Último domingo después de la Epifanía (A)

Éxodo 24:12-18, Salmo 99, 2 Pedro 1:16-21, Mateo 17: 1-9

Todas las lecturas de hoy hablan de montañas, montañas elevadas, montañas sagradas, como los escritores las describen, al igual que las montañas elevadas y sagradas que rodean a las congregaciones episcopales en los Andes ecuatorianos de América del Sur.

Muchas de estas congregaciones ecuatorianas están en las comunidades indígenas que se encuentran entre los 12,000 y 14,000 pies sobre el nivel del mar. Algunas de estas elevadas comunidades indígenas andinas han formado parte de la Diócesis de Ecuador Central durante décadas, mientras que otras comenzaron a buscar a la Iglesia Episcopal solamente en los últimos años, cuando esas comunidades invitaron a la diócesis a que las acompañaran en su viaje de vida y de fe.

Como ocurrió al inicio de este proceso o camino, la invitación de las comunidades sigue incluyendo el deseo de la presencia intencional y continua de la Iglesia en su vida comunitaria. No solo a través de los sacramentos, que consideran de vital importancia, sino también que la Iglesia sea realmente una compañera en los ciclos naturales de la vida y la muerte, de la siembra y la cosecha, de la alegría y la tristeza.

Y estas comunidades han expresado el deseo no solo de ser acompañadas, sino también de acompañar. Mientras caminamos juntos, creen que tienen mucho que ofrecer de la vida y la fe de sus propias tradiciones culturales y religiosas, de su visión indígena del mundo, de su espiritualidad. Por ejemplo, a medida que crecemos juntos, estos hermanos y hermanas indígenas creen que ofrecen a la Iglesia los dones de un mayor sentido de comunidad, de relaciones más sanas e integrales con el resto de la creación, y la posibilidad de una mejor calidad de vida de nuestra interconexión.

Hay un sentido de reciprocidad en esto cuando estas comunidades y la Diócesis de Ecuador Central juntas buscan ofrecerse a sí mismas y acompañarse mutuamente en formas que permitan que todas sean más transformadas por el Espíritu Santo, mediante el don de estas relaciones.

Las montañas de Ecuador y las relaciones de las comunidades que viven en ellas se relacionan directamente con las lecturas de hoy. Moisés sube al monte con Josué. Jesús pide a Pedro, a Santiago y a Juan que lo acompañen a la montaña. Jesús busca la compañía de los discípulos que le ofrecen el don de su presencia, y él a su vez, después acompaña a los discípulos cuando tienen miedo. Comparten el camino, la conversación. Escuchan juntos. Todos están cambiados. Ni Moisés ni Jesús caminan solos.

Ambos, Moisés y Jesús son transformados, aunque no en una especie de relación vertical, aislados a solas con Dios, como si eso fuera posible. La revelación de Dios, y la respuesta a la misma y el camino de transformación, siempre está mediada por la creación de Dios, tanto de los seres humanos como de los no humanos: la ley de Dios, escrita en tablas de piedra; la montaña y la nube que la cubría; la presencia como de fuego y el rostro resplandeciente como el sol; la voz que llama, y el toque que libera del miedo.

Dios habla y transforma a través de la Tierra y de todo lo que hay en ella, a través de nuestra inherente interconexión, y muy a menudo en relación a nuestra propia apertura a esta interrelación y el Espíritu de Dios dentro de ella.

Ambos, Moisés y Jesús fueron transfigurados, pero no como individuos solitarios. No hay ninguna epifanía privada, ni transfiguración privada, ni transformación privada. Ellos, y nosotros, somos transformados, transfigurados, en comunidad. Cuando Moisés y Jesús llegan a una comprensión más completa de quiénes son en Dios y de los propósitos que Dios tiene para ellos, lo hacen en apertura a una interacción intencional y fortuita con los demás. Necesitan estas relaciones.

Y a medida que nos entregamos más plenamente a Dios, sabemos que nosotros también necesitamos estas relaciones. Entramos en este tiempo de Cuaresma con el deseo de ser transformados, de caminar dentro de una conciencia más plena de los propósitos de Dios para el mundo y de nuestro lugar dentro de estos propósitos.

Y entramos en la Cuaresma también conscientes, en cierto nivel, de que hay inclinaciones dentro de nosotros y dentro de nuestras sociedades que nos separan de Dios y del prójimo, que nos alejan de los propósitos de Dios, que nos desacoplan de la equidad, la justicia y la rectitud de Dios de que habla el Salmo 99. Sabemos que hay inclinaciones dentro de nosotros que nos separan de esa interconexión vital con la creación de Dios y con las comunidades humanas y no humanas; que nos separan de esas relaciones que estamos llamados a mantener, honrar y cultivar.

San Mateo nos dice que, cuando Jesús se transfiguró y habló con Moisés y Elías, Pedro sugirió quedarse allí: “Voy a hacer tres chozas aquí”. Pedro podría tener muchos motivos, pero tal vez uno fuera el deseo natural de hacer de la experiencia de la transformación algo más manejable, menos difícil, más previsible y, para poseerlo de alguna manera y proteger o conservar algo que es fluido por su propia naturaleza.

¡Cuánto más fácil construir una choza, cerrando y conteniendo la experiencia de alguna manera, en vez de ser nosotros la choza, orgánicamente guardando el misterio y el amor y el caos santo que es Dios!

Cuando Pedro estaba hablando, Dios lo interrumpe. Dios les dice a los discípulos, y a nosotros, que tenemos que escuchar a Jesús; que tenemos que seguir escuchándole. Es un proceso continuo, no algo que pueda ser guardado y luego repetido mecánicamente.

Una manera importante de seguir escuchando a Jesús es a través de nosotros mismos; a través de nuestras relaciones con el mundo que nos rodea. Tenemos que seguir caminando por el camino, y “bajar de la montaña”, por así decirlo, y escuchar y ver juntos cómo Dios se nos revela a través de la creación de Dios y a través de nuestra relación mutua como parte de esa creación.

Nuestro llamado a escuchar a Jesús a menudo significa dejar nuestros espacios de confort siguiendo al Dios que habla desde la nube, desde la montaña y la tierra, desde la gran diversidad de la creación y de las culturas y de los pueblos y de las perspectivas dentro de ella, abriéndonos para ver los propósitos de Dios con otros ojos y ser transformados y renovados otra vez.

El programa misionero de la Iglesia Episcopal es una parte de este llamado comunal, de este viaje hacia y dentro de la transfiguración. A través de las múltiples actividades de los misioneros episcopales, tales como: la enseñanza de inglés, el trabajo con refugiados, el ministerio de sanidad, la agricultura rural sostenible, el ministerio universitario, el ser puente entre las iglesias del Norte y del Sur; son las relaciones mantenidas “lejos” y “en casa” las que en conjunto nos ayudan a ver a Dios de nuevo, a ser más transformados, y que nos permiten a todos buscar y servir a Dios en su creación en formas cada vez más amplias y creativas.

