Pascua de Resurrección (Año A)

Hechos 10:34-43 o Jeremías 31:1-6, Salmo 118:1-2, 14-24, Colosenses 3:1-4 o Hechos 10:34-43, Juan 20:1-18 o Mateo 28:1-10

¡Aleluya! ¡El Señor resucitó! ¡Cantemos con gozo y alegría!

Algunos se preguntarán, ¿cómo es que este día es motivo de gozo cuando sigo igual de mal que ayer? ¿Acaso puede cambiar todo en un par de horas?

La realidad del mundo en que vivimos nos lleva a pensar que nuestros prejuicios y los ajenos tal vez sigan siendo los mismos; que la situación en la familia, en la comunidad o en el país tampoco nos muestra que haya cambiado. Más aún, muchos han llegado a creer que la religión es una droga y que la fe es una pérdida de tiempo. Sin embargo, en varios estudios sobre la persona humana y la salud mental, se ha confirmado que el poder de nuestra voluntad es inmenso; se le puede llamar determinación, fuerza de carácter. Nosotros lo llamamos fe. Jesús nos dice que la fe puede mover montañas y que, con fe, al caminar junto a Él, realizaríamos lo impensable, hasta pasar por la muerte a la vida.

Esto es evidente al ver la mejoría en personas que experimentan depresiones como resultado de tragedias o grandes pérdidas. Es su determinación, su voluntad de seguir viviendo, de estar convencidos de que sí pueden sobrevivir esos momentos; esto es lo que nosotros llamamos fe.

En la carta a los Hebreos, capítulo 11, se dice, “Tener fe es tener la plena seguridad de recibir lo que se espera; es estar convencidos de la realidad de cosas que no vemos.”

Éstas no son ideas extrañas para muchos miembros de nuestras comunidades latinas. Muchos han sacrificado y han arriesgado hasta la vida con la esperanza de alcanzar una vida mejor para sí mismos y para su familia. La fuerza para lograr esto viene de su fe, de su plena seguridad, de estar convencidos, de que se recibirá lo que se espera.

Los más grandes y exitosos deportistas aseguran que uno tiene que estar convencido de que sí se puede lograr la meta y que sí se puede ganar—pero eso cuesta.

Muchos pasamos por la vida cansados de enfrentar y de batallar las situaciones que nos rodean y las que creamos; las personas y las decisiones que nos roban vida. Peleas, discordias, odios, no querer pedir ni ofrecer perdón, no aceptarse. Esto nos fatiga y disminuye la fuerza de voluntad y la determinación de vivir y por seguro en lo más profundo, paraliza nuestra fe.

Como adultos, llegamos a un momento en que nos vemos en la necesidad urgente de tomar una decisión. Una decisión a buscar y seguir el mejor camino, una decisión que nos acerque a la verdad, una decisión por la vida.

Vale preguntarnos ¿qué significa muerte y que significa para mí vida?

Como lo dice el famoso himno, “hay que morir, para vivir”. Hoy día no habría motivo de celebrar la resurrección de Cristo, sin primero haber experimentado su muerte devastadora en la cruz, la cual conmemoramos el viernes Santo.

Les voy a compartir sobre un niño de ocho años llamado Jorgito. Desde que se anunció en la televisión la llegada del verano, Jorgito parecía un disco rallado preguntando todo el tiempo, “¿Cuándo vamos al parque? ¿cuándo vamos al parque?” Por fin, hizo un día cálido en Chicago después de un largo, oscuro y frío invierno. Ese día su papá le dijo que se preparara para ir al parque. En menos de un minuto estaba listo el niño y salieron de camino. Al llegar, lo primero que pidió Jorgito fue ir a la piscina. Ese día era solo para los niños y no dejaban pasar a los padres. Los adultos podían observar a los niños a través de las verjas. Su papá lo llevó hasta la entrada y se fue al lugar donde se unió a los otros padres a ver los niños disfrutar del agua.

Parecía que todos los niños de la ciudad estaban presentes. Jorgito sintió que estallaba de emoción. Al ver la piscina, soltó su bolsa y su toalla y se lanzó como un cohete.

Pero Jorgito no sabía nadar y sin fijarse se tiró a la parte honda de la piscina. El niño, desesperado comenzó a hundirse y a ahogarse. Su papá lo buscaba y no lo encontraba en medio de tantos niños. De repente, se fija que los salvavidas están respondiendo a una urgencia. El papá comienza a llamarlo. Su voz en cada momento más y más fuerte, “¡Jorgito! ¡Jorgito!” Al fin ve que es Jorgito a quien rescataron de la parte honda y es a él a quien están intentando resucitar. Al momento oye las sirenas de la ambulancia y los bomberos que vienen llegando. “Dios mío, Dios mío ¿que ha sucedido?” se preguntaba el papá. Enseguida dijo, “¡ése es mi hijo, ése es mi hijo!” Durante todo el camino al hospital no podía dejar de pensar, “Dios mío, Dios mío ¿qué ha sucedido?”

Si en algún momento hemos experimentado una situación parecida entonces podemos comenzar a comprender lo que es un aspecto esencial del bautismo.

En los bautismos de los primeros siglos de la iglesia, los candidatos, eran completamente sumergidos en el agua. Cuando surgían de las aguas aspiraban con desesperación hasta llenarse de aire y llenarse de una nueva vida en Cristo. Esta ceremonia culminaba un proceso de discernimiento y preparación que requería la entrega total de la persona. El proceso podía tomar años. Las personas estudiaban, reflexionaban, ayunaban, oraban y la comunidad oraba por ellos, hasta que llegara el glorioso día de su bautismo. En los primeros siglos, muchos seguidores del camino de Cristo eran perseguidos, torturados y asesinados. Aún así la iglesia seguía creciendo.

El bautismo y la vida cristiana nos requiere una entrega a morir ante todo lo que roba vida para que seamos liberados y recibamos la gracia de Dios que es vida abundante. Dios nos llama a ser agentes de vida con nuestra familia, en la iglesia, entre nuestros vecinos y especialmente con los más necesitados y los que menos entendemos.

No está demás que nos detengamos y nos preguntemos qué debo dejar morir en mí y qué cosas en mi vida, merecen ser resucitadas. Vale la pena que practiquemos cómo llevar una actitud que da vida y de renunciar a cada paso a las actitudes y a los hábitos que roban vida: la nuestra y la de toda persona que nos rodea.

Cuando renovamos el Pacto Bautismal celebramos el refrescante arrullo de las aguas bautismales que nos unen a la vida, a la muerte y a la resurrección de Cristo Jesús. Renovamos con gusto la vida abundante que Dios nos ofrece por medio de las personas y los hábitos saludables. Renunciamos con confianza, de una forma u otra, a todo lo que nos roba la vida y nos causa muerte.

Jorgito casi muere ahogado en aquella piscina. Se puede decir que murió, pero fue resucitado por las manos de los salvavidas y de los médicos, por el amor y el sufrimiento de su familia a su lado y por el apoyo y las oraciones de la comunidad.

Hermanas y hermanos, ¡hoy sí es un día de victoria! Puede ser el día de una victoria personal. Este es el día en que podemos decir con certidumbre que somos hijos e hijas de la luz, de la esperanza y de la vida. No tenemos que quedarnos en la tumba, ni tenemos que buscar la vida entre los muertos. Somos hijos e hijas de una vida que va más allá de lo que nos podemos imaginar. Una luz que va mucho más allá de todos los poderes de las tinieblas que nos puedan rodear. Cristo venció la muerte una vez por todas y nos ha dado todo lo necesario para que también nosotros podamos vencer todo lo que nos roba vida.

