Último domingo después de la Epifanía – Año B

2 Reyes 2:1-12, Salmo 50:1-6, 2 Corintios 4:3-6, Marcos 9:2-9

La Iglesia Episcopal dentro y fuera de Estados Unidos celebra el domingo de Misión Mundial. Junto a cristianos y cristianas de todo el mundo oramos por la misión de Dios en nuestras iglesias y comunidades, la cual, según el catecismo de la Iglesia es “restaurar a todos los pueblos a la unión con Dios y unos con otros en Cristo”.

Hoy es el último domingo de la Epifanía. Estamos a pocos días de dar inicio a la estación de Cuaresma con la liturgia del Miércoles de Ceniza. La primera lectura tomada del Segundo Libro de Reyes nos describe la partida del profeta Elías, que es llevado al cielo en un carruaje de fuego bajo la mirada del profeta Eliseo, discípulo de Elías.

La historia de Elías ha cautivado a generaciones de cristianos a lo largo de la historia. En este profeta se combinan los dones de la profecía y de la contemplación del misterio de Dios. En relatos previos al que hoy escuchamos, se nos dice que este profeta permanece fiel al verdadero Dios a pesar de que en Israel muchos se entregaron a servir a otros dioses. La voz, la firmeza y la ira de Elías se hicieron sentir aun en la corte del rey Ajab, quien con su esposa Jezabel rendían adoración al dios Baal. La fidelidad de Elías fue tal que tuvo la dicha de contemplar la presencia de Dios en una cueva del monte Horeb. El pasaje bíblico que hoy escuchamos resume la vida de Elías. Es el profeta entre los profetas, es el maestro de Eliseo, quien al verle subir exclama: “¡Padre mío, padre mío, que has sido para Israel como un poderoso ejército!”

Es así como para nosotros hoy día, la figura del profeta Elías es un modelo digno de imitar. Al igual que en los tiempos de Elías, hay muchos que adoran dioses falsos. Son los adoradores del poder y de la fama; dioses que esclavizan al cuerpo y al alma. Es por esto por lo que se le invita al cuerpo de Cristo alzar la voz, como lo hizo Elías, ante una sociedad que promueve el consumo desmedido y el culto al cuerpo. Elías nos recuerda que solo en el silencio se puede sentir la “suave brisa” de la presencia de Dios que pasa frente a nosotros. El profeta Elías ha sido rebautizado como San Elías por cristianos que lo vinculan estrechamente a Cristo en el momento de la Transfiguración del Señor.

El apóstol Pablo continúa con el tema de los dioses falsos. Nos habla del “dios de este mundo”, el dios que impide acercarnos a la contemplación de la gloria de Dios, la cual brilla en la persona de Cristo. Para Pablo la predicación del evangelio es destacar la gloria y el poder de Dios manifestado en Jesucristo. En su carta dice que “no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor”. Pablo recuerda a los cristianos de su tiempo y a las futuras generaciones que tienen como centro de la predicación la obra de Cristo y no las obras de los líderes de las instituciones religiosas. Los líderes de la Iglesia somos siervos de Cristo. La obra le pertenece a Él; nosotros y nosotras en la comunidad cristiana somos los instrumentos que el Señor ha escogido para realizar su obra en el mundo. Se nos invita a ser luz para otros, sin olvidar que la luz proviene de Cristo y nosotros somos cual cristales que damos paso a la luz que Cristo ha puesto en nuestros corazones.

El mensaje de Pablo es para las comunidades cristianas que en todos los tiempos están llamadas a mostrar la bondad y la misericordia de Dios por medio de Jesucristo. La Iglesia en el tiempo presente debe presentar a Cristo como la razón fundamental de nuestra adoración. De no hacerlo así corre el riesgo de predicarse a sí misma y sufrir con vergüenza los errores de quienes la formamos. La reacción de rechazo de las nuevas generaciones frente a las instituciones religiosas tiene su base en el hecho mismo de que se destaca más la obra de los hombres y mujeres que servimos en la institución religiosa, que la obra de Cristo.

En el evangelio de hoy se relata el episodio de la Transfiguración del Señor. El Señor Jesús, en lo alto de un monte, se encuentra con Moisés y Elías, figuras monumentales del pueblo hebreo. Este episodio de la vida de nuestro Señor Jesucristo se conoce como la Transfiguración. Nuestro Señor Jesucristo se transfigura e irradia una luz tan blanca que no hay en la tierra un equivalente de esa luz. Desde una nube se oyó una voz que dijo: “Este es mi Hijo amado: escúchenlo”. Los evangelios de Mateo, Lucas y Marcos nos describen por igual el momento de la Transfiguración del Señor. Testigos de este acontecimiento son los apóstoles Pedro, Juan y Santiago, que invadidos por una paz que proviene de lo alto, piden al Señor permanecer en el monte junto a Elías y a Moisés. Le dicen: “Maestro, ¡qué bien que estemos aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Los cristianos de hoy no somos diferentes a Pedro, Santiago y Juan. También pediríamos al Señor permanecer en lo alto del monte gozando de esa paz que no da el mundo. Nuestras vidas en el mundo siempre nos traen a esta realidad donde usamos la oración para entregarnos a los brazos del Señor y disfrutamos de su presencia. De igual manera cuando nos encontramos con los demás en la iglesia, alabamos y glorificamos a Dios con himnos y oraciones que nos ponen en contacto con la presencia de su Santo Espíritu. Al igual que los apóstoles, queremos que esos bellos momentos de encuentro con el Señor no terminen. Sin embargo, tenemos que aceptar que vivimos en un mundo que niega a Cristo de muchas maneras. Es en este mundo donde nuestro testimonio de vida cristiana debe hacerse notar tanto en el servicio como en el cumplimiento de las diferentes misiones que Dios nos asigna en nuestros variados estilos de vida. Los padres viviendo el compromiso de educar a los hijos en el conocimiento del amor de Dios, los jóvenes creciendo en sabiduría y respeto de sus semejantes y los que sirven en la comunidad cristiana colaborando en conjunto para alcanzar la meta de atraer a otros a Cristo.

Algunos pensarán que no es posible alternar la oración con la acción. Es importante recordar nuevamente al profeta Elías. Como profeta alzó la voz y llevó el mensaje de Dios a todos los de su tiempo. Pero aun en medio de los afanes de su vocación profética, también tuvo intensos momentos de oración que le permitieron sentir muy de cerca la presencia de Dios. Si el profeta Elías fue capaz de lograrlo, también nosotros podemos combinar la oración y la acción en nuestra vida cristiana. Bien lo dijo san Benito de Nursia: “Ora y trabaja”.

 

— El Rvdo. Álvaro Araica es oriundo de Nicaragua y actualmente sirve como vicario en las congregaciones de Cristo Rey y Nuestra Señora de las Américas en la Diócesis Episcopal de Chicago. Araica es el presidente del Comité de Asuntos Hispanos en la Diócesis de Chicago y sirve en las Comisiones de Ministerio y de Desarrollo Congregacional. Araica es graduado del programa de doctorado en Ministerio de Seabury Western Theological Seminary en Evanston Illinois.

 

Quinto domingo después de la Epifanía – Año B

Imagínense por un momento que su trabajo y llamado es reconciliar a toda persona a Dios y a la comunidad de Dios.  Entonces siendo ese su trabajo, ¿qué estrategias usarían para que toda persona pueda renovar o reanudar su relación con Dios, siendo también, si necesario, una persona reconciliada o restaurada a la comunidad?  Una de las estrategias más importantes para nosotros y nosotras es la inclusión.  La inclusión es una manera de reconciliar personas a la comunidad y restaurarlas a la comunidad de fe.  El modelo fundamental para este trabajo es Jesús, quien vino al mundo para reconciliar a la humanidad a Dios.  En el primer capítulo del evangelio según Marcos, esa labor de reconciliación es de inmediato evidente cuando Jesús, luego de su bautismo, comienza su ministerio público proclamando: “Vuélvanse a Dios y acepten con fe sus buenas noticias”.  Seguidamente llamó a los primeros discípulos, y demostró su autoridad como Hijo de Dios.  Todo esto ocurre justo antes de la lectura designada para este quinto domingo después de la Epifanía.

