1 Navidad – 30 de diciembre de 2018


[RCL] Isaías 61:10–62:3; Salmo 147 o 147:13–21; Gálatas 3:23–25; 4:4–7; San Juan 1:1–18

Hoy, primer domingo después de Navidad continuamos la celebración del nacimiento de Nuesrtro Señor Jesucristo con gozo y alegría. Mantenemos latente en nuestro corazón todo lo que implica esta fiesta de Navidad. Por encima de todo y al centro de esta celebración vivimos una y otra vez el mensaje maravilloso que Dios nos transmite hoy: Jesús es nuestra luz, porque es amor y verdad y se ha manifestado tomando nuestra condición humana, es decir, Dios nos ha mostrado su rostro humano en Jesús. Nuestra alegría también la completan nuestras tradiciones como la de ofrecernos regalos, compartir la cena en familia y con las personas más cercanas y queridas.

En las lecturas de este día se ven reflejadas la felicidad ante la presencia salvadora de Dios. En Isaías el desborde de júbilo por la salvación de Dios es una gran victoria y no es para menos: percibimos la hermosura de la protección y cuidado que da nuestro Señor. El salmista también canta alabanzas sobre ese poder infinito de Dios y lo describe como proezas de gloria. El salmo está atado a la lectura de la Carta a los Gálatas cuando Pablo dice que somos hijos de Dios, herederos de su Reino y con la misma honra de su Hijo Único. Esta dignidad que describe Pablo nos hace sentirnos libres y amados porque ya no somos esclavos; en el amor no hay esclavitud, sino libertad.

El evangelio de San Juan es un himno que va a lo profundo de la revelación del misterio de Jesús, porque describe cómo el amor infinito de Dios por nosotros y nosotras se encarna en Cristo para de esa manera extender su amor divino a toda la humanidad. La descripción de Jesús en este pasaje es la transformación de la historia de Dios en el mundo a través de su unigénito hijo Jesucristo. No olvidemos que durante muchos siglos se especuló cómo sería Dios, cuál sería su rostro, qué pensaba de nosotros y de nosotras y si éramos dignos de su atención y amor.

Estas creencias están distribuidas a lo largo de todo el mundo en las diferentes religiones, porque el ser humano en su imaginación quiere respuestas a la gran incertidumbre de cómo es Dios y qué quiere. Ahora bien, como cristianos podemos estar convencidos y convencidas de que conocemos al Dios humanado, que se ha acercado a nuestras vidas siendo como nosotros y nosotras, profundamente humano, en todo, menos en el pecado. Con certeza sabemos que Jesús también sintió las emociones que nos embargan a diario: miedo, rabia, alegría y tristeza. Jesús también conoce a fondo nuestro corazón, nuestro ser y toda nuestra existencia.

Comúnmente en nuestra vida espiritual, personal y comunitaria nos preguntamos cómo hablar con Dios, cómo sentirlo cerca cuando pasamos por dificultades y adversidades. A veces nos sentimos impotentes por no saber expresarle a Dios lo que sentimos. Por esto, es muy importante que recordemos el texto del evangelio de hoy: “Se hizo hombre y vivió entre nosotros”. De tal modo, que las distancias entre Dios y nosotros han desaparecido, no es algo abstracto, sino que es alguien, es una persona.

A lo largo del evangelio hallamos cientos de historias, vivencias y experiencias que nos hacen comprender cómo Dios nos mira cuando sufrimos, cómo Dios se preocupa cuando nos perdemos en búsquedas arriesgadas, cómo nos perdona con su misericordia infinita cuando nos equivocamos y lo negamos, incluso cuando pensamos que no somos dignos de su amor. Dios entiende todo lo que somos, lo sublime y lo complicado de nuestras vidas, y todo esto porque también Él fue humano. Dios no se comunica a través de teorías o conceptos abstractos sino que se manifiesta a través de las experiencias de su Jesús: humilde, sencillo, frágil y allegado a todo ser humano.  A Jesús lo encontramos en el diario vivir desde lo que somos, desde nuestra bondad y sencillez de corazón, en el trato con nuestro prójimo – esas personas a quienes encontramos en nuestro diario vivir en la calle, en la escuela, en el trabajo y en nuestras comunidades de fe.

Juan describe a la luz del mundo de esta manera: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla”. Esta referencia se repirte en la Colecta de hoy refiriéndose a nuestra propia luz: Concede que esta luz, que arde en nuestro corazón, resplandezca en nuestra vida”. Esta oración nos invita a recordar que, a pesar de los tiempos oscuros, tenebrosos e injustos que nos rodean, somos la luz de Jesús.

La luz de Cristo inspira a que brote de nuestros corazones la esperanza, la fe y el amor por la creación de Dios. La luz de la humanidad en Cristo Jesús es el camino de la salvación trazado por Jesús. El amor y la verdad que su Palabra y Pan nos transmiten, nos impulsan más allá de nuestras propias capacidades, para dar testimonio de que somos luz.

¿Qué hemos de hacer? Seguir a Jesús es reconocer que somos una creación maravillosa de Dios. Mantener una comunicación constante con Dios para renovar nuestros espíritus, sentirnos revividos, y tener esperanza. Apartar tiempo de silencio y reflexión, aunque solo sea por unos minutos, en los que podamos abrir mente y corazón a escuchar la voz de Dios y ver la luz de Jesús en lo más sagrado de nuestras almas. En estas acciones reflajamos nuestra bondad, misericordia, compasión, solidaridad y compromiso de vivir el evangelio de Jesús.

En el nuevo año que se aproxima encomendémonos a Dios, dueño del ayer, del hoy y del mañana, todo lo que somos, nuestros proyectos y deseos, nuestras inquietudes y angustias, nuestras alegrías y tristezas, nuestras familias y amigos, cercanos y lejanos. ¡Qué todo lo que hagamos sea para ser y hacer felices a los demás, para transmitir el inmenso recogijo que nos hace sentir amados y amadas, tanto así, que nadie dude que somos destellos de luz que un hermoso Niño nos ha legado!

El Rvdo. Israel Alexander Portilla Gómez es diácono en la Misión San Juan Evangelista, Diócesis de Colombia, donde ha ejercido el ministerio desde diciembre de 2016.

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Navidad (III) – 25 de diciembre de 2018


[RCL] Isaías 61:10-62:3; Salmo 147 ó 147:13-21; Gálatas 3:23-25; 4:4-7; John 1:1-18

“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios”.

Con estas palabras el evangelista Juan nos introduce el cuarto evangelio y establece con claridad meridiana que todo lo que existe y tiene su ser se origina en y por la Palabra. Esa Palabra decidió establecer su morada entre nosotros y bendecirnos con su presencia de una forma más concreta.

Pero ésta no es una presencia totalmente ajena en la experiencia del pueblo hebreo. Durante muchos siglos Dios se había hecho manifiesto en el llamado a Abrahán, en la liberación de Egipto bajo el liderazgo de Moisés y en el envío constante de profetas para que guiaran a los israelitas en su proceso de maduración en la fe y comprensión del propósito salvífico de Dios.

El verdadero desafío de este pasaje del evangelio de Juan, tanto para nosotros como para los contemporáneos del evangelista, es cómo esa Palabra toma forma en la persona de Jesús. Y esto, queridos hermanos y hermanas, nos presenta un problema muy serio, un problema que no podemos resolver si nos quedamos aferrados a una visión limitada y cómoda de lo que es la presencia de Dios entre nosotros.

Por fe sabemos que Dios es Palabra efectiva que se cumple en su promesa y se manifiesta en la creación y en sus acciones. Ya desde los tiempos de Moisés entendemos que ese Dios se define como el que Es: un Dios de acción, celoso por su pueblo y apasionado por la justicia.

Sin embargo, cuando ese Dios se nos hace muy concreto, puede llevarnos al desconcierto y a la búsqueda incansable del aspecto de él que más se acomode a nuestros intereses. ¿Acaso fue eso lo que pasó cuando Jesús apareció reclamando ser el Hijo de Dios? ¿Acaso es lo que nos ocurre a nosotros mismos cuando una persona necesitada pasa a nuestro lado y nos reclama ser Jesús?

En el evangelio de Juan el mismo Jesús se autodefine como: “Camino, verdad y vida”, un lenguaje que nos deja espacio para la elaboración teológica y creativa. Desde nuestra experiencia cristiana se nos hace relativamente fácil aceptar a Jesús como esa “Palabra hecha carne que habitó entre nosotros”. Pero Jesús no nos deja tanto libre albedrío cuando nos desafía a descubrirle en el hambriento, el sediento, el enfermo, el desnudo y el encarcelado. Ahí nos exige la acción que libera y no solamente el discurso que busca liberar. Esa distinción la descubrimos bastante matizada a todo lo largo del ministerio de Jesús; ministerio del que se hace partícipe la Iglesia y, por asociación, nosotros también.