Por la gracia de Dios, el trabajo misionero crea y nutre posibilidades de relaciones transformantes y de comunidad, de nuevas maneras de ser. En la misión, se abren caminos a través de los cuales podemos conocernos a nosotros mismos y a nuestro Dios más plenamente. A través de la misión, a través de la comunidad creada en las relaciones transfiguradas, podemos crecer y vivir juntos el amor y la vida abundante que Dios nos ofrece.

Esta semana en el calendario litúrgico, a medida que descendemos de la montaña y entramos en el desierto, comprometámonos a entrar más plenamente en este camino de la transfiguración, de caminar juntos. Este caminar juntos en sí es un icono del reinado de Dios, mostrando visiblemente al mundo quién es Dios. Siguiendo este camino juntos, mediante las vidas de la gente y de las comunidades, podemos mostrar al mundo quién es Dios, como lo hizo Jesús. Hacemos un llamado al mundo al arrepentimiento como lo hizo Jesús. Sanamos al mundo tal como lo hizo Jesús. Por todo ello, Dios nos transforma a todos.

 

El Rvdo. Chris Morck es Sacerdote a Cargo de Grace Church, New Bedford en la diócesis de Massachusetts. Chris ha participado en reuniones del Consejo de Iglesias Europeas, del Consejo Mundial de Iglesias y la Red Ecuménica del Agua. También ha coordinado y ayudado a facilitar talleres sobre soberanía alimentaria con líderes de iglesias indígenas de Ecuador, Perú y Bolivia.

 

 

Inserto para el Boletín: Último domingo después de Epifanía (A)

¿Qué es la Cuaresma?

Hoy es el último domingo después de Epifanía, lo que significa que esta semana la Iglesia comenzará a observar la Cuaresma. El comienzo de la Cuaresma está marcado por el Miércoles de Ceniza, que cae el 1 de marzo de este año.

La temporada cuaresmal de 40 días, que tradicionalmente no incluye los domingos, conmemora los “40 días y 40 noches” (Mateo 4: 2) que Jesús ayunó en el desierto y luego resistió las tentaciones de Satanás.

La temporada ahora conocida como la Cuaresma (de una antigua palabra inglesa que significa “primavera”, el tiempo cuando se alargan los días) tiene una larga historia.

Los primeros cristianos observaron “una temporada de penitencia y ayuno” en preparación para la fiesta pascual, o Pascua (BCP, pp. 182-183).

“The Temptation of Christ,” illustration circa 1411 by the Limbourg Brothers

Originalmente, en los lugares donde la pascua se celebraba un domingo, la fiesta pascual seguía a un ayuno de hasta dos días. En el siglo III este ayuno se alargó a seis días. Finalmente, este ayuno se unió, o cambió, en otro ayuno de cuarenta días, imitando el ayuno de Cristo en el desierto.

El ayuno de cuarenta días era especialmente importante para los conversos a la fe que se preparaban para el bautismo, y para los culpables de pecados notorios que estaban siendo restaurados a la asamblea cristiana.

En la Iglesia Occidental los cuarenta días de la Cuaresma se extienden del Miércoles de Ceniza hasta el Sábado Santo, omitiendo los domingos. Los últimos tres días de la Cuaresma son el Triduo sagrado del Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado Santo. Hoy la Cuaresma ha readquirido su significado como la preparación final de los candidatos adultos para el bautismo. Uniéndose a ellos, todos los cristianos son invitados “a la observancia de una santa Cuaresma, mediante el autoexamen y el arrepentimiento, por la oración, el ayuno y la abnegación, y por la lectura y meditación  de la santa Palabra de Dios” (BCP, pág. 183 ).

La Iglesia Episcopal nos invita a observar la Cuaresma “mediante el autoexamen y el arrepentimiento; por la oración, el ayuno y la abnegación; y mediante la  lectura y meditación de la santa Palabra de Dios” (Libro de Oración Común, página 183).

¿Cómo observará usted una santa temporada cuaresmal este año?

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Séptimo domingo después de la Epifanía – Año A

Levítico 19:1–2, 9–18, Salmo 119:33–40, 1 Corintios 3:10–11, 16–23, San Mateo 5:38–48

“Sean ustedes santos, pues yo, el Señor su Dios, soy santo”.

Santo, en el lenguaje corriente, es sinónimo de perfección y un ser perfecto, nos dice el diccionario, es el que tiene el mayor grado posible de bondad o de excelencia. La perfección humana será, pues, tener el mayor grado de bondad o excelencia humana, teniendo siempre como modelo la perfección divina.

Las lecturas que la liturgia de la palabra nos ofrece hoy, están muy estrechamente unidas. Como hemos podido ver, en el mandato del Levítico a la perfección humana, encontramos la llamada a la santidad, lo cual, justamente nuestro Señor Jesucristo retoma para invitar a sus discípulos a buscar la santidad siempre y en todo lugar. Por lo tanto, Jesús hoy nos invita a ser santos, nos invita a ser santos contra toda adversidad y dificultad que podamos encontrar en este mundo.

El mandamiento del amor, tal como está prescrito en el libro de Levítico: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, sólo se refiere al amor a las personas cercanas y a los parientes. Pero el mandamiento del amor de Jesús, supera a éste del Levítico, ampliando y dándole perfeccionamiento. Jesús invita a amar no únicamente al prójimo, sino también al enemigo. Justamente en esto, consiste la gran novedad y la maravillosa revolución de Jesús en cuanto al mandamiento del amor.

Jesús recomienda no sólo cumplir el mandamiento del Levítico, sino darle plenitud, poniendo en este caso como ejemplo el amor de un Dios santo, es decir, perfecto.

El ser santos y por ende perfectos, pasa necesariamente por el ser conscientes de que todos formamos el cuerpo de Cristo, como nos dice San Pablo: ¿Acaso no saben ustedes que son templo de Dios? Cuando San Pablo en aquel entonces les dijo a los Corintios, y hoy nos lo dice a todos y a cada uno de nosotros, no quiere otra cosa que invitarnos a ser plenamente conscientes de que todos formamos el cuerpo de Cristo.

Recordemos siempre que el cuerpo de Cristo es la Iglesia; destruir esta unidad es destruir el cuerpo de Cristo. La Iglesia es en la comunidad donde Cristo se hace presente, es donde Cristo actúa, dándoles a todos sus dones, sus gracias, bendiciendo y sobretodo ofreciendo la santificación a todos los corazones de buena voluntad.

Hoy San Pablo nos invita a no confiarnos; nos invita a no dejarnos arrastrar por la sabiduría humana. San Pablo hoy nos invita a dejarnos guiar por la luz de Cristo, a dejarnos conducir por esa estrella que nos ha nacido en Belén. Por tanto, es Cristo y su palabra, es Cristo y su sabiduría la que tiene que guiar nuestros pasos por este mundo, ya que Él es la única, la verdadera y la absoluta sabiduría.

