Viernes Santo (A,B,C) – 2015

3 de abril de 2015

Isaías 52:13-53:12; Salmo 22; Hebreos 10:16-25 o Hebreos 4:14-16; 5:7-9; Juan 18:1-19:42.

Hoy el mundo cristiano presta especial atención a la muerte de Jesús en la cruz y guarda especial respeto para tratar de ver este acontecimiento con nuevos ojos. El evangelio de hoy nos da la narración completa de la muerte de Jesús. Juan no trata de darnos una descripción literal de lo acontecido, sino que usa símbolos que nos invitan a profundizar lo que significa seguir a Jesús. Juan mismo se encuentra en una comunidad que será conocida como la comunidad joánica y que está experimentando las consecuencias de seguir a Jesús.

Para tratar de entender este acontecimiento tan brutal de la muerte de Jesús en la cruz, usaremos a los tres personajes centrales de toda esta narración: Jesús, lo veremos como luz; Judas, lo veremos como oscuridad y tiniebla exactamente lo opuesto a Jesús; y Pedro, lo veremos como el que duda entre la oscuridad y la luz.

Juan inicia su evangelio diciendo: “…La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la impidieron… Él era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre y llegaba al mundo… este mundo que no lo recibió. Vino a su propia casa y los suyos no lo recibieron; pero a los que lo recibieron les dio capacidad para ser hijos de Dios” (Juan 1: 5; 9-12). Esto, que ha sido todo el motivo de que Juan escribiera su evangelio, llega a su culminación en la narración de la condena y muerte de Jesús que acabamos de escuchar.

Para Juan es claro que Jesús es la luz que viene de Dios y que ha llegado para iluminar a toda persona. Esto significa que el camino que Jesús presenta es lo que le da a la persona humana la capacidad de desarrollar lo mejor de sí mismo, rompiendo todo aquello que lo retiene y no lo deja crecer a lo mejor de su potencialidad.

Pensemos un poco si nos gusta estar en la luz, o preferimos estar en oscuridad. Todos sabemos que la luz es vida, en la luz nos podemos mover, sabemos lo que hacemos, conocemos a la gente vemos sus expresiones y reconocemos nuestras propias expresiones y acciones. La luz permite desarrollarnos y ser creativos porque vemos el camino, vemos todo lo que sucede. Para Juan todo el evangelio ha sido presentar a Jesús como la luz que confronta a las tinieblas, lo que significa para nosotros que solo podemos ver lo que somos (nuestra propia tiniebla) cuando la luz viene a nosotros y nos permite ver lo que podemos llegar a ser. Jesús es entonces para nosotros, la imagen clara de lo que podemos llegar a ser, lo mejor del ser humano y por esto es luz.

Pero vivimos en una realidad en donde con frecuencia nos quedamos ciegos y no podemos ver la luz o no queremos verla. Preferimos estar en nuestra tiniebla. Y esta es la imagen que Judas representa, es el personaje que podría ser cualquiera de nosotros que se ha acostumbrado a vivir en la oscuridad. Vivimos sin dar lo mejor de nosotros porque no sabemos qué es lo mejor de nosotros. Nos podemos quedar en nuestra mediocridad y quedarnos estancados. Solo hasta que somos confrontados por la luz, conocemos también nuestra tiniebla. Solo con la luz podemos ver lo que podemos llegar a ser. Y entonces empieza una nueva lucha, la de aceptar la luz y caminar hacia ella.

Judas representa a todos los que rechazan la luz. “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Todas las apariciones de Judas en el Evangelio de Juan representan al que tuvo problemas en aceptar el plan de Jesús, es el que se queda en lo material y no entiende el más allá de porqué Jesús es como es. Finalmente en esta narración del evangelio de hoy, Juan pone a Judas como el que termina traicionando a Jesús. Es el que come en la misma mesa de Jesús y, sin embargo, es quien decide entregarlo.

Jesús le dice, “lo que has de hacer hazlo pronto” y Judas se ausenta del grupo y toma partido por aquellos que buscan agarrar a Jesús. Judas entonces representa a todos los que niegan la posibilidad de ser más. Son los que prefieren no correr riesgos y quedarse en donde están. Esto es la oscuridad y también será signo de muerte. Pensemos en nuestros sentimientos cuando estamos en un cuarto oscuro. Nos paralizamos, no podemos movernos con libertad porque no vemos y el temor puede apoderarse de nosotros. Quedarnos en la oscuridad es muerte. En el evangelio oímos que cuando la traición estaba sucediendo “era de noche”.

Tenemos a Pedro como el tercer personaje de este drama, y representa a todos los que son atrapados por la duda. Pedro, quiere ser todo de Jesús, pero sus intervenciones presentan a la persona que aún no ha entregado su corazón. Quiere creer en esa nueva posibilidad que Jesús presenta, pero ante la novedad de las actitudes de Jesús se queda corto. Por eso vemos a Pedro que no entiende que Jesús se ponga a lavar los pies de sus discípulos y cuando Jesús se acerca a él dice: “Tú no me vas a lavar los pies a mí” (Juan 13:6).

Cuando llegan a arrestar a Jesús, Pedro reacciona usando violencia, saca una espada y ataca (Juan 18:10), poco después, cuando ya Jesús es interrogado, vemos a Pedro afuera y es reconocido como uno de los discípulos de Jesús, a lo que Pedro contesta “no lo soy” (Juan 18:17). Pedro representa a todas las personas que aún están muy amarradas en su tiniebla y que quieren abrirse a la luz, pero se encuentran dudando. En el Evangelio de Juan volveremos a ver a Pedro corriendo hacia la tumba de Jesús cuando ha resucitado, y entonces Pedro se convertirá en uno de los testigos de la resurrección. En Pedro encontramos esa posibilidad de vencer nuestra oscuridad y ser de la luz. “A los que la recibieron les dio capacidad de ser hijos de Dios” (Juan 1:12).

En la narración de Juan, cuando vemos a Jesús en la cruz no hay tinieblas, no está oscuro, no es de noche. Y aunque ante los ojos humanos hay muerte, ante los ojos del que cree hay vida. Juan nos presenta estos signos de nueva vida, signos que podemos ver solo si vamos más allá, si nos arriesgamos a vivir en la fe de Jesús. Los signos son que Jesús al ser traspasado por la lanza de un soldado, de su costado brota sangre y agua. La sangre signo de la nueva ofrenda que será la eucaristía y el agua signo de la nueva vida en Jesús para el que cree y esto será el bautismo.

Ante el misterio de la muerte de Jesús, el evangelista Juan nos está diciendo: arriésgate a dejar tu tiniebla, tu oscuridad, Judas, en medio de tus dudas y de tus dificultades de darle tu corazón a Jesús. Pedro, ábrete a la luz y descubre lo que puedes llegar a ser, lo mejor que hay en ti (Jesús) y aunque aparezca como muerte, descubre la vida que se te ofrece, sangre y agua; eucaristía y bautismo, y sé luz para los demás ofreciendo tu vida y lo mejor que hay en ti.

 

— El Rvdo. Enrique Cadena es de México y ahora se encuentra como vicario de la Iglesia Episcopal San Pablo en Phoenix.

Jueves Santo (A,B,C) – 2015

2 de abril de 2015

Éxodo 12:1-4, (5-10), 11-14; Salmo 116: 1-2, 12-19; 1 Corintios 11:23-26; Juan 13:1-17, 31b-35.

El Jueves Santo es para nosotros una fiesta muy especial y llena de símbolos que marcan nuestra fe. Por eso este día se reconoce como “La institución de la Eucaristía” y como “La institución del sacerdocio” aunque más comúnmente lo reconocemos como el recuerdo de la última cena de Jesús. Pero esencialmente es un día cuyos símbolos representan algo mucho más grande de lo que nuestros ojos pueden ver y por eso los símbolos se han convertido en ritos que celebramos litúrgicamente.

En el centro de los símbolos está la idea de nuestra purificación y quien es el purificador. Desde antiguo el ser humano ha sentido la necesidad de realizar un acto externo que significara el deseo interno de ser perdonado, de poder empezar de nuevo. Y siempre se escogió un acto que representaba una ofrenda, algo que se entregaba y se sacrificaba a la divinidad en favor de la comunidad.

Así pues los agricultores ofrecían buena parte de su primera cosecha quemándola; con eso entendían que ese ofrecimiento les beneficiaría para el resto de las cosechas. Los que tenían ovejas y las cuidaban escogían un corderito pequeño que no tuviera mancha y ese corderito se sacrificaba para el bien de todos. La gente se purificaba siendo rociados con la sangre del corderito. Así que desde antiguo nos encontramos con ese doble sentido de ser purificados y el purificador.

Para el pueblo de Israel, que se encontraba en esclavitud bajo los egipcios, ocurre un nuevo momento que significará su liberación y el inicio de una nueva realidad para ellos. En la primera lectura encontramos el mandato de Dios a Moisés y a Aarón diciéndoles que esto significará un nuevo inicio, “este mes será el comienzo de los meses, el primero de los meses del año”. Todo lo siguiente queda ordenado a esta nueva realidad, es un volver a empezar.

