con astucia o falsificando la palabra de Dios”, escuchamos la implicación: a diferencia de algunas otras personas que conozco.

Una de las alegrías del pasaje es que nos permite asomarnos por encima del hombro de Pablo mientras lee el pasaje de Éxodo 34 tratado anteriormente. Interpreta el rostro resplandeciente de Moisés como prueba de que los encuentros con la gloria de Dios dejan su huella en los creyentes, transformándolos “de un grado de gloria a otro” hasta que la imagen divina brille más claramente en y a través de ellos.

  • ¿Cómo esperamos que nuestros encuentros con Dios nos transformen?
  • ¿Cómo podrían estas esperanzas influir en nuestras intenciones cuando estudiamos la Biblia o participamos en la Santa Comunión?
  • ¿Cuándo brilla más intensamente la imagen de Dios a través de nosotros?


Lucas 9: 28-36, (37-43a)

Este pasaje contiene el relato de Lucas de la Transfiguración, el milagro en la cima de la montaña cuando la presencia de Jesús refleja tan bien la gloria de Dios que hasta sus ropas parecen brillar con una “blancura deslumbrante”. Es una narración bien contada, llena de toques dramáticos. Los adormilados discípulos que deben haberse preguntado si estaban soñando; la misteriosa aparición de Moisés y Elías; la voz de Dios que habla desde una nube, llamando a Jesús “Hijo mío” y diciéndonos, a los discípulos, y a nosotros que “¡le escuchemos!”

Sabemos que la vida y las enseñanzas de Jesús nos ofrecen la ventana más clara de la naturaleza de Dios. Pero a menudo también nos olvidamos que Jesús ofrece el ejemplo más claro de lo que una vida humana parece en su forma más elevada. El relato de la Transfiguración es un recordatorio útil para ver a Jesús como modelo de lo que nuestras vidas puedan ser. Allí, en la cima de la montaña, la distancia entre Dios y el hombre se derrumba por completo. La tarea para nosotros, el viaje del discipulado cristiano, parece claro: comenzar a subir hacia Dios.

  • ¿De qué manera concreta podemos esforzarnos en obedecer la voz de Dios, tal como habló a través de la nube, llamó a Jesús “Hijo mío” y nos dijo que “le escucháramos”?

Sin duda, todos somos conscientes de una persistente distancia que divide la vida que vivimos de la vida que debiéramos vivir. ¿Qué prácticas te han sido de gran ayuda en tus esfuerzos por “acortar la distancia” y crecer más cerca de convertirnos en la persona que Dios nos está pidiendo que seamos?


Escrito por Robert Pennoyer


Robert Pennoyer es seminarista de tercer año en el seminario de Berkeley de Yale, donde también es miembro del Instituto de Música Sacra. Es candidato a la ordenación sacerdotal en la Diócesis de Nueva York. Vive en New Haven con su esposa y su hija de un año de edad.



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Estudio Bíblico – Cuarto Domingo Después de la Epifanía (Año C) – 31 enero 2016

Escrito por Jennifer Shadle

[RCL] Jeremías 1: 4-10; Salmo 71: 1-6; 1 Corintios 13: 1-13; Lucas 4: 21 a 30

Jeremías 1: 4-10.
Jeremías vivió en una época de temor generalizado, confusión, miedo y negación. Los habitantes de Judea fueron atrapados en medio de tres potencias extranjeras invasoras, Asiria, Egipto y Babilonia. La mayor parte del reino del norte de Israel ya había sido conquistado, y el territorio alrededor de Jerusalén estaba bajo la ocupación. Jeremías vio a su amado templo y a la ciudad destruidos, y a su gente llevada en cautiverio. ¿Quién daría la bienvenida al llamado de Dios para ser profeta en un tiempo y lugar como ese? En este modelo se puede ver la llamada de otros profetas, Jeremías responde por primera vez protestando que no puede hacer el trabajo. Y, en efecto, en el modelo hemos aprendido a esperar de Dios, que el Señor responde: “Tonterías. Te daré todo lo que necesitas. Aquí están las instrucciones”. Dios en verdad, a veces, nos pide que hagamos cosas difíciles o atemorizantes. Dios designa a Jeremías “para arrancar… rebajar… destruir… derrocar”, pero también “para edificar y plantar”. En tiempos de ansiedad podemos estar tentados a olvidar que Dios nunca nos deja solos para hacer frente a nuestros desastres, sino que nos conduce finalmente a la comodidad, a la restauración y al nuevo crecimiento.

  • ¿Acerca de qué cosas te sientes profético?
  • ¿Puedes ver la promesa de cosas nuevas, así como los peligros que amenazan?

Salmo 71: 1-6


Este salmo continúa con el tema de un peligro amenazador, con palabras de una oración ferviente que pide protección y liberación. El malo, malvado y opresor, nombrados en el versículo 4, pueden ser señores políticos, pero también pueden ser adversarios personales. En cualquier caso, escuchamos la súplica de alguien que se siente acorralado y en inferioridad numérica. Sin embargo, el salmista va más allá de pedir ayuda a gritos. Incluso en este breve pasaje (el salmo en su totalidad tiene veinticuatro versículos), el suplicante vuelve a las profesiones de confianza y alabanza. Se nos recuerda que los israelitas tenían un sentido familiar de intimidad con el Señor. Buscaron la comodidad y la protección de Dios, cantaron y bailaron y gritaron su alabanza y adoración. Y cuando lo consideraron necesario, gritaron enfadados o gimieron sus lamentos a Dios que los orientó y sustentó. El salmo 71 expresa algo de esa intimidad – “desde el seno de mi madre has sido mi fuerza” – y más adelante, en el versículo 18: “Y ahora en la vejez y en las canas, oh Dios, no me abandones”.

