13 Pentecostés – Año B

Propio 15

Pentecostes Sermones Episcopal


1 Reyes 2:10-12, 3:3-14; Salmo 111; Efesios 5: 5-20; Juan 6: 51-58

¡Cuando nos reunimos como iglesia, el Espíritu Santo está entre nosotros y nosotras y nos da sabiduría! El tema de la sabiduría es uno que se repite una y otra vez en las lecturas de hoy. En la lectura del primer libro de Reyes se nos relata cómo Dios se le apareció al rey Salomón para concederle un deseo, y cómo Salomón le pidió sabiduría. Según la escritura, Salomón le pidió a Dios: “un corazón atento para gobernar a tu pueblo, y para distinguir entre lo bueno y lo malo”.  El Señor le prometió a Salomón que le concedería sabiduría e inteligencia como nadie las había tenido antes que él.

El tema de la sabiduría también aparece en la carta a los Efesios. La carta le pide al pueblo que: “no vivan neciamente, sino con sabiduría.” Cuando leemos pausadamente la lectura de Efesios, nos damos cuenta de que la sabiduría que se describe es algo mucho más profundo que simplemente ser astuto, tener gran conocimiento, o ser muy inteligente. La sabiduría se describe como una cualidad de nuestra conducta diaria, de la manera en que vivimos nuestras vidas día tras día. Dice que esta sabiduría se relaciona con “procurar entender cuál es la voluntad del Señor” y con “llenarse del Espíritu Santo”.  Existe una larga tradición y un entendimiento cristiano de que el Espíritu de Dios, la sabiduría del rey Salomón y el Espíritu Santo son la misma cosa.

A veces pensamos que la sabiduría es un don o una gracia que recibimos de Dios de manera individual. Esa es la descripción que el Antiguo Testamento hace del rey David, del rey Salomón, y de otros personajes que se destacaron por su inteligencia y sabiduría. Pero en el Nuevo Testamento hay una manera nueva de entender la sabiduría que proviene del Espíritu Santo. Este Espíritu de Sabiduría desciende sobre todos y todas no solo de manera individual, sino además de manera colectiva cuando estamos reunidos en comunidad de fe.

Uno de los mejores ejemplos es un episodio que se describe en el decimoquinto capítulo del libro de los Hechos de los Apóstoles. Existía entonces un conflicto en Antioquía, porque algunos de los misioneros enseñaban que para para hacerse cristianos tenían que obedecer estrictamente la ley de Moisés. Pablo y Bernabé pensaban diferente y decían que la ley de Moisés era un obstáculo para los nuevos cristianos; y que el evangelio de Jesús superaba y suplantaba la ley de Moisés. Para resolver ese conflicto, los apóstoles y los ancianos de la iglesia llamaron a Pablo, a Bernabé y al resto de los misioneros para un concilio que se realizó en Jerusalén. Dice el Libro de Hechos que los líderes de la iglesia se reunieron para estudiar el asunto y que lo discutieron por mucho tiempo. Todos expresaron su opinión con franqueza, incluyendo Pedro, Pablo, Bernabé y Santiago. El resultado de ese concilio fue una carta que los líderes de la iglesia le enviaron a la iglesia de Antioquía, explicándoles que no era necesario cumplir con la ley de Moisés para ser un buen cristiano.

Ese Concilio de Jerusalén nos proporciona un buen modelo de cómo resolver conflictos en la Iglesia. Primero, nos reunimos, expresamos nuestra opinión con sinceridad, y después de deliberar, tomamos una decisión y se la comunicamos a toda la comunidad de creyentes. Si este proceso se hace con amor, paciencia y humildad, el Espíritu Santo ayuda a tomar decisiones sabias e inspiradas. El Espíritu Santo nos da sabiduría y dirige las decisiones de la Iglesia. Y ese un proceso similar al que seguimos hasta hoy con consejos, comités, concilios, comisiones y juntas que existen en todo nivel de la Iglesia Episcopal.

Trabajar en comités y juntas puede ser un proceso lento y frustrante. Muchos piensan que los y las participantes de los comités y consejos de la Iglesia hablan demasiado, nunca llegan a un acuerdo, o toman decisiones sin pensar en los recursos necesarios para implementarlas. Sin embargo, hay motivos importantes por los que en la Iglesia trabajamos y deliberamos en comités y tomamos decisiones por voto democrático.

El primer motivo es el más obvio: cuando tomamos decisiones importantes, tenemos que confiar no solo en la sabiduría colectiva del grupo, sino en la guía y la inspiración del Espíritu Santo. Los diferentes miembros de un comité, comisión o junta tendrán diferentes perspectivas. Hay una gran diferencia entre los comités de una iglesia y lo que ocurre en el gobierno o en el congreso de un país, y es que tenemos que escuchar y expresar opiniones con dignidad y respeto; nunca debemos insultar o atacar a nuestras hermanas y a nuestros hermanos. Recordemos que el propósito es discutir las ventajas y desventajas de ideas y proyectos; no estamos juzgando ni condenando a nadie.

Hay otro motivo importante por el que trabajamos en comités, y es que todos tienen la oportunidad de participar en lo que está ocurriendo, de recibir informes sobre la actividad de los comités y el uso de fondos. En la Iglesia Episcopal tanto los líderes laicos como el clero tienen que rendir cuenta de lo que hacen y cómo administran los recursos que se le han confiado. ¡Y no lo hacemos en secreto, como si fuera una confesión! Lo hacemos frente a comités para que haya muchos testigos de nuestro desempeño.

Hace unas pocas semanas se realizó en Austin, Texas, la septuagésima novena Convención General de la Iglesia Episcopal. Es algunos aspectos es un evento similar al Concilio de Jerusalén, pero más inclusiva porque participan líderes de toda la Iglesia, desde Taiwán y Hawái hasta Alaska y Ecuador; y no es uno el tema el que se discute, sino muchos. Se discuten resoluciones sobre cientos de temas diferentes. Se eligen autoridades. Se modifican y se aprueban presupuestos. Se toman decisiones que afectarán profundamente a la Iglesia por los próximos tres años, o sea, hasta la próxima Convención General. Las decisiones se toman de manera democrática, por el voto de los obispos, laicos y cleros después de muchas horas de deliberación. Toda la gente reunida puede tener ideas diferentes, pero todos tenemos el mismo amor por la Iglesia y por el Movimiento de Jesús.

En la lectura del evangelio de Juan, Jesús se declara a sí mismo el Pan del Cielo, que nos alimenta y nos da vida eterna. Dios también está entre nosotros en la forma del Espíritu Santo y como tal, nos da sabiduría y nos ayuda a tomar las mejores decisiones. ¿Qué decisiones se están tomando hoy en su iglesia? ¿Cómo se aseguran ustedes de que las decisiones se tomen de manera democrática, después de haber oído con amor y respeto las opiniones de todos? ¿Cómo buscan la inspiración del Espíritu Santo para que guíe sus decisiones? Hermanos y hermanas, recordemos que cuando nos reunimos como el Cuerpo de Cristo, es el Espíritu Santo que nos llena de sabiduría.

Hugo Olaiz es editor asociado para recursos latinos/hispanos de Forward Movement, un ministerio de la Iglesia Episcopal.

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12 Pentecostés – Año B

Propio 14

Sermones Episcopal Iglesia


2 Samuel 18: 5-9,15, 31, 33; Salmo 130; Efesios 4: 25-5:2; Juan 6:35, 41-51

En la casa de la familia Martínez la madre y sus niños se preparan para ir a la iglesia. El padre permanece sentado ante el televisor. La esposa intenta animarlo a que se prepare a acompañarlos. Él les dice que prefiere quedarse en casa viendo el partido de futbol. Sus hijos también tratan de animarlo. La respuesta sigue siendo la misma. Todos saben que él se considera no creyente y en varias ocasiones lo ha expresado. Él ha dicho: “No creo en esa doctrina cristiana de que Dios se hizo hombre”. Ese ha sido un tema de discusión frecuente en ese hogar. Cansados de insistir, la esposa y los hijos se despiden de él y se van al servicio dominical de su iglesia.

