19 Pentecostés – Año B

Propio 21

Pentecostés 19 Sermon Episcopal


RCL: Ester 7:1-6, 9-10; 9:20-22; Salmo 124; Santiago 5:13-20; Marcos 9:38-50

Hermanos y hermanas, tengamos fe plena en lo que nos dice el octavo verso del Salmo 124: “Nuestro auxilio está en el Nombre del Señor, que hizo los cielos y la tierra”.

El reino de Dios es diverso, y en esa diversidad hay unión. Por ende, creemos que, dentro de la gran abundancia de diversidad en nuestras comunidades de fe, también podemos y hemos de recalcar nuestra unidad en Cristo. Al reconocer esta diversidad y unidad en Cristo, entendemos que no estamos en competencia, sino que cada persona trae algo que es importante para la jornada difícil a la cual Jesús nos ha invitado. Una jornada de sacrificio. No hay espacio ni tiempo para celos o juicios entre personas.

Para entender la lectura del evangelio de hoy tenemos que leer un poco hacia atrás, leer los capítulos octavo y noveno del Evangelio según Marcos. Hace dos domingos ocurrió algo muy dramático e importante. Pedro declaró que Jesús era el Mesías. Puede ser que para nosotros y nosotras escuchar esto no sea nada dramático, es nuestra realidad y nuestra fe; sin embargo, Pedro al decir estas palabras, en voz alta, no puede retroceder de ellas.

El capítulo y el momento donde se encuentra esa declaración es muy significativo; es en el mismo medio del evangelio—en la cumbre. Justo después ocurre algo muy disonante para Simón Pedro y los otros discípulos. Jesús enseña por primera vez sobre el sufrimiento que ha de venir. Imagínense todos los anhelos y sueños de Simón Pedro incluidos en esa declaración mesiánica; en vez de hablar de victoria, Jesús les enseña sobre lo que ha de venir: sufrimiento. Desde ese momento en adelante Jesús está mirando hacia Jerusalén. Jesús les dice: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame”.

Entonces entramos en el capítulo noveno, en el cual luego de una segunda declaración de lo que ha de venir, leímos sobre la discusión entre los discípulos de ¿quién era más importante? El ciclo se repite: Jesús declara, los discípulos no entienden y les explica sobre el discipulado. Jesús les reprende y les indica que esto no es una competencia, sino una vida de sacrificio y ayuda para las personas que menos tienen. Jesús les enseña que: “El que recibe en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, no solamente a mí me recibe, sino también a aquel que me envió”.

Es en este contexto que ubicamos la lectura de hoy. En la misma, Jesús, como tantas veces lo hace, recalca lo difícil que es seguirle, lo amplio de su mensaje y que las personas que llevan ese mensaje no forman parte de un grupo exclusivo. Seguirle requiere sacrificio. Seguirle requiere excelencia. El no seguirle tiene consecuencias graves. Es posible que al escuchar esta lectura nos sintamos convictos y convictas por todas nuestras faltas en seguir a Jesús. Todas las maneras en que estamos en competencia o envidiamos a otras personas, todos los chismes, todas las formas en que nuestros enfoques están desvirtuados. Todas las maneras en que no nos apoyamos.

Hay cosas más significativas a riesgo, que las cosas mezquinas entre personas. Nuestra razón de estar en comunidad es para que todas las personas estén en paz entre sí mismas y se ayuden mutuamente a regresar del mal camino y del pecado a la verdad. Esta es nuestra responsabilidad mutua como parte de la comunidad cristiana y dentro de nuestras comunidades de fe. Un comentario sobre el Evangelio según Marcos nos recuerda que este pasaje es sobre lo esencial que es la cruz, que la grandeza viene del servicio a otras personas, incluyendo personas marginadas, y la importancia de que nuestra vocación cristiana vaya más allá de nuestros círculos íntimos.

Estas lecturas se refieren a nuestro comportamiento mutuo cuando estamos en comunidad, nuestro discipulado. Esto es importante porque en comunidad nos fortalecemos mutuamente para lidiar con todo lo que el mundo nos trae. No podemos competir ni envidiarnos dentro de la comunidad, hemos de apoyarnos mutuamente y de esa manera emulamos el reino de Dios.

En la carta de Santiago tenemos una receta de cómo lidiar con los sufrimientos que han de venir a causa de nuestro discipulado. Se nos ofrece la oración al centro de todo lo que se hace. La oración mutua en la aflicción; la alabanza a Dios en la alegría; la oración y unción en la enfermedad; la confesión y la oración mutua para la sanación.

El último aspecto que presenta Santiago es el de la confesión mutua. La misma tiene mucho potencial, aunque poco lo usamos. En nuestro contexto Anglicano/Episcopal va más allá de la práctica de confesión durante el servicio dominical. En nuestra humanidad se nos hace difícil escucharnos. Vivimos compitiendo y envidiamos o enjuiciamos a la otra persona; las dos admoniciones de Jesús a sus discípulos se refieren a esto. En esta confesión mutua tenemos un ejemplo de cómo podríamos vivir en comunidad. Para lograr estar en comunidad, tanto en diversidad como en unidad, tenemos que estar dispuestos y dispuestas a ser vulnerables con cada cual. Esto es algo que hemos de practicar y modelar.

Sin embargo, esta vulnerabilidad mutua no es fácil. Si lo lográramos sería una gran práctica que nos ayudaría a lidiar con los sufrimientos de la vida y servir de apoyo mutuo. Si pudiéramos sobrepasar el miedo al chisme, a la competencia y al juicio, entonces tendríamos un último obstáculo que superar: el poder admitir ante otra persona nuestros pecados y la decepción o desilusión que sentimos – aunque siempre en amor.

Amistades en Cristo, qué lindo sería que en la comunidad nos ayudáramos tanto, que cuando cayéramos en pecado, la persona a nuestro lado alrededor del altar fuera la que nos hace volver a Dios: “sepan ustedes que cualquiera que hace volver al pecador de su mal camino, lo salva de la muerte y hace que muchos pecados sean perdonados”. En esencia esto es lo que resulta de no vivir en competencia o envidia, sino para el servicio de toda persona.

La Rvda. Dra. Carla E. Roland Guzmán es Rectora de la Iglesia Episcopal de San Mateo y de San Timoteo en la Ciudad de Nueva York (smstchurch.org) También coordina Fe, Familia, Igualdad: La Mesa Redonda Latinx. (fefamiliaigualdad.org)

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18 Pentecostés – Año B

Propio 20

Pentecostés 18 Episcopal Sermon


RCL: Proverbios 31:10–31; Salmo 1; Santiago 3:13–4:3, 7–8a; San Marcos 9:30–37

Escuchamos en el evangelio la conversación entre Jesús y sus discípulos mientras caminaban hacia Cafarnaúm. Jesús aprovecha este momento para compartirles que, “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; pero tres días después resucitará”. Al oír esto los discípulos no entendieron cómo el Mesías podía sufrir de la manera en que Jesús describe su fin terrenal. ¿Por qué podría sufrir Jesús? Todos sabemos que, por su amor al mundo, el Mesías sería traicionado, sufriría, moriría y resucitaría a la gloria eterna, que es también su promesa a la humanidad. Esta es la voluntad divina de Dios encarnado en su hijo Jesús.

Si nos percatamos de las enseñanzas que Jesús les ofrece a sus discípulos, nos damos cuenta de que, muchas veces ellos no entendían su mensaje y a veces les atemorizaba preguntarle. Aunque los doce discípulos siempre iban a su lado y pasaban bastante tiempo con su amado maestro, muchas veces no reconocían la importancia de los mensajes del Mesías como el de su pasión, muerte y resurrección que acabamos de escuchar y que ya habían escuchado en otra ocasión. Jesús se da cuenta de ello y al llegar a la ciudad de Cafarnaúm les pregunta: “¿qué venían discutiendo ustedes por el camino?” Aunque se quedaron callados y no contestaron la pregunta que Jesus les hizo, sabemos que los discípulos “habían discutido quién de ellos era el más importante”.

Jesús en su profunda sabiduría se sienta entre ellos y les comparte esta enseñanza: “si alguien desea ser el primero, él debe ser el último entre ellos, y al servicio de todos”. Esta es una enseñanza de humildad. Jesús les dice que los primeros o primeras en nuestras vocaciones y en nuestras vidas debemos ponernos en el último lugar para poder servir a nuestro prójimo en Su nombre.