¡El Señor resucitó! ¡Aleluya, Aleluya!

 

Eduardo Solomón Rivera se ha dedicado a los ministerios de formación, misión, comunicación y liturgia por más de 20 años. Es Director Editorial de EfML la versión latinx del currículo para la formación de ministros laicos de Sewanee; se desempeña como Director Interino de Comunicaciones en la Diócesis del Sureste de la Florida y es miembro de la junta directiva de Forma, organización dedicada a brindar apoyo a ministros de formación cristiana. Desde el 2014 es parte del consejo asesor del Misionero para Ministerios Latinos/Hispanos de La Iglesia Episcopal.

Viernes Santo – Año A

Isaías 52:13-53:12, Salmo 22, Hebreos 10:16-25, Juan 18: 1-19:42

El día se muestra solemne y sombrío. Sentada en su mecedora de mimbre, las manos de dedos largos huesudos y fuertes sostienen en su regazo maternal, la taza de café negro humeante. Su única adorada nieta acaba de perfumarla y alisarle con suavidad, uno tras otro los cabellos largos y ralos, un regalo de amor de una nieta quien, a cambio de su gesto de amor matutino, recibe verdaderos tesoros salidos del corazón de su abuela preferida. Están en el jardín del patio trasero de la casa paterna. El olor del jazmín en flor, se mezcla con el de agua de rosas, olor que adornará las historias de la abuela que la nieta nunca olvidará.

Hoy ambas saben que la rutina del día será diferente. Es viernes santo. Ambas nieta y abuela junto con el resto de la familia irán a postrarse al pie de la cruz. Se acompañarán y acompañarán a Jesús en su hora de agonía. Sentirán el dolor de ver sufrir a Jesús Redentor del mundo, orarán por ellas, orarán por sus propias pérdidas, orarán y pedirán el perdón y la reconciliación divina. Se unirán al fervor de toda una comunidad que casi al unísono lamenta, expresa su dolor, llora la pérdida de su Redentor y sus propias pérdidas y también albergan la esperanza de lo prometido, como dice el profeta Isaías: “Mi siervo tendrá éxito, será levantado y puesto muy alto. Así como muchos se asombraron de él, al ver su semblante tan desfigurado que había perdido toda apariencia humana, así muchas naciones quedarán admiradas; los reyes, al verlo, no podrán decir palabra, porque verán y entenderán algo que nunca habían oído.”

Sí. Abuela y nieta saben que “al tercer día resucitará de entre los muertos y su reino no tendrá fin” Es ésa la esperanza que alimenta su fe en que llegará la solución a los pesares de sus almas y que les asegura que en ellas reinará el amor, la paz y la tranquilidad.

En esta hora sagrada, sombría y dolorosa, nosotros también, cerremos los ojos y en silencio, pongámonos a los pies del madero en el que vilmente torturado, agoniza nuestro amado Maestro y compañero.

Acompañémoslo en esta hora que Él mismo mencionó tantas veces. Esa dolorosa hora para Jesús, el Hijo del Hombre; Jesús, la Palabra; Jesús, Dios hecho carne; Jesús, el Verbo de la verdad y la luz; Jesús, el Hijo de Dios, el agente y siervo de Dios; Jesús, que se encarnó para revelarle al mundo la verdad sobre Dios nuestro Padre; Jesús, el amor de Dios Padre encarnado, el poder infinito del amor divino para con cada uno de nosotros y nosotras.

Jesús inocente de culpa e inequidad, es el Cordero sacrificado. Su vida, pasión y muerte en la cruz nos redime, nos libera del pecado, nos ofrece reconciliación, salvación y nueva vida. Será para cada uno de nosotros, una nueva vida en la luz, una nueva vida en la verdad como hijos de Dios, la luz que nos saca y nos protege de perdernos en los lugares de tinieblas de éste nuestro mundo, éste nuestro mundo lleno de quebrantos.

En esta hora final, acompañemos a las mujeres que caminaron junto a Jesús a Gólgota llevando sus propias cruces al hombro. Abracemos a las mujeres que sintieron como ahora nosotros mismos sentimos, los muchos vituperios, los latigazos de los soldados romanos, los gritos de la multitud enardecida “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”, los ataques físicos y verbales a su amado hijo, hermano y amigo.

Ataques físicos y verbales de los que muchos de nosotros también hemos sido víctimas inocentes.

En esta hora final, los ojos de Jesús encuentran los ojos de su madre. Son los ojos de una madre aullando en silenciosa desesperación. Su alma atravesada ​​por los peores dolores que una madre pueda sostener.

Los ojos de María, mirando el horror, llevando los ojos de su hijo a la profundidad de su corazón roto, llevándolo a ese dolor crudo, amargo, a ese dolor inconmensurable e inconsolable de una madre que está a punto de perder al hijo que llevó en sus entrañas.

Junto a ella, abracemos también al discípulo amado. Al joven Juan, seguidor del llamado de su maestro y amigo, a amarse y amar al prójimo como a sí mismo. Reconozcamos que ese llamado lo es para nosotros también y que, como él, llevamos en nuestras almas el dolor insoportable de perder al amigo leal, al mentor dedicado, al más dulce de los compañeros.

En esta hora solemne y sagrada Jesús mira a María, su madre y le dice: “Mujer, aquí está tu hijo” Y mirando al discípulo, le dice “Aquí está tu madre.”

 Con estas palabras, Jesús nos comunica a nosotros y al mundo que no estaremos solos. María su madre y el discípulo amado son la base, el fundamento y establecimiento de la nueva comunidad. Es el futuro de la misión que él vino a este mundo para cumplir en el nombre del Padre.

A esa nueva comunidad todos somos invitados a nutrirnos de su amor. En esa comunidad estamos todos incluidos. Seremos la comunidad que seguirá sus enseñanzas de amor a Dios Padre y el amor a cada uno de nuestros vecinos. Seremos la comunidad llamada a difundir la Buena Nueva: invitar a otros a unirse, a aprender unos de otros y servir a otros como siervos humildes y amorosos. Seremos una comunidad que vivirá una vida de fe centrada en el amor redentor de Dios que nos amó tanto que vino a este mundo a liberarnos y a darnos vida, más la vida eterna que no tiene fin.

“Tengo sed” le oímos decir a Jesús. Su sed no es del agua viva que Él mismo encarna. Su sed es una sed que cada uno de nosotros conocemos muy bien, y la sed que el mundo más necesita: es la sed de justicia, de paz, de amor y de comprensión entre nosotros, la sed de comprensión de lo infinito del amor de Dios, ese amor divino desinteresado, puro y transparente. El amor de Dios Padre que Jesús, su hijo amado vino a revelarnos a través de su ministerio de amor. Jesús tiene sed de que vivamos nuestras vidas en Él, y de sentirlo y compartirlo con el mundo.

Con las palabras “Todo ha terminado” Jesús ofrece su espíritu al Padre. Para Jesús, las palabras “todo está terminado” significa “Todo está cumplido”. Jesús ha cumplido la voluntad del Padre. Ha sido obediente a su voluntad hasta el final. Ahora Él puede ser levantado y puede ser glorificado. La muerte de Jesús es el regalo de amor más desinteresado que un amigo puede ofrecerles a sus amigos.