Se retoma algo que ya el pueblo realizaba, la ofrenda de un corderito, pero ahora con un nuevo sentido. Las instrucciones dadas a Moisés ya hablan de ciertas características que marcan este momento. Sacrificarán un corderito para comerlo y lo tendrán que comer unidos como familia y listos para el camino (el cinturón apretado, las sandalias puestas y el bastón en la mano). La sangre de ese cordero tendrá el valor de señal. Así como se acostumbraba a rociarse con la sangre del corderito sacrificado en señal de purificación, ahora también la sangre tiene valor de señal, en donde esté la puerta marcada con la sangre no sucederá ninguna desgracia. Quedaban lavados, purificados y escogidos. Y se le pide al pueblo de Israel que año tras año celebren este rito como una fiesta en honor a Dios.

El pueblo se vio libre de la esclavitud, y recordaban que en el rito del cordero sacrificado, el corderito es el purificador y ellos encontraron su purificación como pueblo libre. Esta fiesta se celebró año tras año y recibe el nombre de cena pascual (La cena del paso del Señor). Se recordaba entonces que para seguir siendo el pueblo de Dios tenían que mantenerse unidos como familia y listos para el camino.

Muchos años después, ahora es Jesús quien invita a sus discípulos a celebrar la cena pascual en la que cambió el símbolo y realiza un nuevo inicio. Los tres evangelios antes de Juan habían hablado del nuevo símbolo del pan y del vino entregados como el cuerpo y la sangre de Jesús en donde él es el nuevo cordero sacrificado en favor de los demás. Su sangre derramada es señal de un nuevo inicio.

Pero el evangelista Juan, que es el último en escribir, no presenta la misma narración y en su lugar quiere presentarnos una actitud esencial para todo seguidor de Jesús. Jesús es el purificador, es quien lava todo lo que impide a la persona dar lo mejor de sí mismo, lo llamamos pecado. Y lo hace rompiendo toda búsqueda de poder de reconocimiento o de fama, lo hace a través del servicio a los demás con un corazón humilde. “Entonces Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ató una toalla y se puso a lavar los pies de sus discípulos”. El evangelista Juan se preocupa en hacernos ver que el rito a celebrar está marcado por la actitud de entrega, de servicio desinteresado. La purificación sucede en la entrega humilde del purificador. No es solo el celebrar un rito externo sino el hacerlo con el corazón humilde del que sirve y se da a los demás desinteresadamente.

Con este nuevo símbolo ahora valoramos toda entrega hecha por los seres humanos en el espíritu de servicio y la vemos como símbolo de ese amor que nos une. En la actitud de servicio de Jesús hacia sus discípulos podemos reconocer la entrega del amor. Y para que lo entendamos analicemos las entregas diarias de las personas que se dan por otras. Hace unos meses el presidente Obama reconoció de una manera especial la acción de un ciudadano que arriesgó su vida al ayudar a otro que había resbalado en las vías del metro. Esta acción desinteresada salvó la vida de una persona, a pesar de que ponía en riesgo su propia vida. El presidente le ofreció una condecoración como ciudadano excelente.

En este ejemplo de la vida diaria se dan los símbolos que reconocemos en este día. Para el que había resbalado y se encontraba en peligro se le dio una nueva oportunidad, un nuevo comienzo en su vida. El purificador es la persona que arriesgó su vida de una manera generosa, y se hace símbolo de una entrega que da vida.

Estas acciones nos hacen ver que el lavar los pies de los discípulos es una acción que sucede a diario en la entrega generosa de uno por otro. Y esto es el símbolo de la eucaristía que recibimos y del sacerdocio que celebramos. Que el Jueves Santo sea la fiesta anual en la que reconocemos que un sacrificio se ha hecho por nuestra purificación y el purificador es quien, con su amor desinteresado, lo arriesga todo por nosotros. Y aquí tenemos un nuevo empiezo en nuestras vidas. “Pues si yo, siendo el Señor y Maestro les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo y ustedes deben hacer como he hecho yo”.

 

— El Rvdo. Enrique Cadena es de México y ahora se encuentra como vicario de la Iglesia Episcopal San Pablo en Phoenix.

Domingo de Ramos/ Domingo de la Pasión (B) – 2015

29 de marzo de 2015

Marcos 11:1-11 o Juan 12:12-16; Salmo 118:1-2, 19-29Isaías 50:6-9a; Salmo 31:9-16; Filipenses 2:5-11; Marcos 14:1-15:47.

Hoy celebramos el Domingo de Ramos e iniciamos la Semana Santa. Nuestra liturgia ofrece un estudio de contrastes a la medida que caminamos con nuestro Señor hacia la cruz del Calvario a las afueras de Jerusalén. En los oficios de este día recorremos por los eventos de prácticamente una semana, lo cual nos permite ver con más claridad los hechos que lograron nuestra salvación.

La primera sección de nuestra conmemoración es la liturgia de las palmas. El rito empieza con la oración a la entrada triunfal a la ciudad santa, Jerusalén; incluye la proclamación del evangelio y ofrece la bendición de los ramos de palma y a veces de otros arbustos como son los olivos y el romero. En seguida se forma una procesión con los ramos alzados. Para esta procesión, la tradición eclesiástica nos propone el Salmo 118 con sus gritos de “¡Hosanna!” y el himno “Honor, loor y gloria” que le dan un tono victorioso. De hecho este salmo es un texto normalmente asociado con el triunfo de la resurrección por el verso 24: “Este es el día en que actuó el Señor; regocijémonos y alegrémonos en él.”

Todo parece ser la celebración de un héroe nacional o de un guerrero que va entrando a la cuidad cuando regresa de la batalla. Expresa la esperanza mesiánica del pueblo judío entre los que recibieron a Jesús como “Hijo de David”.

Pero para Jesús la batalla apenas ha comenzado. De repente los eventos toman un giro dramático, cuando hacemos la transición de la procesión a la liturgia de la palabra. El enfoque de esta sección es la pasión de Cristo. En lugar de las aclamaciones, los gritos de júbilo y los hosannas anteriores, ahora escuchamos la narración de los sufrimientos del Siervo de Dios anunciado en el libro del profeta Isaías: “Yo no me resistí, ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que me mesaban la barba; no me tapé el rostro ante ultrajes y salivazos”.

Nuestro héroe se ha convertido en aquel que aguanta sufrimientos y ultrajes. Otro texto llamativo es el del Salmo 31: “Mi vida se gasta en la congoja, mis años se van en gemidos, por mi culpa decae mi vigor y se consuman mis huesos”.

Los dos pasajes describen el dolor y el sufrimiento del Siervo de Dios, una figura cuya identidad estuvo envuelta en misterio hasta revelarse en la vida de Jesús de Nazaret. Él fue quien, en las palabras de la epístola a los filipenses, “se humilló a sí mismo, tomando la forma de un esclavo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte de la Cruz”.

Jesucristo es este Siervo sufriente que carga con los sufrimientos del mundo en obediencia al propósito divino para la rendición de su pueblo. Su fidelidad bajo el dolor es el signo que Dios está con él al enfrentar la crueldad del pecado y de la muerte, aun cuando parece estar abandonado por su Padre celestial.

Para el evangelio, la Iglesia designa la lectura de la pasión del Señor según san Marcos. Cuando se lee la versión no abreviada, abarca dos capítulos completos del evangelio y comienza con los eventos de media semana y continúa hasta el sepelio del Jesús en la tumba de José de Arimatea en el Viernes Santo.

La pasión empieza con el relato de la unción de Jesús por la mujer con el nardo, acto que provoca la cólera de Judas Iscariote, el que traiciona al Señor con los líderes religiosos. Los evangelios de Lucas y Juan atribuyen algo de la motivación del traidor a influencia de Satanás, y los cuatro hacen mención de la plata que le prometieron a cambio de entregarlo a sus manos.

Al llegar a los eventos del Jueves Santo, Marcos sitúa a la pasión en el contexto de la Pascua judía, la festividad de los panes ázimos. Podemos ver que realizaron todos los aspectos de la cena de Pascua: prepararon del sacrificio, comieron el pan sin levadura, tomaron el vino, cantaron el himno designado por tradición uno de los salmos de agradecimiento por las obras de Dios. Conocer este contexto nos ayuda entender lo significativo de las acciones del Salvador, pues se celebra la última cena de Cristo como cena de la Pascua que conmemora la salvación de Israel y la alianza de pueblo judío con Dios.

Jesús explica, según el evangelista, que él sellaba el pacto divino con su cuerpo y su sangre, es decir con su muerte. Con esto dio un nuevo sentido al rito. Así es que los cristianos celebramos la santa Eucaristía – según el mandato de Cristo – como la verdadera celebración pascual establecida por Jesús en proclamación de su muerta hasta que vuelva del cielo. Aunque Jesús explicó el sentido de los hechos con claridad, al parecer los doce, especialmente Pedro, no querían entender el mensaje de la redención. La alianza con Dios sería sellada con la sangre del Mesías.

