Cuarto domingo de Adviento – Año B

2 Samuel 7:1-11,16, Cántico 3, Romanos 16:25-27, San Lucas 1:26-38

¡No tengas miedo! Estas son bellas palabras de aliento. Durante este tiempo de Adviento hemos estado esperando al Mesías. Hemos escuchado muchas lecturas sobre su venida. El primer domingo leímos en Marcos: “Manténganse ustedes despiertos, porque no saben cuándo va a llegar el señor de la casa.” Nos dice el evangelista que estemos preparados para la venida de nuestro Salvador. Escuchamos también en las lecturas recientes que hemos de “tener las lámparas listas con aceite”, esperando ansiosos la llegada de nuestro Amado.

Algunas maneras en las que tal vez nos hemos preparado para mañana o para esta media noche, cuando celebramos la venida de Jesús, es cocinando, mandando tarjetas, preparando regalos, poniendo un árbol navideño, luces y otros adornos y pidiéndole a Dios por la paz del mundo.

Durante los tiempos difíciles de la vida, Dios nos dice que no nos durmamos, que estemos bien despiertos para ver a Su Hijo cuando se presente a nuestros corazones y a nuestros hogares. ¡Qué Dios nos ayude a mantenernos atentos para reconocer a Jesús e invitarle a que more en nosotros cada minuto de cada día!

El segundo domingo de Adviento leímos en Marcos esta cita del Profeta Isaías: “Preparen el camino del Señor.” Juan el Bautista dice: “Después de mí viene uno más poderoso que yo… él los bautizará con el Espíritu Santo.” Ambos nos instan a prepararnos, sabiendo que el que viene es alguien poderoso que merece toda nuestra adoración, respeto, y gratitud.

Al preparar un camino en nuestras vidas para Jesús, nos abrimos a posibilidades milagrosas. En su carta a la comunidad de Gálatas Pablo dijo: “Lo que el Espíritu produce es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio”. Jesús nos bautizará con estos frutos del Espíritu Santo. Imagínense tener más amor, más alegría y más paz. Estas son las promesas que Dios nos hace a través de la venida de aquel que tanto esperamos: Jesús.

El tercer domingo de Adviento Juan Evangelista dijo: “Abran un camino derecho para el Señor.” En otras palabras, dejemos los caminos chuecos, los caminos que no nos conducen a Dios como el pecado, la confusión, y cualquier cosa que nos obstruyan el paso hacia Dios. Este camino derecho, recto no quiere decir que vayamos a ser perfectos, pero que sí vamos a hacer todo lo posible para estar en el camino y caminar de la mano de Dios. Que vamos a seguir su guía y alistarnos para seguirle a Jesús.

Ahora estamos en el cuarto y último domingo de Adviento. ¡Mañana es Navidad, lo que hemos estado esperando durante estas cuatro semanas! Hoy leemos en el evangelio de Lucas que el ángel de Dios fue a María para decirle que iba a tener un hijo, Jesús, quien sería un gran hombre, al que llamarían Hijo del Dios altísimo. Pero antes de decirle todo esto, le dijo, “No tengas miedo.” En la Biblia leemos más de cien veces, que no debemos tener miedo. Parece que Dios quiere que estemos muy seguros y seguras de que Él está con nosotros y no hay nada que temer.

Es de imaginarse que María tuvo miedo. Primeramente, llega un ángel. Hay películas donde se ven ángeles llegando a algún lugar y hay cuadros que muestran lo mismo, pero imaginémonos si al llegar a la casa hoy, cuando pensamos que estamos a solas, llega un ángel. ¿Qué haríamos?

Dice la escritura que María estaba sorprendida por sus palabras, pero podemos imaginarnos que si una persona entra en donde estamos sin aviso, y sin conocerla, nos puede causar temor y hasta terror. Las noticias que tenía el ángel tampoco eran noticias cotidianas. El ángel Gabriel le fue a decir a la Virgen María que iba a quedar encinta y tener un hijo. Ella, como era virgen, le dijo que no vivía con ningún hombre. Pero el ángel le dijo que el Espíritu Santo iría sobre ella, y el poder del Dios altísimo se posaría sobre ella. Así que, de nuevo, podemos imaginarnos que las noticias no eran fáciles de aceptar, entender, ni creer. Pero María decidió creer, no tener miedo y aceptar lo que Dios iba a hacer a través de ella. Ella dijo, “que Dios haga conmigo como me has dicho.”

¿Cómo sería el mundo si todos fuéramos más como María? ¿Qué tal si cada vez que Dios nos habla a través de su Palabra, a través de un sermón, a través de una amistad, a través de nuestras circunstancias y oraciones le hiciéramos caso y simplemente dijéramos, “haz conmigo lo que quieras, Dios”? ¿Cómo sería nuestra vida si en vez de dudar o tener miedo decidiéramos creer y tener fe? Tal vez es fácil dudar que Dios pueda hablarnos, pero si apartamos tiempo para estar en silencio, meditar y de estudiar la Palabra, podemos escuchar su voz claramente. Si tratamos de ver la vida con los ojos de Cristo, veremos a Cristo en la vida y así escucharemos lo que Él nos quiere decir.

Otra palabra que el ángel Gabriel le ofrece a María es que para Dios no hay nada imposible. Nada. Imposible. Nada. Esto es para que nos pongamos de pie y alabemos a Dios con cánticos, danza, y mucho agradecimiento. El ángel estaba hablando de su parienta Isabel (en otras versiones dice prima Elizabet), madre de Juan el Bautista. Dice la escritura que era anciana y, “la que no podía tener hijos.”

Es tan difícil creer que hay cosas que no son imposibles. En estos tiempos vemos que hay tanta maldad, racismo, leyes que parecen hacer más daño que bien, y líderes que desean su propio bien, no el de sus seguidores. Así que nos pasamos la vida cabizbajos. Pasamos la vida preocupándonos por el qué dirán. Pasamos la vida preocupándonos de todo lo que nos puede ir mal. Pasamos la vida sin saber lo que Dios nos promete, sin entender y a veces sin querer escuchar lo que la Palabra de Dios nos dice. ¿Por qué? Porque es mucho más fácil pensar que las cosas son imposibles en vez de tener fe y de vivir sin miedo.

A veces, es más fácil no creerle a Dios que lo puede todo. Recuerde que lo imposible se hizo posible hace más de dos mil años. En contra de todas las leyes del mundo y de la física, una joven Virgen quedó embarazada con el Salvador del mundo. En contra de los reyes y gobernantes de la época, nació un bebito que creció, murió y resucitó porque para Dios no hay nada imposible.

Ese mismo Dios que designó que una virgen quedara embarazada con nuestro Mesías y quien hizo que una mujer anciana que decían que no podía tener hijos tuviera a Juan el Bautista, ha estado con cada uno de nosotros durante este Adviento y durante nuestras vidas. Ese mismo Dios ha permanecido a nuestro lado, manteniéndonos despiertos, preparándonos, ayudándonos a que abramos un camino recto, y diciéndonos, “No tengas miedo, nada es imposible para mí.” No tengamos miedo, hermanos y hermanas, nada es imposible para Dios.

Tercer domingo de Adviento -Año B

Isaías 61: 1-4, 8-11, Salmo 126, 1 Tesalonicenses 5: 16-24, Juan 1:6-8; 19-28

¿Se han preguntado ustedes de dónde proviene la tradición de decorar las casas con luces de colores en anticipación a la Navidad? La respuesta es esta: antes de que hubiera electricidad en los hogares, los árboles navideños se decoraban con velas de cera. No fue hasta el año 1882 que el tecnólogo e inventor Eduardo H. Johnson logró diseñar la primera extensión de luces colgantes para su árbol navideño. Con sus propias manos Johnson creó ochenta luces de colores rosadas, blancas y azules del tamaño de una nuez. Los colores que él escogió representan diferentes cualidades, por ejemplo, la blanca representa la pureza de Jesús, la rosada representa la alegría.

Las luces navideñas también sirvieron para inspirar a los cristianos a que recordaran el símbolo de la luz de Cristo que es amor, esperanza y compasión humana.  En aquella época, esas luces también sirvieron para recordarles a los cristianos que compartieran su luz con el mundo.

