Sermón – Jueves Santo (Año C) – 24 marzo 2016

Escrito por El Rvdo. Richard Aguilar

[LRC] Éxodo 12:1-4, (5-10), 11-14, Salmo 116:1-2, 12-19, 1 Corintios 11:23-26, Juan 13:1-17, 31b-35

La mamá les pide a sus hijos: “Que se amen, los unos a los otros”. El papá le dice a su familia: “Que se amen, los unos a los otros”. El abuelo les aconseja a sus nietos, “Que se amen, los unos a los otros”. “Que se amen, los unos a los otros,” le suplica la abuela a su familia.

En el año 1995 se estrenó la película My Family que se traduce “Mi Familia”. Esta película nos presenta la historia de una familia méxico-americana, sus celebraciones y fiestas, su comida y su hogar, y su vida espiritual. También, abarca temas difíciles como la inmigración, competencia entre hermanos, drogas, violencia doméstica, la muerte, la pobreza, ser encarcelado, e injusticias en la sociedad y en el mundo. Hay un sentimiento que domina toda la película: el amor de la familia. Aunque hay problemas, conflictos, falta de comunicación, malentendidos, y otras divisiones, lo primordial es que sus miembros se aman los unos a los otros. El tío ama a su sobrino que acaba de conocer; los padres aman a sus hijos, el tío abuelo ama a los niños; los hermanos y las hermanas se aman; la hermana que fue monja, ama a la mujer inmigrante; y el papá viudo que fue encarcelado logra amar a su hijo a quien no ha conocido. En las altas y en las bajas, los miembros de esta familia se aman los unos a los otros. Lo que permanece para esta familia es la alegría y la unidad que se fundan en el amor.

En el Evangelio de Juan, Jesús dice, “Les doy este mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros”. Jesús da este mandamiento a sus seguidores y seguidoras, a los discípulos enviados como apóstoles de las Buenas Nuevas—a los cuales ahora llama sus amigos. Este grupo de hombres y mujeres son la familia de Jesús—la nueva familia de Jesús el Cristo. Las personas de esta familia serán testigos de lo que le sucede a Jesús: su acusación falsa, el ser encarcelado injustamente, su condena a muerte, y de una cruel crucifixión. Jesús le aconseja a su familia fiel, “Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros”. El mensaje ejemplar de Jesús es: “Dios es amor, y el que vive en el amor, vive en Dios y Dios en él”.

La palabra amor y amar aparecen más de 500 veces en la Biblia. En el Nuevo Testamento, “amar” es traducido de una palabra griega: Ágape. Ágape exige, y manda “que se amen”. Jesús siempre se lo repite a su familia. Ágape indica que se amen con un amor divino, un amor sin condiciones, un amor bello, y un amor perfecto. Jesús ama a sus seguidores, a sus discípulos, a sus apóstoles, y a sus amigos con un amor divino y perfecto. Jesús ama a Felipe y a Nataniel; ama a Marta, a María, y a Lázaro; ama a la mujer Samaritana junto al pozo de agua; ama a Nicodemo; ama a María Magdalena; ama a José de Arimatea; ama a Judas, a Poncio Pilato y a Herodes el Rey.

Una canción muy conocida entre la comunidad latina es, “Amor Eterno” interpretada en 1984 por la cantante española Rocío Dúrcal. Esta canción la escuchamos en muchas ocasiones de la vida: en fiestas, celebraciones de la Virgen María, cumpleaños y entierros. El autor de esta canción es el cantautor mexicano Juan Gabriel quien ha expresado que “Amor Eterno” es un homenaje a su madre. La letra de esta canción es triste e inspirada, es un lamento con bonitas memorias, es dolorosa y bondadosa a la vez. El amor eterno se revela en ambos: las lágrimas y la risa. En un amor eterno se experimenta el amor de un hijo hacia su madre, una madre hacia su hija, un abuelo hacia su nieto, y una persona hacia su familia. Cuando Jesús manda, “Que se amen los unos a los otros:” se refiere al amor eterno. El amor puede ser difícil. El amor no siempre es fácil. Pero el amor de Jesús es santo y seguro. El mandato de Jesús es de amarnos con un amor eterno.

El profesor inglés C.S. Lewis fue ateo antes de convertirse al amor de Jesús. Sus libros son recomendados como una introducción a la fe cristiana. Lewis escribe sobre el amor en la obra, Los Cuatro Amores. Él enseña que el amor es un pacto que no se puede romper ni separar. El amor de Jesús es el pacto de Dios con su Pueblo. Uno de los cuatro amores a los cuales Lewis se refiere es el amor estorgés: el amor de familias, de abuelos, tíos, padres y madres, primos, hijos e hijas. El amor estorgés es un amor natural y de cariño. El amor estorgés es el amor de cumpleaños y piñatas, quince años, bodas, bailes y entierros.

El segundo amor al cual se refiere Lewis se llama philia: el amor de amistad. El compañerismo de amigos empieza entre desconocidos que llegan a conocerse. Este conocimiento se convierte en un pacto mutuo de respeto, compartiendo dolores y dones, y un amor como de hermanos. Jesús recibe a Mateo, un cobrador de impuestos, a dos hermanas distintas en Marta y María de Betania, y a un jefe de la ley, en José de Arimatea.

El tercer amor es eros: el amor romántico e íntimo entre personas comprometidas que cual incluye el matrimonio. Es un amor sacramental y espiritual. Es un amor entre dos personas que comparten una conexión física. Es un amor misterioso y místico cuando las dos personas se hacen una sola.

Jesús el Cristo convive con todas personas para establecer una familia de amor. Jesús comparte los dolores del pueblo y participa en las nuevas creaciones, fruto del amor de Dios. Los tres amores se cumplen en el cuarto—el amor ágape—un pacto divino, perfecto, y sin condición. Ágape es la palabra clave en esta semana santa. El Jueves Santo es también llamado el Jueves del Mandato. Hoy celebramos el mandamiento nuevo de Cristo Jesús; la unión de todo ser humano por medio del compartir de un solo pan y beber de una sola copa; la invitación a servirnos unos a otros con abandono—como lo hizo Jesús al lavar los pies de sus discípulos. Cuando cantamos “Amor Eterno” en nombre de Jesús, declaramos que somos My Family, somos familia en Dios.

Vea aquí un video de Juan Gabriel interpretando la canción Amor Eterno: https://youtu.be/RgKqxLAhRKE

El Rvdo. Richard J. Aguilar es vicario de St. John’s-Bisbee y St. Stephen’s-Douglas en la Diocese de Arizona.

Sermón – Domingo de Ramos (Año C) – 20 marzo 2016

Escrito por El Rvdo. Álvaro Araica

 [LRC] Isaías 50:4-9a Salmo 31:9-16 Filipenses 2:5-11 Lucas 22:14—23:56 o Lucas 23:1-49

La entrada triunfal del Señor a la ciudad de Jerusalén, es sin duda, el evento más notable en su vida pública. —¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas! aclamaban los seguidores del maestro y a ellos se unían los que habían sido testigos de su predicación, y sus milagros. En aquella muchedumbre también figuraban los curiosos y las autoridades religiosas; al grupo también se añaden los que esperaban que Jesús se alzara como líder de una revuelta contra los romanos. El Señor los contemplaba a todos y consentía que le reconocieran como enviado del Altísimo.

¿Qué hizo cambiar de pensar a Jesús? En otro momento, en el evangelio de San Juan se narra que: “Jesús se dio cuenta de que querían llevárselo a la fuerza para hacerlo rey, se retiró otra vez a lo alto del cerro, para estar solo”.

La vida pública del Señor se acerca a su fin y su llegada a Jerusalén es momento oportuno para dejar claro que el proyecto de instaurar el reino de Dios debe ser conocido por todos y todas. Es importante señalar que en la entrada triunfal del Señor, los apóstoles y demás seguidores no muestran temor y acompañan al Señor en medio de los gritos de júbilo de aquellos y aquellas que reciben a Jesús. Algo similar se verá nuevamente en Pentecostés, cuando los apóstoles anunciaron sin temor, que Jesús había resucitado. El Domingo de Ramos marca el inicio de la conmemoración de la Pasión del Señor en la que se mezclan las grandezas y pequeñeces de los seres humanos.

Jesús, Hijo de Dios, ha mostrado que hombres y mujeres pueden vivir en una nueva sociedad basada en la justicia y el respeto entre los seres humanos con su predicación, con sus actos sanadores y con sus gestos de amor incondicional a los olvidados de este mundo. El Señor había llevado a cumplimiento las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a anunciar el año favorable del Señor”.