En el siguiente paso Jesús se aparta de los discípulos para entrar en oración en el Getsemaní, llevando consigo sólo a Pedro, Juan y Santiago. Aunque él se mantiene vigilante, ellos en contraste se duermen una y otra vez a pesar de la solicitud de Jesús. De pronto aparece Judas con los que vienen a arrestar a Cristo con muestras de fuerza. Todos se van. La traición de Judas con un beso y el abandono por Pedro y los otros discípulos se contrastan claramente con la fidelidad de Jesús.

Tras su arresto llevan a Jesús a la casa de Caifás, uno de los sacerdotes más importantes, para un juicio. Ingresaron varios hombres que ofrecieron condenar a Jesús con mentiras, historias inventadas para eliminar una amenaza de su poder; pero no condenaron a Jesús con sus mentiras, sino con la verdad que él confesó: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?” (14:61b), preguntó el sacerdote. Jesús respondió: “Sí, lo soy y verás al Hijo del Hombre sentado a la diestra de Dios y viniendo con las nubes del cielo” (14:62). En el juicio de Jesús podemos ver la ineficacia de la mentira comparada con el poder de la verdad.

A Jesús lo llevaron frente al gobernador romano, Poncio Pilato, para confirmar la sentencia cuando se forma un motín fuera del muro del palacio. Muchos de ellos serán los que le dieron la bienvenida con palmas de victoria cuando entró en Jerusalén, sólo días antes. En contraste con los hosannas previos, ahora sólo gritan: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” (15:13).

Y matarlo es lo que hicieron después de ultrajarlo y abusarlo. Lo llevaron al sitio llamado Gólgota, el lugar de la calavera. Allá lo crucificaron, tratándole como criminal al único hombre inocente. En su momento de agonía, se ve abandonado por sus amigos, y exclama las primeras palabras delSalmo 22: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

A los ojos de los sacerdotes y otros que se burlaban de él, Jesús, en su sufrimiento, fue abandonado por su Padre celestial. Marcos nos cuenta que sólo uno de los presentes, un soldado pagano, pudo ver la realidad que, en contraste con los líderes religiosos judíos no podían ver: que en su fidelidad, bajo el dolor de la cruz, Jesucristo mostró ser el verdadero Hijo de Dios y rey de Israel que muere para redimir el mundo.

Por esta fidelidad y obediencia al propósito divino, Dios le dio a su Hijo el nombre sobre todo nombre, para que toda rodilla se doble y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios Padre.

 

— El Rvdo. John J. Lynch es rector de Christ the King Episcopal Church en Yorktown, Va.Por varios años sirvió como misionero y clérigo de la Diócesis Episcopal de Honduras. Además de su labor pastoral, el padre Lynch escribe libros y folletos en inglés y español y mantiene el blog “El Cura de Dos Mundos”.

La Anunciación del Señor (A,B,C) – 2015

25 de marzo de 2015

Isaías 7:10-14; Salmo 45 o Salmo 40:5-10; Hebreos 10:4-10; Lucas 1:26-38.

La Anunciación del Señor es uno de los días más importantes en el Santoral de la Iglesia Episcopal, pues conmemora la ocasión en que el ángel Gabriel anunció a la Bendita Virgen María que Dios se encarnaría en su vientre, que ella sería la madre del Hijo de Dios. (Por tanto al llegar a esta fecha ya sabemos que estamos a nueve meses de la celebración de Navidad.) En nuestra tradición anglicana, la Anunciación presume de gran categoría por ser la mayor de las dos festividades marianas que sobrevivieron la Reforma eclesiástica del siglo dieciséis. A esta fecha se le decía en inglés “Lady day” o “Día de Nuestra Señora”. Es una conmemoración que propone una temática bíblica muy rica y abundante para nuestra reflexión espiritual.

El primer tema notable que surge de las lecturas asignadas para este día es el de la concepción virginal del Señor Jesucristo. Tanto los credos ecuménicos como los evangelios nos enseñan que María concibió al Señor por obra del Espíritu Santo de manera milagrosa y sin la participación de un hombre. Los primeros cristianos vieron esto como el cumplimiento de la profecía que hoy escuchamos del libro de Isaías: “Miren, la virgen concebirá y dará a luz a un hijo, y le pondrá por nombre ‘Emanuel’”. El nombre “Emanuel” es significativo, pues quiere decir “Dios-con-nosotros”.

El resultado de esta concepción milagrosa es algo todavía más grande, lo que el escritor inglés C.S. Lewis llamó “el milagro más grande” de todos. Éste es el milagro de la Encarnación. En un acto de compasión profunda, Dios se hizo carne en el seno de María. El infinito Gobernante de todas las cosas se hizo hombre y así entró directamente en la historia humana como uno de nosotros para llevar a cabo nuestra salvación. El Creador benignamente se solidarizó con la criatura, y el Verbo divino asumió todo lo particular de nuestra naturaleza humana como herencia de su madre – el cuerpo, la mente, y el alma – todo menos el pecado que tanto ha distorsionado a nuestra vida. Por tanto, no se puede exagerar la importancia de la encarnación.

En la segunda lectura, el autor de la epístola a los hebreos se refiere al misterio de la encarnación cuando pone las palabras del salmo 40 en la boca del Señor: “Un cuerpo me has formado … heme aquí para hacer tu voluntad.” (Hay que notar que la versión del salmo citada por el autor sagrado es distinta de la versión que se encuentra en nuestro Libro de Oración Común porque sigue la versión de los salmos leída por los primeros cristianos). Dios le formó un cuerpo humano para Jesús en el vientre de la Virgen para que, como verdadero hombre, pudiera cumplir su voluntad y así rescatar a la humanidad de la muerte y del pecado cuando murió en nuestro lugar, ofreciendo el sacrificio perfecto de obediencia y de amor al Padre. Siendo Cristo el Hijo de Dios y también el Hijo de María, él como ningún otro pudo servir como mediador y reconciliar el ser humano con su Padre Dios, gracias a la oblación de este cuerpo ofrecido, de una vez para siempre, en la cruz de Gólgota.

El otro gran tema de la Anunciación es el de la gracia de Dios en la vida de la bendita Virgen María. Sin la aceptación de María, la encarnación del Señor no se hubiera realizado de la manera en que se efectuó. Con decir. “Hágase conmigo según tu palabra”, María aceptó la voluntad de Dios para su vida y se declaró la sierva del Señor. Fue ella fiel y obediente a Dios y en el momento propicio María dijo “sí” a la voluntad del Padre. Pero María no pudiera hacerlo si no fuera por la gracia de Dios actuando en ella de antemano y preparándole para realizar la tarea y cumplir la misión tan consecuente para ella misma y para toda la humanidad.

La señal de esta gracia se ve en el saludo del ángel Gabriel: “¡Salve, muy favorecida! El Señor está contigo”. La palabra que se traduce como “muy favorecida” en el evangelio se deriva de la misma raíz que nos da la palabra “gracia”. Por tanto, no nos equivocamos cuando decimos que la Virgen María es bienaventurada o “llena de gracia” porque eso es lo que afirma la Biblia. Este saludo indica que aún antes de dar su “sí”, Dios estaba presente en la vida de María dándole la gracia necesaria para participar en la redención del mundo como madre de su Hijo. Podríamos decir, sin especular, que la gracia de Dios la consagró con el fin de que ella pudiera aceptar la misión que Dios le encomendaría en la anunciación.

Los teólogos y filósofos de la Edad Media discutían entre sí cuándo fue el momento en que la Virgen quedó lista para asumir el papel de madre de nuestro Salvador. La verdad es que no lo sabemos porque no tenemos ninguna revelación divina que nos informe, pero, sí, podemos afirmar que el plan de Dios para nuestra redención se ha puesto en acción desde la eternidad y el papel de María ha sido parte de este plan.

Con la intervención de la misma gracia del Señor, María fue fiel a Cristo su Hijo. Lo acompañó en toda su vida. Lo acobijó de bebé, presenció su primer milagro, escuchó a sus predicaciones, estuvo a su lado cuando murió en la Cruz y, fiel a la recomendación de Cristo, acompañó a sus discípulos cuando reunidos en la oración recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés. Es decir que con su vida María reflejó la devoción de quien fielmente escuchaba la palabra de Dios y la ponía en práctica y por eso ella es un modelo que seguir para todos los cristianos.

En particular, los anglicanos y episcopales no debemos tener ninguna reserva en afirmar un rol especial de la Virgen María en los propósitos de Dios. Para nosotros, María goza de todos los honores que se mencionan para ella en las Sagradas Escrituras: es bienaventurada, muy favorecida, bendita entre todas las mujeres, y la madre del Señor. Por tanto, como confirman los antiguos Padres y concilios de la Iglesia y como lo afirma el Libro de Oración Común, María es la Teotókos, la madre de Dios, porque el que fue concebido en su vientre y que nació de sus entrañas, Jesús, en verdad es Dios mismo. Aunque sea claro que María no puede ser madre de la naturaleza divina aislada de la humanidad; también es claro que ella no es solo madre de la naturaleza humana como algo aparte de la divinidad de Cristo. No, la Virgen es madre de la persona completa de Jesucristo, en quien las naturalezas divina y humana se han unido para siempre.