“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Habitar es tener morada con carácter permanente o establecerse en un lugar cualquiera. Eso, dicho a partir de la experiencia humana, constituye una afirmación ordinaria. Pero visto del punto de vista divino nos lleva al campo de lo extraordinario. Lo que pasa con la encarnación de Jesús es extraordinario y por eso el evangelista Juan lo hace tema introductorio de su libro. En ese sentido la misión de la Iglesia es mantener un diálogo permanentemente y abierto entre lo ordinario y lo extraordinario. Ese diálogo debe ayudarnos a seguir descubriendo la presencia del Dios encarnado en las personas ordinarias con quienes compartimos este mundo, especialmente con aquellas que están más necesitadas.

Hace un momento decíamos que el desafío real consiste en descubrir cómo la Palabra encarnada se manifiesta en nosotros. Con un poco de esfuerzo podemos descubrir muchas formas en las que esto ocurre. Pensemos, por ejemplo, en los soldados que han sido enviados a combatir en Irak y Afganistán. Reflexionemos en la angustia que puedan tener sus familias, y en su impotencia y el temor de no volverlos a ver con vida. Pensemos también en las miles de familias que han sido divididas por los operativos y así han puesto cientos de millas de distancias entre padres e hijos. También pensemos en los hermanos y hermanas que perdieron sus casas y sus trabajos en estos dos últimos años. De igual modo, traigamos a nuestra mente a miles de jornaleros y jornaleras que diariamente, y aun durante este tiempo de Navidad, se debaten entre lo posible y lo imposible; lo real y la esperanza que da la fe, antes de salir a las calles a buscar el sustento de su familia. Y por qué no pensar en los casi doce millones de personas que esperan desesperadamente un acto del Congreso de Estados Unidos que regularice su estatus a través de una muy esperada, orada y protestada reforma inmigratoria.

En cada uno de los ejemplos que acabamos de mencionar no hay mucho de extraordinario. Lo extraordinario es que nosotros podamos experimentar la ruptura y ansiedad de los sujetos envueltos del mismo modo que Jesús la experimenta. Nosotros los cristianos podemos descubrir en cada ser humano la presencia incuestionable de Jesús, el Verbo encarnado cuyo nacimiento estamos celebrando. Él nos invita a servirle en cada ser humano. Y eso sin importar la condición social, la raza, el género, las preferencias o el estatus de aquellos y aquellas en quienes él se hace presente.

Que Dios Padre nos siga bendiciendo con su palabra y nos conceda la gracia de poder identificarle en todo y en todos, y hacer manifiesto su amor con hechos que dan un testimonio fehaciente.

Este sermón escrito por el Reverendo Canónigo Simón Bautista originalmente se publicó para el Día de Navidad 2009.

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Adviento 4 (C) – 23 de diciembre de 2018


[RCL] Miqueas 5:2-5ª; Cántico 3; Hebreos 10:35 – 11:1; Lucas 1:39-45, (46-55)

Arriba en la montaña hay tres mujeres que proclaman. Del viaje solidario a la buena noticia de salvación

El evangelista Lucas nos propone una historia llena de movimientos y dinamismo en este cuarto domingo de Adviento. Así que les invito a pensar que este es un domingo de acción en el contexto de este tiempo litúrgico y no un domingo de espera pasiva.

Nos cuenta Lucas que poco tiempo después de que el ángel Gabriel se presentó a María para declararle el plan de Dios para con ella, María emprende un viaje hacia la montaña para visitar a su pariente Isabel. En una lectura cuidadosa del relato de Lucas sobre el embarazo de Isabel podemos encontrar razones suficientes para pensar que las primas no se habían visto durante los últimos cinco meses previos a la visita de María. Lo que ocurre en el encuentro de María e Isabel desencadena un gran discurso de buena noticia para el mundo. También crea las bases para el argumento sobre la intención de Dios de invertir el orden de las cosas, empezando por el reconocimiento de la importancia de la voz y la presencia profética de la mujer y su rol de liderazgo en la propuesta de salvación que por medio y a través de ella, Dios pone al alcance del ser humano con el testimonio de Juan el Bautista y el ministerio de Jesús de Nazaret.

La visita de María a Isabel es particularmente especial y María lo reconoce. Tal vez por esa razón la prisa de María. El evangelista escribe para que sus lectores observen el detalle de esa urgencia de María para ver a Isabel: “salió de prisa.” Es natural que el que lleva o va en busca de noticia importante tenga algo de urgencia. En María se cumplen estas dos condiciones: lleva noticia y va en busca de noticia. Esta es una dinámica interesante. El misterio que rodea el embarazo de Isabel se convierte en una razón suficientemente poderosa para despertar y alimentar la curiosidad de María. María, por su parte, tiene una excitante historia que contar: el encuentro con el ángel Gabriel y el acontecimiento de su propio embarazo. Estas no son dos historias separadas, sino que están tejidas por la misma y única acción de Dios. También muchas de nuestras historias están unidas, aunque nos parezca que tienen muy poco en común.

El relato de Lucas nos hace pensar que algo extraordinario ocurre en el momento que María llega a la casa de Isabel. Lo que cualquiera podría predecir como una serie de besos y abrazos acostumbrados entre dos primas que se quieren y tienen tiempo sin verse, se convierte en una profunda manifestación del Espíritu en y a través de las palabras de María e Isabel. Las palabras que salen de los labios de ellas traen al presente el relato de Lucas, las voces y aspiraciones de los profetas del pueblo de Israel y resumen en un solo acto la esperanza del pueblo de Dios, especialmente la esperanza de los pobres y la fe de los que esperan la venida del Salvador.

Cuando Isabel dice “¿cómo he merecido yo que venga a mí, la madre de mi Señor?” Ella está profetizando bajo la guía del Espíritu Santo. Isabel habla de lo que todavía no ha escuchado y tampoco ha visto. Cuando en su respuesta a Isabel, María pronuncia las palabras que hoy conocemos como el Magníficat, también María habla bajo el poder e inspiración del Espíritu y no solo eso, en el Magníficat, María comienza parafraseando la oración de la profetiza Ana, madre del profeta Samuel: “mi alma se alegra en Yahvé, en Dios me siento llena de fuerza, ahora puedo responder a mis enemigos, pues me siento feliz con su auxilio”. Lucas trae no una, no dos, sino tres voces de mujeres al centro de esta historia de la encarnación que presenta al inicio de su evangelio: Ana, Isabel y María. Esas tres voces no solo hablan por la mujer judía de aquel tiempo, sino por las mujeres de todos los tiempos, razas y culturas que creen en la presencia y acción liberadora de Dios en nuestra historia.

Esta perspectiva de Lucas es particularmente vital en la práctica de la iglesia y las comunidades de fe hoy día, ya que nuestra posibilidad de ser efectivas en la proclamación del evangelio va de la mano con nuestra habilidad de incluir todas las voces en lo que hacemos. Y particularmente debemos prestar atención a esas voces que normalmente no consideramos valiosas o importantes, pues también en ellas podemos encontrar mensajes de salvación.

En el evangelio que hemos proclamado en este día, Lucas capta un momento especial. La visita de María a la casa de Isabel que está en lo alto, el salto de la criatura que lleva Isabel en el vientre al escuchar la voz de María y sentir la presencia de Dios que se encarna, las palabras de mujer sorprendida que pronuncia Isabel reconociendo en ellas tanto al Salvador como a la mujer que lo lleva en su vientre y el canto liberador que brota de los labios de María. Nada es fortuito. Todo responde a un plan muy bien articulado por Dios en el que cada actor juega un importante papel magistralmente.

También nosotros y nosotras tenemos parte en ese plan, somos invitados e invitadas por Dios a ejecutar nuestra parte. ¿Estamos listos y listas para unir nuestras voces a las de Ana, Isabel y María? ¿Cuál será nuestro canto? ¿Desde qué lugar lo vamos a cantar y con quiénes?

Cada vez que leemos o escuchamos la palabra de Dios en cualquier lugar que nos encontremos, nos estamos exponiendo a la posibilidad de entrar en contacto con la buena noticia, buena noticia que no es exclusivamente para nosotros, sino que se nos da para compartir con los demás. Esta es la manera en que nos hacemos solidarios los unos con los otros. Tal vez esa es parte de la simbología de la prisa de María y el símbolo de la montaña, lugar donde se encuentra con Isabel. La buena noticia se debe difundir rápido, desde lugares donde los demás la puedan escuchar. En el texto de Lucas que leímos hoy el lugar de difusión de esa buena noticia es la montaña. Aquí en la iglesia nuestro lugar de difusión es el templo, los salones de escuela dominical y el salón parroquial entre otros. ¿Dónde y a quiénes proclamas tú la buena noticia en tu vida cotidiana?