Instaurar el reino de Dios en la Palestina de los años 30 del primer siglo es tan difícil como instaurar el reino de Dios en el siglo veintiuno. El Señor enfrentó los siguientes retos: control y dominio de una nación frente a otras, un sistema religioso que en vez de liberar al ser humano lo oprime y una amplia brecha entre ricos y pobres. Sin embargo, en aquella entrada a Jerusalén, el mensaje es que los seguidores de Jesús están llamados a construir un mundo más humano.

Las buenas nuevas de Jesús deben penetrar todas las esferas de la vida, porque su poder transformador es el único que logrará conducirnos a la creación de instituciones orientadas por la justicia y el respeto al ser humano. Las primeras instituciones que deben abrirse a la transformación son las instituciones religiosas.

La crisis que padecen las iglesias históricas no es secreto para nadie. Año tras año se cierran muchos templos que en otros tiempos abrigaron centenares de creyentes. Bellos y majestuosos templos que con sus altas torres fueron parte del paisaje urbano en nuestras ciudades son demolidos para dar paso a nuevas construcciones en las que ya no se rinde culto al Dios de la vida, sino al dios del poder.

Hay algunas de esas bellas estructuras que todavía albergan un puñado de creyentes que se empeñan en preservar el legado de sus antepasados en medio de comunidades que han cambiado racial y demográficamente, sin embargo en el horizonte de esas congregaciones no se ven señales de nueva vida.

En nuestras comunidades de fe, las personas se conforman con una práctica religiosa muy superficial que no conduce a una transformación profunda. Si nuestra fe tuviera como base el mensaje de Jesús, en muchos hogares no habría violencia, ni tampoco veríamos el abandono de tantos niños y niñas que carecen de un futuro. No tiene sentido reflexionar sobre el sufrimiento y muerte de Jesús a lo largo de una semana, para continuar viviendo sin la esperanza de una vida nueva.

La entrada del Señor a Jerusalén nos exhorta a salir de nuestras posiciones cómodas en nuestras congregaciones, en las que la vida transcurre sin sobresaltos, puesto que todo se hace bajo el rigor de lo tradicional, aunque no entendamos claramente el por qué se hace. El Señor Jesús pudo haber tomado la decisión de regresar a Galilea y continuar con su misión de restaurar la vida de muchos. Posiblemente su muerte no hubiera llegado tan temprano. La entrada a Jerusalén representa la entrada a los centros del poder político y religioso. También los que dirigían tales instituciones debían conocer el proyecto transformador de Jesús; hoy sabemos de sobra que cerraron sus oídos y mataron al mensajero.

En el siglo veintiuno también hay oídos cerrados al mensaje de Jesús. ¿De qué manera debe la iglesia anunciar el mensaje de Jesús a los poderosos de este mundo? Sin duda que al estilo del Señor. Él ofrece una respuesta a toda persona sin distinción, porque toma en cuenta la dignidad de cada ser humano.

La iglesia por medio de sus miembros debe mostrar públicamente su propósito de cambiar las estructuras injustas de este mundo.

En la tradición religiosa del pueblo hispano está muy arraigada la práctica de las procesiones por las calles en los días de Semana Santa. Tales manifestaciones públicas de nuestra fe muestran al mundo que estamos unidos a Cristo en la misión de renovar la sociedad.

Al comenzar esta Semana Santa en nuestras iglesias, tenemos la oportunidad de revisar las causas de la muerte del Señor en la cruz. Que tal reflexión nos ayude a examinar si las misma causas de la muerte del Señor están vigentes todavía y siguen provocando el sufrimiento de muchas personas en el mundo. Los cristianos y cristianas de las diferentes tradiciones estamos llamados a destacar el proyecto del reino de Dios anunciado e instaurado por Jesús. La misión de la iglesia es la de hacer realidad el reino de Dios en la tierra.

Los miembros de la Iglesia Episcopal también participamos del compromiso de mostrar a la sociedad que Dios está bien representado en la parábola del hijo pródigo, narrada en el evangelio de Lucas; Dios es padre y madre que recibe al hijo o a la hija sin juzgarle ni condenarle. Tal gesto amoroso nos indica que Dios no hace distinciones de amar a unos y despreciar a otros de favorecer a unos y abandonar a otros.

Las nuevas generaciones no son atraídas a nuestras iglesias por la belleza de los templos o el esplendor de las celebraciones litúrgicas; nuestros jóvenes viven en medio de la diversidad y abogan por una sociedad inclusiva.

Al celebrar la entrada del Señor a Jerusalén, meditemos si nosotros en la iglesia, estamos entrando o estamos saliendo de la ciudad, donde conviven personas de toda raza y condición social que también anhelan participar del reino de Dios.

 

 

Alvaro Araica nació en Nicaragua . Es sacerdote episcopal y sirve como vicario en la Iglesia Episcopal Cristo Rey y como Asociado para el Ministerio Hispano en la Diócesis de Chicago. 

Sermón – Quinto Domino en Cuaresma (Año C) – 13 marzo 2016

Escrito por El Rvdo. Adrián Cárdenas

[LCR] Isaías 43:16-21,   Salmo 126,   Filipenses 3:4b-14,   Juan 12:1-8

El día de hoy, el evangelio de Juan nos invita a participar de una cena muy íntima preparada en honor a Jesús en una casa de Betania a escasos dos kilómetros de Jerusalén. El escenario de esta celebración es el hogar de unos viejos y muy cercanos amigos de Jesús, los hermanos María, Marta y Lázaro. Jesús se dispone a visitar esta casa antes de entrar a Jerusalén por última vez. Pocos días antes este pequeño grupo de amigos había experimentado la conclusión milagrosa de una gran crisis emocional que a todos tenía sumidos en el llanto y el dolor– la muerte y resurrección de Lázaro. Aunque no de una manera formal, ellos eran discípulos de Jesús. Ellos le llamaban Señor porque sabían quién era él. Con ellos Jesús podía ser un amigo íntimo, y a la vez Mesías.

La acción milagrosa y amorosa de Jesús de resucitar a su querido amigo trajo paz y alivio a los corazones de sus amigos. También elevó la alarma de las autoridades religiosas y aceleró la voluntad política de Pilatos de eliminar de una vez por todas, lo que ya no era una simple molestia, sino una verdadera amenaza. Jesús siempre supo las consecuencias de estas acciones, comenzando con su primer milagro público en las Bodas de Caná. Buscaban a Jesús por todas partes, mientras a la vez avanzaba una conspiración para asesinar a Lázaro debido al gran número de personas que al verlo creían en Jesús.

Algunos dicen que Juan, con su particular estilo simbólico, nos representa en esta escena íntima un modelo de lo que son la Iglesia y el verdadero discipulado. Con la proximidad de la Pascua, la hora de Jesús se acerca. La referencia que hace Jesús sobre la preparación de su cuerpo para la sepultura, sólo confirma que su final ha llegado. No obstante, la presencia de Lázaro disfrutando de la buena mesa de aquella noche confirma que la muerte no tiene la última palabra. ¡Muchos, al igual que Lázaro, nos recuerdan hoy en nuestras comunidades de fe los milagros portentosos de Dios entre nosotros! ¡Muchos son testimonios y vivos ejemplos del poder liberador de Dios sobre la muerte, la injusticia y la discriminación!

Las acciones de Marta también encarnan las enseñanzas de Jesús sobre los verdaderos discípulos. Ella es mencionada brevemente: “Allí hicieron una cena en honor de Jesús; Marta servía…”. Muchos intérpretes en el pasado han relacionado las acciones de Marta aquí con la descripción que hace de ella Lucas cuando dice: “atareada con sus muchos quehaceres”. No obstante, es mejor ver el sentido que Juan le otorga a las acciones de Marta con su narración. Las acciones de Marta toman un nuevo sentido al reflejar las enseñanzas de Jesús. Él se refiere al servicio del verdadero discípulo usando la misma palabra aplicada a Marta: “Si alguno quiere servirme, que me siga; y donde yo esté, allí estará también el que me sirva. Si alguno me sirve, mi Padre lo honrará”. ¡Cuán importantes son las “Martas” de nuestras iglesias y comunidades! ¡Cuán clave y decisiva es su labor tanto para sus hogares, como para sus trabajos y comunidades de fe! ¡Cómo se sacrifican mientras otros sólo disfrutamos de sus dones y talentos!

Por otra parte está la crítica de Judas Iscariote, uno de los discípulos íntimos de Jesús, el que lo entrega a la muerte. Judas prefiere que se venda el perfume que María derrama sobre los pies de Jesús, no para dárselo a los pobres, sino porque a él le interesaba. A veces, estos actos de gracia y amor terminan calumniados como sospechosos. Normalmente, la extravagancia, el placer, la efusividad y la exuberancia no son ideas que asociamos con la Cuaresma y el preludio de la Pasión de Jesús. Sin embargo, vemos que Jesús no rechaza a María.

