5 Pentecostés – Año B

Propio 7


[RCL] 1 Samuel 17: 1a, 4-11, 19-23, 32-49; Salmo 9:9-20; 2 Corintios 6:1-13; Marcos 4:35-41

En las lecturas de hoy Jesús hablaba sobre el Reino de Dios a las personas que lo seguían y a la misma vez, se lo explicaba en privado a sus discípulos. Escuchamos que, al anochecer de ese mismo día, Jesús les dice a sus discípulos que vayan al otro lado del Mar de Galilea. Podemos imaginar que, al hacer esta travesía de noche, las condiciones no son las mejores para viajar en barca. Aun así, Jesús tiene plena confianza, y se duerme en la popa de la barca, no importando el viento que comenzó a arreciar y las olas que los azotaban.  La barca en la que estaba Jesús iba seguida de otras barcas, todas vulnerables al peligro de la tormenta que se desató. La invitación de Jesús a seguirle no garantiza que la vida sea fácil ni cómoda, sin embargo, es una que tomamos por fe.

Una de las primeras preguntas que nos podríamos hacer sobre esta lectura es: ¿cuán prudente fue salir en una barca bajo condiciones no propicias para esa travesía, recordando que anochecía y que podía sobrevenir una tormenta? La lectura nos invita a reflexionar sobre momentos en nuestras vidas en que no hemos zarpado a un viaje, a una aventura, o a un cambio de vida por creer que las condiciones no eran propicias para dar ese paso y hacerlo. Muchas personas hemos tenido la experiencia de lanzarnos a lo desconocido porque decidimos que, si no ahora, entonces, ¿cuándo? No obstante, honestamente hablando, a veces no hacemos nada.

Es fácil permanecer en un mismo lugar y no dar los pasos necesarios para cruzar al otro lado del lago. El autor del evangelio de Marcos expone que lo opuesto a la fe es el miedo. Hay veces que el miedo, llevado a un extremo, puede paralizarnos y limitarnos a hacer el trabajo necesario para realizar el Reino de Dios en este mundo. Al no tomar algunos riesgos en nuestras vidas, no progresamos, ni desarrollamos nuestra fe. Esperamos condiciones y momentos idóneos, aunque sabemos que en realidad esas condiciones y los llamados momentos perfectos, no existen en la vida. Preferimos vivir cómodamente, aunque con miedo y no nos lanzamos a lo que podamos encontrar más allá. En la segunda carta a los corintios, el autor exhorta a la comunidad, y a nosotros y nosotras, a reconocer que: “ahora es el momento oportuno. ¡Ahora es el día de la salvación!”

En el mes de junio, las lecturas nos han informado sobre el llamado a seguir a Jesús. El camino con Jesús no es el más cómodo. Hacemos equivalencias falsas sobre la comodidad y la paz, o la comodidad y la fe, o la comodidad y la vida perfecta con Jesús. Pienso que podemos tener fe y encontrar la paz en nuestras vidas aun con las incomodidades que se nos presentan en el camino con Jesús. Es decir, al buscar la perfecta comodidad en nuestras vidas emprendemos la búsqueda de algo inalcanzable en este reino. Recordemos que aún no se ha alcanzado la realización del Reino de Dios. A la misma vez, tenemos mucho por cumplir para completar nuestro propio pacto bautismal con Dios de manera plena. Hasta que el Reino de Dios no llegue, tampoco podemos realizar plenamente nuestro pacto bautismal y continuaremos viviendo con esa incomodidad que es seguir a Jesús. Mientras que esta sea nuestra realidad, la incomodidad por Cristo será el ímpetu que nos dirige en nuestro caminar con Cristo, y en Cristo y por Cristo.

Pablo reafirma en la segunda carta a los corintios que seguir a Cristo no es fácil. Él dice: “en todo damos muestras de que somos siervos de Dios, soportando con mucha paciencia los sufrimientos, las necesidades, las dificultades, los azotes, las prisiones, los alborotos, el trabajo duro, los desvelos y el hambre. También lo demostramos por nuestra pureza de vida, por nuestro conocimiento de la verdad, por nuestra tolerancia y bondad, por la presencia del Espíritu Santo en nosotros, por nuestro amor sincero, por nuestro mensaje de verdad y por el poder de Dios en nosotros. Usamos las armas de la rectitud, tanto para el ataque como para la defensa.”

En el pacto bautismal que afirmamos como episcopales, tenemos una guía similar de servicio a Dios. Cumplir con nuestro pacto bautismal es como estar dentro de una barca en medio de una tormenta. Reconocemos que aún en nuestras propias tormentas, Jesús nos acompaña. Aunque estemos en medio de ellas, Jesús se encuentra con nosotros y tiene la potestad de traer la calma y la paz a nuestras vidas. Su calma y su paz sólo viene al aceptar la invitación de Jesús de pasar al otro lado con Él acompañándonos y sabiendo la posibilidad de que haya riegos y dificultades en el camino.

Cuando nos comprometemos a una vida cristiana y somos recibidos en el cuerpo de Cristo a través del Santo Bautismo, no sabemos a dónde nos llevará Jesús en nuestro caminar con Él, como discípulos, apóstoles y llevando las Buenas Nuevas. Esta es nuestra preparación para la realización del Reino de Dios y de la promesa de amor, paz, dignidad y justicia plena que nos da Jesús.

Las lecturas del libro del profeta Samuel que hemos escuchado durante el mes de junio reafirman que nuestro compromiso de fe con Dios a veces nos hace sentir incómodos e incómodas, hasta cierto punto, nos hace sentir vulnerables. Pero así se sintió Samuel, sin embargo, su respuesta a Dios fue: “habla, que tu siervo escucha.”

Hermanas y hermanos preguntémonos, si ahora no, ¿cuándo? Si no yo, ¿quién? Les invito a reflexionar que este es el momento más favorable para responder a la gracia y al llamado de Dios, para cruzar al otro lado con tormenta o sin ella y siempre sabiendo que Jesús será nuestro compañero en la travesía y más allá.

La Rvda. Carla E. Roland Guzmán, PhD es la rectora de la Iglesia Episcopal de San Mateo y San Timoteo en la Ciudad de Nueva York.  smstchurch.org y coordina, Fe, Familia, Igualdad: La Mesa Redonda Latinx. fefamiliaigualdad.org.

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4 Pentecostés – Año B

Propio 6


[RCL] Ezequiel 17:22-24; Salmo 20; 2 Corintios 5:6-10, (11-13), 14-17; Marcos 4:26-34.

La experiencia de plantar un árbol es sin duda muy especial. Colocar en la tierra ya sea la semilla o bien una pequeña planta, nos permite tener la visión futura de un árbol frondoso que dará sombra y frutos a las futuras generaciones.

La primera lectura tomada del libro del profeta Ezequiel nos habla de que para el mismo Dios la imagen de plantar un árbol es la mejor manera de mostrarnos su visión de una humanidad próspera y renovada. Estas imágenes de la vida agraria son muy comunes en la Biblia. Las comunidades bíblicas dependían totalmente de la tierra para su sobrevivencia. En ese ambiente son frecuentes los relatos sobre las cosechas, la buena tierra y los suelos estériles, la alegría de la lluvia y la bendición de frutos abundantes.

Estas narraciones de la sociedad agraria tal vez no tengan para nosotros y nosotras en los tiempos actuales el mismo impacto que tuvieron cuando fueron escritas. La vida de las personas que vivieron en los tiempos bíblicos también giraba en torno a la cría de animales, bien fuera para el alimento y el vestuario, así como para las labores agrícolas.

El simbolismo de las imágenes agrarias tiene además un valor especial en nuestras experiencias espirituales. Un alto monte, un árbol frondoso, un manantial de agua cristalina y la sencillez de las ovejas tienen un equivalente en nuestra vida espiritual. De esta manera lo describe el profeta Ezequiel: “Yo, el Señor, digo: también voy a tomar la punta más alta del cedro; arrancaré un retoño tierno de la rama más alta, y yo mismo lo plantaré en un monte muy elevado, en el monte más alto de Israel.”