Recordemos varios aspectos del evangelio según Marcos.  Este evangelio es considerado el más antiguo, y es también el más corto.  Marcos fue muy eficiente e intencional en lo que escogió para comunicar sobre las buenas nuevas de Dios en Cristo.  Por lo tanto, si aceptamos que cada palabra en este evangelio es importante, pues también entendemos que, si Marcos decidió incluir algunos temas o datos específicos, y darles más espacio que a otros temas, entendemos que esto también es importante.  De hecho, en este primer capítulo, Marcos hace hincapié en el trabajo de reconciliación que Jesús hizo cuando empezó su ministerio público, en particular, cuando empezó el trabajo de sanación.  En este capítulo Jesús sana a tres personas, incluyendo en la lectura de hoy a la suegra de Simón, y a muchas otras personas también.  Al ser sanadas, todas estas personas fueron prontamente restauradas a su plenitud con Dios y con la comunidad.

No nos debemos limitar a pensar que la sanación que Jesús ofrece es sólo física o solamente espiritual. Se trata de una sanación que reincorpora personas a la comunidad, incluyendo su incorporación a la comunidad de fe.  Entonces, debemos nosotros y nosotras considerar que Jesús “sana” a toda persona excluida de la comunidad, es decir, Jesús incluye a toda persona dentro de la comunidad.  Nuestro trabajo de inclusión es, entonces, una manera de reconciliar la humanidad a Dios.  Al Jesús sanar a la suegra de Simón, Jesús le permite a ella vivir su vida en plenitud y en libertad.  Jesús la restaura para su plenitud o, en otras palabras, la restaura para su diakonia que es la misión de servicio.  Al igual que Simón y Andrés respondieron a Jesús siguiéndolo inmediatamente, ella “al momento” le respondió a Jesús sirviéndole.  ¿Cuál es nuestra respuesta a Jesús? Por nuestro bautismo nuestra respuesta comienza con el Pacto Bautismal.

En la época de Jesús, una persona enferma, o con una condición “fuera de lo común,” se consideraba impura, por lo tanto, no podía ser parte de la comunidad de fe, y se consideraba que su “condición” era resultado de su pecado.  Jesús demostró una y otra vez, que estas personas no estaban fuera del alcance de Dios y que podían participar plenamente en la comunidad de Dios.  En la época de Jesús, y aun hoy día, esto era muy radical.  Nosotros y nosotras tenemos nociones diferentes sobre el pecado.  Y también tenemos creencias que nos llevan a excluir a personas de nuestras comunidades de fe y familias.  Sin embargo, la realidad es que nosotros y nosotras con Jesús, debemos trabajar para incluir a las personas que estamos excluyendo, siendo ese uno de los trabajos primordiales que Jesús nos enseña: la reconciliación y la restauración.

Preguntémonos entonces sin importar cuán difícil sea esa pregunta, ¿quiénes sabemos que Jesús incluiría, y que nosotros y nosotras no lo estamos haciendo?  Como personas Latinx, puede ser que en este momento histórico de los EE. UU. conocemos lo que es ser excluidos y excluidas.

La realidad es que estamos viviendo en sociedades donde la inclusividad de todo ser humanos se expresa más ampliamente que en ningún otro momento de la historia. Es por esto, por lo que la iglesia ha de responder a nuestras promesas bautismales, particularmente el respetar la dignidad de todo ser humano – sin exclusión.

Hay dos maneras en que algunas personas están excluidas de la comunidad de Dios.  La primera es por nuestro propio pecado y decisión de alejarnos de Dios y de la comunidad; la segunda es por el rechazo de otras personas.  La gracia de Dios nos invita a restaurarnos a la comunidad.  Nuestro pacto bautismal nos invita a incluir y a restaurar a otras personas excluidas en nuestras comunidades.

Marcos, en su evangelio, nos invita a entender el trabajo de reconciliación de Jesús como primario.  Marcos nos recuerda que Jesús dijo: “Vamos a los otros lugares cercanos; también allí debo anunciar el mensaje, porque para esto he salido.”  En sanar, en restaurar, en incluir, Jesús cumple su misión de reconciliar la humanidad a Dios y la humanidad consigo misma.  En nuestro bautismo, y por la gracia de Dios, nosotros y nosotras estamos en nuestra plenitud.  La madre de Simón Pedro y de Andrés en su condición restaurada sirvió. Nosotros y nosotras, viviendo nuestro bautismo, podemos y debemos también trabajar para la reconciliación de personas a Dios y de toda persona a la comunidad.  El modelo que tenemos en Jesús es claro, y nuestro pacto bautismal sirve también como guía del trabajo de reconciliación.  Lo que hizo Jesús fue radical. Hagamos lo mismo.

La Rvda. Carla E. Roland Guzmán es la rectora de la Iglesia Episcopal de San Mateo y San Timoteo en la ciudad de Nueva York (smstchurch.org). Ella también coordina Fe, Familia, Igualdad: La Mesa Redonda Latinx (fefamiliaigualdad.org).

 

Cuarto domingo después de la Epifanía – Año B

Deuteronomio 18:15–20, Salmo 111, 1 Corintios 8:1–13, San Marcos 1:21–28

El Evangelio de San Marcos que acabamos de escuchar nos relata el primer milagro de Jesús en este evangelio. Es el primero que Él hizo después de su bautismo en el río Jordán y después de llamar a los pescadores del Lago de Galilea a que lo siguieran. De esa manera Jesús comienza a llevar las Buenas Nuevas al mundo y a preparar a esos discípulos a continuar su legado.

¿Qué tiene de especial el comienzo del ministerio de Jesús? Con palabras claras y sencillas San Marcos nos indica que la autoridad de Jesús es central a su ministerio entre nosotros y nosotras. Se trata de una autoridad que va más allá de las palabras, de los tradicionalismos de líderes religiosos de su tiempo. Es una autoridad que rompe esquemas y que libera. De entrada, el evangelio nos muestra lo que será esa autoridad en la obra de Jesús, el Mesías y en lo que consiste la llegada del Reino de Dios.

La autoridad de Jesús se revela durante el Shabbát, la festividad religiosa judía del sábado a la cual Jesús asistía siendo Él mismo, de origen judío. Jesús respeta los preceptos religiosos en tiempo y en espacio. En tiempo pues es sábado y en espacio, la sinagoga, el lugar del culto. No obstante, Jesús asiste no como un oyente más. Jesús enseña, y su palabra es tan profunda que “La gente se admiraba de cómo les enseñaba, porque lo hacía con plena autoridad”. La comunidad reconoce que está ante un hombre que con sus palabras conmueve a sus oyentes y despierta en ellos su admiración. Según esto, Jesús es un maestro cualificado cuya autoridad ya supera a los más doctos de su tiempo, pues enseña de manera diferente a los maestros de la ley y de la religión judía.

Pero ¿qué tiene de diferente la autoridad de Jesús y su manera de enseñar? La diferencia es en que su autoridad va de la mano con su acción, que son las Buenas Nuevas. El texto inaugural de la misión de Jesús es uno de palabras y de hechos. Porque la realización del Reino no se logra solamente con palabras conmovedoras, sino a través de la verdadera transformación de las realidades humanas. Como escuchamos en el evangelio de hoy, Jesús confronta al espíritu impuro que oprime a un hombre. Jesús va más allá de las palabras para obrar en el hombre su primer milagro: la expulsión de un demonio.

En esa época y hoy día, un demonio constituye la presencia del mal que intenta impedir la realización del Reino, pero Jesús es la autoridad sobre ese poder. Esto quiere decir que con Jesús llega la era del fin del poder del mal sobre la humanidad. Con Jesús se inaugura el Reino de Dios y los demonios lo saben: “¿Por qué te metes con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo te conozco, y sé que eres el Santo de Dios.” Como resultado sólo puede venir el reconocimiento de quién es Jesús. Él es aquel que “¡Enseña de una manera nueva, y con plena autoridad! ¡Incluso a los espíritus impuros da órdenes, y lo obedecen!”. Todos estaban admirados porque Jesús no enseñaba de la forma tradicional. Se trata del profeta prometido por Dios por medio de Moisés en el libro del Deuteronomio que escuchamos hoy: “Yo haré que salga de entre ellos un profeta… que les diga lo que yo le ordene decir, y les repita lo que yo le mande.” Ese profeta es Jesús y su autoridad radica en su enseñanza y también en sus obras.