Pero ¿por qué Judas estaba a cargo del dinero destinado al ministerio de Jesús y sus discípulos? ¿Sería esto por algún talento especial en el que se destacaba? ¿Fue este uno de los dones especiales que Judas recibió de hacer seguimiento de los gastos y pagar las cuentas? Si así fue, este es un buen ejemplo de cómo una persona que es dotada y calificada en un área particular de la vida, poco a poco puede sufrir una transformación al interior de sí llegando a distorsionar, torcer y abusar del don y el talento dado por Dios. Esto es lo que le ocurrió a Judas. Judas desea manchar la reputación de María porque sus intereses son sólo mundanos.

Y esto puede ocurrirnos a nosotros. A nosotros, también se nos han dado talentos y habilidades, y podemos sufrir una malformación interior y abusar de los dones que Dios nos ha dado.

Nuevamente Juan hace que Jesús, al hablarle a Judas, se nos dirija a nosotros en realidad; a todos aquellos que se preguntan si la aparente imprudencia de María crea un precedente peligroso. Jesús estaba del lado de los pobres y contra la pobreza. El olvido selectivo omite el contexto de “Nunca dejará de haber necesitados en la tierra”, y el imperativo divino: “y por eso yo te mando que seas generoso con aquellos compatriotas tuyos que sufran pobreza y miseria en tu país”. Jesús no está eternalizando la pobreza sino erradicándola. No hay duda de que la pobreza extrema responde a la riqueza extrema. Estas dos realidades son dos caras de la misma moneda.

En el centro de esta memorable historia está María de Betania. Gracias a unos incidentes previos, recordamos que María fue alabada porque “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra”. Más tarde, luego de que su hermano Lázaro hubiera muerto, María sale al encuentro de Jesús cuando vino a casa de Lázaro y le suplicó llorando a sus pies; y nuevamente aquí, en Juan, volvemos a ver a María a los pies de Jesús. Algunos hacen referencia a lo inapropiado que era para una mujer el contacto corporal con los hombres en dicha cultura. Quizás la escena ofendió a más de uno, pero es Judas quien reacciona. ¿Se arrepiente de perder la oportunidad de robar de los 300 denarios, ¿o es el pródigo amor de María lo que es demasiado molesto ver? ¿O es acaso el rechazo a la idea de que una mujer pueda acceder al discipulado tanto como lo hacían ellos?

La limpieza que hace María de los pies de Jesús prefigura proféticamente el momento en que él limpiará los pies de sus discípulos. Esto le revela como un modelo de discípulo. El lavado y limpieza de los pies expresa una unidad con Jesús, su Maestro. Asimismo, el dulce aroma del perfume de María contrarresta el hedor de la tumba de Lázaro. Jesús no verá corrupción. La vida y la muerte, la integridad y la corrupción permanecen contrastadas a lo largo de ambas escenas.

El regalo de María supera la extravagancia. Ella gasta una libra de perfume de un valor aproximado al sueldo anual de un obrero. La devoción lujosa contrasta con la tacañería crítica. Este pasaje da permiso, por así decirlo, para honrar a Jesús en formas extravagantes, quizás incluso dando una donación masiva a los pobres. Abracemos el afecto de María como parte de la devoción a Jesús, que consiste nada más y nada menos que en el costoso y precioso regalo de la entrega completa, “hasta el último mechón de pelo”.

Sermón – Cuarto Domingo en Cuaresma (Año C) – 6 marzo 2016

Escrito por la Rvda. Mercedes Julian

Josué 5: 9-12                  Salmo 32                  2 Corintios 5: 16-21                  Lucas 15: 1-3, 11b-32

En su plan salvífico Dios siempre nos ofrece oportunidades para que nos acerquemos a Él. Siempre buscándonos y dándonos facilidades, y eso podemos comprobarlo al leer las escrituras seleccionadas para este cuarto domingo en cuaresma. En el Antiguo Testamento encontramos el pacto o alianza que Dios hace con su pueblo Israel como símbolo de una relación estrecha entre padre e hijos. A los ocho días de nacido, todo varón debía ser circuncidado. Así que ahí iniciaba esa íntima relación de pertenencia, aunque no en el sentido de posesión como si fuera un terreno, casa u otra cosa; más bien una posesión que lleva a confianza, cuidado, protección. Él quiere que seamos uno con Él. Como dijo Jesús: “Para que sean uno como tú y yo somos uno”. Porque su misericordia es inmensa y siempre está presto a aceptarnos tal y como somos. “…porque a los que esperan en el Señor, los abraza la misericordia” dice el Salmo 32.

El mundo nos ofrece un sin número de atracciones y tentaciones que a veces no podemos resistir; y es así como nos alejamos de Dios pues creemos que esas ofertas son lo mejor que podemos alcanzar para ser felices. Cuidado con dejarnos confundir, ya que en muchas ocasiones son trampas que nos hacen resbalar y caer y así alejarnos más y más de nuestro creador. El apóstol Pablo nos dice en su segunda carta a los Corintios lo siguiente: “Por tanto, el que está unido a Cristo, nueva criatura es”. Cuando buscamos a Dios mediante nuestro Señor Jesucristo, significa que Dios mismo se reconcilia con Cristo y nos encarga a nosotros a anunciar la reconciliación. Desde el principio hemos caído y Dios ha estado ahí para levantarnos y sostenernos, para fortalecernos y darnos valor para seguir hacia adelante. Y esa caída no es más que el pecado que está en nosotros, el cual no podemos dominar ni vencer por nosotros mismos, sino con la gracia y el poder de Dios en Jesucristo su Hijo nuestro Redentor y Salvador. Él nunca toma en cuenta nuestro pecado, al contrario, nos hace sus embajadores cuando nos rescata. Nos envía a compartir su amor, su gracia, su perdón y su misericordia.

El Evangelio según San Lucas nos trae hoy dos parábolas cada una con su enseñanza. La Oveja Perdida es la que aparece en primer lugar. Como dice un predicador anónimo: “La Iglesia es un hospital que siempre está lleno de enfermos que buscan sanación”. Pues siempre que Jesús estaba enseñando y predicando, se acercaba gente de toda condición a escucharlo; incluyendo “gente de mala reputación”. Y claro, Jesús era criticado fuertemente por los fariseos que eran un grupo religioso de judíos muy estrictos en cuanto al cumplimiento literal de la ley de Moisés. Pero Jesús siempre tenía la respuesta correcta para ellos y por eso les cuenta la parábola de la Oveja Perdida. Él siempre sale en busca de su oveja perdida incluyendo a los fariseos que se creían ser lo mejor. A su manera llevaban cabalmente el cumplimiento de la ley de Moisés. Pero lo que Jesús les quería enseñar es que lo que importa para Dios es el ser humano en sí, no la ley que hoy puede ser de utilidad y mañana no, dependiendo las circunstancias. Hoy se repite en todas partes del mundo la misma situación farisaica, en nuestras parroquias podemos encontrar actitud como la de los fariseos en tiempos de Jesús. Siempre pendientes de lo que hace o dice la otra persona para hacer comparaciones. ¡Qué triste cuando nos creemos mejor que los demás, o más religiosos, o más limpios o más santos! El Señor nos ama tal y como somos, nos cuida como a la niña de sus ojos, nos alimenta con su cuerpo y su sangre, nos protege del mal y nos llama a ser parte de su Cuerpo que es la Iglesia, sin hacer distinción de personas. “Por lo tanto, el que está unido a Cristo, nueva criatura es”. Porque somos transformados para ser sus mensajeros, sus embajadores. Él cambia el vino viejo por vino nuevo y todo lo hace nuevo, y ahí estamos nosotros, ¡su creación por excelencia!

La segunda parábola es la del Hijo Pródigo. ¡Qué modelo de padre más extraordinario nos presenta Jesús en esta parábola! Aquel joven un buen día decide que ya no quiere seguir trabajando en el campo y que quiere conocer el mundo que está allí, fuera de sus límites geográficos. Y ¿qué joven no ha tenido esos pensamientos? Su padre le concede su petición y le da en vida, la herencia que le tocaría cuando él muriera. Se va el joven muy contento a conocer nuevas tierras, nueva gente y a tener nuevas experiencias. Le va muy mal y se siente arrepentido; decide regresar y pedirle perdón a su padre. ¿Se imaginan ustedes cuántos padres en este tiempo estarán sufriendo lo mismo que el padre de esta parábola? Sin saber, ¿dónde están sus hijos? ¿qué están haciendo? ¿Han abandonado su familia? y ¿están sumidos en las drogas o en la prostitución? ¿Qué otro Padre estará angustiado por nosotros que le hemos abandonado sin ni siquiera decirle “hasta pronto”? El hijo regresó y su padre lo perdonó e incluso hizo una gran fiesta; porque el hijo que había muerto había vuelto a vivir, se había perdido y lo ha vuelto a encontrar. Esa es la actitud de nuestro Padre Dios cuando nos alejamos de él y volvemos arrepentidos pidiendo su perdón y su misericordia. El padre de la parábola fue muy compasivo y perdonó a su hijo que se había arrepentido de sus errores.