El cedro que menciona Ezequiel bien puede ser, el creyente firme y convencido que ha crecido en el conocimiento y el amor del Señor, a tal punto que su ejemplo es digno de imitarse. Sin embargo, en este mismo pasaje, Dios dice: “Yo derribo el árbol orgulloso y hago crecer el árbol pequeño. Yo seco el árbol verde y hago reverdecer el árbol seco. Yo, el Señor, lo digo y lo cumplo.” En la vida espiritual todos somos como esos árboles: unos con hojas, flores y frutos abundantes y otros que están a punto de secarse por falta de agua y de los nutrientes de un buen suelo. Cada ser humano nace y crece en un contexto particular; unos han tenido la dicha de nacer y crecer en el seno de familias en el que el amor y el cuidado entre sus miembros son el abono que alimenta y fortalece a ese árbol, a esa familia. Por el contrario, hay personas cuyos ámbitos familiares no proveen el abono necesario para fortalecerse como individuo dentro del núcleo familiar.

No es casualidad que en nuestro lenguaje pastoral hablemos de plantar, desyerbar, abonar, dar frutos y cosechar. En las comunidades donde se cultiva una relación íntima con el Señor y se construye una relación sólida y saludable entre los miembros, la visión del árbol frondoso que da sombra y refresca a los que se acercan es también la visión de la comunidad de fe. San Pablo nos dice: Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo.”

Nuestra fe se fundamenta en la persona de Cristo resucitado; es el mismo Dios que en su misión terrenal tuvo como centro de su predicación el anuncio del Reino de Dios. Tanto para los que vivieron en tiempo de Jesús como los que vivimos hoy, no es tan fácil entender ese Reino de Dios que nos muestra Jesús. Las parábolas usadas por el Señor nos permiten captar la realidad del Reino de Dios.

La semilla que germina en la tierra para luego dar frutos abundantes es una de las muchas imágenes mencionadas en el evangelio para ilustrar el inicio del Reino. Jesús nos propone que ese Reino es un proyecto marcado por varias etapas. Al igual que la semilla que necesita del suelo para germinar, el Reino debe llegar al corazón del ser humano. La fuerza del Espíritu Santo se encarga de robustecernos hasta alcanzar la madurez.

Cada uno de nosotros y de nosotras estamos llamados a continuar la obra iniciada por Jesús. La Iglesia, como comunidad de creyentes es un signo visible del reino de Dios llamada a ser la voz de los olvidados y olvidadas de nuestra sociedad. La compasión y predicación de Jesús nos enseña que hemos de ser esa voz que proclama en el desierto la presencia real de Jesucristo.

Hermanos y hermanas mantengámonos como Iglesia fieles a la voz profética que anuncia y protege al Reino de Dios en este mundo. Celebremos con gozo el que hay muchas congregaciones que imitan al Señor en su amor y compasión por las personas marginadas que se encuentran dentro y fuera de sus puertas. Son comunidades inclusivas que practican una auténtica hospitalidad. En ellas se recibe al inmigrante y se valora su experiencia, se invita a los jóvenes a participar en la vida de la comunidad, se recibe a cada persona tal como es, sin juzgarla ni condenarla por su identidad de género, estado civil o por su clase social.

En las palabras del profeta Ezequiel hay: “árboles verdes y secos”. Esas son las comunidades de fe donde se cultiva el prejuicio y la exclusión. Algunas ostentan rótulos en los que se da la bienvenida a todos, pero al entrar se experimenta una realidad muy diferente. Tales congregaciones viven en un glorioso pasado que dejó de existir y no abren sus puertas al vecino que es diferente.

El Reino de Dios es un proyecto más grande que la Iglesia misma. La Iglesia no está llamada a proclamar su propio reino, está llamada a proclamar el Reino de Dios. Todas las culturas y todas las generaciones son parte del Reino divino de Dios. Jesús nos mostró que aun cuando tuvo la experiencia de vivir en una sociedad oprimida por el poder de Roma, no tuvo miedo de proclamar las Buenas Nuevas. El Señor entró en contacto con una variedad de personas muy diferentes entre sí por razones políticas, sociales y religiosas. Sin embargo, Él comparte con cada persona el anuncio de una nueva vida.

Entre nuestras promesas bautismales hay una que nos pide que luchemos por la paz y la justicia entre todos los pueblos y que respetemos la dignidad de todo ser humano. La comunidad de bautizados y bautizadas somos los constructores de un mundo más humano y más justo. El Reino de Dios no es un concepto, es un movimiento que inició Jesús. Todos y todas participamos en su desarrollo aquí en la tierra.

El Rvdo. Álvaro Araica es Asociado del Ministerio Hispano en la Diócesis de Chicago. También sirve como vicario parroquial en la iglesia Cristo Rey en el norte de la ciudad de Chicago. El padre Araica es graduado del programa de doctorado en ministerio de Seabury Western Theological Seminary.

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3 Pentecostés – Año B

Propio 5


[RCL] Génesis 3:8–15, Salmo 130, 2 Corintios 4:13–5:1, San Marcos 3:20–35

¡Qué difícil distinguir la voluntad de Dios en el mundo en que vivimos! Los ejemplos abundan: “los necesitados son responsabilidad del gobierno”, “los inmigrantes quitan el trabajo a los ciudadanos”, “la homosexualidad es antinatural y repugnante a los ojos de Dios”, “Dios habla solo a través de tal o cual iglesia”, “el planeta nos fue dado para que lo explotáramos”, “para qué hacer la fila si mi amigo va mucho más adelante y seguro me dejará colar”. El ser humano se halla inmerso en un sinnúmero de realidades que muchas veces seducen con argumentos convincentes. Nos seducen a alejarnos de la práctica de la misericordia, del respeto a la moral, de la vivencia de los valores, incluso, nos tientan a alejarnos de Dios y nos alejan del mensaje de Jesús.

No por haber sido creados a imagen y semejanza de Dios podemos dejarnos engañar con juicios seductores que no nos permiten apreciar el milagro, el actuar del Espíritu, la misericordia y la revelación de Dios que opera a cada instante de nuestras vidas. Son las voces que nos rodean y logran que actuemos de maneras contrarias a los valores de las enseñanzas de Jesús. Utilizamos versículos bíblicos fuera de contexto para afirmar los ideales del mundo: “la serpiente me engañó, y por eso comí del fruto”, dice la mujer en el libro del Génesis esta mañana. También, decimos, el “diablo” me hace mentir, me hace engañar, me convence de que hago lo correcto cuando no es cierto. ¿Será parte de nuestra naturaleza humana querer ser dios? Es decir, no hacer la voluntad de Dios sino la humana y pretender ser superiores a todo y a todos.

¿No hubiese sido más fácil que Dios simplemente no hubiera creado ese árbol? ¿Para qué ponerlo allí si luego lo iba a prohibir? En el libro del Génesis se lee: “¿Acaso has comido del fruto del árbol del que te dije que no comieras?” Se podría pensar que se trata de un Dios tentador, que pone trampas. ¡Atención! Dios no es tentador; el “diablo” es el tentador/calumniador. El árbol del que está prohibido comer es la imagen del límite: todo nos ha sido dado, pero con límites. La libertad de la que goza el ser humano no es absoluta.

Baste ver lo que hemos hecho los seres humanos cuando hemos traspasado las fronteras de nuestra libertad, cuando hemos ido más allá de los límites de nuestro señorío simbolizados en el árbol prohibido: guerras, destrucción, extinción, explotación, opresión, engaño, discriminación, y muerte. No todo lo que es materialmente posible de realizar es éticamente realizable y hay situaciones donde no nos debemos exceder, aun cuando tengamos el conocimiento de poder hacerlo. Por esto, cuando caemos en cuenta del abuso, nos sentimos desnudos, desnudas y al descubierto, es decir, avergonzados y avergonzadas ante Dios, pues reconocemos nuestras faltas. La humanidad ha de respetar ese árbol, el límite que Dios nos ha puesto, y de no sucumbir al tentador que convence de que es correcto aquello que no lo es.