No había pasado media hora cuando de repente empezó a soplar el viento y a nevar copiosamente. El padre se levantó y se paró frente a la ventana para contemplar la belleza de la tormenta invernal mientras desde el fondo seguía escuchando su partido de futbol. Al poco rato, vio a unos pájaros dando vueltas cerca de la ventana. Parecía que querían entrar. En ese momento, sintió en su corazón que tenía que salvar a esos pájaros o muy pronto se morirían de frío. El hombre les abrió las ventanas, pero los pájaros no entraban. La casa comenzó a enfriarse, a pesar de que la calefacción estaba funcionando, pero a él eso no le importaba. Solo pensaba en hacer todo lo posible por salvar del frío a esas pequeñas criaturas. Se puso su abrigo y salió con una escoba, para intentar dirigir a los pájaros hacia las ventanas que él había abierto. Pero ellos seguían volando, daban vueltas y no entraban. Al final, ya no sabía qué más hacer. Entonces, se quitó el abrigo y empezó a mover los brazos como si fueran alas pensando que, al verlo, los pájaros tal vez lo seguirían y podrían encontrar el camino de la salvación al entrar en la casa. No consiguió lo que deseaba. Sintiéndose derrotado, el hombre pensó: “Qué equivocado he estado todo este tiempo… Pues Jesús vino para lo mismo. Haciéndose un ser humano como nosotros, nos mostró el camino de la salvación”. El hombre se puso a llorar. Lloraba por haberle dicho a su familia que no creía en Dios hecho hombre.

El tema de la encarnación nunca es fácil de comprender. Por algo decían las personas que escuchaban a Jesús en el evangelio de hoy, “¿No es este Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?” – para ellos tampoco era fácil creer. Pero la encarnación es quizás lo más esencial del cristianismo, pues no creemos en un Dios lejano y desconectado de nuestra humanidad, sino en un Dios “hecho carne” y “que habitó entre nosotros”.

Jesús se revela como “el pan que ha bajado del cielo” y esto les causaba un gran malestar a quienes aún no percibían que Él era el Mesías, el hijo de Dios. Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que aun la encarnación sigue siendo algo difícil para cristianos y no cristianos, para creyentes y quienes dicen ser ateos o agnósticos – algo que escuchamos y se dice con mucha frecuencia hoy día. Sigue siendo “algo difícil” porque muy pocos hemos realmente “encarnado nuestra fe” y seguimos viviendo la fe en compartimientos, separando la vida entro lo físico y lo espiritual. Este pensamiento platónico, pensamiento que insiste en separar el alma de lo físico y lo inmaterial de lo material, contradice por completo nuestra creencia en la encarnación. Creemos que Dios hecho hombre se encarnó y vivió entre nosotros; y aún vive entre nosotros de muchas maneras. Esto profundamente impacta nuestra forma de ver y vivir nuestra fe cristiana.

La misión de la iglesia en nuestros tiempos quizás sea la de reintroducir a ese “pan bajado del cielo” y dar testimonio de que Jesús realmente ha venido a visitarnos y a quedarse con nuestra humanidad. En una sociedad donde existen tantas personas que viven solas, personas que han perdido la esperanza, personas que van de lugar en lugar solo recibiendo rechazo, separación y maltrato, como lo hemos visto ante nuestros propios ojos en los últimos meses en las vidas de miles y miles de inmigrantes en los Estados Unidos y en tantas otras partes del mundo. Tenemos un llamado urgente como pueblo de Dios a dar a conocer a este Dios presente entre nosotros. Por algo la imagen del Buen Pastor tiene tanta prominencia desde las Escrituras Hebreas hasta el Evangelio. Es el Dios que nunca nos deja, por muy lejos y muy extraviados que estemos.

La iglesia no puede seguir predicando doctrinas en el vacío. No podemos pretender que a la sociedad del siglo veintiuno le interese mucho nuestras posiciones teológicas y nuestras políticas eclesiásticas internas. Nuestra energía y nuestro enfoque tiene que ser el ofrecer algo diferente. El “Pan de vida” no se puede reducir solamente a la celebración eucarística dentro de un templo – por muy sagrada que la consideremos. También ha de ser ese “pan” que damos a un mundo hambriento que al igual necesita el alimento que viene con el ánimo, el acompañamiento, y el mensaje de esperanza que nos impulsa a seguir caminando cuando todo lo que encontramos en el camino son obstáculos, injusticias y falta de humanidad. La Madre Teresa de Calcuta decía que para quien tiene hambre por un pedazo de pan, saciar el hambre es fácil. Se le da un trozo de pan. Pero en los países desarrollados el hambre que ella encontraba era un “hambre de amor” – algo que era mucho más difícil de resolver.

Hoy Jesús nos dice que Él da este “pan de vida” por “la vida del mundo”. Nosotros y nosotras, sus discípulos y discípulas estamos llamados a dar nuestra vida y ser ese “pan vivo” para quienes hemos sido llamados y llamadas a servir. En esta comunidad, en nuestras vecindades y donde sea que nos encontremos en este momento, ¿somos capaces de identificar el hambre, la necesidad, los verdaderos retos? ¿Estamos dispuestos y dispuestas a dar voz a quienes ignoran a los demás y crear un mundo más justo y más humano? Este es el llamado de Jesús para cada uno de nosotros y nosotras si realmente deseamos ser sus discípulos y discípulas en nuestros tiempos.

El Rvdo. Dr. Alberto Cutié es rector de la Iglesia Saint Benedict en la Diócesis del sureste de la Florida.

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11 Pentecostés – Año B

Propio 13


RCL: 2 Samuel 11:26–12:13a; Salmo 51:1–13; Efesios 4:1–16; San Juan 6:24–35

Las lecturas de hoy son muy importantes para nuestro caminar con Dios. Son lecturas que debemos llevar con nosotros y leerlas cada vez que podamos. Las lecturas están llenas de amor, consejos, promesas y verdad.

El salmo de hoy dice: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu firme dentro de mí. No me eches de tu presencia, y no quites de mí tu santo Espíritu.”

Podríamos hacer una oración de estos versículos y podríamos orarla a diario. La vida no es fácil. La vida sin Dios es imposible. Las personas que creemos en Dios, tenemos una esperanza que otras personas tal vez no tengan. En medio de la injusticia social, gobiernos corruptos, leyes injustas, e incertidumbre, tenemos fe que hay un Dios que siempre está con nosotros. Hay un Dios que nos ama y nos da su espíritu de fortaleza y valor para poder aguantar y superar cualquier tentación, cualquier mal y cualquier pensamiento negativo. No es fácil, pero sin Dios es imposible. Oremos a diario: No nos eches de tu presencia, Dios. Quédate a nuestro lado y que tu Espíritu siempre esté renovándonos.

La carta a los Efesios está llena de consejos para las personas que somos parte de los ministerios de la Iglesia. O sea, esos consejos son para todas las personas que estamos aquí hoy. Son consejos que hemos de seguir para continuar madurando espiritualmente. La epístola es clara: seamos humildes. Algunas personas piensan que el ser pobre es ser humilde. Pero la humildad es reconocer tanto nuestros valores como nuestras limitaciones y debilidades y a la misma vez tener modestia. En otras palabras, no nos creamos ni más ni menos de quiénes somos. El mejor ejemplo de humildad y modestia es Jesús. Siendo Dios, siendo hijo de Dios, siendo perfecto, siempre se juntaba con las personas que eran menos apreciadas. Siempre estaba dispuesto a hablar con quienes lo necesitaban. Siempre ayudaba, sanaba, alimentaba, aconsejaba y perdonaba a todas las personas que se acercaban a Él. Pablo nos exhorta a ser más como Cristo: humildes, amables, y tener paciencia, amor, unidad y paz. Nos dice que el Espíritu Santo nos une con la paz.

Otro consejo es que sepamos que Dios nos ha dado diferentes dones. Para identificar nuestros dones, primero hemos de orar para pedirle a Dios que nos los revele. Después de orar, podemos hablar con nuestros y nuestras líderes o directores espirituales. Las personas que nos conocen pueden decirnos lo que ven en nosotros. Pueden ver lo que nos da satisfacción, lo que nos llena de gozo y lo que hacemos bien. Después de hablar con otras personas podemos preguntarnos a nosotros mismos y a nosotras mismas: dónde está mi corazón, dónde está mi pasión, qué me da emoción. Al preguntarnos esto, tenemos que escucharnos y tener confianza en nuestras decisiones. Cuando vemos lo que nos da vida, hagámoslo de todo corazón y sigamos preparándonos para darle lo mejor a Dios.