El amor que Jesús nos ofrece en la cruz nos permite vivir en la nueva luz; vivir en la luz de Cristo que alumbramos y proclamamos a toda voz en la Gran Vigilia pascual. Luz que siempre está presente para nosotros; la luz y la verdad que nos rescatan de nuestros momentos de tinieblas, de nuestros momentos de desesperación, de la ceguera y de todo lo que nos separa del amor de Dios, para guiarnos al abrazo del perdón y de la gracia de Dios en Cristo resucitado.

Hermanos y hermanas, en este momento culminante, sigamos postrados y abrazados al cruel madero. Sigamos fieles, presentes y con la vista fija en la promesa. Oremos fervientes y con humildad, escuchemos sus palabras, mientras sus ojos tiernos y amorosos nos miran desde la cruz.

La Rvda. Ema Rosero-Nordalm es la diácona episcopal en la Iglesia Nuevo Amanecer, un nuevo ministerio latino luterano, en East Boston, Massachusetts. También es la Coordinadora de Seguimiento y Mentoría para líderes facilitadores del programa Academia Ecuménica de Liderazgo.

Jueves Santo – Año A

Éxodo 12: 1-4, (5-10), 11-14, Salmo 116: 1, 10-17, 1 Corintios 11: 23-26, Juan 13: 1-17, 31b-35

La sorpresa de los discípulos tuvo que ser inmensa al ver a Jesús levantarse de la mesa, quitarse la capa, echar agua en una palangana y atada una toalla a su cintura lavarle los pies a cada uno de ellos. ¡Él era su Maestro! ¡Él era su Señor! El lavado de los pies no era algo que hacían los maestros. Imaginen la sorpresa si una reina se hincara a hacerle lo mismo a un grupo de itinerantes sin hogar.

En la época de Jesús, el lavado de los pies era tarea de los sirvientes de la casa. No era un trabajo glamoroso. Los pies de las personas de esos tiempos lucían siempre resecos, sucios, callosos y agrietados por tanto caminar llevando sandalias. Lavarle los pies a alguien era un acto de hospitalidad y de humildad. Por eso, cuando Jesús terminó de lavarles los pies a sus discípulos, les explicó por qué lo había hecho: “Estoy dándoles un ejemplo. Ustedes también deben hacer lo que yo les he hecho.”

Podríamos preguntarnos si los discípulos entendían lo que Jesús les enseñaba. Jesús los escogió, los llamó y les dio un nuevo significado a sus vidas. Caminando junto a Jesús, se sentían personas especiales. No obstante, Jesús no llamó a sus discípulos de entre la multitud de agricultores y pescadores para que ellos gozaran de un mayor estatus. Jesús los llamó para servir, para continuar su ministerio de amar a las personas después de que Él ya no estuviera entre ellos.

Casi podemos oír a los discípulos preguntándose “¿Qué vamos a hacer en este mundo sin Jesús?”

La respuesta es que ellos serían los que irían por el mundo llevando la Buena Nueva. Le hablarían a toda persona que viniese a escucharlos. Mirarían los rostros de pecadores de toda clase. Cada uno, tal vez sufriendo de su propio quebrantamiento y con gran anhelo de sentirse completo.

Los discípulos sin Jesús tendrían muchos de esos momentos. Y en medio de esos momentos recordarían a Jesús lavándoles los pies. Recordarían su ejemplo y cómo su Maestro les enseñó a tratar a otras personas. Y sentirían la presencia de Jesús diciéndoles: ¿Ven ustedes lo sencillo que es? Yo los envío al mundo; vayan a esas multitudes de gente de donde los llamé y me siguieron. Su trabajo es implemente, amarlos.

Jesús nos presenta el amar al prójimo como una prueba de si somos o no, sus discípulos. Nos gustaría pensar que demostraremos nuestro discipulado asistiendo fielmente a nuestras iglesias, participando en programas interesantes y variados, elevando grandiosas alabanzas, expresando las doctrinas correctas o quizás siguiendo y colaborando con algún líder o movimiento histórico.

Sin minimizar la importancia de la adoración entusiasta y de cumplir con la verdad revelada, la fuerza de la declaración de Cristo debe ser aceptada: “Por todo esto la gente sabrá que son mis discípulos si se aman el uno al otro”. Entonces nos debemos preguntar ¿Amo a mis hermanos y hermanas en Cristo? ¿Expreso, al amar a mis hermano y hermanas en Cristo, este sello del aprendizaje verdadero? ¿Vivo sin olvidar el amor y el servir a otros?

Lamentablemente, a veces ocurre que nos criticamos los unos a los otros. Juzgamos la manera como alguien se viste, la manera como se expresa, cómo canta, la forma como predica, o difundimos sin confirmar, los rumores que perjudican a otros. Nada de esto es nuevo. Pablo advirtió a los cristianos en Galacia: “Pero, si siguen mordiéndose y devorándose, tengan cuidado, no sea que acaben por destruirse unos a otros.”

En esta época marcada por el individualismo y la indiferencia, por la avaricia, el egoísmo y las luchas de poder, Dios nos llama a amarnos los unos a los otros con amor incondicional. El apóstol Pablo nos dice que se trata de un amor basado en la tolerancia, el respeto y el preocuparnos por los demás.

En cuanto a la tolerancia, Pablo exhortó a los cristianos de Éfeso a que fueran “totalmente humildes y apacibles”, que fueran “pacientes, llevándose unos a otros en amor”. Preguntémonos, ¿Por qué estamos llamados a tolerarnos unos a otros? La respuesta es, porque es necesario. Sería maravilloso si fuéramos seres maduros, razonables, humildes, considerados y adorables. Pero a veces estamos cansados, o somos egoístas e inmaduros. Por lo tanto, el amor requiere que seamos tolerantes en nuestras interacciones, no porque no nos preocupamos por el pecado o por la verdad, sino porque debemos obedecer la orden del Señor de amarnos unos a otros. Esto puede ser un desafío si sólo nos centramos en juzgarnos y en condenarnos.

En cuanto al respeto, a veces, como cristianos, nos expresamos con palabras necias, e incluso que causan dolor a otras personas. Todos somos humanos y estamos propensos a actuar de esta manera. Sin embargo, incluso bajo estas circunstancias, las Escrituras nos enseñan a respetarnos mutuamente. San Pablo nos dice: “Sométanse unos a otros, por reverencia a Cristo”. Entonces debemos amar y respetar a otros por veneración de Cristo nuestro Salvador.

En cuanto a preocuparnos por los demás, comparando la iglesia a un cuerpo, Pablo concluye que “sus partes deben tener la misma preocupación del uno para con el otro. Si una parte sufre, cada parte sufre con ella”. El verdadero amor cristiano no puede sino expresarse en genuina preocupación. ¿Estoy realmente preocupado cuando mi hermano pierde su trabajo, cuando mi hermana está enferma, cuando una nueva persona llega a nuestro barrio o visita nuestra iglesia local, incluso cuando son diferentes a mí?

En nuestro mundo hay muchos que dicen que siguen a Cristo mientras que simultáneamente desprecian a su hermano o hermana debido a su raza, su género, su origen étnico y por muchas otras razones. Como cristianos estamos llamados a hacer algo diferente.