Queridos y queridas en Cristo, es esta sabiduría la que nos llevará a ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. La clave para lograr éste quizás difícil objetivo, es dar cumplimiento a su palabra, es dar cumplimiento a sus enseñanzas y a sus mandamientos; es aplicar su ley y su justicia a la vida de todos los días y a la vida práctica. No nos dejemos llevar en ningún momento por el odio y la venganza como en la ley del Levítico; atrevámonos a ir más allá de esta ley, tenemos que luchar todos los días, por dar perfeccionamiento a esta ley porque justamente para eso, Jesús nos dejó su nuevo y revolucionario mandamiento del amor, en el cual, no únicamente tenemos que amar a nuestro prójimo, sino también a nuestro enemigo.

Porque únicamente así seremos santos, perfectos y misericordiosos como nuestro Padre celestial lo es con todos sus hijos y con todas sus hijas., El hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos.

La perfección a la que debemos aspirar todos los que por la gracia del bautismo hemos acogido al Señor en nuestros corazones y por ende en nuestras vidas, es siempre una perfección que se actúa en el día a día, es una perfección que construimos con nuestras propias manos, cada instante de nuestras vidas.

Si la perfección humana es tener el mayor grado de bondad y excelencia humana, anhelemos pues, con todo nuestro ser y voluntad la perfección, es decir, a ser lo más buenos que podamos ser, dentro de nuestras limitaciones y fragilidades humanas. Para conseguirlo, debemos tener siempre como modelo a Jesús, que fue un hombre semejante a nosotros en todo, menos en el pecado.

Por nuestras propias fuerzas, la santidad jamás la podremos alcanzar, pero sí podremos conseguirla con la gracia de Dios. Si nosotros estamos dispuestos a recibir su ayuda, Dios siempre está dispuesto a ayudarnos con su gracia, porque, el Señor es compasivo y rico en misericordia.

La síntesis que Jesús hace al cerrar este capítulo quinto del evangelio de Mateo es ésta: “Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto”. No dice “intenten ser buenos” o “hagan lo que puedan”.

Nuestro modelo de referencia es nuestro Padre Celestial. Por tanto, todos estamos llamados a la santidad, y, por ende, a la perfección. Ésta es nuestra vocación, y sólo se consigue amando, amando con intensidad, hasta el extremo, al estilo de Jesús que dio su vida por nosotros a pesar de nuestros pecados y debilidades. Lo único que Él nos pide es: “Amarnos unos a otros como Él nos ama”.

Viviendo de esta manera, seguramente nuestra vida mejorará mucho y no únicamente nuestra vida, sino que también la de nuestros seres queridos y la de todos los que nos rodean, porque juntos formamos el cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Recordemos siempre lo que San Pablo nos dice en la segunda lectura: “¿Acaso no saben ustedes, que son templo de Dios, y que el Espíritu de Dios vive en ustedes?”. Que nuestros egoísmos, nuestra divisiones, enemistades y falta de diálogo, no destruyan este lugar sagrado que es la comunidad; comunidad de hijos amados en la que Dios habita y en la que se manifiesta de manera plena, cuando celebramos la Santa Eucaristía. Participemos en ella con fe y con gran amor.

Vivamos siguiendo la invitación de Dios Nuestro Señor: “Sean ustedes santos, pues yo, el Señor su Dios, soy santo”.

El Rvdo. Dr. Francisco Alberca se desempeña como Vicario de San Pablo dentro de los muros de Roma.

Inserto para el Boletín: 7 Epifanía (A)

“No tengan miedo de ser gente de amor”

(Extraído del 6 de febrero del 2017 del Servicio Episcopal de Noticias, artículo por Mary Francis Schjonberg)

Photo: Mary Francis Schjonberg/Episcopal News Service

La vieja tradición en la iglesia del avivamiento recibió nueva vida en la Diócesis de Pittsburgh del 3 al 5 de febrero con un toque claramente episcopal.

El énfasis se puso en la vida de la fe que reluce en los individuos y en un compromiso para demostrar el amor de Jesús más allá de los cuatro muros de las iglesias. Anclar los avivamientos episcopales en las necesidades del mundo fue un tema constante del fin de semana.

“Iglesia Episcopal, necesitamos que sigas a Jesús. Necesitamos que seas el pueblo contracultural de Dios que se ama mutuamente, que se preocuparía cuando los demás no lo hacen, que daría, no tomaría”, dijo el Obispo Michael Curry durante el sermón del 5 de febrero en la Iglesia Episcopal del Calvario en el barrio de Shadyside de Pittsburgh.

Para los que piensan que las palabras episcopal y avivamiento no van juntas, el tamaño de la multitud, la profundidad de su emoción y la insistencia de Curry pidió que se diferenciaran. Su oración por este y subsecuentes avivamientos, dijo durante uno de sus cuatro sermones, es que sean el comienzo de “un camino de vida nueva para nosotros mientras esta maravillosa Iglesia Episcopal, da testimonio del amor de Dios en Jesús en esta cultura y en este momento particular en nuestra historia nacional”.

El peregrinaje de Curry para la Reconciliación, Sanación y Evangelización en el sudoeste de Pensilvania es el primero de seis avivamientos planeados con equipos diocesanos en diferentes ciudades alrededor del país y el mundo este año y en el 2018.

“Quiero sugerir esta mañana que necesitamos un avivamiento dentro de la iglesia y fuera, no solo en la Iglesia Episcopal. Porque hay mucho que necesita articularse como Cristianismo que no se parece en nada a Jesús”, dijo Curry en el sermón del 4 de febrero durante una eucaristía en el Día de Absalón Jones en la Iglesia Episcopal de la Santa Cruz. “Y si no camina y habla y mira y huele como Jesús, no es cristiano… y si va a parecerse a Jesús, tiene que parecer a amor”.

Curry dijo que el avivamiento de la Iglesia, centrado en el amor de Dios, no se trata de una Iglesia rejuvenecida por su propio bien. El avivamiento de la Iglesia debe derramar el amor de Dios en el mundo “hasta que la justicia descienda como un poderoso arroyo”, dijo, haciéndose eco de Miqueas.

Los otros avivamientos están planeados del 5 al 7 de mayo en la Diócesis de West Missouri; del 23 al 24 de septiembre en la Diócesis de Georgia; del 17 al 19 de noviembre, en la Diócesis de San Joaquín (California) y del 6 al 8 de abril del 2018 en la Diócesis de Honduras. Una misión conjunta de evangelismo está prevista en julio del 2018 con la Iglesia de Inglaterra. La mayoría serán eventos de varios días que ofrecen adoración y predicación dinámica, ofrendas de artistas y músicos locales, testimonio personal y narración de cuentos, oradores, invitaciones a la acción social local, compromiso con jóvenes líderes y acercamiento intencional con personas que no son activas en una comunidad de fe.

Lea el artículo completo y más sobre los próximos avivamientos pueden verse en Episcopal News Service: http://bit.ly/2kKelmz.