Desde el 1930 los bombillos navideños son parte esencial de esta estación. Así que, en todo el mundo cristiano, es imposible pensar en la Navidad sin ellos. Hoy en día estas luces han salido de los pesebres y de los árboles de navidad para de mil formas adornar puertas, ventanas y balcones. Millas de luces colgantes de las más atractivas gamas de colores cubren techos y frentes de millones de hogares y patios. ¡Cuántos vecinos no compiten hoy día por iluminar sus hogares, sus cuadras y comunidades enteras!

Si nos preguntaran ¿por qué lo hacemos? responderíamos que nos fascina vestirnos y vestir con luz lo que somos y tenemos para que así irradie la luz de Jesús a través de nosotros y de nosotras, la presencia del Mesías que viene y llegará a residir y quedarse en nuestros hogares, en nuestros corazones y en cada corazón de nuestras comunidades.

Nos fascina compartir esta época de sagrada espera con la belleza de la iluminación navideña, porque año tras año, nuestra fe y nuestra esperanza nos mueven a preparar el alma para la llegada del amor de Dios encarnado en su Hijo, “la luz verdadera que alumbra a toda la humanidad”.

En el evangelio de Juan que acabamos de escuchar, se nos revela la identidad de Juan Bautista, el hombre montaraz que en medio del desierto preparó el camino para la llegada de su primo Jesús. Dios escogió a Juan, un hombre que no es lo que se espera de un profeta enviado, pero que inspiró a las almas de las multitudes de su época a arrepentirse y a ser recibidos en la familia de Cristo. Pareciera que Juan fuese el elegido, pero no lo era, aunque tenía algunas cualidades para serlo. Él mismo expresó claramente su identidad al decir: “No soy yo”. Lo único que Juan pudo reclamar era que preparaba el camino para Jesús. “Juan no era la luz, sino uno enviado a dar testimonio de la luz”. Sólo Dios pudo maravillar a la humanidad con el regalo de gracia que irrumpió en la humanidad de una forma exuberante, extraordinaria y creíble con la llegada de su Hijo, el Mesías.

¿Será que nosotros podemos reclamar nuestra misión de una forma tan clara como la de Juan el Bautista ante la presencia de Jesús? ¿Podemos responder acerca de nuestra identidad cristiana con esa convicción, humildad y certeza que tuvo Juan el Bautista? ¿Qué nos detiene para llevar y compartir el mensaje y la misión de Dios hoy día, como lo hizo Juan? ¿Podemos encontrar la luz radiante de Jesús en el mundo sin dejarnos distraer por los destellos del mundo?

Muchas voces claman a Jesús, cómo lo hizo Juan el Bautista, al ver la oscuridad de la violencia y las tensiones del mundo. Juan repitió la profecía de Isaías cuando gritó en el desierto: “Abran un camino derecho para el Señor.” Las palabras de arrepentimiento continúan instándonos a mirar muy adentro de nuestro ser para ver esa “luz verdadera que alumbra a la humanidad”, la luz verdadera que está en cada uno y una de nosotros.

En este texto se nos revela desde el principio, la importancia de estar preparados con nuestros sentidos, nuestras mentes y nuestros corazones al resplandor fulgurante de Jesús.

En Jesús, encontramos como lo ordinario se vuelve extraordinario. Que todas esas luchas, desilusiones del mundo, el clamor desesperanzador, tristezas, pérdidas y odios son opacados por el resplandor de Jesús. Ese esplendor nos llena de esperanza y nos hace sentir que la oscuridad no puede opacar la luz que Dios sembró en nosotros y nosotras. Somos el cielo lleno de estrellas que titilan en la oscuridad en preparación del nacimiento de Jesús.

Vivamos este tercer domingo de Adviento, con la intención de reconocer y de abrazar la luz que ilumina al mundo, Jesús. No la rechacemos. Dejemos que Jesús naciente, encienda nuevamente nuestra luz interna a través de la oración y de las prácticas espirituales del Adviento.

El ser cristianos y cristianas, y reconocer a Cristo en nuestras vidas en este tiempo de preparación, significa que reconocemos el privilegio que es Jesús transformando a la humanidad. ¡Que se levante poderosa la voz esperanzada, esa que clama en desiertos y montes, en calles y salones, en hospitales, prisiones, hogares, balcones y comunidades, y en las grandes ciudades! Tal como Pablo expresó al pueblo Tesalonicense, inspirémonos también a tener fe en que Dios nuestro creador, el Dios de paz, nos haga perfectamente santos y santas. Pidámosle que también se conserve todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sin defecto alguno, para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Que esa esperanza nos permita florecer en el nuevo año que llega, y el poder entender que “todo lo podemos hacer en Cristo que nos fortalece.”

Hermanos y hermanas, permitamos que se abran nuestros corazones a la luz de la Natividad de Jesús para que sea fuente de amor, de luz divina y de inspiración.

Segundo domingo de Adviento – Año B

Isaías 40:1-11, Salmo 85:1-2, 8-13, 2 Peter 3:8-15ª, San Marcos 1:1-18

Cuenta la historia que había un pueblito en México en el estado de Zacatecas que era famoso por sus Posadas. Todas las familias del pueblo participaban. Las familias designadas para recibir a la gente competían para ver quién podía darles a los peregrinos el mejor banquete. Y el 26 de diciembre, todo el pueblo se reunía en la Plaza Mayor donde el alcalde anunciaba la familia que había organizado la mejor fiesta. La señora de la casa era nombrada, ‘Reina de las Posadas’.

Doña Tomasa era famosa por hacer los tamales más sabrosos de todo Zacatecas. Un año en particular, todos en el pueblo se alegraron cuando se enteraron de que se había designado su casa para recibir a la gente el 24 de diciembre, el último día de las Posadas. Esa Nochebuena, el pueblo se acercó cantando y tocando guitarras, pero cuando llegaron notaron que no había ninguna luz encendida. Solo encontraron a un niño que era el nieto de Tomasa. “Mi abuelita les pide disculpas,” dijo el niño. “Tuvo que salir a trabajar”.

Todo el pueblo quedó muy desilusionado, pero la decepción se convirtió en sorpresa el día 26, cuando se reunieron en la Plaza Mayor y el alcalde declaró a Doña Tomasa, ‘Reina de las Posadas’. Algunos pensaron que era una broma; otros se enojaron. Entonces el alcalde dio la siguiente explicación:

“El día 24 de diciembre, Leonora la esposa de Miguel, empezó con trabajo de parto. Miguel y Leonora viven en un rancho a 12 kilómetros del pueblo, y como ustedes saben la única manera de llegar es a pie, por el sendero de la montaña. Doña Tomasa que es partera jubilada y tiene 68 años, caminó esos 12 kilómetros para ayudar a que naciera ese bebé. Miguel y Leonora estaban tan agradecidos que le pidieron a Doña Tomasa que eligiera el nombre de su bebé. Tomasa sugirió que le pusieran por nombre Jesús.” El alcalde agregó: “Ya ven porque Doña Tomasa es la ‘Reina de las Posadas´.

Hoy es el segundo domingo de Adviento, y todas las lecturas del leccionario nos invitan a prepararnos. Podemos prepararnos como lo pregona Juan el Bautista, el mensajero al que se refiere el profeta Isaías “para que te prepare el camino.” Este personaje peculiar que se alimentaba de “langostas y miel del monte” y cuya ropa “estaba hecha de pelo de camello, y se la sujetaba al cuerpo con un cinturón de cuero” nos invita a prepararnos para recibir a Jesús. Al desierto desde donde el Bautista gritaba “prepárenle el camino del Señor, ábranle un camino recto” venían personas de todas partes para escuchar sus enseñanzas que consistían primordialmente en que todas las personas allí presentes se volvieran a Dios.

Algunas traducciones de la Biblia no usan el verbo volver, sino arrepiéntase. La expresión “volverse a Dios” tal vez exprese mejor el significado del arrepentimiento. Arrepentirse no significa que a partir de hoy viviremos una vida perfecta y que nunca volveremos a pecar. Arrepentirse significa que reflexionamos y nos reorientamos para darle un cambio a nuestros pensamientos y acciones.

