Epifanía 1 (C) – 13 de enero de 2019


[RCL] Isaías 43:1-7; Salmo 29; Hechos 8:14-17; Lucas 3:15-17, 21-22

Hoy celebramos la festividad del bautismo del Señor. Esta es una buena oportunidad para que cada uno de nosotros refresquemos la memoria acerca del pacto que “realizamos” con Dios el día de nuestro bautismo. Pongamos la palabra “realizamos” entre comillas, pues, la mayoría de nosotros – habiendo sido bautizados a muy temprana edad- no recordamos el día de nuestro bautismo. En este caso, nuestros padres y padrinos serán los únicos que recuerden el día en que fuimos acercados a la iglesia para recibir el sacramento del bautismo. Ellos lo pidieron, ellos nos presentaron, ellos se comprometieron por nosotros, y a nosotros nos mojaron la cabeza – entre chillidos posiblemente. Si alguno de ustedes fue bautizado ya entrado en años y recuerda el día de su bautismo, entonces reconsidere esta festividad como una oportunidad para renovar su compromiso bautismal.

Leamos nuevamente la oración inicial, dice:
“Padre celestial, que en el bautismo de Jesús en el Río
Jordán, le proclamaste tu Hijo amado y le ungiste con el
Espíritu Santo: concede que todos los que son
bautizados en su Nombre, guarden el pacto que han
hecho, y valerosamente le confiesen como Señor y
Salvador; quien contigo y el Espíritu Santo vive y reina,
un solo Dios, en gloria eterna. Amén.”

La oración inicial, también llamada colecta – o sea, de la colectividad, de todos nosotros – es la que marca el tono de aquello por lo cual habremos de rezar durante nuestro servicio religioso, y, al mismo tiempo, nos invita a seguir meditando acerca del tema que la oración indica. En otras palabras, con esto decimos: “este es el propósito central por el cual nos estamos reuniendo hoy, esto es lo que te suplicamos, y esto es algo por lo cual seguiré rezando y meditando durante la semana. Desde hoy, yo les invito a poner mucha atención y tomar muy en cuenta la oración inicial.

Ahora volviendo a nuestro punto, en la oración colecta decimos y pedimos a Dios lo siguiente: “Concede que todos los que son bautizados en su Nombre, guarden el pacto que han hecho, y valerosamente le confiesen como Señor y Salvador”. O sea, estamos pidiendo a Dios que nos dé fortaleza para mantenernos fieles al pacto que hemos realizado con Él mediante el bautismo de tal manera que verdaderamente proclamemos que Jesús es Dios y Salvador del mundo. Pero algunos de ustedes estarán pensando, “pero si yo no hice ningún pacto; yo ni siquiera sabía hablar cuando me bautizaron. Ahí que le cobren a los que lo hicieron”. Los que fueron bautizados cuando tenían uso de razón dirán, “a mí ya se me olvidó eso del pacto. De lo único que me acuerdo es de la mojada de cabeza que me dieron”. En todo caso, esta es una buena oportunidad para recordar nuestro pacto bautismal.

Primeramente, me gustaría preguntar, ¿por qué nos acercamos – o acercaron – a recibir el bautismo? ¿Cuál es el beneficio de esto? ¿Qué nos podría suceder si no recibimos el santo bautismo?

O de una manera personal yo les preguntaría a todos ustedes, ¿están ustedes satisfechos con el hecho de haber sido bautizados, y ahora qué desean hacer con este hecho?

Espero que estas preguntas nos ayuden a desmitificar el sacramento del bautismo – o sea, que no sea un acto basado en miedo o costumbre – que nos ayuden a descubrir su dimensión más profunda, y que nos ayuden a sentirnos más responsables por ese bello don que hemos recibido de Dios a través de la Iglesia. Entonces, ¿por qué generalmente solicitamos el bautismo? La mayoría de la gente lo hace por tradición o costumbre, “mis abuelos lo hicieron, mis padres lo hicieron, y yo también lo hago”. En algunos casos decimos que es una obligación. No sabemos por qué lo hacemos pero tenemos que cumplir son eso. En ciertos casos lo hacemos para establecer o fortalecer nexos sociales, “este es mi compadre, esta es mi comadre”. En casos como este el propósito del bautismo es hacer fiesta, y al bautizado “póngalo para que se le quite lo chillón”.

Existen otras tradiciones o mitos sobre el bautismo basados en el miedo o el mal agüero. “si no bautizo a mi hijo se va a enfermar, el chamuco lo va a asustar o se le puede meter, va a llorar mucho, etcétera. En todos estos casos procuramos el bautismo para evitar daños, pero no por amor a Dios. En todo caso, sea que bauticemos por tradición, obligación, conveniencia social o miedo, todo esto está equivocado.

Siempre mantengamos muy en cuenta que el bautismo no es una imposición divina, sino una invitación, como dice el evangelio de Juan, “para recibir al Señor y tener el derecho a ser llamados hijos de Dios”; el bautismo es para convertirnos en miembros conscientes de la familia de Dios. Además de esto, el bautismo es un signo externo que nos sella como propiedad divina; esto es lo que dice el ministro mientras marca al recién bautizado con el aceite sagrado: “quedas sellado por el Espíritu Santo en el Bautismo y marcado como propiedad de Cristo para siempre”. Entonces, el bautismo me confiere una nueva identidad, la cual es ratificada por toda la congregación después que el ministro dice, “Démosles la bienvenida a los que ahora han sido bautizados”, y toda la congregación responde, “Nosotros te recibimos en la familia de Dios. Confiesa la fe de Cristo crucificado, proclama su resurrección y participa con nosotros en su sacerdocio eterno”. ¡Se fijan!, el bautismo nos llama a confesar, proclamar y ejercer el sacerdocio de Cristo. De esta manera, no sólo adquirimos una nueva identidad mediante el bautismo, sino también una nueva misión. Somos sacerdotes en Cristo.

Esta nueva identidad es aquella de la cual nos habla el profeta Isaías en la primera lectura cuando dice, “no temas, porque yo te he rescatado; te he llamado por tu nombre, tú eres mío”. Esta es la nueva identidad que adquirimos, ser llamados hijos de Dios; pero también el bautismo nos ofrece un nombre, desde ese momento en adelante me llamaré Juan, María, Macario, Estefanía, … pongamos aquí nuestro nombre. Para Dios no existe un nombre feo o bonito, largo o corto, significativo o inventado… Tan sólo llevamos el nombre que llevamos, y eso no es importante, el hecho es que –como dice la lectura de Isaías- llevamos el apellido de Dios; somos sus hijos e hijas mediante el bautismo.

Ahora el asunto mayor está delante de nosotros. El reto que se nos presenta es vivir como hijos e hijas de Dios; dar crédito al hecho que somos miembros de su familia. Creo yo que esta es la razón por la cual Cristo se dispone a recibir el bautismo. No es que él necesitaba ser bautizado para confirmar un hecho, “yo soy el Hijo de Dios”. Él lo hizo para indicar su propio sometimiento al pacto divino con su Padre Celestial.

La figura que se nos presenta en el evangelio es muy linda, “Todo el pueblo se bautizaba y también Jesús se bautizó; y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma y se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi hijo querido, mi predilecto”. Fue desde ese momento cuando Jesús inició su ministerio proclamando las buenas nuevas del Reino de Dios a todos aquellos que reconocían su necesidad de Dios, y los enfermos eran rescatados de sus limitaciones físicas, los desesperanzados eran llenados de nueva vida, los pobres eran declarados propietarios del Reino de Dios, a los pecadores les era anunciada la renovación del cuerpo y del espíritu, … todos eran invitados a una nueva vida en Dios.

Este es el contenido de nuestro pacto bautismal con Dios. En las páginas 224 y 225 del Libro de Oración Común, encontramos el Pacto Bautismal – nuestro pacto con Dios – y después de declarar que creemos en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, entonces realizamos nuestra promesa declarando que: seremos fieles en la oración, resistiremos al mal, proclamaremos la Buenas Nuevas en Cristo, serviremos a Cristo en todas las personas y lucharemos por la justicia y la paz respetando la dignidad de todo ser humano. Cinco promesas que manifiestan lo que debe ser nuestro ministerio. Como en el caso de Jesús, el bautismo debe marcar el inicio de mi ministerio. 

Este sermón escrito por Rvdo. Jesús Reyes originalmente se publicó para Epifanía 1(C) en 2013.

Descargue el sermón de Epifanía 1 (C).

Fiesta de la Epifanía – 6 de enero de 2019


[RCL] Isaías 60:1-6; Salmo 72; 1-7, 10-14; Efesios 3:1-12; Mateo 2:1-12

Estamos celebrando esta fiesta litúrgica en la que nos encontramos a los niños con la esperanza de recibir regalos traídos por esos personajes que se conocen como los Reyes Magos. Todos por fijarnos en los regalos para los niños se nos ha olvidado el sentido de esta celebración y todo se ha desviado quedándonos únicamente en lo material de los regalos.