Como bien saben, hoy estamos llegando a la conclusión de este Adviento, mañana celebramos los servicios de víspera de navidad, la Nochebuena. ¿Estamos listos para subir con María e Isabel a la montaña, para unir nuestras voces con las de ellas y cantar un canto nuevo de esperanza para todas y todos, especialmente para los más marginados y olvidados, para los que huyen de sus países por el hambre y los perseguidos por la violencia, para los que buscan asilo en nuestras fronteras y los que están en riesgo de ser deportados, para los que viven los horrores de la violencia doméstica y sufren bajo el peso de la discriminación, para los que no encuentran el valor de proclamar la verdad que sana y libera?

Entonces repitamos una vez más las palabras de María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

El Reverendo Simón Bautista Betánces sirve en la Iglesia Catedral de Cristo, en Houston Texas. Es Canónigo para Misión y Alcance, y Ministerio Latino.

Descargue el sermón de Adviento 4 (C).

Adviento 3 (C) – 16 de diciembre de 2018


[RCL] Sofonías 3:14-20; Cántico 2 (Isaías 12:2-6); Filipenses 4:4-7; Lucas 3:7-18

La primera lectura de hoy, tomada del libro del profeta Sofonías, expresa el sentimiento de este tercer domingo de Adviento: “¡Canta, ciudad de Sión! ¡Da voces de alegría, pueblo de Israel! ¡Alégrate, Jerusalén, alégrate de todo corazón!” Hoy celebramos el domingo de júbilo, el cual es simbolizado por el color rosado de la tercera vela de la corona de Adviento y en muchas iglesias por el predominio de ese color en las vestimentas.

Se considera que, después de los días austeros del comienzo de Adviento, cuando la iglesia ha invitado a los fieles al arrepentimiento y a la reconciliación penitencial como preparación para la llegada de nuestro Salvador, hoy, en el tercer domingo de Adviento, nos damos un descanso para celebrar con gozo el hecho de que ya se acerca la Natividad de aquel cuya llegada fue anunciada y esperada por muchos siglos. Así, pues, cada lectura de hoy continúa esa invitación al gozo y al regocijo. El profeta Isaías, en los versos del segundo cántico del Libro de Oración Común, nos llama a alabar al Señor con regocijo y gratitud por sus obras portentosas. San Pablo en la carta a los Filipenses, nos llama a regocijarnos en el Señor en toda ocasión con confianza y gratitud.

Hasta este momento podemos respirar con alivio, ya que parece que el sentimiento despreocupado y gozoso de las lecturas de hoy por fin se pone de acuerdo con la celebración y el espíritu navideño que inunda al mundo, donde la “Navidad” empieza a verse desde el comienzo del Adviento y a veces mucho antes. Ya se están cantando villancicos en los hogares y en las iglesias donde se realizan las posadas o las novenas, y hay mesas llenas de platos típicos de la temporada, con abundancia de bebidas y celebración. El llamado de San Pablo está en armonía con el espíritu de este mundo ya que el entusiasmo con el que nos lanzamos a toda celebración revela veladamente nuestro deseo de escapar por algún tiempo, de las duras realidades de la vida diaria.

Todo cambia drásticamente al escuchar las palabras de San Juan Bautista, que nos llegan a través de la lectura del Evangelio de San Lucas: “¡Raza de víboras! ¿Quién les ha dicho a ustedes que van a librarse del terrible castigo que se acerca? Pórtense de tal modo que se vea claramente que se han vuelto al Señor; Además, el hacha ya está lista para cortar los árboles de raíz. Todo árbol que no da buen fruto, se corta y se echa al fuego.”

Como todo profeta, Juan el Bautista levanta su voz y llama la atención a aquellas personas que desobedecen a Dios y que se desvían de su camino de salvación. El profeta levanta la voz ante la presencia de la injusticia, la opresión, el abuso de poder y la idolatría. El profeta también levanta la voz ante el silencio y la conformidad, la complicidad en el pecado, en el hacer daño a la creación y al prójimo. El profeta es llamado por Dios a despertarnos de nuestra pasividad ante el mal y a tomar acción reparativa.

Nos cuenta San Lucas que Juan ha estado en el desierto en su misión de preparar al pueblo de Israel para la venida del Mesías. Lo hace con un llamado al arrepentimiento y a la corrección de la vida, y su voz les llega a todas las gentes, quienes responden con temor. Todos le preguntan: “¿Qué debemos hacer?” Tres grupos diferentes le hacen la misma pregunta: el pueblo, los cobradores de impuestos, y los soldados. Juan responde que deben ser generosos, dándole comida a quien no tiene alimentos, y ropa a quienes carecen de ella. A los cobradores de impuestos les dice que sean justos y que no tomen ventaja del pueblo cobrando más impuestos de lo debido. Finalmente, a los soldados les dice que se conformen con su sueldo y no tomen nada a la fuerza ni con amenazas.

Este pasaje del Evangelio termina con las siguientes palabras desconcertantes: “De este modo, y con otros muchos consejos, Juan anunciaba la buena noticia a la gente”. ¿Cómo podemos reconciliar el llamado furioso y a la vez angustioso de Juan Bautista al arrepentimiento y a volvernos a Dios, con la buena noticia y con el llamado al regocijo de Sofonías, Isaías, y San Pablo? La respuesta está en la proclamación inicial y central de las escrituras de hoy: El llamado al júbilo, que es un sentimiento más profundo e intenso que la misma alegría. Mientras que la alegría se experimenta ante la satisfacción por cosas buenas que nos pasan, el júbilo, desde el punto de vista espiritual, es un sentimiento intenso de felicidad. Ese sentimiento nos llena a todo momento y en todo lugar sin depender de que nos ocurran cosas buenas o malas. Este sentimiento lo experimentamos cuando tenemos la certeza de que Dios nos da la salvación y desea lo mejor para toda su creación. Este es el sentimiento que nos invade al estar en constante comunión con Dios. De esto parte la proclamación de San Pablo: “¡Regocíjense siempre en el Señor!”

El júbilo también es el sentimiento que experimentamos cuando sabemos que sin duda Jesús está cerca, y que nosotros estamos listos y listas para recibirlo y compartirlo. De ahí parte el llamado al cambio radical que hace San Juan Bautista. Él nos llama a dejar de buscar solo para nuestro beneficio y que cultivemos la generosidad y compasión por cada persona que tiene menos que nosotros. Juan el Bautista nos llama a dejar de ser indiferentes al sufrimiento humano y que en vez actuemos para aliviarlo, siendo solidarios y respondiendo firme y fielmente a amarnos los unos a los otros como Dios nos ama.

A los gobernantes y a toda persona con poder se les llama a ser justos y justas, a dejar de oprimir y explotar a sus subalternos y a los desprotegidos. El gobernante debe recordar que Jesús, Rey de Reyes y Señor de Señores, le preguntó al mendigo: “¿Qué quieres que haga por ti?” Toda autoridad viene de Dios y Dios llama a la persona en posición de autoridad a servir, no a ser servido.

A los militares se les llama a dejar de ser instrumentos de la ambición de los poderosos y de volver sus armas contra las masas oprimidas para intimidarlas y obligarlas a la obediencia, tal y como San Oscar Romero de El Salvador hizo a los miembros de las fuerzas armadas: “En el nombre de Dios pues, en el nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo, les ruego, les suplico, ¡les ordeno en el nombre de Dios, que cese la represión!”

Las palabras de San Juan, entonces, nos muestran la razón y el camino de este llamado al júbilo en este tercer domingo de Adviento: ¡Regocijémonos, El Señor está cerca! Podemos entonces, unirnos al pregón: “¡Canta, ciudad de Sión! ¡Da voces de alegría, pueblo de Israel! ¡Alégrate, Jerusalén, alégrate de todo corazón!”

El Rvdo. Edgar A. Gutiérrez-Duarte es Vicario de la Misión St. Luke ’s-San Lucas en Chelsea, Massachusetts. Sirve como director del Comité Diocesano para Ministerio Hispano, y es vicepresidente de la Junta de Directores de la Colaborativa de Chelsea (organización que sirve a inmigrantes y trabajadores del área) y miembro de la Junta de Directores de CAPIC (Community Action Programs Inter-City, Inc.) de la región Chelsea-Revere-Winthrop.

Descargue el sermón de Adviento 3 (C).

Adviento 2 (C) – 9 de diciembre de 2018


[RCL] Baruc 5:1-9; Cántico de Zacarías; Filipenses 1:3-11; Lucas 3:1-6

¡Preparen el camino del Señor!