Nunca debemos avergonzarnos tampoco de celebrar a María, de participar en sus festivales, y de unirnos a diario en su cántico de alabanza – el Magnificat – para glorificar a Dios. No debemos sentirnos apenados de darle gracias a Dios por la fidelidad de María o por amarla porque también lo hizo Jesús, su Hijo. A lo mejor, nuestra devoción anglicana para la bendita Virgen María se resume bien en las palabras del himno Gloriosos ángeles alzad, que a la Madre de Dios le llama “más alta que el querubín” y “más bella que el serafín”.

Que Dios nuestro Señor nos conceda también la gracia de imitar a María y de servir fielmente a su Hijo Jesucristo.

 

— El Rvdo. John J. Lynch es rector de Christ the King Episcopal Church en Yorktown, Va.Por varios años sirvió como misionero y clérigo de la Diócesis Episcopal de Honduras. Además de su labor pastoral, el padre Lynch escribe libros y folletos en inglés y español y mantiene el blog “El Cura de Dos Mundos”.

5 Cuaresma (B) – 2015

22 de marzo de 2015

Jeremías 31: 31-34; Salmo 51:1-12 o Salmo 119:9-16; Hebreos 5:5-10; Juan 12:20-33.

Celebramos el quinto domingo de cuaresma. El mensaje central de las lecturas de este día es la Nueva Alianza. No cabe duda que en los profetas se da una nueva experiencia de Dios. En la Biblia se nos describe la relación del hombre con Dios como una alianza.

La primera alianza de Dios con su pueblo tiene lugar en el desierto en torno al Sinaí, en medio de una teofanía o manifestación espectacular de Dios a través de su ángel y se escribe en tablas de piedra. Esta alianza se inscribe en un estadio de la experiencia humana con relación a Dios muy ligada a fenómenos de la naturaleza.

Pero la nueva alianza, nos dice el profeta Jeremías será diferente: “Pondré mi ley en su corazón y, la escribiré en su mente. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Yo el Señor lo afirmo. Ya no será necesario que unos a otros, amigos y parientes, tengan que instruirse para que me conozcan, porque todos, desde el más grande hasta el más pequeño, me conocerán” (Jeremías 31:33-34).

La nueva alianza, nos dice el profeta, se escribe en los corazones, se interioriza. Se necesitó el paso de la historia y graves acontecimientos para que tomara forma la nueva experiencia de Dios. Uno de esos graves acontecimientos fue el destierro.

La nueva alianza pasa, en primer lugar, por un corazón puro. Así lo proclama el Salmo responsorial: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu firme dentro de mí. No me apartes de tu presencia ni me quites tu Santo Espíritu” (Salmo 51:10-11).

El Dios trueno del Sinaí se ha convertido en el Dios-susurro de Elías, El profeta medita en su corazón la ley del Señor y descubre que Dios prefiere el “Corazón quebrantado y humillado” (Salmo 51:18) a los sacrificios y holocaustos.

Corazón puro y quebrantado. Interiorización y dolor o prueba es ahora el camino del siervo de Dios. La nueva alianza es interior, personal, de corazón, y probada por el dolor. Esta alianza apunta ya decididamente a la última y definitiva alianza del hombre con Dios en Jesús.

El autor de la carta a los hebreos, nos presenta a Jesús el autor de la nueva alianza o relación del hombre con Dios en medio de angustia, gritos y lágrimas, diciendo: “El, a pesar de ser hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna” (Hebreos 5:8-9).

La obediencia de Jesús al padre pasa por la cruz. En su momento de oración y agonía en Getsemaní, Jesús se dirige al padre diciendo: “Padre, si quieres, líbrame de este trago amargo; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).La entrega personal es el nuevo culto a Dios, y Jesús abre el camino. Es la nueva alianza o experiencia de Dios.

El Evangelio de hoy nos presenta a unos gentiles, posiblemente griego, que habían llegado a Jerusalén para celebrar la fiesta. Se acercan al apóstol Felipe para decirle que quieren ver a Jesús. Sin duda estos gentiles o paganos buscan a Dios y piensan que Jesús es un buen camino para ello.

A propósito, es justo decir, que muchos hombres y mujeres de todos los tiempos le han seguido en esta búsqueda. También en nuestros días, en medio de una crecida de la increencia, sigue habiendo muchos hombres y mujeres que buscan a Dios por medio de Jesús.

Pero estos que le buscaban usando como intermediario a Felipe y a Andrés, Jesús le contesto: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el hijo del hombre” (Juan 12:23). La hora de Jesús, según el evangelista Juan, pasa por la cruz, que paradójicamente es el momento de su exaltación y su gloria.

Este es el momento estelar, así lo resalta Jesús. Ha llegado la hora de la gloria, de la agonía y del juicio. Con la presencia de estos griegos que lo querían ver, Jesús ha acabado con la distinción entre judíos y griegos, ahora uno sólo es el rebaño y no sólo el pastor.

La hora de la gloria, como el término es equivoco, es decir, se puede interpretar en varios sentidos, Jesús se dispone a deshacer el equívoco. La gloria germina en la muerte; el triunfo en la derrota; la conservación de la vida, en el desapego a ella. Paradoja total y radical. Es la misma para el Señor Jesús y también para sus seguidores, los discípulos.

La hora de la agonía. Agonía no como antesala de la muerte, sino como combate, como drama. Por dos veces se dirige al padre. El combatiente no está solo. Es y se experimenta hijo. En la última instancia, es una causa común con el padre y el padre en persona le presta todo su apoyo.

La hora del juicio. En Juan ya Jesús había afirmado: “Yo he venido a este mundo para hacer justicia, para que los ciegos vean y para que los que vean se vuelvan ciegos” (Juan 9:39).

Ha llegado el momento de hacer esa justicia y de pronunciar el veredicto contra quienes son incapaces de distinguir al padre a pesar de presumir de conocerlo. La cruz es el momento supremo de la verdad de Dios y cuando la mentira quedará desenmascarada para siempre.

La muerte en la cruz puede parecer una derrota de Jesús pero no es así porque con ella Jesús cumple finalmente su misión en obediencia al padre. Ahora es la hora de la gloria. Gloria porque Jesús es escuchado en su prueba y Dios lo exalta con la resurrección. “Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mi” (Juan 12:32).

La hora de Jesús se condensa principalmente en su muerte y en su resurrección, núcleo inicial de toda catequesis cristiana. La hora de Jesús es la hora de Dios porque con su obediencia, se manifiesta de alguna manera el reconocimiento y triunfo de Dios y es echado fuera el príncipe de este mundo.

Dios se revela a través de Jesús, que es tanto como decir a través del dolor y la humillación. Y para que el sufrimiento de Jesús no se quede en pura teoría y llegue hasta la vida se nos pone el ejemplo del grano de trigo. El grano de trigo para dar vida tiene que podrirse en la tierra. La vida de Jesús, que es la parábola de Dios, se expresa perfectamente en esta breve parábola.

Lo mismo que el discípulo de Jesús. Si quiere ganar su vida la tiene que perder. El que egoístamente vive su vida, la pierde. El que entrega su vida generosamente por Dios y por los hermanos, la gana. Como el grano de trigo. La vida y la muerte, la cruz y la gloria, también van aquí unidos como en Jesús. La última experiencia o alianza del hombre con Dios que pasa por Jesús se manifiesta en su muerte y resurrección en la cruz y la gloria.

 

— El Rvdo. Antonio Brito es oriundo de la República Dominicana y misionero hispano en la Diócesis de Atlanta.

4 Cuaresma (B) – 2015

15 de marzo de 2015

Números 21:4-9; Salmo 107:1-3, 17-22; Efesios 2:1-10; Juan 3:14-21.

Todas las lecturas que nos entrega la Iglesia en este día, nos hablan del amor del Señor Jesucristo por nosotros sus hijos. San Juan en el Evangelio dice: “Pues Dios amo tanto al mundo, que dio a su hijo único, para que todo aquel que crea en el no muera, sino que tenga vida eterna”(Juan 3:16), San Pablo en la Epístola a los Efesios dice: “Dios es tan misericordioso y nos amó con un amor tan grande, que nos dio vida juntamente con Cristo cuando todavía estábamos muertos por nuestros pecados” (Efesios 2:4-5), en el Salmo 107 leemos: “ Den gracias al Señor, porque él es bueno, porque su amor es eterno; den gracias al Señor , por lo que hace a favor de los hombres”(Salmo 107:1. 21). Y en la primera lectura del libro de los Números al pueblo rebelde, Dios le da una señal de sanación y salvación a través de Moisés: “Haz una serpiente como esa y ponla en el asta de una bandera. Cuando alguien sea mordido por una serpiente, que mire la serpiente del asta y se salvara” (Números 21:8).

