Cuarto domingo en Cuaresma – Año B

Números 21: 4-9, Salmo 107: 1-3, 17-22, Efesios 2: 1-10, Juan 3: 14-21

La lectura del evangelio según San Juan que acabamos de escuchar le sigue al diálogo entre Nicodemo y Jesús. Nicodemo es uno de los líderes religiosos judíos quien, por temor al juicio de sus compañeros, secretamente y en la oscuridad de la noche busca a Jesús. Es en esta conversación que encontramos tal vez uno de los versículos bíblicos más citados de todos los tiempos: “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él.”

Los cristianos reconocemos que, a través de la muerte de Jesucristo, la muerte, que es antítesis de la vida, se convierte en el portal de la vida eterna. En cada una de las lecturas de hoy, vemos como el pueblo del Señor ha sido liberado de la muerte y ha pasado a la vida. Hemos de reconocer que la promesa de vida eterna que escuchamos en estas lecturas es la gracia de Dios encarnada para la humanidad, no porque la humanidad tenga derecho a la vida eterna, sino porque así lo designa Dios. Como escuchamos al apóstol Pablo en la carta a los efesios, “Pues por la bondad de Dios han recibido ustedes la salvación por medio de la fe. No es esto algo que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios. No es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie puede gloriarse de nada.”

Nicodemo responde a la luz que emana de Jesús, porque, como nos dice el evangelio, “los que viven de acuerdo con la verdad, se acercan a la luz para que se vea que todo lo hacen de acuerdo con la voluntad de Dios.” Recordemos que Nicodemo visitó a Jesús a escondidas, en parte para evitar la crítica social de la comunidad. Ese rechazo que Nicodemo eludía le sirve de ejemplo a todo el mundo, pero particularmente a nosotros los cristianos.

Recordemos la manera radical de Jesús para incluir a toda persona marginada, sin distinción. No es fácil proclamar la bondad de Dios y la inclusividad del ministerio terrenal de Jesús en un mundo que desprecia hasta cierto punto estos valores morales y religiosos que nos imparte nuestro Salvador. Sabemos que el mundo se ha vuelto más y más indiferente a los valores religiosos que a través de la historia han sido el marcador ético y moral para el mundo. Tal vez a veces nosotros también pecamos por juzgar al prójimo o al no incluir a personas diferentes a nosotros en nuestras vidas.

De la misma manera como Jesús distinguió a los seguidores del bien y del mal mientras recorría pueblos y ciudades, toda persona cristiana ha de reconocer lo mismo en sus alrededores. Y hacerlo como lo hizo Jesús, no para rechazar, descartar o juzgar, sino para ofrecer luz divina y luz eterna. Tenemos la responsabilidad de no participar en aquello que roba la dignidad de los seres humanos, como el racismo, la discriminación y la explotación. Esos son algunos de los pecados más graves que enfrentamos hoy día y que causan profundo sufrimiento, injusticia y división porque nos alejan de Dios. La intención del Señor para cada uno de nosotros y nosotras es tener dignidad personal y de otorgar dignidad al prójimo.

¿Quién entre nosotros no es pecador o pecadora? No obstante, recordemos que Dios ama a toda su creación libremente y es por su gracia, no por nuestros méritos, que somos su creación amada. Jesús nos invita a salir de la oscuridad y a abrazar la verdad que es su luz. No podemos seguir callados o guardando silencio acerca de la verdad de Dios en nuestras vidas y la manera como Jesús nos salva de hora en hora y de día en día. Entonces, debemos preguntarnos: ¿Cómo estoy reflejando la luz de Cristo en mis acciones con el prójimo? ¿Es en palabras o en hechos que somos más susceptibles y vacilamos al proclamar la verdadera inclusión que demostró Jesucristo?

Jesús nos sirve de ejemplo al invitarnos a todos nosotros y nosotras y al mundo entero a vestirse de luz, sin excluir o juzgar de antemano. ¿A qué le teme usted cuando se habla de respetar la dignidad de todo ser humano y de verdaderamente incluir a toda persona en su vida de fe? Hay mil maneras de compartir las Buenas Nuevas del amor dentro de nuestra sociedad, pero tenemos que empezar por enfrentar la oscuridad que nos ciega y nos aparta de la luz que emana de Jesucristo. El mundo está lleno de personas profundamente necesitadas de este mensaje de inclusión, amor, y dignidad porque luchan con la soledad y con la desesperación que causa el aislamiento. Como cristianos y por nuestro compromiso bautismal, somos llamados y llamadas para encarnar nuestros valores e identidades cristianas.

Hermanas y hermanos, durante esta estación en Cuaresma, recordemos que el amor de Dios está presente en nuestro mundo donde sabemos que hay opresión, dolor y oscuridad. Tengamos fe firme en el amor de Dios que no nos aísla ni nos separa. Confiemos en el amor de Dios que nos lo da a cada uno de nosotros y nosotras a través de su gracia divina y suprema.

Demos gracias al Señor cantando con el salmista “Den gracias al Señor, porque es bueno, porque para siempre es su misericordia”. Recordemos siempre que Cristo es la luz del mundo, que no vino a condenar al mundo sino a salvarlo por su amor. Como el Cuerpo de Cristo que somos, hemos de ser, “luz del mundo” al mostrar el amor de Dios entre nosotros y de nosotras para cada persona que encontremos en nuestro camino.

La Rvda. Dr. Lisa Fortuna se desempeña como sacerdote asociada en Trinity Church en Melrose, Massachusetts; es médico y directora de la Oficina de Siquiatría Para Niños y Adolescentes en el Boston Medical Center.

 

Tercer domingo en Cuaresma – Año B

Éxodo 20:1-17, Salmo 19, 1 Corintios 1:18-25, Juan 2:13-22

La palabra de Dios que proclamamos en este tiempo de cuaresma nos va preparando para aceptar el camino de la cruz como la única vía que nos lleva a la vida verdadera. Hoy el evangelista san Juan nos presenta a Jesús purificando el templo de Jerusalén con una actitud que inquieta y confunde a sus enemigos: “Se hizo un látigo de cuerdas y expulsó a todos del templo, ovejas y bueyes; esparció las monedas de los que cambiaban dinero y volcó las mesas”. Con la narración de este episodio el evangelista quiere dejar claro el origen mesiánico de Jesús que llama al templo, “la casa de mi Padre”.

Jesús quería hacer respetar el honor del templo de Dios. Convertir el templo en un mercado era deshonrar a Dios. La casa de Dios era un lugar destinado a la adoración, no para ganar dinero. Jesús quiere que “den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Para los judíos, al querer purificar el templo, Jesús estaba dando a entender que era el Mesías. Por lo tanto, ellos le pidieron una señal que comprobara con qué autoridad hacia tal cosa. Sin una señal milagrosa no creerían que Jesús era el Mesías, lo considerarían un subversivo del orden establecido.

La señal que Jesús les da está relacionada con su muerte y su resurrección. Como la escena controversial que nos presenta el evangelista se desarrolla alrededor del templo de Jerusalén y en referencia a este, Jesús les dice: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. Los judíos no entendieron, consideraron la afirmación de Jesús como un absurdo, y contestan: “Cuarenta y seis años ha llevado la construcción de este santuario, y tú lo vas a levantar en tres días”.

Todos estaban confundidos con la actitud de Jesús: en un momento trata de purificar el templo y al instante habla de destruirlo. Está claro que los judíos esperaban al Mesías de Dios, pero Jesús les parecía todo menos un Mesías. Purificar el templo era una atribución del Mesías, pero tratar de destruirlo era propio de un bandido. El templo de Jerusalén era el centro de la vida y la religión de los judíos. Meterse con el templo era buscarse la muerte.