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Sexto Domingo después de la Epifanía – Año A

Deuteronomio 30:15-20, Salmo 119:1-8, 1 Corintios 3:1-9, Mateo 5:21-37

Cuando alguien nos pide un favor, es natural que esa persona espere que nuestra respuesta sea afirmativa. Pedimos porque nos hace falta algo o porque necesitamos de alguien. Dios nos pide que en nuestra existencia cotidiana elijamos la vida, una vida que nos colmará de alegría. Tal vez al pensar que es Dios quien nos pide elegir este tipo de vida, sintamos temor, pues sabemos que Él es un Dios exigente, que recoge donde no ha sembrado. Sin embargo, debemos estar tranquilos. Él nos conoce y sabe de los grandes dones con los cuales nos ha revestido. Su bendición está con nosotros y estamos invitados a no tener miedo porque en Él viviremos eternamente felices.

En domingos anteriores, el evangelio nos daba las pautas para vivir en la dicha, en la felicidad y en la bienaventuranza. Luego se nos invitaba a darle sabor a nuestra vida y a la vida de los demás, siendo la sal de la tierra y luz del mundo.

Hoy, el salmista nos recuerda que al elegir y seguir la vida que Dios nos propone a la manera de Jesús, y en especial como miembros de su Movimiento, aprenderemos a llevar a cabo lo que es más justo en favor de quienes piden nuestra ayuda. Siguiéndole a Él, le buscaremos de todo corazón y serviremos con fidelidad.

Cierto día un discípulo le preguntó a su maestro: ¿Qué debo hacer para aprender a perdonar a mis hermanos? Su maestro le contestó: si no condenas a nadie nunca tendrás necesidad de perdonar. ¿Quién de nosotros ha presenciado una pelea entre dos niños que se disputan por un juguete? Ese juguete que momentos antes ninguno de los niños había notado, de repente se convierte en el centro de atracción para ellos y es la causa de una pelea que generalmente termina con el llanto de los dos interesados rivales.

A nosotros a veces nos sucede lo mismo que a esos niños. Algo que no notábamos de nuestra vida familiar, laboral o en nuestra relación de pareja, de un momento a otro se convierte en el centro de atención en nuestras vidas, y al no poder salir victoriosos, la frustración y el enojo inunda nuestra mente. Olvidamos los bellos momentos que esa persona nos ha proporcionado y damos comienzo a una confrontación sin sentido.

El evangelio de hoy nos indica que solamente en el amor a Dios y en la escucha atenta a sus palabras, nuestros sentimientos de división se aplacarán y al perdonar como Cristo nos perdonó, podremos recobrar la paz y la alegría para con esa persona a quien ofendimos o quien nos ofendió. Si nos mantenemos fieles a Dios y a las personas que amamos, entendiendo que todos somos diferentes, aprenderemos a no juzgar y así no tendremos necesidad de perdonar como le respondió el maestro a su discípulo.

La dicha y la felicidad que Jesús nos invita a vivir, debe contraponerse a los deseos de envidia y división entre nosotros, al enojo con nosotros mismos por no tener lo que queremos y peor aún, al enojo con los demás porque tienen más que nosotros. Esos sentimientos nos pueden llevar a cometer acciones que ponen en peligro nuestra libertad y nuestra convivencia.

Debemos aprender a reconocer que la riqueza más grande la recibimos en nuestro bautismo. Somos hijas e hijos del Rey y entre nosotros, somos hermanos en la fe. Viviendo en esa riqueza de ser hijos y hermanos no dará lugar a que en nuestra mente o en nuestro corazón se alberguen sentimientos de rencor o envidia hacia nuestros semejantes.

Tal vez la falta de ejercer nuestra condición de bautizados mediante la escucha y la vivencia de la Palabra de Dios, nos haga olvidar que todos estaremos sentados en la misma mesa, compartiendo el mismo pan. Si ese olvido nos ha alejado de Dios o de algún hermano, debemos ponernos en paz con ambos, para entonces compartir el mismo alimento.

La celebración de la Cena del Señor es el momento más importante de nuestra vida espiritual y no debemos permitir que lo destruya ningún sentimiento de división. Siempre es mejor llegar a un buen acuerdo, que tener un mal pleito. Como anotábamos anteriormente no debemos comportarnos como niños egoístas y malcriados. En una sana conciliación y viviendo la caridad podemos ganar más que en un juicio desgastante y egoísta.

Todos estamos llamados a darles una nueva oportunidad a quienes nos han ofendido, pues así también podemos gozar de la posibilidad de ser perdonados cuando hayamos ofendido a un hermano. El encierro en nosotros mismos trae tristeza y desolación y estamos llamados a vivir en la alegría de los hijos de Dios. Aprendamos a dejar atrás todo rencor entre nosotros.

Si nos esforzamos a ser fieles a las enseñanzas que recibimos de nuestros padres en la vivencia de la fe, tendremos herramientas para no engañar a Dios y a quienes decimos amar y con mayor razón a esa persona a quien le hemos prometido nuestra entrega en el amor y la fidelidad durante todos los días de nuestra vida.

Recordemos que las cosas no son malas en sí mismas, recordemos que son nuestros deseos o intenciones sobre ellas las que nos hacen caer en el error. Todo nuestro ser debe estar dispuesto a hacer el bien; no podemos permitir que ninguna de nuestras extremidades o partes de nuestro cuerpo cause daño a nuestro prójimo ni a nosotros mismos, estamos invitados a construir y no a destruir. Es por esta razón que no podemos darnos el lujo de negarnos, a quien necesite de nuestra ayuda y en especial en estos tiempos difíciles para nuestros hermanos emigrantes. Digamos ¡Sí, aquí estoy Señor para hacer tu voluntad! y ¡Sí aquí estoy para ti, para siempre servirte a ti que eres mi hermano!

Entre todos aprenderemos a construir sin rivalidades porque somos de Cristo como dice el apóstol Pablo. Cada uno de nosotros tenemos una parte importante que aportar en la construcción del Reino de Dios y si no cumplo con mi aporte, nadie lo hará por mí.

Trabajemos juntos para producir abundantes frutos en el amor para la vida del mundo y respondamos siempre al llamado de Dios diciendo: ¡Sí! ¡estoy dispuesto! ¡Estoy dispuesto con tu ayuda Señor!

 

El Rvdo. Juan Pablo Valderrama Sanabria, actualmente se desempeña como Vicario de la Catedral de San Pablo en la Diócesis Episcopal de Colombia.

Quinto Domingo después de la Epifanía – Año A

Isaías 58:1–9a, (9b–12), Salmo 112:1–9, (10), 1 Corintios 2:1–12, (13–16), San Mateo 5:13–20

¿Qué estás haciendo con tu vida? Ésta es una pregunta que todos nos hacemos en varios momentos de nuestra vida. Es la pregunta detrás de los sueños de los niños y las historias sobre lo que van a ser y lo que van a hacer cuando crezcan. Los jóvenes luchan con esta pregunta mientras planean su futuro, eligen universidades, eligen carreras, o crean un nuevo hogar para sí mismos. Los adultos miran hacia atrás, hacia el pasado, y se preguntan qué han hecho con su vida. Las dificultades, desafíos y las pérdidas, a menudo, nos traen cara a cara con esta pregunta. Es realmente una pregunta sobre significado, sentido y propósito. En esta pregunta, Dios nos atrae hacia Él mismo. Es una pregunta con la cual siempre lucharemos, hasta que comencemos a buscar el significado, el sentido y el propósito de lo que Dios, en la persona de Jesús, nos ha dado a conocer como los dos grandes mandamientos: Amarle a Él con todo nuestro corazón, mente y fuerza y al prójimo como a nosotros mismos.