¿Qué serpientes y qué frutos han sido el objeto de las tentaciones a través de la historia del mundo? En el evangelio de Marcos las autoridades religiosas cuestionan la divinidad de Jesús por las obras milagrosas que hizo. Inclusive, esas autoridades implican que Jesús mismo está operando en nombre del diablo, de Beelzebú, al decir: “es quien le ha dado a este hombre el poder de expulsarlos.” Estas autoridades representaban el poder religioso y político de la época. Seguramente muchos de estos eran los líderes políticos, sociales, religiosos y empresariales del pueblo que hoy día dirían: “altere los informes señorita contable”, “cuélese en el transporte que ellos ganan demasiado”, “¿le dieron más dinero de cambio? Quédese con él que a usted le hace más falta.” ¡Sabemos en nuestros corazones lo que hacemos y decimos, pero a veces ignoramos esa vocecita del Espíritu Santo!

¿Cómo reconocer la voluntad de Dios? ¡Hasta la misma familia de Jesús dudaba de él! Sus parientes quisieron impedir su misión bajo el pretexto de que se había enloquecido; dice el evangelio de Marcos: “Cuando lo supieron los parientes de Jesús, fueron a llevárselo, pues decían que se había vuelto loco… llegaron la madre y los hermanos de Jesús, pero se quedaron afuera y mandaron llamarlo.” Se trata de una clara contraposición entre el discipulado, la voluntad de Dios y quienes parecen ser los más cercanos a Él.

La clave para distinguir la voluntad de Dios de la tentación humana nos la da Jesús y la escuchamos en el evangelio que acabamos de escuchar: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?… Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues cualquiera que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.” En estas palabras encontramos el verdadero discernimiento y al poner en práctica el mensaje del Reino de Dios toda persona forma parte de la familia del Señor.

Hermanos y hermanas, como nos dice Pablo su segunda carta a los corintios: “las cosas que se ven son pasajeras, pero las que no se ven son eternas.” Acostumbrémonos a discernir porque muchas veces lo que proviene de Dios es invisible. Valores como el amor, la misericordia, la solidaridad, el espíritu de acogida, el perdón… solamente son visibles a través de la práctica. La única forma de entenderlos y vivirlos es a través de nuestras acciones en la vida cotidiana y en el bien que podemos practicar. De otra manera, permanecen invisibles o como conceptos, palabras o definiciones atractivas.

En este tiempo de Pentecostés, oremos por las obras de cada persona cristiana porque esos son los verdaderos frutos del Santo Espíritu de Dios, el Espíritu divino que habita en cada uno de nosotros y nosotras y se propaga en el mundo.

El Rvdo. Dr. Richard Acosta, es diácono en la iglesia Divino Salvador, registrador diocesano y Docente del Centro de Estudios Teológicos en la Diócesis de Colombia. Es escritor y docente universitario.

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2 Pentecostés – Año B

Propio 4


[RCL] 1 Samuel 3:1-10 (11-20); Salmo 139:1-5, 12-17; 2 Corintios 4:5-12; San Marcos 2:23-3:6

Vivimos en tiempos en que los medios de comunicación y las redes sociales nos abruman por el exceso de opiniones y comentarios de todo tipo. Personas conocidas y desconocidas llenan el mundo cibernético con más ideas, consejos y opiniones de las que realmente podemos asimilar. En medio de tanto discurso electrónico hay personas que se preguntan qué mensaje ofrece la Iglesia para el pueblo de Dios en estas circunstancias en las que vivimos.

San Pablo en su segunda carta a los Corintios dice: “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor; nosotros nos declaramos simplemente servidores de ustedes por amor a Jesús.”  Esta es una afirmación en dos partes: al ser bautizados afirmamos que Jesucristo es nuestro Señor. Al mismo tiempo nos comprometemos, con la ayuda de Dios, a servir al prójimo con y por el amor de Dios.

Al afirmar que Jesucristo es nuestro Señor, como lo enseñó San Pablo, respondemos con la confesión de fe cristiana fundamental, , Jesús es nuestro Señor. Al pronunciar estas palabras afirmamos que él, fue hombre de carne y hueso y que es el mismo Dios que creó el universo y lo gobierna con sabiduría y amor. De esta misma manera afirmamos que Cristo fue crucificado y ahora vive resucitado compartiendo su vida y su gloria con Dios y con el Espíritu Santo. Cristo nos comparte esta abundancia de gracia y de amor para hacernos reconocer su grandeza y poder como pueblo de Dios. San Pablo lo explica de esta manera en su carta: “Esta riqueza la tenemos en nuestro cuerpo…para mostrar que ese poder tan grande viene de Dios y no de nosotros.”

La proclamación de Cristo como Señor resulta en que toda persona cristiana afirme la magnificencia de Jesús. A pesar de los valores culturales actuales que resaltan la individualidad de cada persona, las palabras de Pablo nos recuerdan que no somos lo más importante en el mundo, al contrario, estamos llamados a servir y a obedecer a Cristo. En la liturgia del Santo Bautismo el celebrante también pregunta a los candidatos o a los padrinos y madrinas: “¿Prometes seguir a Cristo y obedecerle como tu Señor?” Esta pregunta va directa a que sigamos teniendo una relación íntima con Jesús – Él es nuestro Señor.

El mensaje de amor y la autoridad suprema de Cristo se repite en el Evangelio de hoy. Jesús hace dos cosas que provocan controversia: primero, permite que sus seguidores cosechen trigo para comer y segundo, sana la mano tullida de un hombre enfermo, ambos en el día de reposo.  En ambos casos Jesús actúa con compasión y misericordia y a la misma vez rompe las normas estipuladas por las leyes judías.  Jesús afirma poseer autoridad por encima de los mismos mandamientos de Dios cuando dice: “El Hijo del hombre tiene autoridad también sobre el sábado.”

Su declaración fue chocante, pues varios textos bíblicos enseñan que Dios mismo estableció y santificó el séptimo día como el día de reposo absoluto. Esto lo escuchamos en el cuarto mandamiento que prohíbe trabajar el sábado, el día de reposo. En esa época, los judíos que eran fieles y observaban las leyes bíblicas al pie de la letra, hasta contaban el número de pasos para no exceder las distancias permitidas en ese día de reposo. Descansar el sábado fue parte esencial de la vida y de la cultura judía de esa época, por eso, Jesús sorprendió a todos con sus acciones.

Al ejercer su autoridad divina para sanar a un enfermo, Jesús estableció un precedente muy claro al decir: “El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado.” Jesús demuestra que los mandamientos de Dios tienen el propósito de promover la salud y el bienestar humano. Por lo tanto, las necesidades de la vida humana y la misericordia cuentan más que el rigor de la ley. Quiere decir que Cristo emplea su poder y autoridad con compasión para sanar y bendecir nuestras vidas.

Recordemos la segunda parte del mensaje de Pablo, que hemos de servir al prójimo con y por el amor de Dios. Sus palabras al pueblo de Corinto y también a nosotros hoy día es que: “Nos declaramos sencillamente servidores de ustedes.” ¿Por qué hemos de servir a otras personas?

Tal como indica Pablo, cuando los cristianos proclamamos que Cristo es el Señor, por consecuencia anunciamos que deseamos imitar a Jesús. Hemos de poner en práctica lo que él nos enseñó. Cristo compartió el amor de Dios con todos y todas y nos enseñó a ofrecer nuestras vidas al servicio de los demás. La iglesia como Cuerpo de Cristo, existe para continuar la misión de Jesús que es llevar el amor de Dios a todos los pueblos del mundo. Realmente servir es amar y servir a otros es la vocación de todo creyente.

La liturgia bautismal nos muestra que el servicio al prójimo ha de estar al centro de nuestras vidas de fe. El celebrante pregunta: “¿Buscarás y servirás a Cristo en todas las personas, amando a tu prójimo como a ti mismo?” Y la respuesta es: “Así lo haré con el auxilio de Dios.”