Originalmente esta conmemoración tenía un sentido muy diferente y por eso tenemos que empezar por el significado de la palabra epifanía que quiere decir, “manifestación”. La liturgia entonces se refiere a la manifestación del Señor a todos los pueblos. Por tanto, veamos el contexto histórico. El texto de Mateo se escribe alrededor del año 80 después de Cristo. Han sucedido acontecimientos en la vida y la historia del pueblo de Israel que son la base de esta fiesta. Desde la predicación de Pablo que se dirige a israelitas que viven fuera de Jerusalén y gente de origen griego que sin tener nada que ver con las costumbres y tradiciones del pueblo de Israel han aceptado la fe en Jesús el Cristo. Ya, alrededor del año 65 Pablo ha difundido la fe fuera de la comunidad de Palestina y ya han tenido una confrontación los discípulos que se han quedado en el centro de Jerusalén con Pablo que se encuentra realizando sus viajes misioneros. Esta confrontación entre ellos es nada menos que el primer Concilio de Jerusalén en donde se acuerda que a la gente no israelita no se les pedirán todas las prácticas tradicionales del pueblo de Israel sino solo acepar la fe en Jesucristo junto con sugerencias de abstenerse de algunas cosas (Hechos 15: 22-29).

No han pasado ni cien años de la era cristiana y ya la fe en Jesucristo se ha extendido más allá de las fronteras de Israel. Pensemos entonces que si esto no hubiera sucedido, la fe en Jesucristo, hubiera permanecido dentro de las costumbres y tradiciones de un solo pueblo, el de Israel.

Pero afortunadamente para nosotros, sucedió y por eso ahora gente de todas las naciones, costumbres y tradiciones tenemos el acceso a Jesucristo. El autor del Evangelio de Mateo entonces nos hace una narración que escuchamos en el evangelio de hoy, en la que encontramos una forma literaria de relacionarnos con eventos tradicionales del pasado presentando personajes imaginarios que conocemos como los “magos o los sabios de Oriente”. Ellos son una representación de todos los pueblos con costumbres y tradiciones diferentes que ya han recibido esta fe en Jesucristo.

El pueblo de Israel se encontraba en el momento de estar escribiendo las historias de sus héroes bíblicos, y los sacerdotes invitaban a toda la gente a conocer la historia de su pueblo. Se ha escrito la historia de Moisés en la que se hace referencia de una “estrella” que anuncia al faraón el nacimiento de un liberador del pueblo de Israel. El faraón entonces procede a realizar la muerte de todos los niños menores de dos años tratando de evitar ese nacimiento. Moisés escapa a esta persecución convirtiéndose en el liberador del pueblo. (cfr. La nota de la Biblia Latinoamericana del Cap. 2.1) Mateo al escribir su evangelio usa esta imagen y nos presenta también a una “estrella” que anuncia el nacimiento del nuevo salvador del Pueblo. Y el anuncio es dado a todos los pueblos de la tierra representados en los magos que son guiados por la estrella hasta el lugar en donde se encuentra Jesús que acaba de nacer.

La estrella es entonces otra imagen literaria en esta narración que pretende realzar la importancia del nacimiento del Salvador que ya no es salvador de un solo pueblo sino de todos los pueblos de la tierra. Piensen ustedes en esos momentos en los que como personas pasamos por problemas que parecen no tener solución. Cuando estamos así, es como si estuviéramos en oscuridad, en tinieblas. Y es en la noche cuando las estrellas brillan y nos dan su luz. La estrella es entonces el símbolo de la luz que nos permite no perder el camino. La primera lectura del profeta Isaías hace mención de esto: “Levántate y brilla que ha llegado tu luz…mientras las tinieblas cubrían la tierra y los pueblos estaban en la noche, sobre ti se levantó Yahvé” (Isaias 60: 1-2).

Nuevamente vemos cómo el autor del Evangelio de Mateo al contarnos que una estrella ha guiado a estos personajes de Oriente, nos está haciendo ver que los pueblos de la tierra ya no caminan entre tinieblas, que al recibir la fe en Jesucristo estamos en la luz que disuelve nuestra tiniebla. “¿Dónde está el Rey de los judíos?” preguntan los magos de Oriente, “porque hemos visto su estrella y venimos adorarlo”. Actualmente el descubrir la sabiduría del mensaje de Jesús se convierte como en una luz interna que nos ayuda a salir de nuestros problemas y nos guía por caminos nuevos. Esta es nuestra estrella interior que nos sirve de guía y nos hace crecer. “Los magos se regocijaron al ver a la estrella detenerse en el lugar donde se encontraba el niño”. El encuentro con el que es la luz de nuestras vidas va a estar siempre enmarcado por la alegría. El misterio de la presencia del Salvador entre nosotros, en ese pequeño niño, en uno como nosotros, es el encuentro humano que nos da esperanza y nos llena de alegría. Cuando Mateo nos habla de que el encuentro con el salvador se da en ese pequeño niño es para hablarnos de algo que nos cuesta mucho trabajo aceptar. La presencia de Dios se refleja en lo humano, en lo diario, en lo pequeño, en lo normal y natural; esto es lo que significa que los magos se encuentran con el Salvador en uno como nosotros, en lo ordinario. Muchos de nosotros pensamos que Dios se tiene que manifestar en lo extraordinario y mágico y no es así. La presencia de lo divino se encuentra en lo ordinario de nuestra naturaleza humana y esto es motivo de mucha alegría.

Finalmente en la narración de Mateo escuchamos que estos personajes trajeron regalos con los que rindieron homenaje al Salvador manifestado en ese niño. La narración nos dice que trajeron regalos de oro, incienso y mirra solo para significar que traen los mejores regalos valorados por su cultura y tradición. Esto es lo que se ha convertido en los regalos que reciben los niños. Pero pongamos un poco de atención. Para nosotros en lugar de recibir se trata de dar. El encuentro con lo divino envuelto en nuestra humanidad va a demandar de nosotros nuestros mejores regalos. El constante encuentro con el Salvador a lo largo de nuestra vida y de nuestra historia estará en constante relación con el ofrecimiento de lo mejor de nosotros mismos, nuestras mejores cualidades, nuestros mejores dones. Pues es al ofrecer lo que somos cuando estamos reconociendo el don inacabado de lo divino en nuestra humanidad que sigue invitándonos a desarrollar todo lo que somos. Es dando cuando recibimos, es ofreciéndonos cuando encontramos el camino y el sentido de lo que somos en la vida. Y es aquí donde tenemos que reflexionar si nuestra oscuridad viene porque hemos dejado de dar y nos hemos convertido en egoístas esperando solo en recibir. Todo el misterio del encuentro con Dios en nuestra humanidad es una invitación a ser las mejores personas que podemos ser, a dar siempre más y constantemente volver a empezar.

Celebremos esta fiesta de la Epifanía, manifestación de Dios a todos los pueblos, y poco a poco cambiemos esa alegría externa de los regalos en la alegría interna del encuentro con lo divino en lo más pequeño, humano, ordinario y normal que nos invita a dar más de nosotros mismos. Esta alegría que se convierte en nuestra luz radiante que nos guía como una estrella.

Este sermón escrito por originalmente se publicó para Epifanía 2013.

Descargue el sermón de la Fiesta de la Epifanía.

1 Navidad – 30 de diciembre de 2018


[RCL] Isaías 61:10–62:3; Salmo 147 o 147:13–21; Gálatas 3:23–25; 4:4–7; San Juan 1:1–18

Hoy, primer domingo después de Navidad continuamos la celebración del nacimiento de Nuesrtro Señor Jesucristo con gozo y alegría. Mantenemos latente en nuestro corazón todo lo que implica esta fiesta de Navidad. Por encima de todo y al centro de esta celebración vivimos una y otra vez el mensaje maravilloso que Dios nos transmite hoy: Jesús es nuestra luz, porque es amor y verdad y se ha manifestado tomando nuestra condición humana, es decir, Dios nos ha mostrado su rostro humano en Jesús. Nuestra alegría también la completan nuestras tradiciones como la de ofrecernos regalos, compartir la cena en familia y con las personas más cercanas y queridas.

En las lecturas de este día se ven reflejadas la felicidad ante la presencia salvadora de Dios. En Isaías el desborde de júbilo por la salvación de Dios es una gran victoria y no es para menos: percibimos la hermosura de la protección y cuidado que da nuestro Señor. El salmista también canta alabanzas sobre ese poder infinito de Dios y lo describe como proezas de gloria. El salmo está atado a la lectura de la Carta a los Gálatas cuando Pablo dice que somos hijos de Dios, herederos de su Reino y con la misma honra de su Hijo Único. Esta dignidad que describe Pablo nos hace sentirnos libres y amados porque ya no somos esclavos; en el amor no hay esclavitud, sino libertad.