En este tiempo de la Epifanía, cuando se nos recuerda la manifestación de Jesús a los pueblos, la Iglesia también ha de hacer el esfuerzo de conocerle y reconocerle, de lo contrario ¡cómo podrá comunicarlo al mundo! ¿Qué Epifanía necesitamos hoy? ¿De qué manifestación de Jesús tiene sed el mundo? ¿Qué autoridad reclama la sociedad?

Una iglesia que se centra en la Palabra, que la medita, la interioriza, la comparte, la difunde, lo está haciendo bien, y debe sentirse orgullosa de ello. Sin embargo, si falta el paso al hacer, al obrar, a evidenciar cada día un poco más la realidad del Reino de Dios y hacerlo tangible en su contexto, tal vez deba replantear la comprensión de dicha Epifanía. Recordemos que Jesús pasa de la palabra a la acción, de la exhortación a la liberación, y en ello debemos transformarnos como Iglesia. Ser una iglesia que por sus obras los tristes sonrían, los angustiados reciban esperanza, los sin sentido encuentren la razón de vivir, los enfermos alivien su dolor, los olvidados se sientan queridos, los rechazados por tantas condiciones humanas discriminatorias se puedan sentir en casa. Todos estos son signos del Reino de Dios y a lo que hemos sido llamados como discípulas y discípulos seguidoras y seguidores de Jesús.

Nuestro llamado a seguir a Cristo implica una gran responsabilidad social, moral y ética además de religiosa. Con el bautismo, como Jesús nos enseña, viene nuestro compromiso con Jesús, con Dios y con toda su creación sagrada. De la misma manera que el ministerio público de Jesús comenzó después de su bautismo, así ha de ser con el pueblo de Dios. Nuestro bautismo es el mismo llamado que Jesús hizo a esos primeros discípulos a quienes invitó a ser pescadores de hombres. Hay muchas realidades que transformar, muchos “demonios” que expulsar, muchas personas por liberar, muchas realidades por cambiar. Nuestro compromiso de fe con Jesús y unos con otros, es de afirmar las palabras de la Biblia y a poner esas enseñanzas en acción, como Jesús mismo lo hizo.

Hermanos y hermanas, vivamos centrados en la divina autoridad de Jesús y seamos fieles a esa autoridad revelada en sus palabras y también en sus obras.

 El Rvdo. RICHARD ACOSTA RODRÍGUEZ es diácono en la iglesia de San Pedro, Diócesis de Colombia, es el Registrador Diocesano, profesor del Centro de Estudios Teológicos, doctor en Teología y docente universitario.

Tercer Domingo después de la Epifanía – Año B

Jonás 3:1–5, 10, Salmo 62:6–14, 1 Corintios 7:29–31, San Marcos 1:14–20

¡Cómo vuela el tiempo! Hace poco menos de un mes con luces, villancicos, alegría, reuniones en familia y en comunidad celebramos la Natividad del Señor, la llegada de Enmanuel – Dios con nosotros. Esa llegada de Jesús al mundo es el amor infinito de Dios que tomó nuestra condición humana y vino a vivir entre nosotros. Hace veinte días también celebramos la Epifanía. Ese es el día en que San Mateo describe cómo los tres sabios de Oriente, estudiantes de las estrellas y a quienes los conocemos como los Tres Santos Reyes, fueron guiados a Jesús por la estrella que iba delante de ellos. Llenos de gozo al encontrar al niño Jesús y a su madre María, le rindieron homenaje, le ofrecieron oro, incienso y mirra y lo reconocieron como Dios, Hombre y Rey.

En este tercer domingo después de la Epifanía, Jesús está en Galilea donde comienza su vida pública. Su mensaje nos revela quién es Jesús al proclamarle al mundo: “Ya se cumplió el plazo señalado y el reino de Dios está cerca. Vuélvanse a Dios y acepten con fe sus buenas noticias”.

De nuevo como lo escuchamos el domingo pasado, los evangelistas nos describen lo que fue el llamado de Jesús a los pescadores que echaban sus redes en el lago de Galilea. Jesús llamó a esos discípulos y continúa llamándonos de muchas maneras hoy día.  Su llamado es poderoso, transformador y constante. Ese llamado está presente en cada momento; sólo requiere que uno responda. Ese “síganme” que sale de la boca de Jesús es un llamado universal, se trata de un llamado a descubrir la vocación de cada uno de nosotros a explorar las maneras de servir al mundo.

Cuando hablamos del término vocación, creemos que se refiere solamente a las personas que han sido llamadas al ministerio ordenado o a la vida religiosa: diáconos, presbíteros, obispos, y nuestros hermanos y hermanas que pertenecen a comunidades religiosas. No, no es así. La vocación cristiana va más allá, no aplica solamente a esas vocaciones a las sagradas órdenes, sino que abarca todas aquellas vocaciones que, por el bautismo, los fieles en nuestras comunidades de fe descubren como miembros del Cuerpo de Cristo.

Detengámonos a considerar por un momento lo que significa responder al llamado de seguir a Jesús. Seguir a Jesús significa seguirlo comprometiéndonos a lo que se nos presente en ese camino. Pensemos en los pescadores del lago de Galilea, los personajes principales del Evangelio de hoy. El texto nos dice que Simón y su hermano Andrés lo siguieron, también Santiago y Juan, hijos de Salomé y de Zebedeo. Al escuchar la palabra “síganme”, toda su vida se detuvo. Tan monumental debe haber sido lo que vieron y sintieron estos hombres en lo más profundo de su ser, que sin preguntar ni detenerse a dialogar, lo dejaron todo y emprendieron un camino incierto, desconocido, confiando en las palabras que les decía: “y yo haré que ustedes sean pescadores de hombres”.

Si reflexionamos en lo que conlleva transformar el espíritu de un individuo a seguir al Cristo que hoy día reconocemos como Salvador y Redentor, veremos que nos quedamos cortos en la descripción del gran llamado que nos sigue haciendo Jesús a amar y a servir al prójimo. Estos pescadores, que desde muy jóvenes se dedicaban a la única vocación que conocían, cambiaron el rumbo de sus vidas para seguir a un hombre, Dios y humano. Y no iban solos. Iban acompañados de otros, porque Jesús no llamó a un solo individuo, sino que llamó a hombres y a mujeres, y caminando junto a ellos, se les reveló como el Hijo de Dios. Poco a poco lo fueron conociendo y poco a poco confiaron en ese ser divino y humano, y en sus enseñanzas.

Hoy y aquí mismo como lo hizo en el lago de Galilea, Jesús nos llama para que dejemos lo superficial y nos enfoquemos en lo esencial. Que nos enfoquemos en el servicio a Dios y a su creación. Dejar todo lo superficial para seguir a Jesús no quiere decir que tenemos que abandonar nuestros hogares, nuestra familia y nuestras responsabilidades para seguir un grupo a los lugares más apartados del mundo, ni para anunciar las buenas noticias del Reino de Dios. Se trata de abrir nuestros corazones y de estar dispuestos a conocer, relacionarnos y caminar con otras personas para verdaderamente llegar a conocer quién es Jesús reflejado en ellas y a través de nuestras acciones.

El primer llamado que Dios nos ha hecho ha sido el llamado a la existencia. Luego, Dios nos llama a vivir con gozo como servidores y servidoras de nuestro prójimo. Dios nos llama a una existencia de felicidad.  Si decimos que Dios nos ha llamado como cristianos a seguirle, entonces podemos decir que la verdadera felicidad del cristiano está en seguir a Jesús, servirle a Él y a la creación de Dios, con alegría y convicción.

