Viernes Santo – Año B

Isaías 52:12-53:12, Salmo 22, Hebreos 10:16-25 o Hebreos 4:14-16; 5:79, Juan 18:1-10:42

El Viernes Santo puede que sea para los cristianos el día más triste del año litúrgico. Recordamos la muerte cruenta de una persona inocente y buena que manifestó un amor divino hacia todo el género humano. Los primeros cristianos no observaban este día por separado porque consideraban la Pascua cristiana como un evento que comprendía tanto la muerte como la resurrección de Jesús. El suplicio de Jesús, aunque horroroso, se había transformado en un triunfo gozoso y de eterna duración. Toda la humanidad sufre y sacrifica durante su jornada terrenal y, gracias a Jesús, tenemos la promesa de un día gozar eternamente en el cielo. No se espera que persona alguna sufra los tormentos que Jesús tuvo que pasar por amor nuestro.

Retrocedamos un poco y demos un vistazo a la historia y a los hechos de este santo día. Sabemos que en un tiempo sin fecha se empieza a recordar este día en Jerusalén. Un testimonio histórico nos lo da la peregrina Egeria en su “Diario de viaje”.  Ella nos cuenta cómo se desarrollaba esta jornada a finales del siglo IV. Muy de mañana, tras haber pasado la noche en vela en el Monte de los Olivos se descendía a Getsemaní para leer la narración del prendimiento de Jesús. La comparecencia de Jesús ante Pilato se leía en el Gólgota, y luego se iban a casa a descansar un rato, pero pasando antes por el monte Sion para venerar la columna de la flagelación. Al mediodía, de nuevo se congregaban en el Gólgota para venerar el madero de la cruz y se leían, durante tres horas, lecturas del Antiguo y Nuevo Testamentos. El recorrido-peregrinación terminaba en la iglesia de la Resurrección, donde se leía el evangelio de la colocación de Jesús en el sepulcro. Era un día verdaderamente intenso, pero que daba profundo respeto y sincera religiosidad al evento más abominable acaecido en el pueblo judío de ese tiempo.

Ahora bien, es propio preguntarnos ¿por qué condenaron a un justo a tan horrible suplicio? Jesús a todos sorprendía con su bondad y generosidad. Jesús pasó haciendo el bien por doquier. Él se colocó del lado de los más pobres, de los indeseables, de los destituidos y a todos ofrecía amor y sobre todo esperanza. Una esperanza de que ellos, aunque condenados y juzgados por la religión oficial, se encontraban más cerca del reino de Dios que quienes por profesión ofrecían sacrificios en el templo.

Para difundir su nuevo mensaje, Jesús utilizó parábolas inmortales. Ejemplos tomados de la vida real que todo el mundo podía entender, pero que asombraban por la conclusión a la que conducían. Memorables entre todas son la del Buen Samaritano y la del Hijo Pródigo. La gran revolución religiosa que Jesús causó fue el haber dado acceso al amor de Dios. Muchas personas, a través del servicio al prójimo, descubren ese Dios de amor en Jesucristo. Él es ese camino certero que nadie más ha mostrado en toda su validez.

No es de extrañar que Jesús levantara sospechas entre los líderes religiosos de su época por todas sus acciones. Página tras página, los evangelios nos muestran a un Jesús perseguido por fariseos, escribas y sacerdotes. Entonces tenemos que la primera y fundamental causa de su condena fue porque su mensaje y comportamiento trastornaba de raíz el sistema organizado, civil y religioso. Jesús estorbaba ya que su predicación invitaba a una convivencia pacífica entre todos, muy contraria a la tiranía y el control que instigaban los seguidores y súbditos de Roma.

No obstante, según la opinión de muchos eruditos, la causa decisiva y determinante de su condena, fue la purificación del templo. Tras su entrada triunfal en la ciudad de Jerusalén, se acerca al templo y ve que lo han convertido en un mercado. Volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas. Expulsó a todos del templo, inclusive a ovejas y bueyes. Esta fue su acción pública más grave porque a partir de ese incidente los sacerdotes del templo cuestionaron su autoridad para realizar semejante atropello.

Aunque los sumos sacerdotes y letrados buscan la forma de acabar con Jesús, ellos le temían. ¡Eran tantas las personas que admiraban a Jesús y estaban de su lado! Lo sucedido en la ciudad santa de Jerusalén, repleta de peregrinos judíos llegados de todo el Imperio Romano, en el explosivo ambiente de las fiestas de Pascua, no auguraba nada bueno. Jesús desafió públicamente el sistema religioso y civil de su época y de esa manera alteró el orden público.

A pesar de todo esto, ni Anás ni Caifás ni los sacerdotes del templo encuentran razón suficiente para condenarlo a muerte. Y deciden que Pilato, prefecto de Judea nombrado por Tiberio, tome cartas en el asunto. Y le dicen: “es un revoltoso, un rebelde, que predica un reino diferente al del César y pone en peligro el orden social”. Y, cosa admirable, ni siquiera Pilato, tras interrogar a Jesús, encuentra en él causa suficiente para condenarlo. ¿Qué hacer?

En toda tiranía impera el miedo. Pilato, sin causa, sin razón alguna de condena, adopta el camino más seguro para él. Condena a Jesús a muerte para evitar consecuencias inesperadas. “Irás a la cruz”, le dice Pilato. Jesús sabía lo que le esperaba. Seguramente había visto a otros morir en la cruz. Ahora era su turno. La crucifixión era una auténtica tortura; al crucificado no se le dañaba directamente ningún órgano vital, de manera que su agonía podría prolongarse durante largas horas y hasta días. En esa época los romanos crucificaban sin piedad a cientos y miles de personas para sembrar el terror e imponer el orden. Al parecer, Jesús estaba tan debilitado por todo el maltrato que ya había recibido con antelación, que su tortura no se prolongó. Según el evangelista Marcos, Jesús murió en la más triste de todas las soledades, exclamando: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”.  Esta muerte provocó en el centurión presente la más bella de todas las confesiones: “Realmente este hombre era Hijo de Dios”.

Ahora podemos preguntarnos. ¿Era necesario que Jesús muriera? Su mensaje había sido sólido y claro. Su vida hubiera sido suficiente para darnos ejemplo y salvarnos de nuestras malas inclinaciones. Sin embargo, la historia nos demuestra que ningún profeta actúa a medias. Todos caminan hasta la última meta. Jesús no podía ceder ante las constantes presiones ejercidas por la religión oficial. Jesús decidió seguir adelante y dar ejemplo hasta el final, aunque ese final implicara la cruz. La muerte en la cruz fue la culminación de un amor sin igual. Un amor heroico, divino, sin igual porque le otorga salvación y vida eterna a toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, nos encontramos aquí en el templo, no para llorar la muerte de Jesús, ni para admirar su sacrificio, sino para imitarlo. No olvidemos las palabras de Jesús: “¡Amémonos los unos a los otros como yo los he amado!”

El Rvdo. Isaías A. Rodríguez es oriundo de España. Fue carmelita descalzo y sigue amando la espiritualidad carmelitana encarnada en los grandes místicos San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Reside en la Diócesis de Atlanta desde 1983.

 

Jueves Santo – Año B

Éxodo 12:1-4, (5-10), 11-14, Salmo 116:1,10-17, 1 Corintios 11:23-26, San Juan 13:1-17, 31b-35

La celebración del Jueves Santo está impregnada de simbolismo y significado. Hoy celebramos la institución de la Santa Eucaristía y recordamos la importancia de la humildad en nuestro caminar y liderazgo cristiano.

La institución de la Santa Eucaristía sucedió en un contexto histórico muy particular. Jesús se encuentra con sus discípulos justo antes de la Pascua. En la lectura del Libro de Éxodo vemos un recuento histórico del peregrinar del Pueblo de Israel que le lleva a la celebración de la Pascua como ellos la entendían en el tiempo de Jesús.