Jesús trae a un niño al círculo de los doce para ilustrar su enseñanza de la humildad y del servicio a los demás. Los pequeños siguen siendo los más vulnerables en nuestras sociedades y aún en el tiempo de Jesús eran vistos como el grupo menos privilegiado dentro del estatus social. Su manutención y bienestar dependía de los adultos. Hoy día, con el tráfico humano que es universal, muchos niños y niñas también son utilizados como sirvientes y mucho más.  Se ven víctimas de prácticas y labores inhumanas y degradantes.

En cualquier grupo o sociedad nos encontramos personas que viven al margen de la sociedad y son vulnerables. En nuestro caminar cristiano, ¿cómo reaccionamos cuando nos encontramos con estas personas en posiciones de vulnerabilidad? ¿Cómo nos convertimos en su voz y cuál es el servicio al que estamos llamados siguiendo el ejemplo de Jesús?

Es por esto por lo que Jesús dice: “aquel que reciba a cualquier niño o niña en mi nombre, también me recibe a mí. Y aquel que me recibe a mí, no solamente me recibe; sino también al que me envió”. Jesús nos enseña cómo llegar con entrega al marginado, al enfermo y al pobre de la misma manera que Él se entregó por toda la humanidad. Su gran enseñanza de humildad y servicio al prójimo no discrimina y es inclusiva. Jesús nos muestra un principio transcendental; al nosotros y nosotras servir a la humanidad en su nombre, le estamos rindiendo honor y gloria al Dios Todopoderoso: “el que me recibe a mí, no solamente a mí me recibe, sino también a aquel que me envió”. En nuestro servicio al mundo complacemos a Dios, y también nos unimos en divina comunión con su Hijo amado.

Recordemos en sus palabras divinas cuando nos dice que estamos en el mundo pero que no somos del mundo. Jesús nos afirma constantemente que, aunque tengamos las presiones de las cosas superficiales del mundo, ante Dios lo que vale es hacer prevalecer nuestro amor a Dios y a los demás incluida su creación. Vivimos en un mundo muy competitivo y egoísta. En un mundo que nos presiona a mostrar quiénes somos a través de nuestras posesiones materiales y credenciales. El evangelio nos exhorta a dejar de lado esas prioridades materiales y estar dispuestos y dispuestas a valorar al ser humano que tenemos delante. Y, es aquí, cuando Jesús a través de su divina enseñanza nos demuestra cuán importante es nuestro servicio y lealtad a Él.

El Mesías nos sigue enseñando que este caminar no es fácil y nos lo demuestra en la forma en que se lo enseñó mientras caminó con ellos. Jesús nos provee el máximo ejemplo de su entrega al humillarse y hacerse siervo de la humanidad. Nuestra riqueza en Jesús y el legado de su mensaje lo continuamos viviendo en la Santa Eucaristía, en el estudio de su palabra, en el compartir sus enseñanzas y en cada ejemplo de servicio, amor, compasión, caridad, y hermandad. Sabiendo todo esto, a nosotros nos ronda la misma preocupación que a sus discípulos. Inclusive sentimos temor como lo sintieron los discípulos cuando nos enfrentamos a la misión evangelizadora a la cual nos envía Jesús.

De la misma manera que Jesucristo exhortó a sus discípulos a darle prioridad a las personas marginadas entre ellos, nosotros y nosotras también hemos de poner de lado nuestras agendas personales para encarnar la voluntad de Dios en el mundo. Como dice el apóstol Santiago: “Si entre ustedes hay alguno sabio y entendido, que lo demuestre con su buena conducta, con la humildad que su sabiduría le da”.

Hermanos y hermanas, sigamos viviendo las enseñanzas de Jesús y de la Colecta que escuchamos hoy que nos recuerda el no afanarnos por las cosas terrenales, sino que amemos las celestiales. De esta manera todos y todas vivimos el evangelio de Jesús en nuestras vidas y es a lo que nos invita nuestro Salvador compartir con nuestras comunidades.

La Reverenda Alejandra Trillos es Sacerdote Encargada de la Iglesia San Andrés en Yonkers, Diócesis de Nueva York.

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17 Pentecostés – Año B

Propio 19

17 Pentecostés sermon Episcopal


RCL: Proverbios 1:20-33; Salmo 19; Santiago 3:1-12; San Marcos 8:27-38

Si nos detenemos para reflexionar sobre las lecturas de este domingo podemos escuchar la respuesta de la sabiduría divina a las circunstancias actuales del mundo y podemos aprender dos lecciones para nuestras vidas.

Frente a situaciones tales como gobiernos que reprimen a sus ciudadanos en nombre de sus pueblos, discursos que nos dividen en lugar de unirnos y la corrupción que va en aumento a pesar de los reclamos constantes por la justicia y los valores, podemos escuchar la voz de Dios preguntándonos y también invitándonos: “¿Hasta cuándo amarán la inexperiencia y hallarán placer en sus burlas y despreciarán el saber?” y “Presten atención a mis correcciones, y yo los colmaré de mi espíritu; les daré a conocer mis pensamientos”.

Ya conocemos el fenómeno que el libro de Proverbios nos plantea hoy. En algún momento hemos conocido la frustración: Buscamos respuestas a nuestras preguntas y soluciones a nuestros problemas, pero no las encontramos. Decimos que queremos una cosa, pero logramos otra. Por ejemplo, decimos que queremos paz, pero entramos en más conflictos innecesarios. Decimos que queremos una sociedad más justa y una vida mejor, pero no queremos esforzarnos para lograr estos deseos. La verdad es que el ser humano parece vivir la insensatez. En el vocabulario de la lectura del Antiguo Testamento, a menudo somos “inexpertos, burlones y necios”.

Nadie realmente está exento de esta insensatez porque todos, de una manera u otra, participamos en los mecanismos distorsionados de la sociedad en que vivimos. Todos hemos pecado.

No solo nosotros nos encontramos en esta situación tan frustrante. Desde los tiempos de nuestros primeros padres, nos vemos frustrados por esta insensatez que nos impulsa a actuar en contra de nuestro propio bienestar y el de la familia humana. Si pensamos en el ejemplo de Adán y Eva, veremos una muestra de nuestra situación: Dios les dijo que podían comer de todos los árboles menos de uno, pero fueron necios y no hicieron caso a la palabra del Señor y por eso fueron expulsados del jardín. Su necedad los llevó a actuar en contra de su propio bienestar.

Por eso, la Palabra de Dios nos llama a despertarnos y a tomar conciencia de nuestra condición, y nos llama a atender sus consejos. Ya despiertos, podemos aprender a romper estos ciclos de pecado e insensatez, pues dice la Escritura: “Pero el que me presta atención vivirá en paz y sin temor de ningún peligro”. Dios quiere enseñarnos un camino hacia una vida mejor.

Este aprendizaje realmente es un proceso de toda la vida. El hecho de que los seguidores de Jesucristo nos llamamos “discípulos” revela que somos aprendices del Señor, pues en el discipulado cristiano como estudiantes, o aprendices, aprendemos a imitar al Maestro. De hecho, el apóstol Santiago en su carta nos aconseja que no muchos deberíamos ser maestros, sino que todos y todas, sí deberíamos aprender a ser discípulos de Cristo, porque él es el verdadero Maestro y experto en las cosas de Dios.

Es iluminador el hecho de que Pedro y los otros apóstoles también pasaron por este proceso de aprendizaje como todos los seguidores de Jesús por casi tres años. El texto del evangelio para hoy nos da un buen ejemplo:

Caminaban con Jesús; comían con Jesús; oraban con Jesús día a día. Escucharon sus mensajes y enseñanzas; presenciaron sus milagros. Ya se había despertado en ellos la conciencia de un nuevo estilo de vida centrado en el amor de Dios. Incluso, como escuchamos hoy en la lectura, Pedro hizo la magnífica declaración: “¡Tú eres el Mesías!”. Fue el primero que logró comprender que Jesús era el Hijo de Dios enviado del cielo; sin embargo, Pedro no había entendido todo; tampoco entendieron los otros.

El problema fue que Pedro, como joven inexperto, había entendido las palabras, sin entender su sentido verdadero. Como muchos de nosotros estaba algo confundido con las cosas de Dios.  En su inmadurez quiso corregir a Jesús, quién le llamó la atención y le reprendió con palabras fuertes: “¡Apártate de mí, Satanás! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres”.

De ese encuentro es claro que a Pedro le quedaban por lo menos dos lecciones que aprender. Son lecciones que nosotros debemos aprender también.