Ahora bien, ¿cuál fue la actitud del hijo mayor? ¿Se alegró también del regreso de su hermano? Pues no fue así; al contrario, enfrentó a su padre y le reclamó por haber perdonado al hijo menor. Y ya no lo llamó “mi hermano” sino “éste tu hijo”. Fue tal su enojo, su rabia, sus celos, su egoísmo, su rencor, su resentimiento, que demostró ser un juez acusador en vez de un hermano reconciliador.

La actitud de este joven podría ser que nosotros también, en un momento dado actuemos igual, porque creemos que nos merecemos todo y que somos perfectos. Jesucristo murió en la cruz y resucitó para darnos la salvación y la vida eterna. No perdamos esta gran oportunidad que nos está brindando. La salvación es gratuita y es individual, lo único que tenemos que hacer es dejar que se cumpla en nosotros su plan salvífico. Busquemos a Dios en todo lo que hagamos y volvamos al camino que nos conduce a Él, si es que estamos en un camino diferente. Él nos espera y nos perdona, solamente tenemos que arrepentirnos y pedirle perdón. Tengamos pues la actitud de Hijo Pródigo que no temió arrepentirse, acercarse y volver a su padre.

Sermón – Tercer Domingo de Cuaresma (Año C) – 28 febrero 2016

Escrito por Abel Lopez

Éxodo 3:1-15 Salmo 63:1-8   1 Corintios 10:1-13     Lucas 13:1-9

Mientras Moisés trabajaba para su suegro Jetró vió algo fuera de lo ordinario que le llamó la atención. Moisés pensó: “¡Qué cosa tan extraña! Voy a ver por qué no se consume la zarza. Cuando el Señor vio que Moisés se acercaba a mirar, llamó a Moisés de en medio de la zarza y le dijo: “¡Moisés! ¡Moisés!” Dios estaba llamando a Moisés para ver si Moisés de verdad podía dejar de lado los quehaceres y las preocupaciones diarias; Dios estaba tratando de ver si Moisés se daría vuelta para mirar a los ángeles de Dios, a los mensajeros de Dios, a la zarza ardiendo. Este fue un momento decisivo que puso en marcha al pueblo Israelita a través de un largo peregrinaje de su cautiverio a la libertad. Era como una opción de vida o muerte.

Dependía completamente de que Moisés se fijara en esa zarza ardiente.

Las lecturas de hoy marcan el comienzo de una nueva relación entre Dios y la gente de este mundo. Es el comienzo de una intervención directa de Dios en los asuntos del mundo. Y también es un evento de alteración para la vida ordinaria de Moisés, pero sobre todo es un evento significativo y que trae cambio al mundo. Dios declara que Él ve la opresión, las injusticias y el sufrimiento de su pueblo. Dios comisiona a Moisés para que intervenga en su nombre. El ángel del señor se le apareció a Moisés en medio de la zarza ardiente con un mensaje. ¿Dónde está Dios y a qué te está llamando? Esa es la pregunta clave que nos ofrece la historia de Moisés y la zarza ardiente.

Dos niños que eran muy buenos amigos entraron en un desacuerdo y se enojaron diciéndose palabras ofensivas y dolorosas. La madre de uno de ellos colocó dos sillas y los sentó frente a frente para que se miraran a los ojos y recordaran su mal comportamiento. Los niños se miraban a los ojos fijamente. Poco después el enojo desapareció y los niños comenzaron a hacerse muecas y empezaron a reírse a carcajadas. Ellos volvieron a jugar nuevamente como si nada hubiera sucedido. Mientras se miraban a los ojos no era el enojo lo que ellos veían, sino la alegría de ser amigos. No veían la decepción causada por su enfado, sino el cariño que se tenían uno al otro.

En nuestro caminar diario, cada persona con la que nos encontramos, cada extraño, es una zarza ardiente llevando consigo la divina presencia en su propia vida. Si tan sólo nos detuviéramos y nos miráramos fijamente como los niños de la historia, nos daríamos cuenta de que estamos pisando tierra santa—de que todo está bien. En cada momento, en cada encuentro, Dios está presente.

El universo está lleno de ángeles de Dios. El mundo está en constante presencia de zarzas ardientes. Depende de nosotros el tornarnos de los quehaceres y preocupaciones diarias para fijarnos en los mensajeros de Dios, en las zarzas ardientes de Dios que Él nos revela día a día.

Dios le dice a Moisés “Moisés, claramente he visto cómo sufre mi pueblo. Los he oído quejarse por culpa de sus capataces, y sé muy bien lo que sufren, Por eso he bajado, para salvarlos.

A muchos de nosotros nos resulta difícil creer en Dios cuando hay tanto sufrimiento en el mundo. Aveces sentimos que Dios no interviene en nuestra vida y eso nos causa una crisis de fe.

Un padre perdió a su hijo en un accidente trágico y en su dolor por su pérdida, el padre no pudo sentir conexión con Dios y comenzó a dudar de su presencia. Mientras este hombre compartía su dolor con su comunidad de fe, los miembros de su iglesia se acercaron a él, le traían alimentos, lo llamaban por teléfono, lo visitaban, le daban abrazos para asegurarle de que a pesar de que él se había dado por vencido en su relación con Dios, que Dios no se había dado por vencido en su relación con él. Poco a poco el dolorido padre comprendió que los miembros de su iglesia eran en sí la presencia de Dios en medio de su dolor. Sus abrazos, los alimentos que le traían, las llamadas que recibía le permitieron experimentar nuevamente el amor de Dios.

En la historia de Éxodo, Dios deja bien claro que Él escucha cada sufrimiento, cada grito de desespero y cada grito de dolor. Que Dios, al igual que nosotros está plenamente involucrado en nuestras aflicciones sin importar cuáles sean. Con mucha más frecuencia de lo que imaginamos, la presencia de Dios se manifiesta a través de todos nosotros, cada uno de ustedes y yo.

Nosotros somos como ángeles, mensajeros de Dios. Cada uno de nosotros es un mensajero de Dios, cada uno es portador del poder sanador de Dios que tanto se necesita tanto en el mundo.

Central a esta historia es como una “reunión ejecutiva” que Dios tiene con Moisés. Había cierto trabajo que era necesario llevar a cabo; cierta acción que tenía que ser ejecutada. Y es en ese momento que Dios revela algo más sorprendente sobre sí mismo. Dios le dice a Moisés, Por lo tanto, ponte en camino, que te voy a enviar”. Es Moisés quien es puesto a cargo de una misión y una responsabilidad especifica. El trabajo que esperamos de Dios se ha convertido en una vocación humana. La conexión entre Moisés y Dios, entre el cielo y la tierra, entre los poderes de este mundo y las estrategias para descentralizarnos son posibles si le hacemos caso a las palabras de Dios, “ponte en camino, que te voy a enviar”.

Walter Brueggemann ha dicho: “Después de la instrucción masiva de Dios, el éxodo de repente se ha convertido en un asunto humano”. Es Moisés, no Dios quien se reúne con el Faraón. Es Moisés, no Dios quien está a cargo de liberar su pueblo de la esclavitud. Es Moisés quien actúa en nombre de Dios para liberar al pueblo de Dios. Nuevamente sucede una unificación sorperdente entre Dios y la historia humana.

Este es un momento crucial para nosotros. Depende de nosotros, y no de Dios. Fue así, a través de otras personas que el padre que perdió a su hijo pudo experimentar nuevamente la presencia de Dios. Depende de nosotros, más que de Dios, el asegurarnos que la dignidad de cada ser humano sea respetada y de que no se alcen las espadas nación contra nación, y nunca más tener que adiestrarnos para la guerra.

Depende de nosotros más que de Dios, garantizar que cada persona reciba tratamiento médico, que cada niño reciba una educación adecuada, que los ancianos reciban cuidado. Depende de nosotros más que de Dios que los prejuicios y la discriminación sean erradicados y que los sistemas de opresión sean exterminados. Depende de nosotros más que de Dios el tornar la raza humana en la familia humana.

Sermón – Segundo Domingo de Cuaresma (Año C) – 21 febrero 2016

Escrito por El Rvdo. Francisco J. García, Jr.

Génesis 15:1-12, 17-18 Salmo 27 Filipenses 3:17-4:1 Lucas 13:31-35

Durante la temporada de Cuaresma nos enfocamos en la vida y obra, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. En el evangelio del domingo pasado el Espíritu llevó a Jesús al desierto donde pasó cuarenta días luchando contra el diablo.