En la noche en que Jesús instituyó el Santísimo Sacramento de la Comunión en la Última Cena primero nos mostró este gesto de lavar los pies de sus discípulos. Jesús inculca en ellos y en nosotros, el llamado a amar y a servir a unos y a otros con todo nuestro corazón y con humildad. Jesús no les da a los discípulos “una sugerencia” o “una idea”. Jesús les da una orden, un mandato sin opción. Más aún, el mandamiento de Jesús a sus discípulos, no es solamente “ama a tu prójimo como a ti mismo”, es también “ama como yo te he amado”. “Ama como yo te he servido y te he guiado”.

Hermanas y hermanos, celebremos este Jueves Santo comprometiéndonos a seguir el modelo de amor y servicio de Cristo. ¡Amemos como Él nos ama, acerquémonos a la mesa del Señor con humildad y salgamos al mundo siguiendo el ejemplo de Cristo!

La Rvda. Dr. Lisa Fortuna se desempeña como sacerdote asociada en Trinity Church en Melrose, Massachusetts; es médico y directora de la Oficina de Siquiatría Para Niños y Adolescentes en el Boston Medical Center.

Domingo de Pasión: Domingo de Ramos– Año A

Liturgia de las Palmas

Mateo 21:1-11

En la Eucaristía

Isaías 45:21-25 o Isaías 52:13-53:12, Salmo 22:1-21, o 72:1-11, Filipenses 2:5-11, San Mateo 26:36-27:54 (55-66) ó 27:1-54 (55-66)

 

Hoy celebramos el inicio de un peregrinar litúrgico que nos transportará a vivir y a conmemorar nuevamente lo que podríamos llamar la semana más difícil en la vida terrenal de Jesús.

La Semana Santa nos permite reflexionar no tan solo en la vida y sufrimiento de Jesús, un regalo muy valioso de la compasión de Dios hacia nosotros. Su Gracia y Misericordia nos une al amor reconciliador a través de la vida, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo que nos libera y nos da vida.

En muchas comunidades, el servicio de hoy se inicia en un lugar afuera del templo, con la lectura del Evangelio para la Liturgia de las Palmas y, a veces, con procesiones por el vecindario en el cual están ubicadas nuestras comunidades.

A menudo, durante la celebración Eucarística, el Evangelio es leído en forma narrativa, incluyendo la participación de personas que asumen un personaje particular en la historia de la pasión de Jesús. Estas prácticas comunes y las lecturas bíblicas de hoy nos muestran escenarios drásticamente cambiantes que nos llevan desde la gozosa y exuberante experiencia de la entrada triunfal a Jerusalén hasta la triste y decepcionante respuesta del pueblo que pide la crucifixión de Jesús.

En ese día dos procesiones entraron a Jerusalén. Los autores de La Última Semana: Un recuento diario de la Última Semana de Jesús en Jerusalén, describen estas dos procesiones de manera extraordinaria y concisa. Ellos explican que una procesión entró por el este, mostrando a Jesús entrando a Jerusalén montado en un burro. Aquellos que seguían a Jesús en el este eran el pueblo pobre y necesitado. Esta era la procesión de la clase trabajadora. El mensaje de esta procesión era el Reino de Dios.

La otra procesión, entrando por el oeste en el lado opuesto de la cuidad, era la procesión del gobernador romano, Poncio Pilato. Esta procesión, en contraste con la de Jesús, proclamaba el imperio, el poder y la violencia. Pilato, siguiendo la tradición de previos gobernadores, entró a Jerusalén con su caravana de dignitarios y soldados. Esta procesión servía como un recordatorio del poder que tenía el imperio romano sobre el pueblo judío.

Los mismos autores indican que la procesión de Jesús fue una marcha política organizada. Desde su punto de vista, esta procesión fue organizada intencionalmente para retar los poderes políticos y para proclamar un reino de naturaleza muy diferente a la que las personas esperaban en ese momento.

El simbolismo de la entrada triunfal de Jesús cumple con lo que dijo el profeta Zacarías, quien predijo que un rey había de entrar a la ciudad, con humildad, para eliminar la guerra y traer un reino de paz.

Ese primer Domingo de Ramos, Jesús proclama un reino de paz, un reino de libertad y de equidad. Nosotros al seguir a aquel que entró a Jerusalén por el este, aquel que sufrió y fue crucificado para darnos vida eterna, estamos llamados a organizarnos para continuar construyendo la paz e igualdad que este mundo tanto necesita.

En los últimos meses muchos grupos cristianos y seculares se han organizado para marchar en contra de varias injusticas. En enero del 2017, millones de mujeres, y sus aliados, se reunieron en marchas que se extendieron, no solo a la capital de EE UU sino a una mayor parte de los estados y a todos los continentes del mundo con el fin de reafirmar la necesidad de respetar los derechos de la mujer y dar testimonio público a la necesidad de confrontar a todo poder opresor.

La marcha fue considerada impactante no tan solo por la cantidad de personas que participaron y la variedad de lugares en las cuales se llevaron a cabo, sino también porque no hubo incidentes violentos durante toda su trayectoria. Nominada La Marcha de la Mujer, esta marcha fue muy eficaz. Un ejemplo de lo que puede lograr la unión y la organización de los pueblos, cuando existe una visón alternativa del reino; cuando luchamos por construir una sociedad de paz e igualdad en un mundo que tanto lo necesita.

En unos días, si participamos de La Gran Vigilia pascual o si somos testigos de un Bautismo en Domingo de Resurrección, estaremos reafirmando nuestro Pacto Bautismal donde prometemos perseverar en resistir al mal y reafirmamos nuestro compromiso de proclamar con palabra y con el ejemplo las Buenas Nuevas de Dios en Cristo; decir la verdad y decirla con amor y firmeza; trabajar por la justicia y la paz y todo ello, con el auxilio de Dios.

En ese primer Domingo de Ramos, Cristo trajo un nuevo mensaje. Su mensaje impregnado con el profundo amor de Dios para nosotros, es un recordatorio de que el mundo puede ser diferente. El mundo puede escoger el amor en lugar de la violencia. El mundo puede escoger el respeto en lugar de la discriminación. El mundo puede escoger el camino de Jesús y no el camino del los poderes opresores.

El construir la paz es trabajo arduo. Comienza en el corazón de cada uno de nosotros cuando recibimos y reconocemos a Jesús, y a nuestro prójimo, como benditos que son los que llegan en el nombre del Señor.

Sigamos el ejemplo de nuestro gran Maestro de Nazaret. Pidamos a Dios que nos dé valentía, sabiduría y firmeza para que, como hizo Jesús, actuemos para forjar cambios positivos en nuestra sociedad y en nuestras comunidades. No se trata de un trabajo individual o solitario. Este trabajo requiere que dependamos de Dios, a través de la oración, la meditación y el estudio, y que dependemos del dialogo entre todos y el trabajo en comunidad.

El reino de Dios es un reino de paz y justicia. Seamos agentes de esa paz y de esa justicia.

La Muy Reverenda Miguelina Howell es Deana de Christ Church Cathedral, Hartford y Capellana de la Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal. Miguelina es miembro del Consejo Asesor del Canónigo Anthony Guillen, el Misionero Latino. También es miembro del Grupo de Trabajo que implementa la Resolución A-086 de la Convención General sobre desarrollo y sustentabilidad de congregaciones latinas.