Primero, cuando leemos los evangelios, nos damos cuenta de que Pedro actuaba y hablaba impulsivamente. Como nosotros y nosotras, necesitaba aprender que seguir a Cristo requiere que tengamos disciplina sobre lo que hacemos y decimos. Hemos de aceptar responsabilidad por nuestros actos y aprender a controlar nuestras lenguas, pues hablar sin control nos puede crear muchos problemas. Como nos señala la lectura de la carta de Santiago: “La lengua es un fuego. Es un mundo de maldad puesto en nuestro cuerpo, que contamina a toda persona”. En realidad, el problema no es nuestra lengua, sino nuestra inmadurez y nuestra insensatez que operan la lengua sin control. Esta inmadurez nos lleva a decir cosas negativas acerca de los demás, a repetir chismes y rumores que dañan a otras personas y a pelear innecesariamente.

Segundo, todavía Pedro necesitaba aprender que ser discípulo también incluye sufrimientos y problemas. Cuando Cristo enseñó que el sufrimiento por causa del reino de Dios forma parte del camino a la vida eterna, Pedro reaccionó negativamente. La idea de que el Hijo de Dios debió sufrir violencia y morir le chocó mucho. No entendió que el camino a la vida es la cruz y que ser discípulo significa entregarse a Dios sin reservas y sin vergüenza, hasta la muerte si es necesario. Para nosotros puede ser una lección difícil de asimilar, pero Jesús lo dijo con claridad: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame”.

¿Cómo podemos aprender estas dos lecciones de la vida cristiana? Para empezar, podemos hacer lo que hicieron Pedro y los apóstoles, podemos acercarnos a Cristo e imitar su vida. La vida de Jesús nos indica el camino y nos da un bueno modelo a seguir: Jesús fue fiel a su Padre Dios en todo momento, cumpliendo su propósito divino de la redención del mundo. Sirvió a personas marginadas y necesitadas.  Enseñó el valor del perdón y del respeto para los demás, y nos mostró que el amor de Dios es capaz de transformar las vidas de todos los seres humanos, permitiéndonos romper con los viejos esquemas de los conflictos, el pecado y la insensatez.

Las Escrituras y la tradición cristiana cuentan que eventualmente Pedro aprendió estas lecciones. Le costó mucho tiempo, falló varias veces en el intento, pero al final aprendió a usar sus palabras para proclamar el amor de Dios, sufrió mucho por la causa de Cristo y también fue crucificado en imitación de su Maestro.

Hermanos y hermanas roguémosle a Dios nos capacite con su gracia y sabiduría para seguir su buen ejemplo.

El Reverendo Jack Lynch es Cura Párroco de la Iglesia Episcopal San Jorge en Central Falls, Rhode Island y Director del Instituto Ecuménico de Ministerio Hispano. Publica el blog “El Cura de Dos Mundos” (padrejack.blogspot.com).

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16 Pentecostés – Año B

Propio 18

Pentecostés 16 Episcopal Sermon


RCL: Isaías 35:4–7ª; Salmo 146; Santiago 2:1–10, (11–13), 14–17; San Marcos 7:24–37

Los primeros cristianos se enfrentaron a la pregunta sobre los destinatarios o a quiénes se dirigían las Buenas Nuevas de Jesús: ¿Era Jesús el Mesías para los judíos o era el Mesías para todos los pueblos? Los judíos esperaban un Mesías nacionalista, protector de los intereses del pueblo de Israel. Sólo el pueblo de Dios era destinatario de sus promesas y bendiciones. Los paganos no eran objeto del amor y la misericordia de Dios. El rechazo era tal que los judíos del tiempo de Jesús llamaban con términos fuertes como “perros” a los habitantes de los lugares mencionados en el evangelio de hoy. Las ciudades como Tiro y Sidón, o las regiones como Siria, Fenicia o la Decápolis eran tierra de impuros para sus categorías.

Ahora bien, la condición de discriminación se agudizaba si además de ser pagano se trataba de una mujer, como la Sirofenicia de Tiro, o de un enfermo como el de Sidón. Es impactante escuchar también a Jesús llamar “perros” a estas personas. Sin embargo, no lo hace porque él piense así. El domingo pasado se leía como Jesús declaraba, en discusión con los fariseos, la pureza de todos los alimentos en contraposición de las leyes judías. Enseñaba que la impureza no radica ya más en lo externo como la comida o la nacionalidad, sino que surge de lo que damos, de lo que proviene del corazón. Hoy, Jesús utiliza un recurso pedagógico porque sabe que, de allí, de los excluidos y marginados, de los “impuros”, vendrá una gran lección.

Dos mil años después, seguimos siendo testigos de odios explícitos que generan tensión en la familia humana, trato entre hermanos que lesiona una vida justa y en paz: discriminación por género, raza, etnia, confesión religiosa, pensamiento, posición política, clase social; personas o pueblos que se consideran “mejores” que otros. ¿Cómo es posible que estemos viviendo hoy tanta división y discriminación? Estamos peleando entre los hijos de Abraham, nos rechazamos entre seguidores de Jesús, condenamos a hermanos y hermanas por su orientación sexual, hay movimientos de odio racial, tensión entre naciones, violencia contra la mujer. Este no es el querer de Dios, no es la humanidad que refleja el Reino.

El evangelio de hoy va a romper esos muros. En Marcos, Jesús se revela progresivamente como el Hijo de Dios que salva a todos sin distinción de raza, pueblo o religión. Él es el Mesías con la autoridad para obrar maravillas más allá de las expectativas humanas, de acoger en la plenitud del Reino, también a los impuros y pecadores. En Marcos, es precisamente el excluido, el impuro, el extranjero quien reconoce y confiesa el mesianismo de Jesús. Hoy, la doblemente excluida, en medio de su drama de vida, da una lección de respeto, igualdad y dignidad. Y Jesús aprovechando los estigmas sociales de su contexto lo favorece: “Deja que los hijos coman primero, porque no está bien quitarles el pan a los hijos y dárselo a los perros”. Esta mujer, supuestamente alejada de la misericordia y la salvación de Dios da la mayor lección de fe con humildad, ante tamaño insulto: “Pero, Señor, hasta los perros comen debajo de la mesa las migajas que dejan caer los hijos.” Ella sabe que la misericordia de Dios alcanza para todos, hasta para los odiados. Y así es reconocido por Jesús quien la pone como ejemplo de fe y esa fe le consigue la salvación de su hija: “Por haber hablado así, vete tranquila. El demonio ya ha salido de tu hija”.

Jesús reta el sistema y las taras de su pueblo, y lo hace de la mano de los no amados. Esta nueva apuesta de Jesús va a incomodar las estructuras sociopolíticas, pero asume el riesgo y va más allá, trasciende con los de abajo, se muestra mesías en tierra extranjera, fuera de la “tierra santa”, atrayendo a sí a todos los pueblos y participándoles de las bendiciones de Dios. La carta de Santiago también insiste en ello: “Dios ha escogido a los que en este mundo son pobres, para que sean ricos en fe y para que reciban como herencia el reino que él ha prometido a los que lo aman”.

Así como la sirofenicia, muchas veces siguen siendo los odiados y vejados quienes nos enseñan la resistencia motivada por el amor, la justicia y la lucha por los derechos a través de la respuesta paciente y creativa. ¿Cómo lo logran? por medio de campañas y movimientos promotores de equidad, inclusión y respeto y de la misma manera como la sirofenicia: con humildad y con la determinación que da la fe. Así nos siguen dando la lección de cómo ser verdaderos cristianos o por lo menos mejores ciudadanos del mundo. La sanación de la hija de la Sirofencia y del enfermo de Sidón son la apertura de las buenas nuevas para todos y también para pecadores e “impuros”. Se trata del cumplimiento de las promesas de Dios declaradas en el libro de Isaías.

¿Cómo retamos los antivalores de nuestro entorno o las costumbres del anti-reino a veces tan arraigadas? Caminando con Jesús, yendo con él allá, afuera, trabajando de la mano con los “no amados”, porque allí está el fermento y la cimiente del Reino. En la carta de Santiago se lee: “Ustedes, hermanos míos, que creen en nuestro glorioso Señor Jesucristo, no deben hacer discriminaciones entre una persona y otra.” No hacer discriminaciones hace parte del creer. La práctica de la solidaridad y la misericordia son el reflejo de nuestra fe, pues allí se manifiesta la grandeza del amor puro del Padre. No basta con confesarlo y no actuar: “¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe?… Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, si no se demuestra con hechos, es una cosa muerta.”

¿Qué podemos hacer como congregación? La obra que Jesús realizó fue una realidad gracias también a la solidaridad de los sensibles, de quienes ven el drama, y no se quedan como espectadores, sino que son movidos por la fe a ayudar: “le llevaron… y le pidieron que pusiera su mano sobre él”. Este hombre de Sidón, sordo y tartamudo, fue sanado gracias a la solidaridad de sus vecinos que se pusieron en marcha con el enfermo. Si no es por su comunidad, este hombre no hubiese sido sanado de su sordera y su tartamudez. La solidaridad procuró el milagro.