Los judíos no comprendieron eso de destruir el templo y probablemente tampoco los discípulos de Jesús lo entendieron hasta después de la resurrección. San Juan nos lo explica diciendo que “él se refería al santuario de su cuerpo”, su cuerpo que sería destruido en la cruz, y que a los tres días sería resucitado de entre los muertos. Esta resurrección sería la prueba final de que Él era el Mesías, el Hijo de Dios.

Los judíos continuamente pedían señales para poder creer que Jesús era el enviado del Padre. En la epístola que leímos y según el profesor jesuita Luis Alonso Schokel, el apóstol Pablo “a través de una serie de contrastes audaces y contundentes nos acerca al misterio de Cristo crucificado: es un escándalo dice, para los judíos que esperan un Cristo triunfador. Es una locura para los griegos que buscan y apoyan la sabiduría. El misterio de la cruz solo puede expresarse ante los ojos de la sabiduría y la razón humanas como locura y debilidad de Dios, y precisamente por eso, es fuerza y sabiduría de Dios, para los creyentes”.

Es verdad que Jesús hizo muchos milagros y “muchos creyeron en él por las señales que hacía”. No obstante, no actuaba para hacerse un líder famoso en este mundo y para que muchos lo siguieran. No debemos acercarnos a Jesús buscando arrancarle algún milagro. El gran milagro es creer en Jesús como nuestro salvador, aun cuando nos parezca que todo está perdido o destruido.

Nuestro acercamiento a Jesús debe ser una respuesta de amor. Él nos amó primero y se entregó a la muerte por nuestros pecados. Si así lo hacemos entonces tendremos una vida nueva, porque el amor engendra amor y solo el amor es digno de fe. Es posible que al principio nos acerquemos a Jesús egoístamente, buscando algún bien material, pero después de conocerlo y creer en él, tenemos que dejar las idolatrías de este mundo y seguirlo en espíritu y verdad.

La mejor forma para demostrar el amor al Señor es obedeciendo los mandamientos, porque Jesús dice: “Si alguien me ama guardará mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él. Quien no me ama no cumple mis palabras, y la palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Como el Padre me amó, así yo los he amado, permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, lo mismo que yo he cumplido los mandamientos de mi padre y permanezco en su amor”.

Precisamente, la primera lectura nos habla de los mandamientos de Dios que fueron dados al pueblo de Israel por mediación de Moisés como parte importante de la alianza de Dios con Israel al que había sacado de la esclavitud en Egipto; eran las leyes que debían regir la vida de los israelitas como pueblo elegido, regir su relación con Dios y entre ellos como hermanos, hijos del mismo Padre.

Parte de los mandamientos hacen referencia directa a la relación con el Dios único, el Dios de la alianza: “No tendrás otros dioses…no te harás una imagen…no te postrarás ante ellos, ni les darás culto…no pronunciarás el nombre del Señor tu Dios en falso…”. La fe y el respeto al Dios único y verdadero, conlleva el respeto y amor a los hijos de Dios, creados a su propia imagen, de ahí, los demás mandamientos: honra a tu padre y a tu madre…no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio contra tu prójimo, no codiciarás los bienes de tu prójimo. El pueblo rescatado de la esclavitud debe dar testimonio de su nueva vida escuchando la voz de Dios y cumpliendo los mandamientos, que no son una carga difícil de llevar, sino una ayuda para caminar en la presencia de Dios y obtener la verdadera liberación.

Hermanos y hermanas, cantemos con el salmista el salmo diecinueve cuyos versos engrandecen y definen la verdadera intención de la ley de Dios: “La ley del Señor es perfecta: devuelve el aliento; el precepto del Señor es verdadero: da sabiduría al ignorante; los mandatos del Señor son rectos: alegran el corazón; la instrucción del Señor es clara”. Este tiempo de cuaresma démosle una mirada a nuestra vida a la luz de los mandamientos de Dios para ver si andamos en verdadera armonía con Él, con el prójimo y con toda la creación. Hagamos un alto en el camino, escuchemos la voz del Señor que nos invita a seguirle con un corazón contrito prometiendo su amoroso alivio a nuestras pesadas cargas:

“Vengan a mi todos los que están trabajados y cargados, y yo los haré descansar. Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga”.

 

El Rvdo. Ramón Betances pertenece a la Diócesis Episcopal de Atlanta; es vicario en las misiones de San Benedicto en Smyrna, y El Buen Pastor en Austell, Ga.

Segundo Domingo en Cuaresma – Año B

Génesis 17:1-7,15-16, Salmo 22:22-30, Romanos 4:13-25, Marcos 8:31-38

Las lecturas del libro de Génesis y del evangelio de Marcos nos invitan a reflexionar sobre el concepto cristiano de la fe en Dios. ¿Qué es la fe? ¿Cómo la vivimos de día en día? Las historias de Abrahán y Sara y la invitación que Jesucristo le hizo a sus discípulos y a las comunidades, nos ofrecen maneras de seguir a Jesús y de servir al pueblo con fe y con la confianza de que Dios siempre provee.

En nuestras sociedades circulan diversas interpretaciones sobre el concepto de la fe y de tener fe. Una interpretación que se escucha es que la fe es una serie de conceptos abstractos que se deben afirmar, como, por ejemplo, lo que dice la carta de Pablo a los hebreos, “la fe es la certeza de lo que no vemos.” A veces pensamos que, al recitar el Credo, el Padrenuestro o algún testimonio de nuestra experiencia religiosa es el equivalente a que tenemos fe en Dios.

En su carta al pueblo romano, San Pablo incorpora una enseñanza importante sobre la fe dada a Abrahán y a todos sus descendientes y que nos incluye a nosotros y a nosotras. Esa promesa dice que la fe es un don, un don dado por Dios a toda persona que explora su fe y a toda persona que tiene esa fe en Dios. Según el apóstol Pablo, Abrahán confió plenamente en las promesas de Dios y, “no dudó ni desconfió de la promesa de Dios, sino que tuvo una fe más fuerte. Alabó a Dios, plenamente convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete.”

La fe de Abrahán afirma su confianza en el amor de Dios y su convicción de que Dios siempre cumple sus designios. Esta es la fe que Dios busca en cada uno de nosotros y de nosotras. En el libro de Génesis vemos cómo Dios llamó a Abrahán y a Sara para que dejaran su país natal y migraran a un lugar desconocido. ¿No es esta la misma situación que viven muchos inmigrantes en el mundo? La fe nos impulsa a obedecer a Dios y a echar camino confiados en la palabra del Señor.

A través de los siglos, esta misma fe ha impulsado a miles y miles de personas de fe a compartir el amor de Dios en medio de las circunstancias más difíciles y bajo muchas persecuciones. La fe ha inspirado a muchas personas a luchar contra la injusticia y las ha llevado a buscar los caminos de la paz y de la reconciliación entre los pueblos. Nuestro Pacto Bautismal insiste en que los cristianos tengamos un vínculo estrecho entre nuestra fe y nuestra acción cristiana.

De cierto modo podríamos decir que esta fe que impulsa a la acción motivó al Señor Jesús durante su ministerio terrenal y le ayudó a enfrentar su cruz y su muerte para redimir a la humanidad. En el evangelio escuchamos que Jesús invitó al pueblo a poner su fe en acción cuando dijo: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame.” Hoy, con estas mismas palabras, el Señor nos invita a seguirle y a convertir nuestra confianza en acción profética y evangelizadora, independientemente de nuestras realidades.