Hoy leímos del evangelio según San Lucas que Jesús se encuentra con fariseos que le dan noticias preocupantes sobre Herodes. En este encuentro con los fariseos, vemos a Jesús mucho más claro en su llamado y el hecho de que tendrá que morir.

Es difícil ir de la tentación de Jesucristo en el desierto a lo que oímos hoy: la amenaza de Herodes y la lamentación de Jesús por Jerusalén. Sabemos que Jesús está sumamente centrado en hacer la voluntad de Dios. Jesús dice a los fariseos: “ hoy y mañana expulso a los demonios y sano a los enfermos, y pasado mañana termino… Pero tengo que seguir mi camino hoy, mañana y el día siguiente, porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén.”

Aquí Jesús señala varias cosas: que Él viene a expulsar demonios y a sanar enfermos, y que este trabajo va resultar en su muerte. ¿Qué más podemos decir o saber de su obra?

Es cierto que Jesús vino a expulsar demonios y a sanar enfermos, y lo mostró durante todo su ministerio. Sobre todo, Jesús vino como un profeta en la tradición de los profetas Hebreos–Amós, Jeremías, y especialmente Isaías. Todos estos profetas, en su propio contexto, tenían algo en común—proclamar lo que el teólogo del antiguo testamento Walter Brueggeman llama “ la imaginación profética” de Dios en el mundo.

En otras palabras, por medio de los profetas laimaginación profética de Dios, se enfrenta a los poderes injustos y opresivos en el mundo. En los tiempos antiguos esos poderes se concentraban en un imperio controlado por un rey. En esos tiempos, los reyes se consideraban representantes divinos de Dios, según ellos. Debido a esto, Brueggeman dice que este sistema de poder totalitario creó una “ conciencia imperial” que resultaba en riquezas para las élites, miseria para los demás, y una religión tóxica que estaba aliada con el imperio. Los profetas llamaban la atención a estas situaciones basados en el deseo de un Dios de justicia. Intentaban infundir una “ conciencia profética” que se atrevía a enfrentar los poderes injustos y opresivos.

Jesús viene de la tradición profética hebrea. Después de estar en el desierto por cuarenta días, después de luchar contra el diablo y la tentación de tener poder total sobre el mundo, Jesús inicia su ministerio proclamando las palabras del profeta Isaías: “ El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a anunciar el año favorable del Señor”.
Después de esta proclamación, Jesús comenzó su ministerio, expulsando a demonios y sanando a los enfermos. Entendemos mejor los hechos y las palabras de Jesús si sabemos algo de los profetas del antiguo testamento. Debido a su compromiso a vivir como profeta, Jesús sabía que iba a morir. Llevaba un mensaje radical de Dios. Llevaba por el mundo un mensaje de amor, misericordia, y justicia especialmente para los pobres, los presos, los ciegos, los oprimidos y para toda persona rechazada por la sociedad y las instituciones de poder.

En los evangelios se nos demuestra que somos llamados a vivir como profetas. No hay de otra, y como dice Jesús, tiene que seguir con su trabajo hoy, mañana, y el día siguiente. Por seguir en este camino, es asesinado por los que proclaman la “ conciencia imperial” . No obstante, sabemos que la historia no termina allí. Por su poder y la misericordia de Dios por nosotros, Jesús resucita al tercer día a fin de que triunfe la “ conciencia profética” y el amor de Dios.

Entonces, ¿cómo sabemos que estamos en el camino de Cristo? Lo sabemos si lo buscamos, si intentamos vivir esa “ conciencia profética” . Lo sabemos si nos dedicamos al trabajo que Jesús inició en los pasos de Isaías—de proclamar y vivir la buena nueva de Dios. De trabajar por la libertad de todos los que sufren en este mundo. El evangelio, la buena nueva de Dios revelada por la vida y obra de Jesucristo se trata de una liberación total, una sanación en cuerpo, mente, alma, y espíritu. Ciertamente habrá dificultades, sin embargo Dios nos asegura de que no nos dejará. De que está con nosotros a través de todo, y que el compromiso a seguir a Jesús—elcamino profético—nos libera del peso del mundo. Como dice la mística Santa Teresa de Ávila: “ Cristo no tiene otro cuerpo que el tuyo; no tiene mano ni pies en la tierra, excepto los tuyos. Tuyos son los ojos a través de los cuales Él mira a este mundo con compasión. Tuyas son las manos con las que Él bendice a todo el mundo”.

Hoy en día persiste la “ conciencia imperial” en el mundo. Se percibe en formas diferentes. Se manifiesta en la desigualdad económica, el racismo, la discriminación debido al género de una persona, al estatus migratorio, a la orientación sexual, a la habilidad, y a la edad.

Nos siguen afectando problemas a nivel mundial como la guerra y el terrorismo, la pobreza, y la destrucción del medio ambiente. El ochenta por ciento de la población en el mundo vive con menos de diez dólares al día. Según el fondo de las Naciones Unidas dedicado a la equidad para los niños conocido como UNICEF, 22,000 niños mueren cada día debido a la pobreza. La revista Forbes dice que los directores ejecutivos ganan trescientas veces más que sus trabajadores. En lugar de reyes y reinos, ahora tenemos a estos ejecutivos, sus corporaciones multinacionales y un sistema económico y político que perpetúan la desigualdad.

A pesar de todo esto, está surgiendo una nueva “ conciencia profética” . Muchas comunidades de fe están tomando en serio el llamado de Jesús, y están poniendo en práctica las palabras de Isaías. Clérigos y líderes laicos están trabajando en sus comunidades para darles de comer a los pobres. Cuando nos preguntamos, “ ¿por qué hay gente pobre?” estamos ejerciendo nuestra “ conciencia profética” puesto que mueve la discusión de la caridad a la justicia.
Muchos feligreses visitan a los presos en las cárceles, oran por ellos y les llevan la palabra de Dios. También protestan el hecho de que existan tantas cárceles, y que en los Estados Unidos tengamos más personas encarceladas que en todo el mundo.

Se está viendo un cambio de enfoque en cuanto a la rehabilitación de penados y programas sociales en lugar del encarcelamiento. Estos son algunos ejemplos de cómo la conciencia profética de Dios entra, poco a poco, aún en los lugares más difíciles.

Por medio de los esfuerzos de miles de personas alrededor del mundo se está ejerciendo una nueva conciencia profética. Estas personas han decidido seguir a Cristo, proclamar las buenas nuevas de Dios, unas buenas nuevas de libertad para todos. Hoy en día, expulsar demonios y sanar a enfermos trata, sobre todo, de enfrentarnos a las injusticias del mundo con la misma tenacidad de Jesucristo. Lo hacemos, convencidos de que Dios nos da la vida, nos anima para hacer su voluntad, y nos fortalece para luchar por la justicia y la paz aquí en la tierra, como en el cielo.

Ahora, ¿qué nos toca hacer?

¿Cómo vamos a proclamar y vivir esta conciencia profética en el mundo? Juntos lo haremos con la ayuda de Dios.