Y como al sordo, Jesús nos dice hoy: ¡Efatá! y también necesitamos de ese ¡Ábrete! que exhaló Jesús. Tantas sorderas que no nos dejan comprender, tantos mutismos que no dejan proclamar. Es menester que Jesús cure estos dos males de la sociedad para poder escuchar la Buena Nueva y anunciarla, pues ¿cómo van a creer si no escuchan? ¿cómo van a proclamar si no hablan? Necesitamos abrirnos nuevamente a la palabra para confesar sin tartamudez que Jesús es el Señor de todos. La sirofenicia y los habitantes de Sidón son el testimonio de que la tara de las barreras sociales está en las prácticas anticuadas, en los odios sin sentido que Jesús vino a vencer.

Jesús está obrando allá afuera, está liberando, abriendo oídos y desatando lenguas; pero fuera de nuestras comodidades y pequeños nichos; Él sigue haciendo milagros en los lugares menos esperados, entre quienes rechazamos y tratamos como inferiores. No nos perdamos su obra amorosa por estar demasiado atados a nuestras seguridades y convicciones.

El Rvdo. Richard Acosta, PhD, es diácono en la iglesia Divino Salvador, registrador diocesano y Docente del Centro de Estudios Teológicos (CET) en la Diócesis de Colombia. Es escritor y docente universitario.

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15 Pentecostés – Año B

Propio 17

15 Pentecostés sermon Episcopal


Cantares 2:8–13; Salmo 45:1–2, 6–9; Santiago 1:17–27; San Marcos 7:1–8, 14–15, 21–231

Todos tenemos ciertas tradiciones, valores y creencias fundamentales que son importantes para nosotros y para nosotras. Definen nuestras identidades y definen nuestros propios comportamientos y las maneras en que creemos que otras personas deberían comportarse. De esto se trata el evangelio de hoy.

En algunos momentos de la vida, nos enfrentamos con la realidad de querer verdaderamente escuchar a Dios o escucharnos a nosotros mismos. Vivimos en uno de esos momentos. Se nos hace más fácil querer cumplir con nuestras leyes y se nos olvida que la razón final y total de la ley es la misericordia de Dios. No obstante, y como lo vemos y lo experimentamos en el texto bíblico de hoy, nosotros los seres humanos queremos religión, no queremos Dios. O, para decirlo de manera ligeramente diferente, fácilmente equiparamos o comparamos la religión con una idea de Dios muy particular, culturalmente determinada y que nos hace sentir que estamos en control de quién está adentro y quién está afuera. Nuestra religión con todos sus ritos, leyes e historias divinas y basadas en la Biblia, con orígenes místicos, influye en la creación de leyes creadas por el hombre que luego se convierten en verdades que no se cuestionan.

Sin embargo, lo que realmente sucede es una domesticación de Dios. Dios se convierte en lo que nosotros y nosotras queremos que sea Dios, usualmente una versión mejor y más perfecta de nosotros mismos. ¿El resultado? Dios ciertamente es honrado. Dios es parte del paisaje y el discurso. No obstante, Dios es honrado solo con los labios, pero lejos del corazón. ¡Dios es abandonado y reemplazado por versiones culturalmente construidas! Y las tradiciones humanas, precisamente los prejuicios de una cultura son divinizados.

Por supuesto, cada persona y cada grupo necesita una estructura para regular su vida. Es por eso por lo que tenemos leyes en primer lugar. Pero la ley puede tomar muchas formas. Los rituales, por ejemplo, ayudan a enmarcar la vida desde nuestra infancia. Una nación también necesita sus rituales, sus historias que la identifiquen y la distingan. Pero cuando las estructuras que creamos se identifican con Dios, cuando las instituciones y las tradiciones que forman una comunidad se distorsionan y se mitifican sin criticarlas, Dios se fosiliza. Es como si Dios se grabara en piedra y finalmente se utiliza como arma de juicio. Dios entonces está realmente lejos de esa estructura, de esas historias y de esas tradiciones. Dios no puede encajar en una sola estructura. Dios no puede ser reducido a ninguna comunidad, grupo o clase social.

La retórica político-religiosa actual toma a Dios y lo convierte en una religión limitada: Dios se convierte más en la explicación que en la pregunta. Dios es citado como la fuente de nuestros derechos; sin embargo, estos derechos están muy culturalmente definidos. Por ejemplo, pensemos en el derecho a portar armas. ¿Quién más en el mundo considera que este es un derecho inalienable y que no lo sea el recibir atención médica? Cualquiera que se oponga a esta invocación de Dios es etiquetado como un incrédulo o, quizás incluso peor, como opuesto al Dios de nuestra nación y de nuestra religión.

Valga aquí mencionar al teólogo ortodoxo ruso Paul Evdokimov quien afirma con valentía que el infierno no es parte de la creación de Dios, sino más bien la invención de las llamadas personas buenas quienes necesitan un lugar para poner a toda persona que es diferente. ¿Quiénes son esas personas? Los pobres, los supuestamente fracasados, los homosexuales, las madres solteras y todos aquellos que no siguen las leyes. La posibilidad de juzgar y condenar a los demás hace que los llamados buenos se sientan más seguros de sí mismos y confiados en su propia salvación. Dios queda olvidado y solo permanecen como verdad absoluta las tradiciones nacionales y de cada grupo en particular.

¡Cuán rápido las supuestas buenas personas pueden condenar a Dios! Es importante que recordemos que las tradiciones en sí mismas no son malas, lo que es malo de las tradiciones es lo que los seres humanos hacen de ellas. Como Jesús les enseña a sus discípulos: “Porque es desde dentro, desde el corazón humano, que las malas intenciones vienen”.

¿Está la religión desterrada? ¡Ciertamente no! La carta del apóstol Santiago que acabamos de escuchar nos dice: “la religión pura y sin mancha delante de Dios el Padre es esta: ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y no mancharse con la maldad del mundo”. En la Biblia, huérfanos y viudas es un lenguaje codificado para los marginados y marginadas, las personas que no pueden defenderse por sí mismas, las que no tienen los mismos derechos, precisamente los que la llamada gente religiosa a veces condena. La religión no está dirigida a la pureza individual, sino al bienestar comunitario, y especialmente al bienestar del prójimo. En otro pasaje, Jesús lo dice de esta manera: “El sábado fue hecho para la humanidad, y no la humanidad para el sábado”.

La religión está hecha para la humanidad. ¡La humanidad no debería ser forzada a encajar en una idea particular de la persona religiosa! El aspecto asombroso y atemorizante de la religión convertida en observancia legal o ritual o cultural es que Jesús, como persona marginada, como crucificado fuera de las murallas de la ciudad, una vez más queda fuera de la realidad. Dios es abandonado y solo hay un servicio de labios para afuera.

La Palabra de Dios en el Evangelio de San Marcos, nos muestra la gran necesidad que tenemos en nuestra sociedad y, como parte de nuestras comunidades de fe, de ser conscientes y de reiterar una y otra vez la bienvenida radical que Jesús ofrece a todas las personas. El movimiento que Jesús inició estaba y está centrado en el respeto de la dignidad de cada persona. Cuando la institución o la comunidad no lo hacía, Jesús retaba las leyes que oprimían y marginalizaban.

Hermanos y hermanas, miremos cuáles son las leyes que no nos permiten respetar y valorar la dignidad de todo ser humano y en esta semana atrevámonos a retarlas en nosotros mismos dando la bienvenida a la persona o a la situación que es diferente. El movimiento de Jesús continúa centrado en el amor de Dios y nosotros somos la rama Episcopal de este movimiento. Vivámoslo esta semana.

El Rvdo. Víctor Conrado es rector asociado en la Iglesia Episcopal San Marcos en la Diócesis de Chicago. Victor es miembro de la facultad del seminario Bexley Seabury y de Academia Ecuménica de Liderazgo.

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14 Pentecostés – Año B

Propio 16

Pentecost Episcopal Sermon


1 Reyes 8: (1, 6, 10-11), 22-30, 41-43; Salmo 84; Efesios 6:10-20; San Juan 6:56-69 

En la lectura del Evangelio, Jesús señala que su cuerpo y su sangre son alimentos de vida eterna. Esta porción del Evangelio de Juan viene inmediatamente después del relato del milagro de la alimentación de los cinco mil y como parte de la conclusión del conocido discurso del pan de vida. Este es el único milagro, además de la resurrección de Jesús, que se encuentra citado en todos los evangelios. Este milagro muestra a Jesús supliendo la necesidad humana más básica, utilizando elementos ordinarios como el pan y unos peces en la realización de un acto extraordinario como lo fue la alimentación de una multitud.