Aún más allá de definir la fe como la plena confianza en Dios e insistir en que esta fe debe motivarnos a la acción, debemos entender que el concepto bíblico de la fe es algo que transforma nuestras vidas.

La carta a los romanos nos recuerda que, por confiar plenamente en el Dios Todopoderoso, Abrahán llegó a ser, “el padre de muchas naciones y el padre de todos nosotros.” Es decir, que somos los descendientes de Abrahán y de Sara, a quienes Dios escogió con todas sus imperfecciones a ser matriarca y patriarca de los herederos del reino de Dios.

Como símbolo de esta transformación de sus vidas, Dios el Señor les dio nuevos nombres. Simbólicamente estos nombres mostraban su nueva relación con Dios. El hasta entonces llamado Abram, se convirtió en Abrahán, que significa “padre de muchas naciones.” Su esposa Saraí, cuyo nombre significa, “la peleona”, se convirtió en Sara, “la princesa”, puesto que sus hijos serían reyes entre los pueblos. Recordemos que los libros del Antiguo Testamento cuentan cómo los descendientes de ellos se convirtieron en una nación que impactó la historia de toda la humanidad.

El nombramiento de Abrahán y Sara se repite cuando bautizamos a los nuevos cristianos, llamándolos por los nombres completos dados por sus padres. Igualmente, para adultos candidatos al Santo Bautismo, llamarlos por sus nombres completos representa la renovación de sus vidas por la gracia de Dios y los y las identifica como miembros de la familia de Dios y del Cuerpo de Cristo. Así que el llamado que se les hace en el Santo Bautismo representa la invitación a una vida de fe activa y transformadora en el nombre de Dios: Padre, Hijo, e Espíritu Santo.

Durante esta Santa Cuaresma tenemos nuevamente la oportunidad de aprender de Abrahán y Sara y de los seguidores de Jesús que dejaron sus bienes materiales y preocupaciones del mundo para renovar y profundizar su fe al seguir a Jesús. Podemos recordar las promesas que Dios ha hecho a su pueblo, culminando con la resurrección y la vida nueva en Jesucristo.

Hermanos y hermanas recordemos las promesas que Dios hizo a nuestros ancestros, promesas que también son para nosotros y nosotras. ¡Vivamos con la esperanza de que la gracia y el amor de Dios transformarán nuestras vidas y transformarán el mundo que Cristo redimió con su cruz y resurrección!

 

Padre Jack Lynch ha servido en las diócesis de Honduras, Carolina del Norte, y el Sur de Virginia y ahora es sacerdote misionero de la Iglesia Episcopal San Jorge en Central Falls, Rhode Island y sirve como director del Instituto Ecuménico de Ministerio Hispano. Publica el blog “El Cura de Dos Mundos” (padrejack.blogspot.com).

 

Primer domingo en Cuaresma – Año B

Génesis 9:8-17, Salmo 25: 1-9 , 1 Pedro 3:18-22, Marcos 1:9-15

Hoy iniciamos la estación del año litúrgico llamada Cuaresma. El término Cuaresma se refiere a la narración de los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas donde se nos dice que Jesús pasó cuarenta días con sus noches en el desierto.

La estación de Cuaresma y otras estaciones litúrgicas no se establecieron inmediatamente después de la resurrección de Jesús Nuestro Señor. Las primeras comunidades cristianas no conocían la Cuaresma porque todavía no existía, esas comunidades cristianas ayunaban el sábado antes de la Pascua, luego añadieron el ayuno para el viernes, y más tarde, en el siglo tercero, ya se observaban seis días de ayuno.

No fue sino hasta el cuarto siglo que la estación de la Cuaresma tomó forma como estación penitencial cristiana de cuarenta días. La Cuaresma adquirió casi exclusivamente un carácter de tiempo penitencial y ascético, y es por esto por lo que aún se preservan las tradiciones cuaresmales de la oración y del ayuno.

Para entender el significado de la Cuaresma tenemos que indagar lo que implican los cuarenta días. Hay que tener presente que los números en la Biblia son simbólicos y siempre expresan un significado apropiado al contexto de aquel momento histórico.

El número cuarenta se encuentra en la Biblia en más de cien ocasiones y casi siempre en momentos importantes y decisivos en la historia bíblica. Recordemos algunos bien conocidos: estuvo lloviendo sobre la tierra cuarenta días con sus noches; Moisés condujo al pueblo de Israel durante cuarenta años por el desierto y pasó cuarenta días en oración en el monte Sinaí antes de recibir las Tablas de la Ley; el profeta Elías pasó cuarenta días en ayunas en el desierto hasta encontrarse con Dios en el monte Horeb; Jesús fue presentado en el Templo a los cuarenta días de nacido y después de ser bautizado en el río Jordán, permaneció cuarenta días en el desierto.

En todos esos momentos bíblicos se esconde un significado oculto que es reforzado con el número cuarenta. En el diluvio Dios manifiesta su poder sobre los elementos atmosféricos para sobrecoger al ser humano hacia su conversión. Los cuarenta años por el desierto manifiestan claramente lo arduo y costoso que le fue al pueblo de Israel hacer una travesía tan difícil, que por otra parte se puede realizar en corto tiempo.

Los cuarenta días de Jesús en el desierto significan más que las pruebas a las que fue puesto, el momento en su vida en el que Jesús toma una decisión trascendental para salir al mundo a anunciar y llevar a cabo la misión de Dios. Esa misión fue su vocación mesiánica. Para Jesús esa misión respondía a la pregunta: ¿Cómo llevar adelante la misión sublime de manifestar el amor misericordioso del Padre, sobre todo hacia los desposeídos, los humildes, a los perseguidos? ¡Ardua tarea!

Y más aún, sabemos que Jesús fue fiel al plan de salvación divino, aunque ante la inminencia de su muerte, Él les confesó a sus discípulos: “siento una tristeza de muerte”, y todavía más profundamente, “Padre, si es posible, que se aparte de mi esta copa”.

Al inicio del ministerio de Jesús, los evangelistas enmarcan este momento cumbre de su vida dentro de un período de cuarenta días. Sin embargo, en el caso de Jesús pudo resolverse en unos momentos, en unos días, o en un período más largo de reflexión. Un tiempo en el que, a todas luces, lo más difícil no son los ayunos ni las penalidades físicas, sino las sicológicas.

No debemos tomar al pie de la letra, las tentaciones de Jesús en el desierto rodeado de fieras, satanás y ángeles sobre las cuales escuchamos en el evangelio de Marcos. Jesús nos invita a enfocarnos no tanto en la escenografía de esas tentaciones, sino en ese acto importantísimo en su vida donde él rechaza las tentaciones y se prepara espiritualmente para cumplir su ministerio terrenal.

Así pues, la Cuaresma en el sentido espiritual significa un período de tiempo importante en nuestras vidas. Puede ser el tiempo de un día o de siete, en el que tomamos una decisión transcendental en nuestras propias vidas. O, visto desde otra perspectiva, toda nuestra vida es una “cuaresma” en la que nos vamos preparando día a día para la Pascua Celestial, nos preparamos para la Gloria eterna.