El pueblo de Israel había vivido en cautiverio en Egipto por cientos de años. Dios en su misericordia, levantó al profeta Moisés para guiar a su pueblo hacia su liberación. Diez veces se había presentado Moisés ante el faraón para pedir misericordia para con su pueblo. En su terquedad, el faraón había rehusado liberar al pueblo de Israel a pesar de todas las señales hechas por Dios a través de Moisés. La historia bíblica cuenta que diez plagas atacaron al pueblo egipcio y que el faraón no cedió hasta que la última plaga, la muerte de los primogénitos, llegó a cada hogar judío.

En la noche en que la felicidad de los hogares egipcios iba a ser marcada por la muerte de sus hijos primogénitos, Dios instruyó a Moisés a que reuniera al pueblo judío con las siguientes instrucciones, las cuales eran bien específicas: seleccionar a un cabrito de un año sin defecto alguno, poner sangre en los dinteles de las puertas para que el ángel de la muerte no pasara por ella. También les indicó cómo debían cocinar el cordero, las hierbas que debían acompañarlo, así como la manera como debían vestirse para esta cena. Ese cordero sin mancha en esa primera pascua es la prefiguración del sacrificio de Jesús, quien se identificó con nosotros en todo, menos en el pecado, un sacrificio que nos ha dado vida y vida en abundancia.

La experiencia de la primera cena pascual de los judíos ha quedado marcada en su historia por siempre como un recuerdo de la misericordia de Dios para con su pueblo. A través de los tiempos, judíos en todo el mundo celebran la pascua, símbolo de redención y liberación.

En la lectura del Evangelio vemos cómo Jesús honra su tradición judía al reunirse con sus discípulos en lo que acostumbramos a llamar el “aposento alto”. En esa ocasión íntima con sus discípulos, Jesús nos ofrece una nueva experiencia pascual.  El pan y el vino consumido en lo que podríamos llamar la primera Santa Comunión, figurando el cuerpo y la sangre de Jesús, es un acto que Jesús comenda a los discípulos, y a través del mensaje a nosotros, como memorial de su amor y sacrificio con nosotros.

La lectura asignada para este día nos muestra la historia del primer Jueves Santo desde la perspectiva de Juan, el discípulo amado.  Los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas enfatizan el compartir de la cena y el simbolismo de este memorial. Juan, sin embargo, nos enfatiza el acto del lavatorio de los pies, otro simbolismo muy importante en este peregrinar de fe y una vez más otro testimonio de la naturaleza del Reino de Dios que Jesús vino a proclamar.

En la tradición del tiempo de Jesús, cuando una persona visitaba una casa y debido a las condiciones de los caminos de esa época, el anfitrión ofrecía a uno de sus sirvientes para que les lavara los pies a sus huéspedes. Al arrodillarse y lavarles los pies a cada uno de sus discípulos, Jesús rompió todos esos estereotipos.

Imaginemos la sorpresa de los discípulos al ver este acto por parte de Jesús. Pedro no estaba dispuesto a ver a su maestro en lo que podría ser considerado una posición humillante. Jesús es muy claro en su respuesta “A menos que lave los pies, no tendrás parte en mi reino”. ¡Quizás aun sin entender la profundidad de esta declaración, Pedro ahora ofrece que le laven las manos y los pies! Y en realidad, si nosotros no entendamos la naturaleza del servicio en la vida cristiana nos falta la parte esencial de nuestro llamado como miembros bautizados del cuerpo de Cristo.

Jesús les dijo, yo soy su maestro y les lavo los pies. Les he dado un ejemplo. En verdad les digo que los sirvientes no son mayores que sus maestros ni los mensajeros mayores que aquel quien los envió. Y Jesús concluye este acto tan maravilloso, dándoles a los discípulos un nuevo mandamiento: El mandamiento del amor mutuo.

Jesús nos llama a amarnos unos a otros, así como él nos ama. Jesús nos recuerda que hay más bendición en dar que en recibir. Nos recuerda que el servicio y la humildad es una parte integral del llamado de cada cristiano, ya sea laico u ordenado.

¿Que significa esto en el siglo veintiuno? ¿En qué manera nosotros como individuos y comunidades podemos mostrar el amor y la misericordia de Dios a un mundo que está quebrado por la violencia y la maldad?  ¿Cómo podemos nosotros a través de nuestro testimonio y ministerio sanar y amar al mundo?

En estos momentos, la nación de Estados Unidos, y por relación muchos otros países en el mundo están siendo guiados por jóvenes que están convencidos que el amor es la solución a la violencia. Jóvenes que están convencidos que unidos con un propósito podemos ver cambios en la sociedad. Una de las muchas maneras que podemos mostrar nuestro amor al prójimo y a la humanidad es uniéndonos a este movimiento de cambio y resistencia apoyando a los jóvenes de este país diciendo no a la violencia.

Jesús nos recuerda en el día de hoy que su sacrificio viene a traer vida y vida en abundancia.   Digamos sí a la vida y unámonos a un peregrinar por la justicia.

¡Que Dios nos bendiga!

 

La Muy Rev. Miguelina Howell es originalmente de la República Dominicana y es Deana de Christ Church Cathedral, Hartford.  Miguelina sirve como capellana de la Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal, miembro de la facultad para programas del Departamento de Educación y Bienestar del Fondo de Pensiones y miembro del Consejo Asesor del Misionero Latino de la Iglesia Episcopal.

Domingo de Ramos/ de Pasión – Año B

Liturgia de las Palmas: Marcos 11:1-11 o Juan 12:12-16; Salmo 118:1-2, 19-29

Liturgia de la Pasión: Isaías 50:4-9ª; Salmo 31:9-16; Filipenses 2:5-11; Marcos 14:1—15:47 o Marcos 15:1-39, (40-47)

El domingo de Ramos o domingo de Pasión siempre ofrece una liturgia con unas características muy particulares, pues encierra varios momentos que se distancian entre sí no solo por sus contenidos y simbolismos, sino por el contraste anímico que se puede sentir con el paso de la liturgia de las Palmas a la lectura de la pasión de nuestro Señor Jesucristo. Es como si en pleno día soleado apareciese una nube que lo oscurece todo, o como si una orquesta que está interpretando música alegre, de repente cambia su ritmo para tocar una marcha fúnebre. Tal vez podemos decir, sin temor a equivocarnos, que el domingo de Ramos es un espacio donde los contrastes se unen para ayudarnos a entender lo que realmente significa el seguimiento de Jesús. La verdad es que no hay una alfombra roja garantizada para los seguidores de Cristo; tampoco contamos con una burbuja fabricada de palmas con el solo propósito de refrescarnos y protegernos de las quemaduras del sol. Lo que sí sabemos es que existe un llamamiento por el que Jesús nos invita a participar en la construcción del reino de Dios, con la promesa de que Él, Cristo, estará con nosotros hasta el final de los tiempos.

Cuando en un domingo como este llegamos a la iglesia, nosotros ya sabemos lo que va a ocurrir: nos reunimos en un lugar previamente designado, nos entregan las palmas para iniciar con la primera parte de la liturgia del día, nos explican los particulares y comenzamos. Nosotros sabemos que después de escuchar un par de lecturas y cantar algunos himnos vamos a leer la pasión en la cual, como cada año, Jesús es traicionado por uno de los suyos, arrestado, juzgado a la velocidad de un rayo, condenado a muerte sin suficientes pruebas, crucificado entre dos supuestos delincuentes, muere y lo sepultan en una tumba perteneciente a uno de los miembros del Sanedrín judío. ¿Todo es predecible, no es así?  ¿Qué nuevo podemos encontrar nosotros en una historia que hemos leído y escuchado tantas veces?  ¡Cuidado! Antes de responder, es bueno que nos hagamos otra pregunta: ¿qué nuevo hubo para Jesús y para sus discípulos en esta historia?

¿Para Jesús? Encuentro cara a cara con el abandono de sus amigos y la soledad del pretorio, el asedio impetuoso e irrespetuoso de las autoridades judías y romanas de turno, el arrebato de su dignidad humana al ser despojado de su vestidura, el poder ensañado contra un peligro al que teme pero que no puede definir, voces conglomeradas de gente del pueblo pidiendo su muerte sin entender los intereses en juego, los clavos punzantes atravesando sus manos, grito de impotencia con los ojos fijos en el cielo preguntándole a Dios “Padre mío por qué me has abandonado.”