Cuando amamos y servimos a los demás podemos entender el principio importante de la vida espiritual. Al imitar a Jesús y atender a las necesidades de los pobres, los enfermos y los más marginados de este mundo, la gloria de Dios brilla, iluminando nuestras vidas y las vidas de las personas que nos rodean. Como discípulos y discípulas de Jesús, creemos que a la hora de servir al prójimo en su nombre vemos en ellos y ellas el rostro de Dios, nuestro Padre celestial. Con esta iluminación divina recibimos la gracia de Dios y la ayuda que necesitamos para superar nuestras propias dificultades.

Adaptando las palabras del apóstol a nuestras circunstancias, por la gracia de Dios podemos decir: donde hay problemas, encontramos soluciones. Donde hay preocupaciones, llevamos esperanza. Cuando otros nos persiguen, hallamos compañeros y compañeras en el camino, y en todo momento el Señor Jesús nos guía y nos inspira para amar sin límites hasta que todos alcancemos la vida eterna. 

El Padre Jack Lynch ha servido en las diócesis de Honduras, Carolina del Norte, y el Sur de Virginia y ahora es Cura Párroco de la Iglesia Episcopal San Jorge en Central Falls, Rhode Island y Director del Instituto Ecuménico de Ministerio Hispano. Publica el blog “El Cura de Dos Mundos” (padrejack.blogspot.com).

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Domingo de Trinidad – Año B

Domingo de Trinidad


[RCL] Isaías 6:1–8; Salmo 29 o Cántico 6; Romanos 8:12–17; San Juan 3:1–17

Celebramos hoy la fiesta solemne de la Santísima Trinidad. La lectura según el profeta Isaías afirma que la presencia de Dios es pura y santa. Dice el profeta: “Unos seres como de fuego estaban por encima de él. Cada uno tenía seis alas. Con dos alas se cubrían la cara, con otras dos se cubrían la parte inferior del cuerpo y con las otras dos volaban. Y se decían el uno al otro: “Santo, santo, santo es el Señor todopoderoso; toda la tierra está llena de su gloria”. Por otra parte, la naturaleza del ser humano es imperfecta y por esta razón indigna de contemplar el rostro de Dios. La santidad de Dios es altamente reafirmada en la visión descrita y el ser humano en la persona de Isaías teme perder la vida porque ha contemplado a Dios.

Dios, según la visión de Isaías y de otros personajes importantes del Antiguo Testamento, tiene como cualidades la santidad, la perfección y la pureza. Por su grandeza y majestuosidad, pareciera que Dios se presenta distante del ser humano. Ante este concepto, una reacción muy humana puede ser la de temer a Dios.

¿Ha cambiado ese concepto de Dios en el mundo? No, no ha cambiado mucho porque Dios sigue siendo para algunas personas una figura autoritaria y avasalladora que genera miedo y angustia. Basta que examinemos nuestro lenguaje cotidiano: “Dios te va a castigar”. “Dios tarda, pero no olvida”. “Nadie se escapa de la ira de Dios”. ¿Se puede cultivar una relación saludable entre el ser humano y Dios partiendo de este concepto? La respuesta es no.

La idea de que la condición humana y la vida espiritual de cada persona son realidades totalmente separadas una de la otra, ha contribuido a menospreciar nuestra naturaleza humana frente a lo divino. Esta diferencia se debe a la influencia de la filosofía griega sobre el mensaje cristiano. Los filósofos griegos y en especial Platón plantearon la separación entre el cuerpo y el espíritu y en tal distinción el cuerpo es la parte débil y el espíritu es lo más importante.

Tal enfoque ha llevado a muchos a ver el cuerpo como el recipiente del pecado y el alma como lo que realmente debemos salvar y proteger. Esto es lo que plantea San Pablo en su carta a los romanos: “Así pues, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir según las inclinaciones de la naturaleza débil. Porque si viven ustedes conforme a tales inclinaciones, morirán; pero si por medio del Espíritu hacen ustedes morir esas inclinaciones, vivirán.” No es casualidad que, en la religiosidad popular del pueblo latino, se enfatice la condición pecadora del cuerpo y el autocastigo. Son muy conocidas las escenas de personas cargando pesadas cruces o azotándose las espaldas durante la Semana Santa como señal de arrepentimiento.

El resultado de abrazar la creencia de que el cuerpo es malo ha tenido efectos nocivos en la salud espiritual, emocional y física de muchas personas. Tanto así, que, para muchos cristianos y cristianas, los pecados más abominables son los vinculados a la sexualidad humana. Se juzga a las personas como buenas o malas a partir de la forma en que expresan su sexualidad. Se añade a esto, la idea de que todo lo que tiene que ver con nuestra vida corporal es pasajero y que por lo tanto, no es importante. Se plantea que la prioridad es salvar el alma. Aunque las nuevas generaciones ya están expuestas a otras filosofías de vida más positivas, todavía muchas personas interpretan el concepto que para Dios lo más importante es el alma y que esta vida es un lugar de sufrimiento, de penas y de dolores.

El pasaje del evangelio de hoy tampoco escapa al dualismo alma y cuerpo.  Nicodemo, el maestro de la ley que visita a Jesús en medio de la noche, necesita escuchar de la boca de Jesús una enseñanza sobre la relación entre Dios y los seres humanos. Nicodemo es un maestro de la ley que recibió una formación religiosa basada en el concepto de que Dios es puro, santo e inalcanzable. Nicodemo le dice a Jesús: “—Maestro, sabemos que Dios te ha enviado a enseñarnos, porque nadie podría hacer los milagros que tú haces, si Dios no estuviera con él”. Tanto para Nicodemo como para sus contemporáneos, Dios guardaba una distancia con el ser humano, porque Dios como ser puro y santo no puede contaminarse con la naturaleza humana, que es frágil y pecadora.

El evangelista Juan también pone en boca de Jesús la frase: “Lo que nace de padres humanos, es humano; lo que nace del Espíritu, es espíritu”. Sin embargo, encontramos que el evangelio de hoy concluye con la definición de que Dios es amor: “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él”. Los cristianos y cristianas estamos llamados a sostener nuestra fe en un Dios amoroso y compasivo, porque es la imagen de Dios que nos ofrece Jesús tanto en sus palabras como en sus gestos y sus obras.

La santidad también la encontramos en la persona humana porque es receptora del amor de Dios. Nuestros cuerpos mortales son también recipientes de la bondad de Dios que mira con amor a los seres humanos sin distinción. Somos una unidad de alma y cuerpo. Nuestro cuerpo no es un simple recipiente que al morir se descarta, el cuerpo es pieza vital en nuestra relación con Dios. Hemos sido bendecidos y bendecidas con una naturaleza mortal que puede conocer el mensaje de Dios por medio del entendimiento y el discernimiento que caracteriza a los seres humanos.

El ejemplo más claro y evidente de que Dios tiene en alta estima la naturaleza corporal es que tomó forma humana para vivir una cercana relación con sus criaturas. En nuestro catecismo Episcopal se enseña que, “Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es El divino Hijo que se hizo humano para que en él todos los seres humanos sean adoptados como hijos de Dios y hechos herederos de su reino”. Como podemos ver, no hay razón ni justificación para denigrar la condición humana. Todos los bautizados y bautizadas hemos afirmado que “lucharemos por la justicia y la paz entre todos los pueblos, respetando la dignidad de todo ser humano” (LOC pg. 225).

En este domingo de la Santísima Trinidad, reafirmamos nuestra fe en Dios que se manifiesta en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu Santo es amor. No hay tres planes para salvar y rescatar al género humano, existe un solo plan porque uno solo es Dios y uno su propósito: atraer a todos y todas a Él por medio del amor creador del Padre, en la encarnación del Hijo y en la santificación de la iglesia por medio de su Santo Espíritu como comunidad de fe que lleva las Buenas Nuevas a todas las naciones.

Nuestra fe y nuestras acciones se fundan en la certeza de que en Dios hay bondad y compasión y que su creación es buena. Cada hombre y cada mujer es imagen del amor de Dios y a la vez llamados y llamadas a expresar ese amor sin condiciones.