Jesús utiliza imágenes cotidianas para trasmitir mensajes profundos. En esta ocasión, enseñando en la sinagoga en Cafarnaúm, Jesús hace referencia y se compara a sí mismo con el maná que recibieron los judíos durante su peregrinar por el desierto después de la liberación de Egipto. La historia de esa liberación de Egipto y la presencia de Dios durante esa etapa de la vida del pueblo de Israel fueron y continúan siendo elementos relevantes que moldearon la identidad del pueblo israelita y su relación con Dios.

Muchos judíos creían que el Mesías iba a renovar la provisión de maná que sus ancestros comieron en el desierto. El maná era un símbolo del favor y la presencia de Dios en la historia y fe de este pueblo. Esto explica la reacción de escándalo que mostraron los que estaban presentes en la sinagoga al escuchar a Jesús compararse a sí mismo con el maná y, más aún, el declarar que Él mismo era el pan descendido del cielo, no perecedero, como el que habían comido sus ancestros.

Algunos tomaron las palabras de Jesús de manera literal y el evangelio señala que muchos seguidores de Jesús se sintieron incómodos y se apartaron de Él debido a esta enseñanza. Una vez alguien dijo que Jesús predicó un evangelio que “conforta al afligido y aflige al que está cómodo”.

Miles de años después, las palabras de Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” no son motivo de escándalo, sino más bien de inspiración para toda persona creyente en la presencia real de Jesús en el sacramento del pan y el vino. Además, son palabras que nos confortan y que a la vez nos invitan a salir de nuestra zona de confort y a llevar ese pan de vida al mundo que nos rodea.

Al entregar su cuerpo y sangre en sacrificio para darnos salvación eterna, Jesús también nos invitó a celebrar el memorial de su muerte y entrega durante nuestro peregrinar terrenal. Cuando nos reunimos para la celebración eucarística, recordamos la mayor expresión de amor que Dios nos ha mostrado: la encarnación, muerte, pasión y resurrección de Jesús, nuestro Salvador. La Eucaristía es el sacramento mandado por Jesús a su Iglesia. Los elementos del pan y el vino son signos externos de una gracia interna y espiritual. Esa gracia es la conexión y relación con Dios que tenemos mediante el ministerio de reconciliación de Cristo, la cual nos trae salvación eterna. Así como Jesús vive por el Padre, nosotros vivimos por Él.

San Agustín definió los sacramentos como “palabras visibles”. Palabras que hablan del amor y del perdón de Dios. Cuando recibimos la comunión, renovamos nuestra entrega y peregrinar con Jesús, recibimos fuerzas para llevar a cabo la misión de amor y reconciliación que nos ha sido encomendada como seguidores del Maestro de Nazaret.

Las oraciones de poscomunión hacen referencia al impacto que recibimos al consumir los sacramentos. Además de ser una oración de acción de gracias por el alimento espiritual, es nuestra acción de gracias por la seguridad de que en esos santos misterios somos reafirmados como miembros del cuerpo de Cristo. Esta oración de poscomunión también es una petición a Dios para que nos equipe y nos envíe al mundo en paz, con alegría y sencillez de corazón, para amar a Dios y servirle en los demás, siendo testigos fieles de Cristo. El consumir el sacramento de manera regular es una invitación divina a vivir una vida sacramental. Estos santos misterios nos nutren de manera profunda y nos transforman constantemente, renovando nuestro espíritu y haciéndonos uno en Cristo.

¿Qué es pues vivir una vida sacramental? Es el crecer en la estatura de Cristo, llevando nuestra fe a la vida cotidiana. Es crecer en nuestro discipulado. Es invitar al Pan de Vida a infundir vida en todos los aspectos de nuestra vida. Al llevar una vida sacramental somos portadores y portadoras del mensaje de salvación con nuestros labios y con nuestras acciones, no tan solo dentro de las paredes de nuestras iglesias, sino también en los alrededores de la iglesia; donde vivimos, en nuestros trabajos, escuelas y en todos los lugares en los cuales interactuamos. Una vida sacramental es aquella en la cual la presencia real de Cristo, a través del Espíritu Santo, guía nuestros pensamientos, decisiones y por ende nuestras acciones.

Al vivir una vida sacramental, nos abrimos a permitirle a Dios el usarnos como medios de gracia mediante los cuales otras personas puedan recibir a Cristo. A nivel comunitario, vemos como en los últimos años las iglesias están despertando cada vez más a la realidad de llevar el “Altar a la calle”, de compartir los sacramentos con el mundo. Hoy en día vemos ejemplos concretos de esta práctica. Por ejemplo, el miércoles de Cenizas muchos clérigos y laicos salen a las estaciones de trenes, a las plazas y a las afueras de edificios gubernamentales a compartir el mensaje del inicio de la Semana Santa y comparten las cenizas con el pueblo de Dios. La celebración de la Eucaristía se realiza no solo en nuestros templos, sino también en hogares y plazas. El poder transformador de la vida sacramental tiene la habilidad de impactar de manera positiva al mundo que nos rodea y traer el sentido de lo sagrado a un mundo hambriento de esperanza y de reconciliación.\

A nivel personal, la vida sacramental nos llama a una relación más íntima con Dios. Una relación fomentada por la oración, la meditación y la acción. En el Evangelio de Juan, la Eucaristía es presentada como una manera de entrar en ese aspecto profundo y enriquecedor de la vida eterna. La Eucaristía no se trata solamente de la experiencia interna individual o de la experiencia del culto comunitario; es mucho más que eso. Se trata de una transformación de quienes somos en lo más profundo de nuestras almas, guiados y guiadas con el poder de vida abundante que es Cristo Jesús.

A través de la Eucaristía establecemos comunión con Dios y con los santos. Establecemos una unión espiritual con los creyentes de la Iglesia triunfante, aquellos que ya se han encontrado con el Señor, y la Iglesia militante, nosotros que todavía estamos en nuestro peregrinar de fe en esta vida terrenal. Nos convertimos en parte de la obra reconciliadora de Dios con el mundo, trabajando en el establecimiento del reino en la tierra. Al consumir su cuerpo y sangre nos hacemos uno con Él. Por la Eucaristía, Dios establece y mantiene una relación vivificadora con nosotros.

Durante la celebración de la Eucaristía, usualmente el celebrante o la celebrante dice las palabras: “Los dones de Dios para el pueblo de Dios… tómenlos en memoria de que Cristo murió por ustedes y aliméntese de Él en sus corazones por fe y con agradecimiento”. Tenemos mucho por lo cual estar agradecidos y agradecidas. La encarnación de Dios en Jesús y la intervención de Dios en la historia del mundo y en nuestra historia personal son motivos de acción de gracias. La próxima vez que recibamos el sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo, meditemos en las palabras de Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”. Permanezcamos en comunión con aquel que dio su vida para darnos salvación.

La Muy Rev. Miguelina Howell es originalmente de la República Dominicana y es Deana de Christ Church Cathedral, Hartford, CT.  La Rvda. Miguelina sirve como capellana de la Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal, miembro de la facultad para programas del Departamento de Educación y Bienestar del Fondo de Pensiones y miembro del Consejo Asesor del Misionero Latino de la Iglesia Episcopal.

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13 Pentecostés – Año B

Propio 15

Pentecostes Sermones Episcopal


1 Reyes 2:10-12, 3:3-14; Salmo 111; Efesios 5: 5-20; Juan 6: 51-58

¡Cuando nos reunimos como iglesia, el Espíritu Santo está entre nosotros y nosotras y nos da sabiduría! El tema de la sabiduría es uno que se repite una y otra vez en las lecturas de hoy. En la lectura del primer libro de Reyes se nos relata cómo Dios se le apareció al rey Salomón para concederle un deseo, y cómo Salomón le pidió sabiduría. Según la escritura, Salomón le pidió a Dios: “un corazón atento para gobernar a tu pueblo, y para distinguir entre lo bueno y lo malo”.  El Señor le prometió a Salomón que le concedería sabiduría e inteligencia como nadie las había tenido antes que él.

El tema de la sabiduría también aparece en la carta a los Efesios. La carta le pide al pueblo que: “no vivan neciamente, sino con sabiduría.” Cuando leemos pausadamente la lectura de Efesios, nos damos cuenta de que la sabiduría que se describe es algo mucho más profundo que simplemente ser astuto, tener gran conocimiento, o ser muy inteligente. La sabiduría se describe como una cualidad de nuestra conducta diaria, de la manera en que vivimos nuestras vidas día tras día. Dice que esta sabiduría se relaciona con “procurar entender cuál es la voluntad del Señor” y con “llenarse del Espíritu Santo”.  Existe una larga tradición y un entendimiento cristiano de que el Espíritu de Dios, la sabiduría del rey Salomón y el Espíritu Santo son la misma cosa.