Junto a momentos de reflexión y de arrepentimiento durante estas semanas de Adviento, también nos preparamos dedicándonos a una gran variedad de preparativos para la celebración de la Navidad. Una mezcla de emociones se percibe en el ambiente. Por un lado, nos sentimos ansiosos ante los planes para las cenas y las fiestas navideñas y de nuevo año, cómo decorar, cuándo y qué comprar para regalar a nuestros seres queridos y amistades. Al mismo tiempo, nos invade un regocijo casi inexplicable, una alegría en nuestras almas alimentada por nuestra propia fe y esperanza de que Jesús vuelve a manifestarse en el mundo. Estas son emociones muy parecidas a las que una madre siente en las últimas semanas antes de dar a luz. Por una parte, la preocupa que su bebé esté bien y siente incertidumbre ante el misterio que involucra cada fibra de su cuerpo. A la misma vez, su gozo es profundo y su esperanza es sagrada.

El Adviento es un entretiempo. En otras palabras, estas semanas las vivimos con la esperanza y la ansiedad de lo que viene, y también vivimos con el misterio de lo sagrado. Jesús llegó en un momento desconocido para su madre. De la misma manera como todo el universo celebró la llegada del rey del mundo, nosotros también celebramos la expectativa del nacimiento de Jesús.

Las celebraciones festivas son importantes, no obstante, no podemos olvidar que el significado de la Navidad es la llegada del niño Emanuel, Dios con nosotros. Las Posadas nos pueden ayudar a recordar el tiempo de espera de María y José, ya que la tradición invita a las familias a esmerarse por honrar a la Santa Familia en lo que María y José se preparan para recibir al hijo del Altísimo.

En esta época de Adviento tratemos de estresarnos menos, procuremos reunirnos en comunidad para celebrar los servicios religiosos y volver a escuchar las historias bíblicas del Adviento y de la Natividad de Jesús. Busquemos momentos para reflexionar sobre nuestro propio entretiempo, nuestra espera y nuestra esperanza de recibir al niño que entrará en nuestras almas.

Si ponemos a Jesús en el centro de nuestros preparativos, nuestra Navidad será más simple y estará llena del significado sagrado que es la manifestación de Dios en el mundo. La comunidad en Zacatecas siempre recordará el gesto de Doña Tomasa, y de la misma manera nuestros niños y niñas recordarán lo mágico y divino de esta época navideña.

Tanto como en este tiempo de Adviento nos reunirnos para comer, cantar y celebrar, preparémonos para recibir a Jesús, para recibir a Enmanuel, Dios con nosotros que viene a nosotros, Jesús luz resplandeciente, lleno de gracia que nos llega buscando posada en nuestras vidas y en nuestros corazones.

 

Primer domingo de Adviento – Año B

Isaías 64:1-9, Salmo 80:1-7, 16-18, 1 Corintios 1:3-9, San Marcos 13:24-37

¡Feliz Año Nuevo! ¡Así es! El primer domingo de Adviento marca el inicio de un nuevo año litúrgico. El término adviento es una versión de la palabra en latín que significa “venida”. Es una estación de espera, anticipación y esperanza que nos prepara para la celebración de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

Muchos cristianos y comunidades de fe se llenan de regocijo durante la estación de Adviento. Se llevan a cabo prácticas muy particulares a esta estación como, por ejemplo, llevar un calendario de Adviento, la Corona de Adviento y las Posadas – todas estas acciones litúrgicas nos recuerdan la espera del niño Dios y nuestra preparación para la celebración navideña.

En Adviento recordamos la primera venida de Dios al mundo en la persona de Jesucristo y meditamos en su segunda venida, la cual es profetizada en las EscriturasEn cierta forma, la estación de Adviento nos enfoca en el pasado y en el futuro a la misma vez. Nos llama a recordar y a celebrar la Encarnación, el acto más grande del amor de Dios hacia la humanidad, y a la misma vez nos prepara para el día en el cual Dios regresará por su Iglesia.

Las lecturas que escuchamos en los últimos domingos de Pentecostés tenían un tono escatológico, es decir que se enfocaban en el final de los tiempos. Para las próximas cuatro semanas el tema prevalente es el de estar despiertos, el de estar atentos, así como también lo es el tema de la luz. Es común referirse a que una madre da a luz cuando está de parto, así que en esta época de Adviento nuestras oraciones y tradiciones también nos invitan a esperar con María y José la llegada de la luz del mundo, la encarnación de Dios en Jesús.

La colecta de hoy intercede por la gracia de Dios para que podamos despojarnos de las tinieblas y revestirnos con las armas de la luz, haciendo referencia a la vida mortal la cual Jesús asumió para venir y vivir entre nosotros.

Entonces, ¿qué significa estar despiertos y despojados de las tinieblas en estos tiempos?  Mientras reconocemos que nuestra estancia en este mundo es temporal y que nuestro destino final está en la presencia de Dios, es importante que no perdamos de vista la importancia de hacer que cada día en este mundo terrenal sea una oportunidad más para expandir el Reino de Dios, buscar su justica y fomentar actos de luz donde sea que nos encontremos.

El mundo necesita que cada persona creyente permanezca despierta y vigilante en una manera única y relevante, trabajando por la justicia, buscando y respetando la dignidad de cada ser humano y haciendo una diferencia en el mundo a través de nuestras palabras y de nuestras acciones.

En los últimos meses, se ha estado usando una palabra en inglés refiriéndose a un estado de alerta – woke. Este verbo significa estar despierta o despierto. Se refiere también a un estado de consciencia social ante los retos que han enfrentado y siguen enfrentando las minorías étnicas en este país. Se está escuchando mucho la siguiente frase: “Yo estaba dormida/o, pero ahora estoy despierta/o” – es decir, yo estaba inconsciente de lo que está sucediendo, pero ahora estoy consciente y al tanto de las circunstancias que me rodean.

Jesús llega al mundo para abrirle los ojos del alma a la humanidad y la estación del Adviento nos enfoca como cristianos en el pasado y en el futuro a la misma vez. Esto quiere decir, que la luz del mundo antes de la llegada de Jesús existía, pero con su llegada, ese Niño despliega una luz jamás antes vista que abre no solamente los ojos del alma, sino el alma de toda la humanidad. Nuestras vidas toman un rumbo diferente cuando nuestro camino es iluminado por la gracia y el amor de Jesús. Nos alejamos de las tinieblas del pecado y nos acercamos a la luz que da Cristo, siendo guiados y guiadas por el Espíritu Santo en la medida que ponemos nuestra fe en práctica y proclamamos el Evangelio con palabras y acciones. Estamos despiertas y despiertos para establecer el Reino de Dios en la tierra.

El estar despierta y despierto en esta estación de Adviento no solo se refiere a las obras de acción y justicia social que hacemos como parte de nuestro llamado a establecer el reino de Dios en la tierra. También se refiere a un estado del alma, en el cual nuestro ser reconoce a Jesús como salvador y luz del mundo.

Hermanas y hermanos, esta estación de Adviento, de esperanza y de espera, es una nueva oportunidad para reflexionar y asumir nuestra responsabilidad individual y comunitaria en el establecimiento del Reino de Dios terrenal. Es también una oportunidad para alimentar nuestras almas con prácticas espirituales que nos invitan a mirar hacia atrás y a la misma vez tener esperanza en el futuro para de esa manera también acercarnos a ese niño Jesús, el amor de Dios encarnado que vamos a recibir en nuestros corazones en unas semanas.

Que esta estación de Adviento llene nuestras almas de esperanza y de gozo. Que sobre nosotros y nosotras Dios nuestro Padre y Jesucristo nuestro Señor derramen su gracia y su paz. ¡Que Dios nuestro alfarero haga resplandecer su rostro sobre nosotros, que nos renueve y nos bendiga a todos y a todas!

La Muy Rev. Miguelina Howell es originalmente de la República Dominicana y es Deana de Christ Church Cathedral, Hartford.  Miguelina sirve como capellana de la Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal, miembro de la facultad para programas del Departamento de Educación y Bienestar del Fondo de Pensiones y miembro del Consejo Asesor del Misionero Latino de la Iglesia Episcopal.

Sermón – Día de Navidad – (Años A, B y C) – 2015

Escrito por El Rvdo. Gonzalo Rendón

25 de diciembre de 2015

Isaías 62:6-12; Salmo 97; Tito 3:4-7; Lucas 2:(1-7), 8-20.