Otro consejo que nos da Pablo es que aspiremos a la madurez de Cristo. Es importantísimo escuchar esto otra vez: “Ya no seremos como niños, que cambian fácilmente de parecer.” A veces actuamos como niños y niñas. Nos dejamos persuadir por diferentes ideas y personas. Nos vamos de iglesia en iglesia o de grupo en grupo sin comprometernos. Como niños y niñas, si no nos dejan jugar con lo que queremos, o si nos regañan, o si no nos dejan hacer el ministerio que queremos, nos enojamos, nos vamos a casa o a otra iglesia, y a veces ya no regresamos. Esto no es madurez espiritual y no es ser seguidores de Cristo. Aspirar a la madurez de Cristo no es fácil y conlleva mucho tiempo y compromiso.  Dios está constantemente a nuestro lado y no se da por vencido. Dios nos ama y no nos deja como estamos, siempre nos transforma. Pidámosle a Dios, a Cristo y al Espíritu Santo que nos ayude a madurar mientras oramos, mientras leemos la Biblia, o cuando nos reunimos con otras personas creyentes para servir a Dios.

En el evangelio los seguidores de Jesús le hacen muchas preguntas. Una de esas preguntas fue: “¿Qué señal puedes darnos, para que al verla te creamos?” Seamos honestos y honestas, porque Dios nos presenta tantas señales para afirmar su presencia, y, aun así, dudamos. Pensemos, hoy día nos despertamos. Muchos y muchas abrimos los ojos y vimos todo a nuestro alrededor. También pudimos escuchar los pájaros, la alarma, la risa o gritos de nuestros hijos; pudimos oler el café, saborear un pan dulce o unos frijoles; pudimos probar la pasta de dientes, unas tortillas o un pan con mantequilla. Algunos recibimos un abrazo, un beso, o una caricia. Y aquí hemos escuchado las lecturas. Esas son señales del amor de Dios, señales del poder de Dios, señales de que Dios está vivo, actúa en nosotros y nos ama.

Estamos viviendo tiempos difíciles en todo el mundo. Hay volcanes que entran en erupción, tormentas que causan inundaciones, y pensamos, ¿dónde está Dios? Hay personas que matan, otras que son violentos en contra de personas inocentes y pensamos, ¿dónde está Dios? Pero, cuando nos da señales de su amor incondicional, de su cuidado y protección no pensamos, ¡mira, aquí está Dios! No nos acordamos de que hay un Dios que aun en medio de los volcanes y de las tormentas de la vida, nos ha prometido siempre estar y caminar con nosotros y con nosotras.

Seguimos pidiendo señales y seguimos siendo incrédulos. Tratemos de recordar estas lecturas durante la semana. Tratemos de recordar que las señales están a nuestro alrededor diariamente. Pidámosle a Dios que siempre esté a nuestro lado y nos recuerde que lo que nos rodea son sus mensajes y regalos de amor para todos y todas.

Lo último que dice Jesús en este evangelio es algo bello y que une a estas lecturas: “Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca tendrá hambre; y el que cree en mí, nunca tendrá sed.” Todo lo que buscamos, lo encontramos en Jesús. Todo lo que deseamos, está en Jesús. Todo lo que necesitamos, lo tiene Jesús y nos lo quiere dar. Toda nuestra sed y hambre que nos incomoda, que nos hace perder el sueño y que nos consume puede ser saciada por Jesús. Jesús quiere y puede darnos vida, y una vida en abundancia. ¿Qué tenemos que hacer? Ir a él. Tomemos ese paso de ir hacia Jesús. El segundo paso es creer en Jesús. Si vamos a Jesús y creemos, nunca tendremos hambre ni sed de nada. No quiere decir que será fácil, sino que tendremos la certeza de que Jesús está siempre con nosotros. Afirmemos que tenemos la vida y que somos personas llenas de Jesús. ¡Vayamos a Él y creamos más en Él para así tener vida, y vida en abundancia!  

La Dra. Sandra Montes trabaja como consultora de recursos en español para Episcopal Church Foundation. También se desempeña como música, traductora, oradora, asesora y redactora. Vive en Houston, Texas.

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10 Pentecostés – Año B

Propio 12


RCL: 2 Samuel 11:1-15; Salmo 14; Efesios 3:14-21; Juan 6:1-21

La abundancia de Dios en nuestras vidas a veces nos toma por sorpresa. La presencia de Jesús se manifiesta de muchas maneras. Escuchamos en la versión de San Juan Evangelista sobre el milagro conocido como la multiplicación de los panes, que también incluye los dos peces que traía un niño. Este milagro, relatado con pequeñas diferencias en los cuatro evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) ofrece testimonio del poder infinito de Dios revelado en Jesús. Es el Dios Creador de todo lo visible e invisible, quien en todo tiempo y lugar provee lo necesario para el crecimiento y preservación de la humanidad y que tiene poder para ofrecer sustento a todos los que lo necesiten, muchas veces partiendo de lo que parecería muy poco, como lo fueron cinco panes y dos peces. La abundancia de Dios es su providencia encarnada en Jesús, que muestra su naturaleza divina al mundo.

En este Evangelio vemos que el milagro va más allá de la muestra del poder y de la compasión de Dios. En el cuarto verso del pasaje escuchamos que la Pascua judía se aproximaba. Jesús, como judío devoto, celebraba fielmente esta fiesta, que conmemora la última cena del pueblo de Israel antes de ser liberado de su esclavitud en Egipto. Para los cristianos, la fiesta Pascual tiene como uno de sus puntos centrales la última cena de Jesús antes de su crucifixión, muerte y resurrección, la cual nos liberó de la esclavitud del pecado y de la muerte. Recordamos que durante la última cena Jesús estableció el sacramento de la Santa Comunión, mediante el cual Jesús es dado al pueblo como alimento espiritual en el pan y en el vino.

Esta multiplicación de panes y peces ubicada dentro del contexto Pascual judío también dirige nuestra mirada y atención al sacramento de la Santa Comunión. La Comunión es un banquete en el cual el alimento espiritual se ofrece al pueblo presente. ¿Quién es digno de ser invitado a sentarse en la mesa y a ser servido? Con mucha frecuencia se le da más importancia a quien puede o no acercarse a la mesa del Señor y no al amor de Jesús ofrecido libremente en su cuerpo y su sangre para el sustento espiritual del pueblo de Dios en la Santa Eucaristía. Lo que sucede algunas veces durante la Santa Comunión es que pocos son los escogidos para recibir este santo sacramento, lo cual es muy lamentable.

Escuchamos en el pasaje de hoy que, “mucha gente lo seguía, porque habían visto las señales milagrosas que hacía sanando a los enfermos.” Al caer la tarde Jesús les ofreció lo que le presentaron: el alimento de los cinco panes y los dos peces que traía un niño. Todos, sin exclusión, fueron invitados a sentarse a cenar. Se les dio por igual hasta que el pueblo reunido estuvo completamente satisfecho. No hubo reparo en si de pronto alguien era de la misma religión de Jesús, o si había alguien que fuera divorciado, o casado o no, o si pagaba impuestos o diezmos o no, o si había confesado sus pecados o no. Lo único que necesitó esa multitud fue el estar presente, el estar con Jesús, el dedicarle su tiempo a Jesús, el confiar y tener fe en Jesús. La fe de ellos fue tan grande que lo siguieron, con toda su atención y devoción, y no se dieron cuenta que era tarde y que no tenían nada para alimentarse fuera de las palabras de Jesús. El pueblo reunido no le pidió alimento, fue Jesús quien tomó la iniciativa, quien los vio, se compadeció de ellos y los alimentó con el pan y el pescado.

Este es el mismo Jesús que se nos ofrece como alimento espiritual a todos y a todas en la Santa Cena. Somos llamados y llamadas a la mesa para compartir con nuestras hermanas y hermanos el alimento espiritual que proviene del amor de Cristo hecho tangible en el pan y en el vino. Nosotros solo estamos llamados a seguir a Jesús como esa multitud lo hizo. Somos llamados y llamadas a confiar en su dirección y en su voluntad para ser salvados y para formar una comunidad de fe. Todo creyente tiene necesidad de Jesús. Sabemos que por su bondad y compasión divina Él abrió las puertas hasta a los que no reconocían tener necesidad de la presencia sanadora y redentora de Jesús. Esto incluye a las personas marginadas, pecadoras y a los que son alienados por la sociedad. Recordemos que el alimento espiritual es para todo el mundo. Jesús se inclina y nos dice: “tú, si tú, ven a la mesa, ven y toma todo lo que necesites hasta que estés satisfecho, hasta que estés satisfecha.”