El evangelio de San Juan es un himno que va a lo profundo de la revelación del misterio de Jesús, porque describe cómo el amor infinito de Dios por nosotros y nosotras se encarna en Cristo para de esa manera extender su amor divino a toda la humanidad. La descripción de Jesús en este pasaje es la transformación de la historia de Dios en el mundo a través de su unigénito hijo Jesucristo. No olvidemos que durante muchos siglos se especuló cómo sería Dios, cuál sería su rostro, qué pensaba de nosotros y de nosotras y si éramos dignos de su atención y amor.

Estas creencias están distribuidas a lo largo de todo el mundo en las diferentes religiones, porque el ser humano en su imaginación quiere respuestas a la gran incertidumbre de cómo es Dios y qué quiere. Ahora bien, como cristianos podemos estar convencidos y convencidas de que conocemos al Dios humanado, que se ha acercado a nuestras vidas siendo como nosotros y nosotras, profundamente humano, en todo, menos en el pecado. Con certeza sabemos que Jesús también sintió las emociones que nos embargan a diario: miedo, rabia, alegría y tristeza. Jesús también conoce a fondo nuestro corazón, nuestro ser y toda nuestra existencia.

Comúnmente en nuestra vida espiritual, personal y comunitaria nos preguntamos cómo hablar con Dios, cómo sentirlo cerca cuando pasamos por dificultades y adversidades. A veces nos sentimos impotentes por no saber expresarle a Dios lo que sentimos. Por esto, es muy importante que recordemos el texto del evangelio de hoy: “Se hizo hombre y vivió entre nosotros”. De tal modo, que las distancias entre Dios y nosotros han desaparecido, no es algo abstracto, sino que es alguien, es una persona.

A lo largo del evangelio hallamos cientos de historias, vivencias y experiencias que nos hacen comprender cómo Dios nos mira cuando sufrimos, cómo Dios se preocupa cuando nos perdemos en búsquedas arriesgadas, cómo nos perdona con su misericordia infinita cuando nos equivocamos y lo negamos, incluso cuando pensamos que no somos dignos de su amor. Dios entiende todo lo que somos, lo sublime y lo complicado de nuestras vidas, y todo esto porque también Él fue humano. Dios no se comunica a través de teorías o conceptos abstractos sino que se manifiesta a través de las experiencias de su Jesús: humilde, sencillo, frágil y allegado a todo ser humano.  A Jesús lo encontramos en el diario vivir desde lo que somos, desde nuestra bondad y sencillez de corazón, en el trato con nuestro prójimo – esas personas a quienes encontramos en nuestro diario vivir en la calle, en la escuela, en el trabajo y en nuestras comunidades de fe.

Juan describe a la luz del mundo de esta manera: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla”. Esta referencia se repirte en la Colecta de hoy refiriéndose a nuestra propia luz: Concede que esta luz, que arde en nuestro corazón, resplandezca en nuestra vida”. Esta oración nos invita a recordar que, a pesar de los tiempos oscuros, tenebrosos e injustos que nos rodean, somos la luz de Jesús.

La luz de Cristo inspira a que brote de nuestros corazones la esperanza, la fe y el amor por la creación de Dios. La luz de la humanidad en Cristo Jesús es el camino de la salvación trazado por Jesús. El amor y la verdad que su Palabra y Pan nos transmiten, nos impulsan más allá de nuestras propias capacidades, para dar testimonio de que somos luz.

¿Qué hemos de hacer? Seguir a Jesús es reconocer que somos una creación maravillosa de Dios. Mantener una comunicación constante con Dios para renovar nuestros espíritus, sentirnos revividos, y tener esperanza. Apartar tiempo de silencio y reflexión, aunque solo sea por unos minutos, en los que podamos abrir mente y corazón a escuchar la voz de Dios y ver la luz de Jesús en lo más sagrado de nuestras almas. En estas acciones reflajamos nuestra bondad, misericordia, compasión, solidaridad y compromiso de vivir el evangelio de Jesús.

En el nuevo año que se aproxima encomendémonos a Dios, dueño del ayer, del hoy y del mañana, todo lo que somos, nuestros proyectos y deseos, nuestras inquietudes y angustias, nuestras alegrías y tristezas, nuestras familias y amigos, cercanos y lejanos. ¡Qué todo lo que hagamos sea para ser y hacer felices a los demás, para transmitir el inmenso recogijo que nos hace sentir amados y amadas, tanto así, que nadie dude que somos destellos de luz que un hermoso Niño nos ha legado!

El Rvdo. Israel Alexander Portilla Gómez es diácono en la Misión San Juan Evangelista, Diócesis de Colombia, donde ha ejercido el ministerio desde diciembre de 2016.

Descargue el sermón de 1 Navidad.

Navidad (III) – 25 de diciembre de 2018


[RCL] Isaías 61:10-62:3; Salmo 147 ó 147:13-21; Gálatas 3:23-25; 4:4-7; John 1:1-18

“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios”.

Con estas palabras el evangelista Juan nos introduce el cuarto evangelio y establece con claridad meridiana que todo lo que existe y tiene su ser se origina en y por la Palabra. Esa Palabra decidió establecer su morada entre nosotros y bendecirnos con su presencia de una forma más concreta.

Pero ésta no es una presencia totalmente ajena en la experiencia del pueblo hebreo. Durante muchos siglos Dios se había hecho manifiesto en el llamado a Abrahán, en la liberación de Egipto bajo el liderazgo de Moisés y en el envío constante de profetas para que guiaran a los israelitas en su proceso de maduración en la fe y comprensión del propósito salvífico de Dios.

El verdadero desafío de este pasaje del evangelio de Juan, tanto para nosotros como para los contemporáneos del evangelista, es cómo esa Palabra toma forma en la persona de Jesús. Y esto, queridos hermanos y hermanas, nos presenta un problema muy serio, un problema que no podemos resolver si nos quedamos aferrados a una visión limitada y cómoda de lo que es la presencia de Dios entre nosotros.

Por fe sabemos que Dios es Palabra efectiva que se cumple en su promesa y se manifiesta en la creación y en sus acciones. Ya desde los tiempos de Moisés entendemos que ese Dios se define como el que Es: un Dios de acción, celoso por su pueblo y apasionado por la justicia.

Sin embargo, cuando ese Dios se nos hace muy concreto, puede llevarnos al desconcierto y a la búsqueda incansable del aspecto de él que más se acomode a nuestros intereses. ¿Acaso fue eso lo que pasó cuando Jesús apareció reclamando ser el Hijo de Dios? ¿Acaso es lo que nos ocurre a nosotros mismos cuando una persona necesitada pasa a nuestro lado y nos reclama ser Jesús?

En el evangelio de Juan el mismo Jesús se autodefine como: “Camino, verdad y vida”, un lenguaje que nos deja espacio para la elaboración teológica y creativa. Desde nuestra experiencia cristiana se nos hace relativamente fácil aceptar a Jesús como esa “Palabra hecha carne que habitó entre nosotros”. Pero Jesús no nos deja tanto libre albedrío cuando nos desafía a descubrirle en el hambriento, el sediento, el enfermo, el desnudo y el encarcelado. Ahí nos exige la acción que libera y no solamente el discurso que busca liberar. Esa distinción la descubrimos bastante matizada a todo lo largo del ministerio de Jesús; ministerio del que se hace partícipe la Iglesia y, por asociación, nosotros también.

“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Habitar es tener morada con carácter permanente o establecerse en un lugar cualquiera. Eso, dicho a partir de la experiencia humana, constituye una afirmación ordinaria. Pero visto del punto de vista divino nos lleva al campo de lo extraordinario. Lo que pasa con la encarnación de Jesús es extraordinario y por eso el evangelista Juan lo hace tema introductorio de su libro. En ese sentido la misión de la Iglesia es mantener un diálogo permanentemente y abierto entre lo ordinario y lo extraordinario. Ese diálogo debe ayudarnos a seguir descubriendo la presencia del Dios encarnado en las personas ordinarias con quienes compartimos este mundo, especialmente con aquellas que están más necesitadas.

Hace un momento decíamos que el desafío real consiste en descubrir cómo la Palabra encarnada se manifiesta en nosotros. Con un poco de esfuerzo podemos descubrir muchas formas en las que esto ocurre. Pensemos, por ejemplo, en los soldados que han sido enviados a combatir en Irak y Afganistán. Reflexionemos en la angustia que puedan tener sus familias, y en su impotencia y el temor de no volverlos a ver con vida. Pensemos también en las miles de familias que han sido divididas por los operativos y así han puesto cientos de millas de distancias entre padres e hijos. También pensemos en los hermanos y hermanas que perdieron sus casas y sus trabajos en estos dos últimos años. De igual modo, traigamos a nuestra mente a miles de jornaleros y jornaleras que diariamente, y aun durante este tiempo de Navidad, se debaten entre lo posible y lo imposible; lo real y la esperanza que da la fe, antes de salir a las calles a buscar el sustento de su familia. Y por qué no pensar en los casi doce millones de personas que esperan desesperadamente un acto del Congreso de Estados Unidos que regularice su estatus a través de una muy esperada, orada y protestada reforma inmigratoria.