¿Para los discípulos? Los sueños caídos y la esperanza muerta, el sin sentido de casi tres años perdidos en el polvo del camino y en las orillas del lago, sueño de libertad que se escurre entre los dedos, ojos desconcertados en busca de explicación, miedo aterrador que paraliza, ausencia del maestro, pastor y amigo después de haberlo tenido tan cerca, mentes intranquilas incapaces de recordar aquello de “al tercer día”

Regresemos a la pregunta anterior sobre lo nuevo que podemos nosotros, cristianos de esta época, encontrar en la relectura de la pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Marcos. Tratemos de sumergirnos en la historia y dejar que nuestros cuerpos y mentes viajen en el tiempo y, aunque sea por un momento, se encuentren en Jerusalén; allí donde nuestra redención se viste de cruz y la muerte del Cordero se convierte en garantía de vida eterna. Entonces dejemos que nuestro pensamiento se recree maravillado en el Dios que nos ama tanto que no se reservó nada para sí, ni a su propio Hijo, con tal de recuperarnos y liberarnos; el Dios sólido, fiel y consecuente, siempre fiel y cercano, dispuesto a hacer camino con su pueblo.

Y ya que estamos allí, echemos una miradita a los discípulos de Jesús. Ese grupo de mujeres y hombres que hicieron de Él su razón y esperanza, y que lo apostaron todo al Nazareno. Para ellos la pasión y muerte del amigo era cosa personal y les afectó de forma muy directa, pues ante sus ojos Jesús murió por una causa digna de abrasar: el reino de Dios y su justicia, manifestado en el amor, la paz y el bien convivir. Esa debiese también ser la causa de toda persona que sigue a Cristo.

 

Regresemos, volvamos a nuestro presente, a nuestro siglo veintiuno. Pensemos en la propuesta individual y comunitaria que nos presenta este domingo de Ramos, pues quedarnos mirando a la cruz es lo que hace del pasaje de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo una historia predecible, y hace de nosotros cristianos pasivos. En cada uno de nosotros reside el poder de hacer de este domingo, y de muchos otros actos de nuestra vida de fe, algo predecible o impredecible.

Lo hacemos predecible cuando al final del servicio regresamos a nuestra rutina, a las cosas de cada día y no nos involucramos en nada que pueda ayudar a transformar las estructuras que llevaron a Jesús a la muerte y que hoy día producen la injusticia, la pobreza y la violencia. Lo hacemos predecible cuando nos quedamos en los sentimientos y no exploramos las formas de ser parte de los cambios que necesitamos en la iglesia y en la sociedad.

El aspecto impredecible del relato de la Pasión somos nosotros mismos cuando al ejemplo de Jesús y sus discípulos nos ponemos en el camino para apoyar las causas de los más vulnerables entre nosotros como son los casi un millón de soñadores que todavía esperan por una solución que les abra una ventana hacia la ciudadanía en este país. Somos impredecibles cuando ponemos en las manos de Dios, sin reservas, lo que somos y dejamos que Él nos use a su entera discreción.

Nosotros podemos hacer de este domingo el más impredecible de todos los domingos de Ramos. ¡Que Dios nos ayude a encontrar la forma de hacerlo!

 

El Reverendo Simón Bautista sirve en la Iglesia Catedral de Cristo, en Houston Texas. Es Canónigo para Misión y Alcance, y Ministerio Latino.

 

Quinto domingo en Cuaresma – Año B

Jeremías 31: 31-34, Salmo 51:1-12 o Salmo 119:9-16, Hebreos 5:5-10, Juan 12:20-33

Hoy celebramos el quinto domingo de Cuaresma. El mensaje central de las lecturas de este día es la Nueva Alianza. No cabe duda de que en los profetas se da una nueva experiencia de Dios. En la Biblia se nos describe la relación del hombre con Dios como una alianza. La primera alianza de Dios con su pueblo tiene lugar en el desierto en torno al Sinaí, en medio de una teofanía o manifestación espectacular de Dios a través de su ángel y se escribe en tablas de piedra. Esta alianza se inscribe en un estado de la experiencia humana con relación a Dios muy ligada a fenómenos de la naturaleza.

La nueva alianza, nos dice el profeta Jeremías será diferente: “Pondré mi ley en su corazón y, la escribiré en su mente. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Yo el Señor lo afirmo. Ya no será necesario que unos a otros, amigos y parientes, tengan que instruirse para que me conozcan, porque todos, desde el más grande hasta el más pequeño, me conocerán.”

La nueva alianza, nos dice el profeta, se escribe en los corazones, se interioriza. Se necesitó el paso de la historia y graves acontecimientos para que tomara forma la nueva experiencia de Dios. Uno de esos graves acontecimientos fue el destierro. La nueva alianza pasa, en primer lugar, por un corazón puro. Así lo proclama el Salmo responsorial: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu firme dentro de mí. No me apartes de tu presencia ni me quites tu Santo Espíritu.” El Dios “trueno” del Sinaí se ha convertido en el Dios “susurro” de Elías.  El profeta medita en su corazón la ley del Señor y descubre que Dios prefiere el “Corazón quebrantado y humillado” a los sacrificios y holocaustos.

Corazón puro y quebrantado. Interiorización y dolor o prueba es ahora el camino del siervo de Dios. La nueva alianza es interior, personal, de corazón, y probada por el dolor. Esta alianza apunta ya decididamente a la última y definitiva alianza del hombre con Dios en Jesús.

El autor de la carta a los hebreos nos presenta a Jesús el autor de la nueva alianza o relación del hombre con Dios en medio de angustia, gritos y lágrimas, diciendo: “Él, a pesar de ser hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.” La obediencia de Jesús al Padre pasa por la cruz. En su momento de oración y agonía en Getsemaní, Jesús se dirige al Padre diciendo: “Padre, si quieres, líbrame de este trago amargo; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.” La entrega personal es el nuevo culto a Dios, y Jesús abre el camino. Es la nueva alianza o experiencia de Dios.

El Evangelio de hoy nos presenta a unos gentiles, posiblemente griegos, que habían llegado a Jerusalén para celebrar la fiesta. Se acercan al apóstol Felipe para decirle que quieren ver a Jesús. Sin duda estos gentiles o paganos buscan a Dios y piensan que Jesús es un buen camino para ello.

A propósito, es justo decir, que muchos hombres y mujeres de todos los tiempos le han seguido en esta búsqueda. También en nuestros días, en medio de una crecida de la falta de creencias religiosas, sigue habiendo muchas personas que buscan a Dios por medio de Jesús. Pero a estos que le buscaban usando como intermediario a Felipe y a Andrés, Jesús le contestó: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el hijo del hombre.” La hora de Jesús, según el evangelista Juan, pasa por la cruz, que paradójicamente es el momento de su exaltación y su gloria.

Este es el momento estelar, así lo resalta Jesús. Ha llegado la hora de la gloria, de la agonía y del juicio. Con la presencia de estos griegos que lo querían ver, Jesús ha acabado con la distinción entre judíos y griegos, ahora uno sólo es el rebaño y uno sólo el pastor. La hora de la gloria, como el término es equivoco, es decir, se puede interpretar en varios sentidos, Jesús se dispone a deshacer el equívoco. La gloria germina en la muerte; el triunfo en la derrota; la conservación de la vida, en el desapego a ella. Paradoja total y radical. Es la misma para el Señor Jesús y también para sus seguidores, los discípulos.

La hora de la agonía. Agonía no como antesala de la muerte, sino como combate, como drama. Dos veces se dirige al Padre. El combatiente no está solo. Es y se experimenta Hijo. En la última instancia, es una causa común con el Padre y el Padre en persona le presta todo su apoyo.