Nos encontramos de nuevo junto al pesebre para continuar meditando sobre este gran misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en medio de nosotros; dispongamos nuestro espíritu y nuestro corazón no tanto para comprender ese hermoso misterio, pues jamás la razón humana podría comprenderlo, sino más bien para dejarnos envolver por él, para imbuirnos en él y permitir que la fuerza del amor de nuestro buen Padre-Madre Dios nos transforme y haga de nosotros criaturas tiernas y pacíficas al estilo de su Hijo.

Escuchamos anoche, en la misa de Nochebuena, el pasaje del evangelio de san Lucas donde el evangelista describe las circunstancias históricas y geográficas donde nace el Hijo de Dios, y dijimos que esa descripción era muy importante para la comunidad a la cual escribe Lucas porque quizás muchos cristianos estaban ya considerando al personaje Jesús como una especie de leyenda o de mito.

Recordemos que Lucas no es un personaje contemporáneo de Jesús; por tanto, su evangelio es fruto de las investigaciones y confrontaciones con muchas otras tradiciones que ya existían en su tiempo sobre Jesús de Nazaret. Él mismo lo manifiesta así al inicio de su evangelio: “Ya que muchos emprendieron la tarea de relatar los sucesos que nos han acontecido, tal como nos lo transmitieron los primeros testigos presenciales y servidores de la palabra, también yo he pensado, ilustre Teófilo, escribirte todo por orden y exactamente, comenzando desde el principio; así comprenderás con certeza las enseñanzas que has recibido” (Lucas 1:1-4).

Pero vimos también que más allá de unos datos históricos en torno al origen de Jesús, lo que más resalta el evangelista es el aspecto teológico que subyace en el nacimiento de Jesús. Y descubrimos que uno de esos aspectos está en el hecho de que María y José no encontraron lugar en la posada de Belén para el alumbramiento de su hijo. Dicho de otro modo, la criatura anunciada por el ángel a María como el que sería el Salvador, no encontró sitio entre los hombres para su nacimiento. No es mera casualidad que esta misma idea la encontremos también en el evangelio de Juan: “La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Juan 1:9-11).

No dejemos pasar por alto ese detalle que al parecer no reviste ninguna importancia. Quizás el folclore y los diferentes modos tradicionales de celebrar la Navidad en nuestros países de origen hayan ocultado de alguna manera este aspecto; sin embargo, hoy delante del pesebre es el momento de volver a reconocer con humildad que quizás, con nuestras actitudes de vida, estemos cerrando la puerta a ese Dios que se ha encarnado y quiere establecer su morada entre nosotros.

El evangelio que escuchamos hoy es la continuación del mismo que se leyó en la misa de Nochebuena; María ha tenido que dar a luz en el establo, ha envuelto el niño en pañales y lo ha recostado en el pesebre. Y de aquí el evangelista nos traslada hasta el campo donde unos humildes pastores se encuentran custodiando los rebaños; a ellos, se dirige un ángel para contarles la alegre noticia del nacimiento del Salvador, el Mesías y Señor. El tono de alegría queda de manifiesto con el canto del Gloria que entona una multitud de ángeles que se suman al que habla con los pastores.

Después del anuncio, los pastores van hasta el lugar indicado por el ángel y efectivamente encuentran a María, a José y al Niño recostado en el pesebre; y aquí se forma la algarabía de los pastores que cuentan a los humildes esposos todo lo acontecido. Nadie comprende nada del sentido profundo que encierra este nacimiento y por eso nos dice el evangelista que “María guardaba todas estas cosas en su corazón”.

Miremos entonces con atención este segundo detalle teológico que Lucas ha querido subrayar en su relato. Pero antes, tengamos presente el primero: el Salvador, el Mesías y Señor no encontró un lugar para su nacimiento. En torno a esta idea, el cristiano de todos los tiempos ha de cuestionarse si acaso en su corazón hay espacio para el nacimiento de su Salvador.

El segundo aspecto teológico de este pasaje de san Lucas, tiene que ver con los primeros destinatarios de la noticia de la venida del Mesías. El relato del nacimiento del Niño Dios nos lo narra también el evangelista Mateo; pero es muy curioso que en ese evangelio quienes se constituyen en los primeros visitantes del pesebre no son los humildes pastores, sino unos reyes que vinieron desde oriente trayendo para el Niño oro, incienso y mirra.
Pues en Lucas, como lo acabamos de escuchar, los primeros que reciben el anuncio del nacimiento del Mesías y quienes se convierten en sus primeros visitantes, son unos pobres pastores, unos campesinos, humildes, unos personajes marginados que no contaban para nadie. En el judaísmo de la época de Jesús, los pastores eran personas legalmente impuras, indignas de entrar al templo a orar o a ofrecer sacrificio alguno.

Vamos meditando entonces en la profundidad que tiene este relato y en la gran actualidad que tiene hoy para nosotros. En primer lugar, en el pesebre quedan cumplidas todas las promesas hechas desde antiguo por Dios; en segundo lugar, Dios cumple sus promesas, pero no según los criterios humanos; no es el hombre quien impone sus criterios a Dios, quien dirige los destinos de Dios, ¡qué gran atrevimiento! Pues aunque nos parezca descabellado, a eso había llegado la religión en los tiempos de Jesús. Pero, pensemos: ¿no estaré yo también en ese mismo plano de intentar manipular a Dios, de imponerle mis criterios?

En tercer lugar, la mirada de Dios sólo se dirige a quien no cuenta para nadie. Ya desde el Antiguo Testamento, Dios había tomado partido por un montón de esclavos que gemían y se lamentaban en Egipto, por ellos se enfrenta al faraón y los libera, hace una alianza con ellos, los convierte en un pueblo y les permite habitar la tierra de la libertad. Cada acción, cada palabra, cada mensaje que Dios transmitía a través de sus profetas, tenía como objeto defender siempre a los excluidos, a los marginados y oprimidos.

Ahora, al cumplirse la plenitud de los tiempos, ese mismo Dios se encarna tomando la forma humana y nace entre los hombres como cualquier otro hombre; no por ser Dios encarnado, su aparición tiene lugar en la corte real, en un palacio. Precisamente, porque ha decidido encarnarse en la humanidad, lo hace entre aquellos a quienes se les ha arrebatado su más preciado tesoro: su humanidad; y lo hace para rescatar y devolver al hombre su dignidad humana. El Verbo encarnado, ha querido entonces que sean esas personas “indignas” para una religión excluyente, las primeras en ir a visitarlo; a contemplarlo en el máximo extremo de debilidad y de impotencia como lo es un niño.

Si por algún motivo nosotros nos sentimos excluidos, marginados, por nosotros mismos o por una institución que excluye y pisotea nuestra dignidad humana, juntémonos con estos pastorcitos, acerquémonos gozosos y confiados al pesebre y dejemos a los pies del Niño nuestra vida, nuestros anhelos, nuestras esperanzas y nuestros más profundos deseos de surgir y elevarnos de nuevo a la dignidad de hijos e hijas del auténtico Dios que en su Hijo se ha hecho uno con nosotros.

El Rvdo. Rendón es colombiano, nativo del departamento de Antioquia. Filósofo, teólogo y biblista. Actualmente presta servicios de docencia en la primera Universidad 100% virtual del país.

Nochebuena – (Años A, B y C) – 2015

Escrito por Por el Rvdo. Gonzalo Rendón

24 de diciembre de 2015

Isaías 9:2-7; Salmo 96; Tito 2:11-14; Lucas 2:1-14, (15-20).