A veces pensamos que la sabiduría es un don o una gracia que recibimos de Dios de manera individual. Esa es la descripción que el Antiguo Testamento hace del rey David, del rey Salomón, y de otros personajes que se destacaron por su inteligencia y sabiduría. Pero en el Nuevo Testamento hay una manera nueva de entender la sabiduría que proviene del Espíritu Santo. Este Espíritu de Sabiduría desciende sobre todos y todas no solo de manera individual, sino además de manera colectiva cuando estamos reunidos en comunidad de fe.

Uno de los mejores ejemplos es un episodio que se describe en el decimoquinto capítulo del libro de los Hechos de los Apóstoles. Existía entonces un conflicto en Antioquía, porque algunos de los misioneros enseñaban que para para hacerse cristianos tenían que obedecer estrictamente la ley de Moisés. Pablo y Bernabé pensaban diferente y decían que la ley de Moisés era un obstáculo para los nuevos cristianos; y que el evangelio de Jesús superaba y suplantaba la ley de Moisés. Para resolver ese conflicto, los apóstoles y los ancianos de la iglesia llamaron a Pablo, a Bernabé y al resto de los misioneros para un concilio que se realizó en Jerusalén. Dice el Libro de Hechos que los líderes de la iglesia se reunieron para estudiar el asunto y que lo discutieron por mucho tiempo. Todos expresaron su opinión con franqueza, incluyendo Pedro, Pablo, Bernabé y Santiago. El resultado de ese concilio fue una carta que los líderes de la iglesia le enviaron a la iglesia de Antioquía, explicándoles que no era necesario cumplir con la ley de Moisés para ser un buen cristiano.

Ese Concilio de Jerusalén nos proporciona un buen modelo de cómo resolver conflictos en la Iglesia. Primero, nos reunimos, expresamos nuestra opinión con sinceridad, y después de deliberar, tomamos una decisión y se la comunicamos a toda la comunidad de creyentes. Si este proceso se hace con amor, paciencia y humildad, el Espíritu Santo ayuda a tomar decisiones sabias e inspiradas. El Espíritu Santo nos da sabiduría y dirige las decisiones de la Iglesia. Y ese un proceso similar al que seguimos hasta hoy con consejos, comités, concilios, comisiones y juntas que existen en todo nivel de la Iglesia Episcopal.

Trabajar en comités y juntas puede ser un proceso lento y frustrante. Muchos piensan que los y las participantes de los comités y consejos de la Iglesia hablan demasiado, nunca llegan a un acuerdo, o toman decisiones sin pensar en los recursos necesarios para implementarlas. Sin embargo, hay motivos importantes por los que en la Iglesia trabajamos y deliberamos en comités y tomamos decisiones por voto democrático.

El primer motivo es el más obvio: cuando tomamos decisiones importantes, tenemos que confiar no solo en la sabiduría colectiva del grupo, sino en la guía y la inspiración del Espíritu Santo. Los diferentes miembros de un comité, comisión o junta tendrán diferentes perspectivas. Hay una gran diferencia entre los comités de una iglesia y lo que ocurre en el gobierno o en el congreso de un país, y es que tenemos que escuchar y expresar opiniones con dignidad y respeto; nunca debemos insultar o atacar a nuestras hermanas y a nuestros hermanos. Recordemos que el propósito es discutir las ventajas y desventajas de ideas y proyectos; no estamos juzgando ni condenando a nadie.

Hay otro motivo importante por el que trabajamos en comités, y es que todos tienen la oportunidad de participar en lo que está ocurriendo, de recibir informes sobre la actividad de los comités y el uso de fondos. En la Iglesia Episcopal tanto los líderes laicos como el clero tienen que rendir cuenta de lo que hacen y cómo administran los recursos que se le han confiado. ¡Y no lo hacemos en secreto, como si fuera una confesión! Lo hacemos frente a comités para que haya muchos testigos de nuestro desempeño.

Hace unas pocas semanas se realizó en Austin, Texas, la septuagésima novena Convención General de la Iglesia Episcopal. Es algunos aspectos es un evento similar al Concilio de Jerusalén, pero más inclusiva porque participan líderes de toda la Iglesia, desde Taiwán y Hawái hasta Alaska y Ecuador; y no es uno el tema el que se discute, sino muchos. Se discuten resoluciones sobre cientos de temas diferentes. Se eligen autoridades. Se modifican y se aprueban presupuestos. Se toman decisiones que afectarán profundamente a la Iglesia por los próximos tres años, o sea, hasta la próxima Convención General. Las decisiones se toman de manera democrática, por el voto de los obispos, laicos y cleros después de muchas horas de deliberación. Toda la gente reunida puede tener ideas diferentes, pero todos tenemos el mismo amor por la Iglesia y por el Movimiento de Jesús.

En la lectura del evangelio de Juan, Jesús se declara a sí mismo el Pan del Cielo, que nos alimenta y nos da vida eterna. Dios también está entre nosotros en la forma del Espíritu Santo y como tal, nos da sabiduría y nos ayuda a tomar las mejores decisiones. ¿Qué decisiones se están tomando hoy en su iglesia? ¿Cómo se aseguran ustedes de que las decisiones se tomen de manera democrática, después de haber oído con amor y respeto las opiniones de todos? ¿Cómo buscan la inspiración del Espíritu Santo para que guíe sus decisiones? Hermanos y hermanas, recordemos que cuando nos reunimos como el Cuerpo de Cristo, es el Espíritu Santo que nos llena de sabiduría.

Hugo Olaiz es editor asociado para recursos latinos/hispanos de Forward Movement, un ministerio de la Iglesia Episcopal.

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12 Pentecostés – Año B

Propio 14

Sermones Episcopal Iglesia


2 Samuel 18: 5-9,15, 31, 33; Salmo 130; Efesios 4: 25-5:2; Juan 6:35, 41-51

En la casa de la familia Martínez la madre y sus niños se preparan para ir a la iglesia. El padre permanece sentado ante el televisor. La esposa intenta animarlo a que se prepare a acompañarlos. Él les dice que prefiere quedarse en casa viendo el partido de futbol. Sus hijos también tratan de animarlo. La respuesta sigue siendo la misma. Todos saben que él se considera no creyente y en varias ocasiones lo ha expresado. Él ha dicho: “No creo en esa doctrina cristiana de que Dios se hizo hombre”. Ese ha sido un tema de discusión frecuente en ese hogar. Cansados de insistir, la esposa y los hijos se despiden de él y se van al servicio dominical de su iglesia.

No había pasado media hora cuando de repente empezó a soplar el viento y a nevar copiosamente. El padre se levantó y se paró frente a la ventana para contemplar la belleza de la tormenta invernal mientras desde el fondo seguía escuchando su partido de futbol. Al poco rato, vio a unos pájaros dando vueltas cerca de la ventana. Parecía que querían entrar. En ese momento, sintió en su corazón que tenía que salvar a esos pájaros o muy pronto se morirían de frío. El hombre les abrió las ventanas, pero los pájaros no entraban. La casa comenzó a enfriarse, a pesar de que la calefacción estaba funcionando, pero a él eso no le importaba. Solo pensaba en hacer todo lo posible por salvar del frío a esas pequeñas criaturas. Se puso su abrigo y salió con una escoba, para intentar dirigir a los pájaros hacia las ventanas que él había abierto. Pero ellos seguían volando, daban vueltas y no entraban. Al final, ya no sabía qué más hacer. Entonces, se quitó el abrigo y empezó a mover los brazos como si fueran alas pensando que, al verlo, los pájaros tal vez lo seguirían y podrían encontrar el camino de la salvación al entrar en la casa. No consiguió lo que deseaba. Sintiéndose derrotado, el hombre pensó: “Qué equivocado he estado todo este tiempo… Pues Jesús vino para lo mismo. Haciéndose un ser humano como nosotros, nos mostró el camino de la salvación”. El hombre se puso a llorar. Lloraba por haberle dicho a su familia que no creía en Dios hecho hombre.

El tema de la encarnación nunca es fácil de comprender. Por algo decían las personas que escuchaban a Jesús en el evangelio de hoy, “¿No es este Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?” – para ellos tampoco era fácil creer. Pero la encarnación es quizás lo más esencial del cristianismo, pues no creemos en un Dios lejano y desconectado de nuestra humanidad, sino en un Dios “hecho carne” y “que habitó entre nosotros”.