Hace unos días celebramos el Miércoles de Ceniza. En el evangelio de Mateo para ese día, Jesús nos insta a que obremos desde lo profundo de nuestro corazón, siendo sinceros y evitando toda vanagloria. No quiere Jesús que publiquemos al son de trompeta nuestras buenas obras. No quiere Jesús que aparezcamos super piadosos, exhibiéndonos como santos, cuando no lo somos. No quiere Jesús que aparezcamos tristes, débiles o demacrados porque ayunamos demasiado.  No quiere Jesús que pongamos nuestro corazón en tesoros perecederos cuando nos espera el mejor tesoro en el más allá. En definitiva, Dios quiere que nuestra actitud en la vida esté marcada por la sinceridad y la autenticidad.

Entonces, ¿qué hemos de hacer en nuestras vidas para darle sentido a la Cuaresma? El Libro de Oración Común nos sugiere a los Episcopales que en primer lugar en la santa Cuaresma nos dediquemos a hacer un “examen de conciencia”. Luego cabe el “arrepentimiento” si es que estamos viviendo una vida sin sentido y superficial, y esto se debe llevar a cabo mediante la reflexión en la Palabra de Dios, meditando en ella día y noche. Orando sin cesar, llevando en nuestros corazones la presencia constante del Dios vivo, eso es vivir la Santa Cuaresma.

No excluye el Libro de Oración Común el “ayuno y la abnegación”. Todo gran compromiso en esta vida implica sacrificio de nuestra parte para estar en comunión con Jesús. Una vida fácil conduce a la pereza espiritual. Una vida dedicada a Jesús y al bien conduce al triunfo espiritual. De igual manera, llevar una vida auténtica, sincera y de entrega a Dios y al prójimo, es una bendición para uno mismo y para Dios.

En las lecturas de hoy, escuchamos al evangelista decir que Jesús: “se hizo bautizar por Juan en el Jordán”, y en la primera carta de Pedro oímos que: “el bautismo no consiste en lavar la suciedad del cuerpo, sino en el compromiso con Dios de una conciencia limpia”. Estas palabras nos dan a entender que Jesús encontró en el Santo Bautismo, la fortaleza para realizar el compromiso de su misterio público.

Hermanos y hermanas, vivamos una Santa Cuaresma llenándonos de la fortaleza divina renovando a diario nuestro compromiso bautismal de resistir toda tentación, proclamar la justicia y la paz y servir a Cristo en toda persona.

El Rvdo. Isaías A. Rodríguez es oriundo de España. Fue carmelita descalzo y sigue amando la espiritualidad carmelitana encarnada en los grandes místicos san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. Reside en la Diócesis de Atlanta desde 1983.

 

 

Viernes Santo – Año A

Isaías 52:13-53:12, Salmo 22, Hebreos 10:16-25, Juan 18: 1-19:42

El día se muestra solemne y sombrío. Sentada en su mecedora de mimbre, las manos de dedos largos huesudos y fuertes sostienen en su regazo maternal, la taza de café negro humeante. Su única adorada nieta acaba de perfumarla y alisarle con suavidad, uno tras otro los cabellos largos y ralos, un regalo de amor de una nieta quien, a cambio de su gesto de amor matutino, recibe verdaderos tesoros salidos del corazón de su abuela preferida. Están en el jardín del patio trasero de la casa paterna. El olor del jazmín en flor, se mezcla con el de agua de rosas, olor que adornará las historias de la abuela que la nieta nunca olvidará.

Hoy ambas saben que la rutina del día será diferente. Es viernes santo. Ambas nieta y abuela junto con el resto de la familia irán a postrarse al pie de la cruz. Se acompañarán y acompañarán a Jesús en su hora de agonía. Sentirán el dolor de ver sufrir a Jesús Redentor del mundo, orarán por ellas, orarán por sus propias pérdidas, orarán y pedirán el perdón y la reconciliación divina. Se unirán al fervor de toda una comunidad que casi al unísono lamenta, expresa su dolor, llora la pérdida de su Redentor y sus propias pérdidas y también albergan la esperanza de lo prometido, como dice el profeta Isaías: “Mi siervo tendrá éxito, será levantado y puesto muy alto. Así como muchos se asombraron de él, al ver su semblante tan desfigurado que había perdido toda apariencia humana, así muchas naciones quedarán admiradas; los reyes, al verlo, no podrán decir palabra, porque verán y entenderán algo que nunca habían oído.”

Sí. Abuela y nieta saben que “al tercer día resucitará de entre los muertos y su reino no tendrá fin” Es ésa la esperanza que alimenta su fe en que llegará la solución a los pesares de sus almas y que les asegura que en ellas reinará el amor, la paz y la tranquilidad.

En esta hora sagrada, sombría y dolorosa, nosotros también, cerremos los ojos y en silencio, pongámonos a los pies del madero en el que vilmente torturado, agoniza nuestro amado Maestro y compañero.

Acompañémoslo en esta hora que Él mismo mencionó tantas veces. Esa dolorosa hora para Jesús, el Hijo del Hombre; Jesús, la Palabra; Jesús, Dios hecho carne; Jesús, el Verbo de la verdad y la luz; Jesús, el Hijo de Dios, el agente y siervo de Dios; Jesús, que se encarnó para revelarle al mundo la verdad sobre Dios nuestro Padre; Jesús, el amor de Dios Padre encarnado, el poder infinito del amor divino para con cada uno de nosotros y nosotras.

Jesús inocente de culpa e inequidad, es el Cordero sacrificado. Su vida, pasión y muerte en la cruz nos redime, nos libera del pecado, nos ofrece reconciliación, salvación y nueva vida. Será para cada uno de nosotros, una nueva vida en la luz, una nueva vida en la verdad como hijos de Dios, la luz que nos saca y nos protege de perdernos en los lugares de tinieblas de éste nuestro mundo, éste nuestro mundo lleno de quebrantos.

En esta hora final, acompañemos a las mujeres que caminaron junto a Jesús a Gólgota llevando sus propias cruces al hombro. Abracemos a las mujeres que sintieron como ahora nosotros mismos sentimos, los muchos vituperios, los latigazos de los soldados romanos, los gritos de la multitud enardecida “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”, los ataques físicos y verbales a su amado hijo, hermano y amigo.

Ataques físicos y verbales de los que muchos de nosotros también hemos sido víctimas inocentes.

En esta hora final, los ojos de Jesús encuentran los ojos de su madre. Son los ojos de una madre aullando en silenciosa desesperación. Su alma atravesada ​​por los peores dolores que una madre pueda sostener.

Los ojos de María, mirando el horror, llevando los ojos de su hijo a la profundidad de su corazón roto, llevándolo a ese dolor crudo, amargo, a ese dolor inconmensurable e inconsolable de una madre que está a punto de perder al hijo que llevó en sus entrañas.

Junto a ella, abracemos también al discípulo amado. Al joven Juan, seguidor del llamado de su maestro y amigo, a amarse y amar al prójimo como a sí mismo. Reconozcamos que ese llamado lo es para nosotros también y que, como él, llevamos en nuestras almas el dolor insoportable de perder al amigo leal, al mentor dedicado, al más dulce de los compañeros.

En esta hora solemne y sagrada Jesús mira a María, su madre y le dice: “Mujer, aquí está tu hijo” Y mirando al discípulo, le dice “Aquí está tu madre.”

 Con estas palabras, Jesús nos comunica a nosotros y al mundo que no estaremos solos. María su madre y el discípulo amado son la base, el fundamento y establecimiento de la nueva comunidad. Es el futuro de la misión que él vino a este mundo para cumplir en el nombre del Padre.