Con la celebración del nacimiento del Niño Dios, esta noche, concluye el tiempo de Adviento; ese tiempo durante el cual la liturgia nos fue ayudando a través de las diferentes lecturas de la Palabra de Dios a prepararnos adecuadamente para celebrar el nacimiento del Mesías y Salvador Jesucristo.
Para nosotros, como cristianos, la celebración del nacimiento del Niño Dios es algo más que un simple aniversario, un nuevo cumpleaños de Jesús. Nos hemos preparado durante cuatro semanas para celebrar la venida de Jesús. Dejando a un lado todo el aparato consumista que se ha montado en torno a la Navidad, nosotros nos dejamos invadir de esa alegría inmensa que nos produce el hecho de saber que hoy, el Dios Todopoderoso y eterno, ha venido hasta nosotros en forma de un débil niño.
Hemos escuchado hoy una lectura muy sugestiva del Antiguo Testamento y hemos aclamado el salmo 96 donde el salmista nos invita al gozo y la alabanza al constatar las obras grandes del Señor. Eso es lo que hacemos en esta Nochebuena, alabar y bendecir al Señor por sus obras; pero por encima de todo alabarlo y darle gracias porque a pesar de su infinita grandeza ha decidido venir hasta nosotros, hacerse uno de nosotros y compartir nuestras alegrías y tristezas, nuestros sueños y esperanzas. Ese es el gran sentido de la celebración de esta noche.
Como acabamos de escuchar en el pasaje del libro de Isaías que nos trae la liturgia de hoy, el profeta invita a la alegría por dos motivos especialmente: porque “el pueblo que caminaba a oscuras vio un luz intensa”, y el segundo motivo es porque “un niño nos ha nacido”. Por una parte, Isaías invita a vivir esa alegría y regocijo en actitud de agradecimiento a Dios porque la opresión que pesaba sobre su pueblo se ha retirado. El trasfondo histórico de este pasaje es la devastación y muerte que produjo en la región el imperio Asirio quien derramó mucha sangre y produjo gran dolor a los israelitas del Norte del país. En medio de todo, el profeta invita a mantener viva la fe y a confiar siempre en el poder inigualable de Dios, único que puede doblegar a los más poderosos del mundo.
El otro motivo de alegría se refiere al nacimiento de un niño; al parecer, se trata de un descendiente real que acaba de nacer. Era normal que cuando se producía el nacimiento del descendiente, hubiera alegría y se renovaran las esperanzas del pueblo. Desde la época del rey David, el pueblo siempre alimentó la esperanza de un rey a la medida de sus expectativas y necesidades; sin embargo, ningún descendiente del legendario David dio la talla; por eso, siempre se mantuvo la esperanza en que algún día, Dios enviaría un Mesías que sí fuera capaz de realizar el papel auténticamente liberador.
Ya en la época del Nuevo Testamento, las comunidades cristianas primitivas muy pronto encontraron el cumplimiento de estas profecías en Jesús de Nazaret. Ese niño que anunciaba Isaías fue para los primeros cristianos Jesús, el hijo de José y María que hoy contemplamos en el pesebre.
Llenos de gozo contemplamos pues al niño de Belén. En este niño se cumplen hoy todas las profecías, ahí está en el silencio y la humildad del pesebre la realización de todas las promesas divinas; no importa cuanta oscuridad, cuanta soledad, cuantas tristezas y angustias ha experimentado la humanidad y cada uno de nosotros; ese llanto y esa desnudez de este Niño nos están diciendo que no estamos solos; que la vida no es dolor ni llanto, que la vida, nuestra vida, tiene un sentido porque Dios en su amor infinito ha venido a hacerse uno con nosotros, a llenar de sentido nuestra existencia.
El evangelista Lucas es quien nos cuenta con más detalle el nacimiento del Niño Dios. Como hemos escuchado, Lucas menciona una circunstancia muy particular que rodeó este nacimiento: María y José que habitaban el pequeño y escondido caserío de Nazaret en Galilea, tuvieron que desplazarse hasta Belén, muy cerca de Jerusalén, para registrarse en un censo que había decretado el emperador romano. La ley era que cada judío tenía que ir hasta su lugar de origen a censarse; y como José no era de Galilea, sino de Belén de Judá, por eso tuvo que hacer este viaje.
Estando entonces en esta penosa diligencia, se le cumplió el tiempo a María y tuvo que dar a luz allí en Belén, lejos de su casa, entre gente desconocida. Y nos dice Lucas que como no hubo sitio para María y José en la posada, tuvo que alumbrar en una pesebrera. Fue lo más íntimo que pudieron encontrar María y su esposo, el lugar donde habitualmente pasaban la noche los animales de trabajo.
No se trata simplemente de un relato pintoresco. El evangelista quiere subrayar aquí tres cosas muy importantes: la primera tiene que ver con el origen histórico de Jesús, el Mesías: aun tratándose del esperado de los tiempos, no cae del cielo, ni viene entre ángeles y nubes; su nacimiento tuvo lugar en un momento preciso: en los días del censo impuesto por la autoridad romana; la segunda tiene que ver con la localidad o la ciudad donde nace el Mesías: en Belén, ciudad de David; de este modo, Lucas conecta el nacimiento de Jesús con las expectativas mesiánicas según las cuales, el mesías tenía que ser un descendiente de David y, aparte de eso, tenía que nacer allí en la ciudad de David.
Sin embargo, para nosotros, el tercer elemento que subraya Lucas es el más importante de todos ya que se trata del sentido teológico que el evangelista quiere darle a su relato. Prestemos mucha atención. Se trata del lugar exacto del nacimiento; nos dice san Lucas que éste se realizó en un pesebre o una pesebrera, como quieran mirarlo. Como quien dice, al Mesías, al enviado de Dios, su propio Hijo, no le ha tocado nacer, como a la gran mayoría de criaturas, en la intimidad de un hogar -por aquel tiempo cuando no había clínicas ni hospitales, los niños nacían en la casa y la madre era asistida por una partera.
Para María y José “no hubo lugar en la posada de Belén”, nos dice san Lucas. Había mucha gente aquel día en la ciudad a causa del censo. Este detalle lo utiliza el evangelista para hacer entender a los cristianos y cristianas de su comunidad -y a nosotros hoy- que no podemos quedarnos contemplando sólo la dimensión gloriosa de Jesús, el Cristo. Es importante tener en cuenta que Lucas es un cristiano probablemente de la segunda generación de cristianos, cuando ya el cristianismo tiene raíces muy fuertes, pero está olvidando muchos aspectos que tienen que ver con la sencillez, la humildad y el despojo de toda vanagloria que rodearon el origen humano de su Señor.
Delante del pesebre hoy pensemos con toda sinceridad si hay o no, lugar en nuestro corazón para el Hijo de Dios; qué situaciones, qué intereses, qué obstáculos ponemos para no abrir la posada de nuestra vida a Jesús. No le cerremos la puerta, no dejemos pasar la oportunidad de dejarlo entrar en cada uno de nosotros para que él nos transforme, para que él nos reconstruya, para que él vuelva a hacer de cada uno de nosotros seres nuevos, más humanos, más dignos de ser hijos e hijas de Dios.
Que las luces, la música y el consumismo de la Navidad no sean más un motivo para cerrar la puerta a la humilde pareja de María y José que quieren hoy pasar la noche de la vida con nosotros.

El Rvdo. Rendón es colombiano, nativo del departamento de Antioquia. Filósofo, teólogo y biblista. Actualmente presta servicios de docencia en la primera Universidad 100% virtual del país.

Estudio Bíblico – Propio 28 (B) 15 noviembre 2015

Escrito por Leigh Kern, Diócesis de Toronto, Iglesia Anglicana de Canadá

(RLC) 1 Samuel 2:1-10; 1 Samuel 1:4-20 (como cántico); Hebreos 10:11-14; Marcos 13:1-8

1 Samuel 2:1-10

En este cántico extático, profético y potente, somos testigos del júbilo de una mujer que ha experimentado un milagro. Sus palabras nos resultan familiares, oímos algunas semejantes brotar de labios de María cuando ella también concibe un hijo excepcional. En un mundo teñido de zonas grises, puede ser difícil decir con absoluta certeza: ¡Esto es de Dios! ¡Esto es del toque del Espíritu!

  • ¿Cuándo has sido capaz de decir “el Altísimo me ha hecho grandes cosas?
  • ¿Cuándo tú, o alguien que tú conozcas, ha experimentado un milagro?
    En nuestro mundo podemos haber oído a otros decirnos lo que es o lo que no es de Dios.
  • ¿Cómo disciernes cuando el Espíritu ha tocado a tu comunidad de manera especial?

1 Samuel 1:4-20 (léase como un cántico)
¡Ana apenas podía orar sin ser acosada! Se mofaban de ella por su infertilidad, por sus oraciones la llamaban borracha. “Soy sólo una mujer angustiada”, afirma ella, al tiempo que revela su gran “angustia y aflicción” (1 Sam. 1:15-16).