Creemos en Jesús, no solamente por lo que aprendimos desde niños, sino también por lo que compartimos en nuestros caminos cristianos. La alegría de seguir a Jesús nos ha de transformar y alentar a invitar a otras personas a la fiesta Eucarística que nos llena el espíritu y que alienta nuestra esperanza. Nos ha de llevar a pensar en las hermanas y hermanos que están lejos, y a los que están a nuestro alrededor en la comunidad. Seguir a Jesús nos impulsa a compartir el gozo que nos da el Espíritu Santo.

Hermanos y hermanas, veamos cómo nuestras acciones en la vida diaria nos convierten en heraldos de la luz que es Jesús. Roguemos al Señor que nos ayude a reconocer su presencia en nuestra vida, que la transforme, que nos anime y ayude a vivir en comunidad sin exclusión, invitando a otros a seguirle y amarle. De esta manera ayudamos a cimentar el reino de Dios entre nosotras y nosotros.

El Rvdo. Nelson Serrano Poveda es Diácono en Transición de la Diócesis Episcopal de Colombia, adscrito a la Parroquia el Divino Salvador en la ciudad de Bogotá, y miembro del Equipo Coordinador del Centro de Estudios Teológicos de la misma Diócesis.  Actualmente apoya el desarrollo de algunos proyectos de los Ministerios Latinos.

Segundo domingo después de la Epifanía -Año B

1 Samuel 3:1-10(11-20), Salmo 139: 1-5, 12-17, 1 Corintios 6:12-20, San Juan 1:43-51

Las lecturas de hoy se encadenan una tras otra logrando que nuestro ser se llene no solo de admiración ante la omnipotencia y sabiduría divina, sino de profunda gratitud, y gozo interior al escuchar los deseos de Dios para con nosotros y nosotras sus amadas criaturas.

La lectura proveniente del primer libro de Samuel nos muestra a Dios llamándonos por nuestro nombre no solo una vez, sino dos y tres veces esperando nuestra respuesta como la del joven Samuel: “Habla que tu siervo escucha”. Escuchamos que Samuel servía al Señor -a Yavé, bajo la tutela de Elí, el sacerdote encargado del llamado El Lugar Santísimo del Tabernáculo en el centro religioso de Siló. Allí se encontraba el Arca de Dios. El Arca de Dios era una caja hecha de madera de acacia completamente cubierta en oro. Medía cuatro pies de largo, dos y medio pies de ancho y de alto. Tenía una tapa hecha de oro llamada “propiciatorio” Encima de la tapa había dos querubines uno en frente del otro cuyas alas tapaban el propiciatorio completamente. Esta era el Arca que había acompañado al pueblo de Israel desde su éxodo, a través del desierto. En ella se conservaban las tablas de piedra donde Moisés escribió los Diez Mandamientos. En esa época se postraban ante ese santuario, muchas familias de peregrinos que venían a ofrecer sacrificios de animales y a pagar promesas. El padre de familia se encargaba de ofrecer los sacrificios.

El joven Samuel a quien Dios llama tres veces por su nombre, es el hijo de Ana, una mujer estéril a quien Dios le escuchó después de que, con fe profunda, por mucho tiempo, día tras día iba a postrarse a la entrada del templo para elevar oraciones y lamentos insistentes, constantes y fervientes rogándole le concediera el milagro de concebir y dar a luz a un hijo. Cuando terminó de amamantar a Samuel, Ana ofreció a su único hijo para que pasara el resto de su vida al servicio de Yavé. Dice la lectura: “Samuel creció, y el Señor lo ayudó y no dejó de cumplir ninguna de sus promesas”. Samuel fue gran gobernador y profeta.

Muchos de nosotros y nosotras hemos escuchado que alguien nos llama por nuestro nombre y al responder y preguntar quién nos ha llamado, como le sucedió a Samuel, nos damos cuenta de que nadie que esté cerca nos ha llamado. La experiencia nos causa sorpresa y nos preguntamos por qué escuchamos lo que escuchamos. Aunque verificamos que nadie nos llamó, el eco de esa voz que escuchamos nos queda grabado y nos pone a pensar en que tal vez hay un mensaje importante que se nos está tratando de comunicar, o si reflexionamos y creemos en el llamado que Dios nos hace a todos sus hijos e hijas ¿no será que se trata de Dios llamándonos como lo hizo con Samuel? ¿Cuál sería nuestra respuesta?

Si creemos que Dios ha pronunciado nuestro nombre y si el sentimiento nos embarga y tal vez no lo podemos expresar con las palabras “Estoy aquí”, los versos del salmo de hoy pueden ser nuestra mejor respuesta al llamado que Dios a servir a su pueblo: “Oh Señor, tú me has probado y conocido; conoces mi sentarme y mi levantarme; percibes de lejos mis pensamientos. Observas mis viajes y mis lugares de reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Aún no está la palabra en mis labios, y he aquí, oh Señor, tú la conoces. Me rodeas delante y detrás, y sobre mí pones tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; sublime es, y no lo puedo alcanzar”.

Es cierto, aquel que nos creó conoce todo sobre nosotros y de nosotras. Su presencia por doquier es permanente; una dulce compañía que nos rodea por completo y con ternura. Dios observa lo que hacemos, los caminos y lugares que recorremos y hasta donde nos detenemos a descansar. Hemos de convencernos que Dios conoce nuestras palabras antes que las pronunciemos y creer, como dice el profeta Jeremías, que nos ha conocido mucho antes de formarnos en el vientre de nuestras madres de la misma manera que le sucedió a Jesús con María.

Con ese completo, profundo, maravilloso y sublime conocimiento que Dios tiene de nosotros y nosotras, nuestra respuesta a su Hijo Jesús de seguirlo también será inmediata como fue la respuesta de los pescadores del lago de Galilea del evangelio de Marcos y como fue el reconocimiento de Jesús de parte de Felipe y Natanael del pueblo de Betsaida: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en el libro de la ley, y de quien también escribieron los profetas. Es Jesús, el hijo de José, el de Nazareth”.

Seguir el llamado de Jesús es el llamado a servir como Jesús nos lo muestra con su ejemplo y alimentado por su luz. Es tener la misma mente que Cristo y siempre identificarnos con los más humildes como Pablo les aconseja a los Filipenses. Seguir a Cristo es también como Pablo les indica a los efesios: revestirse con la armadura de Dios. Esa armadura es espiritual y se alimenta de la oración a toda hora y en comunidad. Nos ayuda a resistir las tentaciones, a siempre proclamar la verdad, a llevar al mundo el evangelio de la paz y a luchar por la justicia protegidos y protegidas con el escudo de la fe y la palabra de Dios que es la espada del Espíritu Santo. Por último, escuchamos a Pablo aconsejar a los corintios a “honrar a Dios en nuestro cuerpo” porque somos el templo del Espíritu Santo.

Hermanos y hermanas, digamos como nos dice el salmista: “¡Cuán profundos me son Oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán inmensa la suma de ellos! Vivamos esta experiencia de Dios con fe plena y sigamos a Cristo confiados en que lo único que tenemos que hacer es seguirlo, llevados de su mano y entregados al servicio de los que necesitan oír la Buenas Noticias del Reino de Dios, rodeando a los que desean ser reanimados en su fe, salir al mundo a luchar junto con los que claman justicia, servir a toda persona que pida sanación, restaurar su dignidad, y reconciliarse con sus opresores y la opresión de este mundo, ir al mundo a sembrar la paz entre nuestras comunidades y nuestros pueblos.

¡Salgamos al mundo a amar y a servir al Señor!

Primer domingo después de la Epifanía – El Bautismo del Señor – Año B

Génesis 1:1-5, Salmo 29, Hechos 19:1-7, Marcos 1:4-11

Una tarde soleada, cálida y placentera, Carlitos, el primogénito de la familia Cortés jugaba con su gatito mientras su madre lo observaba desde la ventana de la cocina. La madre del niño sonreía feliz. Era la primera vez que su hijo jugaba y disfrutaba de la naturaleza y del patio de su nuevo hogar. Al poco rato vio que su hijo estaba sacando las sillas del comedor y las estaba poniendo en fila, una detrás de la otra. Parecía que estaba preparando una especie de escenario. Cuando la madre le preguntó: “¿Qué haces hijo?” Carlitos contestó con entusiasmo: “Estoy jugando a que soy sacerdote y Rufito es el primer miembro de la iglesia”. A la madre le pareció gracioso lo que escuchó.