A esa nueva comunidad todos somos invitados a nutrirnos de su amor. En esa comunidad estamos todos incluidos. Seremos la comunidad que seguirá sus enseñanzas de amor a Dios Padre y el amor a cada uno de nuestros vecinos. Seremos la comunidad llamada a difundir la Buena Nueva: invitar a otros a unirse, a aprender unos de otros y servir a otros como siervos humildes y amorosos. Seremos una comunidad que vivirá una vida de fe centrada en el amor redentor de Dios que nos amó tanto que vino a este mundo a liberarnos y a darnos vida, más la vida eterna que no tiene fin.

“Tengo sed” le oímos decir a Jesús. Su sed no es del agua viva que Él mismo encarna. Su sed es una sed que cada uno de nosotros conocemos muy bien, y la sed que el mundo más necesita: es la sed de justicia, de paz, de amor y de comprensión entre nosotros, la sed de comprensión de lo infinito del amor de Dios, ese amor divino desinteresado, puro y transparente. El amor de Dios Padre que Jesús, su hijo amado vino a revelarnos a través de su ministerio de amor. Jesús tiene sed de que vivamos nuestras vidas en Él, y de sentirlo y compartirlo con el mundo.

Con las palabras “Todo ha terminado” Jesús ofrece su espíritu al Padre. Para Jesús, las palabras “todo está terminado” significa “Todo está cumplido”. Jesús ha cumplido la voluntad del Padre. Ha sido obediente a su voluntad hasta el final. Ahora Él puede ser levantado y puede ser glorificado. La muerte de Jesús es el regalo de amor más desinteresado que un amigo puede ofrecerles a sus amigos.

El amor que Jesús nos ofrece en la cruz nos permite vivir en la nueva luz; vivir en la luz de Cristo que alumbramos y proclamamos a toda voz en la Gran Vigilia pascual. Luz que siempre está presente para nosotros; la luz y la verdad que nos rescatan de nuestros momentos de tinieblas, de nuestros momentos de desesperación, de la ceguera y de todo lo que nos separa del amor de Dios, para guiarnos al abrazo del perdón y de la gracia de Dios en Cristo resucitado.

Hermanos y hermanas, en este momento culminante, sigamos postrados y abrazados al cruel madero. Sigamos fieles, presentes y con la vista fija en la promesa. Oremos fervientes y con humildad, escuchemos sus palabras, mientras sus ojos tiernos y amorosos nos miran desde la cruz.

La Rvda. Ema Rosero-Nordalm es la diácona episcopal en la Iglesia Nuevo Amanecer, un nuevo ministerio latino luterano, en East Boston, Massachusetts. También es la Coordinadora de Seguimiento y Mentoría para líderes facilitadores del programa Academia Ecuménica de Liderazgo.

Jueves Santo – Año A

Éxodo 12: 1-4, (5-10), 11-14, Salmo 116: 1, 10-17, 1 Corintios 11: 23-26, Juan 13: 1-17, 31b-35

La sorpresa de los discípulos tuvo que ser inmensa al ver a Jesús levantarse de la mesa, quitarse la capa, echar agua en una palangana y atada una toalla a su cintura lavarle los pies a cada uno de ellos. ¡Él era su Maestro! ¡Él era su Señor! El lavado de los pies no era algo que hacían los maestros. Imaginen la sorpresa si una reina se hincara a hacerle lo mismo a un grupo de itinerantes sin hogar.

En la época de Jesús, el lavado de los pies era tarea de los sirvientes de la casa. No era un trabajo glamoroso. Los pies de las personas de esos tiempos lucían siempre resecos, sucios, callosos y agrietados por tanto caminar llevando sandalias. Lavarle los pies a alguien era un acto de hospitalidad y de humildad. Por eso, cuando Jesús terminó de lavarles los pies a sus discípulos, les explicó por qué lo había hecho: “Estoy dándoles un ejemplo. Ustedes también deben hacer lo que yo les he hecho.”

Podríamos preguntarnos si los discípulos entendían lo que Jesús les enseñaba. Jesús los escogió, los llamó y les dio un nuevo significado a sus vidas. Caminando junto a Jesús, se sentían personas especiales. No obstante, Jesús no llamó a sus discípulos de entre la multitud de agricultores y pescadores para que ellos gozaran de un mayor estatus. Jesús los llamó para servir, para continuar su ministerio de amar a las personas después de que Él ya no estuviera entre ellos.

Casi podemos oír a los discípulos preguntándose “¿Qué vamos a hacer en este mundo sin Jesús?”

La respuesta es que ellos serían los que irían por el mundo llevando la Buena Nueva. Le hablarían a toda persona que viniese a escucharlos. Mirarían los rostros de pecadores de toda clase. Cada uno, tal vez sufriendo de su propio quebrantamiento y con gran anhelo de sentirse completo.

Los discípulos sin Jesús tendrían muchos de esos momentos. Y en medio de esos momentos recordarían a Jesús lavándoles los pies. Recordarían su ejemplo y cómo su Maestro les enseñó a tratar a otras personas. Y sentirían la presencia de Jesús diciéndoles: ¿Ven ustedes lo sencillo que es? Yo los envío al mundo; vayan a esas multitudes de gente de donde los llamé y me siguieron. Su trabajo es implemente, amarlos.

Jesús nos presenta el amar al prójimo como una prueba de si somos o no, sus discípulos. Nos gustaría pensar que demostraremos nuestro discipulado asistiendo fielmente a nuestras iglesias, participando en programas interesantes y variados, elevando grandiosas alabanzas, expresando las doctrinas correctas o quizás siguiendo y colaborando con algún líder o movimiento histórico.

Sin minimizar la importancia de la adoración entusiasta y de cumplir con la verdad revelada, la fuerza de la declaración de Cristo debe ser aceptada: “Por todo esto la gente sabrá que son mis discípulos si se aman el uno al otro”. Entonces nos debemos preguntar ¿Amo a mis hermanos y hermanas en Cristo? ¿Expreso, al amar a mis hermano y hermanas en Cristo, este sello del aprendizaje verdadero? ¿Vivo sin olvidar el amor y el servir a otros?

Lamentablemente, a veces ocurre que nos criticamos los unos a los otros. Juzgamos la manera como alguien se viste, la manera como se expresa, cómo canta, la forma como predica, o difundimos sin confirmar, los rumores que perjudican a otros. Nada de esto es nuevo. Pablo advirtió a los cristianos en Galacia: “Pero, si siguen mordiéndose y devorándose, tengan cuidado, no sea que acaben por destruirse unos a otros.”

En esta época marcada por el individualismo y la indiferencia, por la avaricia, el egoísmo y las luchas de poder, Dios nos llama a amarnos los unos a los otros con amor incondicional. El apóstol Pablo nos dice que se trata de un amor basado en la tolerancia, el respeto y el preocuparnos por los demás.

En cuanto a la tolerancia, Pablo exhortó a los cristianos de Éfeso a que fueran “totalmente humildes y apacibles”, que fueran “pacientes, llevándose unos a otros en amor”. Preguntémonos, ¿Por qué estamos llamados a tolerarnos unos a otros? La respuesta es, porque es necesario. Sería maravilloso si fuéramos seres maduros, razonables, humildes, considerados y adorables. Pero a veces estamos cansados, o somos egoístas e inmaduros. Por lo tanto, el amor requiere que seamos tolerantes en nuestras interacciones, no porque no nos preocupamos por el pecado o por la verdad, sino porque debemos obedecer la orden del Señor de amarnos unos a otros. Esto puede ser un desafío si sólo nos centramos en juzgarnos y en condenarnos.