En cada uno de los ejemplos que acabamos de mencionar no hay mucho de extraordinario. Lo extraordinario es que nosotros podamos experimentar la ruptura y ansiedad de los sujetos envueltos del mismo modo que Jesús la experimenta. Nosotros los cristianos podemos descubrir en cada ser humano la presencia incuestionable de Jesús, el Verbo encarnado cuyo nacimiento estamos celebrando. Él nos invita a servirle en cada ser humano. Y eso sin importar la condición social, la raza, el género, las preferencias o el estatus de aquellos y aquellas en quienes él se hace presente.

Que Dios Padre nos siga bendiciendo con su palabra y nos conceda la gracia de poder identificarle en todo y en todos, y hacer manifiesto su amor con hechos que dan un testimonio fehaciente.

Este sermón escrito por el Reverendo Canónigo Simón Bautista originalmente se publicó para el Día de Navidad 2009.

Descargue el sermón de Navidad (III).

Adviento 4 (C) – 23 de diciembre de 2018


[RCL] Miqueas 5:2-5ª; Cántico 3; Hebreos 10:35 – 11:1; Lucas 1:39-45, (46-55)

Arriba en la montaña hay tres mujeres que proclaman. Del viaje solidario a la buena noticia de salvación

El evangelista Lucas nos propone una historia llena de movimientos y dinamismo en este cuarto domingo de Adviento. Así que les invito a pensar que este es un domingo de acción en el contexto de este tiempo litúrgico y no un domingo de espera pasiva.

Nos cuenta Lucas que poco tiempo después de que el ángel Gabriel se presentó a María para declararle el plan de Dios para con ella, María emprende un viaje hacia la montaña para visitar a su pariente Isabel. En una lectura cuidadosa del relato de Lucas sobre el embarazo de Isabel podemos encontrar razones suficientes para pensar que las primas no se habían visto durante los últimos cinco meses previos a la visita de María. Lo que ocurre en el encuentro de María e Isabel desencadena un gran discurso de buena noticia para el mundo. También crea las bases para el argumento sobre la intención de Dios de invertir el orden de las cosas, empezando por el reconocimiento de la importancia de la voz y la presencia profética de la mujer y su rol de liderazgo en la propuesta de salvación que por medio y a través de ella, Dios pone al alcance del ser humano con el testimonio de Juan el Bautista y el ministerio de Jesús de Nazaret.

La visita de María a Isabel es particularmente especial y María lo reconoce. Tal vez por esa razón la prisa de María. El evangelista escribe para que sus lectores observen el detalle de esa urgencia de María para ver a Isabel: “salió de prisa.” Es natural que el que lleva o va en busca de noticia importante tenga algo de urgencia. En María se cumplen estas dos condiciones: lleva noticia y va en busca de noticia. Esta es una dinámica interesante. El misterio que rodea el embarazo de Isabel se convierte en una razón suficientemente poderosa para despertar y alimentar la curiosidad de María. María, por su parte, tiene una excitante historia que contar: el encuentro con el ángel Gabriel y el acontecimiento de su propio embarazo. Estas no son dos historias separadas, sino que están tejidas por la misma y única acción de Dios. También muchas de nuestras historias están unidas, aunque nos parezca que tienen muy poco en común.

El relato de Lucas nos hace pensar que algo extraordinario ocurre en el momento que María llega a la casa de Isabel. Lo que cualquiera podría predecir como una serie de besos y abrazos acostumbrados entre dos primas que se quieren y tienen tiempo sin verse, se convierte en una profunda manifestación del Espíritu en y a través de las palabras de María e Isabel. Las palabras que salen de los labios de ellas traen al presente el relato de Lucas, las voces y aspiraciones de los profetas del pueblo de Israel y resumen en un solo acto la esperanza del pueblo de Dios, especialmente la esperanza de los pobres y la fe de los que esperan la venida del Salvador.

Cuando Isabel dice “¿cómo he merecido yo que venga a mí, la madre de mi Señor?” Ella está profetizando bajo la guía del Espíritu Santo. Isabel habla de lo que todavía no ha escuchado y tampoco ha visto. Cuando en su respuesta a Isabel, María pronuncia las palabras que hoy conocemos como el Magníficat, también María habla bajo el poder e inspiración del Espíritu y no solo eso, en el Magníficat, María comienza parafraseando la oración de la profetiza Ana, madre del profeta Samuel: “mi alma se alegra en Yahvé, en Dios me siento llena de fuerza, ahora puedo responder a mis enemigos, pues me siento feliz con su auxilio”. Lucas trae no una, no dos, sino tres voces de mujeres al centro de esta historia de la encarnación que presenta al inicio de su evangelio: Ana, Isabel y María. Esas tres voces no solo hablan por la mujer judía de aquel tiempo, sino por las mujeres de todos los tiempos, razas y culturas que creen en la presencia y acción liberadora de Dios en nuestra historia.

Esta perspectiva de Lucas es particularmente vital en la práctica de la iglesia y las comunidades de fe hoy día, ya que nuestra posibilidad de ser efectivas en la proclamación del evangelio va de la mano con nuestra habilidad de incluir todas las voces en lo que hacemos. Y particularmente debemos prestar atención a esas voces que normalmente no consideramos valiosas o importantes, pues también en ellas podemos encontrar mensajes de salvación.

En el evangelio que hemos proclamado en este día, Lucas capta un momento especial. La visita de María a la casa de Isabel que está en lo alto, el salto de la criatura que lleva Isabel en el vientre al escuchar la voz de María y sentir la presencia de Dios que se encarna, las palabras de mujer sorprendida que pronuncia Isabel reconociendo en ellas tanto al Salvador como a la mujer que lo lleva en su vientre y el canto liberador que brota de los labios de María. Nada es fortuito. Todo responde a un plan muy bien articulado por Dios en el que cada actor juega un importante papel magistralmente.

También nosotros y nosotras tenemos parte en ese plan, somos invitados e invitadas por Dios a ejecutar nuestra parte. ¿Estamos listos y listas para unir nuestras voces a las de Ana, Isabel y María? ¿Cuál será nuestro canto? ¿Desde qué lugar lo vamos a cantar y con quiénes?

Cada vez que leemos o escuchamos la palabra de Dios en cualquier lugar que nos encontremos, nos estamos exponiendo a la posibilidad de entrar en contacto con la buena noticia, buena noticia que no es exclusivamente para nosotros, sino que se nos da para compartir con los demás. Esta es la manera en que nos hacemos solidarios los unos con los otros. Tal vez esa es parte de la simbología de la prisa de María y el símbolo de la montaña, lugar donde se encuentra con Isabel. La buena noticia se debe difundir rápido, desde lugares donde los demás la puedan escuchar. En el texto de Lucas que leímos hoy el lugar de difusión de esa buena noticia es la montaña. Aquí en la iglesia nuestro lugar de difusión es el templo, los salones de escuela dominical y el salón parroquial entre otros. ¿Dónde y a quiénes proclamas tú la buena noticia en tu vida cotidiana?

Como bien saben, hoy estamos llegando a la conclusión de este Adviento, mañana celebramos los servicios de víspera de navidad, la Nochebuena. ¿Estamos listos para subir con María e Isabel a la montaña, para unir nuestras voces con las de ellas y cantar un canto nuevo de esperanza para todas y todos, especialmente para los más marginados y olvidados, para los que huyen de sus países por el hambre y los perseguidos por la violencia, para los que buscan asilo en nuestras fronteras y los que están en riesgo de ser deportados, para los que viven los horrores de la violencia doméstica y sufren bajo el peso de la discriminación, para los que no encuentran el valor de proclamar la verdad que sana y libera?

Entonces repitamos una vez más las palabras de María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

El Reverendo Simón Bautista Betánces sirve en la Iglesia Catedral de Cristo, en Houston Texas. Es Canónigo para Misión y Alcance, y Ministerio Latino.

Descargue el sermón de Adviento 4 (C).

Adviento 3 (C) – 16 de diciembre de 2018


[RCL] Sofonías 3:14-20; Cántico 2 (Isaías 12:2-6); Filipenses 4:4-7; Lucas 3:7-18

La primera lectura de hoy, tomada del libro del profeta Sofonías, expresa el sentimiento de este tercer domingo de Adviento: “¡Canta, ciudad de Sión! ¡Da voces de alegría, pueblo de Israel! ¡Alégrate, Jerusalén, alégrate de todo corazón!” Hoy celebramos el domingo de júbilo, el cual es simbolizado por el color rosado de la tercera vela de la corona de Adviento y en muchas iglesias por el predominio de ese color en las vestimentas.