El Rvdo. Álvaro Araica es oriundo de Nicaragua y actualmente sirve como vicario en las congregaciones de Cristo Rey y Nuestra Señora de las Américas en la Diócesis Episcopal de Chicago. Araica es el presidente del Comité de Asuntos Hispanos en la Diócesis de Chicago y sirve en las Comisiones de Ministerio y de Desarrollo Congregacional. Araica es graduado del programa de doctorado en Ministerio de Seabury Western Theological Seminary en Evanston Illinois.

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Día de Pentecostés – Año B

Pentecostes Sermon Espanol Episcopal


[RCL] Hechos 2: 1-21; Salmo 104: 25-35, 37; Romanos 8: 8:22-27; Juan 15: 26-27; 16: 4b-15

En la novela clásica norteamericana titulada “Moby Dick” del autor Herman Melville, encontramos la historia de un barco que se pierde en el océano Atlántico. Como es lógico, después de varios días perdidos sin alimentos ni agua, los marineros empezaron a morirse de sed. Pero empezaron a tener esperanza cuando vieron que se aproximaba otro barco. Hicieron todo lo posible por acercarse a esa nave y empezaron a pedir agua. La respuesta del otro barco los dejó confundidos. Decían, “bajen sus cubos donde están.” Tanta era su necesidad, que, aunque la solución no les parecía lógica, bajaron los cubos. Al probar y al comenzar a tomar el agua, pudieron descubrir que era realmente agua fresca, ya que en ese lugar se unía el gran rio Amazonas con el océano, y solo en esa parte del océano el agua no es salada. Los marineros saciaron su sed.

Nuestro gran reto como seguidores de Jesús es el mismo de aquellos marineros perdidos y sedientos en medio del océano. Quizás, lo que más nos hace falta, es abrirnos a la presencia del Espíritu que habita y vive entre nosotros. Solamente abriendo nuestros ojos y nuestras mentes podemos percibir la gracia de Dios: la promesa de Jesús. Cuando los marineros perdidos bajaron sus cubos encontraron el agua fresca para saciar su sed. Jesús nos invita a abrirnos radicalmente a la presencia del Espíritu Santo que nos rodea de tantas maneras. A veces, nuestra falta de apertura espiritual nos inhibe de ver y de percibir la gracia de Dios, el agua viva del Espíritu Santo que está presente y asequible a cada uno de nosotros y de nosotras.

Hoy la Iglesia celebra la gran fiesta de Pentecostés – la llegada del Espíritu Santo. La palabra está asociada con el número “50” ya que se celebra cincuenta días después de la Pascua de Resurrección. Quizás lo más importante del Pentecostés es que celebramos la llegada de esa gran promesa de Jesús a sus amigos: “Yo les enviaré al consolador, el Defensor.”  Esta promesa era una confirmación de que nunca estaríamos solos ni solas. Después de la muerte y resurrección del Señor, a pesar de que los discípulos se sentían desconsolados y “con miedo”, fue la presencia del Espíritu Santo la que les infundió esperanza y el cumplimiento de la promesa – Jesús siempre estaría con ellos.

También en Pentecostés acostumbramos a decir que es el “cumpleaños de la iglesia”.  Con la llegada del Espíritu Santo los apóstoles de Jesús y todos los que lo siguieron a lo largo de los siglos recibieron por primera vez el espíritu desde lo Alto. Es así como la iglesia puede realizar la misión de Jesús, especialmente la predicación de la Palabra de Dios y la celebración de los sacramentos de la Nueva Alianza. Más aún reconocemos que todo ministerio, toda oración y toda bendición son acciones de ese mismo Espíritu a través de nosotros. Los dones y talentos que Dios nos concede los desarrollamos en nuestras iglesias y comunidades guiados e inspirados por la presencia del Espíritu Santo. Como discípulos y discípulas de Jesús en el siglo veintiuno no podemos olvidar esta gran verdad: somos instrumentos del Espíritu Santo en todo lo que somos y hacemos como Iglesia.

La descripción bíblica más gráfica de este día la encontramos en el segundo capítulo del libro de los Hechos de los Apóstoles, precisamente en Hechos capítulo dos, de los versículos uno al veintiuno. Las imágenes que encontramos en esta descripción del evento de la llegada del Espíritu Santo no son precisamente pacíficas ni tranquilas. Dice la escritura que todos y todas escucharon un “gran ruido”, sintieron “vientos fuertes” y vieron “lenguas de fuego”. Todo indica que hubo un momento de temor y de confusión. Al poco tiempo empezaron a escuchar lenguas de diversas regiones que asombrosamente todos ellos entendían.

En nuestra sociedad contemporánea hablamos mucho sobre los valores de la diversidad y de la inclusión de todos y todas. Mas allá de la diversidad de lenguas y culturas, hoy día como iglesia, luchamos por promover la igualdad sin excluir a nadie. Esto lo hacemos porque creemos en Jesús. Creemos en su amor incondicional y sabemos que nadie está fuera del abrazo amoroso de Dios, pues todos somos sus hijos e hijas amados y amadas. Es importante ver que el Espíritu Santo está presente y lo percibimos más al poner de lado nuestras diferencias, prejuicios y todo tipo de discriminación que van en contra del amor de Dios y del evangelio de Jesús. Fue precisamente en aquel primer Pentecostés, en medio de la diversidad de naciones, idiomas y personas de diversas culturas, que el Espíritu Santo se manifestó poderosamente en la Iglesia.

En esta celebración tan especial, pidámosle al Señor ver la presencia viva de Dios en cada hermana y en cada hermano. Que no veamos el color de la piel, el país de origen, ni cualquier otra diferencia, sino que todos y todas podamos estar reunidos por el poder de un mismo Espíritu.

Hermanos y hermanas concluyamos con una de las oraciones más antiguas conocida como el “Ven Espíritu Santo” (del latín: Veni Sancte Spiritus) atribuida al arzobispo de Canterbury Stephen Langton (1150-1228). Esta oración describe el don del Espíritu Santo con una profundidad poética. Que sea ella nuestra oración en este día de Pentecostés:

Ven Espíritu Santo
y desde el cielo
envía un rayo de tu luz.

Ven padre de los pobres,
ven dador de las gracias,
ven luz de los corazones.

Consolador óptimo,
dulce huésped del alma,
dulce refrigerio.

Descanso en el trabajo,
en el ardor frescura,
consuelo en el llanto.

Oh luz santísima:
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.

Sin tu ayuda
nada hay en el hombre,
nada que sea inocente.

Lava lo que está manchado,
riega lo que es árido,
cura lo que está enfermo.

Doblega lo que es rígido,
calienta lo que es frío,
dirige lo que está extraviado.

Concede a tus fieles
que en Ti confían,
tus siete sagrados dones.

Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación,
dales el eterno gozo.
Amén, Aleluya. 

El  Rvdo. Dr. Alberto R. Cutié, es rector de la Iglesia de Saint Benedict en Plantation, Florida y autor de “Talking God: Preaching to Contemporary Congregations (Church Publishing). Es sacerdote en la Diócesis Episcopal del Sureste de la Florida, donde también sirve como Dean de Broward County.

Descargue el sermón para el Día de Pentecostés (B).

Séptimo Domingo de Pascua – Año B

Pascua Episcopal Sermon


[RCL] Hechos 1:15-17, 21-26; Salmo 1; 1 Juan 5:9-13; Juan 17: 6-19

En el evangelio de hoy escuchamos que Jesús ora con el alma cargada de amor y encomendando a sus discípulos. Jesús ora por aquellos que Dios Padre escogió para seguirlo con estas divinas palabras: “eran tuyos y tú me los diste, y han hecho caso de tu palabra”. Jesús, el Dios hecho hombre dejó de lado sus sufrimientos para calmar la angustia de sus discípulos que no entendían del todo lo que el futuro les deparaba. Jesús es el Mesías enviado de Dios quien se entrega del todo y sin límites y no se cansa de probarnos su amor redentor a cada uno de nosotros y de nosotras. Jesús nos amó y nos amará siempre. Él amó tanto al mundo que llevó su misión de obediencia a la voluntad de su Padre ofreciéndose como sacrificio para redimirnos, salvarnos y ofrecernos la entrada al Reino del Padre celestial y eterno, es decir la vida eterna.