La hora del juicio. En Juan ya Jesús había afirmado: “Yo he venido a este mundo para hacer justicia, para que los ciegos vean y para que los que vean se vuelvan ciegos.” Ha llegado el momento de hacer esa justicia y de pronunciar el veredicto contra quienes son incapaces de distinguir al Padre a pesar de presumir de conocerlo. La cruz es el momento supremo de la verdad de Dios y cuando la mentira quedará desenmascarada para siempre.

La muerte en la cruz puede parecer una derrota de Jesús, pero no es así porque con ella Jesús cumple finalmente su misión en obediencia al Padre. Ahora es la hora de la gloria. Gloria porque Jesús es escuchado en su prueba y Dios lo exalta con la resurrección. “Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.” La hora de Jesús se condensa principalmente en su muerte y en su resurrección, núcleo inicial de toda catequesis cristiana. La hora de Jesús es la hora de Dios porque con su obediencia, se manifiesta de alguna manera el reconocimiento y triunfo de Dios y es echado fuera el príncipe de este mundo.

Dios se revela a través de Jesús, que es tanto como decir a través del dolor y la humillación. Y para que el sufrimiento de Jesús no se quede en pura teoría y llegue hasta la vida se nos pone el ejemplo del grano de trigo. El grano de trigo para dar vida tiene que podrirse en la tierra. La vida de Jesús, que es la parábola de Dios, se expresa perfectamente en esta breve parábola. Lo mismo que el discípulo de Jesús. Si quiere ganar su vida la tiene que perder. El que egoístamente vive su vida, la pierde. El que entrega su vida generosamente por Dios y por los hermanos, la gana. Como el grano de trigo. La vida y la muerte, la cruz y la gloria, también van aquí unidos como en Jesús. La última experiencia o alianza del hombre con Dios que pasa por Jesús se manifiesta en su muerte y resurrección en la cruz y la gloria.

 El Rvdo. Antonio Brito es oriundo de la República Dominicana y misionero hispano en la Diócesis de Atlanta

Cuarto domingo en Cuaresma – Año B

Números 21: 4-9, Salmo 107: 1-3, 17-22, Efesios 2: 1-10, Juan 3: 14-21

La lectura del evangelio según San Juan que acabamos de escuchar le sigue al diálogo entre Nicodemo y Jesús. Nicodemo es uno de los líderes religiosos judíos quien, por temor al juicio de sus compañeros, secretamente y en la oscuridad de la noche busca a Jesús. Es en esta conversación que encontramos tal vez uno de los versículos bíblicos más citados de todos los tiempos: “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él.”

Los cristianos reconocemos que, a través de la muerte de Jesucristo, la muerte, que es antítesis de la vida, se convierte en el portal de la vida eterna. En cada una de las lecturas de hoy, vemos como el pueblo del Señor ha sido liberado de la muerte y ha pasado a la vida. Hemos de reconocer que la promesa de vida eterna que escuchamos en estas lecturas es la gracia de Dios encarnada para la humanidad, no porque la humanidad tenga derecho a la vida eterna, sino porque así lo designa Dios. Como escuchamos al apóstol Pablo en la carta a los efesios, “Pues por la bondad de Dios han recibido ustedes la salvación por medio de la fe. No es esto algo que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios. No es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie puede gloriarse de nada.”

Nicodemo responde a la luz que emana de Jesús, porque, como nos dice el evangelio, “los que viven de acuerdo con la verdad, se acercan a la luz para que se vea que todo lo hacen de acuerdo con la voluntad de Dios.” Recordemos que Nicodemo visitó a Jesús a escondidas, en parte para evitar la crítica social de la comunidad. Ese rechazo que Nicodemo eludía le sirve de ejemplo a todo el mundo, pero particularmente a nosotros los cristianos.

Recordemos la manera radical de Jesús para incluir a toda persona marginada, sin distinción. No es fácil proclamar la bondad de Dios y la inclusividad del ministerio terrenal de Jesús en un mundo que desprecia hasta cierto punto estos valores morales y religiosos que nos imparte nuestro Salvador. Sabemos que el mundo se ha vuelto más y más indiferente a los valores religiosos que a través de la historia han sido el marcador ético y moral para el mundo. Tal vez a veces nosotros también pecamos por juzgar al prójimo o al no incluir a personas diferentes a nosotros en nuestras vidas.

De la misma manera como Jesús distinguió a los seguidores del bien y del mal mientras recorría pueblos y ciudades, toda persona cristiana ha de reconocer lo mismo en sus alrededores. Y hacerlo como lo hizo Jesús, no para rechazar, descartar o juzgar, sino para ofrecer luz divina y luz eterna. Tenemos la responsabilidad de no participar en aquello que roba la dignidad de los seres humanos, como el racismo, la discriminación y la explotación. Esos son algunos de los pecados más graves que enfrentamos hoy día y que causan profundo sufrimiento, injusticia y división porque nos alejan de Dios. La intención del Señor para cada uno de nosotros y nosotras es tener dignidad personal y de otorgar dignidad al prójimo.

¿Quién entre nosotros no es pecador o pecadora? No obstante, recordemos que Dios ama a toda su creación libremente y es por su gracia, no por nuestros méritos, que somos su creación amada. Jesús nos invita a salir de la oscuridad y a abrazar la verdad que es su luz. No podemos seguir callados o guardando silencio acerca de la verdad de Dios en nuestras vidas y la manera como Jesús nos salva de hora en hora y de día en día. Entonces, debemos preguntarnos: ¿Cómo estoy reflejando la luz de Cristo en mis acciones con el prójimo? ¿Es en palabras o en hechos que somos más susceptibles y vacilamos al proclamar la verdadera inclusión que demostró Jesucristo?

Jesús nos sirve de ejemplo al invitarnos a todos nosotros y nosotras y al mundo entero a vestirse de luz, sin excluir o juzgar de antemano. ¿A qué le teme usted cuando se habla de respetar la dignidad de todo ser humano y de verdaderamente incluir a toda persona en su vida de fe? Hay mil maneras de compartir las Buenas Nuevas del amor dentro de nuestra sociedad, pero tenemos que empezar por enfrentar la oscuridad que nos ciega y nos aparta de la luz que emana de Jesucristo. El mundo está lleno de personas profundamente necesitadas de este mensaje de inclusión, amor, y dignidad porque luchan con la soledad y con la desesperación que causa el aislamiento. Como cristianos y por nuestro compromiso bautismal, somos llamados y llamadas para encarnar nuestros valores e identidades cristianas.

Hermanas y hermanos, durante esta estación en Cuaresma, recordemos que el amor de Dios está presente en nuestro mundo donde sabemos que hay opresión, dolor y oscuridad. Tengamos fe firme en el amor de Dios que no nos aísla ni nos separa. Confiemos en el amor de Dios que nos lo da a cada uno de nosotros y nosotras a través de su gracia divina y suprema.

Demos gracias al Señor cantando con el salmista “Den gracias al Señor, porque es bueno, porque para siempre es su misericordia”. Recordemos siempre que Cristo es la luz del mundo, que no vino a condenar al mundo sino a salvarlo por su amor. Como el Cuerpo de Cristo que somos, hemos de ser, “luz del mundo” al mostrar el amor de Dios entre nosotros y de nosotras para cada persona que encontremos en nuestro camino.

La Rvda. Dr. Lisa Fortuna se desempeña como sacerdote asociada en Trinity Church en Melrose, Massachusetts; es médico y directora de la Oficina de Siquiatría Para Niños y Adolescentes en el Boston Medical Center.

 

Tercer domingo en Cuaresma – Año B

Éxodo 20:1-17, Salmo 19, 1 Corintios 1:18-25, Juan 2:13-22

La palabra de Dios que proclamamos en este tiempo de cuaresma nos va preparando para aceptar el camino de la cruz como la única vía que nos lleva a la vida verdadera. Hoy el evangelista san Juan nos presenta a Jesús purificando el templo de Jerusalén con una actitud que inquieta y confunde a sus enemigos: “Se hizo un látigo de cuerdas y expulsó a todos del templo, ovejas y bueyes; esparció las monedas de los que cambiaban dinero y volcó las mesas”. Con la narración de este episodio el evangelista quiere dejar claro el origen mesiánico de Jesús que llama al templo, “la casa de mi Padre”.