En la aclamación memorial de la Plegaria Eucarística A, decimos: “Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado, Cristo volverá”. La semana pasada nos ubicamos en el advenimiento de Cristo que aclamamos en la frase “Cristo volverá,” es decir, el regreso de Cristo. Nuestra vida como cristianos y cristianas es vivir en el entre medio: luego de la Ascensión y esperando su regreso.

Sin embargo, en esta semana y las que quedan de Adviento nos preparamos para celebrar la primera llegada de Cristo al mundo como un bebé. Es en este contexto de espera del Mesías, el Cristo, que Juan el Bautista proclama en el desierto: “preparen el camino del Señor”. Entonces, ¿Cómo preparamos el camino del Señor? ¿Cómo lo hacemos como comunidad? ¿Cómo lo hacemos individualmente? ¿Qué anhelamos este Adviento? Les sugiero que el camino del Señor del que estamos hablando ahora y anhelando es el camino de la justicia.

La proclamación de Juan el Bautista es una que promete que las estructuras opresoras de nuestras sociedades serán expuestas y derrotadas. Es una proclamación de que no habrá más injusticias, y que las personas marginalizadas podrán disfrutar de la dignidad que promete el Reino de Dios, en vez de los reinos de este mundo. A esto se refiere San Lucas sobre Juan el Bautista cuando cita al profeta Isaías diciendo: “donde los valles se rellenan y las montañas se aplanan”.  Podríamos decir que el Reino de Dios es donde las diferencias opresivas se destruyen y donde creamos un mundo de más equidad. Es donde preparamos nuestros entornos y corazones para el Mesías libertador. No sólo preparamos el camino, sino también nos preparamos para el nuevo camino que trae Cristo, y el camino que es Cristo. Esta es nuestra esperanza, una esperanza en fe, ya que particularmente en el Adviento ponemos todos nuestros anhelos en un bebé.

En el Cántico de Zacarías también tenemos una imagen de la esperanza que ponemos en un reino de justicia que viene de Dios. Zacarías dice que: “Es el Salvador que nos libra de nuestros enemigos” y lo hace porque Dios recuerda “su santa alianza”. Y nuestra respuesta entonces es servirle a Dios “con santidad y justicia…todos nuestros días”. Igual que Juan el Bautista, Zacarías era un hombre fiel que vivía con la esperanza declarada por sus antepasados y supo reconocer el cumplimiento de las promesas de Dios en su propio tiempo.

Juan y Zacarías proclamaron la llegada de un reino de liberación y de justicia, y entendieron que tenían que responder en su diario vivir. Esta respuesta es una que es individual y también comunal. Esta última es la respuesta que hacemos en comunidad, incluyendo en la reunión dominical como la que tenemos hoy.  Jesús nos salva y nosotros y nosotras respondemos con adoración, santidad, y justicia. Respondemos también, como Pablo nos indica en la carta a la comunidad de Filipos, con la “participación en el evangelio (en anunciar las buenas nuevas)”.  Y esto lo hacemos también, como dice Pablo, porque Jesús comenzó en cada persona “la buena obra”.

La época de Adviento es bien curiosa porque no sólo vivimos entre medio, sino que recordamos el pasado, lo conmemoramos y anhelamos un futuro prometido. Es decir, respondemos a lo que Dios ya ha logrado, continuamos respondiendo a la obra actual de Dios y continuamos preparándonos por el cumplimiento pleno de todas las promesas de Dios para con toda la humanidad.  Pablo en su epístola habla de estos tres tiempos, siendo nuestras acciones de hoy “puras e irreprensibles” que nos preparan para el “día de Cristo”. Con el fruto de nuestras acciones de hoy siendo la justicia.

En este Adviento del año 2018 tenemos que preparar el camino del Señor de una manera nueva – no sólo preparándole un lugar al niño Jesús y abriendo nuestros corazones nuevamente, sino también preparándonos para la labor de crear justicia. Somos todos y todas agentes de esta justicia, siendo esta, la semilla sembrada de Dios en cada persona. Nuevamente, preparamos el camino para Jesús, pero ese camino es el de las “buenas nuevas de Dios en Cristo,” y estas buenas nuevas son el mensaje liberador de Dios que obra en cada persona.

Al preparar el camino de Jesús, que es camino de justicia, hemos de actuar con miras a la justicia, tomando acciones sociales en las que compartimos los destellos del reino de liberación de Jesús, ese reino realizado en su persona; y ese reino revelado en el Mesías; y el reino que continuamos construyendo como obra que somos de Dios. Una de las obras que hace Dios en nosotros y nosotras es darnos la habilidad de ser agentes en el cumplimiento de nuestra propia liberación. Quizás en esta época de Adviento nuestra responsabilidad mayor ha de ser ayudar a preparar un mundo mejor para la humanidad, empezando en nuestro entorno local y en nuestra congregación.

¿Cómo preparamos el camino del Señor como personas individuales?  Proclamando el reino de justicia y liberación de Cristo – usando “la buena obra” que Dios ha empezado en toda persona.

¿Cómo preparamos el camino del Señor como comunidad? Proclamando las buenas nuevas de Dios en Cristo y abogando por la dignidad y justicia para toda la humanidad, reconociendo que somos agentes de Dios.

¿Qué anhelamos en este Adviento? Anhelamos un mundo de justicia, creado por Dios, a través de la agencia de cada persona y comunidad, y ponemos toda nuestra esperanza en el Cristo que ha de nacer y en el Cristo que ha de volver.

Según se puede decir al concluir la Oración Vespertina diaria: “Gloria a Dios, cuyo poder, actuando en nosotros, puede realizar todas las cosas infinitamente mejor de lo que podemos pedir o pensar: Gloria a él en la Iglesia de generación en generación, y en Cristo Jesús por los siglos de los siglos. Amén”. 

La Rvda. Dra. Carla E. Roland Guzmán es Rectora de la Iglesia Episcopal de San Mateo y de San Timoteo en la Ciudad de Nueva York (smstchurch.org) y también coordina Fe, Familia, Igualdad: La Mesa Redonda Latinx (fefamiliaigualdad.org).

Descargue el sermón de Adviento 2 (C).

Adviento 1 (C) – 2 de diciembre de 2018


[RCL] Jeremías 33:14–16; Salmo 25:1–9; 1 Tesalonicenses 3:9–13; San Lucas 21:25–36

¡Feliz año nuevo! Hoy comenzamos una nueva etapa, una nueva estación en la Iglesia. Es Adviento. Estamos comenzando el primer tiempo en el año litúrgico cristiano. Esta estación consiste en un tiempo de preparación espiritual para la celebración del nacimiento de nuestro Salvador Cristo Jesús. El Adviento viene antes de la Navidad y estamos a la expectativa de que ya está por llegar Cristo, nuestra salvación. En latín la palabra es adventus que significa venida –estamos esperando la venida de nuestro Redentor. Tomamos este tiempo para reflexionar, orar y esperar atentamente a nuestro Salvador Jesús. También, como esperamos a nuestro Redentor, este tiempo es para preparar nuestros corazones, mentes y almas. Es un tiempo de penitencia, arrepentimiento, y perdón.

 

¿Qué haríamos si supiéramos que va a venir la persona más importante del mundo a nuestro hogar? Pensemos en la persona que más admiramos en este mundo – tal vez tienen su imagen en la pared, tal vez compran cualquier revista que mencione a esta persona o tal vez es alguien que ven en la televisión. ¿Qué haríamos para prepararnos para su visita? Limpiaríamos, compraríamos cosas nuevas, arreglaríamos cualquier cosa que no esté funcionando. Hasta nos iríamos de compras para tener el traje más bello, el peinado más extravagante o los zapatos más brillosos. Prepararíamos los platos más ricos y los presentaríamos en la vajilla de porcelana más lujosa que tuviéramos. No dejaríamos ningún rinconcito sin un vistazo, ¿verdad? Nuestro Dios encarnado, nuestro Mesías, nuestro Redentor y Salvador está por llegar. ¡Preparémonos!

Al iniciar el Adviento leemos la colecta: danos gracia para despojarnos de las obras de las tinieblas y revestirnos con las armas de la luz, ahora en esta vida mortal, en la cual Jesucristo tu Hijo, con gran humildad, vino a visitarnos. ¿Cómo sería si toda la gente se despojara de las tinieblas y se revistiera de luz? Imaginemos un mundo donde todas las personas fueran luz para alumbrar este mundo que a veces está lleno de tinieblas como las del odio, las peleas, los resentimientos, el abuso, la incredulidad y la inseguridad. Imaginemos un mundo donde hay más amor, comprensión, simpatía, respeto, fe, y certeza. Podemos ser parte de la luz, comencemos hoy a revestirnos de luz.