La oración con la que Jesús concluye la última cena es conocida como la Gran Oración Sacerdotal. Es una conversación sencilla y espontánea entre el Padre y el Hijo elevada en uno de los momentos más críticos de su vida terrenal. Jesús se dirige a Dios de esta manera: “Padre, la hora ha llegado: glorifica a tu Hijo, para que también él te glorifique a ti”. Luego, con urgencia y preocupación le pide por sus discípulos: “Yo no voy a seguir en el mundo, pero ellos sí van a seguir en el mundo, mientras yo me voy para estar contigo. Padre santo, cuídalos con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado, para que estén completamente unidos, como tú y yo.”

Estas sentidas palabras expresan la preocupación trascendental de Jesús al poner en manos de Dios a aquellos discípulos que Él le ha dado. En este momento Jesús encomienda a sus discípulos el porvenir de la misión salvífica del mundo. De aquí en adelante, los discípulos portaron el futuro del cristianismo, de la iglesia, y más importante aún, de la creación humana que recibió la promesa de vida eterna.

Jesús es Dios de amor y su oración expresa cuán grande es ese amor por hombres y mujeres, niños y niñas a quienes con sus enseñanzas les abrió las puertas del cielo. Jesús le dice al Padre: “Cuando yo estaba con ellos en este mundo, los cuidaba y los protegía con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado.” “Ahora yo voy a donde tú estás; pero digo estas cosas mientras estoy en el mundo, para que ellos se llenen de la misma perfecta alegría que yo tengo” “Yo te ruego por ellos.”

Ese amor tan grande que Jesús siente por sus discípulos lo reconocemos cada vez que, con fervor, le pedimos a Dios Padre que proteja a nuestros seres queridos. Es la oración que brota de los labios de padres y madres al despedir a sus hijos e hijas en su ida a la escuela o al trabajo. Esa bendición y el abrazo amoroso siempre van unidos a un sentido ruego a Dios encomendándolos para que Dios los lleve con bien e ilumine su camino.

La oración de Jesús la expresa con mucha pasión el himno titulado, “Cuán grande es Él.” Este himno nos invita a reflexionar lo magnánimo que es el amor divino de Dios Padre al entregarnos a su Hijo amado con miras a nuestra salvación eterna.

Cuando recuerdo del amor divino
que desde el cielo al salvador envió,
aquel Jesús que por salvarme vino,
en una cruz sufrió, por mí murió.

Mi corazón entona la canción
cuán grande es Él, cuán grande es Él.

Cuando cantemos este himno, reflexionemos sobre la plegaria de nuestro Señor Jesucristo en la que se aprecia lo profundo e intenso del amor puro de Jesús por el mundo. Él vino a este mundo para sanar y transformar los corazones de toda persona abierta a su promesa divina. Su amor por nosotros es el mismo desde entonces y para siempre. Él se revela de muchas maneras y nos invita a amarle. No nos impone su amor. Jesús es como ese amante que persiste sin desanimarse y acompaña y vela muy de cerca a su amado o a su amada.

Jesús nunca se rinde, ni nos abandona. Jesús siempre está ahí, esperándonos pacientemente para que lo encontremos en cada momento de nuestras vidas. Permanece a nuestro lado en momentos de desesperación, de tristeza o de dificultad. Jesús nos ofrece su amparo cuando el mundo nos da la espalda. Nos prodiga su divino consuelo cuando nos enfrentamos a los grandes sufrimientos y al dolor de la partida de nuestros seres queridos. Sentimos su presencia en nuestras iglesias y a través de la sonrisa tierna de un niño o una niña. Aunque no hayamos respondido a su amor, Jesús siempre está presente para nosotros.

Jesús se revela a través de nuestras oraciones elevadas con fe y a través de nuestros amigos que viven el evangelio. Él se revela en nuestras vidas en los momentos más inesperados. Además, se ha revelado a través del ejemplo de padres y madres, maestros y maestras, amigos y amigas del alma y a través del comportamiento de nuestros vecinos, jefes y compañeros de trabajo. Jesús se revela en nuestra comunidad de fe a través de un sermón, en las escrituras del día, en las alabanzas, en el canto de un salmo, en el abrazo fraternal de la paz, en la Santa Eucaristía, en la despedida a salir al mundo en paz a amar y a servir en su nombre y hasta en la hora del convivio reunidos en comunidad.

Hermanos y hermanas, preguntémonos, ¿cómo se ha revelado el amor de Jesús para usted en esta semana que acaba de pasar? ¿Cómo se le revela a diario el amor de Jesús? Recordemos que su amor es muy grande y generoso y siempre tiene un espacio para cada uno de nosotros y nosotras. Solo necesitamos tener un corazón dispuesto a dejarnos abrazar por esa divina presencia y que lo busquemos con fe en nuestras oraciones y en todo lo que hagamos con amor y humildad para la gloria de Dios.

 

La Reverenda Alejandra Trillos es Sacerdote Encargada de la Iglesia San Andrés en Yonkers, Diócesis de Nueva York.

Descargue el sermón de Pascua 7 (B).

Sexto Domingo de Pascua – Año B

Pascua 6 Episcopal Sermon Espanol


[RCL] Hechos 10:44-48; Salmo 98; 1 Juan 5:1-6; San Juan 15: 9-17

Las palabras de Jesús que acabamos de escuchar del evangelio según San Juan están dentro de las últimas que dirige a sus discípulos antes de ser arrestado para luego ser llevado a su muerte en la cruz. Después de compartir la cena y lavarles los pies a sus discípulos, Jesús hace referencia a lo que les deja como herencia a sus seguidores: el amor incondicional y el servicio ofrecido con amor y humildad sin mirar a quién.

Compartir la cena y lavar los pies de sus discípulos es lo que llamamos eucaristía y diaconía, dos aspectos centrales de la misión cristiana y la razón principal de toda comunidad de fe en el mundo. Al concluir su ministerio terrenal, Jesús les deja a sus discípulos el legado del sagrado sacramento eucarístico atado al servicio hacia la humanidad. Ese legado nos compromete a dar testimonio sobre la encarnación de Jesús en el pan y el vino y sobre la encarnación de Jesús al servir al prójimo.

El sacramento eucarístico y el mandamiento a servir están unidos porque forman parte de una misma base: la comunidad de fe, el cuerpo de Cristo. Es en el cuerpo de Cristo, la Iglesia, donde se trasciende de lo celebrativo para salir al mundo a seguir el ejemplo de Jesús.

El amor que uno ha de tener en el servicio ha sido definido por Jesús a lo largo de su vida y que conocemos a través de los evangelios.  Nuestro Señor nos presenta a un Dios padre y madre, que nos protege, que nos cuida, que nos levanta cuando estamos caídos y que nos recibe con brazos abiertos cuando nos apartamos y volvemos a él. Jesús invita a muchas personas a ser portavoces suyos, no como capataz o jefe, sino como participante entre líderes que comparten la fe y el amor de Jesús. Es como lo escuchamos en el evangelio: “Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. Los llamo mis amigos, porque les he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho”.

El amor de Jesús es práctico e inclusivo, nos lo ofrece a todos y a todas por igual. A partir de recibir ese amor, con el compromiso de seguirlo, Jesús nos manda a irradiar nuestro amor y compartir de lo que Dios nos ha dado. Jesús dio su vida, pero una condición de seguirlo a Él no implica dar la nuestra, pero sí nos compromete a servir al mundo en todo momento de nuestras vidas. El amor de Cristo es práctico, porque trasciende las palabras, los discursos y los panfletos.  Este Jesús práctico, y nosotros sus discípulos y discípulas, hemos de romper con convencionalismos o estructuras porque el amor de Cristo crea relación de hermandad, compromiso mutuo, una comunidad viva que busca servir y dar testimonio en su comunidad.