El tema central del mensaje de la palabra de Dios hoy es la fe en el amor que Dios nos tiene y que ha sido manifestado por medio de Jesucristo. “Pero aquí se trata de una fe especial; no la fe de un simple consentimiento del intelecto a una verdad. Es otra cosa. Es la fe asombro, la fe incrédula (¡paradójicamente!): la fe que no entiende lo que cree, aunque lo cree” (Cantalamesa Raniero: Predicamos a un Cristo Crucificado, Grupo editorial Lumen, Buenos Aires- México, 1997).

En la primera lectura, vemos como el pueblo de Israel, ante las dificultades del desierto, olvida todos los signos de amor que Dios le había mostrado desde que los sacó de Egipto para llevarlo a la tierra prometida. Este pueblo pensó a su manera, no permaneció en la fe y el amor del Dios que los estaba guiando a la salvación: “En el camino la gente perdió la paciencia y empezó a hablar contra Dios y contra Moisés. ¿Para qué nos sacaron ustedes de Egipto? ¿Para hacernos morir de hambre en el desierto? No tenemos ni agua ni comida. Ya estamos cansados de esta comida miserable” (Números 21:5).

La consecuencia de esta falta de fe y confianza, fue el castigo: “El Señor envió serpientes venenosas que los mordieron y muchos israelitas murieron” (Números 21:6). Pero después el pueblo reconoce su pecado, se arrepiente y Dios, por mediación de Moisés, le devuelve la salud. Dios le dijo a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera en un asta de una bandera, para que todos los que habían sido mordidos por las serpientes venenosas la miraran con fe y quedaran sanados.

San Juan en el Evangelio retoma este ejemplo de la serpiente de bronce levantada en el desierto y lo compara con el sacrificio de Cristo en la cruz, para sacarnos del pecado, y llevarnos a la tierra prometida, es decir, a su reino de amor: “Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también el Hijo del Hombre tiene que ser levantado, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Juan 3:14).

Cuando Juan habla de que Jesús tenía que ser levantado, se refiere por un lado a la muerte que sufriría en la cruz, “éste es el momento en que el mundo va a ser juzgado, y ahora será expulsado el que manda en este mundo. Pero cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo. Con esto daba a entender de qué forma había de morir” (Juan 12: 32-33). En otro sentido, el ser levantado hace alusión a la resurrección de Cristo, a través de la cual obtendría para su pueblo la victoria sobre la muerte y Satanás.

Dios envió a su Hijo al mundo para ofrecernos la salvación y la liberación de todo tipo de esclavitud a través del amor. El amor que hace milagros; el amor que engendra la vida verdadera, la vida eterna. El creer en Jesucristo, como Mesías y Señor, es clave para nuestra salvación; pero nuestra fe para que sea auténtica, tiene que manifestarse por medio del amor, que presupone la paciencia y el sacrificio por el amado.

San Pablo en la Primera Carta a los Corintios nos habla de la primacía del amor por encima de todas las demás virtudes teologales y de todos los dones espirituales: “Si yo hablo las lenguas de los hombres y aun de los ángeles, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Y si tengo el don de profecía, y entiendo todos los designios secretos de Dios, y se todas las cosas, y si tengo la fe necesaria para mover montañas, pero no tengo amor, no soy nada” (1 Corintios 13: 1-4).

El amor que Dios nos ofrece es gratuito. Él ha decidido amarnos no porque seamos buenos, sino porque él es bueno. El Apóstol San Pablo nos dice: “Dios es tan misericordioso y nos amó con un amor tan grande, que nos dio vida juntamente con Cristo cuando todavía estábamos muertos a causa de nuestros pecados. Por la bondad de Dios han recibido ustedes la salvación” (Efesios 24-5). La iniciativa ha sido de él; a nosotros nos toca responder positivamente a tan gran amor, reconociendo nuestros pecados, sintiendo dolor por el mal que hemos hecho y acercándonos a él con confianza como un niño en los brazos de su padre y poniendo nuestra esperanza. “Ninguna medicina común ni ningún médico ayudará a un paciente sin esperanzas. Hay un solo médico que puede ayudar a un paciente muerto y es Dios. Y su medicina es el amor. Él está listo para derramar su gracia y su misericordia sobre el pecador” (Hale Thom y Thorson Stephen, Apliquemos la Palabra, Un Comentario Practico del Nuevo Testamento, d. Avance Evangelio Latino, NJ, Usa, 2006).

La salvación que Dios nos ofrece, no depende de nuestras obras, pero una vez que aceptamos a Jesucristo, nuestras vidas tienen que comenzar a dar frutos; “pues Dios es quien nos ha hecho; él nos ha creado en Cristo Jesús para que hagamos buenas obras, siguiendo el camino que él nos ha preparado de antemano” (Efesios 2: 10).

A nuestro mundo le falta el conocimiento del amor de Dios, está cayendo es un nihilismo. Hay muchas personas que están heridas, por egoísmo, traiciones y desilusiones. El que ha sido herido, hiere a los demás, desconfía de todo y se le hace difícil creer y aceptar el amor de Jesucristo. De ahí la necesidad imperante de que los que profesamos la fe en Cristo crucificado salgamos de la sacristía y vayamos a proclamar el evangelio del amor de Dios , no con palabras vacías de contenido y slogans preconcebidos, sino con las señales de la fe que son el amor y la unidad.

En las últimas instrucciones dirigidas a sus discípulos, antes de salir de este mundo, Jesús les dijo: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes unos a otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos” (Juan 13: 34-35). El amor de Cristo no es un romanticismo, es un amor sacrificado. De la misma manera que los israelitas no pudieron llegar a la tierra prometida sin pasar por el desierto, nosotros tampoco podemos llegar al reino de Dios sin pasar por el sufrimiento. No hay otro camino para llegar al cielo que el camino de la cruz.

San Juan de la Cruz, que vivió intensamente la fuerza transformadora del amor de Dios aunque tuvo su noche oscura, decía: ama hasta convertirte en lo amado, porque “al final de la tarde, nos examinaran en el amor”.

— El Rvdo. Ramón Betances pertenece a la Diócesis Episcopal de Atlanta. Es vicario para las misiones de San Benedicto en Smyrna y El Buen Pastor en Austell, Georgia.

3 Cuaresma (B) – 2015

8 de marzo de 2015

Éxodo 20:1-17; Salmo 19; 1 Corintios 1:18-25; Juan 2:13-22.

La palabra de Dios que proclamamos en este tiempo de cuaresma nos va preparando para aceptar el camino de la cruz como la única vía que nos lleva a la vida verdadera. Hoy el evangelista san Juan en el capítulo dos nos presenta a Jesús purificando el templo de Jerusalén con una actitud que inquieta y confunde a sus enemigos: “ Se hizo un látigo de cuerdas y expulsó a todos del templo, ovejas y bueyes; esparció las monedas de los que cambiaban dinero y volcó las mesas” (Juan 2: 15). Con la narración de este episodio el evangelista quiere dejar claro el origen mesiánico de Jesús que llama al templo, “la casa de mi Padre” (Juan 2:16).

Jesús quería hacer respetar el honor del templo de Dios. Convertir el templo en un mercado era deshonrar a Dios. La casa de Dios era un lugar destinado desde antiguo a la adoración, no para ganar dinero. Jesús quiere que “den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Marcos 11:17). Para los judíos, al querer purificar el templo, Jesús estaba dando a entender que era el Mesías. Por lo tanto, ellos le pidieron una señal que comprobara con qué autoridad hacia tal cosa. Sin una señal milagrosa no creerían que Jesús era el Mesías, no lo considerarían más que un subversivo del orden establecido.

La señal que Jesús les da, está relacionada con su muerte y su resurrección. Como la escena controversial que nos presenta el evangelista se desarrolla alrededor del templo de Jerusalén y en referencia a este, les dice: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré” (Juan 2: 19); pero los judíos no entendieron, consideraron la afirmación de Jesús como un absurdo, y contestan: “Cuarenta y seis años ha llevado la construcción de este santuario, y tú lo vas a levantar en tres días” (Juan 2: 20).

Todos estaban confundidos con la actitud de Jesús, en un momento trata de purificar el templo y al instante habla de destruirlo. Está claro que los judíos esperaban al Mesías de Dios, pero Jesús les parecía todo menos eso. Purificar el templo era una atribución del Mesías, pero tratar de destruirlo era propio de un bandido. El templo de Jerusalén era el centro de la vida y la religión de los judíos. Meterse con el templo era buscarse la muerte.

Los judíos no comprendieron eso de destruir el templo y probablemente tampoco los discípulos de Jesús lo entendieron hasta después de la resurrección; pero Juan nos lo explica diciendo que “él se refería al santuario de su cuerpo” (Juan 2:24); su cuerpo que sería destruido en la cruz, pero que a los tres días sería resucitado de entre los muertos. Esta resurrección seria la prueba final de que él era el Mesías, el Hijo de Dios.