Jeremías nos recuerda que, cuando vivimos en la luz, tenemos la certeza que Dios cumplirá sus promesas de bendición. ¿Cuáles son algunas de esas promesas? En este mismo capítulo de Jeremías encontramos: Dios nos responderá cuando le llamemos. Nos dará salud. Hará que gocemos de paz y seguridad. Nos purificará de nuestros pecados. Para conocer más sus promesas hemos de leer su palabra. Este tiempo de Adviento es un buen momento para comenzar a tener la disciplina de leer la Biblia y conocer no sólo las promesas de Dios, sino también lo que Dios espera de nosotros, sus hijos e hijas.

El salmista nos ayuda a entender un poco más sobre la oración. A veces decimos que no sabemos orar, pero cuando leemos los Salmos podemos ver que la oración es una conversación entre nosotros y Dios. Cuando sentimos que no podemos encontrar palabras adecuadas para orar, leamos los Salmos. Ahí encontraremos frases como: confío en ti, encamíname en tu verdad, acuérdate de mí y también frases como: no sea yo humillado, no triunfen mis enemigos sobre mí, y ninguno de cuantos en ti esperan será avergonzado. No hay nada tan insignificante ni tan grande en nuestra vida que Dios no quiera escuchar. Usemos estas cuatro semanas de Adviento para leer los Salmos y al orar, recordar que Dios es fiel, nos ama y quiere estar en comunicación con nosotros y con nosotras.

En la epístola, Pablo nos recuerda la Regla de Oro: amémonos. Hay un himno que dice: Amémonos de corazón, no de labios solamente. En otras palabras, hay que demostrar amor, no sólo decir que amamos. El amor es una palabra de acción, es una decisión, es un mandamiento. Pidámosle a Dios que nos dé más amor para darlo a las demás personas. En este tiempo de Adviento, tenemos aproximadamente veintidós días para demostrar amor. A veces creemos en el amor superficial que nos vende este mundo, pero el amor del que nos habla Pablo es un amor puro y desinteresado, un amor como el que Jesús tuvo para todo el mundo. Podemos hacer actos de amor que incluyen la generosidad, la compasión, ofrecer ayuda y consuelo y compartir nuestro tesoro durante el Adviento. Actos de amor pueden incluir escribir una carta de agradecimiento, hacerle un favor a alguien que no te lo puede devolver, comprar flores para la iglesia, conducir con alegría durante la hora pico, abrirle la puerta a alguien, donar sangre y sonreír. Si hacemos actos de amor durante el Adviento, veremos que nos beneficia a nosotros tanto o más que a la persona que los recibe.

El evangelio de San Lucas nos muestra una visión un tanto espantosa. “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra las naciones estarán confusas y se asustarán por el terrible ruido del mar y de las olas. La gente se desmayará de miedo al pensar en lo que va a sucederle al mundo; pues hasta las fuerzas celestiales serán sacudidas”. Si nos ponemos a pensar, las señales ya se están viendo. En este tiempo de cambios climáticos suceden desastres naturales, lo cual nos da a entender cuánto sufre la madre tierra. Tal vez sentimos mucho temor y no sabemos cómo será nuestro futuro. Pero Jesús mismo nos dice: anímense y levanten la cabeza, porque muy pronto serán libertados.

Si estamos cabizbajos es porque nos hemos dejado llevar por el abatimiento, la tristeza o la preocupación. Jesús, el Salvador y Redentor que esperamos durante el Adviento nos dice que levantemos la cabeza porque nos promete que seremos libertados. ¡Jesús está en camino para liberarnos! Estas sí que son buenas noticias para este tiempo y para empezar el Adviento. “El Señor es nuestra victoria” nos dice Jeremías. Nuestra victoria está a punto de llegar.

Tal vez algunas personas en este día estén pasando por problemas espantosos. Tal vez vinieron a la iglesia desanimadas y sienten que ya no pueden más. Jesús está aquí y te dice con amor, “El cielo y la tierra dejarán de existir, pero mis palabras no dejarán de cumplirse”. Sus palabras se cumplirán. Sus palabras van dirigidas especialmente a cada persona en este día. Palabras como: “Yo te haré descansar”, “Te doy la luz que da vida” ,“Yo estaré contigo todos los días, hasta el fin del mundo”, “Te doy mi paz. No te angusties ni tengas miedo”, “Proveeré para todas tus necesidades”. Creámosle y repitamos a menudo estas palabras porque se cumplirán.

Durante esta época de Adviento, mientras esperamos al niño Dios – Redentor y Salvador, les invito a alimentarse de la palabra de Dios, a orar y a recordar cuánto Jesús nos ama.  Él nos dice: ¡Ánimo! ¡Levanta la cabeza! ¡Estoy por llegar para darte libertad!

La Dra. Sandra Montes trabaja como consultora de recursos en español para Episcopal Church Foundation. También se desempeña como músico, traductora, oradora, asesora y redactora. La Dra. Montes vive en Houston, Texas.

Descargue el sermón de Adviento 1 (C).

Ultimo domingo después de Pentecostés (Propio 29) – Año C

Jeremías 23:1-6, Salmo 46, Colosenses 1:11-20, Lucas 23:33-43.

Con la celebración del Reinado de Cristo o Cristo Rey, culminamos el año litúrgico. El próximo domingo comienza el nuevo año litúrgico con el Primer Domingo de Adviento.

En este domingo se resalta el señorío universal de Jesús. Cristo viene de la palabra griega Christós que significa el ungido, y equivale al hebreo Mesiah que también significa ungido.

Desde las primeras generaciones de creyentes, la convicción de los discípulos de Jesús y de sus demás seguidores es que Jesús es el Mesías por virtud de su entrega a los demás, y la aceptación y acogida de todos los “desechados” por la sociedad, por la religión, y por el sistema vigente. A ellos, Jesús les devuelve la auténtica figura de Dios Padre misericordioso que a todos ama con la misma medida sin distinción de raza, pueblo o nación.

Sin embargo, para la época de Jesús, la esperanza mesiánica tenía matices religiosos, políticos y sociales. Ni las palabras de Jesús, ni sus acciones se ajustan a lo que comúnmente se pensaba que debía ser el Mesías.

El pueblo israelita esperaba una intervención especial de Dios a través de un enviado; una intervención que se encaminara directamente a un cambio de situación. Ya desde la época en que empezó a decaer el período de los jueces, unos mil años antes de Jesús,  el pueblo que vivía en la tierra prometida comienza a experimentar la opresión a manos de los nuevos dirigentes: los reyes.

Podemos decir con toda claridad que el período de la monarquía fue el gran pecado de infidelidad al proyecto comunitario de Dios cuando condujo a su pueblo a la tierra de la libertad. Y todo comienza cuando los jueces empiezan a corromperse; de esto nos da testimonio el segundo libro de Samuel, el último de los jueces de Israel. Los ancianos de Israel van hasta donde él para decirle: “Mira, tú ya eres viejo y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne, como es costumbre en todas las naciones.  A Samuel le disgustó que le pidieran ser gobernados por un rey, y se puso a orar al Señor.  El Señor le respondió: “Escucha al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey”.

Y aquí arranca el “calvario” histórico para Israel. A pesar de que al pueblo sencillo se le hizo creer que la monarquía era voluntad de Dios y que el rey era señalado por el mismo Dios; es necesario decir que en realidad esta fue una jugada de los grupos dominantes del momento, y ese es un grave peligro que tienen las comunidades de todos los tiempos: hacerles creer que los intereses de una minoría dominante expresan de algún modo el querer de Dios.

La demostración más clara e histórica, de que Dios nunca estuvo de acuerdo con la monarquía fue precisamente la aparición de profetas que desde su libertad e independencia del poder, no les tembló la voz para denunciar valientemente el descuido de cada nuevo monarca respecto a sus deberes como guía, como líder principal del pueblo. La cuestión es muy simple: la monarquía fue para Israel un retroceso a la época de la servidumbre en Egipto, pues se trata de una estructura esencialmente injusta, creadora de una sociedad desigual, excluyente y esclavizante.

Para la época más inmediata a la llegada de Jesús, esta esperanza tenía varios matices: los dirigentes políticos, que no se sentían cómodos con la presencia romana en el territorio esperaban un Mesías con la suficiente fuerza para expulsar de Israel la porción de ejército romano acantonado en Palestina y que le devolviera a los dirigentes judíos la autonomía en sus asuntos; los interesados en una vivencia religiosa más acorde con la rutina cultual del templo, esperaban un Mesías que purificara el templo y el culto de un modo definitivo; las masas oprimidas y empobrecidas, esperaban un Mesías comprometido con las necesidades sociales, que les garantizara el alimento, tener un pedazo de tierra… en fin, que los liberara de la opresión de los políticos, de los representantes del templo y de los romanos.