El cuerpo de Cristo, la Iglesia, ha de asumir ese compromiso de Cristo y establecerlo como una señal de identidad, una marca que llevamos en nuestras almas, ojos, manos y pies. Es la invitación que nos hace nuestro Obispo Primado, el Reverendísimo Michael Curry, al decir que somo el Movimiento de Jesús. Como lo hizo nuestro salvador Jesucristo, nuestro Primado invita a los feligreses episcopales a que restablezcamos una nueva alianza, la identificación de ser los discípulos y discípulas de amor y servicio en nombre de Cristo y ofrecido a nuestros hermanos y hermanas. Nuestro compromiso bautismal, las marcas de la misión, caminar en el movimiento de Jesús, se hacen tangibles y son la base de nuestra razón de ser como iglesia cada vez que seguimos a Jesús unidos de las manos y de las personas en nuestras comunidades. ¡Comprometámonos entonces a crear espacios de vida, de fraternidad, de celebración, de canto, de juego, de relación, de creatividad! Es nuestra razón de ser como comunidad de fe.

Este discipulado de amor al servir nos puede traer muchos inconvenientes en la comunidad en que estamos y en nuestras vidas. Muchas veces cuando asumimos un compromiso como de fe en la iglesia, se nos presentan críticas y desafíos que nos pueden desalentar. En nuestras propias iglesias cada persona asume el compromiso de fe de maneras diferentes y a diferentes niveles e intereses.  El caminar como iglesia no siempre implica ir juntos a una misma misión, esto es parte de la condición humana. Reflexionemos en la cantidad de posibilidades que tenemos para servir al prójimo a metros de las puertas de nuestras iglesias. ¡Les invito a resistirse a esa cultura del individualismo y de compartir los dones que Dios les ha dado!

Hoy es un tiempo preciso y precioso para que la iglesia se alimente del sacramento vivo que es Jesucristo, y que de esa manera salgamos al mundo para dar testimonio a través de nuestro servicio. Jesús nos dice en el evangelio de hoy: “Yo los amo a ustedes como el Padre me ama a mí; permanezcan, pues, en el amor que les tengo.” Hemos escuchado que el sacramento eucarístico y el mandamiento a servir están unidos porque forman parte de una misma base: la comunidad de fe. En estas palabras del evangelio Cristo afirma, antes que nada, que su amor incondicional es el verdadero alimento para poder salir al mundo en su nombre.

Hermanos y hermanas, vayamos entonces al mundo como Jesús les dice a sus discípulos a que “vayan y den mucho fruto, y que su fruto permanezca”. Confiemos plenamente que siguiendo el mandato de Jesús de amarnos unos a otros, Dios nuestro Padre y Señor nos dará lo que pidamos en nombre de su amado Hijo Jesucristo. Acompañémonos y salgamos con alegría como nos canta el salmista, cantando al Señor “un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”. Cantemos al Señor “con el arpa y la voz de cántico. Con trompetas y al son de clarines” ¡Aleluya, Aleluya!

El Reverendo José Cantos es diácono en la iglesia Christ Church de Toms River de la Diócesis de New Jersey.

Descargue el sermón de Pascua 6 (B).

Quinto Domingo de Pascua – Año B


[RCL] Hechos 8:26-40; Salmo 22: 24-30; 1 Juan 4:7-21; Juan 15:1-8

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! Seguimos celebrando la Pascua de Resurrección. Seguimos celebrando que la muerte no pudo con nuestro Salvador. Seguimos celebrando que Jesús venció la muerte. Seguimos celebrando que, aunque pasamos por una Cuaresma de ayuno y contemplación, ahora es tiempo de celebración y gozo. Como escuchamos del libro de los Hechos de los Apóstoles y la primera carta de Juan, seguimos celebrando la buena noticia de que Dios nos ama tanto que envió a Su hijo a vivir entre nosotros y nosotras, ofreciéndose en sacrificio para redimirnos y salvarnos. Sin embargo, Jesús no sólo murió, sino que resucitó. Y por eso tenemos vida, y vida en abundancia.

En la carta de Juan escuchamos que debemos amarnos unos a otros porque el amor viene de Dios. Leemos algo que tal vez hemos escuchado toda la vida: Dios es amor. Y nos dice el evangelio según San Juan que, si vivimos en amor, vivimos en Dios y Dios en nosotros. Es tan bello saber que la manera de estar con Dios es a través del amor. También nos recuerda que Jesucristo nos ha dado este mandamiento: que el que ama a Dios, ame también a su hermano. Nos explica que no podemos amar a alguien que no vemos – Dios – y odiar a alguien que sí vemos – hermano, amigo, padre, hija, compañera de trabajo, sacerdote; tristemente, esta lista podría ser muy larga.

A veces, para entender el amor de Dios, tenemos que olvidarnos de nuestras propias experiencias. A veces, tenemos que olvidar que nuestros padres y madres no nos han mostrado amor. A veces, tenemos que olvidar que nuestros amigos y hermanos nos han insultado y hasta se han burlado de nosotros. A veces, tenemos que olvidar que nosotros mismos no nos sabemos valorar ni amar. Tal vez la palabra “olvidar” no es la correcta. Tal vez debemos dejar esas memorias y vivencias en las manos de ese Dios amoroso que desea lo mejor para nosotros. No es fácil, pero como hemos leído también: para Dios no hay nada imposible. Hoy podemos pedirle a Dios que, por su amor, nos ayude a recibir ese amor y dejar todo lo negativo que tenemos en nuestro corazón y mente para poder abrirnos al amor que echa afuera el miedo. Dios nos ama.

Lo más importante que leemos en el evangelio – en otras palabras – la buena noticia del evangelio de hoy es la siguiente: “Si ustedes permanecen unidos a mí, y si permanecen fieles a mis enseñanzas, pidan lo que quieran y se les dará.” “Pidan lo que quieran y se les dará.” Esta sí que es una buena noticia. No dice que pidan sólo lo que la gente piensa que es una petición merecedora de Dios, sino dice Jesús que pidamos lo que queremos. Hay un corito antiguo que dice, “Jesús está aquí, pide lo que quieras. Él tiene poder, Él te lo dará. Jesús está aquí, Aleluya, pide lo que quieras.” Lo que quieras. Es algo que algunos no entienden. Tal vez este concepto de pedir lo que queremos nos incomoda. Tal vez nos han dicho que a Dios solo se le puede pedir las cosas grandes y nunca lo que queremos sino lo que necesitamos. Pero el evangelio de hoy nos dice que pidamos lo que queremos. Pidan lo que quieran. Y se les dará.

Ahora, para obtener lo que queremos, hay dos condiciones. Claro, no podía ser tan fácil, ¿verdad? Jesús es bien claro en este pasaje. La primera condición es que tenemos que permanecer unidos a Jesús. Tal vez nos preguntemos, ¿qué quiere decir esto? Bueno, permanecer quiere decir quedarse en un mismo lugar. Y unidos quiere decir estar al lado. Así que, Jesús quiere que nos quedemos a su lado y que estemos siempre cerca de Él. ¿Cómo podemos lograr esto? Cuando amamos a alguien, queremos estar siempre con ellos, hablar, compartir, y escucharlos. Entonces, para permanecer unidos a Jesús podemos orar, sabiendo que la oración es una conversación y una manera de estar conectados a Él. Si piensas que no sabes orar, puedes usar oraciones o versículos de la Biblia, del Libro de Oración Común o simplemente puedes decir: “No sé cómo orar, pero quiero hablarte y escucharte, Jesús.” Mientras más practicamos la oración, será menos difícil.

Otra manera de conocerle más es leer Su Palabra. En la Biblia no sólo leemos las historias de nuestros antepasados, los mandamientos y milagros de Jesús sino también leemos muchas promesas de Dios. Entre esas promesas está: Si Dios no nos negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos también, junto con su Hijo, todas las cosas? (Romanos 8:32) Otra manera de permanecer unidos a Jesús es yendo a la Iglesia. Cuando estamos con otras personas que siguen a Jesús podemos comunicar todo lo que ha hecho por nosotros y también podemos compartir cómo podemos mantener viva nuestra fe y esperanza. Cuando hablamos a otras personas de Jesús, inclusive a personas que no van a la Iglesia, tenemos la oportunidad de compartir nuestras historias de fe y de cómo Dios nos ha ayudado hasta este momento. Podemos mantener a Jesús en nuestro pensamiento y corazón a cada instante si nos comprometemos a estar unidos a Él.