Después de alimentar al pueblo, Jesús ordena a los discípulos a que recojan “los pedazos sobrantes para que no se desperdicie nada.” Podemos usar nuestra imaginación sagrada para reconocer que Jesús provee tanto, que hasta sobra de lo que él nos da. Esa abundancia es parte de la gracia divina ofrecida libremente a la creación de Dios. La generosidad que proviene de Dios nos enseña a recibir con regocijo y gratitud, y a la vez ofrecerle al mundo de nuestra propia generosidad.

Viendo el pasaje en su totalidad, nos damos cuenta de que todos y todas somos convidados a la mesa de Jesús, a participar de la Santa Cena que Él nos ofrece. Jesús pidió ayuda de Felipe y los demás discípulos, del niño, y de los que ayudaron a repartir y a recoger una vez terminada la cena. Así mismo, nos invita a participar y a ayudar a traer a toda persona a presenciar el amor reconciliador y sanador de Jesús. La Santa Eucaristía no es un evento privado, a Jesús le siguieron más de cinco mil personas a un campo abierto para escuchar y presencia los milagros de su amor y de su gracia divina.  Hagamos como Jesús, abramos nuestras almas y las puertas de nuestros templos a toda persona que quiera participar y aprender a compartir el amor, la compasión, el pan y el vino que nos redimen y nos dan vida.

El Rvdo. Edgar A. Gutiérrez-Duarte es Vicario de la Misión St. Luke’s-San Lucas en Chelsea, Massachusetts. Sirve como director del Comité Diocesano para Ministerio Hispano, y es vicepresidente de la Junta de Directores de la Colaborativa de Chelsea (organización que sirve a inmigrantes y trabajadores del área) y miembro de la Junta de Directores de CAPIC (Community Action Programs Inter-City, Inc) de la región Chelsea-Revere-Winthrop.

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9 Pentecostés – Año B

Propio 11


Jeremías 23:1-6; Salmo 23; Efesios 2:11-22; Marcos 6:30-34, 53-56

Hermanos y hermanas, la palabra de Dios que escuchamos este domingo tiene muchas enseñanzas las cuales, llevándolas a la práctica, seguramente pueden llegar a renovarnos si en verdad nos esforzamos por dejar de lado nuestros egoísmos y la indiferencia con respecto a los demás. Abramos nuestros corazones y mentes y digámosle al Señor, “cuenta conmigo”, “quiero comprometerme con tu plan”, “no quiero ser más una figura decorativa en el desarrollo de tu proyecto salvador en el cual todos y todas estamos invitados e invitadas a participar.” Pidamos al Espíritu Santo que nos dé luz, fortaleza, sabiduría, bondad y mucho amor para hacer de cada actitud nuestra un testimonio de fe y compromiso con los demás.

Un mensaje que Dios nos envía a través del profeta Jeremías es que examinemos nuestras propias actitudes y nuestro compromiso para con Dios, para con nosotros mismos y mismas, el prójimo y la creación. Este mensaje del profeta es relevante a través de todos los tiempos. El compromiso al que nos llama Jeremías es lo que nuestro Obispo Primado llama el Movimiento de Jesús. Llegamos a la convicción de que somos responsables de todo; por eso, al preguntar qué compromiso tengo conmigo mismo y con mi desarrollo espiritual, con la madurez de mi fe y con las personas que me rodean, debo también preguntar cuál es mi compromiso con el cuidado, respeto y protección del medio ambiente. Como dice Jeremías, no hemos de olvidar que al mismo tiempo somos ovejas y somos pastores del rebaño, ya que formamos parte del reino de Dios en este mundo, del cual somos mayordomos.

En la lectura del Evangelio que acabamos de escuchar, de nuevo encontramos una imagen que concuerda exactamente con la que describe el profeta Jeremías: “Al bajar Jesús de la barca, vio la multitud y sintió compasión de ellos, porque estaban como ovejas que no tienen pastor.” ¿Qué hace Jesús en ese momento? “Comenzó a enseñarles muchas cosas.” La reacción de Jesús ante la muchedumbre fue de enseñar. Observamos que el evangelista no nos dice que empezó a darles cosas materiales, sino que les enseñó a sanar a la humanidad, a proteger al desvalido, a compartir dones y talentos dados por Dios. Además de ser muestras de infinita compasión, justicia y amor, sus enseñanzas son modelos de vida que hemos de practicar. Hay un proverbio chino que dice: “regala un pescado a una persona y le darás alimento para un día; enséñale a pescar y la alimentarás para el resto de su vida.” El evangelista no nos cuenta exactamente qué fue lo que Jesús enseñó ese día; pero con toda seguridad el tema de sus enseñanzas no pudo ser otro que el amor constante de Dios. Esa era su pasión y la base de su ministerio público, enseñanzas para el mundo.

Veamos cuáles son las características específicas de las enseñanzas de Jesús. Primeramente, son enseñanzas abiertamente liberadoras; para nada “ortodoxas”, si entendemos por “ortodoxia” la fidelidad a la tradición doctrinal, en este caso, de la religión israelita. Con el argumento de una pretendida ortodoxia, las autoridades religiosas de aquel entonces habían descuidado la parte fundamental de la Palabra, la cual es llevar a la práctica lo que se aprende. Por siglos las enseñanzas se centraron en memorizar preceptos y normas, pero la teoría no se puso en práctica. Si queremos ver el efecto verdadero de las enseñanzas liberadoras de Jesús, sólo tenemos que leer el episodio que sigue a estos primeros versículos que escuchamos hoy: la multiplicación de los panes. Miremos bien que, en el fondo, la secuencia narrativa une la enseñanza con la práctica.

La segunda característica de las enseñanzas de Jesús es la unión necesaria entre teoría y práctica. Esta es, en muchos aspectos, la problemática más notoria de casi todas las religiones del mundo: mucha doctrina, muchos preceptos, muchos ritos, mucha introspección y poca constancia en el servicio ofrecido al mundo marginado – como lo hizo Jesús.

En Jesús, las enseñanzas van directo al corazón para guiar e inspirar la conciencia de cada persona. De nuevo, esta idea podemos confirmarla con el pasaje de la multiplicación de los panes y los peces. Pensemos cuál pudo haber sido la calidad de la enseñanza del Maestro para lograr que cinco panes y dos peces sirvieran para alimentar a una multitud. Hagamos a un lado la idea del “milagro” tal como nos acostumbraron a entender este pasaje. Sigamos pensando más bien en la calidad de aquella enseñanza que pudo romper las conciencias egoístas y las indujo a la generosidad y al compartir. Con base a esto, pensemos cuál es la calidad de nuestra enseñanza: ¿induce al oyente a cambiar su conciencia? ¿Incita a la acción constante? ¿Es liberadora o sencillamente es conservadora en el sentido de mantenernos igual que siempre? Podríamos seguir agregando más y más características a las enseñanzas de Jesús. Señalemos una más: la enseñanza de Jesús es sanadora. Tanto la sanación como la unión entre la doctrina y la práctica son parte esencial del Movimiento de Jesús, un movimiento liberador que sana y transforma al seguidor y a la seguidora de Jesús.

Con la mano en el corazón, comprometámonos de verdad a trabajar más para lograr que nuestras enseñanzas y nuestras acciones se asemejen cada día más a las enseñanzas de Jesús. No pensemos que esta es vocación exclusiva de clérigos, catequistas o líderes religiosos. Ya vimos cómo el mensaje de Jesús va dirigido a toda persona en todos los tiempos. Nadie está excluido ni excluida del evangelismo que da vida al reino de Dios aquí y ahora. ¡El reino de Dios es posible sólo si nosotros y nosotras sin excepción nos empeñemos en plantar las semillas y demostrar los valores de Cristo, buscando que en ese compartir, sí enseñamos, sí sanamos, sí liberamos y sí adoramos a Dios! Jesús se regocija en estas acciones.