A pesar de los diferentes tintes de la esperanza mesiánica, había en todos un sentir común: la tarea del Mesías, vista desde cualquier ángulo, era exclusivamente suya, pues para eso ¡vendría investido con todos los poderes otorgados por Dios! La irrupción de un Mesías considerado así, no podía darse sino en medio de truenos y todo tipo de fenómenos cósmicos; y en cuanto al lugar, se suponía que debía ser en Jerusalén.

De acuerdo con todo lo anterior, es apenas lógico que nadie creyera en Jesús como Mesías; recordemos que sus paisanos por poco lo tiran por un despeñadero cuando anunció en la sinagoga de Nazaret que lo dicho por el profeta Isaías comenzaba a cumplirse en ese momento. Hasta sus mismos parientes lo tomaron por loco y buscaban la manera de aislarlo de la gente; pero antes de estas cosas, recordemos que el mismo Tentador hizo todo lo posible por hacerlo desistir de su proyecto de vida que había sellado ya con su bautismo y que el Padre había afirmado con sus palabras: “Este es mi hijo, el predilecto, escúchenlo”. “La gente se asombraba de su enseñanza porque les enseñaba con autoridad, no como los letrados”, y en otra ocasión la gente se preguntaba “¿quién es este que hasta el viento y el lago le obedecen?”

De todos modos, ni los mismos discípulos a quienes Jesús escogió como seguidores suyos fueron capaces de entender ni de ver en su Maestro la presencia del Mesías; es que ellos también tenían expectativas semejantes a las de sus contemporáneos; por eso Pedro reprende a Jesús cuando les anuncia que el Mesías debía padecer a manos de las autoridades de Jerusalén, morir y después resucitar; por eso, las autoridades de Jerusalén sólo pueden ver en Jesús a un blasfemo, un agitador, un evasor de impuestos y un impostor; por eso, Jesús decepciona tanto a Judas que no duda en ponerlo en manos de los sumos sacerdotes.

Para nosotros hoy, es “fácil” confesar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el Rey del universo, porque desde niños nos enseñaron esa fe; valdría la pena ahora que nos pusiéramos en el lugar de Jesús para intentar comprender cuánto tendría él que luchar para descubrir y aceptar su vocación de Hijo de Dios, cuánto le costó aceptar que su tarea mesiánica no podía encaminarse por la espectacularidad ni por el populismo, sino desde el acercamiento humano a cada uno para sembrar en cada corazón la semilla del cambio hasta lograr que esa transformación que todos anhelaban germinara primero en cada corazón.

Nos hace falta identificarnos más con Jesús, vivir la experiencia del anonadamiento, del despojo, de la entrega, hasta convertirnos en instrumentos vivos del amor del Padre; experimentar con entereza la derrota, la cruz, el rechazo al estilo de Jesús, sin perder la confianza en el Padre, así como Jesús, convencidos de que en la derrota está la victoria, en el rechazo está la aceptación, en la cruz está la resurrección.

Abramos hoy nuestro corazón a Jesús, digámosle que estamos dispuestos a que reine en nosotros y que nos haga dóciles de espíritu para entender que su reinado es un reinado de amor, de reconciliación y de paz.

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El Rvdo. Gonzalo Antonio Rendón-Ospina es sacerdote de la Iglesia Episcopal en Colombia. Por algunos años sirvió en la Diócesis Episcopal de Colombia en San Lucas (Medellín) y en la Catedral de San Pablo (Bogotá). Ha colaborado en otras publicaciones como Diario Bíblico Latinoamericano y los comentarios pastorales de La Biblia de nuestro pueblo. Ahora trabaja como profesor virtual.

Publicado por la Oficina de Formación de la Iglesia Episcopal, 815 Second Avenue, Nueva York, N. Y. 10017.
© 2016 La Sociedad Misionera Doméstica y Extranjera de la Iglesia Protestante Episcopal en Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados.

 

Vigésimo sexto domingo después de Pentecostés (Propio 28) – Año C

Isaías 65:17-25, Cántico 2, 2 Tesalonicenses 3:6-13, Lucas 21:5-19

El evangelio de este domingo nos describe acontecimientos proféticos sobre el templo de Jerusalén y sobre los últimos tiempos. Nos habla de “signos de los tiempos” y nos da la clave para que aprendamos a interpretarlos y prepararnos para afrontar estos sucesos de los cuales estamos siendo testigos en nuestro tiempo actual.

Estas señales que hace más de dos mil años Cristo describió están a las puertas de nuestro siglo 21. Hemos sido testigos de catástrofes naturales, inundaciones, guerras fratricidas, actos de terrorismo organizado, amenazas de misiles nucleares, y construcciones de muros divisorios. Son unos cuantos signos que están presentes en nuestra historia actual y en nuestro diario vivir indicándonos, no el fin del mundo, sino el fin de una era de maldad que nos abre el camino para un cambio de actitud y de vida orientado hacia el bien.

La predicción de la ruina del templo de Jerusalén descrita en el texto del evangelista Lucas suscita una pregunta: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto? ¿Cuál será la señal de que estas cosas ya están a punto de suceder? La respuesta de Jesús es lo que constituye en Lucas “el discurso escatológico”. Un discurso que nos habla del fin de los tiempos que incluye: la destrucción del templo de Jerusalén y la segunda venida de Jesucristo.

Según la orientación que le da Lucas a este discurso, la destrucción de Jerusalén no es exactamente una señal del final de los tiempos. Lo importante es que los discípulos se preparen. Primero, para no darle autoridad a las falsas alarmas salidas de la boca de charlatanes y falsos mesías. Segundo, para superar la violencia y la persecución por parte de los enemigos del Camino de Cristo y para que aprovechen estos momentos para dar testimonio del evangelio.

Cristo no habla “del fin del mundo”, sino del fin de una era de maldad, intriga, violencia, y persecución. Pero antes hay que pasar por muchas pruebas; vendrán falsos mesías, falsos pastores que confundirán a muchos con aparentes prodigios y dones engañosos. No hay duda que hoy día tenemos muchos de esos falsos mesías predicando por las redes sociales, la televisión y en actos multitudinarios confundiendo a miles de espectadores. ¡No se dejen engañar!

Vendrán guerras y revoluciones que reducirán a la miseria y al sufrimiento a muchas familias. Crecerá el odio entre las naciones y los pueblos. Las divisiones entre las razas y las culturas se multiplicarán buscando humillar a las razas de las minorías en las grandes naciones. Los seres humanos se dividirán por sus creencias religiosas y sus credos políticos aumentando las posibilidades de guerras fratricidas y genocidios irracionales.

Nuestra historia está saturada de signos de los tiempos donde Dios nos habla a gritos para hacernos conscientes de los cambios de mentalidad que se necesitan para transformar nuestra manera de vivir buscando la armonía y la paz entre todos los seres humanos sin importar la raza, la religión ni el credo político. Dios nos habla a través de los fenómenos naturales que nos perturban en el día a día, en los sismos o temblores de tierra, en las inundaciones y los tornados, y en las largas sequías provocadas con frecuencia por las infracciones a las leyes naturales que Dios instituyó en toda la creación.

Muchas predicciones de los falsos mesías manipulan a las personas creando el miedo y la apatía para fortalecer el culto a su personalidad olvidando la gloria de Dios. La miseria se ha multiplicado en el mundo de tal manera que no deja lugar a dudas que Dios nos habla a través de dicho fenómeno mundial. Todo esto nos debe animar a la búsqueda incesante del Reino de Dios; un reino de santidad y vida, de justicia y solidaridad, de amor y paz. Debemos discernir el plan de Dios; un plan de salvación y no de condenación.

La tristeza y el sufrimiento se han unido como consecuencia del mal en el mundo, pero esto no es el fin, sino el comienzo de la liberación total en Cristo Jesús. Él nos da la seguridad que el Dios Creador se mueve entre y alrededor de su obra y que se cumplirá su promesa de un cielo nuevo y una nueva tierra. En esta promesa hay esperanza y fortaleza en las cuales podemos confiar plenamente.

Isaías nos recuerda en la lectura de hoy que Dios va a crear “un cielo nuevo y una nueva tierra… [que] lo pasado quedará olvidado, nadie se volverá a acordar de ello…”. En medio de la tribulación permanece la promesa que Dios camina con nosotros y no nos desamparará. Él siempre es fiel y cumple lo que promete. Dios decide intervenir para que la armonía regrese a la creación, pero nosotros tenemos que dar los primeros pasos. La resistencia a cualquier poder del mundo es posible solamente por el don gratuito de la gracia de Dios que proviene de la Palabra y la Sabiduría divina.