Quinto domingo en Cuaresma – Año A

Ezequiel 37: 1-14, Salmo 130, Romanos 8: 6-11, San Juan: 11: 1-45

Las lecturas para este quinto domingo en Cuaresma nos invitan a implorar perdón y a reconciliarnos con Dios para que Él con su gran misericordia nos dé aliento de vida, nos reviva y no nos veamos nunca más como los huesos secos de la visión del profeta Ezequiel.

También el salmo nos invita a que supliquemos de nuevo, velando y aguardando más que “los centinelas a la aurora” el que Dios nos escuche y nos conceda su perdón, perdón que viene lleno de esperanza y de la misericordia de su abundante redención. De esa manera, entonces podremos vivir en el Espíritu de Dios que san Pablo nos dice nos “lleva a la vida y a la paz”.

En la lectura del evangelio según san Juan que acabamos de escuchar, se nos presenta la resurrección de Lázaro. Muchos estudiosos dicen que éste es el momento en el que el ministerio público de Jesús llega a su parte culminante.

El evangelio de san Juan puede dividirse en dos partes: la primera parte comprende los capítulos del uno al doce. En esos capítulos encontramos lo que procede del Padre y el ministerio público de Jesús. Los dos temas centrales en esta parte son la vida y la luz. Estos temas aparecen ochenta y dos veces.

En la segunda parte que abarca los capítulos del trece al veinte, se nos presenta el ministerio privado de Jesús con sus discípulos. En estos capítulos vemos a Jesús en su camino de regreso al Padre. Jesús se aparta de las multitudes y lo vemos muy cerca a sus discípulos, hablándoles y enseñándoles. El tema principal en esta segunda parte se centra en el amor. En el evangelio según san Juan el amor aparece mencionado treinta y una veces.

En el evangelio según san Juan que escuchamos el domingo pasado Jesús sana al ciego de nacimiento. El ciego representa una comunidad que en su cultura y religiosidad estaba alejada de la sinagoga. En el evangelio que acabamos de escuchar podemos decir que Lázaro, cuyo nombre significa Dios es mi ayuda, también puede representar a la comunidad de la época en la que se escribió este evangelio, comunidad que fue relegada por las autoridades religiosas y que vivió marginada en cuanto a su participación en la vida política.

La resurrección de Lázaro podemos entenderla como una afirmación y un impulso para la comunidad a que reclame su derecho a la vida en abundancia, que quiere decir, el derecho a la participación del Reino de Dios. El tema central que entonces podemos afirmar, es la fe. Se trata de tener fe en que la comunidad, a pesar de sus predicamentos, pueda encontrar la vida verdadera y la liberación al vivir en plena comunión con Jesús.

Las comunidades marginadas y oprimidas encontrarán que, al vivir en plena comunión con Jesús, vivirán un discipulado de esperanza de vida. Esa esperanza y esa vida, la sociedad se las ha arrebatado. También encontrarán que es por medio de su sufrimiento y de su lucha por lo que les pertenece y es justo para ellos, que serán reconocidos como iguales ante los demás. Es aquí donde entendemos que los muertos resucitarán a una vida en abundancia.

Es de suma importancia resaltar aquí, el versículo más pequeño de toda la Sagrada Escritura y que encierra una de las más grandes implicaciones del amor que Dios nos ha ofrecido a cada uno de sus hijos e hijas. En Juan 11:35 leemos “Y Jesús lloró”. El dolor de Jesús es real al vernos pasar por las situaciones de muerte que muchos de nosotros vivimos en nuestras comunidades. Jesús no es indiferente a nuestro sufrimiento. Contrario a lo que se escucha en algunas comunidades, un hombre que llora nos demuestra que los hombres también pueden mostrarse sensibles al dolor ajeno.

Dicho de otra manera, y en primera persona, hoy debemos preguntarnos ¿cuáles son las tumbas en las que estamos viviendo de las cuales Jesús nos invita a salir? ¿Cuáles son esas circunstancias en nuestra vida que nos separan de la sociedad en la que vivimos? ¿Cuáles son las vendas que Jesús nos invita a quitarle a aquellos que están muertos en vida? ¿Cómo podemos resucitar en Cristo?

Reflexionemos y pensemos que la resurrección es el resultado de una conversación y de una relación que entablamos con Jesús, que nos lleva a ser transformados. Resurrección es, por ejemplo, vivir la experiencia de la mujer samaritana que era rechazada y que al escuchar la invitación de Jesus quien le ofrece agua viva con la cual se sentirá saciada completamente y nunca volverá a sentir sed, se convierte en testigo del amor de Dios. Resurrección es sentir el lodo que Jesús nos pone en los ojos para que podamos ver. Resurrección es la experiencia de escuchar como Dios nos llama por nuestros nombre para sacarnos de situaciones de pecado y obscuridad y entonces poder compartir la vida en abundancia que siempre nos pone al alcance de nuestros deseos.

En este quinto domingo en Cuaresma pidámosle a nuestro padre amoroso que nos guíe, que nos ilumine y nos enseñe el camino que quiere que sigamos y que al igual que volvió a darle aliento de vida y resucitar a su gran amigo Lázaro, también nos resucite a nosotros y nos despierte a una vida plena en Jesús su hijo amado. Que vivamos en la luz de Cristo, que nos da la vida en abundancia.

Elevemos nuestras voces de la manera como lo escuchamos y lo sentimos en la voz del salmista: “Escucha Señor mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica”.

El Rvdo. Samuel Borbón se desempeña como Sacerdote responsable de la Iglesia Santa María y del Ministerio de Montesinos, una comunidad Latina Episcopal-Luterana en Woodburn, OR., como Director de la Escuela de Ministerios, Diócesis de Oregón, como Entrenador de facilitadores de la Academia Ecuménica de Liderazgo y como Co-coordinador de Nuevo Amanecer 2018.

 

 

 

 

 

 

 

Cuarto Domingo en Cuaresma – Año A

1 Samuel 16:1-13, Salmo 23, Efesios 5:8-14, San Juan 9:1-41

“Despiértate, tú que duermes; levántate de entre los muertos, y Cristo te alumbrará.”

Una niña que nació con problemas de visión, fue creciendo con su discapacidad y sus padres y demás familiares no lo habían notado, a pesar de que la niña tropezaba muy a menudo. A los tres años de edad la abuela habla con su hija pues a ella le pareció que no era normal lo que estaba pasando. Llevan la niña al especialista y el diagnóstico fue que la niña veía muy poco y que había que someterla a una o varias cirugías.

Para no hacerles larga la historia, ya la niña tiene 17 años, se le han practicado 25 cirugías, entre las cuales hubo que sacarle un ojito y ponerle una prótesis. A través de los años, también ha sido sometida a varios tratamientos. No obstante, la joven ha ido a la escuela regularmente, desde luego con equipos especiales, ya que su visión sigue siendo muy limitada. Se ha estado entrenando para vivir su vida cuando quede completamente ciega. Pronto se graduará de la escuela secundaria y quiere cursar estudios universitarios y especializarse en psicología infantil.