Todo iba muy bien, hasta que el gato empezó a emitir chillidos muy extraños. La madre corrió al patio para ver lo que ocurría. El niño había llenado un cubo con agua y estaba tratando de meter a Rufito dentro del cubo. Alarmada la madre le preguntó al hijo, “¿Qué estás haciendo?”. El chico le contestó: “Mamá, si Rufito quiere ser miembro de esta iglesia, tiene que bautizarse. No hay de otra. Tiene que comprender lo que significa ser bautizado y me doy cuenta de que no es fácil”.

En nuestro Libro de Oración Común (LOC) de 1979 entre las páginas 737 y 755 encontramos el Bosquejo de la Fe, comúnmente llamado el Catecismo. En esta catequesis episcopal hay una pregunta sobre quiénes somos los ministros de la Iglesia. La respuesta nombra a los laicos y a las laicas en primer lugar y nos define con el cargo de “representar a Cristo y su Iglesia; dar testimonio de él dondequiera que estén; según los dones que hayan recibido, efectuar la obra reconciliadora de Cristo en el mundo; y ocupar su lugar en la vida, el culto y el gobierno de la Iglesia”. Esto quiere decir que TODOS y TODAS somos ministros de Dios y que empezamos a serlo a través del sacramento del bautismo que recibimos “en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, por el cual “Dios nos adopta como hijos suyos, y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, y herederos del reino de Dios”. Por el sacramento del Santo Bautismo también somos recibidos dentro de la santa familia de Dios, confesamos nuestra fe en Cristo crucificado, proclamamos su resurrección y participamos en su sacerdocio eterno.

Ser bautizados no se puede limitar a un ritual perteneciente a una tradición familiar. El bautismo es el primer sacramento de la vida cristiana. Es el comienzo de una vida nueva en la gracia de Dios que nos transforma para siempre.

El evangelio de hoy, que proviene del primer capítulo de Marcos, nos describe cómo Nuestro Señor Jesucristo inició el bautismo cristiano con su propio bautismo. Es un momento importante en la vida del ministerio de Jesús y en el nuestro. Nuestra jornada de fe comienza con el Santo Bautismo. El bautismo es ese momento sagrado en el cual como ya lo dijimos, comenzamos a llamarnos “hijos de Dios” e “hijas de Dios” y nos hacemos miembros vivos del Cuerpo de Cristo. Con este título de hijos e hijas de Dios vienen responsabilidades, pues no solo nos hacemos herederos del reino, sino también constructores del reino de Dios aquí en la tierra.

Es la misión de la Iglesia comunicarle al mundo del siglo veintiuno que esto de “ser cristianos” y el de “ser bautizados” no es pertenecer a una especie de club social, sino que formamos parte una comunidad de fe entregada al mensaje transformador de Jesús. Como bautizados y bautizadas hemos de dar el ejemplo de lo que significa realmente “ser hijos e hijas de Dios” y todo lo que eso implica para nuestra vida cristiana y nuestra vida en medio del mundo en el que vivimos. Que la gente no nos vea como “esa gente que va a la iglesia”, sino como “los discípulos de Cristo” que luchamos por vivir a plenitud, las promesas del bautismo y de nuestro pacto bautismal.

Recuerdo un joven de una familia cristiana que visitaba la iglesia solamente durante las fiestas especiales, mayormente para la Navidad y la Pascua de Resurrección. En una de esas celebraciones el joven se encontró con la rectora a la salida del servicio.  La reverenda lo saludó con mucho cariño y discretamente le preguntó: “¿Cuándo te voy a ver más a menudo aquí en la iglesia?” El joven le contestó tímidamente: “Pues sí, estoy pensando en eso”. Al ver que el joven no mostraba mucho interés en continuar la conversación, la sacerdote no se dio por vencida y le preguntó: “¿Te gustaría unirte al grupo de jóvenes que está explorando su discipulado como discípulos de Cristo?” El joven no sabía qué contestar. Después de una larga pausa, él dijo, “Reverenda, la verdad es que soy un hombre de poca fe”.

Aunque, como el joven y muchas personas y hasta muchos de nosotros mismos, nos llamemos personas de poca fe, cualquier gesto o acción que hagamos de corazón muestra nuestros valores de fe y nuestro llamado como cristianos.

Hermanos y hermanas, sigamos viviendo nuestro bautismo ya que nuestros tiempos exigen un compromiso de fe cada vez más visible e impactante. Nuestro testimonio como bautizados tiene que ser constante, comprometido y entregado. Dios nos llama a una vida centrada en su Hijo Cristo. Esta vida de “hijos e hijas de Dios” y de “bautizados y bautizadas en Cristo” requiere que hagamos lo posible por vivir interesados en las cosas de Dios y ser los constructores de un mundo más humano, menos violento, más tolerante a las diferencias, y más abierto a lo que el Creador quiere para el mundo – la verdadera felicidad, la justicia y la paz.

El compromiso de bautizados debe retarnos día tras día a ser más como Jesús y hacer de nuestras iglesias y comunidades un lugar donde todos encontremos el amor transformador de Cristo a través de cada uno de nosotros y nosotras. De esta manera, el Santo Bautismo y el ser “bautizados” dejará de ser una simple tradición y será realmente una forma de vivir la vida en Cristo.

Que la luz de la Epifanía nos guíe en nuestro deseo de vivir – cada día –  las promesas de nuestro bautismo y confiar como lo canta el salmista en que: “El señor dará fortaleza a su pueblo; el Señor bendecirá a su pueblo con la paz”.

 

El Muy Reverendo Dr. Alberto R. Cutié, es rector de la Iglesia de Saint Benedict en Plantation, Florida y autor de “Talking God: Preaching to Contemporary Congregations (Church Publishing). Es sacerdote en la Diócesis Episcopal del Sureste de la Florida, donde también sirve como Dean de Broward County.

Último Domingo después de la Epifanía (B) – 2015

Nuestra familia global

15 de febrero de 2015

2 Reyes 2:1-12; Salmo 50:1-6; 2 Corintios 4:3-6; Marcos 9:2-9.

Hoy, el último domingo después de Epifanía, la Iglesia Episcopal celebra el Día Mundial de las Misiones. Hoy es el día en que se nos pide celebrar que somos una iglesia misionera. Hoy es el día cuando todos estamos llamados, a través de nuestros votos bautismales, a buscar y servir a Cristo en todas las personas y respetar la dignidad de todo ser humano, a continuar en las enseñanzas de los apóstoles y proclamar, por medio de la palabra y el ejemplo, las Buenas Nuevas de Dios en Cristo.

Hoy es un día en que recordamos que mediante nuestro bautismo renacemos en la familia de Cristo, como hijos de Dios.

En la lectura del evangelio de hoy, se nos recuerda la divinidad de Cristo como el Hijo de Dios, y por lo tanto, se nos recuerda nuestra relación con Dios, como hijos de Dios y hermanos y hermanas en Cristo. Una razón por la que el Día Mundial de las Misiones es importante es que se nos recuerda que, como hijos de Dios, formamos parte de una familia global y somos mutuamente responsables unos de otros.

En 1963, 16 mil anglicanos de todo el mundo se reunieron en un Congreso Anglicano para discutir asuntos del ministerio mutuo, y vivir en la creencia de que la Comunión Anglicana es una sola familia, interdependientes mutuamente unos de otros.

Este congreso tuvo problemas con las cuestiones de la interdependencia en un mundo económicamente desigual. El congreso habló de alejarse de la idea de dar y recibir, y en su lugar centrarse en la igualdad, la interdependencia y la responsabilidad mutua. El congreso trató de la necesidad de examinar rigurosamente el sentido en que usamos la palabra “misión” en la descripción de hacer algo por los demás.