La promesa de Dios es clara: “Llénense de gozo y alegría para siempre por lo que voy a crear, porque voy a crear una Jerusalén feliz y un pueblo contento que viva en ella. Yo mismo me alegraré por Jerusalén y sentiré gozo por mi pueblo. En ella no se volverá a oír llanto ni gritos de angustia”. En Jerusalén está simbolizado todo el pueblo de Dios, es decir, nosotros que somos la Iglesia de Jesucristo. Todas estas señales traen la esperanza de un nuevo estilo de vida donde no haya angustia, ni llanto, ni violencia: es el cielo nuevo y la nueva tierra.

San Pablo en su epístola a los cristianos de Tesalónica nos exhorta a no cansarnos de hacer el bien, para de esa manera colaborar con la armonía en nuestra sociedad actual y sobre todo, revertir las señales de muerte. El mal sólo se vence haciendo el bien, pues nuestra naturaleza humana fue creada para hacer el bien. Todo lo que Dios creó es bueno.

Las lecturas de este domingo deben llenarnos de esperanza. Seamos constructores de un nuevo mundo donde no haya dolor, ni llanto y los sufrimientos se conviertan en gozo pleno en el Señor, vencedor de la muerte. Que las señales de los tiempos que estamos viviendo sean los dolores de parto que engendrarán un nuevo estilo de vida fundamentado en el amor cristiano y en el cumplimiento pleno del propósito de hacer siempre el bien en su Santo Nombre.

Pidamos al Todopoderoso nos colme de fe, esperanza y amor para que pronto llegue a nosotros su reino.

El Rvdo. Napoleón Brito es sacerdote episcopal de República Dominicana.

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Vigésimo quinto domingo después de Pentecostés (Propio 27) – Año C

Hageo 1:15b-2:9 y Salmo 145:1-5, 17-21 o Salmo 98 (o Job 19:23-27ª y Salmo 17:1-9); 2 Tesalonicenses 2:1-5, 13-17; Lucas 20:27-38.

Tomado de: https://goo.gl/SYBMhO

Estamos muy cerca a finalizar tanto el año del calendario como el año litúrgico. Es importante al final del recorrido ver cómo ha sido nuestro caminar a la luz de la esperanza cristiana que se centra en la experiencia de la resurrección. Recordemos que esta esperanza vive referida y abierta al futuro. No a un futuro cualquiera o indeterminado sino a un acontecimiento de plenitud que tiene como punto de partida y de llegada a Jesucristo. Esta precisión matiza la esperanza de una forma singular respecto a otras esperanzas que se centran en la determinación espacio-temporal, es decir, aquellas esperanzas que no sobrepasan la inmanencia, así como lo planteaba la mentalidad saducea con la que Jesús va a tener una confrontación frente a este punto (Lucas 20:27).

Nosotros los discípulos creemos que nuestra esperanza está puesta en Aquel que murió y resucitó según las Escrituras (2 Tesalonicenses 2:1-5). Por este motivo afirmamos que su muerte no fue la última palabra, sino su exaltación junto al Padre (2 Tesalonicenses 2:43) dándonos acceso a  vivir una experiencia similar a la de él, donde la resurrección es la experiencia que trata de expresar esta apertura a una vida en plenitud pasando por la muerte.

Desde este punto de vista, superando una mentalidad saducea que coloca su esperanza en el aquí y en el ahora únicamente, comprendemos la resurrección de Jesús como la anticipación del futuro, donde en fe los creyentes afianzamos nuestra esperanza; sin ella, todo sería vanidad. Con ella y desde ella, Jesús mismo se convierte en el Señor, en objeto de fe y esperanza (2 Tesalonicenses 2:13-17).

Actualmente resulta difícil hablar de la muerte porque la sociedad del bienestar tiende a apartar de sí esta realidad, suscitándose en algunos sectores angustia o escepticismo frente a la misma. Sin embargo, no es posible experimentar la realidad que se ha descrito anteriormente si no hay una experiencia de muerte física; de culminación de la finitud. A la luz de lo que Jesús realizó, se comprende la actitud de Dios Padre frente a la vida y la muerte de sus hijos. Ya el salmista había intuido que Dios no puede abandonar a sus siervos fieles en el sepulcro, ni dejar que su santo experimente la corrupción (Salmo 16: 10). Isaías anuncia un futuro en el que Dios eliminará la muerte para siempre, enjugando “las lágrimas de todos los rostros” (Isaías 25:8) y resucitando a los muertos para una vida nueva.

Ciertamente, es preciso pasar por la muerte, teniendo la certeza de que nos encontraremos con el Padre cuando “este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad” (1 Corintios 15:54). Entonces se verá claramente que “la muerte ha sido devorada en la victoria” (1 Corintios 15:54). La resurrección de Cristo, su ascensión y el anuncio de su regreso abrieron nuevas perspectivas para nosotros. En el discurso pronunciado al final de la cena, Jesús dijo: “Voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (Juan 14, 2-3). No se nos ha informado de la fecha de este acontecimiento final. Es preciso tener paciencia, a la espera de Jesús resucitado.

“Nosotros (dice san Pablo) somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas” (Filipenses 3: 20-21). Como el Espíritu Santo transfiguró el cuerpo de Jesucristo cuando el Padre lo resucitó de entre los muertos, así el mismo Espíritu revestirá de la gloria de Cristo nuestros cuerpos, venciéndose la finitud y dando plenitud a la identidad, la cual no es pérdida, sino asumida y llevada a su culmen en la nueva realidad.

De esta manera, queda anulada toda posibilidad de fijación de la esperanza sólo en esta vida terrena tal como sucedía con los saduceos, quienes quieren colocar a prueba la enseñanza de Jesús planteando una situación hipotética poco probable (Lucas 20:28-33). El realismo de las apariciones testimonia que Jesús resucitó con su cuerpo y con ese mismo cuerpo vive ahora al lado del Padre (Glorificado). Ahora bien, se trata de un cuerpo glorioso, ya no sujeto a las leyes del espacio y del tiempo, transfigurado en la gloria del Padre. En Cristo resucitado se manifiesta lo que un día sucederá en todos aquellos que quieran en libertad acoger su redención.

No debemos olvidar que el “escaton”, es decir, el acontecimiento final, entendido cristianamente, no es sólo una meta puesta en el futuro, sino también una realidad ya iniciada con la venida histórica de Jesucristo. Su pasión, muerte y resurrección constituyen el evento supremo de la historia de la humanidad. Por esto, Jesús dice: “Llega la hora, y ya estamos en ella, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán” (Juan5:25).

La resurrección de los muertos, esperada para el final de los tiempos, recibe una primera y decisiva actuación ya ahora, en la resurrección espiritual, objetivo principal de la obra de salvación que consiste en la nueva vida comunicada por Cristo resucitado en nuestro corazón por medio del sacramento del bautismo como fruto de su obra redentora en nosotros.

Unido a lo explicado anteriormente, debemos dar un paso adelante en nuestra meditación y recordar el artículo del credo que profesamos todos los domingos, y que dice: “Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. Esta confesión de fe nos enseña que al fin del mundo, ha de venir Jesucristo con gloria y majestad a juzgar a todos los hombres, haciéndoles resucitar en él como ya se expresó o generándose la muerte eterna como producto de la cerrazón en libertad a la acción salvífica de Dios.

Finalmente, es necesario recalcar un último aspecto importante: la dimensión comunitaria,ya que nuestro caminar hacia la resurrección no lo hacemos solos, sino que vamos madurando a nivel personal gracias a la ayuda de los otros. Los otros se convierten en fuente de posibilidad para que juntos podamos alcanzar la gracia prometida. El caminar hacia la resurrección se hace a partir de la toma de conciencia de la necesidad del otro como aquel que me ayuda a crecer, a madurar y a irme configurando poco a poco en la experiencia del resucitado, pero a la vez, yo también le ayudo a los otros con mi solidaridad, testimonio y presencia a ir procesualmente alcanzando esta realidad. Aquí la Palabra nos interpela, preguntándonos ¿qué tan abiertos estamos para acoger el don de la vida eterna en nuestra vida? ¿qué tan solidarios somos con la experiencia de salvación de aquellos que llamamos hermanos en la fe?

En síntesis, todo lo que hemos meditado, no debe quedarse en una intuición cristiana centrada en el más allá sin tener en cuenta el hoy de la historia. Referirse a la nueva sociedad del futuro o recuperar la añoranza por un mundo, un ordenamiento social justo y fraterno, con las categorías evangélicas del reino de Dios, justicia de Dios, etc., no quiere decir tener una visión clara de cómo será ese mundo que anhelamos. No se le puede comprender en totalidad desde nuestra finitud histórica, mediada y supeditada por espacios concretos en tiempos concretos. Sin embargo, intentar traducir esa plenitud en las situaciones concretas de la realidad, es la tarea del creyente que quiere responder al dinamismo de la esperanza y hacerla creíble en su tiempo.