Jesús se revela como “el pan que ha bajado del cielo” y esto les causaba un gran malestar a quienes aún no percibían que Él era el Mesías, el hijo de Dios. Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que aun la encarnación sigue siendo algo difícil para cristianos y no cristianos, para creyentes y quienes dicen ser ateos o agnósticos – algo que escuchamos y se dice con mucha frecuencia hoy día. Sigue siendo “algo difícil” porque muy pocos hemos realmente “encarnado nuestra fe” y seguimos viviendo la fe en compartimientos, separando la vida entro lo físico y lo espiritual. Este pensamiento platónico, pensamiento que insiste en separar el alma de lo físico y lo inmaterial de lo material, contradice por completo nuestra creencia en la encarnación. Creemos que Dios hecho hombre se encarnó y vivió entre nosotros; y aún vive entre nosotros de muchas maneras. Esto profundamente impacta nuestra forma de ver y vivir nuestra fe cristiana.

La misión de la iglesia en nuestros tiempos quizás sea la de reintroducir a ese “pan bajado del cielo” y dar testimonio de que Jesús realmente ha venido a visitarnos y a quedarse con nuestra humanidad. En una sociedad donde existen tantas personas que viven solas, personas que han perdido la esperanza, personas que van de lugar en lugar solo recibiendo rechazo, separación y maltrato, como lo hemos visto ante nuestros propios ojos en los últimos meses en las vidas de miles y miles de inmigrantes en los Estados Unidos y en tantas otras partes del mundo. Tenemos un llamado urgente como pueblo de Dios a dar a conocer a este Dios presente entre nosotros. Por algo la imagen del Buen Pastor tiene tanta prominencia desde las Escrituras Hebreas hasta el Evangelio. Es el Dios que nunca nos deja, por muy lejos y muy extraviados que estemos.

La iglesia no puede seguir predicando doctrinas en el vacío. No podemos pretender que a la sociedad del siglo veintiuno le interese mucho nuestras posiciones teológicas y nuestras políticas eclesiásticas internas. Nuestra energía y nuestro enfoque tiene que ser el ofrecer algo diferente. El “Pan de vida” no se puede reducir solamente a la celebración eucarística dentro de un templo – por muy sagrada que la consideremos. También ha de ser ese “pan” que damos a un mundo hambriento que al igual necesita el alimento que viene con el ánimo, el acompañamiento, y el mensaje de esperanza que nos impulsa a seguir caminando cuando todo lo que encontramos en el camino son obstáculos, injusticias y falta de humanidad. La Madre Teresa de Calcuta decía que para quien tiene hambre por un pedazo de pan, saciar el hambre es fácil. Se le da un trozo de pan. Pero en los países desarrollados el hambre que ella encontraba era un “hambre de amor” – algo que era mucho más difícil de resolver.

Hoy Jesús nos dice que Él da este “pan de vida” por “la vida del mundo”. Nosotros y nosotras, sus discípulos y discípulas estamos llamados a dar nuestra vida y ser ese “pan vivo” para quienes hemos sido llamados y llamadas a servir. En esta comunidad, en nuestras vecindades y donde sea que nos encontremos en este momento, ¿somos capaces de identificar el hambre, la necesidad, los verdaderos retos? ¿Estamos dispuestos y dispuestas a dar voz a quienes ignoran a los demás y crear un mundo más justo y más humano? Este es el llamado de Jesús para cada uno de nosotros y nosotras si realmente deseamos ser sus discípulos y discípulas en nuestros tiempos.

El Rvdo. Dr. Alberto Cutié es rector de la Iglesia Saint Benedict en la Diócesis del sureste de la Florida.

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11 Pentecostés – Año B

Propio 13


RCL: 2 Samuel 11:26–12:13a; Salmo 51:1–13; Efesios 4:1–16; San Juan 6:24–35

Las lecturas de hoy son muy importantes para nuestro caminar con Dios. Son lecturas que debemos llevar con nosotros y leerlas cada vez que podamos. Las lecturas están llenas de amor, consejos, promesas y verdad.

El salmo de hoy dice: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu firme dentro de mí. No me eches de tu presencia, y no quites de mí tu santo Espíritu.”

Podríamos hacer una oración de estos versículos y podríamos orarla a diario. La vida no es fácil. La vida sin Dios es imposible. Las personas que creemos en Dios, tenemos una esperanza que otras personas tal vez no tengan. En medio de la injusticia social, gobiernos corruptos, leyes injustas, e incertidumbre, tenemos fe que hay un Dios que siempre está con nosotros. Hay un Dios que nos ama y nos da su espíritu de fortaleza y valor para poder aguantar y superar cualquier tentación, cualquier mal y cualquier pensamiento negativo. No es fácil, pero sin Dios es imposible. Oremos a diario: No nos eches de tu presencia, Dios. Quédate a nuestro lado y que tu Espíritu siempre esté renovándonos.

La carta a los Efesios está llena de consejos para las personas que somos parte de los ministerios de la Iglesia. O sea, esos consejos son para todas las personas que estamos aquí hoy. Son consejos que hemos de seguir para continuar madurando espiritualmente. La epístola es clara: seamos humildes. Algunas personas piensan que el ser pobre es ser humilde. Pero la humildad es reconocer tanto nuestros valores como nuestras limitaciones y debilidades y a la misma vez tener modestia. En otras palabras, no nos creamos ni más ni menos de quiénes somos. El mejor ejemplo de humildad y modestia es Jesús. Siendo Dios, siendo hijo de Dios, siendo perfecto, siempre se juntaba con las personas que eran menos apreciadas. Siempre estaba dispuesto a hablar con quienes lo necesitaban. Siempre ayudaba, sanaba, alimentaba, aconsejaba y perdonaba a todas las personas que se acercaban a Él. Pablo nos exhorta a ser más como Cristo: humildes, amables, y tener paciencia, amor, unidad y paz. Nos dice que el Espíritu Santo nos une con la paz.

Otro consejo es que sepamos que Dios nos ha dado diferentes dones. Para identificar nuestros dones, primero hemos de orar para pedirle a Dios que nos los revele. Después de orar, podemos hablar con nuestros y nuestras líderes o directores espirituales. Las personas que nos conocen pueden decirnos lo que ven en nosotros. Pueden ver lo que nos da satisfacción, lo que nos llena de gozo y lo que hacemos bien. Después de hablar con otras personas podemos preguntarnos a nosotros mismos y a nosotras mismas: dónde está mi corazón, dónde está mi pasión, qué me da emoción. Al preguntarnos esto, tenemos que escucharnos y tener confianza en nuestras decisiones. Cuando vemos lo que nos da vida, hagámoslo de todo corazón y sigamos preparándonos para darle lo mejor a Dios.

Otro consejo que nos da Pablo es que aspiremos a la madurez de Cristo. Es importantísimo escuchar esto otra vez: “Ya no seremos como niños, que cambian fácilmente de parecer.” A veces actuamos como niños y niñas. Nos dejamos persuadir por diferentes ideas y personas. Nos vamos de iglesia en iglesia o de grupo en grupo sin comprometernos. Como niños y niñas, si no nos dejan jugar con lo que queremos, o si nos regañan, o si no nos dejan hacer el ministerio que queremos, nos enojamos, nos vamos a casa o a otra iglesia, y a veces ya no regresamos. Esto no es madurez espiritual y no es ser seguidores de Cristo. Aspirar a la madurez de Cristo no es fácil y conlleva mucho tiempo y compromiso.  Dios está constantemente a nuestro lado y no se da por vencido. Dios nos ama y no nos deja como estamos, siempre nos transforma. Pidámosle a Dios, a Cristo y al Espíritu Santo que nos ayude a madurar mientras oramos, mientras leemos la Biblia, o cuando nos reunimos con otras personas creyentes para servir a Dios.

En el evangelio los seguidores de Jesús le hacen muchas preguntas. Una de esas preguntas fue: “¿Qué señal puedes darnos, para que al verla te creamos?” Seamos honestos y honestas, porque Dios nos presenta tantas señales para afirmar su presencia, y, aun así, dudamos. Pensemos, hoy día nos despertamos. Muchos y muchas abrimos los ojos y vimos todo a nuestro alrededor. También pudimos escuchar los pájaros, la alarma, la risa o gritos de nuestros hijos; pudimos oler el café, saborear un pan dulce o unos frijoles; pudimos probar la pasta de dientes, unas tortillas o un pan con mantequilla. Algunos recibimos un abrazo, un beso, o una caricia. Y aquí hemos escuchado las lecturas. Esas son señales del amor de Dios, señales del poder de Dios, señales de que Dios está vivo, actúa en nosotros y nos ama.