  • ¿Qué aflicciones y ansiedades de hoy día están demasiado estigmatizadas para llevarlas al templo?
  • ¿De que estamos tan avergonzados para que no pasemos de un susurro al orar?
  • La salud de las mujeres ha sido con frecuencia mistificada, mal fundada y ha sido causa de vergüenza. Muchas de nosotras hemos sido víctimas del aborto involuntario, el embarazo no deseado y la infertilidad. El Dios de Ana nos pide que clamemos cuando nuestras comunidades, nuestras parejas o nuestra Iglesia se avergüenzan, estigmatizan o se mofan de las ansiedades de nuestros corazones. En este pasaje vemos un testimonio de que Dios es un Dios de esperanza, transformación y solidaridad— ¿quién está con nosotros en cualquier trance en que nos encontremos?

Hebreos 10:11-14
Este pasaje de Hebreos es un claro mensaje para nosotros: el sacrificio de Jesús fue único “un solo sacrificio” (Heb. 10:14). Y nos confronta con una analogía del sacrificio singular y especial que Jesús hizo por los pecadores.

  • ¿Cómo han experimentado el amor sacrificial y restaurador de Jesús?
  • ¿Acaso en la eucaristía o tal vez en vuestra propia experiencia de pecado y perdón?
  • ¿Cuán a menudo creemos que podemos ‘salvar’ a otros o a nosotros mismos mediante nuestros sacrificio, sudor y sangre propios?
  • ¿O reformar a otros a través del castigo?

Con frecuencia tenemos una interpretación destructiva del pecado y del sacrificio. Muchos creen que su propia salvación depende de cuanto se ocupen de los demás, abandonando su propio bienestar. Nuestra interpretación del castigo también puede conllevar nociones violentas del sacrificio. Un amigo mío que estuvo encarcelado durante años por un delito menor decía que su experiencia de prisión fue tan deshumanizante que si “le estuvieran exprimiendo la propia sangre de su vida”.

  • ¿Dónde presenciamos, personal y socialmente, el sacrificio deshumanizante? ¿Dónde necesitamos de más gracia?

Marcos 13:1-8
Esta profecía apocalíptica del evangelio de Marcos suscita la pregunta: ¿cuán atados estamos a nuestras instituciones y al orden actual? Mi experiencia como ser humano me dice que soy adicta a la comodidad. Adoro mi propia sensación de seguridad y del control [que ejerzo] sobre mi vida, [así como] mi imagen y mis posesiones materiales.

  • ¿Cuánto nos asusta la vulnerabilidad?
  • ¿Cuánto nos esforzamos en mantener en pie los muros de nuestras vidas?

Nuestro pasaje de Marcos nos dice, sin embargo, que “todo será derribado”. Como cultura, invertimos mucho en mantener las cosas idénticas. ¿Cuántos enunciadores de la verdad, desde Malcolm X a nuestro Señor Jesucristo, han sido ejecutados en un vano intento de mantener el orden presente? Nuestro egoísmo, nuestra adicción a la comodidad y nuestro deseo de ejercer control nos impiden entrar en el espacio vulnerable del cambio.

  • ¿Qué ocurriría si en lugar de actuar movidos por nuestro instinto de proteger los muros que construimos, actuáramos, en primer lugar, movidos por el amor?
  • ¿Cuánto estaríamos dispuestos a cambiar para darle cabida a los refugiados que huyen del terror y de la violencia?
  • En lugar de adorar los ídolos de nuestros muros institucionales y del status quo, seamos transformados por el Dios del cambio y del amor, porque ciertamente “todo será derribado”.

Escrito por Leigh Kern
Leigh M Kern es postulante al presbiterado en la diócesis de Toronto y en la Iglesia Anglicana del Canadá. Ejerce también de capellana con personas que viven con adicciones y en la pobreza en New Haven, donde cursa el último año en la Escuela de Teología de la Universidad de Yale. Leigh e una apasionada de Dios, de la creatividad y de la restauración. En su tiempo libre disfruta pintando y componiendo música.

Estudio Bíblico – Día de Todos Santos – 1 noviembre, 2016

Escrito por Louise Samuelson, Seminario del Sudoeste

(RCL) Sabiduría 3: 1-9; Salmo 24; Apocalipsis 21: 1-6a; Juan 11: 32-44

Sabiduría 3: 1-9
Este pasaje de la Sabiduría se lee el Día de Todos los Santos y en muchos funerales, ya que consuela a aquellos que han experimentado la muerte de un ser querido. Cuando vemos a alguien sufriendo y muriendo parece un desastre, una destrucción, o tal vez incluso un castigo. Pero el escritor nos eleva a un plano superior, donde podemos ver que su partida es un camino hacia la paz y el gran bien.

 

El don del Día de Todos los Santos no es simplemente para mirar atrás con nostalgia, sino ver una gran visión. Nuestros seres queridos que han muerto nos conectan con una realidad eterna. Al levantar la mirada para verlos desde el punto de vista de Dios nos da una “esperanza llena de inmortalidad”.

La gran esperanza de este pasaje es el mismo Dios. Nos dice que “los fieles habitarán con él en amor”. Dios es la realidad última. En Dios, en vez de tormento y muerte, hay gracia, misericordia, paz y amor.

  • ¿Qué consuelo te ofrece este pasaje al pensar en los que has perdido?
  • ¿Cómo te imaginas un lugar sin tormento y solamente de paz?

Salmo 24
El salmo 24 ofrece un hermoso cuadro que describe el movimiento de dos vías en nuestra relación con Dios. El salmista primero fundamente nuestra relación con la tierra, donde formamos parte de toda la creación de Dios. Desde este punto de vista, estamos llamados a hacer nuestro camino hacia el Señor. Si queremos ver a Dios, importa cómo vivimos las cosas. Se requieren manos limpias y un corazón puro. A menudo me ensucio las manos y el corazón, así que esto es preocupante. A medida que buscamos a Dios nos damos cuenta de que la salvación de Dios nos ha limpiado y por ello podemos seguir avanzando hacia Dios.
Al final del salmo se invierte este movimiento. Ahora, en lugar de nosotros ir a Dios, Dios viene a nosotros. Como pueblo de Dios estamos llamados a mirar hacia arriba y ver que nuestro Dios, fuerte y poderoso, se acerca para estar con nosotros. A través de este salmo vemos una danza en la que nos movemos hacia Dios y Dios hacia nosotros.

  • ¿Qué pasos tienes que dar en tu movimiento hacia Dios?
  • ¿Cómo podemos nosotros, el pueblo de Dios, abrir nuestras puertas para recibir a Dios?

 

Apocalipsis 21: 1-6a
Las historias tienen un principio, un medio y un fin. Uno de los grandes dones de la encarnación es que la persona que se hace llamar el alfa y la omega, el principio y el fin, también entiende el medio en el que todos vivimos. Para nosotros los mortales “el medio” incluye luto, llanto y dolor. En medio de la mitad se necesita mucha imaginación para contemplar la posibilidad de un final feliz.
A la gente que sufría bajo la cruel ocupación del Imperio Romano se le dio una invitación a través de la revelación de Juan para imaginar un nuevo mundo, un mundo en el que Dios vive con los mortales y tiernamente borra toda lágrima de sus ojos.

  • Si este es el final de tu historia, ¿cómo escribes sus “capítulos intermedios” a la luz de la misma?
  • ¿Qué opciones puedes tener que te ayuden a llegar allá?

Juan 11: 32-44
Jesús ve todo el panorama. Fue capaz de vivir  la tensión de las realidades de la muerte y de una resurrección futura. Sabe que Lázaro va a vivir de nuevo. Pero cuando ve el dolor de sus amigos causado por la muerte de su hermano, la indignación de Jesús le conduce a las lágrimas y a la acción. Jesús muestra el enfado que la muerte le causa, la pena que siente por aquellos que sufren a causa de ella.