Suponemos que como este caso hay muchos en el mundo, pero lo más interesante de todo es que la niña de la historia no puede ver con claridad la luz del sol, pero dentro de su ser existe un sol radiante que la ilumina y le da fuerzas para seguir hacia adelante. Nunca se ha rendido, ni sus padres tampoco. Ha luchado y sigue luchando por alcanzar sus metas. Cada ser humano tiene una batalla que librar. Dios nos muestra el camino y a veces lo seguimos, pero otras veces, somos tercos y nos desviamos. Hay momentos difíciles que tenemos que enfrentar, y si somos débiles no podremos alcanzar el objetivo.

En la primera lectura de hoy leemos que Dios le asignó una encomienda bien difícil a Samuel, y que, a pesar de sus dudas, Samuel la llevó a cabo pues el poder y la gracia de Dios estaban con él.

Cuando estamos seguros de que Dios está con nosotros, nos armamos de la bravura, la fortaleza y la valentía para tomar el reto. Como seres humanos flaqueamos, a veces nos sentimos débiles y caemos en el pecado, pues no tenemos la fortaleza de rechazar la tentación. Alguien dijo en una ocasión: “Durante la Cuaresma es cuando de verdad somos puestos a prueba.” Sea cierto o no, caemos en la tentación. No obstante, si ponemos en práctica las enseñanzas de Jesús, salimos vencedores.

La fortaleza, la valentía, la perseverancia y la confianza en nuestro creador la alcanzamos cuando ponemos la Palabra de Dios en acción. Todos en un momento dado, nos hemos encontrado en la oscuridad. Gracias a Jesucristo nuestra Luz, podemos salir adelante por su gracia y su misericordia y porque el Espíritu de Dios siempre está con nosotros.

El salmo 23, que es el asignado para hoy, nos transmite seguridad y confianza en nuestro Salvador. Porque: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno; porque tú estás conmigo.”

Reflexionando en el evangelio de san Juan nos damos cuenta que Jesús mostró su poder al darle la vista al ciego de nacimiento. Día tras día, nos concede el socorro a nosotros y a toda persona necesitada y desamparada. Por medio de nuestro Señor Jesucristo, Dios nos ofrece su gracia gratuitamente. Aún siendo pecadores, Dios nos llama sus hijos e hijas y nos hace dignos por su infinito amor y gracia eterna. El hombre a quien Jesús le dio la vista, no podía ver a Jesús, pero Jesús si lo veía a él y nos ve también a nosotros.

Jesús nos ve, nos busca y nos llama. Siempre espera nuestra respuesta. Nosotros, aunque nos demos cuenta que está ahí, a veces respondemos, otras veces no. La gloria de Dios se manifiesta y los que no creen en él, creen cuando ven realizarse el milagro. Cada día ocurren milagros en todas partes del mundo, sin embargo, debemos tener fe para experimentarlos y creer en ellos.

Una persona que sufre de ceguera física, vive en la oscuridad, pues no puede ver la luz del sol. Muchas veces, los que podemos ver el sol, puede que estemos viviendo en una oscuridad interior si estamos viviendo una vida de pecado.

Cristo Jesús se levantó de la tumba para darnos vida, para limpiarnos y hacer de cada uno de nosotros una nueva creatura. La ceguera física y otras enfermedades no se heredan, los pecados no se heredan, como creían los fariseos, y tampoco significa que una persona que nace con cierto defecto físico es porque está “llena de pecado,” pues todos somos pecadores y necesitamos la gracia de Dios para vencer las tentaciones que nos conducen a una actitud negativa e irresponsable.

El ciego regresó del estanque de Siloé maravillado porque podía ver. Esto representa los beneficios de prestar atención a las palabras de Jesús. No sabemos exactamente a qué distancia estaba el estanque de Siloé desde donde Jesús tuvo el encuentro con el hombre ciego. Solo sabemos que el estanque se encontraba en Jerusalén y que era el más grande, y muy conocido por el ritual de limpieza. El hombre ciego lo sabía. Él creyó en Jesús, hizo lo que Jesús le mandó y por eso pudo ver.

Las almas que buscan al Señor llegan débiles y se van fortalecidas; llegan dudando y se van satisfechas; llegan de duelo y se van jubilosas; llegan ciegas y se van viendo. A los que Jesús les abre los ojos y les limpia el corazón por su gracia, son las mismas personas que han cambiado su carácter y su actitud. Jesús no se dejó vencer por los que consideraban la ley como prioridad; Jesús vio a alguien que necesitaba ver y le dio la vista. El sanó y le dio la vista en el día de reposo y por eso creían que Jesús no venía de Dios.

Aprovechemos los días que Dios nos da, especialmente ahora que la Cuaresma avanza. Acompañemos al maestro de Galilea en su misión de limpiar, sanar, perdonar.

Seamos capaces de silenciar la ignorancia de los necios, haciendo el bien.

Cambiemos nuestra actitud egoísta, salgamos—seamos luz—y ayudemos a otros hijos e hijas de Dios a salir de la oscuridad a la luz.

Dejemos que Dios haga su obra en nosotros mediante la gracia y el poder de nuestro Señor Jesucristo.

En la carta a los Efesios dice: “Ustedes antes vivían en la oscuridad, pero ahora, por estar unidos al Señor, viven en la luz…pues la luz produce toda una cosecha de bondad, rectitud y verdad…Despiértate, tú que duermes; levántate de entre los muertos, y Cristo te alumbrará.”

¡Salgamos de la oscuridad y junto con Cristo vayamos y vivamos en la luz!

 

 

Inserto para el Boletín: Cuaresma 4 (A)

Becas de la Iglesia Episcopal

¿Sabía usted que la Iglesia Episcopal ofrece becas educativas a los estudiantes? ¡Es verdad! Se están aceptando ya solicitudes de becas para el año académico 2017-2018 para estudiantes que van desde el K-12 hasta la educación continua.

Cada año, muchas becas se distribuyen a los estudiantes de toda la Iglesia, incluyendo a las comunidades étnicas, hijos de misioneros, de obispos y del clero, y a otros grupos, cubriendo una amplia gama de elegibilidad. El año pasado, se otorgaron ochenta y nueve becas educativas, por un total de 302,684.95 dólares, a estudiantes de 51 diócesis de la Iglesia Episcopal, así como a trece provincias de la Comunión Anglicana.

Episcopal becas

Las becas se derivan de los ingresos anuales de los fondos fiduciarios designados establecidos por legados de donantes generosos a la Iglesia Episcopal, algunos se remontan a finales del siglo XIX. Muchas becas ayudan a los estudiantes matriculados en la educación teológica y en la formación.

Todos los solicitantes deben ser miembros de la Iglesia Episcopal, y también deben recibir el aval de su obispo. Las becas se ofrecen a través de una variedad de fondos fiduciarios, y la cantidad de cada beca varía según la disponibilidad de su pago anual. El monto principal de cada fondo siempre se mantiene y el pago anual del fondo es determinado por el Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal, por recomendación de su Comité de Inversiones.

Se recomienda encarecidamente a los solicitantes que visiten la página web de becas y descubran la información sobre cada fondo fiduciario y su beca; los solicitantes pueden identificar los fondos que mejor se adapten a su perfil. Las becas serán otorgadas en cantidades de hasta 10,000 dólares. Las solicitudes enviadas son revisadas por un comité de becas compuesto por representantes del Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal, la iglesia en general, la oficina del tesorero y varios otros ministerios de la Iglesia Episcopal.