Jesús quería hacer respetar el honor del templo de Dios. Convertir el templo en un mercado era deshonrar a Dios. La casa de Dios era un lugar destinado a la adoración, no para ganar dinero. Jesús quiere que “den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Para los judíos, al querer purificar el templo, Jesús estaba dando a entender que era el Mesías. Por lo tanto, ellos le pidieron una señal que comprobara con qué autoridad hacia tal cosa. Sin una señal milagrosa no creerían que Jesús era el Mesías, lo considerarían un subversivo del orden establecido.

La señal que Jesús les da está relacionada con su muerte y su resurrección. Como la escena controversial que nos presenta el evangelista se desarrolla alrededor del templo de Jerusalén y en referencia a este, Jesús les dice: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. Los judíos no entendieron, consideraron la afirmación de Jesús como un absurdo, y contestan: “Cuarenta y seis años ha llevado la construcción de este santuario, y tú lo vas a levantar en tres días”.

Todos estaban confundidos con la actitud de Jesús: en un momento trata de purificar el templo y al instante habla de destruirlo. Está claro que los judíos esperaban al Mesías de Dios, pero Jesús les parecía todo menos un Mesías. Purificar el templo era una atribución del Mesías, pero tratar de destruirlo era propio de un bandido. El templo de Jerusalén era el centro de la vida y la religión de los judíos. Meterse con el templo era buscarse la muerte.

Los judíos no comprendieron eso de destruir el templo y probablemente tampoco los discípulos de Jesús lo entendieron hasta después de la resurrección. San Juan nos lo explica diciendo que “él se refería al santuario de su cuerpo”, su cuerpo que sería destruido en la cruz, y que a los tres días sería resucitado de entre los muertos. Esta resurrección sería la prueba final de que Él era el Mesías, el Hijo de Dios.

Los judíos continuamente pedían señales para poder creer que Jesús era el enviado del Padre. En la epístola que leímos y según el profesor jesuita Luis Alonso Schokel, el apóstol Pablo “a través de una serie de contrastes audaces y contundentes nos acerca al misterio de Cristo crucificado: es un escándalo dice, para los judíos que esperan un Cristo triunfador. Es una locura para los griegos que buscan y apoyan la sabiduría. El misterio de la cruz solo puede expresarse ante los ojos de la sabiduría y la razón humanas como locura y debilidad de Dios, y precisamente por eso, es fuerza y sabiduría de Dios, para los creyentes”.

Es verdad que Jesús hizo muchos milagros y “muchos creyeron en él por las señales que hacía”. No obstante, no actuaba para hacerse un líder famoso en este mundo y para que muchos lo siguieran. No debemos acercarnos a Jesús buscando arrancarle algún milagro. El gran milagro es creer en Jesús como nuestro salvador, aun cuando nos parezca que todo está perdido o destruido.

Nuestro acercamiento a Jesús debe ser una respuesta de amor. Él nos amó primero y se entregó a la muerte por nuestros pecados. Si así lo hacemos entonces tendremos una vida nueva, porque el amor engendra amor y solo el amor es digno de fe. Es posible que al principio nos acerquemos a Jesús egoístamente, buscando algún bien material, pero después de conocerlo y creer en él, tenemos que dejar las idolatrías de este mundo y seguirlo en espíritu y verdad.

La mejor forma para demostrar el amor al Señor es obedeciendo los mandamientos, porque Jesús dice: “Si alguien me ama guardará mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él. Quien no me ama no cumple mis palabras, y la palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Como el Padre me amó, así yo los he amado, permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, lo mismo que yo he cumplido los mandamientos de mi padre y permanezco en su amor”.

Precisamente, la primera lectura nos habla de los mandamientos de Dios que fueron dados al pueblo de Israel por mediación de Moisés como parte importante de la alianza de Dios con Israel al que había sacado de la esclavitud en Egipto; eran las leyes que debían regir la vida de los israelitas como pueblo elegido, regir su relación con Dios y entre ellos como hermanos, hijos del mismo Padre.

Parte de los mandamientos hacen referencia directa a la relación con el Dios único, el Dios de la alianza: “No tendrás otros dioses…no te harás una imagen…no te postrarás ante ellos, ni les darás culto…no pronunciarás el nombre del Señor tu Dios en falso…”. La fe y el respeto al Dios único y verdadero, conlleva el respeto y amor a los hijos de Dios, creados a su propia imagen, de ahí, los demás mandamientos: honra a tu padre y a tu madre…no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio contra tu prójimo, no codiciarás los bienes de tu prójimo. El pueblo rescatado de la esclavitud debe dar testimonio de su nueva vida escuchando la voz de Dios y cumpliendo los mandamientos, que no son una carga difícil de llevar, sino una ayuda para caminar en la presencia de Dios y obtener la verdadera liberación.

Hermanos y hermanas, cantemos con el salmista el salmo diecinueve cuyos versos engrandecen y definen la verdadera intención de la ley de Dios: “La ley del Señor es perfecta: devuelve el aliento; el precepto del Señor es verdadero: da sabiduría al ignorante; los mandatos del Señor son rectos: alegran el corazón; la instrucción del Señor es clara”. Este tiempo de cuaresma démosle una mirada a nuestra vida a la luz de los mandamientos de Dios para ver si andamos en verdadera armonía con Él, con el prójimo y con toda la creación. Hagamos un alto en el camino, escuchemos la voz del Señor que nos invita a seguirle con un corazón contrito prometiendo su amoroso alivio a nuestras pesadas cargas:

“Vengan a mi todos los que están trabajados y cargados, y yo los haré descansar. Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga”.

 

El Rvdo. Ramón Betances pertenece a la Diócesis Episcopal de Atlanta; es vicario en las misiones de San Benedicto en Smyrna, y El Buen Pastor en Austell, Ga.

Segundo Domingo en Cuaresma – Año B

Génesis 17:1-7,15-16, Salmo 22:22-30, Romanos 4:13-25, Marcos 8:31-38

Las lecturas del libro de Génesis y del evangelio de Marcos nos invitan a reflexionar sobre el concepto cristiano de la fe en Dios. ¿Qué es la fe? ¿Cómo la vivimos de día en día? Las historias de Abrahán y Sara y la invitación que Jesucristo le hizo a sus discípulos y a las comunidades, nos ofrecen maneras de seguir a Jesús y de servir al pueblo con fe y con la confianza de que Dios siempre provee.

En nuestras sociedades circulan diversas interpretaciones sobre el concepto de la fe y de tener fe. Una interpretación que se escucha es que la fe es una serie de conceptos abstractos que se deben afirmar, como, por ejemplo, lo que dice la carta de Pablo a los hebreos, “la fe es la certeza de lo que no vemos.” A veces pensamos que, al recitar el Credo, el Padrenuestro o algún testimonio de nuestra experiencia religiosa es el equivalente a que tenemos fe en Dios.

En su carta al pueblo romano, San Pablo incorpora una enseñanza importante sobre la fe dada a Abrahán y a todos sus descendientes y que nos incluye a nosotros y a nosotras. Esa promesa dice que la fe es un don, un don dado por Dios a toda persona que explora su fe y a toda persona que tiene esa fe en Dios. Según el apóstol Pablo, Abrahán confió plenamente en las promesas de Dios y, “no dudó ni desconfió de la promesa de Dios, sino que tuvo una fe más fuerte. Alabó a Dios, plenamente convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete.”

La fe de Abrahán afirma su confianza en el amor de Dios y su convicción de que Dios siempre cumple sus designios. Esta es la fe que Dios busca en cada uno de nosotros y de nosotras. En el libro de Génesis vemos cómo Dios llamó a Abrahán y a Sara para que dejaran su país natal y migraran a un lugar desconocido. ¿No es esta la misma situación que viven muchos inmigrantes en el mundo? La fe nos impulsa a obedecer a Dios y a echar camino confiados en la palabra del Señor.