¿Qué estás haciendo con tu vida? es la pregunta que se encuentra al centro del evangelio de hoy. Jesús continúa el Sermón del Monte. Él está hablando con aquellas personas a quienes acaba de declarar bendecidas; los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los pacificadores, los que son perseguidos por causa de la justicia. Vivir las bienaventuranzas es nuestro camino hacia adelante en esta vida y también es nuestra bendición.

Ustedes benditos, dice Jesús, son la sal de la tierra y la luz del mundo. Nuestra bendición, sin embargo, no es únicamente para nosotros solos. Es un regalo que se nos da para ser sostenidos y usados para la vida del mundo. La vida cristiana no se vive aislada de los demás o sin consideración hacia ellos. Si no saboreamos este mundo con Cristo, somos como la sal que deja de estar salada. Si no iluminamos las tinieblas con la presencia de Cristo, somos como la luz escondida bajo una canasta. Habremos rechazado nuestra bendición. No estamos viviendo como el pueblo que vive y forma parte del movimiento de Jesús, el movimiento que como nuestro Obispo Primado Michael Curry nos propone, sale al mundo para ayudarle a ser un mundo que vive el amor que ama, libera y da vida.

Algunos de nosotros escuchamos las palabras de Jesús y pensamos que necesitamos ser algo que no somos o que necesitamos hacer algo para obtener algo que aún no tenemos. Sin embargo, eso no es lo que dice Jesús. Él no dice que debemos convertirnos en sal. Él dice que ya somos sal. Él no dice que debemos ser luz. Él dice que ya somos luz. Ya somos lo que necesitamos ser. Ya tenemos todo lo que necesitamos. Ahora debemos ir a vivir la vida de los que han sido bendecidos, la vida de ser sal y la vida de ser luz.

Este es realmente un llamado a hacer que nuestra vida interior y nuestra vida exterior sean congruentes, que sean una sola. Nuestras acciones y nuestras creencias deben reflejarse y revelarse mutuamente. Nuestra fe en Jesús, nuestra vida de oración, nuestras bendiciones deben hacerse visibles a través de cómo vivimos, hablamos y actuamos. Deben convertirse en el fundamento de nuestras relaciones con todos nuestros familiares, amigos, extraños y enemigos. Una cosa es creer en Cristo y otra cosa es vivir una vida pública que demuestre esa creencia.

Podemos decir nuestras oraciones y cantar nuestras alabanzas a Dios, pero si la oración y la alabanza no gobiernan y guían nuestras acciones en este mundo, son sólo palabras que se sirven a sí mismas y que llegan sordas a los oídos de Dios. Tal vez deberíamos dedicar menos tiempo a hablar la verdad acerca de Dios y dedicar más tiempo a hacer real la verdad de lo que es Dios. ¿Cuál es esa verdad? ¿Cómo logramos que se haga real esa verdad?

El profeta Isaías es claro y concreto acerca de cómo lograr que se haga real la verdad de Dios: al romper las cadenas de la injusticia y al desatar los nudos que aprietan el yugo; dejando libres a los oprimidos y acabando con toda tiranía. Eso lo logramos cuando compartimos nuestro pan con los hambrientos, cuando llevamos a los pobres sin techo a nuestra casa, y cuando no nos escondemos unos de otros, más bien satisfaciendo las necesidades de los afligidos sin hablar mal o condenar al otro. En resumen, hacer real la verdad de Dios significa hacer lo que es correcto, lo que es divino. Vivir y cuidarnos unos a otros de tal manera que nuestra bendición haga una diferencia en la vida de los demás.

Cuando vivimos de esta manera, nuestra luz brota como el amanecer de un nuevo día y la oscuridad se dispersa. Esa luz es la presencia y el amor de Cristo. Mientras vivimos para otros, descubrimos que nuestra alma ha sido sanada, nuestras necesidades satisfechas, nuestra vida reconstruida, y Dios siempre está presente diciendo: “Aquí estoy.”

El significado, el sentido y el propósito de nuestra vida se encuentran en la vida y el bienestar de la otra persona. Esto lo vivimos en diferentes ciudades de este país, cuando musulmanes, judíos, cristianos, mujeres, hombres, homosexuales, lesbianas, latinos, afroamericanos, blancos, inmigrantes, documentados e indocumentados marcharon por la dignidad, la igualdad y los derechos de todo ser humano. Ésta fue una imagen de sal y luz.

El significado, intensión y el propósito de nuestra vida se encuentran en la vida y el bienestar de la otra persona. Eso es lo que experimentan las personas que ofrecen su tiempo, talento y tesoro para que sigamos realizando el bien que hacemos desde nuestras iglesias. Estas personas están distribuyendo sal y luz a muchas personas a quienes no conocen.

El significado, intensión y el propósito de nuestra vida se encuentran en la vida y el bienestar de la otra persona. Cada vez que ofrecemos perdón, buscamos reconciliación, o actuamos con compasión, rociamos sal. Cada vez que hablamos una palabra de esperanza, trabajamos por la justicia, o hacemos por otra persona lo que queremos que hagan por nosotros, nuestra luz empuja la oscuridad hacia atrás.

Gran parte de nuestro mundo es oscuro y sin sabor. Demasiadas personas viven una existencia sin sentido, viven entre las sombras. El mundo y su gente necesitan sabor. Necesitan luz. Necesitan que tú y yo hagamos la diferencia. ¿Cómo estamos siendo sal, condimentando la vida de la otra persona, la vida de nuestro prójimo? ¿Dónde está nuestra luz dispersando la oscuridad?

Cuarto Domingo después de la Epifanía – Año A

Miqueas 6:1-8, Salmo 15, 1 Corintios 1:8-31, Mateo 5:1-12

El sermón de la montaña es el primer acto público de Jesús en el evangelio de Mateo y según varios comentaristas, este sermón como muchos le llaman, es una síntesis del ministerio de Jesús. Originalmente las beatitudes o sermón de la montaña como se le llama a este pasaje, pronuncia las bendiciones para una comunidad de la que era parte el escritor de este evangelio, que en la Palestina del primer siglo era una comunidad perseguida estando bajo la dominación y el yugo del imperio romano.

Es interesante notar que la traducción al español utiliza el término “dichosos” en lugar de “bendecidos” como se usa en la traducción al inglés. El adjetivo de la palabra bendecido “makarios” en griego-la lengua original en la que fue escrito este evangelio – significa ser afortunado, ser feliz, estar en una situación privilegiada y en el contexto de este sermón, significa estar bendecido por Dios.