El Rvdo. Gonzalo Rendón es sacerdote de la Iglesia Episcopal en Colombia. Por algunos años sirvió en la Diócesis Episcopal de Colombia en San Lucas (Medellín) y en la Catedral de San Pablo (Bogotá). También fue comentador de las lecturas dominicales del Ciclo A y parte del Ciclo B. Ha colaborado en otras publicaciones como Diario Bíblico Latinoamericano y los comentarios pastorales de La Biblia de nuestro pueblo. Ahora trabaja como profesor virtual de una importante universidad virtual de Colombia.

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8 Pentecostés – Año B

Propio 10


[RCL] Amós 7:7–15; Salmo 85:8–13; Efesios 1:3–14; San Marcos 6:14–29

Hace dos meses celebramos la fiesta de Pentecostés y hemos estado elevando oraciones al Espíritu Santo, nuestra guía y acompañante, dada por Jesucristo nuestro Señor como Consolador y Dador de Vida. Escuchamos hoy en el evangelio de San Marcos la manera como paulatinamente se le va revelando a la humanidad que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Ya en el evangelio del domingo pasado ecuchamos la sorpresa que Jesús causó entre los presentes en la sinagoga de su tierra natal de Nazaret. Aunque estaban admirados de su sabiduría y estaban enterados de los milagros que hacía, no le creyeron. No le creyeron porque les faltaba la fe en ese joven, hijo de un carpintero y de humilde familia. Sin embargo, esta situación no detuvo a Jesús. Él siguió predicando en las aldeas cercanas y envió a sus seguidores a evangelizar, llevando las Buenas Nuevas de sus enseñanzas. Como dice el dicho, nadie es profeta en su propio pueblo.

En las lecturas de hoy, encontramos un mensaje profético central. En la primera lectura, se nota la molestia que causó el profeta Amós por predicar en contra de la mala conducta del pueblo de Israel, tanto que, le fue anunciado el inmediato abandono de Betel, lugar donde habitaba. Todo esto sucedió para incomodar a los líderes religiosos y políticos de la época, pero el profeta es fiel a lo que se le había encomendado: “Ve y habla en mi nombre a mi pueblo Israel.” En esencia, lo que hace Amós es proclamar la justicia, porque Dios es justo y desea para todos sus hijos e hijas, condiciones de vida digna, propias de estar bajo el cuidado y la guía de un padre-madre infinitamente desbordante de amor.

También escuchamos en el salmo que: “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron.” Este verso profetiza como Jesús, trae a su máxima y definitiva plenitud el mensaje divino de Dios. Jesús cuyo mensaje amoroso y misericordioso, justo y verdadero, nos lleva por caminos de paz, no solo en lo externo, sino en la paz que brota desde lo más profundo del nuestro ser. La carta a los efesios también enseña la magnificencia de ese Cristo liberador y redentor, al darnos un testimonio sobre la entrega de sabiduría y entendimiento que reciben los que caminan con Él.

En el evangelio escuchamos que la fama de Jesús se había extendido por muchas partes en su región natal de Galilea y había llegado a oídos del Rey Herodes. Él escuchaba con asombro lo que se contaba sobre la identidad profética de Jesús, y Herodes mismo pensó que Jesús podría ser la encarnación de Juan el Bautista, el profeta que denunció a Herodes por acusarlo de adulterio con la esposa de su hermano.  Por esa voz profética de Juan el Bautista, Herodes y su esposa mandaron a que lo decapitaran.

La voz profética de Juan el Bautista es la clave para entender las consecuencias que a menudos sufren las personas que luchan por la justicia al denunciar las arbitrariedades, los atropellos y los abusos de poder contra la población más vulnerable e inocente en la sociedad. Igualmente, también es una advertencia a Jesús de lo que le esperaría a lo largo de su ministerio.

Este incidente nos muestra cómo, a través de la historia, los podoresos intentan acallar las voces críticas y necearias del pueblo.  No obstante, estas voces proféticas son la determinación de la lucha fundamental y frontal por la justicia y dignidad de cada ser humano en el Reino de Dios. Las lecturas de hoy enfatizan la importancia de la voz profética que proclama el mensaje de amor de Dios a pesar de las amenazas que atentan contra la propia existencia.

El mensaje que nos comunica Jesús nos invita a tomar resoluciones prácticas y conscientes de las necesidades en nuestro entorno, porque el mensaje de Jesús quiere transformar comunidades. Su mensaje no es para guardarlo en lo más secreto de nuestro ser, sino para sacarlo a la luz y de responder con nuestras acciones a los hechos y sucesos que acontecen a nuestro alrededor. Esa es la misión profética a la que nos comprometemos en nuestro pacto bautismal cuando decimos que con la ayuda de Dios lucharemos por la justicia y la paz entre todos los pueblos, y respetaremos la dignidad de todo ser humano.

Constantemente, vemos cómo se desprecia y se despoja a muchos seres humanos de sus derechos y sus libertades. Los cristianos y todo ser humano han de levantar su voz con el  mensaje central del evangelio que es el amor indiscriminado que acoge con ternura y misericordia a toda persona.

Hermanos y hermanas, reflexionemos durante esta semana cómo podemos representar a Jesús y ser voz profetica en las circusntancias cotidianas de nuestras vidas aun cuando no nos sentimos dignos ni dignas de esa responsabilidad. El testimonio evangélico se manifesta en los pequeños detalles, desde la sonrisa para hacer sentir a alguien feliz, en la acogida con ternura y misericordia a aquellas personas que están bajo nuestro cuidado, en el abrazo tierno y compasivo a toda persona que lo necesite, además de levantar enérgicamente nuestras voces de protesta en contra de el tratamiento injusto e indigno de cualquier ser humano. Tengamos la certeza de que Jesús está con nosotros. Sigamos su ejemplo de de una vida entregada a dignificar, a elevar la dignidad de cada ser humano, a mostrarnos el camino de la verdad en Él, y continuar su obra divina a través de nuestras vidas con la guía del Espíritu Santo, nuestro Defensor y Dador de Vida.

Recordemos el canto del salmista que dice, “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron. La verdad brotará de la tierra y la justicia mirará desde los cielos. La justicia irá delante de él, y la paz será senda para sus pasos.”

El Rvdo. Israel Alexander Portilla Gómez es diácono en la Misión San Juan Evangelista, Diócesis de Colombia, donde ha ejercido el ministerio desde diciembre de 2016.

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7 Pentecostés – Año B

Propio 9

Sermones Episcopal


[RCL] 2 Samuel 5:1-5, 9-10; Salmo 48; 2 Corintios 12: 2-10; Marcos 6: 1-13

En el evangelio de hoy escuchamos que Jesús regresa a Nazaret su pueblo de origen y que va  acompañado de sus discípulos. Nos sorprende que la gente en su comunidad, sus amigos y vecinos que lo habían visto crecer, no salieran a recibirlo con júbilo sino más bien se preguntaran “¿Dónde aprendió este tantas cosas? ¿De dónde ha sacado esa sabiduría y los milagros que hace?” Nosotros y nosotras nos preguntamos ¿A qué se debe esa falta de fe en Jesús si ya eran muchos los milagros que anteceden esta visita a su propia tierra? Sabemos que Jesús estando con sus discípulos, calma la tormenta en el lago de Galilea yendo en camino a la tierra de Gerasa. Sabemos que, al llegar allí, Jesús encuentra a Legión, un hombre poseído por demonios y lo sana. También escuchamos que Jesús trae a la vida a la hija de Jairo y sana a la mujer que tenía hemorragia por muchos años. En cada momento en el que Jesús manifiesta su mano divina y su grandeza, la multitud que lo sigue queda asombrada.

Cualquiera diría que, al escuchar estas historias sobre Jesús, la gente de Nazaret lo debería haber recibido con un gran desfile como el gran héroe local. Desafortunadamente, nos damos cuenta de que la comunidad no estaba preparada para reconocer la grandeza de Jesús de Nazaret, y todo lo que Él representa. La comunidad se pregunta: “¿Quién se cree éste que es?” Y Jesús mismo dice: “En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra, entre sus parientes y su propia casa.”