Sermón – Primer Domingo de la Cuaresma (Año C) – 14 febrero 2016

Escrito por El Rvdo. Alfredo Feregrino

Salmo 91:1-2,9-16 Deuteronomio 26:1-11 Romanos 10:8b-13 Lucas 4:1-13

La historia del evangelio asignada para este domingo es comúnmente conocida como “Las tentaciones de Jesús”. Es en cierta medida inexplicable y tal vez misteriosa para nosotros que vivimos en este siglo.
La fascinación con el solo pensamiento de hacer un pacto con el diablo se ha representado en las artes, desde la literatura a la pintura, al teatro y en películas. Uno de los ejemplos más relevantes de la literatura es una obra de teatro que surge en la Europa de 1604 titulada Doctor Fausto. La historia describe a un adivino, alquimista y mago, en su búsqueda infinita por el conocimiento prohibido, los poderes ocultos, y de hacerse como Dios. En esta obra su búsqueda lo lleva a hacer un pacto con el diablo y así condenar su alma.
Para nosotros como lectores modernos, el problema de la historia de la tentación de Jesús, es que en cierta medida parece irreal, pues a primera vista está fuera de nuestra experiencia. El diablo no se nos aparece de manera tangible o real. No se nos aparece para invitarnos a transformar piedras en pan o a transportarnos de un lugar a otro. Lo que sí es real en nuestra época actual, es que muchas de las tentaciones que experimentamos a diario no las reconocemos en ese momento.
En esta lectura del evangelio que escuchamos hoy, el diablo tienta a Jesús. La palabra que se utilizó en griego para hablar de la tentación no tiene el mismo significado para nosotros. A menudo relacionamos a la tentación con los apetitos humanos para las cosas que nos dan placer. El origen de la palabra que se usó cuando se escribió este evangelio tiene que ver más bien con “poner a prueba”. Así pues, en un sentido literal, “Jesús fue puesto a prueba por el diablo”.
Entonces, nos preguntamos ¿a qué tipo de prueba fue puesto Jesús?
El diablo está poniendo a prueba la divinidad de Jesús como el Hijo amado en el que Dios se complace, como lo dice el evangelio de Lucas. El diablo pone a prueba a Jesús justo después de su bautismo en el río Jordán.
Tres veces Jesús es hostigado y tentado y aún así, el diablo no pudo demostrarle al mundo que Jesús no es el ungido, el Cristo que vino a salvarnos.
Cuando el diablo repetidamente le dice a Jesús, “Si eres el Hijo de Dios,” el diablo enfatiza lo mismo que quiere negar—la divinidad de Jesús—aunque sigue intentando que el mundo conozca a Jesús sólo como hombre.
Pero Jesús conociendo su identidad, comunica lo que significa ser el Hijo de Dios por medio de las respuestas que le dio al diablo.
Estas tentaciones sirven para demostrar lo que significa ser Hijo de Dios. Jesús está por comenzar su ministerio. Él resiste a los grandes poderes del mundo que mantienen a personas y a pueblos oprimidos. Estos son los mismos poderes a los que Jesús se enfrenta durante todo su ministerio y que, al final, lo llevarán a la cruz.
En su obediencia al Padre, Jesús dice “no” a las tres tentaciones.
En la primera tentación, Jesús tiene hambre y el diablo lo invita a convertir la piedra en pan. Él invita a Jesús a usar su propio poder para satisfacer sus necesidades y asegurar su supervivencia. Jesús le respondió a cada tentación con palabras bíblicas, las del pueblo de Israel en el desierto. Jesús responde que “no sólo de pan vive el hombre”. Así como el pueblo de Israel se alimentó de maná en el desierto, alimento que Dios les proporcionó, así Jesús afirma que la obediencia y la dependencia en Dios son más importantes que asegurar nuestra propia supervivencia.
En la segunda tentación el diablo invita a Jesús a usar su poder para establecer un imperio político basado en las prácticas y formas del mundo. Jesús pudo tener todo el poder terrenal del cual el diablo clama tener autoridad. Se la ofrece a Jesús simplemente si le rinde adoración. Tomar este camino es poner a Jesús en la senda del mundo. Pero Jesús dice “no” al poder de la dominación y de la violencia. Le responde con las palabras de Moisés dirigiéndose al pueblo de Israel antes de entrar a la tierra prometida.
Moisés exhortaba a su pueblo a temer y a amar al Señor siempre. “Adorarás al señor tu Dios y sólo a él le darás culto”. Es aquí donde Moisés introduce el Shemá, la confesión de fe del pueblo de Israel: “Escucha Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. La autoridad ejercida por Jesús es pues, superior a cualquier autoridad ejercida por “espíritus impuros y por los reinos del mundo”.
En la última tentación, el diablo lleva a Jesús a Jerusalén y muy astutamente utiliza las escrituras, mostrándonos que también pueden ser empleadas en contra de la voluntad de Dios. Utilizó el Salmo 91, “Dios mandará que sus ángeles te cuiden y te protejan…” para persuadir a Jesús a que se arrojara desde el punto más alto del templo. El diablo le está ofreciendo a Jesús una oportunidad de darle la impresión a la gente de quién es Él realmente y que si lo hace, podrá comprobarle a todos que verdaderamente es el Hijo de Dios, el Mesías esperado. Pero Jesús responde también con palabras bíblicas diciéndole, “No tentarás al Señor tu Dios”. Este pasaje de las sagradas escrituras se da en el contexto cuando Moisés exhorta al pueblo de Israel a no poner a prueba a Dios como lo hicieron en Masá, donde la gente le exigió a Moisés agua para beber. Finalmente la proporcionó golpeando la roca en el Horeb.
Estas tres tentaciones son ejemplos concretos de donde viene el poder del mundo: de lo material, lo económico-político y lo religioso. El diablo intenta presentarle a Jesús oportunidades para mostrarse como un Mesías de poder inigualable en la tierra, un Mesías que podría proporcionar comida en abundancia, reinar sobre los reinos del mundo y ser capaz de demostrar que Él es tan invencible que nada le puede hacer daño porque será protegido de todo peligro. Pero el diablo no pudo con Jesús, no encontró otra forma de ponerlo a prueba y se alejó de él.
Estas tentaciones de Jesús están ligadas con un Israel errante por el desierto. Todas sus respuestas fueron tomadas directamente del libro del Deuteronomio pero con una diferencia muy clara: aunque el pueblo de Dios sucumbe a sus pruebas y cae en la tentación, el Hijo de Dios enfrenta las tentaciones emergiendo de ellas fiel, verdadero y fortalecido en su identidad como el Mesías.
La tentación es una experiencia humana universal. Si Jesús no hubiese sido tentado, no hubiese sido verdaderamente humano. Es por esto también que en este relato de las tentaciones Jesús es presentado como una persona completamente humana que supo lo que significaba ser puesto a prueba. Sin embargo, nunca pecó. Como dice el autor de la carta a los Hebreos: “ha sido puesto a prueba en todo como nosotros pero sin pecado” capítulo 4 versículo 15 de Hebreos.
Nuestra identidad como hijos e hijas de Dios se basa en nuestra unión con Cristo. Esta es la gracia interna y espiritual que recibimos en el bautismo. En el nombre del Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo recibimos la gracia—su Espíritu permanece con nosotros. Al igual que Jesús, que después de su bautismo resistió a los poderes del mal que posteriormente lo llevaron a su crucifixión, así nosotros vamos a estar constantemente puestos a prueba. La tentación es una experiencia humana que no podemos evitar.
Cada vez que renovamos nuestro pacto bautismal, nos comprometemos a resistir el mal, a proclamar por la palabra y el ejemplo las Buenas Nuevas de Dios en Cristo, nos comprometemos a buscar y a servir a Cristo en todas las personas, a luchar por la justicia y la paz entre todos los pueblos y a respetar la dignidad de cada ser humano.
Que esta promesa sea un llamado a seguir con nuestras acciones el ejemplo de Jesús. Que aunque Jesús fue puesto a prueba como todos nosotros, jamás sucumbió a la tentación. Que esta promesa sea un llamado para que después de cada tentación emerjamos fieles y fortalecidos en nuestra identidad con Cristo celebrando el amor reconciliador que Dios nos ofrece.
El Rvdo. Alfredo Feregrino, es nativo de la Ciudad de México. Obtuvo su Maestría en Divinidad en la Escuela de Teología y Ministerio en Seattle University donde le concedieron el primer Dr. Rod Romney “Student Preaching Award”. Actualmente sirve como desarrollador de ministerio donde formó Our Lady of Guadalupe Episcopal Church, en abril del 2014, una congregación bilingüe y bicultural en Seattle, Washington.

Sermón – Miércoles de Ceniza (Año C) – 10 febrero 2016

Escrito por Lisa Saunders

[LCR] Joel 2:1-2, 12-17, Salmo 51:1-172 Corintios 5:20b—6:10Mateo 6:1-6, 16-21

Hoy la Iglesia nos ofrece una invitación especial. Recibimos una invitación para observar una santa Cuaresma.

Hoy nos marcamos con cenizas. Las cenizas han sido un símbolo de penitencia y duelo desde los tiempos bíblicos. Cuando Job sufrió de enfermedad y perdió a su familia, se sentó en las cenizas y se las echó por encima. Hoy, esas cenizas nos recuerdan de la necesidad de detenernos para reflexionar sobre nuestra vida y buscar la voz de Dios en ella.

Hoy escuchamos en las lecturas y oraciones lo que es vivir la santa Cuaresma. En tiempos pasados, la Iglesia la observaba como preparación de los candidatos para el Santo Bautismo. Esta estación de penitencia, también volvía a reunir a la gente que había sido separada de la comunidad por haber quebrantado su confianza con sus malas decisiones. Eran reunidos a la comunidad después de pedirles perdón y recibir la absolución de la comunidad. Desde de esa época, en las generaciones siguientes, y en estos tiempos, hemos continuado algunas de estas prácticas de una forma u otra durante este tiempo cuaresmal.

Se nos invita a recibir la bondad y la gracia que viene de las disciplinas y oraciones que nos dan la esperanza de reunirnos con Dios y con el resto de la comunidad. Escuchemos algunas prácticas especificas que nos ofrecen las palabras de Jesús para vivir esta santa Cuaresma.