Se requiere que las solicitudes se hagan en línea y la fecha límite para enviarlas es el 31 de marzo. Sólo se considerarán las solicitudes completas. Todos los materiales, incluyendo la lista completa de becas disponibles, se pueden encontrar en  www.episcopalchurch.org/scholarships. Para obtener información adicional, comuníquese con Ann Hercules, Asociada para Subvenciones y Becas, en ahercules@episcopalchurch.org.

 

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Tercer Domingo en Cuaresma – Año A

Éxodo 17:1–7, Salmo 95, Romanos 5:1–11, San Juan 4:5–42

La oración colecta para este tercer domingo en Cuaresma, contiene una frase que nos invita a la reflexión: “Dios todopoderoso, tú sabes que en nosotros no hay poder para ayudarnos”.

Si relacionamos la frase en la oración con los hechos narrados en la primera lectura tomada del libro del Éxodo, entenderemos que hay momentos en nuestras vidas, en los que no tenemos el poder para cambiar la realidad, y solamente nuestra fe y la confianza en Dios pueden asistirnos.

Los israelitas en su paso por el desierto llegaron a un lugar en el que no había agua. Frente a semejante situación, culpan a Moisés, su líder, y de paso también culpan a Dios porque dicen que les ha sacado de Egipto para morir de sed en el desierto. El episodio termina cuando Moisés orientado por Dios, golpea con su bastón una roca en el monte Horeb, de la cual saldrá el agua para que beba la gente. Aquel lugar fue llamado Meribá, por las quejas de los israelitas y también se le llamó Masá, porque el pueblo había puesto a prueba a Dios.

Los que estamos hoy en la iglesia también somos como los israelitas. Seguro que tenemos muchas quejas y culpamos a una o varias personas, e incluso reclamamos a Dios de lo mal que están las cosas.

Cuando enfrentamos una crisis, se nos olvida que mucho antes enfrentamos mayores calamidades, y a pesar de ello, mantuvimos la esperanza de superar los obstáculos. Los israelitas frente al problema de no tener agua, olvidaron que antes no tenían libertad y que morían como esclavos en Egipto. El problema de la falta de agua, era digno de tomarse en cuenta, pero no justificaba la reacción agresiva contra Moisés.

¿Qué es lo que puede ayudarnos en una situación difícil? Lo primero es tener una imagen acertada de la realidad. A veces pintamos la realidad de tal manera, que nos parece que todo ha terminado y otras veces no somos capaces de ver la realidad.

Una sola persona es incapaz de resolver un problema de gran magnitud; se requiere el apoyo y esfuerzo de toda una comunidad para responder a la crisis.

En el momento presente, nos toca vivir una crisis migratoria que afecta a miles de personas en los Estados Unidos y en nuestros países de origen. Algunos se preguntan por qué Dios permite tanto sufrimiento a las familias que han sido separadas o por qué personas sin antecedentes delictivos han sido deportadas.

En muchos pasajes de la Sagrada Escritura encontramos que Dios desea que sus hijos e hijas vivan en libertad y en dignas condiciones de vida. Sin embargo, sabemos también que hay seres humanos con una sed insaciable de poder. Son aquellos que ven la realidad desde cómodos estilos de vida y son ciegos a los dolores y calamidades de miles de seres humanos. Los cristianos y cristianas estamos llamados a reflexionar sobre la realidad de la injusticia que predomina en nuestra sociedad. Los que podemos alzar nuestra voz, no podemos callar frente a la situación actual.

El evangelio de este domingo nos muestra una larga conversación entre Jesús y una mujer samaritana. Después de terminar su conversación con Jesús, la mujer corrió al pueblo y dijo a todos: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?”

La mujer se había encontrado con alguien que sabía interpretar muy bien la realidad. El Señor conocía de la rivalidad entre judíos y samaritanos; sin embargo, se acercó a la mujer y le pidió agua. Jesús reconoció el sufrimiento en la vida de la mujer, al haber sido tratada por varios maridos como una mercancía, y le ofreció el agua de la vida. En otras palabras, le ofreció una nueva manera de entender a Dios y de relacionarse con Él. Le habló de un Dios que no tiene un lugar fijo de adoración, pero que se le encuentra en todo lugar cuando le adoramos en espíritu y verdad.

El encuentro con Jesús nos cambia de muchas maneras. Primero nos pone en contacto con nuestra propia realidad. A veces nos centramos en ver únicamente nuestras limitaciones. La mujer samaritana pensaba que estaba condenada a vivir según las costumbres y tradiciones religiosas que la obligaban a llevar una vida sin sentido propio. En su conversación con Jesús descubrió que era una persona digna y aún más, que era amada por Dios. En tal contexto, la mujer tiene la confianza de preguntarle al Señor sobre la forma de vivir su fe en el Dios de Israel, porque unos dicen una cosa y otros opinan de otra forma. “La mujer le dijo: —Señor, ya veo que eres un profeta. Nuestros antepasados, los samaritanos, adoraron a Dios aquí, en este monte; pero ustedes los judíos dicen que Jerusalén es el lugar donde debemos adorarlo”.

Jesús mismo, refleja la bondad del Padre y sus palabras transforman el corazón de la samaritana. Le muestra que Dios no ama a unos más que a otros, Él habita en todo lugar y se manifiesta como Espíritu de verdad. La mujer samaritana se benefició del mensaje liberador del Señor. Ella lo acogió y corrió hasta el pueblo para compartirlo con sus vecinos y vecinas.

Todos acudieron para escuchar al Señor y al igual que la mujer, creyeron en Jesús como el Mesías. Y dijeron a la mujer: “Ahora creemos, no solamente por lo que tú nos dijiste, sino también porque nosotros mismos le hemos oído y sabemos que de veras es el Salvador del mundo.”

Nuestro encuentro con Jesús según este relato, tiene que ser muy personal. Tal encuentro nos permite conocer la misión sanadora del Señor y por lo tanto abrir nuestro corazón a Él para consolarnos y fortalecernos.

Cada vez que leamos o escuchemos el evangelio, reflexionemos si las palabras del Señor tienen eco en nuestras vidas. Al igual que la mujer samaritana, podemos acercarnos en oración al pozo del agua de la vida para hablar con el Señor sobre el rumbo de nuestra existencia.

La mujer samaritana volvió renovada a su pueblo. Ella reconoció que podía vivir libre de odios y temores. No titubeó en anunciar a Jesús como Mesías, lo hizo al terminar su conversación con él. Buena lección para nosotros que tal vez llevamos muchos años como miembros de una iglesia y no nos atrevemos a llevar las buenas nuevas del Señor a otras personas, porque tememos que los demás se burlen de nosotros.

Hermanos y hermanas, que en esta Cuaresma, nuestras familias descubran el amor incondicional del Salvador del Mundo en medio de las pruebas que se nos presentan. Recordemos que nosotros no podemos cambiar por si solos nuestra realidad, necesitamos a Cristo para orientar nuestro camino y a la comunidad que nos acompañe.

Alvaro Araica nació en Nicaragua . Es sacerdote episcopal y sirve como vicario en la Iglesia Episcopal Cristo Rey y como Asociado para el Ministerio Hispano en la Diócesis de Chicago.

19 de marzo del 2017

Cuaresma 3 (A): La fiesta de la Anunciación

El próximo sábado 25 de marzo se celebra la fiesta de la Anunciación. Esta fiesta, fechada nueve meses antes de la celebración del Día de Navidad, conmemora la visita del ángel Gabriel a la Virgen María. Durante la visita, contada en el primer capítulo del Evangelio de Lucas, el ángel saluda a María y anuncia que será la madre de Jesús. María asiente con fe a la invitación de Dios.