¿No es esta la forma en que a veces sentimos la muerte? ¿No se quiebran nuestros corazones cuando la muerte roba a los que amamos? Podemos proclamar “Creo en… la resurrección de la carne y la vida eterna” (BCP, p 224), incluso mientras estamos destrozados por el dolor. Este día en el que celebramos todos los santos que han muerto puede ser un amargo recordatorio de todo lo que hemos perdido. Afortunadamente tenemos un Dios que va a vivir con nosotros en este lugar entre la muerte y la vida.

  • ¿Qué significa para ti tener un Dios que es la resurrección y la vida y que también se identifica realmente con tu dolor?
  • ¿Cómo el ser honesto con Dios en tus sentimientos te ayuda a caminar a través de tu dolor?

 

Escrito por Louise Samuelson
Louise Samuelson es seminarista de segundo año en el Seminario del Sudoeste en Austin, Texas. Es candidata al sacerdocio en la Diócesis de Florida Central. Louise vive con su esposo Frank, que también es candidato al sacerdocio.

Publicado por la Oficina de Comunicaciones de la Misión de la Sociedad Misionera Doméstica y Extranjera, 815 Second Avenue, Nueva York, NY 10017.
© 2015 La Sociedad Misionera Doméstica y Extranjera de la Iglesia Protestante Episcopal en Estados Unidos de América.
Reservados todos los derechos.

 

 

Estudio Bíblico – Propio 26, Año B – 1 noviembre, 2015

Escrito por Greg Hamlin, Bloy House

(RCL) Rut 1: 1-18; Salmo 146; Hebreos 9: 11-14; Marcos 12: 28-34

Rut 1: 1-18
Naomi se encuentra en un país extranjero sin ningún medio de apoyo. Su marido y sus dos hijos han muerto. En ese momento de la historia tal situación significaba un futuro de total miseria y humillación. La única esperanza para sus nueras era encontrar nuevos maridos. La única esperanza de Naomi era volver a su casa de Judá. En Judá, Jehová proporcionaba alimentos para su pueblo. La tradición de entonces era que una viuda sin hijos debía casarse con el hermano de su difunto marido. Naomi no tiene más hijos. Por eso bendice a sus nueras y les dice que se queden en Moab para que estén con su pueblo y sus dioses, y para que encuentren nuevos maridos.
Orfá llorando asiente. Rut sin embargo, no irá. El escritor del libro de Rut nos ofrece una bella canción que expresa la devoción de Rut hacia Naomi. No solamente acompañará Rut, ella será una del pueblo de Rut y Yahvé se convertirá en su dios. Ella misma se somete a la voluntad del Señor. Naomi acepta la esperanza en el Señor a que Rut se aferra.

  • ¿Ha habido un momento en tu vida en que te encontraste en un “país extranjero” sin apoyo?
  • ¿Encuentras esperanza en la idea de que Dios te considera y te proveerá?
  • ¿Hay alguien en tu vida que se encuentra en la “tierra extranjera” de la enfermedad, del desempleo, o de otra inseguridad? ¿Puedes tú ser Rut para ellos y participar en el viaje de regreso a la esperanza de la gracia de Dios?

Salmo 146
Este es sin duda un salmo lleno de alabanza. La alegría del escritor se difunde. La sección acerca de todo lo que el Señor hace para liberar a los prisioneros, para abrir los ojos de los ciegos, etc. ¿no se parece a las instrucciones que Jesús da a los discípulos cuando los envía a hacer el trabajo que les manda a hacer? Jesús les da  poder para hacer las mismas cosas que él ha estado realizando. A nosotros también se nos pide que hagamos este trabajo, cuando vivimos nuestro pacto bautismal.

  • Es posible que no sientas que tienes la fe suficiente para dar, literalmente, vista a los ciegos, pero ¿puedes mostrar a alguien cómo se te han abierto los ojos?
  • ¿Cuáles son algunas maneras en que nosotros, en nuestras comunidades eclesiales, podemos cuidar de los extranjeros?

Hebreos 9: 11-14
En esta carta, el autor expone la comprensión de la expiación de la muerte de Cristo. Es algo que muchos de nosotros, en nuestro mundo moderno, encontramos difícil de entender o aceptar. Probablemente tenía mucho más sentido para los primeros seguidores de Jesús que trataron de entender por qué fue ejecutado.
La tradición del sacrificio animal fue bien entendida por los israelitas. De hecho los sacrificios de animales, e incluso de humanos, han formado parte de muchas religiones y culturas. Parece que hay una visión mística universal de lo que llamamos “la sangre de la vida” de una criatura. Además da la sensación de que matar a un animal no debía ser utilizado para la alimentación, y derramar su sangre era un sacrificio significativo. Muchos pueblos han creído que este tipo de sacrificios podía restaurar nuestra relación con el creador.
Los textos del Primer Testamento piden que el animal para el sacrificio ha de ser perfecto y de gran valor, no uno que sea defectuoso o malo. Así que para los primeros cristianos, tenía sentido el ver a Cristo como el sacrificio sin mancha perfecto. Él era inocente y su muerte fue un sacrificio por nosotros. Mediante él nuestra relación con Dios, el Creador, fue restaurada. Es una enseñanza difícil para nosotros, en nuestro mundo moderno, pero es muy poderosa y debemos tenerla en cuenta.

  • ¿Te parece la idea de la expiación muy difícil de aceptar?
  • ¿Es difícil reconocer que nuestros pecados son lo suficientemente graves como para necesitar este tipo de sacrificio de Jesús, el Cristo?
  • Si alguna vez has sentido que lo que has hecho es imperdonable ¿puedes encontrar consuelo en esta manera de entender la muerte de Cristo?

Marcos 12: 28-34
Este pasaje es notable de muchas maneras. Dos cosas extraordinarias vienen a la mente de inmediato. La primera es que, por lo general, en los evangelios los escribas o fariseos vienen a escuchar a Jesús con la esperanza de oírle decir algo blasfemo. Si hacen preguntas es para engañarle y que diga algo que se pueda mantener en su contra. En este caso, el escriba está impresionado con la forma en que Jesús ha estado respondiendo a las preguntas. Merece la pena consultar a Jesús. Da por sentado que entre la larga lista de leyes de lo que está permitido, de lo que está prohibido, y de la forma de llevar a cabo los rituales, hay uno que es el más importante.
La segunda cosa extraordinaria es cómo Jesús resume toda la intención de todas las leyes, ritos y tradiciones. Penetra en lo más importante de la cuestión y al mismo tiempo muestra el gran cuadro. Al observar estos dos mandamientos: Dios es uno y amarás a Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerzas, y amar al prójimo como a ti mismo, Jesús nos señala directamente la forma en que Dios quiere que vivamos. El escriba entiende que esta es la clave. Jesús afirma la comprensión del escriba diciéndole que no está lejos del reino de Dios. La profundidad de esto deja mudos a todos.

  • ¿Crees que al afirmar al escriba de esta manera, Jesús nos muestra cómo lograr el reino de Dios en la tierra?
  • ¿Alguna vez has tenido un impulso a actuar de una determinada manera y has actuado de otra diferente cuando te acuerdas de estos dos mandamientos?
  • ¿Te imaginas tratando de tener durante un día estos mandamientos presentes en tu mente? ¿Qué implicaría eso para ti?

 

 

Escrito por Greg Hamlin
Greg es un seminarista líder laico en Bloy House en el sur de California. Él y su esposa, Karen, son miembros involucrados de Iglesia de St. James en South Pasadena. Tienen dos hijas mayores. Anouska es graduada de la Escuela de Leyes de Brooklyn, y Natasha estudia para obtener un grado en Terapia  matrimonial y familiar en el Seminario Fuller.

 

Publicado por la Oficina de Comunicaciones de la Misión de la Sociedad Misionera Doméstica y Extranjera, 815 Second Avenue, Nueva York, NY 10017.
© 2015 La Sociedad Misionera Doméstica y Extranjera de la Iglesia Protestante Episcopal en Estados Unidos de América.
Reservados todos los derechos.