El estar bendecido por Dios hace eco al entendimiento en la tradición judía de bienaventuranza como una provisión de Dios para llevar una vida en plenitud incluyendo el conocimiento de Dios y la seguridad material. Pero aun cuando la seguridad material llegase a fallar, la bienaventuranza aún llega del reconocimiento de la presencia y el propósito de Dios en nuestras vidas.

Mateo nos habla de nueve bienaventuranzas, y estas bienaventuranzas son para los que son pobres de espíritu, para los que sufren, para los humildes, para los que tienen hambre y sed de la justicia, para los compasivos, para los de corazón limpio, para los que trabajan por la paz, para los perseguidos por hacer lo que es justo y para quienes son insultados y maltratados por causa de Jesús.

Tal vez para nosotros como lectores en este siglo nos puede ser imposible entender cómo el ser pobre de espíritu, el sufrir, el ser humilde, el ser perseguido e insultado pueden ser razones para ser bendecidos.

¿Acaso no nos dicen las escrituras que Dios quiere que tengamos vida en plenitud?

Hasta cierto punto, estas bienaventuranzas pueden sonar como una contradicción. Y en esta contradicción indudablemente no estamos muy alejados de la realidad, pues Jesús a lo largo de los evangelios invierte, vuelca y contrapone el sistema habitual de valores al pronunciar bendiciones para los pobres, los hambrientos y para aquellos que sufren.

Pero hagámonos esta pregunta: ¿Qué significa para nosotros estar bendecidos aquí y ahora? ¿Qué significa estar bendecidos en nuestro tiempo?

Cada época tiene su propia definición de lo que significa el ser afortunado, de lo que significa el ser feliz, y de lo que significa el ser bendecido.

Tal vez para muchos de nosotros que vivimos en el mundo occidental el ser bendecido o afortunado de acuerdo a los valores que nos impone nuestra sociedad actual, puede ser el de acumular riquezas y bienes, el tener poder, el ser populares, o tal vez el tener prestigio y reconocimiento.

Nuestra sociedad nos fuerza al individualismo que nos lleva a no darnos cuenta de lo que realmente importa en esta vida, es nuestra relación con Dios, con nuestros semejantes, con el resto de la creación y con nosotros mismos.

En el sermón de la montaña Jesús propone una definición de ser dichoso y bendecido muy diferente a lo que estamos acostumbrados a escuchar.

Esta cultura nos puede tender trampas si no ponemos atención. Si el valor es acumular riquezas, es posible que nosotros pasemos todo el día trabajando pensando que el pasar más tiempo en el trabajo nos dará más dinero, cuando en realidad estamos perdiendo un tiempo precioso en fortalecer nuestras relaciones con nuestros amigos, familiares, nuestras parejas y tal vez con nuestros hijos.

Esta cultura nos dice que el acumular poder es lo que debemos hacer y una vez acumulado podemos tener la libertar de hacer lo que se nos dé la gana. Podemos denigrar, insultar, excluir y dividir, al fin y al cabo, podemos pensar que este es nuestro derecho.

Esto es lo que hemos visto a través de varios meses. Hemos presenciado un resurgimiento en nuestro país de aquellos que han obtenido el poder de darse la libertad para promover sus mensajes de odio y exclusión.   Hemos presenciado en nuestro país el resurgimiento de aquellos que promueven el denigrar al ser humano.

Y es en estos momentos cuando el sermón de la montaña tiene sentido. Dichosos y bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán satisfechos. Dichosos y bienaventurados los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos.

Estas son las buenas noticias que el evangelio proclama en estos momentos. Estas buenas noticias nos son reveladas en estos momentos. Y es aquí cuando nos damos cuenta de que las escrituras no son solo palabras escritas sobre papel. Esas palabras que proclama el evangelio están vivas hoy. Y es en esos precisos momentos cuando nos damos cuenta de que Dios continúa hablándonos aquí y ahora.

Para muchos el veinte de enero marcó un día de victoria, pero para aquellos que en su pacto bautismal prometieron buscar y servir a Cristo en todas las personas y prometieron luchar por la justicia y la paz entre todos los pueblos, respetando la dignidad de todo ser humano, este día de triunfo para muchos pudo tal vez haber sido un día de lamentación para éstos otros.

Y es aquí cuando las buenas nuevas que proclama el evangelio hoy tienen sentido.

Dichosos y bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán satisfechos. Dichosos y bienaventurados los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos.

Alguien una vez dijo que el lamento es el principio de la esperanza y que la verdadera esperanza debe adoptar el lamento y todo lo aplasta nuestros espíritus. La esperanza es dolorosa, pero nos da la fuerza y la voluntad para seguir adelante en las circunstancias más oscuras.

Y ese destello de esperanza lo presenciamos con miles de personas que salieron a marchar un día después de que el presidente de los Estados Unidos tomo posesión del poder.

La marcha de las mujeres en Washington fue la mayor protesta coordinada en la historia de la República Americana. Parece que uno de cada cien estadounidenses salió a las calles el sábado en protesta de la ya pensada agenda del presidente y su nuevo gobierno que propone denigrar la dignidad de los más vulnerables de sus habitantes, usar como chivo expiatorio a la gente de color, culpando a los musulmanes, pretendiendo privar a las mujeres y hombres del control sobre sus vidas, profanando la creación de Dios y enriqueciendo a los ricos a expensas de los pobres.

¿Pueden sentir que el Dios que pretende llevar la unidad a todos tiene algo que decirnos algo aquí y ahora?

¿En lugar de miedo, pueden ver estos acontecimientos y nuestro tiempo actual como un desafío enviado para fortalecernos y probar nuestros lazos como hijos de Dios?

Dichosos y bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán satisfechos. Dichosos y bienaventurados los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos.

En el sermón de la montaña Jesús propone una definición de ser dichoso y bendecido muy diferente a lo que estamos acostumbrados a escuchar en nuestra época. El sermón de la montaña nos anuncia las buenas noticias de que Dios estará con nosotros y nos bendecirá en los tiempos de tribulación y desafío.

El sermón de la montaña termina diciéndonos que los profetas que vivieron antes que nosotros también fueron perseguidos. Y fueron perseguidos porque tuvieron hambre y sed de justicia y trabajaron por la paz. Y siempre nos recordaron como lo hizo el profeta Miqueas, diciéndonos:

Oigan ustedes ahora lo que dice el Señor… El Señor ya te ha dicho, oh hombre, en qué consiste lo bueno y qué es lo que él espera de ti: que hagas justicia, que ames la bondad y que camines humildemente con tu Dios.

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El Rvdo. Alfredo Feregrino, es nativo de la Ciudad de México y obtuvo su Maestría en Divinidad en la Escuela de Teología y Ministerio en Seattle University donde obtuvo también el primer Dr. Rod Romney “preaching award”. Actualmente es desarrollador de misión en una congregación bilingüe y bicultural en Seattle Washington: Our Lady of Guadalupe Episcopal Church donde la “unidad” está al centro de su teología y tiene como misión la de plantar más congregaciones en el área. Muy pronto comenzará un nuevo ministerio en Renton Washington.