Los judíos continuamente estaban pidiendo señales para poder creer que Jesús era el enviado del Padre. En la epístola que leemos hoy, Pablo “a través de una serie de contrastes audaces y contundentes nos acerca al misterio de Cristo crucificado: es un escándalo dice, para los judíos que esperan un Cristo triunfador. Es una locura para los griegos que buscan y apoyan la sabiduría. El misterio de la cruz solo puede expresarse ante los ojos de la sabiduría y la razón humanas como locura y debilidad de Dios, y precisamente por eso, es fuerza y sabiduría de Dios, para los creyentes” (Schokel, Luis Alonso, La Biblia de Nuestro Pueblo, Ediciones Mensajero, Bilbao, España, 2011, Pág. 2174).

Es verdad que Jesús hizo muchos milagros y “muchos creyeron en él por las señales que hacía” (Juan 2:23), pero el fin no era hacerse un líder famoso en este mundo para que muchos lo siguieran. No debemos acercarnos a Jesús buscando arrancarle algún milagro, el gran milagro es creer en él como el suficiente salvador, aun cuando parezca que todo está perdido o destruido.

Dice Walter Kasper que “los milagros jamás pueden constituir una prueba clara para la fe. La fe de los milagros no es una fe en los milagros, sino una confianza en la omnipotencia y providencia de Dios. El contenido propio de esta fe no son ciertos fenómenos extraordinarios, sino Dios. Por eso, lo que los milagros de Jesús dicen en definitiva, es que en Jesús Dios realiza su plan, que Dios actuó en él, para la salvación del hombre y del mundo” (Kasper Walter, Jesús, El Cristo, 11a edición, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2002, Pág. 164-11).

Nuestro acercamiento a Jesús debe ser una respuesta de amor. Él nos amó primero y se entregó a la muerte por nuestros pecados. Si así lo hacemos entonces tendremos una vida nueva, porque el amor engendra amor y solo el amor es digno de fe. Es posible que al principio nos acerquemos a Jesús egoístamente, buscando algún bien material, pero después de conocerlo y creer en él, tenemos que dejar las idolatrías de este mundo y seguirlo en espíritu y verdad.

La mejor forma para demostrar el amor al Señor es obedeciendo los mandamientos, porque Jesús dice: “Si alguien me ama guardará mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él. Quien no me ama no cumple mis palabras, y la palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió (Juan 14:23). Como el Padre me amó, así yo los he amado, permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, lo mismo que yo he cumplido los mandamientos de mi padre y permanezco en su amor” (Juan 15: 9-10).

Precisamente, la primera lectura nos habla de los mandamientos de Dios que fueron dados al pueblo de Israel por mediación de Moisés como parte importante de la alianza de Dios con Israel al que había sacado de la esclavitud en Egipto; eran las leyes que debían regir la vida de los israelitas como pueblo elegido, regir su relación con Dios y entre ellos como hermanos, hijos del mismo Padre.

Parte de los mandamientos hacen referencia directa a la relación con el Dios único, el Dios de la alianza: “No tendrás otros dioses…no te harás una imagen…no te postrarás ante ellos, ni les darás culto…no pronunciarás el nombre del Señor tu Dios en falso…”. La fe y el respeto al Dios único y verdadero, conlleva el respeto y amor a los hijos de Dios, creados a su propia imagen, de ahí, los demás mandamientos: honra a tu padre y a tu madre…no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio contra tu prójimo, no codiciarás los bienes de tu prójimo.

Ahora el pueblo rescatado de la esclavitud debe dar testimonio de su nueva vida escuchando la voz de Dios y cumpliendo los mandamientos, que no son una carga difícil de llevar, sino una ayuda para caminar en la presencia de Dios y obtener la verdadera liberación.

El salmo 19, es un cántico que engrandece y define la verdadera intención de la ley de Dios: “La ley del Señor es perfecta: devuelve el aliento; el precepto del Señor es verdadero: da sabiduría al ignorante; los mandatos del Señor son rectos: alegran el corazón; la instrucción del Señor es clara” (Salmo 19: 8-10).

El tiempo de cuaresma es una oportunidad que tenemos para revisar nuestras vidas a la luz de los mandamientos de Dios. Para ver si andamos en verdadera armonía con él, con el prójimo y con toda la creación. Hagamos un alto en el camino, escuchemos la voz del Señor que nos invita a seguirle con un corazón contrito: “Vengan a mi todos los que están trabajados y cargados, y yo los haré descansar. Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11: 28- 30).

 

El Rvdo. Ramón Betances pertenece a la Diócesis Episcopal de Atlanta; es vario en las misiones de San Benedicto en Smyrna, y El Buen Pastor en Austell, Ga.

2 Cuaresma (B) – 2015

1 de marzo de 2015

Génesis 22:1-14; Salmo 16:5-11Romanos 8:31-39Marcos 8:31-38.

Seguimos avanzando en este tiempo litúrgico de la cuaresma; ya entramos en la segunda semana. Mediante la meditación de la palabra de Dios y la práctica cristiana del ayuno, la oración y la caridad, nos preparamos para un encuentro profundo con el Cristo sufriente, y a la vez glorioso; y así, por él, con él y en él, podemos entender y vivir el misterio de su muerte en la cruz.

En un mundo materializado, como el que vivimos, donde se idolatra el placer, el poder y el dinero, es difícil y aterrador hablar de muerte, de sacrificio y de cruz; para muchos esto es desconcertante. “La muerte se constituye en enemigo número uno de la civilización moderna. Después de tanto presumir de progreso, descubrimos que en ese terreno no hemos avanzado un solo centímetro. Este radical fracaso de la civilización hace que el hombre contemporáneo prefiera no pensar en esa derrota que se sabe inevitable, y así es como huye de todo lo que le hable de muerte” (Martin Descalzo, José Luis, “Vida y misterio de Jesús de Nazaret, Tomo II, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1994, página 430).

Jesús, no teme hablar de la muerte, sabe que no hay una verdadera liberación hasta que no le perdemos el miedo a la muerte biológica y a la espiritual causada por el pecado que nos separa de Dios y de nuestros hermanos. Por eso, en evangelio que hemos proclamado hoy, no solo habla de la muerte y de la cruz, sino más bien Jesús habla de su propia muerte, y lo hace de una forma tan espontánea y serena que deja a todos sus interlocutores desconcertados, especialmente a Pedro.

Poco antes de este anuncio, Pedro había confesado que Jesús era el Mesías, el Cristo anunciado y esperado, pero la actitud que tomó ante las palabras de Jesús dieron a entender que aún no había conocido la profundidad del plan de Dios al enviar a su Hijo al mundo. El, al igual que los demás judíos, esperaba un mesías, un rey al estilo de este mundo; de ahí que cuando escuchó a Jesús decir, “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados y sufrir la muerte” (Marcos 8:31) , no lo podía entender ni aceptar.

En la actitud y las palabras de Pedro, Jesús descubre la actuación de Satanás, tentándole a abandonar el proyecto de Dios Padre. Jesús no se deja intimidar y a su vez reprende a su discípulo y amigo Pedro con estas palabras: “¡Aléjate de mi vista Satanás!, tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios” (Marcos 8:33).

Pedro no era Satanás, era un apóstol elegido, pero se estaba dejando usar de Satanás, y “cualquiera que negase la pasión muerte y resurrección de Jesús, se colocaba del lado de Satanás. Llamando a Pedro Satanás, Jesús considera como tentación la falsa visión sobre su mesianismo” (Brown Raymond E., Fitzmyer Joseph, Murphy Roland, “Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo, Ed. Verbo Divino, Navarra, España, 2004, pág. 44).

La actitud de Pedro hacia Jesús no era mala a simple vista, tal vez quería librarlo del sufrimiento, pero la consecuencia de tal actitud sería fatal, ya que apartaría a Jesús del proyecto salvífico de Dios Padre trazado desde antiguo.

También usted y yo, como seguidores de Jesús, podemos encontrar familias y amigos que nos aprecian, y quieren lo mejor para nosotros, pero cuando nos ven actuar en nombre de Jesús, denunciando el mal y el pecado en todas sus formas tratarán de interponerse para evitarnos sufrimientos y persecuciones, bajo múltiples y sutiles argumentos: “No te meta en eso, no te busques problema, tu no va a cambiar esas estructuras, etc.”. No debemos hacer caso a estas personas, porque a veces por no conocer los caminos de Jesucristo, que son diferentes a los nuestros, actúan condicionados por los criterios de este mundo, y Satanás los usa para apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor (Romanos 8:38). En circunstancias así hemos de decir, como los apóstoles cuando las autoridades judías querían prohibirles hablar en nombre de Jesús: “¿Juzguen ustedes si es correcto a los ojos de Dios que les obedezcamos a ustedes antes que a él? Júzguenlo. Nosotros, no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hechos 4: 19-20).

Es verdad que no debemos buscar el sufrimiento como masoquistas, pero si nos llega, por causa de Cristo, no debemos evitarlo, hemos de recibirlo con alegría. El sufrimiento y la persecución vendrán a todo aquel que siga a Jesucristo (II Timoteo 3:12). Cristo nos ofrece una corona de gloria, pero no hay corona sin cruz. En la primera carta de san Pedro leemos: “No se extrañen del incendio que ha estallado contra ustedes, como si fuera algo extraordinario; alégrense más bien, de compartir los sufrimientos de Cristo, y así, cuando se revele su gloria, ustedes también desbordarán de gozo y alegría” (I Pedro 4:12-13).