Al escuchar esta lectura del evangelio, a lo mejor nos asombra la falta de entendimiento que tuvo la comunidad acerca de esa grandeza de Jesús que hoy día abrazamos y reconocemos mediante nuestro estudio de las Sagradas Escrituras y nuestras tradiciones religiosas. Para nosotros y nosotras el camino a seguir es adentrarnos en el mundo de Jesús a través del evangelio y de vivir nuestro testimonio de las grandes obras que ha hecho en nuestras vidas. Es de esta manera como en verdad podemos proclamar quien es nuestro Salvador Jesús.

A través de las escrituras y en el mundo, encontramos a muchas personas que han reconocido la presencia divina de Jesús y la han utilizado para propagar y afirmar la divinidad de Dios en este reino terrenal. Los ejemplos abundan. La Biblia nos ofrece el ejemplo de muchas personas como la de David que escuchamos en la lectura del Antiguo Testamento. Él tuvo que sobrellevar grandes obstáculos que le ayudaron a acrecentar su fe y formar su carácter para poder responder al llamado que Dios le había hecho. David solo pudo entender la grandeza de Dios en su vida cuando superó los obstáculos que lo separaban de Dios, cuando con su propio arrepentimiento y su profunda fe aceptó su llamado, y le responde a Dios. Sabemos que David fue un rey que gobernó con fe y entendimiento de la grandeza de Dios.

Otro ejemplo en nuestros tiempos es el de Helen Keller a quien una terrible enfermedad la dejó ciega y sorda a la edad de diecinueve meses. Con el apoyo de sus padres, y ayudada por su maestra ella se pudo comunicar a través de un lenguaje de señas. Keller fue a la universidad, se graduó, fue la cofundadora de la Unión Americana de Derechos Civiles. Para ella su discapacidad no fue un impedimento. Su fe la sostuvo para poder superar los grandes obstáculos que se le presentaron y lograr con éxito lo que se propuso. Una de sus citas reconocidas, describe la fe de la siguiente manera: “El optimismo es la fe que conduce al logro. Nada puede hacerse sin esperanza y confianza.”

En Nazaret, el pueblo estaba sorprendido porque no podía reconocer la grandeza de Jesús en sus vidas. Y se preguntaban: ¿De dónde este hombre saca estas cosas, acaso no es el hijo de María? Tal vez, no podían ver la grandeza de Jesús ni en su profecía ni en sus obras. Sólo se limitaban a verlo como un carpintero más. La gente de su pueblo no entendía como Jesús era reconocido como profeta en la región. Después de todo, los profetas habían vivido mucho tiempo atrás. La gente citaba a los profetas de memoria, pero Jesús apenas era un joven. Nadie le debería prestar atención a alguien tan joven. Y, sin embargo, Dios hecho hombre en Jesús, había venido al mundo para mostrar la grandeza de Dios, incluso a la gente de su propio pueblo.

Al encontrarnos con este episodio de la vida de Jesús nos podemos cuestionar lo siguiente, ¿Será que usamos la comodidad de nuestras posiciones para escuchar ligeramente el mensaje de la Buena Nueva? Cuando nos aproximamos a las escrituras, ¿será que solo lo entendemos como un mensaje que pasó hace mucho tiempo atrás, y no tiene relevancia para el momento en el que estamos viviendo? O, más bien, tomamos la lectura de la Biblia como un ejercicio espiritual que nos ayuda a reforzar nuestras creencias y examinarlas. O, como pasa con algunas personas quienes al encontrar pasajes de la Biblia que son difíciles de entender, la dejan de lado. Nuestra respuesta a estas preguntas nos lleva a darnos cuenta de si estamos experimentando o no, la grandeza de Dios en nuestras vidas.

Podemos encontrar muchas razones de la dificultad que implica el leer la Biblia, y, sin embargo, en el evangelio de Marcos en el día de hoy, encontramos aspectos fascinantes de la vida de Jesús que nos ayudan a acercarnos a su grandeza y abrazarla sin miedo.

En este texto, Jesús fue rechazado por su propia gente en Nazaret, esto es algo que se nos hace imposible creer. También escuchamos que Jesús se maravillaba de ver la incredulidad de su gente. Notemos que en los domingos anteriores las historias nos hablan de creer y confiar en Jesús. Se nos enseña a creer con fe y a no tener miedo.

Hermanos y hermanas, pensemos en la manera como hemos experimentado el poder de Dios en nuestras vidas porque creemos con fe y con asombro en la grandeza de Dios en cada uno y una de nosotros y nosotras. Recordemos los milagros que ha obrado la grandeza de Dios en nuestras propias vidas y los milagros de los que hemos sido testigos en la vida de otras personas.

Cuando Jesús llegó a Nazaret, él estaba maravillado de ver la incredulidad de su gente.  La pregunta es, si Jesús llegara a nuestras vidas en estos momentos ¿se maravillaría de ver nuestra incredulidad, o de ver nuestra fe absoluta?

Si como cristianos y cristianas seguidores de Jesús estamos en desacuerdo con estas premisas, entonces recordémonos lo siguiente: que en tus ojos encuentres la mirada de Jesús para ver el mundo con compasión, que en tu corazón tengas un lugar para Jesús siempre, y deja que Jesús haga su trabajo. Sólo si te encuentras en este lugar, podrás experimentar la grandeza y el amor de Dios, y podrás proclamarlo a otros y otras. ¡No tengas miedo de vivir tu fe en Jesús!

La Reverenda Alejandra Trillos es Sacerdote Encargada de la Iglesia San Andrés en Yonkers, Diócesis de Nueva York.

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6 Pentecostés – Año B

Propio 8


[RCL] 2 Samuel 1:1, 17–27; Salmo 130; 2 Corintios 8:7–15; San Marcos 5:21–43

¿Han experimentado alguna vez en su vida una gran sensación de vacío? ¿Han sentido como si algo les hiciera falta? No importa lo que hagan, cuán duro trabajen, adónde vayan, qué metas intenten lograr, nada puede llenar ese vacío. El trabajo, el juego, los amigos ni la familia logran calmar esa sensación de vacío, ni la inquietud ni la ansiedad que la acompaña y que les quita la paz y la armonía. La sensación nos hace sentir como si fuéramos un recipiente con un agujero en el fondo. Por más que intentemos llenarlo, no lo podemos lograr. El agua se sigue escapando. El flujo de salida es mayor que el flujo de entrada. Ese esfuerzo nos deja casi sin vida. Se apodera de nosotros y nosotras el cansancio, la debilidad, la frustración y la falta de esperanza. Sentimos enojo y resentimiento, aflicción y un gran temor de que nunca lograremos llegar a vivir la vida que deseamos. Si alguna vez hemos experimentado ese desespero, podemos adentrarnos en la vida de la mujer con hemorragia que escuchamos en el evangelio de hoy.

No sabemos su nombre. No sabemos de dónde vino. Ella podría ser cualquiera de nosotros o de nosotras. Ella es otra cara en la multitud. Lo que sí sabemos es que está enferma, desesperada y necesitada. Ella lleva doce años sangrando, en todo ese tiempo nadie ha podido ayudarla. Ella ha gastado todo lo que tenía: tiempo, dinero, energía y solo ha empeorado. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año – siempre es lo mismo. Hemorragia constante. Ella es una fuente ambulante de sangre.

La limitación de esa mujer es más que física. Ella está perdiendo más que sangre. Está perdiendo su vida, su calidez, su vitalidad y su fertilidad. Este es un asunto espiritual. La vida y la muerte siempre lo son. Por una parte, esta es la historia de una mujer. Por otra parte, esta es la historia humana. Su historia es nuestra historia. Se trata tanto de hombres como de mujeres. Drenados y drenadas de vida, andamos en la vida como si no sintiéramos nada. Estamos vivos, pero en realidad no vivimos. Nos sentimos desconectados y aislados.

A menudo nos convencemos de que una vez que esto o aquello suceda todo será mejor. Tan pronto como él cambie, tan pronto como ella haga lo que yo quiero, tan pronto como la economía mejore, tan pronto como obtenga un nuevo trabajo, tan pronto como tenga suficiente dinero, tan pronto como tenga más tiempo, tan pronto como lo haga a medida que avance en este proyecto, tan pronto como … Todos tenemos nuestro “tan pronto como” momento en la vida.