En cuanto al respeto, a veces, como cristianos, nos expresamos con palabras necias, e incluso que causan dolor a otras personas. Todos somos humanos y estamos propensos a actuar de esta manera. Sin embargo, incluso bajo estas circunstancias, las Escrituras nos enseñan a respetarnos mutuamente. San Pablo nos dice: “Sométanse unos a otros, por reverencia a Cristo”. Entonces debemos amar y respetar a otros por veneración de Cristo nuestro Salvador.

En cuanto a preocuparnos por los demás, comparando la iglesia a un cuerpo, Pablo concluye que “sus partes deben tener la misma preocupación del uno para con el otro. Si una parte sufre, cada parte sufre con ella”. El verdadero amor cristiano no puede sino expresarse en genuina preocupación. ¿Estoy realmente preocupado cuando mi hermano pierde su trabajo, cuando mi hermana está enferma, cuando una nueva persona llega a nuestro barrio o visita nuestra iglesia local, incluso cuando son diferentes a mí?

En nuestro mundo hay muchos que dicen que siguen a Cristo mientras que simultáneamente desprecian a su hermano o hermana debido a su raza, su género, su origen étnico y por muchas otras razones. Como cristianos estamos llamados a hacer algo diferente.

En la noche en que Jesús instituyó el Santísimo Sacramento de la Comunión en la Última Cena primero nos mostró este gesto de lavar los pies de sus discípulos. Jesús inculca en ellos y en nosotros, el llamado a amar y a servir a unos y a otros con todo nuestro corazón y con humildad. Jesús no les da a los discípulos “una sugerencia” o “una idea”. Jesús les da una orden, un mandato sin opción. Más aún, el mandamiento de Jesús a sus discípulos, no es solamente “ama a tu prójimo como a ti mismo”, es también “ama como yo te he amado”. “Ama como yo te he servido y te he guiado”.

Hermanas y hermanos, celebremos este Jueves Santo comprometiéndonos a seguir el modelo de amor y servicio de Cristo. ¡Amemos como Él nos ama, acerquémonos a la mesa del Señor con humildad y salgamos al mundo siguiendo el ejemplo de Cristo!

La Rvda. Dr. Lisa Fortuna se desempeña como sacerdote asociada en Trinity Church en Melrose, Massachusetts; es médico y directora de la Oficina de Siquiatría Para Niños y Adolescentes en el Boston Medical Center.

Domingo de Pasión: Domingo de Ramos– Año A

Liturgia de las Palmas

Mateo 21:1-11

En la Eucaristía

Isaías 45:21-25 o Isaías 52:13-53:12, Salmo 22:1-21, o 72:1-11, Filipenses 2:5-11, San Mateo 26:36-27:54 (55-66) ó 27:1-54 (55-66)

 

Hoy celebramos el inicio de un peregrinar litúrgico que nos transportará a vivir y a conmemorar nuevamente lo que podríamos llamar la semana más difícil en la vida terrenal de Jesús.

La Semana Santa nos permite reflexionar no tan solo en la vida y sufrimiento de Jesús, un regalo muy valioso de la compasión de Dios hacia nosotros. Su Gracia y Misericordia nos une al amor reconciliador a través de la vida, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo que nos libera y nos da vida.

En muchas comunidades, el servicio de hoy se inicia en un lugar afuera del templo, con la lectura del Evangelio para la Liturgia de las Palmas y, a veces, con procesiones por el vecindario en el cual están ubicadas nuestras comunidades.

A menudo, durante la celebración Eucarística, el Evangelio es leído en forma narrativa, incluyendo la participación de personas que asumen un personaje particular en la historia de la pasión de Jesús. Estas prácticas comunes y las lecturas bíblicas de hoy nos muestran escenarios drásticamente cambiantes que nos llevan desde la gozosa y exuberante experiencia de la entrada triunfal a Jerusalén hasta la triste y decepcionante respuesta del pueblo que pide la crucifixión de Jesús.

En ese día dos procesiones entraron a Jerusalén. Los autores de La Última Semana: Un recuento diario de la Última Semana de Jesús en Jerusalén, describen estas dos procesiones de manera extraordinaria y concisa. Ellos explican que una procesión entró por el este, mostrando a Jesús entrando a Jerusalén montado en un burro. Aquellos que seguían a Jesús en el este eran el pueblo pobre y necesitado. Esta era la procesión de la clase trabajadora. El mensaje de esta procesión era el Reino de Dios.

La otra procesión, entrando por el oeste en el lado opuesto de la cuidad, era la procesión del gobernador romano, Poncio Pilato. Esta procesión, en contraste con la de Jesús, proclamaba el imperio, el poder y la violencia. Pilato, siguiendo la tradición de previos gobernadores, entró a Jerusalén con su caravana de dignitarios y soldados. Esta procesión servía como un recordatorio del poder que tenía el imperio romano sobre el pueblo judío.

Los mismos autores indican que la procesión de Jesús fue una marcha política organizada. Desde su punto de vista, esta procesión fue organizada intencionalmente para retar los poderes políticos y para proclamar un reino de naturaleza muy diferente a la que las personas esperaban en ese momento.

El simbolismo de la entrada triunfal de Jesús cumple con lo que dijo el profeta Zacarías, quien predijo que un rey había de entrar a la ciudad, con humildad, para eliminar la guerra y traer un reino de paz.

Ese primer Domingo de Ramos, Jesús proclama un reino de paz, un reino de libertad y de equidad. Nosotros al seguir a aquel que entró a Jerusalén por el este, aquel que sufrió y fue crucificado para darnos vida eterna, estamos llamados a organizarnos para continuar construyendo la paz e igualdad que este mundo tanto necesita.

En los últimos meses muchos grupos cristianos y seculares se han organizado para marchar en contra de varias injusticas. En enero del 2017, millones de mujeres, y sus aliados, se reunieron en marchas que se extendieron, no solo a la capital de EE UU sino a una mayor parte de los estados y a todos los continentes del mundo con el fin de reafirmar la necesidad de respetar los derechos de la mujer y dar testimonio público a la necesidad de confrontar a todo poder opresor.

La marcha fue considerada impactante no tan solo por la cantidad de personas que participaron y la variedad de lugares en las cuales se llevaron a cabo, sino también porque no hubo incidentes violentos durante toda su trayectoria. Nominada La Marcha de la Mujer, esta marcha fue muy eficaz. Un ejemplo de lo que puede lograr la unión y la organización de los pueblos, cuando existe una visón alternativa del reino; cuando luchamos por construir una sociedad de paz e igualdad en un mundo que tanto lo necesita.

En unos días, si participamos de La Gran Vigilia pascual o si somos testigos de un Bautismo en Domingo de Resurrección, estaremos reafirmando nuestro Pacto Bautismal donde prometemos perseverar en resistir al mal y reafirmamos nuestro compromiso de proclamar con palabra y con el ejemplo las Buenas Nuevas de Dios en Cristo; decir la verdad y decirla con amor y firmeza; trabajar por la justicia y la paz y todo ello, con el auxilio de Dios.

En ese primer Domingo de Ramos, Cristo trajo un nuevo mensaje. Su mensaje impregnado con el profundo amor de Dios para nosotros, es un recordatorio de que el mundo puede ser diferente. El mundo puede escoger el amor en lugar de la violencia. El mundo puede escoger el respeto en lugar de la discriminación. El mundo puede escoger el camino de Jesús y no el camino del los poderes opresores.