Tal vez uno de los comentarios más reveladores en el documento final es: “La misión no es la bondad de los afortunados sobre los desafortunados; es la obediencia mutua y unida al único Dios, de quien es la misión. La forma de vivir de la Iglesia debe reflejar eso”.

Si realmente creemos que somos hijos de Dios y hermanos y hermanas en Cristo, entonces tenemos una responsabilidad más profunda, no sólo hacia nuestra familia de nacimiento, sino también hacia nuestros hermanos y hermanas de todo el mundo.

Vemos atisbos de esta conexión, a menudo en momentos de tragedia. El 15 de abril de 2014, cuando Boko Haram secuestró a más de 270 niñas de una escuela secundaria en Chibok, Nigeria, hubo una protesta en todo el mundo, y vimos que muchas personas formaron parte de la campaña “Devuélvannos a nuestras hijas” [#BringBackOur Girls], incluyendo a la Primera Dama Michelle Obama. El grito fue: “Devuélvannos a nuestras niñas”, no a “esas” niñas o a “sus” niñas, sino a “nuestras” niñas.

Más recientemente, después de los ataques terroristas en París, la comunidad mundial se unió de nuevo, anunciando “Je suis Charlie” – “Yo soy Charlie” – para demostrar solidaridad con el personal asesinado del periódico satírico francés Charlie Hebdo.

Hay momentos en nuestra conciencia colectiva, cuando sabemos que todos estamos conectados íntimamente, y formamos parte de la misma comunidad global y que somos hijos de Dios. Dentro de la Iglesia, muchas personas experimentan esto durante las principales fiestas y estaciones del año, cuando podemos sentir las oraciones de millones de personas durante Cuaresma o Pascua o Navidad. Lo maravilloso de ser episcopal y miembro de la Comunión Anglicana mundial es que también sabemos que estamos conectados por el Libro de Oración Común, en el que, aunque ha sido adaptado culturalmente y escrito en muchos idiomas, nuestras oraciones fundacionales son las mismas, y las hacen más de 80 millones de personas en todo el mundo todos los domingos.

¿Cómo se vería si este sentido de unidad, esta sensación de formar parte de una familia global fuera algo que se sintiera de manera más regular e íntima?

La Iglesia Episcopal es una iglesia misionera; nuestro nombre oficial corporativo declara que somos la Sociedad Misionera Doméstica y Extranjera. Nuestro Pacto Bautismal declara que creemos en lo que decimos, y vamos a obrar en la forma en que lo decimos.

La Iglesia Episcopal continúa enviando misioneros a todo el mundo, jóvenes y gente de joven corazón. Con el Cuerpo de Servicio de Jóvenes Adultos existe una oportunidad para aquellos entre las edades de 21 y 30 años de viajar a otra parte del cuerpo de Cristo y ver al Espíritu Santo moviéndose alrededor del mundo. La Iglesia Episcopal también ofrece oportunidades para que los adultos sirvan en toda la Comunión Anglicana.

Mientras que nuestras parroquias, diócesis y denominación envían misioneros a todo el mundo, todos estamos llamados a participar en este ministerio. Todos estamos llamados a orar juntos, a apoyar mutuamente, a abogar por, a estar con, a compartir historias con, a escuchar, y a adorar juntos con nuestros hermanos y hermanas de todo el mundo.

Como se nos recordó en el congreso de 1963, “no misionamos a otros o para otros”. La misión no es una actividad en la que alguien es “enviado” y “recibido”, la misión no consiste en la bondad de los afortunados sobre los desafortunados, o en dar un poco de nuestro exceso. La misión es estar en una relación recíproca plena e interdependiente, en la que reconocemos que somos sangre de la misma sangre, carne de la misma carne.

Cuando una persona sufre, todos sufrimos. Cuando una persona no es capaz de vivir plenamente en su humanidad, debido a la falta de derechos humanos, entonces todos sufrimos.

Mientras vemos atisbos de esta conexión en momentos de gran alegría y en momentos de gran tristeza, nuestro reto es ver esta conexión cada momento de cada día. El reto consiste en sentir esta conexión con nuestras hermanas y hermanos cuando estamos inmersos en nuestra vida diaria, ya sea comprando café a precio justo o cabildeando por la igualdad de oportunidades y mejores condiciones de vida para los que trabajan en las fábricas de todo el mundo haciendo la ropa que vestimos.

El Día Mundial de las Misiones nos recuerda que todos estamos íntimamente conectados entre sí. Las niñas que fueron secuestradas en Nigeria son nuestras hermanas e hijas. Las familias que viven hambrientas en Sudán forman parte de nuestra familia. Los niños que no pueden ir a la escuela en el África occidental debido al Ébola son nuestros hijos, al igual que son parte de nuestra carne y sangre, como nuestras familias en casa.

Nuestro reto, de cada día de cada semana, es ¿cómo vivimos en esta “realidad cristiana” de la vida? ¿Cómo vivimos fielmente nuestros votos bautismales? ¿Cómo podemos aprender a ser una comunidad global como Dios quiere que vivamos?

En un nivel práctico, sin duda podemos estar más informados:

  • Podemos escuchar las noticias de todo el mundo y estar educados acerca de nuestros hermanos y hermanas que sufren.
  • Podemos aprender del trabajo de los misioneros de la Iglesia Episcopal a través de su sitio web.
  • Podemos abogar por los pobres y conectar con la Red Episcopal de Políticas Públicas.
  • Podemos donar a través de la Agencia Episcopal de Ayuda y Desarrollo.
  • Podemos orar por nuestros hermanos y hermanas.
  • Podemos visitar, compartir nuestras historias y escuchar las historias de los demás.

Levantando pancartas y declarando nuestra solidaridad con los demás en momentos de crisis demostramos nuestra unidad en conjunto y es importante que lo hagamos. También estamos invitados por Dios a elevar los corazones, las mentes y nuestro ser para conectar con nuestra familia global.

Hoy es el Día Mundial de las Misiones; se nos invita a vivir nuestros votos bautismales y a participar concretamente en las relaciones mutuas e interdependientes con nuestros hermanos y hermanas de todo el mundo.

 

— El Rvdo. David Copley es oficial de la Iglesia Episcopal para el Personal de la Misión. Fue misionero en Liberia y Bolivia y sacerdote en la Diócesis del Sur de Virginia antes de aceptar su cargo actual.

5 Epifanía (B) – 2015

8 de febrero de 2015

Isaías 40:21-31; Salmo 147:1-12, 21c; 1 Corintios 9:16-23; Marcos 1:29-39.

Oh Dios de inmutable poder y eterna luz: mira favorablemente a toda tu Iglesia, ese maravilloso y sagrado misterio; por el eficaz trabajo de tu providencia, lleva a cabo en tranquilidad el plan de salvación; deja que todo el mundo vea y sepa que las cosas que han sido abatidas están siendo levantadas, y las cosas que habían envejecido se están renovando, y que todas las cosas se están llevando a su perfección por él, a través de quien todas las cosas fueron hechas, tu Hijo Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, un solo Dios, para siempre jamás. Amén. (Libro de Oración Común, página 528).

Por la historia podemos apreciar que, con el paso del tiempo y de acuerdo a los adelantos científicos, sociales y tecnológicos, la Iglesia se ha ido ajustando a dichos cambios con el propósito de ser más eficiente en la proclamación del reino de Dios.

La primera carta a los corintios nos muestra que ya Pablo tuvo ese mismo pensamiento de cambio, de utilizar las oportunidades para ejercer su ministerio de una manera más eficiente. “Aunque no soy esclavo de nadie, me he hecho esclavo de todos, a fin de ganar para Cristo el mayor número de personas. Cuando estoy entre los judíos me vuelvo como un judío, para ganarlos a ellos. … Por otra parte, para ganar a los que no viven bajo la ley de Moisés, me vuelvo como uno de ellos. … Cuando estoy con los que son débiles en la fe, me vuelvo débil como uno de ellos, para ganarlos también. … Hago todo esto por Cusa del mensaje de salvación.” (1 Corintios 9:19-23).