Episcopal Anunciacion

Fra Angélico, “Anunciación” del museo diocesano de Cortana, 1433. Adán y Eva fueron expulsados del Edén, simbolizando la Caída y la Redención de la humanidad en una imagen.

“En el sexto mes envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen prometida a un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Entró el ángel a donde estaba ella y dijo: ´Alégrate llena de gracia. El Señor está contigo. Al oírlo, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué clase de saludo era aquél. El ángel le dijo: ´No temas, María, que gozas del favor del Dios. Mira, concebirás y darás a luz un hijo, a quien llamarás Jesús. Será grande, llevará el título de Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, para que reine  sobre la casa de Jacob por siempre y su reino no tenga fin´. María respondió al ángel: ´ ¿Cómo sucederá eso si no convivo con un hombre?´ El ángel le respondió: ´El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el consagrado que nazca llevará el título de Hijo de Dios. Mira, también tu pariente Isabel ha concebido en su vejez, y la que se consideraba estéril está ya de seis meses. Pues nada es imposible para Dios´. Respondió María: ´Yo soy la esclava del Señor: que se cumpla en mí tu palabra´. El ángel la dejó y se fue” (Lucas 1: 26-38, La Biblia del Peregrino).

Colecta para la Anunciación
Derrama tu gracia en nuestros corazones, oh Señor, para que los que hemos conocido la encarnación de tu Hijo Jesucristo, anunciada por un ángel a la Virgen María, seamos llevados por la cruz y pasión de Cristo a la gloria de su resurrección. Que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y por siempre. Amén. (Libro de Oración Común, página 156).

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Primer domingo en Cuaresma – Año A

Génesis 2:15-17, 3:1-7, Salmo 32, Romanos 5:12-19, Mateo 4:1-11

Una maestra de religión, le asigna a su clase una presentación sobre la vida de los santos. Para hacer su tarea, una joven se dirige a la iglesia donde se congrega con su familia. Al llegar al templo se fija en la hermosura de los vitrales que adornan las paredes. Observa cómo la luz penetra a través de ellos. Su observación la lleva a reflexionar y a compartir lo siguiente con su profesora: las santas y los santos son como cada uno de los vidrios que encontramos en muchas iglesias en el sentido de que dejan pasar la luz sin ser dañados o alterados.

Podemos decir que hay algo de similar al describir la tentación. Sabemos que la tentación existe, siempre puede tentarnos tanto a hombres como a mujeres, y también sabemos que no todos entre nosotros y nosotras permitimos que la tentación dañe nuestras vidas, ni nuestra experiencia de fe.

En el libro de Génesis citado en las lecturas de este domingo, oímos que la tentación persiste hasta lograr opacar la imagen de Dios en nosotros, arrebatándonos el privilegio de discernir entre el bien y el mal. Y muchas veces lo experimentamos cuando reclamamos autonomía moral, al tomar decisiones sobre nuestras vidas, dejando a Dios fuera de ellas.

Más aún, la segunda parte de la lectura del libro de Génesis que hemos escuchado, recrea la escena anterior, pero la enriquece con la presencia de la “serpiente” que, en el contexto citado, sirve de “máscara o antifaz” a un ser totalmente hostil a Dios y al ser humano. Más adelante, los autores de los libros del Nuevo Testamento llamarán diablo o “adversario”, la representación e identidad del mal en su máxima expresión.

La lectura de la carta de san Pablo a los Romanos que acabamos de escuchar nos recuerda que, en Cristo, el poder del pecado y la muerte son detenidos y su sacrificio en la cruz nos asegura el triunfo del amor como estilo de vida. San Pablo establece para nosotros, la diferencia entre el hombre o la persona vieja o exterior, y la persona nueva o interior en Cristo. Nuestros pecados personales son, en gran medida, la ratificación o confirmación de la debilidad de nuestra naturaleza humana la cual puede ser egoísta y atender a sus intereses personales.

Entonces estemos seguros que la muerte ya no tiene el control; estamos hablando de la muerte eterna, puesto que en Cristo somos llamados a la eternidad. San Pablo nos recuerda las palabras del profeta Isaías: “Después de tanta aflicción verá la luz y quedará satisfecho al saberlo; el justo siervo del Señor liberará a muchos, pues cargará con la maldad de ellos”. Cristo es generoso al extremo mientras que el pecado personificado en Adán es egoísta y sólo atiende a sus intereses personales.

Hermanos y hermanas, nuestro compromiso como cristianos es entonces, buscar, ampliar las posibilidades de la Gracia para que a su vez pueda transformar cada vida y convertirla en digno receptáculo del Amor de Dios. Nuestro compromiso es mantener nuestro corazón lleno de Dios, puesto que un corazón lleno de Dios, es un corazón dispuesto al amor y no al egoísmo y el pecado—mucho menos a la violencia. En las palabras de san Agustín de Hipona “La medida del amor es amar sin medida”.

En el Evangelio de Mateo, siguiendo la dirección de las lecturas anteriores, su autor asume que la tentación es consecuencia del pecado y como tal, afecta la Imagen de Dios en la humanidad.

No obstante, sabemos que Jesús, solidario con nosotros, pasa por estas pruebas mostrándonos fuerza para que nosotros, al ser tentados, reconozcamos la fuerza que podemos tener por medio de nuestra fe. Jesús encarna al pueblo en el desierto que durante décadas sufrió en su peregrinar antes de llegar a la tierra prometida.

Mateo presenta al Señor como el “Nuevo Moisés” que conduce el nuevo Éxodo, es decir, como el Mesías, tal como lo sospecha el diablo al decir “si eres el Hijo de Dios”. Jesús abre el nuevo camino de la salvación enseñándonos la obediencia a la Voluntad de Dios y para ello nos invita a confiar y comprometernos en esta empresa definitiva para el bautizado.

Cuando Nuestro Señor nos dice: “Y aunque los hizo sufrir y pasar hambre, después los alimentó con maná, comida que ni ustedes ni sus antepasados habían conocido, para hacerles saber que no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de los labios del Señor”, nos está invitando a vivir y a ser alimentados de la Palabra como fundamento de nuestra fe.

A pesar de estar libre de pecado el Señor pudo conocer las seducciones exteriores que atraviesan sus amigos, discípulos y todo creyente.

El Espíritu Santo que guió la vida y obra de los profetas y guió a Jesús Redentor en el cumplimiento de su Misión, más tarde hizo lo propio con la santa iglesia como lo indica el libro de los Hechos de los apóstoles capítulo 1 versículo 8: “recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí”.

Nosotros también podemos contar con la guía del Espíritu Divino que nos dará la fortaleza de resistir para que el mal no entre en nuestros corazones y que, como dice la alumna que la luz que pasa a través de los vitrales, esas tentaciones que se presentan, no dañen nuestras vidas, ni nuestra experiencia de fe, porque nuestro corazón estará lleno de Dios y diremos como nos pide San Pablo que creamos: “A todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece”.

 El Rvdo. Diego Fernando Sabogal se desempeña como Vicario Asociado de la Catedral de la Epifanía en la Diócesis de la República Dominicana y como Deán Administrativo y Académico en el Centro de Estudios Teológicos, Seminario Provincial.