Sospecho que la mujer con la hemorragia pasó muchos de esos doce años pensando: “Tan pronto como …” Hoy, sin embargo, es diferente. Algo en ella ha cambiado. Ella ha oído hablar de Jesús. Tal vez ella escuchó acerca de sus enseñanzas, escuchó sobre cómo él expulsaba a los demonios, sobre cómo ha sanado a los enfermos, o sobre cómo él calmó la tormenta en el mar. No sabemos lo que ella habrá escuchado sobre Jesús, pero fue suficiente para hacerle creer que ella era más que una mujer con hemorragia. Ella ya no esperaría a otros para arreglar su vida. Ella se negó a identificarse con las circunstancias de su vida. Hoy, ella iría más allá de esas circunstancias y literalmente tomaría el asunto en sus propias manos.

En lo más profundo de su ser, ella sabía: “Si solo toco su capa, quedaré sana”. No importa cuánto sangremos, la verdad de esas palabras fluye por nuestras venas. Ella sabe que Jesús ofrece una vida que es “indestructible”, una vida que nunca puede ni podrá drenarse de ella.

Ella tocó su capa y en ese momento fue sobrecogida con el poder de Dios. El tocar fue suficiente. La conexión se hizo y estableció una relación. La vida ya no se salía de ella, sino que fluía en ella. La hemorragia se detuvo, pero la curación continuó. “¿Quién me ha tocado la ropa?”, preguntó Jesús. Él la llamaba. Él no le permitiría seguir siendo una cara sin nombre entre la multitud. Él no le permitiría quedarse en el anonimato. La llamó “Hija” y la envió al camino de la paz. Ella ya no sería la mujer con una constante hemorragia. Ella ahora es una hija. Ella tiene una nueva identidad, o mejor, ella recuperó su identidad de hija que se había oscurecido por su enfermedad. Ella ahora encontró un lugar y una relación nueva con Dios. Ha sido sanada y Jesús le ha ofrecido vida abundante. Ahora está completamente viva y libre para ir en paz.

Esa vida de abundancia es la misma que Jesús nos ofrece a cada uno de nosotros y de nosotras. Ya no tenemos que vivir sin vida. Podemos reconocernos como hijos e hijas, llamados y llamadas por Él. De la misma manera como lo hizo la mujer del evangelio de hoy, nosotros y nosotras tenemos la misma oportunidad de tocar a Jesús. Ya no podremos vivir nuestras vidas marcadas por el pensamiento de “tan pronto como.” Eso significa que está de nuestra parte dar el primer paso para encontrar solución a los desafíos de nuestras vidas. No se trata de que tengamos el control, sino saber que tenemos la opción y la responsabilidad de escoger como vivir la vida – con o sin la presencia del Jesús sanador y redentor.

Nuestra fe ha de ser activa y tangible. ¿Cómo podemos vivir nuestras vidas de esa manera? Acercándonos a Jesús. A veces su ropa es como un manto de silencio, soledad y oración. A veces es un manto de misericordia y perdón. Otras veces es un manto de compasión, generosidad y gratitud envuelto en ese infinito amor que se entrega a sí mismo.

Salgamos al mundo convencidos y convencidas de que no importa dónde o cómo nos encontremos, que Cristo está presente para que estrechemos nuestras manos hacia él y toquemos su capa sanadora y redentora. Abramos los ojos y dejémonos acariciar por su tierna mirada que sana nuestro desaliento, la enfermedad y el dolor. Dejemos que Cristo nos llene con su vida, con su amor y con su poder. Toquemos a Cristo y recibiremos nuestra verdadera identidad y nombre. Toquemos la capa que cubre a Cristo y podremos ir en paz.

El Rvdo. Víctor Conrado es rector asociado en la Iglesia Episcopal San Marcos en la Diócesis de Chicago. Victor es miembro de la facultad del seminario Bexley Seabury y de Academia Ecuménica de Liderazgo.

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5 Pentecostés – Año B

Propio 7


[RCL] 1 Samuel 17: 1a, 4-11, 19-23, 32-49; Salmo 9:9-20; 2 Corintios 6:1-13; Marcos 4:35-41

En las lecturas de hoy Jesús hablaba sobre el Reino de Dios a las personas que lo seguían y a la misma vez, se lo explicaba en privado a sus discípulos. Escuchamos que, al anochecer de ese mismo día, Jesús les dice a sus discípulos que vayan al otro lado del Mar de Galilea. Podemos imaginar que, al hacer esta travesía de noche, las condiciones no son las mejores para viajar en barca. Aun así, Jesús tiene plena confianza, y se duerme en la popa de la barca, no importando el viento que comenzó a arreciar y las olas que los azotaban.  La barca en la que estaba Jesús iba seguida de otras barcas, todas vulnerables al peligro de la tormenta que se desató. La invitación de Jesús a seguirle no garantiza que la vida sea fácil ni cómoda, sin embargo, es una que tomamos por fe.

Una de las primeras preguntas que nos podríamos hacer sobre esta lectura es: ¿cuán prudente fue salir en una barca bajo condiciones no propicias para esa travesía, recordando que anochecía y que podía sobrevenir una tormenta? La lectura nos invita a reflexionar sobre momentos en nuestras vidas en que no hemos zarpado a un viaje, a una aventura, o a un cambio de vida por creer que las condiciones no eran propicias para dar ese paso y hacerlo. Muchas personas hemos tenido la experiencia de lanzarnos a lo desconocido porque decidimos que, si no ahora, entonces, ¿cuándo? No obstante, honestamente hablando, a veces no hacemos nada.

Es fácil permanecer en un mismo lugar y no dar los pasos necesarios para cruzar al otro lado del lago. El autor del evangelio de Marcos expone que lo opuesto a la fe es el miedo. Hay veces que el miedo, llevado a un extremo, puede paralizarnos y limitarnos a hacer el trabajo necesario para realizar el Reino de Dios en este mundo. Al no tomar algunos riesgos en nuestras vidas, no progresamos, ni desarrollamos nuestra fe. Esperamos condiciones y momentos idóneos, aunque sabemos que en realidad esas condiciones y los llamados momentos perfectos, no existen en la vida. Preferimos vivir cómodamente, aunque con miedo y no nos lanzamos a lo que podamos encontrar más allá. En la segunda carta a los corintios, el autor exhorta a la comunidad, y a nosotros y nosotras, a reconocer que: “ahora es el momento oportuno. ¡Ahora es el día de la salvación!”

En el mes de junio, las lecturas nos han informado sobre el llamado a seguir a Jesús. El camino con Jesús no es el más cómodo. Hacemos equivalencias falsas sobre la comodidad y la paz, o la comodidad y la fe, o la comodidad y la vida perfecta con Jesús. Pienso que podemos tener fe y encontrar la paz en nuestras vidas aun con las incomodidades que se nos presentan en el camino con Jesús. Es decir, al buscar la perfecta comodidad en nuestras vidas emprendemos la búsqueda de algo inalcanzable en este reino. Recordemos que aún no se ha alcanzado la realización del Reino de Dios. A la misma vez, tenemos mucho por cumplir para completar nuestro propio pacto bautismal con Dios de manera plena. Hasta que el Reino de Dios no llegue, tampoco podemos realizar plenamente nuestro pacto bautismal y continuaremos viviendo con esa incomodidad que es seguir a Jesús. Mientras que esta sea nuestra realidad, la incomodidad por Cristo será el ímpetu que nos dirige en nuestro caminar con Cristo, y en Cristo y por Cristo.

Pablo reafirma en la segunda carta a los corintios que seguir a Cristo no es fácil. Él dice: “en todo damos muestras de que somos siervos de Dios, soportando con mucha paciencia los sufrimientos, las necesidades, las dificultades, los azotes, las prisiones, los alborotos, el trabajo duro, los desvelos y el hambre. También lo demostramos por nuestra pureza de vida, por nuestro conocimiento de la verdad, por nuestra tolerancia y bondad, por la presencia del Espíritu Santo en nosotros, por nuestro amor sincero, por nuestro mensaje de verdad y por el poder de Dios en nosotros. Usamos las armas de la rectitud, tanto para el ataque como para la defensa.”

En el pacto bautismal que afirmamos como episcopales, tenemos una guía similar de servicio a Dios. Cumplir con nuestro pacto bautismal es como estar dentro de una barca en medio de una tormenta. Reconocemos que aún en nuestras propias tormentas, Jesús nos acompaña. Aunque estemos en medio de ellas, Jesús se encuentra con nosotros y tiene la potestad de traer la calma y la paz a nuestras vidas. Su calma y su paz sólo viene al aceptar la invitación de Jesús de pasar al otro lado con Él acompañándonos y sabiendo la posibilidad de que haya riegos y dificultades en el camino.