En la 77ª Convención General se aprobó la formación de un grupo de trabajo para “La re-imaginación de la Iglesia Episcopal”. Este equipo de personas ha trabajado arduamente y ha escrito un documento de “Propuestas y Recomendaciones a la 78ª Convención General” que tendrá lugar en el verano de este año 2015. Las lecturas correspondientes a este domingo tienen una conexión directa con esta propuesta, por lo que no podemos desperdiciar la oportunidad para sacarle provecho en nuestro ministerio de evangelización.

Las estrategias sugeridas en el documento son extraordinarias y nos instan a aprovechar cada oportunidad para traer más personas a los pies de Jesús. La Iglesia Episcopal tiene el reto de adecuar su evangelización mediante el uso de nuevas estrategias en la medida del ritmo que nos marca el siglo XXI.

La música es una expresión de arte y para llegar a ser un bailarín profesional se necesita estar bien conectado(a) con la música; hay que sentirla, hay que vivirla para poder transmitirla. Comencemos a llevar el evangelio con arte, con alegría, con pasión. Debemos adaptarnos a los cambios para que podamos evolucionar. Si no evolucionamos, no crecemos, no avanzamos. La Iglesia no puede quedarse adormecida y rezagada; al contrario, debe ir a la vanguardia de los tiempos y de los cambios, para que su mensaje sea efectivo, atractivo, convincente y que le transmita a los hijos e hijas de Dios el hermoso plan de salvación que Jesucristo les ofrece.

El apóstol Pablo nos exhorta a vivir los cambios y a hacernos como los demás, con el propósito de ganarlos para Cristo. Estamos viviendo en la época de la tecnología y tenemos que aprovechar todos los recursos disponibles haciendo buen uso de ellos para llevar el mensaje de salvación.

Sacar a la luz a los que están en la oscuridad, despertar a los que están dormidos, ser uno de ellos y vivir con ellos su realidad; de modo que el Cristo que les presentamos se identifique con cada una de las personas que tocamos, ya sea a través de la palabra hablada o mediante nuestras obras, con una buena conducta.

No nos olvidemos de estar conectados al Maestro de Galilea para que podamos comunicar el mensaje, pues solamente con el uso de la tecnología no lo lograremos; la tecnología es un medio que puede ser usado adecuada o inadecuadamente. Ante todo, lo más importante es estar conectados a la raíz, a la esencia, que es Jesucristo nuestro Señor.

No olvidemos el método del Maestro, como dice el evangelio de Marcos 1:38: “Vamos a los otros lugares cercanos, a anunciar también allí el mensaje; porque para esto he salido”. Es decir, que la Iglesia no está encerrada entre cuatro paredes, la Iglesia está en la calle, en la fábrica, en el restaurante, en la lavandería, en la tiendita; en todas partes donde habita el pueblo de Dios. Vamos pues a llevar el evangelio de salvación. Jesús nos dice hoy cómo debemos ejercer la misión que nos ha encomendado y para la cual nos ha escogido. Vayamos a convivir con los más desposeídos, los menos afortunados, los desvalidos, los oprimidos, los que carecen de pan, de abrigo, los encarcelados, los que no tienen esperanzas los que buscan de paz.

Muchos misioneros hispanos en Estados Unidos han traído como parte de su equipaje un método de evangelización que les ha dado muy buenos resultados. Al igual que Jesús nos habla hoy en su evangelio; ellos siempre, o muy frecuentemente, están en las calles, llevando grupos de oración, visitando a los enfermos, llevando pan a los sin hogar, compartiendo lo que tienen con los desamparados y llevándoles esperanza. No debemos tener miedo, pues el Señor nos dice: “Pero los que confían en el Señor tendrán siempre nuevas fuerzas, y podrán volar como las águilas, podrán correr sin cansarse y caminar sin fatigarse” (Isaías 40:31).

“Para mí no es un motivo de orgullo predicar el mensaje de salvación, porque lo considero una obligación ineludible. ¡Y ay de mi si no lo predico!” (1Corintios 9:16). Dios nos llama a servirle a través de los demás, a llevar su mensaje de paz y amor, a buscar las ovejas perdidas, a compartir su gracia y su misericordia, a ser compasivos, tolerantes, agradecidos, a perdonar, a ser amables y respetuosos y, sobre todo, a conocerle, amarle y servirle.

Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo nos bendiga y nos dé su paz.

 

— La Rev. Mercedes Julián misionera hispana en la Iglesia de la Ascensión , Cranston, Diócesis de Rhode Island.

La Presentación del Señor (A,B,C) – 2015

2 de febrero de 2015

Malaquías 3:1-4; Salmo 84 o Salmo 24:7-10; Hebreos 2:14-18; Lucas 2:22-40.

La fiesta de la Presentación de Jesús en el templo tuvo su origen en Jerusalén hacia el siglo IV y se celebraba según la narración del evangelio de san Lucas. Cuando más tarde esta fiesta se extendió por Siria, hacia el siglo VI, recibió el nombre de “encuentro” entre Simeón y Jesús, según el versículo 28 del evangelio de hoy.

Hacia el año 750, en las Galias, lo que hoy es Francia, tomó el nombre de “Purificación de la Virgen María”, título que se conservó hasta l969. En Roma, donde la misa tenía lugar al alba, el papa Sergio I (687-701) hizo que a la misa le precediera una procesión en la que todos llevaban un cirio; de ahí el nombre popular de “la Candelaria”.

La denominación actual de “Presentación del Señor en el templo” se ajusta más al evangelio y a la práctica original celebrada en Jerusalén. Además se vincula más al misterio de la encarnación del Hijo de Dios.

Tras esta breve reseña histórica pasamos ahora a ver su origen y significado teológico. La costumbre de la “Presentación” nos recuerda la ley judía (Éxodo 13:1-2. 15) que mandaba consagrar a Dios a todo primogénito en memoria de la liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto, cuando los primogénitos varones egipcios murieron y los de los israelitas se salvaron.

Malaquías, el último en la lista de los profetas escritores, predice, de nuevo, la venida del anunciado en multitud de ocasiones por todos los profetas. Y anuncia dos venidas: la de un mensajero encargado de preparar al pueblo de Dios para el encuentro con su Señor, y la venida repentina del Señor mismo “a su Templo”. Al entrar en el templo, Cristo inaugura el tiempo de la purificación decisiva del sacerdocio y del pueblo entero, el del culto en espíritu y verdad.

San Pablo, en la carta a los hebreos, afirma que Jesús, el Mesías, “tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere” de esta manera se convierte en el verdadero “Mediador”, auténtico “puente” “pontifex” entre Dios y los seres humanos. Y como él pasó por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasamos por ella.

En el evangelio, san Lucas nos describe cómo Jesús es presentado en el templo por sus padres, de acuerdo con la prescripciones de la ley (Éxodo 13: 1-2.15). En realidad, es el último mensajero de Dios que viene a su Templo, como reconoce el anciano Simeón. En el Espíritu Santo, Simeón discierne que este niño, aparentemente igual que todos los demás, es aquel a quien anunciaron los profetas, primogénito de una multitud de rescatados, “luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo Israel”.

“El padre y la madre estaban admirados de lo que [Simeón] decía acerca del niño”. María sufriría más que nadie, en lo profundo de su ser, en su corazón, viendo que muchos rechazaron esta luz.

Al canto de alabanza y a la alegría de Simeón se une una mujer, también ella anciana, que se convierte en la primera mensajera de la buena noticia de la venida del Salvador, como otras mujeres lo serán de la resurrección.

Finalmente, el evangelio nos dice mucho en el último versículo: “El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba”. Posteriormente, Jesús demostrará en su vida toda la sabiduría divina que brotaba de él. Y no podía ser de otra manera, pues Dios lo acompañó siempre.

Muchos hispanos siguen practicando esta bella costumbre de presentar a sus hijos en el templo, para que desde los primeros pasos de sus vidas queden consagrados a Dios.