Contemplemos parte del capítulo seis del evangelio según San Mateo. En esta parte, Jesús se encuentra en medio del sermón de la montaña. Él nos da instrucciones importantes para que practiquemos las siguientes disciplinas: la generosidad, la oración, 
y el ayuno. Es importante notar la forma en que nos dio sus instrucciones. Escuchen lo que dijo: “Por eso, cuando ayudes a los necesitados…” y “Cuando ustedes oren…” y “Cuando ustedes ayunen…”

Parte de vivir la vida cristiana es practicar y crear un hábito de estas disciplinas de generosidad, oración, y ayuno. Jesús no está diciendo, “Cuando ustedes decidan ayudar a los necesitados…” ¡No! Jesús comienza expresando su expectativa de que nosotros estemos practicando la generosidad, la oración y el ayuno en nuestra vida diaria.

Sobre la generosidad, Jesús nos dice mucho en los evangelios. Jesús nos enseña que todos nosotros estamos interconectados, y que es importante escuchar las necesidades del otro y responder a esas necesidades con amor.

¿Por qué? Porque es el deseo de Dios que los que tienen hambre sean alimentados por el pueblo de Dios, que los que tienen sed, reciban agua viva del pueblo de Dios. Es el deseo de Dios que los que están desnudos sean arropados por el pueblo de Dios. Los que están solos y encarcelados, reciban el abrazo del pueblo de Dios. Nosotros somos ese pueblo de Dios.

Jesús nos dice que cada vez que hemos alimentado al vecino, vestido al desnudo o visitado al enfermo y les hemos ofrecido hospitalidad, lo hemos conocido a Él. Porque Jesús está en el otro como Jesús está en nosotros.

También, en este sermón de la montaña hoy, escuchamos lo que nos dice Jesús sobre la oración. Él nos recuerda que la oración es comunicación con Dios. Jesús nos dice que orar en público para llamar la atención de las multitudes o para el aplauso nos distrae. Recuerda que esto es diferente a orar en grupo. Si nos enfocamos en nuestros propios pensamientos y deseos de llamar la atención durante la oración, no vamos a poder elevar sinceramente nuestras plegarias a Dios, ni tampoco vamos a poder escuchar la respuesta de Dios.

Sobre la oración, Jesús nos instruye a buscar un sitio como nuestro cuarto y cerrar la puerta. Un lugar privado, donde no interfieran las distracciones cotidianas. Hermanos y hermanas, ¿dónde puedan orar sin distracciones? Si está trabajando mucho o es difícil encontrar un espacio solitario para sus oraciones, ¿pueden crear este espacio en otro lugar? Recuerden a Jesús cuando él oraba. Él caminaba a varios lugares apartados, como la montaña o al jardín y lejos de la multitud donde podía tener un encuentro con Dios, su padre. Después de encontrar el espacio y cerrar la puerta, Jesús nos dice algo simple. Escucha. Comunica. Escucha a Dios, en el silencio. Comunica tus plegarias, tus dolores, tus alegrías, tus alabanzas, tus esperanzas, tus preguntas, y tus dudas. Y luego escucha el suave murmullo, la voz divina. La respuesta de Dios.

Finalmente, en el evangelio de hoy, Jesús habla sobre el ayuno. La disciplina de ayunar puede ser diferente para cada uno de nosotros, pero incluye el acto de abstenerse de comer parcial o totalmente. El propósito del ayuno es centrarnos más en Dios y en el reino de Dios y no en las cosas que nos apartan de Dios. Recuerden que Cristo ayunó por cuarenta días en el desierto. Escuchamos en la escritura, que el ayuno nos equipa para vivir centrados en Dios.

Durante este tiempo de Cuaresma, algunas personas se abstienen de comer en días especiales como en Viernes Santo; otras se abstienen los viernes. Otras deciden dejar de lado lo que les da más placer. Cada uno decide lo que es mejor para sentirse más cerca de Dios y el Reino de los Cielos.

Si van a abstenerse de una clase de comida, pueden substituir sus deseos por esa comida, por la oración y la contemplación en Cristo. También, recuerden que el propósito del ayuno no es hacer dieta. Nuestro sacrificio al ayunar no es para llamar la atención del mundo, sino para fortalecer la relación íntima que tenemos con Dios.

¿Cuándo has sentido que Dios te alimenta? ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste ese murmullo—la voz divina? ¿Cuándo has necesitado a Dios como tu cuerpo necesita el alimento y el agua?

Durante estos cuarenta días, permanezcamos en estas preguntas. Seamos los pies y las manos de Cristo. Escuchemos la voz de Dios en los más vulnerables cuando les servimos con amor. Vivamos el hambre y la sed de justicia. Ofrezcámonos como instrumentos del amor, la paz y la esperanza que viene del Cristo resucitado.

Viernes Santo (A,B,C) – 2015

3 de abril de 2015

Isaías 52:13-53:12; Salmo 22; Hebreos 10:16-25 o Hebreos 4:14-16; 5:7-9; Juan 18:1-19:42.

Hoy el mundo cristiano presta especial atención a la muerte de Jesús en la cruz y guarda especial respeto para tratar de ver este acontecimiento con nuevos ojos. El evangelio de hoy nos da la narración completa de la muerte de Jesús. Juan no trata de darnos una descripción literal de lo acontecido, sino que usa símbolos que nos invitan a profundizar lo que significa seguir a Jesús. Juan mismo se encuentra en una comunidad que será conocida como la comunidad joánica y que está experimentando las consecuencias de seguir a Jesús.

Para tratar de entender este acontecimiento tan brutal de la muerte de Jesús en la cruz, usaremos a los tres personajes centrales de toda esta narración: Jesús, lo veremos como luz; Judas, lo veremos como oscuridad y tiniebla exactamente lo opuesto a Jesús; y Pedro, lo veremos como el que duda entre la oscuridad y la luz.

Juan inicia su evangelio diciendo: “…La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la impidieron… Él era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre y llegaba al mundo… este mundo que no lo recibió. Vino a su propia casa y los suyos no lo recibieron; pero a los que lo recibieron les dio capacidad para ser hijos de Dios” (Juan 1: 5; 9-12). Esto, que ha sido todo el motivo de que Juan escribiera su evangelio, llega a su culminación en la narración de la condena y muerte de Jesús que acabamos de escuchar.

Para Juan es claro que Jesús es la luz que viene de Dios y que ha llegado para iluminar a toda persona. Esto significa que el camino que Jesús presenta es lo que le da a la persona humana la capacidad de desarrollar lo mejor de sí mismo, rompiendo todo aquello que lo retiene y no lo deja crecer a lo mejor de su potencialidad.

Pensemos un poco si nos gusta estar en la luz, o preferimos estar en oscuridad. Todos sabemos que la luz es vida, en la luz nos podemos mover, sabemos lo que hacemos, conocemos a la gente vemos sus expresiones y reconocemos nuestras propias expresiones y acciones. La luz permite desarrollarnos y ser creativos porque vemos el camino, vemos todo lo que sucede. Para Juan todo el evangelio ha sido presentar a Jesús como la luz que confronta a las tinieblas, lo que significa para nosotros que solo podemos ver lo que somos (nuestra propia tiniebla) cuando la luz viene a nosotros y nos permite ver lo que podemos llegar a ser. Jesús es entonces para nosotros, la imagen clara de lo que podemos llegar a ser, lo mejor del ser humano y por esto es luz.

Pero vivimos en una realidad en donde con frecuencia nos quedamos ciegos y no podemos ver la luz o no queremos verla. Preferimos estar en nuestra tiniebla. Y esta es la imagen que Judas representa, es el personaje que podría ser cualquiera de nosotros que se ha acostumbrado a vivir en la oscuridad. Vivimos sin dar lo mejor de nosotros porque no sabemos qué es lo mejor de nosotros. Nos podemos quedar en nuestra mediocridad y quedarnos estancados. Solo hasta que somos confrontados por la luz, conocemos también nuestra tiniebla. Solo con la luz podemos ver lo que podemos llegar a ser. Y entonces empieza una nueva lucha, la de aceptar la luz y caminar hacia ella.

Judas representa a todos los que rechazan la luz. “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Todas las apariciones de Judas en el Evangelio de Juan representan al que tuvo problemas en aceptar el plan de Jesús, es el que se queda en lo material y no entiende el más allá de porqué Jesús es como es. Finalmente en esta narración del evangelio de hoy, Juan pone a Judas como el que termina traicionando a Jesús. Es el que come en la misma mesa de Jesús y, sin embargo, es quien decide entregarlo.

Jesús le dice, “lo que has de hacer hazlo pronto” y Judas se ausenta del grupo y toma partido por aquellos que buscan agarrar a Jesús. Judas entonces representa a todos los que niegan la posibilidad de ser más. Son los que prefieren no correr riesgos y quedarse en donde están. Esto es la oscuridad y también será signo de muerte. Pensemos en nuestros sentimientos cuando estamos en un cuarto oscuro. Nos paralizamos, no podemos movernos con libertad porque no vemos y el temor puede apoderarse de nosotros. Quedarnos en la oscuridad es muerte. En el evangelio oímos que cuando la traición estaba sucediendo “era de noche”.