El construir la paz es trabajo arduo. Comienza en el corazón de cada uno de nosotros cuando recibimos y reconocemos a Jesús, y a nuestro prójimo, como benditos que son los que llegan en el nombre del Señor.

Sigamos el ejemplo de nuestro gran Maestro de Nazaret. Pidamos a Dios que nos dé valentía, sabiduría y firmeza para que, como hizo Jesús, actuemos para forjar cambios positivos en nuestra sociedad y en nuestras comunidades. No se trata de un trabajo individual o solitario. Este trabajo requiere que dependamos de Dios, a través de la oración, la meditación y el estudio, y que dependemos del dialogo entre todos y el trabajo en comunidad.

El reino de Dios es un reino de paz y justicia. Seamos agentes de esa paz y de esa justicia.

La Muy Reverenda Miguelina Howell es Deana de Christ Church Cathedral, Hartford y Capellana de la Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal. Miguelina es miembro del Consejo Asesor del Canónigo Anthony Guillen, el Misionero Latino. También es miembro del Grupo de Trabajo que implementa la Resolución A-086 de la Convención General sobre desarrollo y sustentabilidad de congregaciones latinas.

Primer domingo en Cuaresma – Año A

Génesis 2:15-17, 3:1-7, Salmo 32, Romanos 5:12-19, Mateo 4:1-11

Una maestra de religión, le asigna a su clase una presentación sobre la vida de los santos. Para hacer su tarea, una joven se dirige a la iglesia donde se congrega con su familia. Al llegar al templo se fija en la hermosura de los vitrales que adornan las paredes. Observa cómo la luz penetra a través de ellos. Su observación la lleva a reflexionar y a compartir lo siguiente con su profesora: las santas y los santos son como cada uno de los vidrios que encontramos en muchas iglesias en el sentido de que dejan pasar la luz sin ser dañados o alterados.

Podemos decir que hay algo de similar al describir la tentación. Sabemos que la tentación existe, siempre puede tentarnos tanto a hombres como a mujeres, y también sabemos que no todos entre nosotros y nosotras permitimos que la tentación dañe nuestras vidas, ni nuestra experiencia de fe.

En el libro de Génesis citado en las lecturas de este domingo, oímos que la tentación persiste hasta lograr opacar la imagen de Dios en nosotros, arrebatándonos el privilegio de discernir entre el bien y el mal. Y muchas veces lo experimentamos cuando reclamamos autonomía moral, al tomar decisiones sobre nuestras vidas, dejando a Dios fuera de ellas.

Más aún, la segunda parte de la lectura del libro de Génesis que hemos escuchado, recrea la escena anterior, pero la enriquece con la presencia de la “serpiente” que, en el contexto citado, sirve de “máscara o antifaz” a un ser totalmente hostil a Dios y al ser humano. Más adelante, los autores de los libros del Nuevo Testamento llamarán diablo o “adversario”, la representación e identidad del mal en su máxima expresión.

La lectura de la carta de san Pablo a los Romanos que acabamos de escuchar nos recuerda que, en Cristo, el poder del pecado y la muerte son detenidos y su sacrificio en la cruz nos asegura el triunfo del amor como estilo de vida. San Pablo establece para nosotros, la diferencia entre el hombre o la persona vieja o exterior, y la persona nueva o interior en Cristo. Nuestros pecados personales son, en gran medida, la ratificación o confirmación de la debilidad de nuestra naturaleza humana la cual puede ser egoísta y atender a sus intereses personales.

Entonces estemos seguros que la muerte ya no tiene el control; estamos hablando de la muerte eterna, puesto que en Cristo somos llamados a la eternidad. San Pablo nos recuerda las palabras del profeta Isaías: “Después de tanta aflicción verá la luz y quedará satisfecho al saberlo; el justo siervo del Señor liberará a muchos, pues cargará con la maldad de ellos”. Cristo es generoso al extremo mientras que el pecado personificado en Adán es egoísta y sólo atiende a sus intereses personales.

Hermanos y hermanas, nuestro compromiso como cristianos es entonces, buscar, ampliar las posibilidades de la Gracia para que a su vez pueda transformar cada vida y convertirla en digno receptáculo del Amor de Dios. Nuestro compromiso es mantener nuestro corazón lleno de Dios, puesto que un corazón lleno de Dios, es un corazón dispuesto al amor y no al egoísmo y el pecado—mucho menos a la violencia. En las palabras de san Agustín de Hipona “La medida del amor es amar sin medida”.

En el Evangelio de Mateo, siguiendo la dirección de las lecturas anteriores, su autor asume que la tentación es consecuencia del pecado y como tal, afecta la Imagen de Dios en la humanidad.

No obstante, sabemos que Jesús, solidario con nosotros, pasa por estas pruebas mostrándonos fuerza para que nosotros, al ser tentados, reconozcamos la fuerza que podemos tener por medio de nuestra fe. Jesús encarna al pueblo en el desierto que durante décadas sufrió en su peregrinar antes de llegar a la tierra prometida.

Mateo presenta al Señor como el “Nuevo Moisés” que conduce el nuevo Éxodo, es decir, como el Mesías, tal como lo sospecha el diablo al decir “si eres el Hijo de Dios”. Jesús abre el nuevo camino de la salvación enseñándonos la obediencia a la Voluntad de Dios y para ello nos invita a confiar y comprometernos en esta empresa definitiva para el bautizado.

Cuando Nuestro Señor nos dice: “Y aunque los hizo sufrir y pasar hambre, después los alimentó con maná, comida que ni ustedes ni sus antepasados habían conocido, para hacerles saber que no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de los labios del Señor”, nos está invitando a vivir y a ser alimentados de la Palabra como fundamento de nuestra fe.

A pesar de estar libre de pecado el Señor pudo conocer las seducciones exteriores que atraviesan sus amigos, discípulos y todo creyente.

El Espíritu Santo que guió la vida y obra de los profetas y guió a Jesús Redentor en el cumplimiento de su Misión, más tarde hizo lo propio con la santa iglesia como lo indica el libro de los Hechos de los apóstoles capítulo 1 versículo 8: “recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí”.

Nosotros también podemos contar con la guía del Espíritu Divino que nos dará la fortaleza de resistir para que el mal no entre en nuestros corazones y que, como dice la alumna que la luz que pasa a través de los vitrales, esas tentaciones que se presentan, no dañen nuestras vidas, ni nuestra experiencia de fe, porque nuestro corazón estará lleno de Dios y diremos como nos pide San Pablo que creamos: “A todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece”.

 El Rvdo. Diego Fernando Sabogal se desempeña como Vicario Asociado de la Catedral de la Epifanía en la Diócesis de la República Dominicana y como Deán Administrativo y Académico en el Centro de Estudios Teológicos, Seminario Provincial.

Segundo Domingo en Cuaresma – Año A

Génesis 12:1-4a, Salmo 121, Romanos 4:1-5, 13-17, San Juan 3: 1-17

Muchos de nosotros admiramos a las personas que llamamos los mochileros. Ellos son los turistas estadounidenses y europeos que visitan nuestros países latinoamericanos. Viajan por tierra, usan ropa liviana y cargan una gran mochila con todo lo que necesitan para su viaje. ¿Por qué los admiramos? porque ellos tienen el valor y la actitud aventurera de viajar y descubrir las bellezas de nuestros países. Sin embargo, al final de su travesía, regresan a sus lugares de origen, vuelven a su vida, a sus estudios, a su trabajo, a su realidad. Y lo que se llevan es el recuerdo de sus viajes y aventuras.