Estamos viviendo tiempos difíciles en todo el mundo. Hay volcanes que entran en erupción, tormentas que causan inundaciones, y pensamos, ¿dónde está Dios? Hay personas que matan, otras que son violentos en contra de personas inocentes y pensamos, ¿dónde está Dios? Pero, cuando nos da señales de su amor incondicional, de su cuidado y protección no pensamos, ¡mira, aquí está Dios! No nos acordamos de que hay un Dios que aun en medio de los volcanes y de las tormentas de la vida, nos ha prometido siempre estar y caminar con nosotros y con nosotras.

Seguimos pidiendo señales y seguimos siendo incrédulos. Tratemos de recordar estas lecturas durante la semana. Tratemos de recordar que las señales están a nuestro alrededor diariamente. Pidámosle a Dios que siempre esté a nuestro lado y nos recuerde que lo que nos rodea son sus mensajes y regalos de amor para todos y todas.

Lo último que dice Jesús en este evangelio es algo bello y que une a estas lecturas: “Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca tendrá hambre; y el que cree en mí, nunca tendrá sed.” Todo lo que buscamos, lo encontramos en Jesús. Todo lo que deseamos, está en Jesús. Todo lo que necesitamos, lo tiene Jesús y nos lo quiere dar. Toda nuestra sed y hambre que nos incomoda, que nos hace perder el sueño y que nos consume puede ser saciada por Jesús. Jesús quiere y puede darnos vida, y una vida en abundancia. ¿Qué tenemos que hacer? Ir a él. Tomemos ese paso de ir hacia Jesús. El segundo paso es creer en Jesús. Si vamos a Jesús y creemos, nunca tendremos hambre ni sed de nada. No quiere decir que será fácil, sino que tendremos la certeza de que Jesús está siempre con nosotros. Afirmemos que tenemos la vida y que somos personas llenas de Jesús. ¡Vayamos a Él y creamos más en Él para así tener vida, y vida en abundancia!  

La Dra. Sandra Montes trabaja como consultora de recursos en español para Episcopal Church Foundation. También se desempeña como música, traductora, oradora, asesora y redactora. Vive en Houston, Texas.

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10 Pentecostés – Año B

Propio 12


RCL: 2 Samuel 11:1-15; Salmo 14; Efesios 3:14-21; Juan 6:1-21

La abundancia de Dios en nuestras vidas a veces nos toma por sorpresa. La presencia de Jesús se manifiesta de muchas maneras. Escuchamos en la versión de San Juan Evangelista sobre el milagro conocido como la multiplicación de los panes, que también incluye los dos peces que traía un niño. Este milagro, relatado con pequeñas diferencias en los cuatro evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) ofrece testimonio del poder infinito de Dios revelado en Jesús. Es el Dios Creador de todo lo visible e invisible, quien en todo tiempo y lugar provee lo necesario para el crecimiento y preservación de la humanidad y que tiene poder para ofrecer sustento a todos los que lo necesiten, muchas veces partiendo de lo que parecería muy poco, como lo fueron cinco panes y dos peces. La abundancia de Dios es su providencia encarnada en Jesús, que muestra su naturaleza divina al mundo.

En este Evangelio vemos que el milagro va más allá de la muestra del poder y de la compasión de Dios. En el cuarto verso del pasaje escuchamos que la Pascua judía se aproximaba. Jesús, como judío devoto, celebraba fielmente esta fiesta, que conmemora la última cena del pueblo de Israel antes de ser liberado de su esclavitud en Egipto. Para los cristianos, la fiesta Pascual tiene como uno de sus puntos centrales la última cena de Jesús antes de su crucifixión, muerte y resurrección, la cual nos liberó de la esclavitud del pecado y de la muerte. Recordamos que durante la última cena Jesús estableció el sacramento de la Santa Comunión, mediante el cual Jesús es dado al pueblo como alimento espiritual en el pan y en el vino.

Esta multiplicación de panes y peces ubicada dentro del contexto Pascual judío también dirige nuestra mirada y atención al sacramento de la Santa Comunión. La Comunión es un banquete en el cual el alimento espiritual se ofrece al pueblo presente. ¿Quién es digno de ser invitado a sentarse en la mesa y a ser servido? Con mucha frecuencia se le da más importancia a quien puede o no acercarse a la mesa del Señor y no al amor de Jesús ofrecido libremente en su cuerpo y su sangre para el sustento espiritual del pueblo de Dios en la Santa Eucaristía. Lo que sucede algunas veces durante la Santa Comunión es que pocos son los escogidos para recibir este santo sacramento, lo cual es muy lamentable.

Escuchamos en el pasaje de hoy que, “mucha gente lo seguía, porque habían visto las señales milagrosas que hacía sanando a los enfermos.” Al caer la tarde Jesús les ofreció lo que le presentaron: el alimento de los cinco panes y los dos peces que traía un niño. Todos, sin exclusión, fueron invitados a sentarse a cenar. Se les dio por igual hasta que el pueblo reunido estuvo completamente satisfecho. No hubo reparo en si de pronto alguien era de la misma religión de Jesús, o si había alguien que fuera divorciado, o casado o no, o si pagaba impuestos o diezmos o no, o si había confesado sus pecados o no. Lo único que necesitó esa multitud fue el estar presente, el estar con Jesús, el dedicarle su tiempo a Jesús, el confiar y tener fe en Jesús. La fe de ellos fue tan grande que lo siguieron, con toda su atención y devoción, y no se dieron cuenta que era tarde y que no tenían nada para alimentarse fuera de las palabras de Jesús. El pueblo reunido no le pidió alimento, fue Jesús quien tomó la iniciativa, quien los vio, se compadeció de ellos y los alimentó con el pan y el pescado.

Este es el mismo Jesús que se nos ofrece como alimento espiritual a todos y a todas en la Santa Cena. Somos llamados y llamadas a la mesa para compartir con nuestras hermanas y hermanos el alimento espiritual que proviene del amor de Cristo hecho tangible en el pan y en el vino. Nosotros solo estamos llamados a seguir a Jesús como esa multitud lo hizo. Somos llamados y llamadas a confiar en su dirección y en su voluntad para ser salvados y para formar una comunidad de fe. Todo creyente tiene necesidad de Jesús. Sabemos que por su bondad y compasión divina Él abrió las puertas hasta a los que no reconocían tener necesidad de la presencia sanadora y redentora de Jesús. Esto incluye a las personas marginadas, pecadoras y a los que son alienados por la sociedad. Recordemos que el alimento espiritual es para todo el mundo. Jesús se inclina y nos dice: “tú, si tú, ven a la mesa, ven y toma todo lo que necesites hasta que estés satisfecho, hasta que estés satisfecha.”

Después de alimentar al pueblo, Jesús ordena a los discípulos a que recojan “los pedazos sobrantes para que no se desperdicie nada.” Podemos usar nuestra imaginación sagrada para reconocer que Jesús provee tanto, que hasta sobra de lo que él nos da. Esa abundancia es parte de la gracia divina ofrecida libremente a la creación de Dios. La generosidad que proviene de Dios nos enseña a recibir con regocijo y gratitud, y a la vez ofrecerle al mundo de nuestra propia generosidad.

Viendo el pasaje en su totalidad, nos damos cuenta de que todos y todas somos convidados a la mesa de Jesús, a participar de la Santa Cena que Él nos ofrece. Jesús pidió ayuda de Felipe y los demás discípulos, del niño, y de los que ayudaron a repartir y a recoger una vez terminada la cena. Así mismo, nos invita a participar y a ayudar a traer a toda persona a presenciar el amor reconciliador y sanador de Jesús. La Santa Eucaristía no es un evento privado, a Jesús le siguieron más de cinco mil personas a un campo abierto para escuchar y presencia los milagros de su amor y de su gracia divina.  Hagamos como Jesús, abramos nuestras almas y las puertas de nuestros templos a toda persona que quiera participar y aprender a compartir el amor, la compasión, el pan y el vino que nos redimen y nos dan vida.

El Rvdo. Edgar A. Gutiérrez-Duarte es Vicario de la Misión St. Luke’s-San Lucas en Chelsea, Massachusetts. Sirve como director del Comité Diocesano para Ministerio Hispano, y es vicepresidente de la Junta de Directores de la Colaborativa de Chelsea (organización que sirve a inmigrantes y trabajadores del área) y miembro de la Junta de Directores de CAPIC (Community Action Programs Inter-City, Inc) de la región Chelsea-Revere-Winthrop.

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