Cuando nos comprometemos a una vida cristiana y somos recibidos en el cuerpo de Cristo a través del Santo Bautismo, no sabemos a dónde nos llevará Jesús en nuestro caminar con Él, como discípulos, apóstoles y llevando las Buenas Nuevas. Esta es nuestra preparación para la realización del Reino de Dios y de la promesa de amor, paz, dignidad y justicia plena que nos da Jesús.

Las lecturas del libro del profeta Samuel que hemos escuchado durante el mes de junio reafirman que nuestro compromiso de fe con Dios a veces nos hace sentir incómodos e incómodas, hasta cierto punto, nos hace sentir vulnerables. Pero así se sintió Samuel, sin embargo, su respuesta a Dios fue: “habla, que tu siervo escucha.”

Hermanas y hermanos preguntémonos, si ahora no, ¿cuándo? Si no yo, ¿quién? Les invito a reflexionar que este es el momento más favorable para responder a la gracia y al llamado de Dios, para cruzar al otro lado con tormenta o sin ella y siempre sabiendo que Jesús será nuestro compañero en la travesía y más allá.

La Rvda. Carla E. Roland Guzmán, PhD es la rectora de la Iglesia Episcopal de San Mateo y San Timoteo en la Ciudad de Nueva York.  smstchurch.org y coordina, Fe, Familia, Igualdad: La Mesa Redonda Latinx. fefamiliaigualdad.org.

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4 Pentecostés – Año B

Propio 6


[RCL] Ezequiel 17:22-24; Salmo 20; 2 Corintios 5:6-10, (11-13), 14-17; Marcos 4:26-34.

La experiencia de plantar un árbol es sin duda muy especial. Colocar en la tierra ya sea la semilla o bien una pequeña planta, nos permite tener la visión futura de un árbol frondoso que dará sombra y frutos a las futuras generaciones.

La primera lectura tomada del libro del profeta Ezequiel nos habla de que para el mismo Dios la imagen de plantar un árbol es la mejor manera de mostrarnos su visión de una humanidad próspera y renovada. Estas imágenes de la vida agraria son muy comunes en la Biblia. Las comunidades bíblicas dependían totalmente de la tierra para su sobrevivencia. En ese ambiente son frecuentes los relatos sobre las cosechas, la buena tierra y los suelos estériles, la alegría de la lluvia y la bendición de frutos abundantes.

Estas narraciones de la sociedad agraria tal vez no tengan para nosotros y nosotras en los tiempos actuales el mismo impacto que tuvieron cuando fueron escritas. La vida de las personas que vivieron en los tiempos bíblicos también giraba en torno a la cría de animales, bien fuera para el alimento y el vestuario, así como para las labores agrícolas.

El simbolismo de las imágenes agrarias tiene además un valor especial en nuestras experiencias espirituales. Un alto monte, un árbol frondoso, un manantial de agua cristalina y la sencillez de las ovejas tienen un equivalente en nuestra vida espiritual. De esta manera lo describe el profeta Ezequiel: “Yo, el Señor, digo: también voy a tomar la punta más alta del cedro; arrancaré un retoño tierno de la rama más alta, y yo mismo lo plantaré en un monte muy elevado, en el monte más alto de Israel.”

El cedro que menciona Ezequiel bien puede ser, el creyente firme y convencido que ha crecido en el conocimiento y el amor del Señor, a tal punto que su ejemplo es digno de imitarse. Sin embargo, en este mismo pasaje, Dios dice: “Yo derribo el árbol orgulloso y hago crecer el árbol pequeño. Yo seco el árbol verde y hago reverdecer el árbol seco. Yo, el Señor, lo digo y lo cumplo.” En la vida espiritual todos somos como esos árboles: unos con hojas, flores y frutos abundantes y otros que están a punto de secarse por falta de agua y de los nutrientes de un buen suelo. Cada ser humano nace y crece en un contexto particular; unos han tenido la dicha de nacer y crecer en el seno de familias en el que el amor y el cuidado entre sus miembros son el abono que alimenta y fortalece a ese árbol, a esa familia. Por el contrario, hay personas cuyos ámbitos familiares no proveen el abono necesario para fortalecerse como individuo dentro del núcleo familiar.

No es casualidad que en nuestro lenguaje pastoral hablemos de plantar, desyerbar, abonar, dar frutos y cosechar. En las comunidades donde se cultiva una relación íntima con el Señor y se construye una relación sólida y saludable entre los miembros, la visión del árbol frondoso que da sombra y refresca a los que se acercan es también la visión de la comunidad de fe. San Pablo nos dice: Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo.”

Nuestra fe se fundamenta en la persona de Cristo resucitado; es el mismo Dios que en su misión terrenal tuvo como centro de su predicación el anuncio del Reino de Dios. Tanto para los que vivieron en tiempo de Jesús como los que vivimos hoy, no es tan fácil entender ese Reino de Dios que nos muestra Jesús. Las parábolas usadas por el Señor nos permiten captar la realidad del Reino de Dios.

La semilla que germina en la tierra para luego dar frutos abundantes es una de las muchas imágenes mencionadas en el evangelio para ilustrar el inicio del Reino. Jesús nos propone que ese Reino es un proyecto marcado por varias etapas. Al igual que la semilla que necesita del suelo para germinar, el Reino debe llegar al corazón del ser humano. La fuerza del Espíritu Santo se encarga de robustecernos hasta alcanzar la madurez.

Cada uno de nosotros y de nosotras estamos llamados a continuar la obra iniciada por Jesús. La Iglesia, como comunidad de creyentes es un signo visible del reino de Dios llamada a ser la voz de los olvidados y olvidadas de nuestra sociedad. La compasión y predicación de Jesús nos enseña que hemos de ser esa voz que proclama en el desierto la presencia real de Jesucristo.

Hermanos y hermanas mantengámonos como Iglesia fieles a la voz profética que anuncia y protege al Reino de Dios en este mundo. Celebremos con gozo el que hay muchas congregaciones que imitan al Señor en su amor y compasión por las personas marginadas que se encuentran dentro y fuera de sus puertas. Son comunidades inclusivas que practican una auténtica hospitalidad. En ellas se recibe al inmigrante y se valora su experiencia, se invita a los jóvenes a participar en la vida de la comunidad, se recibe a cada persona tal como es, sin juzgarla ni condenarla por su identidad de género, estado civil o por su clase social.

En las palabras del profeta Ezequiel hay: “árboles verdes y secos”. Esas son las comunidades de fe donde se cultiva el prejuicio y la exclusión. Algunas ostentan rótulos en los que se da la bienvenida a todos, pero al entrar se experimenta una realidad muy diferente. Tales congregaciones viven en un glorioso pasado que dejó de existir y no abren sus puertas al vecino que es diferente.

El Reino de Dios es un proyecto más grande que la Iglesia misma. La Iglesia no está llamada a proclamar su propio reino, está llamada a proclamar el Reino de Dios. Todas las culturas y todas las generaciones son parte del Reino divino de Dios. Jesús nos mostró que aun cuando tuvo la experiencia de vivir en una sociedad oprimida por el poder de Roma, no tuvo miedo de proclamar las Buenas Nuevas. El Señor entró en contacto con una variedad de personas muy diferentes entre sí por razones políticas, sociales y religiosas. Sin embargo, Él comparte con cada persona el anuncio de una nueva vida.

Entre nuestras promesas bautismales hay una que nos pide que luchemos por la paz y la justicia entre todos los pueblos y que respetemos la dignidad de todo ser humano. La comunidad de bautizados y bautizadas somos los constructores de un mundo más humano y más justo. El Reino de Dios no es un concepto, es un movimiento que inició Jesús. Todos y todas participamos en su desarrollo aquí en la tierra.

El Rvdo. Álvaro Araica es Asociado del Ministerio Hispano en la Diócesis de Chicago. También sirve como vicario parroquial en la iglesia Cristo Rey en el norte de la ciudad de Chicago. El padre Araica es graduado del programa de doctorado en ministerio de Seabury Western Theological Seminary.

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