A través de los siglos, esta misma fe ha impulsado a miles y miles de personas de fe a compartir el amor de Dios en medio de las circunstancias más difíciles y bajo muchas persecuciones. La fe ha inspirado a muchas personas a luchar contra la injusticia y las ha llevado a buscar los caminos de la paz y de la reconciliación entre los pueblos. Nuestro Pacto Bautismal insiste en que los cristianos tengamos un vínculo estrecho entre nuestra fe y nuestra acción cristiana.

De cierto modo podríamos decir que esta fe que impulsa a la acción motivó al Señor Jesús durante su ministerio terrenal y le ayudó a enfrentar su cruz y su muerte para redimir a la humanidad. En el evangelio escuchamos que Jesús invitó al pueblo a poner su fe en acción cuando dijo: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame.” Hoy, con estas mismas palabras, el Señor nos invita a seguirle y a convertir nuestra confianza en acción profética y evangelizadora, independientemente de nuestras realidades.

Aún más allá de definir la fe como la plena confianza en Dios e insistir en que esta fe debe motivarnos a la acción, debemos entender que el concepto bíblico de la fe es algo que transforma nuestras vidas.

La carta a los romanos nos recuerda que, por confiar plenamente en el Dios Todopoderoso, Abrahán llegó a ser, “el padre de muchas naciones y el padre de todos nosotros.” Es decir, que somos los descendientes de Abrahán y de Sara, a quienes Dios escogió con todas sus imperfecciones a ser matriarca y patriarca de los herederos del reino de Dios.

Como símbolo de esta transformación de sus vidas, Dios el Señor les dio nuevos nombres. Simbólicamente estos nombres mostraban su nueva relación con Dios. El hasta entonces llamado Abram, se convirtió en Abrahán, que significa “padre de muchas naciones.” Su esposa Saraí, cuyo nombre significa, “la peleona”, se convirtió en Sara, “la princesa”, puesto que sus hijos serían reyes entre los pueblos. Recordemos que los libros del Antiguo Testamento cuentan cómo los descendientes de ellos se convirtieron en una nación que impactó la historia de toda la humanidad.

El nombramiento de Abrahán y Sara se repite cuando bautizamos a los nuevos cristianos, llamándolos por los nombres completos dados por sus padres. Igualmente, para adultos candidatos al Santo Bautismo, llamarlos por sus nombres completos representa la renovación de sus vidas por la gracia de Dios y los y las identifica como miembros de la familia de Dios y del Cuerpo de Cristo. Así que el llamado que se les hace en el Santo Bautismo representa la invitación a una vida de fe activa y transformadora en el nombre de Dios: Padre, Hijo, e Espíritu Santo.

Durante esta Santa Cuaresma tenemos nuevamente la oportunidad de aprender de Abrahán y Sara y de los seguidores de Jesús que dejaron sus bienes materiales y preocupaciones del mundo para renovar y profundizar su fe al seguir a Jesús. Podemos recordar las promesas que Dios ha hecho a su pueblo, culminando con la resurrección y la vida nueva en Jesucristo.

Hermanos y hermanas recordemos las promesas que Dios hizo a nuestros ancestros, promesas que también son para nosotros y nosotras. ¡Vivamos con la esperanza de que la gracia y el amor de Dios transformarán nuestras vidas y transformarán el mundo que Cristo redimió con su cruz y resurrección!

 

Padre Jack Lynch ha servido en las diócesis de Honduras, Carolina del Norte, y el Sur de Virginia y ahora es sacerdote misionero de la Iglesia Episcopal San Jorge en Central Falls, Rhode Island y sirve como director del Instituto Ecuménico de Ministerio Hispano. Publica el blog “El Cura de Dos Mundos” (padrejack.blogspot.com).

 

Primer domingo en Cuaresma – Año B

Génesis 9:8-17, Salmo 25: 1-9 , 1 Pedro 3:18-22, Marcos 1:9-15

Hoy iniciamos la estación del año litúrgico llamada Cuaresma. El término Cuaresma se refiere a la narración de los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas donde se nos dice que Jesús pasó cuarenta días con sus noches en el desierto.

La estación de Cuaresma y otras estaciones litúrgicas no se establecieron inmediatamente después de la resurrección de Jesús Nuestro Señor. Las primeras comunidades cristianas no conocían la Cuaresma porque todavía no existía, esas comunidades cristianas ayunaban el sábado antes de la Pascua, luego añadieron el ayuno para el viernes, y más tarde, en el siglo tercero, ya se observaban seis días de ayuno.

No fue sino hasta el cuarto siglo que la estación de la Cuaresma tomó forma como estación penitencial cristiana de cuarenta días. La Cuaresma adquirió casi exclusivamente un carácter de tiempo penitencial y ascético, y es por esto por lo que aún se preservan las tradiciones cuaresmales de la oración y del ayuno.

Para entender el significado de la Cuaresma tenemos que indagar lo que implican los cuarenta días. Hay que tener presente que los números en la Biblia son simbólicos y siempre expresan un significado apropiado al contexto de aquel momento histórico.

El número cuarenta se encuentra en la Biblia en más de cien ocasiones y casi siempre en momentos importantes y decisivos en la historia bíblica. Recordemos algunos bien conocidos: estuvo lloviendo sobre la tierra cuarenta días con sus noches; Moisés condujo al pueblo de Israel durante cuarenta años por el desierto y pasó cuarenta días en oración en el monte Sinaí antes de recibir las Tablas de la Ley; el profeta Elías pasó cuarenta días en ayunas en el desierto hasta encontrarse con Dios en el monte Horeb; Jesús fue presentado en el Templo a los cuarenta días de nacido y después de ser bautizado en el río Jordán, permaneció cuarenta días en el desierto.

En todos esos momentos bíblicos se esconde un significado oculto que es reforzado con el número cuarenta. En el diluvio Dios manifiesta su poder sobre los elementos atmosféricos para sobrecoger al ser humano hacia su conversión. Los cuarenta años por el desierto manifiestan claramente lo arduo y costoso que le fue al pueblo de Israel hacer una travesía tan difícil, que por otra parte se puede realizar en corto tiempo.

Los cuarenta días de Jesús en el desierto significan más que las pruebas a las que fue puesto, el momento en su vida en el que Jesús toma una decisión trascendental para salir al mundo a anunciar y llevar a cabo la misión de Dios. Esa misión fue su vocación mesiánica. Para Jesús esa misión respondía a la pregunta: ¿Cómo llevar adelante la misión sublime de manifestar el amor misericordioso del Padre, sobre todo hacia los desposeídos, los humildes, a los perseguidos? ¡Ardua tarea!

Y más aún, sabemos que Jesús fue fiel al plan de salvación divino, aunque ante la inminencia de su muerte, Él les confesó a sus discípulos: “siento una tristeza de muerte”, y todavía más profundamente, “Padre, si es posible, que se aparte de mi esta copa”.

Al inicio del ministerio de Jesús, los evangelistas enmarcan este momento cumbre de su vida dentro de un período de cuarenta días. Sin embargo, en el caso de Jesús pudo resolverse en unos momentos, en unos días, o en un período más largo de reflexión. Un tiempo en el que, a todas luces, lo más difícil no son los ayunos ni las penalidades físicas, sino las sicológicas.

No debemos tomar al pie de la letra, las tentaciones de Jesús en el desierto rodeado de fieras, satanás y ángeles sobre las cuales escuchamos en el evangelio de Marcos. Jesús nos invita a enfocarnos no tanto en la escenografía de esas tentaciones, sino en ese acto importantísimo en su vida donde él rechaza las tentaciones y se prepara espiritualmente para cumplir su ministerio terrenal.

Así pues, la Cuaresma en el sentido espiritual significa un período de tiempo importante en nuestras vidas. Puede ser el tiempo de un día o de siete, en el que tomamos una decisión transcendental en nuestras propias vidas. O, visto desde otra perspectiva, toda nuestra vida es una “cuaresma” en la que nos vamos preparando día a día para la Pascua Celestial, nos preparamos para la Gloria eterna.