 

Estudio Bíblico, Propio 25(B), 25 de octubre 2015

(RCL) 25, Año B: Job 42: 1-6,10-17; Sal. 34: 1-8 (19-22); Hebreos 7: 23-28; Marcos 10: 46-52

Job 42: 1-6, 10-17

Si algún personaje bíblico soportó el sufrimiento, fue, sin duda, Job. Perdió cultivos, bienes, miembros de la familia, y la salud. Job tuvo que haber tenido esa sensación incierta que cualquier de nosotros experimentamos cuando perdemos a alguien o algo importante para nosotros. ¿Por qué permitirá Dios que suceda esto? ¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Por qué mis oraciones quedan sin respuesta? Este tipo de preguntas son a menudo las primeras en venir a la mente, y con frecuencia a nuestros labios. A través de todo su sufrimiento y cuestionamiento, Job se negó a “maldecir a Dios y morir” (como su esposa sugirió). Incluso la enfermedad y la muerte no causaron que Job perdiera la fe. Él, sin embargo, comenzó a realizar muchas preguntas a Dios. Su deseo fue hacer la apelación a Dios, para defender su propia rectitud. Al final, Dios expone poéticamente sus propios actos creativos y su soberanía sobre la creación. Dios no da ninguna explicación directa sobre el sufrimiento de Job, pero explica a Job que el Creador no tiene que estar a la defensiva y ni explicar lo que Dios permite que suceda. Toda la historia termina con la respuesta humilde de Job, admitiendo que incluso muchas de sus preguntas fueron equivocadas y que entendió mal las obras misteriosas de Dios. Job se hace aún más humilde que antes: “Me retracto, y me arrepiento en el polvo y en la ceniza”. Job entonces es recompensado con el doble de lo que poseía antes como un signo de la bendición de Dios.

  • La historia de Job no nos da respuestas directas a los sufrimientos de Job, excepto que fueron permitidos. ¿Cómo luchas con el misterio del sufrimiento en el mundo?
  • Dios no aflige ni entristece voluntariamente a nadie (Lam. 3:33). ¿Por qué crees que se permite el sufrimiento en nuestro mundo?
  • Dios pide a su pueblo que sean agentes de sanación. ¿Estás activo en aliviar el sufrimiento de los demás en tu comunidad?

Salmo 34: 1-8 (19-22)

San Agustín se refirió a la Santísima Trinidad como “el más alto origen de todas las cosas, y la belleza más perfecta, y el deleite más bendito”. Dios no es solo el amor y la bondad, sino que en el ser mismo de Dios, hay también belleza. Todos los atributos de Dios hacen a Dios deseable y digno de toda alabanza. La gloria de Dios brilla sobre nosotros cuando orientamos nuestros corazones hacia el Creador en adoración. David expresa la adoración que emana de su propio corazón en este hermoso salmo. Dice: “Mírenle a él y sean alumbrados; y sus rostros no se avergonzarán”. Siempre me han fascinado estas imágenes. Cuando una persona mira hacia Dios, se convierte en radiante ¿Qué significa esto?

Recientemente, un amigo me habló de haber conocido a un hombre muy santo y amable, un hombre que vive su vida llena de oración y contemplación. Mi amigo describió a este hombre como “lleno de Dios”. Hay algo diferente en el aspecto de aquellos que pasan mucho de su tiempo en la presencia de Dios. Muchos de los que conocieron a la Madre Teresa informan de algo similar. Dios parece reflejar su propia belleza a través de los que están cerca de él. Jesús, la imagen perfecta de Dios, reflejó la gloria de Dios en la Transfiguración a Pedro, Santiago y Juan. La escena (¡intencionalmente!) recuerda a la gloria divina revelada a Moisés en el Sinaí.

  • ¿Alguna vez has contemplado la belleza de Dios? ¿Cómo jugaría la imaginación un papel en esta forma de oración?
  • De toda la gente, los cristianos deberían ser los más dispuestos a abrazar el arte, la poesía y la música como expresión de la bondad y belleza de Dios. ¿Qué forma de arte podrías utilizar para expresar tu amor a Dios?
  • ¿Has encontrado momentos de “luminosidad” durante la oración? ¿Cómo puede el tiempo empleado en la presencia de Dios capacitarnos para llevar a cabo la misión que se nos encomienda en Mateo 28?

Hebreos 7: 23-28

La carta a los hebreos nos ofrece abundancia de ricas imágenes sacrificiales. Nuestras mentes son orientadas hacia el sistema del templo judío de sacerdocio y sacrificio, y a través de esas imágenes se nos muestra una realidad nueva. En contraste con los sacerdotes de Israel, el sacerdocio de Jesús es eterno, en los cielos, donde “es capaz de salvar a los que se acercan a Dios a través de Jesús, ya que está siempre vivo para interceder por ellos”. Por otra parte, el autor nos dice que la sangre de toros y machos cabríos no podría quitar el pecado. El sacrificio de Cristo, sin embargo, fue un evento de una vez y por todas que suprimió el pecado. No solo murió Jesús por nuestros pecados y nos reconcilió con Dios; él también reza siempre por nosotros. El suyo es un ministerio de oración incesante, intercesión por la “iglesia militante” – por los que vivimos la vida cristiana, a la espera de la nueva creación. Entramos en esta realidad cada vez que nos acercamos al altar para la Eucaristía.

El catecismo del Libro de Oración Común dice que la Eucaristía es “el medio por el cual se hace presente el sacrificio de Cristo, y en el cual nos une a la única oblación de sí mismo” (Pág. 751). Hay muchos puntos teológicos que se podrían plantear de todo esto, pero una cosa es clara: ¡todos los aspectos del ministerio de Jesús pretenden que nos acerquemos a Dios para mantenernos en su presencia!

  • ¿Con qué frecuencia tienes una imagen de Cristo orando por ti?
  • ¿Has pensado alguna vez en esta idea de un Dios que quiere la cercanía con su pueblo como una verdad para ser compartida en el evangelismo? ¿Cómo compartirías ese mensaje con alguien que está abierto a escuchar acerca de tu fe?
  • ¿Cómo entiendes la presencia de Cristo en el pan y en el vino de la eucaristía?

Marcos 10: 46-52

“¿Qué quieres que haga por ti?” Jesús escucha el grito de desesperación, humilde de Bartimeo, y le anima a que articule con precisión su necesidad de curación. Bartimeo quiere volver a ver. Algo le ha causado la ceguera, y solo Jesús puede abrirle los ojos. Amablemente, en respuesta a su humildad, el Señor le concede la vista. En el Evangelio de Marcos, a esta curación física de la ceguera sigue inmediatamente un episodio en el que los discípulos de Jesús muestran su ceguera sobre la naturaleza del liderazgo cristiano. Compitiendo por el lugar más prestigioso en el cielo, Santiago y Juan piden a Jesús que acceda a una solicitud. “¿Qué es lo que quieres que haga por vosotros?” (¿Suena familiar?) Y ellos muestran su sed de poder y de gloria. Jesús con severidad los corrige, y pasa a explicar el enfoque contracultural al liderazgo requerido por sus discípulos: servidumbre absoluta. Una posición de liderazgo para Jesús significa una posición de servicio humilde y abnegado. A la humilde petición de Bartimeo se yuxtapone la solicitud presuntuosa de Santiago y Juan, al paso que Marcos presenta a sus lectores un “momento de enseñanza”. Cristo desea humildad, y quiere responder con la curación y la bendición a las solicitudes que se hacen en absoluta humildad y dependencia.

  • Los Padres de la Iglesia Ortodoxa adaptaron la oración de Bartimeo a la oración de Jesús: “Señor Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, pecador”. ¿Alguna vez has pensado que esta corta, humilde oración sea tu propia oración?
  • Jesús nos recuerda constantemente que Dios quiere que le demos a conocer nuestras peticiones. ¿Estás seguro de que tus peticiones son humildades?
  • La humildad es difícil. Especialmente en una cultura obsesionada con la auto-realización y la “escalada a la cima”. ¿Cómo sería un modelo cristiano de liderazgo en el lugar general de trabajo? ¿Cómo vives este modelo en tu propia vida?

Escrito por Cameron MacMillan
Cameron MacMillan cursa el último año de seminario en Nashotah House, trabajando en su título de MDiv, y es candidato a las sagradas órdenes en la Diócesis de Florida Central. Cameron y su esposa, Ana, esperan su primer hijo. Disfruta de las aventuras al aire libre con su “border collie, Charleigh”, buen café, y escribiendo no ficción creativa. Las pasiones de Cameron son el ministerio transcultural, la evangelización y la teología litúrgica.