La vida cristiana tal como lo plantea las lecturas de este segundo domingo en Cuaresma, no es un viaje turístico, con lugares planificados donde visitar, hoteles donde hospedarse y disfrutar de la comida, cultura, música y personas del lugar que visitan. La vida cristiana es un viaje sin retorno, no hay regreso a una antigua forma de vivir, el pasado muere para dar lugar a un presente insospechado y con la esperanza de un futuro prometido por Dios.

Hoy exploramos tres actitudes necesarias para iniciar una vida en Cristo. Esta Cuaresma nos ofrece un tiempo maravilloso para lograrlo.

Las actitudes que aprenderemos serán el Obedecer y salir, el Esperar y dejar actuar a Dios y el Salir de la zona de confort.

La primera actitud obedecer y salir la aprendemos en la lectura que acabamos de escuchar del libro de Génesis: Un día el Señor le dijo a Abram: “Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te voy a mostrar. Con tus descendientes voy a formar una gran nación; voy a bendecirte y hacerte famoso, y serás una bendición para otros”.

Lo interesante es que fue una orden porque Dios le dijo a Abram: deja …para ir a la tierra que yo te mostraré. Y esto es dejar lo conocido, porque estando en ese lugar Dios no podía mostrarle más. Y Abram simplemente obedeció y salió.

Muchos somos muy dados a cuestionar las órdenes, y tendemos a preguntar antes de obedecer. Y lo que Dios espera es que, si Él te da una orden, simplemente la obedezcas. Porque en la mayoría de las veces Dios va a entender que le amas, siendo obediente.

Y lo siguiente es actuar. Para muchos que desean hacer un cambio, dar el primer paso es lo más difícil. Pero este domingo, hermano y hermana, haz tuya la promesa de Dios. Porque Dios ya no le habla a Abram te habla a ti y te dice: Con tus descendientes haré una gran nación, voy a bendecirte y hacerte famoso y famosa. Serás una bendición para otros. ¿Te lo imaginas? Pues créele a Dios. Si es necesario que salgas de donde estás o cambies de estilo de vida y sientes que Dios te dice;
¡sal de aquí! Hazlo. Y deja que Dios te muestre lo que contigo va a iniciar y que continuará con tus descendientes.

La segunda actitud esperar y dejar actuar a Dios se parece a lo que una abuela decía. Para ella había un onceavo mandamiento: ¡no estorbar! Si obedecemos la orden de Dios, si actuamos saliendo de un lugar o de una situación que no nos permite ver las cosas de diferente manera, debemos tomar conciencia de que Dios actuará en las circunstancias que se presenten. Dios, en el Espíritu, será el proveedor, ayudador y protector de ese nuevo camino que hemos iniciado. El salmista canta:

Mi socorro viene del Señor
No permitirá que resbale tu pie
El Señor es tu guardián
El Señor es tu sombra a tu diestra
El Señor te guardará de todo mal
El Señor guardará tu salida y tu entrada

Dios quiere que confíemos, que le dejemos actuar y que evitemos a toda costa suplirnos o intentar tomar el control y no dejar que Dios actúe en nuestras vidas, especialmente en nuestro nuevo caminar cristiano.

La tercera actitud salir de la zona de confort es donde te sientes cómodo, donde todo te es familiar y está bajo tu control o conocimiento. El salir de esta zona crea miedo, incertidumbre y crea prejuicio ante lo nuevo. Y es lo mismo que le pasó a Nicodemo. La predicación de nuestro Señor Jesús fue tan atrayente y tan profunda que fue movido a buscar del maestro en la clandestinidad. Lo bueno de Nicodemo es que aunque era maestro, conocedor de La Ley, tenía la mente y el corazón abierto a la enseñanza del Maestro. Y Jesús le lanza una verdad espiritual en el evangelio de hoy: “Te aseguro que el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios”.

Nicodemo busca justificar, pero Jesús le pone las cartas sobre la mesa diciéndole: “Te aseguro que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”.

Es necesario hacer morir algo para que surja algo nuevo, y es necesario que no sea obra humana sino del Espíritu Santo. Gran reto para Nicodemo.

Y ahora Jesús te dice lo mismo. Sal de tu zona de comodidad y decide nacer de nuevo, deja que el Espíritu Santo haga algo nuevo en ti. Haz tuya las palabras del rey David en el Salmo 5   1: “Crea en mí oh Dios un corazón limpio y renueva un espíritu firme dentro de mí”.

Hermanos y hermanas en Cristo, en este segundo domingo en Cuaresma animémonos a:

  • Obedecer y salir de donde ya no hay sentido de crecimiento en la vida cristiana y dejar que Dios nos lleve a un nuevo territorio de relación personal y bendición.
  • Que si Dios nos ordena salir, nos sustentará y estará con nosotros en todo momento.
  • A no temer salir de nuestra zona de confort, porque para ver las cosas nuevas que Dios quiere mostrarnos debemos nacer de nuevo.

¡Que sigamos creciendo y cambiando hacia una nueva Pascua de Resurrección!

El Rvdo. Gustavo Galeano es presbítero de la diócesis del Sur Este de la Florida, y misionero en Honduras laborando como Capellán en el Ministerio Nuestras Pequeñas Rosas.

Inserto para el Boletín: Cuaresma 1(A)

Domingo de la Agencia Episcopal de Ayuda y Desarrollo

La Agencia Episcopal de Ayuda y Desarrollo es una agencia internacional de ayuda y desarrollo y una respuesta compasiva al sufrimiento humano en nombre de la Iglesia Episcopal.

Su tarea de curar un mundo herido está guiada por los principios de compasión, dignidad y generosidad. La Agencia Episcopal de Ayuda y Desarrollo colabora con las iglesias locales y con los socios ecuménicos en casi 40 países en estrategias de desarrollo comunitario a largo plazo.

Los episcopales de toda la Iglesia están invitados a conmemorar el Domingo de la Agencia Episcopal de Ayuda y Desarrollo en el primer domingo de Cuaresma, el 5 de marzo.

En la Convención General del 2009, la Cuaresma fue designada oficialmente como el tiempo para alentar a las diócesis, congregaciones e individuos a recordar y apoyar la obra salvadora de la Agencia Episcopal de Ayuda y Desarrollo.

Únase a la Agencia Episcopal de Ayuda y Desarrollo hoy y durante la Cuaresma para orar por las personas que combaten la pobreza, los desastres y las enfermedades en sus comunidades y por todo el mundo aprovechando los recursos y las experiencias locales para abordar la disparidad y la desigualdad en el mundo.

2017 Meditaciones de Cuaresma

Escrito por un grupo de líderes de la Iglesia Episcopal y de la fe y publicado por el Movimiento Adelante [Forward Movement], las Meditaciones de Cuaresma 2017 de la Agencia  Episcopal de Ayuda y Desarrollo exploran cómo la fe se nutre y se enriquece mediante las relaciones espirituales y las comunidades.

Estas meditaciones de Cuaresma profundizarán su fe en Cristo resucitado y fortalecerán su conexión con una comunidad que camina junto con otros en todo el mundo.

Al considerar la vida de sanidad y sacrificio de Jesús durante esta temporada de Cuaresma, la Agencia Episcopal de Ayuda y Desarrollo le pide que reflexione sobre su fe y cómo podría actuar para responder a un mundo herido.

Obtenga más información sobre la Agencia Episcopal de Ayuda y Desarrollo en la página web, www.episcopalrelief.org/Lent.

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