Hace unos días celebramos el Miércoles de Ceniza. En el evangelio de Mateo para ese día, Jesús nos insta a que obremos desde lo profundo de nuestro corazón, siendo sinceros y evitando toda vanagloria. No quiere Jesús que publiquemos al son de trompeta nuestras buenas obras. No quiere Jesús que aparezcamos super piadosos, exhibiéndonos como santos, cuando no lo somos. No quiere Jesús que aparezcamos tristes, débiles o demacrados porque ayunamos demasiado.  No quiere Jesús que pongamos nuestro corazón en tesoros perecederos cuando nos espera el mejor tesoro en el más allá. En definitiva, Dios quiere que nuestra actitud en la vida esté marcada por la sinceridad y la autenticidad.

Entonces, ¿qué hemos de hacer en nuestras vidas para darle sentido a la Cuaresma? El Libro de Oración Común nos sugiere a los Episcopales que en primer lugar en la santa Cuaresma nos dediquemos a hacer un “examen de conciencia”. Luego cabe el “arrepentimiento” si es que estamos viviendo una vida sin sentido y superficial, y esto se debe llevar a cabo mediante la reflexión en la Palabra de Dios, meditando en ella día y noche. Orando sin cesar, llevando en nuestros corazones la presencia constante del Dios vivo, eso es vivir la Santa Cuaresma.

No excluye el Libro de Oración Común el “ayuno y la abnegación”. Todo gran compromiso en esta vida implica sacrificio de nuestra parte para estar en comunión con Jesús. Una vida fácil conduce a la pereza espiritual. Una vida dedicada a Jesús y al bien conduce al triunfo espiritual. De igual manera, llevar una vida auténtica, sincera y de entrega a Dios y al prójimo, es una bendición para uno mismo y para Dios.

En las lecturas de hoy, escuchamos al evangelista decir que Jesús: “se hizo bautizar por Juan en el Jordán”, y en la primera carta de Pedro oímos que: “el bautismo no consiste en lavar la suciedad del cuerpo, sino en el compromiso con Dios de una conciencia limpia”. Estas palabras nos dan a entender que Jesús encontró en el Santo Bautismo, la fortaleza para realizar el compromiso de su misterio público.

Hermanos y hermanas, vivamos una Santa Cuaresma llenándonos de la fortaleza divina renovando a diario nuestro compromiso bautismal de resistir toda tentación, proclamar la justicia y la paz y servir a Cristo en toda persona.

El Rvdo. Isaías A. Rodríguez es oriundo de España. Fue carmelita descalzo y sigue amando la espiritualidad carmelitana encarnada en los grandes místicos san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. Reside en la Diócesis de Atlanta desde 1983.

 

 

Viernes Santo (A,B,C) – 2015

3 de abril de 2015

Isaías 52:13-53:12; Salmo 22; Hebreos 10:16-25 o Hebreos 4:14-16; 5:7-9; Juan 18:1-19:42.

Hoy el mundo cristiano presta especial atención a la muerte de Jesús en la cruz y guarda especial respeto para tratar de ver este acontecimiento con nuevos ojos. El evangelio de hoy nos da la narración completa de la muerte de Jesús. Juan no trata de darnos una descripción literal de lo acontecido, sino que usa símbolos que nos invitan a profundizar lo que significa seguir a Jesús. Juan mismo se encuentra en una comunidad que será conocida como la comunidad joánica y que está experimentando las consecuencias de seguir a Jesús.

Para tratar de entender este acontecimiento tan brutal de la muerte de Jesús en la cruz, usaremos a los tres personajes centrales de toda esta narración: Jesús, lo veremos como luz; Judas, lo veremos como oscuridad y tiniebla exactamente lo opuesto a Jesús; y Pedro, lo veremos como el que duda entre la oscuridad y la luz.

Juan inicia su evangelio diciendo: “…La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la impidieron… Él era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre y llegaba al mundo… este mundo que no lo recibió. Vino a su propia casa y los suyos no lo recibieron; pero a los que lo recibieron les dio capacidad para ser hijos de Dios” (Juan 1: 5; 9-12). Esto, que ha sido todo el motivo de que Juan escribiera su evangelio, llega a su culminación en la narración de la condena y muerte de Jesús que acabamos de escuchar.

Para Juan es claro que Jesús es la luz que viene de Dios y que ha llegado para iluminar a toda persona. Esto significa que el camino que Jesús presenta es lo que le da a la persona humana la capacidad de desarrollar lo mejor de sí mismo, rompiendo todo aquello que lo retiene y no lo deja crecer a lo mejor de su potencialidad.

Pensemos un poco si nos gusta estar en la luz, o preferimos estar en oscuridad. Todos sabemos que la luz es vida, en la luz nos podemos mover, sabemos lo que hacemos, conocemos a la gente vemos sus expresiones y reconocemos nuestras propias expresiones y acciones. La luz permite desarrollarnos y ser creativos porque vemos el camino, vemos todo lo que sucede. Para Juan todo el evangelio ha sido presentar a Jesús como la luz que confronta a las tinieblas, lo que significa para nosotros que solo podemos ver lo que somos (nuestra propia tiniebla) cuando la luz viene a nosotros y nos permite ver lo que podemos llegar a ser. Jesús es entonces para nosotros, la imagen clara de lo que podemos llegar a ser, lo mejor del ser humano y por esto es luz.

Pero vivimos en una realidad en donde con frecuencia nos quedamos ciegos y no podemos ver la luz o no queremos verla. Preferimos estar en nuestra tiniebla. Y esta es la imagen que Judas representa, es el personaje que podría ser cualquiera de nosotros que se ha acostumbrado a vivir en la oscuridad. Vivimos sin dar lo mejor de nosotros porque no sabemos qué es lo mejor de nosotros. Nos podemos quedar en nuestra mediocridad y quedarnos estancados. Solo hasta que somos confrontados por la luz, conocemos también nuestra tiniebla. Solo con la luz podemos ver lo que podemos llegar a ser. Y entonces empieza una nueva lucha, la de aceptar la luz y caminar hacia ella.

Judas representa a todos los que rechazan la luz. “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Todas las apariciones de Judas en el Evangelio de Juan representan al que tuvo problemas en aceptar el plan de Jesús, es el que se queda en lo material y no entiende el más allá de porqué Jesús es como es. Finalmente en esta narración del evangelio de hoy, Juan pone a Judas como el que termina traicionando a Jesús. Es el que come en la misma mesa de Jesús y, sin embargo, es quien decide entregarlo.

Jesús le dice, “lo que has de hacer hazlo pronto” y Judas se ausenta del grupo y toma partido por aquellos que buscan agarrar a Jesús. Judas entonces representa a todos los que niegan la posibilidad de ser más. Son los que prefieren no correr riesgos y quedarse en donde están. Esto es la oscuridad y también será signo de muerte. Pensemos en nuestros sentimientos cuando estamos en un cuarto oscuro. Nos paralizamos, no podemos movernos con libertad porque no vemos y el temor puede apoderarse de nosotros. Quedarnos en la oscuridad es muerte. En el evangelio oímos que cuando la traición estaba sucediendo “era de noche”.

Tenemos a Pedro como el tercer personaje de este drama, y representa a todos los que son atrapados por la duda. Pedro, quiere ser todo de Jesús, pero sus intervenciones presentan a la persona que aún no ha entregado su corazón. Quiere creer en esa nueva posibilidad que Jesús presenta, pero ante la novedad de las actitudes de Jesús se queda corto. Por eso vemos a Pedro que no entiende que Jesús se ponga a lavar los pies de sus discípulos y cuando Jesús se acerca a él dice: “Tú no me vas a lavar los pies a mí” (Juan 13:6).