Publicado por la Oficina de Formación de la Iglesia Episcopal, 815 Second Avenue, Nueva York, N. Y. 10017.
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Inserto para el Boletín: 6 Epifanía (A)

Fiesta de Absalom Jones

Retrato de Absalom Jones por Raphaelle Peale, en 1810

El 13 de febrero, la Iglesia celebra al Rdo. Absalom Jones, el primer sacerdote afroamericano ordenado en la Iglesia Episcopal.

Jones nació en la esclavitud en Delaware en 1746. Cuando todavía era un esclavo, se casó con Mary King en 1770, quien también era una esclava. Trabajó durante ocho años para comprar la libertad de su esposa para que sus hijos fuesen libres, y siete años más tarde, él fue capaz de comprar su propia libertad.

Jones se convirtió en un miembro activo de la Iglesia Metodista Episcopal de San Jorge en Filadelfia, sirviendo como predicador laico de los miembros negros de la congregación. Fue un orador dotado, y Jones incrementó la membresía de los negros en la Iglesia a un ritmo tan rápido que los feligreses blancos comenzaron a tratar de separar la congregación; los funcionarios de la iglesia les dijeron a los feligreses negros que iban a tener que sentarse en el balcón. Después de un servicio de domingo en noviembre de 1786, cuando los escoltas trataban de obligar a todos los feligreses negros, incluyendo Jones, a que vayan al balcón, Jones y sus seguidores dejaron San Jorge.

Iglesia Africana Episcopal de San Tomas 1829. Fundada en 1794, Santo Tomas sigue siendo una parroquia activa hoy.

Jones y Richard Allen, que había sido un miembro de San Jorge, fundaron la Sociedad Africana Libre en 1787, una sociedad de ayuda mutua sin denominación diseñada para ayudar a los esclavos liberados. Alrededor de los años 1791, la Sociedad Africana se había desarrollado en la Iglesia africana, que fue recibido en la Diócesis Episcopal de Pensilvania en 1794. La diócesis volvió a llamar a la iglesia como la Iglesia Africana Episcopal de San Tomas y se convirtió en la primera parroquia negra Episcopal en los Estados Unidos. En 1804 Jones se convirtió en el primer sacerdote ordenado de ascendencia africana en la Iglesia Episcopal.

Jones murió en su hogar en Filadelfia en 1818, y apareció por primera vez en el calendario episcopal de los santos en el Libro de Oración Común de 1979.

Oración para Absalom Jones

Haznos libres, Padre celestial, de toda ligadura de los prejuicios y el miedo, para que, en honor a la valentía inquebrantable de tu siervo Absalom Jones, nos manifestemos en nuestras vidas el amor reconciliador y la verdadera libertad de los hijos de Dios, que se nos ha dado en tu Hijo, nuestro Salvador Jesucristo; que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y por siempre. Amen. (“Santo, Santos,” p. 221).

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Tercer domingo después de Epifanía – Año A

Isaías 9: 1-4, Salmo 27:1-4, 1 Corintios 1:10-18, San Mateo 4: 12-23 

Las migraciones o reubicaciones geográficas han sido parte de la fábrica de la sociedad humana desde el principio de los tiempos. Generalmente, estas transiciones marcan periodos importantes en la vida de pueblos o individuos. Las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento comparten historias de migraciones que frecuentemente resultaron en experiencias extraordinarias. Por ejemplo, Abraham y Sara dejaron territorio conocido para explorar nuevos horizontes, convirtiendo a Abraham en el padre de la fe y otorgando a Sara la bendición de ser madre a una muy avanzada edad.

Otro ejemplo es el caso de Ruth y Noemi, quienes después de la muerte del esposo de Ruth, ambas migraron desde Belén de Judá hasta los Campos de Moab. Esta transición permitió que Ruth conociera a Dios y se convirtiera en creyente del Dios de Israel. Además de esto, tanto el viaje, la fe de Ruth y las experiencias compartidas forjaron un lazo emocional fuerte entre suegra y nuera. De igual manera, podemos citar como ejemplo la migración del pueblo de Israel desde Egipto hacia la tierra prometida, la cual marca un tiempo histórico de liberación y nueva vida.

En el tiempo presente, podríamos decir que, en muchos casos de latinos de primera generación en los Estados Unidos, la reubicación geográfica puede significar un mejoramiento en la calidad de vida, exploración de nuevas oportunidades y crecimiento personal y profesional.

En el caso de Jesús, reflejado en el Evangelio de hoy, esta transición de Nazaret a Carpenaúm, cumple con la profecía sobre el Mesías y marca la culminación de su año de preparación, simbolizado por su bautismo, y el inicio de su año de ministerio público.

Al iniciar su ministerio de proclamación y sanidad, Jesús continua con el mensaje trasmitido por Juan antes de ser encarcelado: “Vuélvanse a Dios, porque el reino de los cielos está cerca”.

Dios Habla Hoy, utiliza el término “volverse a Dios”. Este lenguaje nos lleva a meditar en el hecho de que a veces nos alejamos de Dios y de nuestra necesidad de regresar, de volver a estar en plena relación y comunión con nuestro Dios y Creador.

Dios, en su infinita misericordia y gracia, desde el principio de los tiempos ha deseado estar en comunión con sus apreciadas criaturas. La Encarnación es la muestra palpable del deseo de Dios, de reconciliarnos con Él. Y es este el mensaje que Jesús, Dios hecho carne, trae en el Evangelio del día de hoy: El reino está cerca, por lo tanto, vuélvanse a Dios”. Éste un mensaje de arrepentimiento y de discipulado.

Una anécdota compartida frecuentemente, y de fuente incierta, cuenta que, durante la guerra civil de los Estados Unidos, Abraham Lincoln se reunió con un grupo de ministros para participar de un desayuno de oración. Lincoln no era conocido por asistir a la iglesia frecuentemente y se dice que era un hombre de una fe profunda, pero no ortodoxa. En un momento durante el desayuno, uno de los ministros dijo “Sr. Presidente, oremos para que Dios este de nuestro lado”. Se dice que Lincoln respondió “No caballeros, oremos para que nosotros estemos en el lado de Dios”.

Dios siempre está con nosotros. El estar con Dios es parte de nuestro discipulado. El discipulado se ejercita cuando nuestra relación con Dios es reflejada en nuestro diario vivir. Nuestra relación con Dios es fomentada a través de tiempos designados para la oración y la meditación, abriendo nuestros corazones y mentes a la Palabra de Dios y a su voluntad para nuestras vidas.

El discipulado también se fomenta a través de nuestra vida en comunidad. Jesús, al llamar a sus discípulos, creó la primera comunidad de cristianos. Y esta primera comunidad de cristianos estaba compuesta por personas comunes, personas como nosotros. Personas con vidas ordinarias, cuya vida fue trasformada de manera extraordinaria al responder el llamado del Maestro.