  • ¿Cuáles son los deseos más profundos de tu corazón?
  • ¿Puedes derramarlos ante Dios?
  • ¿Qué pasa con tus desilusiones y resentimientos?
  • ¿También puedes confiar en Dios con ellos?

1 Corintios 13: 1-13


Muchas personas pueden haber escuchado este pasaje que se lee en las bodas y llegado a la conclusión comprensible de que las palabras de Pablo se aplican a personas en una relación comprometida. “El amor es paciente; el amor es amable… No busca su interés …” Sí, estas declaraciones se podrían ciertamente aplicar a la relación ideal en la pareja matrimonial. Sin embargo, tenemos que leer el capítulo 13 en un contexto más amplio para entender plenamente el mensaje de Pablo. En preparación para este capítulo, Pablo ha señalado que los miembros de la iglesia de Corinto no están actuando muy caritativamente uno hacia el otro, y de hecho, siguen viviendo de acuerdo al sistema de clases sociales de su entorno secular. En vez de acercarse a la Cena del Señor con un espíritu de unidad y de amor, han caído en las facciones de “tener” y “no tener” (1 Cor 11: 20-22). En lugar de usar sus dones espirituales para el crecimiento y el beneficio de todos, parece que han creado una jerarquía de “los derechos de fanfarronear”, de acuerdo a quién puede ejercer tal don (1 Cor 12). El propósito de Pablo en el capítulo 13 es para recordarles que ya no deben actuar como individuos, pensando primero en sí mismos, sino para reconocer que ahora forman parte del cuerpo de Cristo. En la unidad de ese cuerpo, todos deben ser tratados con el mismo respeto y los dones de todos han de ser recibidos con amor y gratitud.

  • Vuelva a leer los versículos 4-7, aplicando el contenido a una congregación actual en lugar de a una pareja individual. ¿Qué lecciones encuentras ahí para nuestra vida en común?
  • ¿De cuántas maneras se puede aplicar la comparación de Pablo entre un entendimiento infantil y adulto? ¿Es malo o equivocado ser “infantil”, o es simplemente una forma de comportamiento que debe ser “repudiada” a medida que maduramos como discípulos?

Lucas 4: 21 a 30

La narración de Lucas de este episodio difiere significativamente de las versiones de Marcos (6: 1-6) y de Mateo (13: 54-58). Y Lucas ha cambiado el enfoque. En este relato más amplio, Jesús profundiza en el tema del profeta que se encuentra sin honor en su propio país o ciudad natal. En esta historia, la gente de Nazaret no reaccionan con enojo ante el dicho de Jesús: “Hoy, en presencia de ustedes, se ha cumplido este pasaje de la Escritura”. Sí, ellos se sorprenden al oír al hijo del carpintero mostrándose con tanta autoritaria y sabiduría, pero su primera reacción es muy favorable. Sólo se enojan después que Jesús les recuerda los tiempos en que Israel ha rechazado a sus profetas, lo que provocó en su lugar que Dios los enviara a los gentiles. ¿Cuál es el propósito de Lucas en la elección de este relato? En general, el Evangelio de Lucas tiene un tono peculiar de justicia hacia los oprimidos y marginados; quizás este episodio nos pueda enseñar algo desde ese ángulo. La gente de Nazaret se siente bastante presumida de tener tan impresionante “hijo del pueblo”. Ni siquiera parece importarles que justamente se haya proclamado como el Mesías. ¡Sino que la indignación aparece cuando sugiere que no es de su exclusiva propiedad! Que incluso puede que no se les dé ningún favor especial en el reino de los cielos, porque ellos “¡lo conocieron cuándo!” [Según los expertos eta expresión se refiere a aquellos que conocieron a Jesús antes de que fuera famoso, popular. Los que le conocieron antes de que fuera “cool” no recibieron tratamiento especial]

  • ¿Nos inclinamos a pensar que tenemos un derecho especial a Jesús?
  • ¿Resentimos secretamente o desdeñamos las expresiones del cristianismo que provienen de otras culturas?

Escrito por Jennifer Shadle


Jennifer Shadle es diaconisa de transición y candidata a las sagradas órdenes en la Diócesis de Colorado. Antes de reconocer la llamada al ministerio ordenado, Jennifer enseñó música vocal e historia de la música en los niveles secundario y universitarios, y más recientemente en la State University-Pueblo, en Colorado. Como seminarista, le encanta la liturgia y el culto de la Iglesia, la teología y la pastoral. Está completando una Concentración en Estudios sobre la Iglesia Hispana, y espera servir en un entorno de parroquia multicultural o desarrollar un ministerio misional entre las poblaciones inmigrantes.



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