La invitación que Jesús nos hace a seguirle, es en absoluta libertad. Dice: “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Marcos 8:34). El aceptar o no esta invitación depende de nosotros, pero la consecuencia de una u otra opción es diferente, “porque el que quiera salvar su vida la perderá; quien la pierda por mí y por la Buena Noticia, la salvará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Qué precio pagará el hombre por ella? (Marcos 8:35-37). Todo el que niega a Jesucristo por las cosas de este mundo, riquezas materiales, prestigio, perderá la vida verdadera; pero si por la fe somos capaces de renunciar al orgullo y a las vanidades del mundo tendremos la vida que no se acaba.

La primera lectura del libro del Génesis nos ofrece el ejemplo de fe de Abrahán, a quien Dios se le aparece en el ocaso de su vida haciéndole una promesa, que estaría condicionada por una alianza y al final sería signo de bendición. “Mantendré mi alianza contigo y futuras generaciones como alianza perpetua. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Dios dijo a Abrahán: Saray, tu mujer, ya no se llamará Saray, sino Sara. La bendeciré y te dará un hijo y lo bendeciré; de ella nacerán pueblos y reyes de naciones” (Génesis 17,15-16). Abrahán tuvo una fe profunda, no solo creyó en Dios, sino que le creyó a Dios contra toda esperanza; aunque tenía motivos suficientes para no hacerlo: era viejo, su mujer también y estéril. Salir de su tierra, dejar una vida sedentaria para lanzarse a una aventura no es fácil a su edad, cuando Dios interviene en su vida. La fe de este hombre fue probada en múltiples ocasiones, mientras esperaba el cumplimiento de la promesa, pero él mantuvo una confianza absoluta en el Dios que le llamaba, y por ese Dios estuvo siempre dispuesto a sacrificarlo todo, incluso al hijo de la promesa (Génesis 22: 1-14).

El apóstol Pablo, en la epístola a los romanos, ve en la fe de Abrahán el prototipo de la fe cristiana. Esta fe trae consigo la justificación y el ver manifestado en nuestras vidas el poder de Dios, que da vida a los muertos y que puede hacer de lo imposible, lo posible. La intención del apóstol Pablo, es poner el tema de la resurrección de Jesucristo el centro de nuestra fe. Porque, “cuando dice la Escritura que Dios tuvo en cuenta la fe de Abrahán, no se escribió solo por él, sino también por nosotros, que tenemos fe en el que resucitó de la muerte a Jesús, Señor nuestro, que se entregó por nuestros pecados y resucitó para hacernos justos” (Romanos 4: 23-25).

La cuaresma es un tiempo privilegiado que Dios nos ofrece a través de la Iglesia, para escuchar su voz y seguirle sin renunciar al escándalo de la cruz. El llamado está hecho: “Sígueme, dice el Señor, sacrifícame tu Isaac, sal de tu tierra”. Si así lo hacemos, seremos bendecidos. Dios nos devolverá, con abundancia en el cielo, cualquier pérdida que hayamos tenido en este mundo por causa del evangelio.

 

— El Rvdo. Ramón Betances pertenece a la Diócesis Episcopal de Atlanta, pastorea las misiones hispanas de San Benedicto (Smyrna, Ga.) y El Buen Pastor (Austell, Ga., y es oriundo de la República Dominicana.

1 Cuaresma (B) – 2015

22 de febrero de 2015

Génesis 9:8-17Salmo 25:3-91 Pedro 3:18-22Marcos 1:9-13.

Hermanos y hermanas … nos convoca nuevamente el Señor para alimentarnos con su Palabra y con el cuerpo y la sangre de su hijo que se ha hecho uno con nosotros para hacer brillar su luz en la comunidad y en cada uno de quienes creemos y confiamos en él.

Hemos iniciado ya el camino de la cuaresma que nos prepara para celebrar con auténtico sentido de fe la Pascua de Jesús. Como pueden darse cuenta, el color litúrgico, los cantos y las oraciones que predominarán durante estos próximos cuarenta días, nos irán ayudando a adentrarnos más y más en este camino con un renovado espíritu de sobriedad, humildad y cambio de vida. Durante este tiempo no entonaremos el Gloria ni el aleluya, como preparándonos para dejar estallar esa alegría y gozo la gran noche de la Pascua.

Pero, por encima de todos los signos y gestos litúrgicos, lo que más nos mueve y nos anima durante este tiempo cuaresmal, es la Palabra de Dios en la cual centraremos nuestra atención para lograr una experiencia profunda de comunicación con nuestro Padre y con nuestros semejantes.

Para comenzar, en este primer domingo escuchamos el pasaje del libro del Génesis donde Dios hace una alianza con Noé. Como bien sabemos, este primer libro de la Biblia nos narra el episodio donde Dios decide inundar toda la tierra a causa de la maldad de la humanidad, pero antes de hacerlo, se dirige a Noé y su familia para que construyan un arca y metan en ella una pareja de cada animal para que haya con quien iniciar una creación y una humanidad nuevas después del diluvio.

Y bien, el inicio de esa nueva humanidad o, si se prefiere, el inicio de esa nueva etapa de la historia de la salvación, arranca entonces con los sobrevivientes del diluvio. Dios toma la iniciativa para anunciar ese nuevo comienzo a través de este pacto: “el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que destruya la tierra” (Génesis 9:11), y la señal de dicho pacto es el arco iris: “he puesto mi arco iris en las nubes, y servirá como señal de la alianza que hago con la tierra. Cuando yo haga venir nubes sobre la tierra, mi arco iris aparecerá entre ellas. Entonces me acordaré de la alianza que he hecho con ustedes y con todos los animales, ya no volverá a haber ningún diluvio que los destruya…” (v.13-16).

Como podemos ver, la característica central de esta alianza es la universalidad, la inclusividad; en ella está incluida la creación entera, todos los hombres y mujeres de todas las culturas y procedencias de cada tiempo y lugar. Y es importante tener esto presente ya que, como veremos el próximo domingo, cuando volvamos a tocar el tema de la alianza, en esa ocasión entre Dios y Abrahán, la otra parte pactante ya no será la humanidad entera, sino exclusivamente la descendencia del patriarca, esto es, lo que será el pueblo de Israel.

Así resuelve la teología del Antiguo Testamento uno de los grandes interrogantes teológicos que surgen después de la experiencia del cautiverio en Babilonia (587-534 a.C.): ¿Es Yahveh exclusivamente el Dios de Israel, o será un Dios universal, padre de toda la humanidad? Para la línea profética representada en el Tercer Isaías (Isaías 56—66), está claro que Dios no es propiedad exclusiva de Israel, como también está muy claro que Dios no excluye de su presencia a ningún “hijo de Adán” siempre y cuando haya en cada uno la actitud de practicar la justicia y el derecho (Isaías 56:1-8). Con todo, otra línea mucho más conservadora del judaísmo se resiste a aceptar ese universalismo y de ahí que recobre allí tanta importancia la alianza de Dios con Abrahán donde el signo de dicho pacto es la circuncisión, es decir, la marca visible de pertenencia única y exclusiva al pueblo elegido.

El pasaje del Génesis que escuchamos hoy está entonces en perfecta línea con el espíritu profético de Isaías; en tanto creador, Dios no excluye a nadie ni a nada de su paternidad universal; y al contrario, todos estamos llamados a construir una sola familia y a renovar constantemente ese compromiso de luchar por un orden justo, por una relaciones fraternas y por el más profundo respeto por los bienes creados.

En ese sentido, hemos de entender también el ministerio y la obra de Jesús con quien queda completamente definido el tema de la paternidad universal de Dios. Hemos escuchado hoy en el Evangelio de Marcos cómo Jesús toma la decisión de ir hasta el río Jordán para hacerse bautizar por Juan. Y es muy significativo el hecho de que Marcos resalte esta decisión de Jesús como el primero y más importante paso con el cual dará inicio a su vida pública. Examinemos de cerca este trozo de evangelio y tratemos de comprenderlo escena por escena.

En primer lugar, Jesús se hace bautizar; entra como el resto de pecadores de Israel a las aguas del río para salir renovado; segunda escena: se abre el cielo, baja el Espíritu y se oye la voz del Padre: “tú eres mi hijo querido, mi predilecto”; tercera escena: ese mismo Espíritu lleva a Jesús al desierto donde pasa cuarenta días y es tentado por Satanás; la cuarta escena nos debería mostrar cómo Jesús vence al Tentador, tal como lo hacen Mateo y Lucas; sin embargo, para Marcos, esa cuarta escena es Jesús ya en acción; anunciando la Buena Nueva del reino y llamando a la conversión.

Por tanto, bautismo, confirmación por parte del Espíritu y del Padre, desierto (tentaciones) y predicación, son un todo indivisible y enfocado a un fin: volver a abrir para todos, sin excepción, la paternidad única de Dios. No podríamos entender a cabalidad el ministerio y la obra de Jesús si no fijamos primero nuestra atención en este punto de partida.