Si el cristiano posee una esperanza, que es promesa de un futuro que dinamiza el presente, pero que no se agota en el más acá, entonces está llamado a ayudar a impregnar de esperanza todas sus realidades: familiares, profesionales, sociales, económicas, políticas, culturales, etc. Ningún programa político, social o económico será capaz de instaurar la sociedad definitiva, libre de toda injusticia, sólo la fuerza del amor apoyada en la esperanza de la resurrección podrá hacerlo.

 

El Rvdo. Pablo Velázquez Abreu es sacerdote de la Iglesia Episcopal en Colombia, experto en Tecnologías de la Información y la Comunicación. 

Estudio bíblico Propio 29(C), 20 de noviembre de 2016

[RCL[1]] Jeremías 23:1-6; Cántico 16; Colosenses 1:11-20; Lucas 23:33-43

Jeremías 23:1-6

En este pasaje, Jeremías estaba escribiendo durante una época de conflicto y temor. Las naciones estaban en guerra y se invadían unas a otras, y Judá como nación estaba justamente en el medio de todo. Sin embargo, el mensaje de Jeremías no se dirigía a las otras naciones, sino a la monarquía de Judá, el reino del sur de lo que una vez fuera un Israel unido. Los reyes de Judá, según Jeremías, estaban perjudicando al pueblo con sus políticas y su falta de reverencia a Dios.

Jeremías y Dios le dicen a los reyes que su conducta nociva no será tolerada indefinidamente y que Dios intervendrá para arreglar las cosas. Los esparcidos por la guerra volverán a la patria. Los confundidos encontrarán orientación. Jeremías escribe que “Dios pondrá sobre ellas [sus ovejas] pastores que los pastorearán; y ya no temerán ni se espantarán ni faltará ninguna” (23:4). En otras palabras, Dios levantará líderes que sean verdaderos líderes, Dios levantará pastores que sean verdaderos pastores y Dios levantará reyes que sean buenos reyes.

Jeremías dirigió su atención no a las naciones que amenazaban a Judá, sino más bien a la monarquía de Judá:

  • En medio del conflicto, ¿qué nos dificulta mirarnos a nosotros mismos y ver nuestro propio papel y errores en el conflicto?
  • ¿Cuáles son las cualidades de un buen líder? ¿De un buen miembro del Congreso. ¿De un buen gobernador? ¿De un buen sacerdote? ¿De un buen obispo?
  • Y lo más importante, ¿cuáles son las cualidades de un discípulo de Cristo?

Cántico 16 (Lucas 1:68-79), El Cántico de Zacarías

El Cántico de Zacarías tradicionalmente se ha dicho o se ha cantado en la Oración Matutina durante cientos de años. Comienza con un sentimiento muy esperanzador que da un tono estupendo para el día que tenemos por delante.

¡Dios ha venido a su pueblo y lo ha liberado! Dios ha prometido mostrarnos misericordia y librarnos de las manos de los enemigos, y finamente el  poderoso salvador ha venido a nosotros. Somos libres de adorar a Dios sin temor, y somos libres para ser santos y justos todos los días de nuestra vida. ¡Dulce libertad!

La segunda parte de este Cántico súbitamente cambia al “tú”. ¿A quién se dirige? El Cántico se dirige a Juan el Bautista, que acaba de nacer.

El padre de Juan el Bautista alaba a Dios y le dice a su hijo recién nacido de las alegrías y los peligros que le aguardan. Juan irá delante del Señor y le dará a la gente el conocimiento de la salvación y del perdón de sus pecados. Juan será un profeta. Ser llamado profeta es, sin embargo, algo agridulce. La vida de un profeta es difícil, porque significa decir la verdad como un humilde siervo de Dios y con frecuencia ser rechazado. Juan el Bautista conduce a las personas al arrepentimiento, pero vive en el desierto y es encarcelado y ejecutado por Herodes.

  • Cuando cantamos o decimos juntos este Cántico, recordamos que Dios nos ha traído salvación en Cristo, pero también se nos recuerda que este no es un camino fácil. Dios nos salva y nos libera, pero debemos andar en el camino de Dios.
  • ¿Cómo podemos vivir como Juan el Bautista y vivir su mensaje hoy día?
  • ¿Cómo experimentas la libertad dada por Dios, una libertad que te libera para adorar a Dios y ser santo y justo?

Colosenses 1:11-20

En esta carta hay una explicación de lo que Cristo ha hecho por nosotros, y explica cómo debemos actuar en el mundo para vivir la salvación de Cristo. Este pasaje contiene un himno a Cristo que comienza en el versículo 15, “Él es la imagen del Dios invisible”, y sigue hasta el versículo 20, “haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz”.

¿Pueden imaginarse cantándolo? Intente ponerle a este texto una música que conozca: un himno tradicional, una salmodia o una canción contemporánea. El texto parece menos una “conferencia” sobre quién es Cristo, como si se tratara de una serie de hechos sobre Cristo que debiéramos de memorizar.

Ahora el texto nos regocija: ¡Cristo es la imagen invisible de Dios! Todas las cosas fueron creadas a través de él y para él y, a través de Cristo, ¡todas las cosas en el cielo y en la tierra pueden reconciliarse con Dios a través de la pacificación de la cruz!

Eso es definitivamente un himno de alabanza. Transmite un mensaje pujante y nos ayuda en estar más alegres a la hora de dar gracias. Todos estos hechos acerca de Cristo nos conducen a estar jubilosos y fortalecidos para el viaje.

  • ¿Cuáles son algunos de tus himnos preferidos? ¿Cómo te sientes cuando los cantas? ¿Los cantas cuando sientes estrés, enojo, tristeza o dolor? Intenta escribir el texto de un himno para ver lo que te enseña y la verdad del evangelio que proclama.
  • Intenta escribir un himno como éste. ¿Qué es lo que más amas de Cristo? ¿Cómo conoces a Cristo en tu propia experiencia? ¿Qué imágenes o relatos de la Escritura te vienen a la mente cuando contemplas a Cristo?

Lucas 23:33-43

En este último domingo después de Pentecostés leemos la historia de la crucifixión de Cristo, y lo llamamos hoy “Domingo de Cristo Rey”. ¿Qué decimos acerca de Cristo como rey al leer hoy acerca de la crucifixión? ¿Qué dice acerca de [su] reinado?

Primero, está el letrero que clavaron en la cruz: “Este es el Rey de los Judíos”. Roma no hizo esto como una confesión de fe. Ellos [los romanos] estaban mostrando a través de un acto brutal lo que les ocurría a los líderes de las naciones que se interponían en su camino, y estaban mostrando lo que le sucedería a cualquiera que se levantara contra ellos. Irónicamente, Roma sólo tiene razón en parte. Este es el Rey de los judíos, pero es también el Rey de los gentiles (y por tanto el Rey de los romanos, y de los griegos y de los persas —y de todos los demás).

Segundo, este es un rey sobre cuyas características no hay acuerdo. Uno de los criminales se mofa de él, y el otro lo defiende. Algunos se burlan de él como Mesías mientras otros lo confiesan como Mesías. Compara la imagen de Cristo en el libro de Apocalipsis, como el héroe conquistador que viene en gloria, con la imagen de Jesús en el evangelio de Marcos, como el Mesías sufriente. Estas diferentes imágenes de Jesús muestran que su reinado no es como un reinado terreno en su pompa y extravagancia, pero que sin embargo es un reinado en su poder.

Tercero, ¿qué dice Jesús desde la cruz? “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” y “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Este es un rey que no busca venganza sino reconciliación. (Véase Colosenses 1:11-20, la lectura de la epístola para hoy). Este rey no le dice a los romanos, “Lo que me han hecho, yo se los haré”, sino que pide en cambio que sean perdonados. En lugar de condenar al ladrón que se mofa de él, Jesús se dirige al ladrón que reconoce la inocencia de Jesús y le da una promesa de esperanza y de paz.

  • ¿Qué cualidades de tu lista de liderazgo en la lectura de Jeremías para hoy se muestran aquí en Jesús?
  • ¿Qué imágenes de Cristo en el Nuevo Testamento o en la tradición de la Iglesia te tocan más de cerca? ¿Qué imágenes no te dicen nada? ¿Qué puedes aprender de esta serie de imágenes?
  • ¿Cómo perdona uno la injusticia y la brutalidad? ¿Cómo pueden llevarse la reconciliación y la esperanza a un mundo necesitado?

Escrito por Joseph Farnes. Este estudio bíblico se publicó originalmente el 24 de noviembre de 2013.

[1] Abreviatura de Revised Common Lectionary [Diccionario Común Revisado]