Tenemos a Pedro como el tercer personaje de este drama, y representa a todos los que son atrapados por la duda. Pedro, quiere ser todo de Jesús, pero sus intervenciones presentan a la persona que aún no ha entregado su corazón. Quiere creer en esa nueva posibilidad que Jesús presenta, pero ante la novedad de las actitudes de Jesús se queda corto. Por eso vemos a Pedro que no entiende que Jesús se ponga a lavar los pies de sus discípulos y cuando Jesús se acerca a él dice: “Tú no me vas a lavar los pies a mí” (Juan 13:6).

Cuando llegan a arrestar a Jesús, Pedro reacciona usando violencia, saca una espada y ataca (Juan 18:10), poco después, cuando ya Jesús es interrogado, vemos a Pedro afuera y es reconocido como uno de los discípulos de Jesús, a lo que Pedro contesta “no lo soy” (Juan 18:17). Pedro representa a todas las personas que aún están muy amarradas en su tiniebla y que quieren abrirse a la luz, pero se encuentran dudando. En el Evangelio de Juan volveremos a ver a Pedro corriendo hacia la tumba de Jesús cuando ha resucitado, y entonces Pedro se convertirá en uno de los testigos de la resurrección. En Pedro encontramos esa posibilidad de vencer nuestra oscuridad y ser de la luz. “A los que la recibieron les dio capacidad de ser hijos de Dios” (Juan 1:12).

En la narración de Juan, cuando vemos a Jesús en la cruz no hay tinieblas, no está oscuro, no es de noche. Y aunque ante los ojos humanos hay muerte, ante los ojos del que cree hay vida. Juan nos presenta estos signos de nueva vida, signos que podemos ver solo si vamos más allá, si nos arriesgamos a vivir en la fe de Jesús. Los signos son que Jesús al ser traspasado por la lanza de un soldado, de su costado brota sangre y agua. La sangre signo de la nueva ofrenda que será la eucaristía y el agua signo de la nueva vida en Jesús para el que cree y esto será el bautismo.

Ante el misterio de la muerte de Jesús, el evangelista Juan nos está diciendo: arriésgate a dejar tu tiniebla, tu oscuridad, Judas, en medio de tus dudas y de tus dificultades de darle tu corazón a Jesús. Pedro, ábrete a la luz y descubre lo que puedes llegar a ser, lo mejor que hay en ti (Jesús) y aunque aparezca como muerte, descubre la vida que se te ofrece, sangre y agua; eucaristía y bautismo, y sé luz para los demás ofreciendo tu vida y lo mejor que hay en ti.

 

— El Rvdo. Enrique Cadena es de México y ahora se encuentra como vicario de la Iglesia Episcopal San Pablo en Phoenix.

Jueves Santo (A,B,C) – 2015

2 de abril de 2015

Éxodo 12:1-4, (5-10), 11-14; Salmo 116: 1-2, 12-19; 1 Corintios 11:23-26; Juan 13:1-17, 31b-35.

El Jueves Santo es para nosotros una fiesta muy especial y llena de símbolos que marcan nuestra fe. Por eso este día se reconoce como “La institución de la Eucaristía” y como “La institución del sacerdocio” aunque más comúnmente lo reconocemos como el recuerdo de la última cena de Jesús. Pero esencialmente es un día cuyos símbolos representan algo mucho más grande de lo que nuestros ojos pueden ver y por eso los símbolos se han convertido en ritos que celebramos litúrgicamente.

En el centro de los símbolos está la idea de nuestra purificación y quien es el purificador. Desde antiguo el ser humano ha sentido la necesidad de realizar un acto externo que significara el deseo interno de ser perdonado, de poder empezar de nuevo. Y siempre se escogió un acto que representaba una ofrenda, algo que se entregaba y se sacrificaba a la divinidad en favor de la comunidad.

Así pues los agricultores ofrecían buena parte de su primera cosecha quemándola; con eso entendían que ese ofrecimiento les beneficiaría para el resto de las cosechas. Los que tenían ovejas y las cuidaban escogían un corderito pequeño que no tuviera mancha y ese corderito se sacrificaba para el bien de todos. La gente se purificaba siendo rociados con la sangre del corderito. Así que desde antiguo nos encontramos con ese doble sentido de ser purificados y el purificador.

Para el pueblo de Israel, que se encontraba en esclavitud bajo los egipcios, ocurre un nuevo momento que significará su liberación y el inicio de una nueva realidad para ellos. En la primera lectura encontramos el mandato de Dios a Moisés y a Aarón diciéndoles que esto significará un nuevo inicio, “este mes será el comienzo de los meses, el primero de los meses del año”. Todo lo siguiente queda ordenado a esta nueva realidad, es un volver a empezar.

Se retoma algo que ya el pueblo realizaba, la ofrenda de un corderito, pero ahora con un nuevo sentido. Las instrucciones dadas a Moisés ya hablan de ciertas características que marcan este momento. Sacrificarán un corderito para comerlo y lo tendrán que comer unidos como familia y listos para el camino (el cinturón apretado, las sandalias puestas y el bastón en la mano). La sangre de ese cordero tendrá el valor de señal. Así como se acostumbraba a rociarse con la sangre del corderito sacrificado en señal de purificación, ahora también la sangre tiene valor de señal, en donde esté la puerta marcada con la sangre no sucederá ninguna desgracia. Quedaban lavados, purificados y escogidos. Y se le pide al pueblo de Israel que año tras año celebren este rito como una fiesta en honor a Dios.

El pueblo se vio libre de la esclavitud, y recordaban que en el rito del cordero sacrificado, el corderito es el purificador y ellos encontraron su purificación como pueblo libre. Esta fiesta se celebró año tras año y recibe el nombre de cena pascual (La cena del paso del Señor). Se recordaba entonces que para seguir siendo el pueblo de Dios tenían que mantenerse unidos como familia y listos para el camino.

Muchos años después, ahora es Jesús quien invita a sus discípulos a celebrar la cena pascual en la que cambió el símbolo y realiza un nuevo inicio. Los tres evangelios antes de Juan habían hablado del nuevo símbolo del pan y del vino entregados como el cuerpo y la sangre de Jesús en donde él es el nuevo cordero sacrificado en favor de los demás. Su sangre derramada es señal de un nuevo inicio.

Pero el evangelista Juan, que es el último en escribir, no presenta la misma narración y en su lugar quiere presentarnos una actitud esencial para todo seguidor de Jesús. Jesús es el purificador, es quien lava todo lo que impide a la persona dar lo mejor de sí mismo, lo llamamos pecado. Y lo hace rompiendo toda búsqueda de poder de reconocimiento o de fama, lo hace a través del servicio a los demás con un corazón humilde. “Entonces Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ató una toalla y se puso a lavar los pies de sus discípulos”. El evangelista Juan se preocupa en hacernos ver que el rito a celebrar está marcado por la actitud de entrega, de servicio desinteresado. La purificación sucede en la entrega humilde del purificador. No es solo el celebrar un rito externo sino el hacerlo con el corazón humilde del que sirve y se da a los demás desinteresadamente.

Con este nuevo símbolo ahora valoramos toda entrega hecha por los seres humanos en el espíritu de servicio y la vemos como símbolo de ese amor que nos une. En la actitud de servicio de Jesús hacia sus discípulos podemos reconocer la entrega del amor. Y para que lo entendamos analicemos las entregas diarias de las personas que se dan por otras. Hace unos meses el presidente Obama reconoció de una manera especial la acción de un ciudadano que arriesgó su vida al ayudar a otro que había resbalado en las vías del metro. Esta acción desinteresada salvó la vida de una persona, a pesar de que ponía en riesgo su propia vida. El presidente le ofreció una condecoración como ciudadano excelente.

En este ejemplo de la vida diaria se dan los símbolos que reconocemos en este día. Para el que había resbalado y se encontraba en peligro se le dio una nueva oportunidad, un nuevo comienzo en su vida. El purificador es la persona que arriesgó su vida de una manera generosa, y se hace símbolo de una entrega que da vida.

Estas acciones nos hacen ver que el lavar los pies de los discípulos es una acción que sucede a diario en la entrega generosa de uno por otro. Y esto es el símbolo de la eucaristía que recibimos y del sacerdocio que celebramos. Que el Jueves Santo sea la fiesta anual en la que reconocemos que un sacrificio se ha hecho por nuestra purificación y el purificador es quien, con su amor desinteresado, lo arriesga todo por nosotros. Y aquí tenemos un nuevo empiezo en nuestras vidas. “Pues si yo, siendo el Señor y Maestro les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo y ustedes deben hacer como he hecho yo”.

 

— El Rvdo. Enrique Cadena es de México y ahora se encuentra como vicario de la Iglesia Episcopal San Pablo en Phoenix.