Se considera que, después de los días austeros del comienzo de Adviento, cuando la iglesia ha invitado a los fieles al arrepentimiento y a la reconciliación penitencial como preparación para la llegada de nuestro Salvador, hoy, en el tercer domingo de Adviento, nos damos un descanso para celebrar con gozo el hecho de que ya se acerca la Natividad de aquel cuya llegada fue anunciada y esperada por muchos siglos. Así, pues, cada lectura de hoy continúa esa invitación al gozo y al regocijo. El profeta Isaías, en los versos del segundo cántico del Libro de Oración Común, nos llama a alabar al Señor con regocijo y gratitud por sus obras portentosas. San Pablo en la carta a los Filipenses, nos llama a regocijarnos en el Señor en toda ocasión con confianza y gratitud.

Hasta este momento podemos respirar con alivio, ya que parece que el sentimiento despreocupado y gozoso de las lecturas de hoy por fin se pone de acuerdo con la celebración y el espíritu navideño que inunda al mundo, donde la “Navidad” empieza a verse desde el comienzo del Adviento y a veces mucho antes. Ya se están cantando villancicos en los hogares y en las iglesias donde se realizan las posadas o las novenas, y hay mesas llenas de platos típicos de la temporada, con abundancia de bebidas y celebración. El llamado de San Pablo está en armonía con el espíritu de este mundo ya que el entusiasmo con el que nos lanzamos a toda celebración revela veladamente nuestro deseo de escapar por algún tiempo, de las duras realidades de la vida diaria.

Todo cambia drásticamente al escuchar las palabras de San Juan Bautista, que nos llegan a través de la lectura del Evangelio de San Lucas: “¡Raza de víboras! ¿Quién les ha dicho a ustedes que van a librarse del terrible castigo que se acerca? Pórtense de tal modo que se vea claramente que se han vuelto al Señor; Además, el hacha ya está lista para cortar los árboles de raíz. Todo árbol que no da buen fruto, se corta y se echa al fuego.”

Como todo profeta, Juan el Bautista levanta su voz y llama la atención a aquellas personas que desobedecen a Dios y que se desvían de su camino de salvación. El profeta levanta la voz ante la presencia de la injusticia, la opresión, el abuso de poder y la idolatría. El profeta también levanta la voz ante el silencio y la conformidad, la complicidad en el pecado, en el hacer daño a la creación y al prójimo. El profeta es llamado por Dios a despertarnos de nuestra pasividad ante el mal y a tomar acción reparativa.

Nos cuenta San Lucas que Juan ha estado en el desierto en su misión de preparar al pueblo de Israel para la venida del Mesías. Lo hace con un llamado al arrepentimiento y a la corrección de la vida, y su voz les llega a todas las gentes, quienes responden con temor. Todos le preguntan: “¿Qué debemos hacer?” Tres grupos diferentes le hacen la misma pregunta: el pueblo, los cobradores de impuestos, y los soldados. Juan responde que deben ser generosos, dándole comida a quien no tiene alimentos, y ropa a quienes carecen de ella. A los cobradores de impuestos les dice que sean justos y que no tomen ventaja del pueblo cobrando más impuestos de lo debido. Finalmente, a los soldados les dice que se conformen con su sueldo y no tomen nada a la fuerza ni con amenazas.

Este pasaje del Evangelio termina con las siguientes palabras desconcertantes: “De este modo, y con otros muchos consejos, Juan anunciaba la buena noticia a la gente”. ¿Cómo podemos reconciliar el llamado furioso y a la vez angustioso de Juan Bautista al arrepentimiento y a volvernos a Dios, con la buena noticia y con el llamado al regocijo de Sofonías, Isaías, y San Pablo? La respuesta está en la proclamación inicial y central de las escrituras de hoy: El llamado al júbilo, que es un sentimiento más profundo e intenso que la misma alegría. Mientras que la alegría se experimenta ante la satisfacción por cosas buenas que nos pasan, el júbilo, desde el punto de vista espiritual, es un sentimiento intenso de felicidad. Ese sentimiento nos llena a todo momento y en todo lugar sin depender de que nos ocurran cosas buenas o malas. Este sentimiento lo experimentamos cuando tenemos la certeza de que Dios nos da la salvación y desea lo mejor para toda su creación. Este es el sentimiento que nos invade al estar en constante comunión con Dios. De esto parte la proclamación de San Pablo: “¡Regocíjense siempre en el Señor!”

El júbilo también es el sentimiento que experimentamos cuando sabemos que sin duda Jesús está cerca, y que nosotros estamos listos y listas para recibirlo y compartirlo. De ahí parte el llamado al cambio radical que hace San Juan Bautista. Él nos llama a dejar de buscar solo para nuestro beneficio y que cultivemos la generosidad y compasión por cada persona que tiene menos que nosotros. Juan el Bautista nos llama a dejar de ser indiferentes al sufrimiento humano y que en vez actuemos para aliviarlo, siendo solidarios y respondiendo firme y fielmente a amarnos los unos a los otros como Dios nos ama.

A los gobernantes y a toda persona con poder se les llama a ser justos y justas, a dejar de oprimir y explotar a sus subalternos y a los desprotegidos. El gobernante debe recordar que Jesús, Rey de Reyes y Señor de Señores, le preguntó al mendigo: “¿Qué quieres que haga por ti?” Toda autoridad viene de Dios y Dios llama a la persona en posición de autoridad a servir, no a ser servido.

A los militares se les llama a dejar de ser instrumentos de la ambición de los poderosos y de volver sus armas contra las masas oprimidas para intimidarlas y obligarlas a la obediencia, tal y como San Oscar Romero de El Salvador hizo a los miembros de las fuerzas armadas: “En el nombre de Dios pues, en el nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo, les ruego, les suplico, ¡les ordeno en el nombre de Dios, que cese la represión!”

Las palabras de San Juan, entonces, nos muestran la razón y el camino de este llamado al júbilo en este tercer domingo de Adviento: ¡Regocijémonos, El Señor está cerca! Podemos entonces, unirnos al pregón: “¡Canta, ciudad de Sión! ¡Da voces de alegría, pueblo de Israel! ¡Alégrate, Jerusalén, alégrate de todo corazón!”

El Rvdo. Edgar A. Gutiérrez-Duarte es Vicario de la Misión St. Luke ’s-San Lucas en Chelsea, Massachusetts. Sirve como director del Comité Diocesano para Ministerio Hispano, y es vicepresidente de la Junta de Directores de la Colaborativa de Chelsea (organización que sirve a inmigrantes y trabajadores del área) y miembro de la Junta de Directores de CAPIC (Community Action Programs Inter-City, Inc.) de la región Chelsea-Revere-Winthrop.

Descargue el sermón de Adviento 3 (C).

Adviento 2 (C) – 9 de diciembre de 2018


[RCL] Baruc 5:1-9; Cántico de Zacarías; Filipenses 1:3-11; Lucas 3:1-6

¡Preparen el camino del Señor!

En la aclamación memorial de la Plegaria Eucarística A, decimos: “Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado, Cristo volverá”. La semana pasada nos ubicamos en el advenimiento de Cristo que aclamamos en la frase “Cristo volverá,” es decir, el regreso de Cristo. Nuestra vida como cristianos y cristianas es vivir en el entre medio: luego de la Ascensión y esperando su regreso.

Sin embargo, en esta semana y las que quedan de Adviento nos preparamos para celebrar la primera llegada de Cristo al mundo como un bebé. Es en este contexto de espera del Mesías, el Cristo, que Juan el Bautista proclama en el desierto: “preparen el camino del Señor”. Entonces, ¿Cómo preparamos el camino del Señor? ¿Cómo lo hacemos como comunidad? ¿Cómo lo hacemos individualmente? ¿Qué anhelamos este Adviento? Les sugiero que el camino del Señor del que estamos hablando ahora y anhelando es el camino de la justicia.

La proclamación de Juan el Bautista es una que promete que las estructuras opresoras de nuestras sociedades serán expuestas y derrotadas. Es una proclamación de que no habrá más injusticias, y que las personas marginalizadas podrán disfrutar de la dignidad que promete el Reino de Dios, en vez de los reinos de este mundo. A esto se refiere San Lucas sobre Juan el Bautista cuando cita al profeta Isaías diciendo: “donde los valles se rellenan y las montañas se aplanan”.  Podríamos decir que el Reino de Dios es donde las diferencias opresivas se destruyen y donde creamos un mundo de más equidad. Es donde preparamos nuestros entornos y corazones para el Mesías libertador. No sólo preparamos el camino, sino también nos preparamos para el nuevo camino que trae Cristo, y el camino que es Cristo. Esta es nuestra esperanza, una esperanza en fe, ya que particularmente en el Adviento ponemos todos nuestros anhelos en un bebé.