Esta costumbre bíblica es diferente a la otra “presentación”, de niños de tres años. En esta ocasión de trata de una acción de gracias porque los niños han superado el período difícil que va del nacimiento a los tres años. Época en que muchos niños mueren en países pobres. Costumbre ésta, también bíblica. Los primeros vestigios bíblicos los encontramos en el Génesis, cuando Abraham y Sara, todavía asombrados por haber tenido un hijo en la ancianidad, dan gracias a Dios y ofrecen un banquete cuando destetan a Isaac, a los tres años (Génesis 21:1-8).

Todas estas prácticas bíblicas y religiosas, lo que buscan es mantenernos constantemente en relación con la divinidad, para que aparezcamos ante Dios siempre con corazones puros y limpios.

 

— El Rvdo. Isaías A. Rodríguez, es oriundo de España, llegó a este país en 1974 y pertenece a la Diócesis de Atlanta.

4 Epifanía (B) – 2015

1 de febrero de 2015

Deuteronomio 18:15-20; Salmo 111; 1 Corintios 8:1-13; Marcos 1:21-28.

En este cuarto domingo después de la Epifanía los versos del salmo 111 marcan el tono jubiloso de los que celebramos la manifestación del amor de Dios en la enseñanza y las obras de Jesucristo: ¡Aleluya! ¡Grandes son las obras del Señor! Son dignas de estudio para los que las aman. Su obra está llena de esplendor y majestad, y su benevolencia permanece para siempre. Ha hecho memorables sus maravillas; clemente y compasivo es el Señor. La Iglesia de Cristo canta con gozo porque en su compasión, el Señor obra a favor de su pueblo y se acuerda de las promesas que ha hecho con nosotros.

Al leer la Biblia, nos damos cuenta de que en el transcurso de la historia sagrada, Dios va concretando sus promesas a su pueblo por medio de una serie de pactos o alianzas que culminan con la alianza eterna de Jesucristo en el Nuevo Testamento. En el monte Sinaí el Señor concretó su alianza con Israel por medio de su siervo Moisés. Prometió ser su Dios y ellos prometieron ser su pueblo fiel. Sin embargo, Moisés ni siquiera había bajado de la montaña cuando todo el pueblo violó al pacto con la adoración del becerro de oro. Fue una escena espantosa. En reacción a la justa ira de Dios, los hebreos pidieron que el Señor sólo les hablase por medio de Moisés como su intermediario.

El Señor entregó la ley, conocida como la Torá, a Moisés como señal del pacto con Israel y para que se la enseñara al pueblo en su nombre. En vista de que algún día Moisés moriría, el Señor le hizo comunicar esta promesa que encontramos en el libro de Deuteronomio: “El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo, lo hará surgir de entre ustedes, de entre sus hermanos, y es a él a quién escucharán”. Dios prometió enviar un profeta y pastor para guiar a su pueblo, un líder justo y definitivo para hablar al pueblo en nombre de Dios y ser su intermediario ante del trono divino.

Hasta la llegada de Jesucristo todos los asuntos del pueblo de Israel se regían por la ley, pues tenía la autoridad de Moisés que había hablado con Dios. Surgieron muchos líderes, caudillos, jueces, reyes y profetas, hombres y mujeres muy buenos de quienes leemos en el Antiguo Testamento, pero nadie gozaba de la autoridad que tenía Moisés. Durante siglos nadie llegó a la altura de la expectativa del líder definitivo prometido por Dios en el monte Sinaí hasta que Dios en su fidelidad envió a su Hijo.

En uno de los primeros actos de su ministerio público, el Señor Jesucristo se presentó delante del pueblo de Dios reunido en la sinagoga de Cafarnaúm y enseñó “con autoridad”. Es decir que enseñó con autoridad propia que fue distinta a la autoridad de los maestros, a los que el evangelista llama “letrados” o “escribas”. Los escribas gozaban de la autoridad que se derivó del estudio de la Torá. Conocían la ley y algunos eran muy doctos en cuanto a las Escrituras de Israel, pero esta autoridad siempre fue el producto de saber lo que Moisés enseñó. Este conocimiento les proveyó cierto prestigio entre la población, pues la ley gobernaba a todas sus actividades diarias.

El conocimiento es importante, bueno, incluso es necesario, pero para Dios el amor es más importante, pues poco sirve el conocimiento – incluso el conocimiento de la Biblia – si no se dirige por el amor de Dios. Como dice san Pablo en la lectura de la primera Carta a los Corintios: “El conocimiento enorgullece, pero el amor edifica”.

Este punto es lo que hace que la llegada de Jesús a Cafarnaúm sea tan interesante. Jesús se ve diferente a otros maestros precisamente porque no sólo repetía la enseñanza de Moisés y la tradición de los escribas. Jesús enseñaba con la autoridad que vino del amor de Dios.

San Marcos no nos relata el contenido del sermón de aquel día en Cafarnaúm, pero podemos suponer que anunció el mismo mensaje – el evangelio del reino de Dios- que había predicado tras el arresto de Juan Bautista: “Arrepiéntanse y crean el evangelio para el perdón de los pecados”. Es un mensaje libertador y poderoso que está en el centro de nuestra fe cristiana, el mensaje que Cristo con su amor nos libera del poder del pecado y nos da una nueva vida.

Lo que demuestra aún más la diferencia entre la autoridad de Cristo y la autoridad de los demás maestros es que Jesús no sólo vino predicando, sino que en su propia persona realizó el reino de Dios en medio de la gente con poder y amor. Orígenes, uno de los Padres de la Iglesia y el intérprete bíblico más importante de la antigüedad, al reflexionar sobre este acontecimiento y otros similares, enseñó que dondequiera que Jesús se halle, allí se encuentra el reino de Dios porque Jesucristo es el reino de Dios hecho carne y hueso, lleno de plenitud, de autoridad y del dominio de Dios.

Cristo actuó con la autoridad de Dios mismo, siendo él, el Hijo de Dios. Mostró esa autoridad con sus hechos; pues, después de predicar las palabras de su sermón, el Señor sanó a un hombre atormentado por un espíritu inmundo. Se trataba de lo que se llama la “posesión” en la cultura popular o lo que los escritores sagrados llaman “endemoniado”. En este caso particular, el espíritu maligno – una fuerza de mal – le provocaba al hombre a convulsionarse y a gritar. Fue un caso terrible y Cristo en su compasión se apiadó de él. El evangelista Marcos nos dice que Jesús habló, calló al espíritu maligno y lo expulsó del hombre. Este pobre hombre que fue tan abatido por el mal quedó sano por la palabra del Señor. Donde hubo discordia y destrucción sembradas por el mal, Dios, en Cristo, instaló la paz y la reconciliación.

Esta sanación fue una señal clara de que Cristo tiene soberanía sobre toda la vida humana y sobre los poderes que lastiman y dañan al pueblo de Dios y que están fuera de nuestro control humano. La gente de la sinagoga reaccionó ante esta obra misericordiosa del Señor y reconoció que Jesús contaba con la autoridad más amplia y más efectiva que se ha conocido en la historia porque, según ellos, hasta los espíritus lo obedecían. No existe nada que esté fuera del alcance y la autoridad de Jesucristo.

Dios se encarnó en la persona de su Hijo Jesucristo para dar a conocer el mensaje de Dios a su pueblo, y para afirmar su alianza eterna. Con su enseñanza y sus hechos de poder, Jesús mostró que vino a cumplir la promesa de Dios de presentar al pastor verdadero para su pueblo, pues quiso con su amor liberar del mal a todos los que confían en él. Al ejercer su autoridad para salvar al hombre atormentado, afirmó que ningún problema humano es más grande que el amor y el poder de Dios. Es un mensaje alentador para nosotros y para todos los que estén de alguna manera llenos de problemas: el Señor es fiel, nos ama y envió a Jesucristo para librarnos del mal y para darnos la vida eterna.

 

 

— El Rvdo. John J. Lynch es rector de Christ the King Episcopal Church en Yorktown, Va.Por varios años sirvió como misionero y clérigo de la Diócesis Episcopal de Honduras. Además de su labor pastoral, el padre Lynch escribe libros y folletos en inglés y español y mantiene el blog “El Cura de Dos Mundos”.