En sintonía con el tema de la alianza con Noé, Jesús renueva esa alianza, ya podemos hablar de “nuevo pacto”, el cual yo no tiene por signo el arco iris, sino la apertura del cielo y el don del Espíritu. La maldad y los pecados del pueblo y de la humanidad mantenían cerrado el cielo; ahora se abren no para que desciendan la ira y el castigo divinos, sino para dar paso al Espíritu que quiere abrazar y acompañar a quien ha decidido mediante su baño en el Jordán, recuperar para el Padre al resto de sus hermanos; por eso el Padre lo declara “mi hijo amado, mi predilecto”.

Si miramos con atención la trama narrativa de Marcos, nos daremos cuenta de algo que es clave para poder comprender la totalidad del mensaje de su evangelio: notemos que en el momento del bautismo de Jesús, el cielo se abre y desciende el Espíritu y se oye la voz del Padre; y en el momento en que muere en la cruz, el velo del templo se rompe… ahora es el hombre, el pecador, el ser humano quien puede acceder sin obstáculos para encontrarse con su Dios.

Podríamos decir, que las lecturas de hoy son completamente programáticas, pues nos abren todo un proyecto para mejorar nuestra vida; para renovar nuestro propio pacto bautismal y volver a conectarnos con el deseo del Padre de que todos seamos uno a través del Espíritu y de su Hijo Jesucristo. Para este programa tenemos toda la cuaresma; hagámoslo paso a paso, con la firme convicción de que el Padre siempre nos mirará con aprobación y, en la medida en que asumamos esta tarea con auténtico compromiso, siempre nos expresará: “tú eres mi hijo y mi hija amados, mis predilectos”. ¿Estamos preparados? Comencemos entonces el camino.

 

— El Rvdo. Rendón es colombiano, nativo del departamento de Antioquia. Filósofo, teólogo y biblista. Actualmente presta servicios de docencia en la primera Universidad 100% virtual del país.

Miércoles de Ceniza (A,B,C) – 2015

18 de febrero de 2015

Isaías 58:1-12; Salmo 51:1-17; 2 Corintios 5:20b-6:10; Mateo 6:1-6, 16-2.

Hermanos y hermanas: con la celebración de hoy iniciamos un camino especial de gracia, un recorrido que nos conducirá a la vivencia del más grande misterio de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección de Jesús, nuestro Señor. Para esta caminada necesitamos tres cosas absolutamente imprescindibles: la disposición de nuestro corazón, la luz y fortaleza que sólo puede darnos la Palabra de Dios que en todo momento nos invita a no descarriarnos, a mantener firme nuestra fe y nuestra confianza en él, pero sin quitar los ojos del acontecer de cada día, de manera muy especial de la situación que viven tantísimos hermanos y hermanas, en la soledad, el abandono, la marginación y la exclusión por cualquier causa…

Con el auxilio del Señor iniciemos pues este camino cuaresmal poniendo todo nuestro empeño en superar la inercia que no nos deja ver ese sentido profundo que hay detrás de cada palabra y de cada signo que enriquecen este tiempo.

El signo de la ceniza con que comenzamos nuestra caminada cuaresmal, no tiene ningún valor en sí mismo; el simple hecho de acercarnos para que nos apliquen ceniza, no tiene valor alguno si antes de decidirnos a recibirla no hubo un momento de interiorización y toma de decisión de llevar hasta las últimas consecuencias lo que el signo nos transmite.

Y ¿qué es lo que nos transmite el signo, qué es lo que hay detrás del gesto que realizamos hoy? Más allá de recordarnos que “somos polvo y al polvo volveremos”, está la oportunidad que Dios y la vida nos ofrecen de reconstruir nuestra vida, de volver a empezar de un modo más auténtico y genuino nuestra relación con los otros y con Dios. Durante este tiempo resonará de manera especial la palabra “reconciliación”, que en esencia significa re-conectar, re-construir, re-componer… Hacia allá, precisamente apuntan las lecturas que escuchamos hoy.

Por lo que nos dice el profeta Isaías podemos deducir cuál era la calidad de las prácticas penitenciales que realizaba la gente de su tiempo. Estas palabras están dirigidas al pueblo en una época en la que ya estaba muy bien estructurado todo lo relativo al culto, los sacrificios, los ritos, los signos y gestos; pero al parecer, todo se había convertido en algo mecánico, la gente hacía todo esto porque tocaba hacerlo, porque estaba mandado o, lo que es peor, para que los vieran.

Como acabamos de escuchar, el Señor rechaza todo eso y pone en labios del profeta una fuerte denuncia contra ese culto vacío, contra esas prácticas que se convirtieron en costumbre y que se des-conectaron de la finalidad auténtica del culto y de todo acto religioso: la práctica de la justicia y la misericordia.

Por su parte, el evangelio de san Mateo que escuchamos hoy, está tomado del “sermón del monte”, la carta magna del auténtico discípulo de Jesús; la liturgia para este día ha tomado de ahí algunos elementos para ayudarnos a programar con verdadero sentido la caminada que estamos iniciando hoy. Dichos elementos están en estrecha relación con lo que usualmente acentuamos en la cuaresma: el ayuno, la caridad, la oración

Si miramos bien los dos trozos de evangelio que hemos leído, podemos darnos cuenta de que en ninguna parte Jesús está diciendo a sus discípulos “ustedes tienen que ayunar…”, “ustedes tienen que orar…”, “ustedes tienen que dar limosna…”. Como ya vimos, a propósito de la primera lectura, estas prácticas eran ya antiguas en Israel; todo judío piadoso sabía que había días destinados al ayuno y la penitencia, sabía cuáles eran los momentos del día que se destinaban a la oración y cuáles eran las fórmulas exactas del oracional y, además, era consciente de que debía ayudar a los pobres.

En línea con el espíritu profético del Antiguo Testamento, lo que hace Jesús es llamar la atención sobre la calidad de dichas prácticas cuyo espíritu más genuino debe vivir desde el fondo de su corazón el que se haga llamar discípulo suyo. Con toda razón se puede afirmar que el cristianismo, en sentido estricto, no es ni una nueva doctrina ni una nueva religión; más que eso, es la manera nueva como vive Jesús el auténtico espíritu de la religión de su pueblo llevando cada cosa a la práctica.

Así pues, Jesús al tiempo que denuncia la manera mecánica y desencarnada como se realizan estas prácticas religiosas, enseña cómo deben vivirse a cabalidad. No perdamos de vista que aquí se tocan tres aspectos básicos de la piedad judía: el ayuno, la oración y la práctica de la caridad.

Pongámonos a los pies del maestro y entendamos una cosa fundamental: tampoco hoy él nos está imponiendo nada, no nos sintamos obligados a ayunar, ni a orar, ni a practicar la caridad con los empobrecidos; mucho menos es obligatorio venir hoy al templo a que nos impongan la ceniza. Ahora, si lo queremos hacer, si decidimos dar ese paso, dobleguemos nuestro espíritu, vaciemos completamente nuestro corazón para que sea la Palabra de Dios el motor que nos mueva, el Espíritu de Jesús que nos llene, nos anime y nos conforte.

De aquí hasta el próximo domingo primero de cuaresma, dejemos que resuenen en nuestro corazón y en nuestra mente las palabras de Isaías y, por supuesto, las de Jesús; no dejemos que resbalen sobre nosotros; pongamos nuestra mirada en el punto final de este camino que hoy comenzamos, en la Pascua de Jesús para que cada paso que demos nos haga sentir más profundamente el anhelo de celebrar con él esa Pascua.

Cierto que el camino que iniciamos hoy no será color de rosa, como ningún camino lo es; habrá escollos, tropiezos, caídas… habrá momentos en los que quizás otras cosas tratarán de sustraernos de esta aventura, así lo vamos a ver el próximo domingo; sin embargo, nunca olvidemos que en nuestro morral llevamos tres cosas que enunciamos al inicio de nuestra reflexión, a ver si las recordamos: la disposición de nuestro corazón, la luz y la fortaleza que sólo puede darnos la Palabra de Dios que en todo momento nos invita a no descarriarnos, a mantener firme nuestra fe y nuestra confianza en él, pero sin quitar los ojos del acontecer de cada día, de manera muy especial de la situación que viven tantísimos hermanos y hermanas, en la soledad, el abandono, la marginación y la exclusión por cualquier causa…; esto es, el compromiso que tiene que nacer a causa de nuestra fe.

Ahora sí entonces, si de verdad estamos dispuestos a emprender el camino, acerquémonos con pleno convencimiento y conciencia muy clara a recibir el signo de la ceniza y dejemos que, más que en nuestra frente o nuestra cabeza, llegue hasta nuestro corazón y permanezca ahí para poder vivir con intensidad esta experiencia de fe.

 

— El Rvdo. Gonzalo Rendón es colombiano, nativo del departamento de Antioquia. Filósofo, teólogo y biblista. Actualmente presta servicios de docencia en la primera Universidad 100% virtual del país.