En el Cántico de Zacarías también tenemos una imagen de la esperanza que ponemos en un reino de justicia que viene de Dios. Zacarías dice que: “Es el Salvador que nos libra de nuestros enemigos” y lo hace porque Dios recuerda “su santa alianza”. Y nuestra respuesta entonces es servirle a Dios “con santidad y justicia…todos nuestros días”. Igual que Juan el Bautista, Zacarías era un hombre fiel que vivía con la esperanza declarada por sus antepasados y supo reconocer el cumplimiento de las promesas de Dios en su propio tiempo.

Juan y Zacarías proclamaron la llegada de un reino de liberación y de justicia, y entendieron que tenían que responder en su diario vivir. Esta respuesta es una que es individual y también comunal. Esta última es la respuesta que hacemos en comunidad, incluyendo en la reunión dominical como la que tenemos hoy.  Jesús nos salva y nosotros y nosotras respondemos con adoración, santidad, y justicia. Respondemos también, como Pablo nos indica en la carta a la comunidad de Filipos, con la “participación en el evangelio (en anunciar las buenas nuevas)”.  Y esto lo hacemos también, como dice Pablo, porque Jesús comenzó en cada persona “la buena obra”.

La época de Adviento es bien curiosa porque no sólo vivimos entre medio, sino que recordamos el pasado, lo conmemoramos y anhelamos un futuro prometido. Es decir, respondemos a lo que Dios ya ha logrado, continuamos respondiendo a la obra actual de Dios y continuamos preparándonos por el cumplimiento pleno de todas las promesas de Dios para con toda la humanidad.  Pablo en su epístola habla de estos tres tiempos, siendo nuestras acciones de hoy “puras e irreprensibles” que nos preparan para el “día de Cristo”. Con el fruto de nuestras acciones de hoy siendo la justicia.

En este Adviento del año 2018 tenemos que preparar el camino del Señor de una manera nueva – no sólo preparándole un lugar al niño Jesús y abriendo nuestros corazones nuevamente, sino también preparándonos para la labor de crear justicia. Somos todos y todas agentes de esta justicia, siendo esta, la semilla sembrada de Dios en cada persona. Nuevamente, preparamos el camino para Jesús, pero ese camino es el de las “buenas nuevas de Dios en Cristo,” y estas buenas nuevas son el mensaje liberador de Dios que obra en cada persona.

Al preparar el camino de Jesús, que es camino de justicia, hemos de actuar con miras a la justicia, tomando acciones sociales en las que compartimos los destellos del reino de liberación de Jesús, ese reino realizado en su persona; y ese reino revelado en el Mesías; y el reino que continuamos construyendo como obra que somos de Dios. Una de las obras que hace Dios en nosotros y nosotras es darnos la habilidad de ser agentes en el cumplimiento de nuestra propia liberación. Quizás en esta época de Adviento nuestra responsabilidad mayor ha de ser ayudar a preparar un mundo mejor para la humanidad, empezando en nuestro entorno local y en nuestra congregación.

¿Cómo preparamos el camino del Señor como personas individuales?  Proclamando el reino de justicia y liberación de Cristo – usando “la buena obra” que Dios ha empezado en toda persona.

¿Cómo preparamos el camino del Señor como comunidad? Proclamando las buenas nuevas de Dios en Cristo y abogando por la dignidad y justicia para toda la humanidad, reconociendo que somos agentes de Dios.

¿Qué anhelamos en este Adviento? Anhelamos un mundo de justicia, creado por Dios, a través de la agencia de cada persona y comunidad, y ponemos toda nuestra esperanza en el Cristo que ha de nacer y en el Cristo que ha de volver.

Según se puede decir al concluir la Oración Vespertina diaria: “Gloria a Dios, cuyo poder, actuando en nosotros, puede realizar todas las cosas infinitamente mejor de lo que podemos pedir o pensar: Gloria a él en la Iglesia de generación en generación, y en Cristo Jesús por los siglos de los siglos. Amén”. 

La Rvda. Dra. Carla E. Roland Guzmán es Rectora de la Iglesia Episcopal de San Mateo y de San Timoteo en la Ciudad de Nueva York (smstchurch.org) y también coordina Fe, Familia, Igualdad: La Mesa Redonda Latinx (fefamiliaigualdad.org).

Descargue el sermón de Adviento 2 (C).

Adviento 1 (C) – 2 de diciembre de 2018


[RCL] Jeremías 33:14–16; Salmo 25:1–9; 1 Tesalonicenses 3:9–13; San Lucas 21:25–36

¡Feliz año nuevo! Hoy comenzamos una nueva etapa, una nueva estación en la Iglesia. Es Adviento. Estamos comenzando el primer tiempo en el año litúrgico cristiano. Esta estación consiste en un tiempo de preparación espiritual para la celebración del nacimiento de nuestro Salvador Cristo Jesús. El Adviento viene antes de la Navidad y estamos a la expectativa de que ya está por llegar Cristo, nuestra salvación. En latín la palabra es adventus que significa venida –estamos esperando la venida de nuestro Redentor. Tomamos este tiempo para reflexionar, orar y esperar atentamente a nuestro Salvador Jesús. También, como esperamos a nuestro Redentor, este tiempo es para preparar nuestros corazones, mentes y almas. Es un tiempo de penitencia, arrepentimiento, y perdón.

 

¿Qué haríamos si supiéramos que va a venir la persona más importante del mundo a nuestro hogar? Pensemos en la persona que más admiramos en este mundo – tal vez tienen su imagen en la pared, tal vez compran cualquier revista que mencione a esta persona o tal vez es alguien que ven en la televisión. ¿Qué haríamos para prepararnos para su visita? Limpiaríamos, compraríamos cosas nuevas, arreglaríamos cualquier cosa que no esté funcionando. Hasta nos iríamos de compras para tener el traje más bello, el peinado más extravagante o los zapatos más brillosos. Prepararíamos los platos más ricos y los presentaríamos en la vajilla de porcelana más lujosa que tuviéramos. No dejaríamos ningún rinconcito sin un vistazo, ¿verdad? Nuestro Dios encarnado, nuestro Mesías, nuestro Redentor y Salvador está por llegar. ¡Preparémonos!

Al iniciar el Adviento leemos la colecta: danos gracia para despojarnos de las obras de las tinieblas y revestirnos con las armas de la luz, ahora en esta vida mortal, en la cual Jesucristo tu Hijo, con gran humildad, vino a visitarnos. ¿Cómo sería si toda la gente se despojara de las tinieblas y se revistiera de luz? Imaginemos un mundo donde todas las personas fueran luz para alumbrar este mundo que a veces está lleno de tinieblas como las del odio, las peleas, los resentimientos, el abuso, la incredulidad y la inseguridad. Imaginemos un mundo donde hay más amor, comprensión, simpatía, respeto, fe, y certeza. Podemos ser parte de la luz, comencemos hoy a revestirnos de luz.

Jeremías nos recuerda que, cuando vivimos en la luz, tenemos la certeza que Dios cumplirá sus promesas de bendición. ¿Cuáles son algunas de esas promesas? En este mismo capítulo de Jeremías encontramos: Dios nos responderá cuando le llamemos. Nos dará salud. Hará que gocemos de paz y seguridad. Nos purificará de nuestros pecados. Para conocer más sus promesas hemos de leer su palabra. Este tiempo de Adviento es un buen momento para comenzar a tener la disciplina de leer la Biblia y conocer no sólo las promesas de Dios, sino también lo que Dios espera de nosotros, sus hijos e hijas.

El salmista nos ayuda a entender un poco más sobre la oración. A veces decimos que no sabemos orar, pero cuando leemos los Salmos podemos ver que la oración es una conversación entre nosotros y Dios. Cuando sentimos que no podemos encontrar palabras adecuadas para orar, leamos los Salmos. Ahí encontraremos frases como: confío en ti, encamíname en tu verdad, acuérdate de mí y también frases como: no sea yo humillado, no triunfen mis enemigos sobre mí, y ninguno de cuantos en ti esperan será avergonzado. No hay nada tan insignificante ni tan grande en nuestra vida que Dios no quiera escuchar. Usemos estas cuatro semanas de Adviento para leer los Salmos y al orar, recordar que Dios es fiel, nos ama y quiere estar en comunicación con nosotros y con nosotras.