La segunda condición para obtener lo que queremos es permanecer fieles a sus enseñanzas. Oh-oh. Ahora sí que va a ser un poco difícil, ¿no? ¿Nos sabemos todos los mandamientos que hay? En el Antiguo Testamento hay demasiados. ¿Por lo menos conocemos los 10 mandamientos? Si no los hemos memorizado, podemos ir a la Biblia en Éxodo 20:1-17 o al Libro de Oración Común, páginas 239-240. Pero parece que Jesús sabía que se nos iban a olvidar tantos mandamientos y, cuando le preguntaron cuál era el mandamiento más importante, dijo: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Pero hay un segundo: Ama a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 22:37-39) Ningún mandamiento es más importante que éstos. En otra ocasión (Juan 13:34-35), Jesús dijo que nos daba un mandamiento nuevo: “Que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos.” Por nuestro amor mutuo nos conocerán como seguidores de Jesús.

Es importante ver que Jesús dice que amemos a Dios primero, nos amemos a nosotros mismos y amemos a los demás. Recordemos que Jesús siempre hablaba del amor. Más que hablar, las historias de la Biblia nos muestran que Jesús actuaba con amor: dando de comer, sanando y compartiendo con las personas indeseables o rechazadas. La Biblia también nos muestra un Dios muy amoroso: nunca nos desampara, siempre provee, siempre nos cuida.

Ahora, para las personas que están pensando: si pedimos lo que queremos, hay gente que va a pedir cosas malas. La buena noticia es que si seguimos las enseñanzas de Jesús y amamos a Dios, sobre todo, nunca haremos nada que no honre a Dios. Si nos amamos a nosotros mismos, trataremos de no herirnos. Y si amamos a nuestros prójimos, no haremos nada para hacerles daño. Así que al pedir lo que queremos, estaremos haciéndolo en el nombre del amor.

Dios nos ama. No hay nada que cambie eso. No hay nada que podamos hacer para que nos ame menos ni para que nos ame más. Dios nos ama. Vivamos en ese amor victorioso y mostremos que somos seguidores del Jesús Resucitado. ¡Aleluya!

La Dra. Sandra Montes trabaja como consultora de recursos en español para Episcopal Church Foundation. También se desempeña como música, traductora, oradora, asesora y redactora. Vive en Houston, Texas.

Descargue el sermón de Pascua 5 (B).

Cuarto Domingo de Pascua – Año B


[RCL] Hechos 4:5–12; Salmo 23 1; 1 Juan 3:16–24; San Juan 10:11–18

El cuarto domingo de Pascua es también conocido como el domingo del Buen Pastor dado que el Salmo 23 y el evangelio según San Juan utilizan la metáfora del Mesías como pastor del mundo. Es bueno entonces identificar en qué manera Jesús es un Pastor, y qué significa que Jesús sea nuestro Buen Pastor.

El trabajo de un pastor agrícola remonta al séptimo milenio antes de Cristo cuando los pobladores de esa época empezaron a domesticar ovejas. Esas ovejas les proveían lana para vestirse y también leche y carne para alimentarse. El propósito de tener un pastor de ovejas es porque las ovejas en su ambiente natural viven en manadas, fácilmente se apartan del grupo para ir en busca de otros pastos o de otras aguas y se exponen a muchos peligros. También se sabe que son animales vulnerables porque en vez de enfrentar a sus depredadores como los lobos, huyen de ellos y pueden despeñarse por los riscos o enredarse en la maraña. La labor del pastor fuera de mantener el rebaño unido y llevarlas a pastos verdes y aguas cristalinas, como dice el salmo, es también cuidarlas y buscarlas hasta encontrarlas donde sea que se encuentren.

Al Jesús emplear el término Pastor, y agregar el calificativo “Bueno” nos quiere decir que Él no es sólo un Pastor como los que conocemos, pastores que cuidan su rebaño de ovejas porque se benefician de ellas, sino porque Él siempre está a su lado, conoce a cada una de ellas, las ovejas lo conocen y lo necesitan. Él cuida de sus ovejas porque las ovejas le importan y lo conocen; las ovejas saben quién es el Pastor, reconocen su voz y cuando las llama, ellas salen a su encuentro. Las ovejas tienen una relación profunda con su Pastor.  El Pastor también conduce a las ovejas a lugares donde puedan alimentarse bien, beber agua, y reposar en lugares tranquilos y seguros. Los buenos pastores darían su vida por proteger a sus rebaños de cualquier situación que los expongan al peligro.

Hoy estamos llamados y llamadas a reconocer que somos ovejas de Jesús. Es tan bueno Jesús nuestro Buen Pastor, que entregó su vida por cada uno de nosotros sus ovejas. Él va no solo delante de nosotros guiándonos y conduciéndonos hacia la eternidad donde encontraremos por siempre pastos verdes y agua abundantes, sino también y a través del Santo Espíritu, no deja que ninguna de sus ovejas se exponga o se pierda. Jesús nuestro Buen Pastor nos mantiene esperanzados a seguir adelante hasta que lleguemos al lugar que se nos ha prometido: el Reino de Dios.

Celebramos hoy que Dios nos ama tanto, que envió a su único Hijo para ofrecernos la gracia de la vida eterna, promesa que Jesús nos hace a cada persona que vive Su gran mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. En otras palabras, nosotros somos las ovejas del rebaño de Dios, y por nosotros, el amor de Dios encarnado nos redime de nuestros pecados para vivir en la gloria eterna junto a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Hermanos y hermanas, hoy debemos elevar una oración a Dios pidiéndole que nos ayude a reconocer claramente la voz de Jesús como nuestro Buen Pastor y que le sigamos sin temor al lugar que Él nos tiene preparado. Pidámosle que nos ayude a ser los mejores seres humanos que podamos ser con el ejemplo y la guía de Jesucristo nuestro Señor. Reconozcamos que somos depositarios de la salvación que Cristo mismo nos ha preparado.

Algunas veces nuestra condición humana nos hace resistentes al designio de Dios que es darnos la vida eterna. Pongamos en Él nuestra fe y santo compromiso, atendamos a su llamado y ya que por el bautismo entramos a ser parte del Pueblo de Dios, ovejas del rebaño de Dios, actuemos como hijos e hijas de la luz, hombres y mujeres resucitados por Jesús en el Santo Bautismo.

En este cuarto domingo de Pascua oremos por todo clero, pastor, imam, rabino, y líder religioso a través del mundo. Estas son personas a quienes reconocemos como llamados y llamadas por Dios para que colaboren en la labor de ayudar a que el pueblo de Dios goce de su gracia, amor y compasión. Celebremos entonces la presencia y labor pastoral de estas personas que ofrecen sus vidas y vocaciones como pastores y pastoras de los rebaños en el mundo.  Que ellos en virtud de sus votos, son llamados y llamadas a ser fieles ministros de la Caridad, la Palabra y de los Sacramentos en medio del pueblo de Dios, y que nos ayuden a escuchar la voz del Pastor para encaminarnos a la paz y a la abundancia que nos promete Jesús.

Unámonos todos en oración pidiendo al Señor que nos permita seguirle como comunidad de fe, como Iglesia. Que seamos todos nosotros ovejas de un mismo rebaño, guiados y guiadas por un único Pastor, Cristo Jesús quien murió, resucitó, ascendió a la casa del Padre y con brazos amorosos nos atrae hacia Él.

 

El Rvdo. Nelson Serrano Poveda es Diácono en Transición de la Diócesis Episcopal de Colombia, miembro del Equipo Coordinador del Centro de Estudios Teológicos de la misma Diócesis, y candidato al título de psicólogo de la Universidad Nacional de Colombia.  Actualmente apoya el desarrollo de algunos proyectos de los Ministerios Latinos.

Descargue el sermón de Pascua 4 (B).