El Evangelio de Hoy enfatiza el llamado de cuatro discípulos, Simón Pedro, Andrés, Jacobo y Juan. Estos hombres eran pescadores, un oficio común en aquel tiempo. Al llamarlos, Jesús utiliza un concepto conocido por ellos para mostrarle el tipo de vida que asumirían al dejar su conocida rutina “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”.

El discipulado abarca varios aspectos:

  • Cambio o transformación de la vida anterior a una vida nueva. El grado de cambio o transformación dependerá del estado en el cual estábamos cuando fuimos llamados por Jesús. El volvernos a Dios es un aspecto esencial de nuestras vidas como discípulos.
  • Hay una relación estrecha entre el discipulado y la enseñanza. Jesús dedicó gran parte de su ministerio público a la enseñanza. ¿Cómo aprendemos y aplicamos nuestros conocimientos sobre la vida y enseñanzas de Jesús? ¿Qué tiempo dedicamos a la lectura y meditación de las Escrituras y otros libros edificantes?
  • Prácticas espirituales. Los discípulos aprendieron a orar, a dedicar tiempo al retiro y, en compañía de Jesús, visitaban fielmente las sinagogas. El discípulo de Jesús ha de crear espacios intencionales para pasar tiempo con su Maestro.
  • Servicio o apostolado. Nuestra fe produce obras que colaboran hacia el bien común. Como discípulos de Jesús, somos enviados a poner en práctica nuestra fe a través del servicio, mostrando el amor hospitalidad y generosidad de Dios para todos aquellos que la necesiten.
  • Proclamación- Evangelización. Jesús llama a los discípulos y al mismo tiempo les extiende una invitación a Evangelizar. Les extiende una invitación a compartir con otros el gozo de su llamado y el mensaje de vida abundante. Les invita a convertirse en pescadores de hombres. Nosotros estamos llamados a poner practicar nuestro discipulado, saliendo y proclamando las Buenas Nuevas de Reino con nuestros labios y nuestras vidas.

En estos meses la Iglesia Episcopal, a través de la Oficina del Obispo Primado, está organizando una serie de encuentros de renovación espiritual. Encuentros que nos invitan a nutrir nuestra relación con Dios y a capacitarnos para salir y ser portadores del mensaje de amor y salvación de Jesús, nuestro Dios.

Haces miles de años Jesús llamó a grupo de hombres y mujeres para que iniciaran un peregrinar con Él. Ese llamado a los primeros discípulos se extiende a nosotros a través de la Gran Comisión de ir a todas las naciones, proclamando el Evangelio y bautizando en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El ser discípulo no es un concepto de milenios atrás. No es una categoría exclusiva de los primeros hombres y mujeres que caminaron y ministraron con Jesús durante su ministerio publico. Es un llamado actual, real y constante para todos aquellos y aquellas que recibimos a Jesús en nuestros corazones y aceptamos formar parte del Movimiento de Jesús.

¡Hermanos y hermanas, dejemos las redes que en nuestras vidas nos impiden vivir nuestro discipulado a plenitud, salgamos a los confines de nuestras comunidades y proclamemos las grandezas de nuestro Dios!

 

La Muy Reverenda Miguelina Howell es Deana de Christ Church Cathedral, Hartford, Connecticut. Miguelina es capellana de la Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal y es miembro del Consejo Asesor del Misionero para Ministerios Hispanos/Latinos de la Iglesia Episcopal.

Publicado por la Oficina de Formación de la Iglesia Episcopal, 815 Second Avenue, Nueva York, N. Y. 10017.
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Inserto para el Boletín: Epifanía 3(A)

Oficina de Relaciones Gubernamentales de la Iglesia Episcopal

22 de enero del 2017 – Epifanía 3 (A): Oficina de Relaciones Gubernamentales de la Iglesia Episcopal

¿Sabía usted que la Iglesia Episcopal tiene una Oficina de Relaciones Gubernamentales (OGR)? La OGR tiene la tarea de representar las prioridades de la Iglesia a la comunidad de políticas en Washington, D.C. Al involucrar al Congreso, a la Administración y a los departamentos y agencias del gobierno de  Estados Unidos, la OGR trabaja para dar forma e influir en las políticas sobre asuntos críticos. También capacita a episcopales para que se conviertan en abogados ellos mismos.

Todo el trabajo de la OGR está basado en las resoluciones de la Convención General y guiado por las prioridades de la Iglesia Episcopal de reconciliación, administración ambiental y evangelismo. A partir de ese marco, las áreas prioritarias actuales de la OGR son: refugiados e inmigración, mayordomía ambiental y desarrollo internacional y conflicto.

Refugiados e Inmigración: La OGR aboga por la protección de los derechos humanos y la seguridad de los refugiados y los migrantes apoyando el trabajo de reasentamiento de refugiados de los Ministerios Episcopales de Migración y abordando los impulsores de la migración en Centroamérica. La OGR pide una reforma migratoria integral que cree un proceso por el cual los inmigrantes indocumentados puedan obtener residencia permanente legal con un camino hacia la ciudadanía completa.

Responsabilidad ambiental: La OGR aboga por los temas que protegen los recursos naturales que sustentan toda vida en la Tierra. La OGR pide políticas que mitiguen las emisiones de gases de efecto invernadero y apoyen a las comunidades afectadas por el cambio climático.

Desarrollo Internacional y Conflicto: La OGR aborda la inseguridad alimentaria asegurando que los programas federales se administren eficientemente y sirvan a los más necesitados. Apoya la legislación y las políticas que pretendan prevenir la violencia doméstica y de género, que protejan los derechos humanos de las personas LGBT y que construyan la paz en Sudán y Sudán del Sur y en la región de los Grandes Lagos.

La principal forma en que la OGR trabaja para capacitar a los episcopales a que sean defensores es pidiéndoles que se unan a la red nacional de base La Red Episcopal de Políticas Públicas (EPPN).
Apoyada por la Oficina de Relaciones Gubernamentales, la EPPN prepara a los episcopales como defensores efectivos apoyando su compromiso con funcionarios electos y gubernamentales, proporcionando recursos sobre temas de políticas públicas y conectando el ministerio de promoción de políticas públicas con el evangelio. Los miembros de la red se comunican con miembros del Congreso y de la Administración, conciencian sobre cuestiones prioritarias y comparten sus propias historias para informar a legisladores y funcionarios gubernamentales sobre el impacto de determinadas decisiones y políticas.

Juntos, estamos elevando nuestras voces para asegurar que las políticas de nuestra nación estén en línea con nuestros valores como episcopales y cristianos.

Para unirse a la EPPN o para obtener más información acerca de la Oficina de Relaciones Gubernamentales, envíe un correo electrónico a eppn@episcopalchurch.org, o comuníquese con nosotros en línea:

  • Página web: advocacy.episcopalchurch.org
  • Twitter e Instagram: @TheEPPN
  • Facebook: The Episcopal Public Policy Network

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