Cuando llegan a arrestar a Jesús, Pedro reacciona usando violencia, saca una espada y ataca (Juan 18:10), poco después, cuando ya Jesús es interrogado, vemos a Pedro afuera y es reconocido como uno de los discípulos de Jesús, a lo que Pedro contesta “no lo soy” (Juan 18:17). Pedro representa a todas las personas que aún están muy amarradas en su tiniebla y que quieren abrirse a la luz, pero se encuentran dudando. En el Evangelio de Juan volveremos a ver a Pedro corriendo hacia la tumba de Jesús cuando ha resucitado, y entonces Pedro se convertirá en uno de los testigos de la resurrección. En Pedro encontramos esa posibilidad de vencer nuestra oscuridad y ser de la luz. “A los que la recibieron les dio capacidad de ser hijos de Dios” (Juan 1:12).

En la narración de Juan, cuando vemos a Jesús en la cruz no hay tinieblas, no está oscuro, no es de noche. Y aunque ante los ojos humanos hay muerte, ante los ojos del que cree hay vida. Juan nos presenta estos signos de nueva vida, signos que podemos ver solo si vamos más allá, si nos arriesgamos a vivir en la fe de Jesús. Los signos son que Jesús al ser traspasado por la lanza de un soldado, de su costado brota sangre y agua. La sangre signo de la nueva ofrenda que será la eucaristía y el agua signo de la nueva vida en Jesús para el que cree y esto será el bautismo.

Ante el misterio de la muerte de Jesús, el evangelista Juan nos está diciendo: arriésgate a dejar tu tiniebla, tu oscuridad, Judas, en medio de tus dudas y de tus dificultades de darle tu corazón a Jesús. Pedro, ábrete a la luz y descubre lo que puedes llegar a ser, lo mejor que hay en ti (Jesús) y aunque aparezca como muerte, descubre la vida que se te ofrece, sangre y agua; eucaristía y bautismo, y sé luz para los demás ofreciendo tu vida y lo mejor que hay en ti.

 

— El Rvdo. Enrique Cadena es de México y ahora se encuentra como vicario de la Iglesia Episcopal San Pablo en Phoenix.

Jueves Santo (A,B,C) – 2015

2 de abril de 2015

Éxodo 12:1-4, (5-10), 11-14; Salmo 116: 1-2, 12-19; 1 Corintios 11:23-26; Juan 13:1-17, 31b-35.

El Jueves Santo es para nosotros una fiesta muy especial y llena de símbolos que marcan nuestra fe. Por eso este día se reconoce como “La institución de la Eucaristía” y como “La institución del sacerdocio” aunque más comúnmente lo reconocemos como el recuerdo de la última cena de Jesús. Pero esencialmente es un día cuyos símbolos representan algo mucho más grande de lo que nuestros ojos pueden ver y por eso los símbolos se han convertido en ritos que celebramos litúrgicamente.

En el centro de los símbolos está la idea de nuestra purificación y quien es el purificador. Desde antiguo el ser humano ha sentido la necesidad de realizar un acto externo que significara el deseo interno de ser perdonado, de poder empezar de nuevo. Y siempre se escogió un acto que representaba una ofrenda, algo que se entregaba y se sacrificaba a la divinidad en favor de la comunidad.

Así pues los agricultores ofrecían buena parte de su primera cosecha quemándola; con eso entendían que ese ofrecimiento les beneficiaría para el resto de las cosechas. Los que tenían ovejas y las cuidaban escogían un corderito pequeño que no tuviera mancha y ese corderito se sacrificaba para el bien de todos. La gente se purificaba siendo rociados con la sangre del corderito. Así que desde antiguo nos encontramos con ese doble sentido de ser purificados y el purificador.

Para el pueblo de Israel, que se encontraba en esclavitud bajo los egipcios, ocurre un nuevo momento que significará su liberación y el inicio de una nueva realidad para ellos. En la primera lectura encontramos el mandato de Dios a Moisés y a Aarón diciéndoles que esto significará un nuevo inicio, “este mes será el comienzo de los meses, el primero de los meses del año”. Todo lo siguiente queda ordenado a esta nueva realidad, es un volver a empezar.

Se retoma algo que ya el pueblo realizaba, la ofrenda de un corderito, pero ahora con un nuevo sentido. Las instrucciones dadas a Moisés ya hablan de ciertas características que marcan este momento. Sacrificarán un corderito para comerlo y lo tendrán que comer unidos como familia y listos para el camino (el cinturón apretado, las sandalias puestas y el bastón en la mano). La sangre de ese cordero tendrá el valor de señal. Así como se acostumbraba a rociarse con la sangre del corderito sacrificado en señal de purificación, ahora también la sangre tiene valor de señal, en donde esté la puerta marcada con la sangre no sucederá ninguna desgracia. Quedaban lavados, purificados y escogidos. Y se le pide al pueblo de Israel que año tras año celebren este rito como una fiesta en honor a Dios.

El pueblo se vio libre de la esclavitud, y recordaban que en el rito del cordero sacrificado, el corderito es el purificador y ellos encontraron su purificación como pueblo libre. Esta fiesta se celebró año tras año y recibe el nombre de cena pascual (La cena del paso del Señor). Se recordaba entonces que para seguir siendo el pueblo de Dios tenían que mantenerse unidos como familia y listos para el camino.

Muchos años después, ahora es Jesús quien invita a sus discípulos a celebrar la cena pascual en la que cambió el símbolo y realiza un nuevo inicio. Los tres evangelios antes de Juan habían hablado del nuevo símbolo del pan y del vino entregados como el cuerpo y la sangre de Jesús en donde él es el nuevo cordero sacrificado en favor de los demás. Su sangre derramada es señal de un nuevo inicio.

Pero el evangelista Juan, que es el último en escribir, no presenta la misma narración y en su lugar quiere presentarnos una actitud esencial para todo seguidor de Jesús. Jesús es el purificador, es quien lava todo lo que impide a la persona dar lo mejor de sí mismo, lo llamamos pecado. Y lo hace rompiendo toda búsqueda de poder de reconocimiento o de fama, lo hace a través del servicio a los demás con un corazón humilde. “Entonces Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ató una toalla y se puso a lavar los pies de sus discípulos”. El evangelista Juan se preocupa en hacernos ver que el rito a celebrar está marcado por la actitud de entrega, de servicio desinteresado. La purificación sucede en la entrega humilde del purificador. No es solo el celebrar un rito externo sino el hacerlo con el corazón humilde del que sirve y se da a los demás desinteresadamente.

Con este nuevo símbolo ahora valoramos toda entrega hecha por los seres humanos en el espíritu de servicio y la vemos como símbolo de ese amor que nos une. En la actitud de servicio de Jesús hacia sus discípulos podemos reconocer la entrega del amor. Y para que lo entendamos analicemos las entregas diarias de las personas que se dan por otras. Hace unos meses el presidente Obama reconoció de una manera especial la acción de un ciudadano que arriesgó su vida al ayudar a otro que había resbalado en las vías del metro. Esta acción desinteresada salvó la vida de una persona, a pesar de que ponía en riesgo su propia vida. El presidente le ofreció una condecoración como ciudadano excelente.

En este ejemplo de la vida diaria se dan los símbolos que reconocemos en este día. Para el que había resbalado y se encontraba en peligro se le dio una nueva oportunidad, un nuevo comienzo en su vida. El purificador es la persona que arriesgó su vida de una manera generosa, y se hace símbolo de una entrega que da vida.

Estas acciones nos hacen ver que el lavar los pies de los discípulos es una acción que sucede a diario en la entrega generosa de uno por otro. Y esto es el símbolo de la eucaristía que recibimos y del sacerdocio que celebramos. Que el Jueves Santo sea la fiesta anual en la que reconocemos que un sacrificio se ha hecho por nuestra purificación y el purificador es quien, con su amor desinteresado, lo arriesga todo por nosotros. Y aquí tenemos un nuevo empiezo en nuestras vidas. “Pues si yo, siendo el Señor y Maestro les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo y ustedes deben hacer como he hecho yo”.

 

— El Rvdo. Enrique Cadena es de México y ahora se encuentra como vicario de la Iglesia Episcopal San Pablo en Phoenix.