En la epístola, Pablo nos recuerda la Regla de Oro: amémonos. Hay un himno que dice: Amémonos de corazón, no de labios solamente. En otras palabras, hay que demostrar amor, no sólo decir que amamos. El amor es una palabra de acción, es una decisión, es un mandamiento. Pidámosle a Dios que nos dé más amor para darlo a las demás personas. En este tiempo de Adviento, tenemos aproximadamente veintidós días para demostrar amor. A veces creemos en el amor superficial que nos vende este mundo, pero el amor del que nos habla Pablo es un amor puro y desinteresado, un amor como el que Jesús tuvo para todo el mundo. Podemos hacer actos de amor que incluyen la generosidad, la compasión, ofrecer ayuda y consuelo y compartir nuestro tesoro durante el Adviento. Actos de amor pueden incluir escribir una carta de agradecimiento, hacerle un favor a alguien que no te lo puede devolver, comprar flores para la iglesia, conducir con alegría durante la hora pico, abrirle la puerta a alguien, donar sangre y sonreír. Si hacemos actos de amor durante el Adviento, veremos que nos beneficia a nosotros tanto o más que a la persona que los recibe.

El evangelio de San Lucas nos muestra una visión un tanto espantosa. “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra las naciones estarán confusas y se asustarán por el terrible ruido del mar y de las olas. La gente se desmayará de miedo al pensar en lo que va a sucederle al mundo; pues hasta las fuerzas celestiales serán sacudidas”. Si nos ponemos a pensar, las señales ya se están viendo. En este tiempo de cambios climáticos suceden desastres naturales, lo cual nos da a entender cuánto sufre la madre tierra. Tal vez sentimos mucho temor y no sabemos cómo será nuestro futuro. Pero Jesús mismo nos dice: anímense y levanten la cabeza, porque muy pronto serán libertados.

Si estamos cabizbajos es porque nos hemos dejado llevar por el abatimiento, la tristeza o la preocupación. Jesús, el Salvador y Redentor que esperamos durante el Adviento nos dice que levantemos la cabeza porque nos promete que seremos libertados. ¡Jesús está en camino para liberarnos! Estas sí que son buenas noticias para este tiempo y para empezar el Adviento. “El Señor es nuestra victoria” nos dice Jeremías. Nuestra victoria está a punto de llegar.

Tal vez algunas personas en este día estén pasando por problemas espantosos. Tal vez vinieron a la iglesia desanimadas y sienten que ya no pueden más. Jesús está aquí y te dice con amor, “El cielo y la tierra dejarán de existir, pero mis palabras no dejarán de cumplirse”. Sus palabras se cumplirán. Sus palabras van dirigidas especialmente a cada persona en este día. Palabras como: “Yo te haré descansar”, “Te doy la luz que da vida” ,“Yo estaré contigo todos los días, hasta el fin del mundo”, “Te doy mi paz. No te angusties ni tengas miedo”, “Proveeré para todas tus necesidades”. Creámosle y repitamos a menudo estas palabras porque se cumplirán.

Durante esta época de Adviento, mientras esperamos al niño Dios – Redentor y Salvador, les invito a alimentarse de la palabra de Dios, a orar y a recordar cuánto Jesús nos ama.  Él nos dice: ¡Ánimo! ¡Levanta la cabeza! ¡Estoy por llegar para darte libertad!

La Dra. Sandra Montes trabaja como consultora de recursos en español para Episcopal Church Foundation. También se desempeña como músico, traductora, oradora, asesora y redactora. La Dra. Montes vive en Houston, Texas.

Descargue el sermón de Adviento 1 (C).

Ultimo domingo después de Pentecostés (Propio 29) – Año C

Jeremías 23:1-6, Salmo 46, Colosenses 1:11-20, Lucas 23:33-43.

Con la celebración del Reinado de Cristo o Cristo Rey, culminamos el año litúrgico. El próximo domingo comienza el nuevo año litúrgico con el Primer Domingo de Adviento.

En este domingo se resalta el señorío universal de Jesús. Cristo viene de la palabra griega Christós que significa el ungido, y equivale al hebreo Mesiah que también significa ungido.

Desde las primeras generaciones de creyentes, la convicción de los discípulos de Jesús y de sus demás seguidores es que Jesús es el Mesías por virtud de su entrega a los demás, y la aceptación y acogida de todos los “desechados” por la sociedad, por la religión, y por el sistema vigente. A ellos, Jesús les devuelve la auténtica figura de Dios Padre misericordioso que a todos ama con la misma medida sin distinción de raza, pueblo o nación.

Sin embargo, para la época de Jesús, la esperanza mesiánica tenía matices religiosos, políticos y sociales. Ni las palabras de Jesús, ni sus acciones se ajustan a lo que comúnmente se pensaba que debía ser el Mesías.

El pueblo israelita esperaba una intervención especial de Dios a través de un enviado; una intervención que se encaminara directamente a un cambio de situación. Ya desde la época en que empezó a decaer el período de los jueces, unos mil años antes de Jesús,  el pueblo que vivía en la tierra prometida comienza a experimentar la opresión a manos de los nuevos dirigentes: los reyes.

Podemos decir con toda claridad que el período de la monarquía fue el gran pecado de infidelidad al proyecto comunitario de Dios cuando condujo a su pueblo a la tierra de la libertad. Y todo comienza cuando los jueces empiezan a corromperse; de esto nos da testimonio el segundo libro de Samuel, el último de los jueces de Israel. Los ancianos de Israel van hasta donde él para decirle: “Mira, tú ya eres viejo y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne, como es costumbre en todas las naciones.  A Samuel le disgustó que le pidieran ser gobernados por un rey, y se puso a orar al Señor.  El Señor le respondió: “Escucha al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey”.

Y aquí arranca el “calvario” histórico para Israel. A pesar de que al pueblo sencillo se le hizo creer que la monarquía era voluntad de Dios y que el rey era señalado por el mismo Dios; es necesario decir que en realidad esta fue una jugada de los grupos dominantes del momento, y ese es un grave peligro que tienen las comunidades de todos los tiempos: hacerles creer que los intereses de una minoría dominante expresan de algún modo el querer de Dios.

La demostración más clara e histórica, de que Dios nunca estuvo de acuerdo con la monarquía fue precisamente la aparición de profetas que desde su libertad e independencia del poder, no les tembló la voz para denunciar valientemente el descuido de cada nuevo monarca respecto a sus deberes como guía, como líder principal del pueblo. La cuestión es muy simple: la monarquía fue para Israel un retroceso a la época de la servidumbre en Egipto, pues se trata de una estructura esencialmente injusta, creadora de una sociedad desigual, excluyente y esclavizante.

Para la época más inmediata a la llegada de Jesús, esta esperanza tenía varios matices: los dirigentes políticos, que no se sentían cómodos con la presencia romana en el territorio esperaban un Mesías con la suficiente fuerza para expulsar de Israel la porción de ejército romano acantonado en Palestina y que le devolviera a los dirigentes judíos la autonomía en sus asuntos; los interesados en una vivencia religiosa más acorde con la rutina cultual del templo, esperaban un Mesías que purificara el templo y el culto de un modo definitivo; las masas oprimidas y empobrecidas, esperaban un Mesías comprometido con las necesidades sociales, que les garantizara el alimento, tener un pedazo de tierra… en fin, que los liberara de la opresión de los políticos, de los representantes del templo y de los romanos.

A pesar de los diferentes tintes de la esperanza mesiánica, había en todos un sentir común: la tarea del Mesías, vista desde cualquier ángulo, era exclusivamente suya, pues para eso ¡vendría investido con todos los poderes otorgados por Dios! La irrupción de un Mesías considerado así, no podía darse sino en medio de truenos y todo tipo de fenómenos cósmicos; y en cuanto al lugar, se suponía que debía ser en Jerusalén.

De acuerdo con todo lo anterior, es apenas lógico que nadie creyera en Jesús como Mesías; recordemos que sus paisanos por poco lo tiran por un despeñadero cuando anunció en la sinagoga de Nazaret que lo dicho por el profeta Isaías comenzaba a cumplirse en ese momento. Hasta sus mismos parientes lo tomaron por loco y buscaban la manera de aislarlo de la gente; pero antes de estas cosas, recordemos que el mismo Tentador hizo todo lo posible por hacerlo desistir de su proyecto de vida que había sellado ya con su bautismo y que el Padre había afirmado con sus palabras: “Este es mi hijo, el predilecto, escúchenlo”. “La gente se asombraba de su enseñanza porque les enseñaba con autoridad, no como los letrados”, y en otra ocasión la gente se preguntaba “¿quién es este que hasta el viento y el lago le obedecen?”

De todos modos, ni los mismos discípulos a quienes Jesús escogió como seguidores suyos fueron capaces de entender ni de ver en su Maestro la presencia del Mesías; es que ellos también tenían expectativas semejantes a las de sus contemporáneos; por eso Pedro reprende a Jesús cuando les anuncia que el Mesías debía padecer a manos de las autoridades de Jerusalén, morir y después resucitar; por eso, las autoridades de Jerusalén sólo pueden ver en Jesús a un blasfemo, un agitador, un evasor de impuestos y un impostor; por eso, Jesús decepciona tanto a Judas que no duda en ponerlo en manos de los sumos sacerdotes.

Para nosotros hoy, es “fácil” confesar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el Rey del universo, porque desde niños nos enseñaron esa fe; valdría la pena ahora que nos pusiéramos en el lugar de Jesús para intentar comprender cuánto tendría él que luchar para descubrir y aceptar su vocación de Hijo de Dios, cuánto le costó aceptar que su tarea mesiánica no podía encaminarse por la espectacularidad ni por el populismo, sino desde el acercamiento humano a cada uno para sembrar en cada corazón la semilla del cambio hasta lograr que esa transformación que todos anhelaban germinara primero en cada corazón.

Nos hace falta identificarnos más con Jesús, vivir la experiencia del anonadamiento, del despojo, de la entrega, hasta convertirnos en instrumentos vivos del amor del Padre; experimentar con entereza la derrota, la cruz, el rechazo al estilo de Jesús, sin perder la confianza en el Padre, así como Jesús, convencidos de que en la derrota está la victoria, en el rechazo está la aceptación, en la cruz está la resurrección.

Abramos hoy nuestro corazón a Jesús, digámosle que estamos dispuestos a que reine en nosotros y que nos haga dóciles de espíritu para entender que su reinado es un reinado de amor, de reconciliación y de paz.

__

El Rvdo. Gonzalo Antonio Rendón-Ospina es sacerdote de la Iglesia Episcopal en Colombia. Por algunos años sirvió en la Diócesis Episcopal de Colombia en San Lucas (Medellín) y en la Catedral de San Pablo (Bogotá). Ha colaborado en otras publicaciones como Diario Bíblico Latinoamericano y los comentarios pastorales de La Biblia de nuestro pueblo. Ahora trabaja como profesor virtual.

Publicado por la Oficina de Formación de la Iglesia Episcopal, 815 Second Avenue, Nueva York, N. Y. 10017.
© 2016 La Sociedad Misionera Doméstica y Extranjera de la Iglesia Protestante Episcopal en Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados.

 

Vigésimo sexto domingo después de Pentecostés (Propio 28) – Año C

Isaías 65:17-25, Cántico 2, 2 Tesalonicenses 3:6-13, Lucas 21:5-19

El evangelio de este domingo nos describe acontecimientos proféticos sobre el templo de Jerusalén y sobre los últimos tiempos. Nos habla de “signos de los tiempos” y nos da la clave para que aprendamos a interpretarlos y prepararnos para afrontar estos sucesos de los cuales estamos siendo testigos en nuestro tiempo actual.

Estas señales que hace más de dos mil años Cristo describió están a las puertas de nuestro siglo 21. Hemos sido testigos de catástrofes naturales, inundaciones, guerras fratricidas, actos de terrorismo organizado, amenazas de misiles nucleares, y construcciones de muros divisorios. Son unos cuantos signos que están presentes en nuestra historia actual y en nuestro diario vivir indicándonos, no el fin del mundo, sino el fin de una era de maldad que nos abre el camino para un cambio de actitud y de vida orientado hacia el bien.

La predicción de la ruina del templo de Jerusalén descrita en el texto del evangelista Lucas suscita una pregunta: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto? ¿Cuál será la señal de que estas cosas ya están a punto de suceder? La respuesta de Jesús es lo que constituye en Lucas “el discurso escatológico”. Un discurso que nos habla del fin de los tiempos que incluye: la destrucción del templo de Jerusalén y la segunda venida de Jesucristo.

Según la orientación que le da Lucas a este discurso, la destrucción de Jerusalén no es exactamente una señal del final de los tiempos. Lo importante es que los discípulos se preparen. Primero, para no darle autoridad a las falsas alarmas salidas de la boca de charlatanes y falsos mesías. Segundo, para superar la violencia y la persecución por parte de los enemigos del Camino de Cristo y para que aprovechen estos momentos para dar testimonio del evangelio.

Cristo no habla “del fin del mundo”, sino del fin de una era de maldad, intriga, violencia, y persecución. Pero antes hay que pasar por muchas pruebas; vendrán falsos mesías, falsos pastores que confundirán a muchos con aparentes prodigios y dones engañosos. No hay duda que hoy día tenemos muchos de esos falsos mesías predicando por las redes sociales, la televisión y en actos multitudinarios confundiendo a miles de espectadores. ¡No se dejen engañar!

Vendrán guerras y revoluciones que reducirán a la miseria y al sufrimiento a muchas familias. Crecerá el odio entre las naciones y los pueblos. Las divisiones entre las razas y las culturas se multiplicarán buscando humillar a las razas de las minorías en las grandes naciones. Los seres humanos se dividirán por sus creencias religiosas y sus credos políticos aumentando las posibilidades de guerras fratricidas y genocidios irracionales.

Nuestra historia está saturada de signos de los tiempos donde Dios nos habla a gritos para hacernos conscientes de los cambios de mentalidad que se necesitan para transformar nuestra manera de vivir buscando la armonía y la paz entre todos los seres humanos sin importar la raza, la religión ni el credo político. Dios nos habla a través de los fenómenos naturales que nos perturban en el día a día, en los sismos o temblores de tierra, en las inundaciones y los tornados, y en las largas sequías provocadas con frecuencia por las infracciones a las leyes naturales que Dios instituyó en toda la creación.

Muchas predicciones de los falsos mesías manipulan a las personas creando el miedo y la apatía para fortalecer el culto a su personalidad olvidando la gloria de Dios. La miseria se ha multiplicado en el mundo de tal manera que no deja lugar a dudas que Dios nos habla a través de dicho fenómeno mundial. Todo esto nos debe animar a la búsqueda incesante del Reino de Dios; un reino de santidad y vida, de justicia y solidaridad, de amor y paz. Debemos discernir el plan de Dios; un plan de salvación y no de condenación.

La tristeza y el sufrimiento se han unido como consecuencia del mal en el mundo, pero esto no es el fin, sino el comienzo de la liberación total en Cristo Jesús. Él nos da la seguridad que el Dios Creador se mueve entre y alrededor de su obra y que se cumplirá su promesa de un cielo nuevo y una nueva tierra. En esta promesa hay esperanza y fortaleza en las cuales podemos confiar plenamente.

Isaías nos recuerda en la lectura de hoy que Dios va a crear “un cielo nuevo y una nueva tierra… [que] lo pasado quedará olvidado, nadie se volverá a acordar de ello…”. En medio de la tribulación permanece la promesa que Dios camina con nosotros y no nos desamparará. Él siempre es fiel y cumple lo que promete. Dios decide intervenir para que la armonía regrese a la creación, pero nosotros tenemos que dar los primeros pasos. La resistencia a cualquier poder del mundo es posible solamente por el don gratuito de la gracia de Dios que proviene de la Palabra y la Sabiduría divina.

La promesa de Dios es clara: “Llénense de gozo y alegría para siempre por lo que voy a crear, porque voy a crear una Jerusalén feliz y un pueblo contento que viva en ella. Yo mismo me alegraré por Jerusalén y sentiré gozo por mi pueblo. En ella no se volverá a oír llanto ni gritos de angustia”. En Jerusalén está simbolizado todo el pueblo de Dios, es decir, nosotros que somos la Iglesia de Jesucristo. Todas estas señales traen la esperanza de un nuevo estilo de vida donde no haya angustia, ni llanto, ni violencia: es el cielo nuevo y la nueva tierra.

San Pablo en su epístola a los cristianos de Tesalónica nos exhorta a no cansarnos de hacer el bien, para de esa manera colaborar con la armonía en nuestra sociedad actual y sobre todo, revertir las señales de muerte. El mal sólo se vence haciendo el bien, pues nuestra naturaleza humana fue creada para hacer el bien. Todo lo que Dios creó es bueno.

Las lecturas de este domingo deben llenarnos de esperanza. Seamos constructores de un nuevo mundo donde no haya dolor, ni llanto y los sufrimientos se conviertan en gozo pleno en el Señor, vencedor de la muerte. Que las señales de los tiempos que estamos viviendo sean los dolores de parto que engendrarán un nuevo estilo de vida fundamentado en el amor cristiano y en el cumplimiento pleno del propósito de hacer siempre el bien en su Santo Nombre.

Pidamos al Todopoderoso nos colme de fe, esperanza y amor para que pronto llegue a nosotros su reino.

El Rvdo. Napoleón Brito es sacerdote episcopal de República Dominicana.

Publicado por la Oficina de Formación de la Iglesia Episcopal, 815 Second Avenue, Nueva York, N. Y. 10017.
© 2016 La Sociedad Misionera Doméstica y Extranjera de la Iglesia Protestante Episcopal en Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados.