Cuarto domingo de Adviento – Año B

2 Samuel 7:1-11,16, Cántico 3, Romanos 16:25-27, San Lucas 1:26-38

¡No tengas miedo! Estas son bellas palabras de aliento. Durante este tiempo de Adviento hemos estado esperando al Mesías. Hemos escuchado muchas lecturas sobre su venida. El primer domingo leímos en Marcos: “Manténganse ustedes despiertos, porque no saben cuándo va a llegar el señor de la casa.” Nos dice el evangelista que estemos preparados para la venida de nuestro Salvador. Escuchamos también en las lecturas recientes que hemos de “tener las lámparas listas con aceite”, esperando ansiosos la llegada de nuestro Amado.

Algunas maneras en las que tal vez nos hemos preparado para mañana o para esta media noche, cuando celebramos la venida de Jesús, es cocinando, mandando tarjetas, preparando regalos, poniendo un árbol navideño, luces y otros adornos y pidiéndole a Dios por la paz del mundo.

Durante los tiempos difíciles de la vida, Dios nos dice que no nos durmamos, que estemos bien despiertos para ver a Su Hijo cuando se presente a nuestros corazones y a nuestros hogares. ¡Qué Dios nos ayude a mantenernos atentos para reconocer a Jesús e invitarle a que more en nosotros cada minuto de cada día!

El segundo domingo de Adviento leímos en Marcos esta cita del Profeta Isaías: “Preparen el camino del Señor.” Juan el Bautista dice: “Después de mí viene uno más poderoso que yo… él los bautizará con el Espíritu Santo.” Ambos nos instan a prepararnos, sabiendo que el que viene es alguien poderoso que merece toda nuestra adoración, respeto, y gratitud.

Al preparar un camino en nuestras vidas para Jesús, nos abrimos a posibilidades milagrosas. En su carta a la comunidad de Gálatas Pablo dijo: “Lo que el Espíritu produce es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio”. Jesús nos bautizará con estos frutos del Espíritu Santo. Imagínense tener más amor, más alegría y más paz. Estas son las promesas que Dios nos hace a través de la venida de aquel que tanto esperamos: Jesús.

El tercer domingo de Adviento Juan Evangelista dijo: “Abran un camino derecho para el Señor.” En otras palabras, dejemos los caminos chuecos, los caminos que no nos conducen a Dios como el pecado, la confusión, y cualquier cosa que nos obstruyan el paso hacia Dios. Este camino derecho, recto no quiere decir que vayamos a ser perfectos, pero que sí vamos a hacer todo lo posible para estar en el camino y caminar de la mano de Dios. Que vamos a seguir su guía y alistarnos para seguirle a Jesús.

Ahora estamos en el cuarto y último domingo de Adviento. ¡Mañana es Navidad, lo que hemos estado esperando durante estas cuatro semanas! Hoy leemos en el evangelio de Lucas que el ángel de Dios fue a María para decirle que iba a tener un hijo, Jesús, quien sería un gran hombre, al que llamarían Hijo del Dios altísimo. Pero antes de decirle todo esto, le dijo, “No tengas miedo.” En la Biblia leemos más de cien veces, que no debemos tener miedo. Parece que Dios quiere que estemos muy seguros y seguras de que Él está con nosotros y no hay nada que temer.

Es de imaginarse que María tuvo miedo. Primeramente, llega un ángel. Hay películas donde se ven ángeles llegando a algún lugar y hay cuadros que muestran lo mismo, pero imaginémonos si al llegar a la casa hoy, cuando pensamos que estamos a solas, llega un ángel. ¿Qué haríamos?

Dice la escritura que María estaba sorprendida por sus palabras, pero podemos imaginarnos que si una persona entra en donde estamos sin aviso, y sin conocerla, nos puede causar temor y hasta terror. Las noticias que tenía el ángel tampoco eran noticias cotidianas. El ángel Gabriel le fue a decir a la Virgen María que iba a quedar encinta y tener un hijo. Ella, como era virgen, le dijo que no vivía con ningún hombre. Pero el ángel le dijo que el Espíritu Santo iría sobre ella, y el poder del Dios altísimo se posaría sobre ella. Así que, de nuevo, podemos imaginarnos que las noticias no eran fáciles de aceptar, entender, ni creer. Pero María decidió creer, no tener miedo y aceptar lo que Dios iba a hacer a través de ella. Ella dijo, “que Dios haga conmigo como me has dicho.”

¿Cómo sería el mundo si todos fuéramos más como María? ¿Qué tal si cada vez que Dios nos habla a través de su Palabra, a través de un sermón, a través de una amistad, a través de nuestras circunstancias y oraciones le hiciéramos caso y simplemente dijéramos, “haz conmigo lo que quieras, Dios”? ¿Cómo sería nuestra vida si en vez de dudar o tener miedo decidiéramos creer y tener fe? Tal vez es fácil dudar que Dios pueda hablarnos, pero si apartamos tiempo para estar en silencio, meditar y de estudiar la Palabra, podemos escuchar su voz claramente. Si tratamos de ver la vida con los ojos de Cristo, veremos a Cristo en la vida y así escucharemos lo que Él nos quiere decir.

Otra palabra que el ángel Gabriel le ofrece a María es que para Dios no hay nada imposible. Nada. Imposible. Nada. Esto es para que nos pongamos de pie y alabemos a Dios con cánticos, danza, y mucho agradecimiento. El ángel estaba hablando de su parienta Isabel (en otras versiones dice prima Elizabet), madre de Juan el Bautista. Dice la escritura que era anciana y, “la que no podía tener hijos.”

Es tan difícil creer que hay cosas que no son imposibles. En estos tiempos vemos que hay tanta maldad, racismo, leyes que parecen hacer más daño que bien, y líderes que desean su propio bien, no el de sus seguidores. Así que nos pasamos la vida cabizbajos. Pasamos la vida preocupándonos por el qué dirán. Pasamos la vida preocupándonos de todo lo que nos puede ir mal. Pasamos la vida sin saber lo que Dios nos promete, sin entender y a veces sin querer escuchar lo que la Palabra de Dios nos dice. ¿Por qué? Porque es mucho más fácil pensar que las cosas son imposibles en vez de tener fe y de vivir sin miedo.

A veces, es más fácil no creerle a Dios que lo puede todo. Recuerde que lo imposible se hizo posible hace más de dos mil años. En contra de todas las leyes del mundo y de la física, una joven Virgen quedó embarazada con el Salvador del mundo. En contra de los reyes y gobernantes de la época, nació un bebito que creció, murió y resucitó porque para Dios no hay nada imposible.

Ese mismo Dios que designó que una virgen quedara embarazada con nuestro Mesías y quien hizo que una mujer anciana que decían que no podía tener hijos tuviera a Juan el Bautista, ha estado con cada uno de nosotros durante este Adviento y durante nuestras vidas. Ese mismo Dios ha permanecido a nuestro lado, manteniéndonos despiertos, preparándonos, ayudándonos a que abramos un camino recto, y diciéndonos, “No tengas miedo, nada es imposible para mí.” No tengamos miedo, hermanos y hermanas, nada es imposible para Dios.

Tercer domingo de Adviento -Año B

Isaías 61: 1-4, 8-11, Salmo 126, 1 Tesalonicenses 5: 16-24, Juan 1:6-8; 19-28

¿Se han preguntado ustedes de dónde proviene la tradición de decorar las casas con luces de colores en anticipación a la Navidad? La respuesta es esta: antes de que hubiera electricidad en los hogares, los árboles navideños se decoraban con velas de cera. No fue hasta el año 1882 que el tecnólogo e inventor Eduardo H. Johnson logró diseñar la primera extensión de luces colgantes para su árbol navideño. Con sus propias manos Johnson creó ochenta luces de colores rosadas, blancas y azules del tamaño de una nuez. Los colores que él escogió representan diferentes cualidades, por ejemplo, la blanca representa la pureza de Jesús, la rosada representa la alegría.

Las luces navideñas también sirvieron para inspirar a los cristianos a que recordaran el símbolo de la luz de Cristo que es amor, esperanza y compasión humana.  En aquella época, esas luces también sirvieron para recordarles a los cristianos que compartieran su luz con el mundo.

Desde el 1930 los bombillos navideños son parte esencial de esta estación. Así que, en todo el mundo cristiano, es imposible pensar en la Navidad sin ellos. Hoy en día estas luces han salido de los pesebres y de los árboles de navidad para de mil formas adornar puertas, ventanas y balcones. Millas de luces colgantes de las más atractivas gamas de colores cubren techos y frentes de millones de hogares y patios. ¡Cuántos vecinos no compiten hoy día por iluminar sus hogares, sus cuadras y comunidades enteras!

Si nos preguntaran ¿por qué lo hacemos? responderíamos que nos fascina vestirnos y vestir con luz lo que somos y tenemos para que así irradie la luz de Jesús a través de nosotros y de nosotras, la presencia del Mesías que viene y llegará a residir y quedarse en nuestros hogares, en nuestros corazones y en cada corazón de nuestras comunidades.

Nos fascina compartir esta época de sagrada espera con la belleza de la iluminación navideña, porque año tras año, nuestra fe y nuestra esperanza nos mueven a preparar el alma para la llegada del amor de Dios encarnado en su Hijo, “la luz verdadera que alumbra a toda la humanidad”.

En el evangelio de Juan que acabamos de escuchar, se nos revela la identidad de Juan Bautista, el hombre montaraz que en medio del desierto preparó el camino para la llegada de su primo Jesús. Dios escogió a Juan, un hombre que no es lo que se espera de un profeta enviado, pero que inspiró a las almas de las multitudes de su época a arrepentirse y a ser recibidos en la familia de Cristo. Pareciera que Juan fuese el elegido, pero no lo era, aunque tenía algunas cualidades para serlo. Él mismo expresó claramente su identidad al decir: “No soy yo”. Lo único que Juan pudo reclamar era que preparaba el camino para Jesús. “Juan no era la luz, sino uno enviado a dar testimonio de la luz”. Sólo Dios pudo maravillar a la humanidad con el regalo de gracia que irrumpió en la humanidad de una forma exuberante, extraordinaria y creíble con la llegada de su Hijo, el Mesías.

¿Será que nosotros podemos reclamar nuestra misión de una forma tan clara como la de Juan el Bautista ante la presencia de Jesús? ¿Podemos responder acerca de nuestra identidad cristiana con esa convicción, humildad y certeza que tuvo Juan el Bautista? ¿Qué nos detiene para llevar y compartir el mensaje y la misión de Dios hoy día, como lo hizo Juan? ¿Podemos encontrar la luz radiante de Jesús en el mundo sin dejarnos distraer por los destellos del mundo?

Muchas voces claman a Jesús, cómo lo hizo Juan el Bautista, al ver la oscuridad de la violencia y las tensiones del mundo. Juan repitió la profecía de Isaías cuando gritó en el desierto: “Abran un camino derecho para el Señor.” Las palabras de arrepentimiento continúan instándonos a mirar muy adentro de nuestro ser para ver esa “luz verdadera que alumbra a la humanidad”, la luz verdadera que está en cada uno y una de nosotros.

En este texto se nos revela desde el principio, la importancia de estar preparados con nuestros sentidos, nuestras mentes y nuestros corazones al resplandor fulgurante de Jesús.

En Jesús, encontramos como lo ordinario se vuelve extraordinario. Que todas esas luchas, desilusiones del mundo, el clamor desesperanzador, tristezas, pérdidas y odios son opacados por el resplandor de Jesús. Ese esplendor nos llena de esperanza y nos hace sentir que la oscuridad no puede opacar la luz que Dios sembró en nosotros y nosotras. Somos el cielo lleno de estrellas que titilan en la oscuridad en preparación del nacimiento de Jesús.

Vivamos este tercer domingo de Adviento, con la intención de reconocer y de abrazar la luz que ilumina al mundo, Jesús. No la rechacemos. Dejemos que Jesús naciente, encienda nuevamente nuestra luz interna a través de la oración y de las prácticas espirituales del Adviento.

El ser cristianos y cristianas, y reconocer a Cristo en nuestras vidas en este tiempo de preparación, significa que reconocemos el privilegio que es Jesús transformando a la humanidad. ¡Que se levante poderosa la voz esperanzada, esa que clama en desiertos y montes, en calles y salones, en hospitales, prisiones, hogares, balcones y comunidades, y en las grandes ciudades! Tal como Pablo expresó al pueblo Tesalonicense, inspirémonos también a tener fe en que Dios nuestro creador, el Dios de paz, nos haga perfectamente santos y santas. Pidámosle que también se conserve todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sin defecto alguno, para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Que esa esperanza nos permita florecer en el nuevo año que llega, y el poder entender que “todo lo podemos hacer en Cristo que nos fortalece.”

Hermanos y hermanas, permitamos que se abran nuestros corazones a la luz de la Natividad de Jesús para que sea fuente de amor, de luz divina y de inspiración.

Segundo domingo de Adviento – Año B

Isaías 40:1-11, Salmo 85:1-2, 8-13, 2 Peter 3:8-15ª, San Marcos 1:1-18

Cuenta la historia que había un pueblito en México en el estado de Zacatecas que era famoso por sus Posadas. Todas las familias del pueblo participaban. Las familias designadas para recibir a la gente competían para ver quién podía darles a los peregrinos el mejor banquete. Y el 26 de diciembre, todo el pueblo se reunía en la Plaza Mayor donde el alcalde anunciaba la familia que había organizado la mejor fiesta. La señora de la casa era nombrada, ‘Reina de las Posadas’.

Doña Tomasa era famosa por hacer los tamales más sabrosos de todo Zacatecas. Un año en particular, todos en el pueblo se alegraron cuando se enteraron de que se había designado su casa para recibir a la gente el 24 de diciembre, el último día de las Posadas. Esa Nochebuena, el pueblo se acercó cantando y tocando guitarras, pero cuando llegaron notaron que no había ninguna luz encendida. Solo encontraron a un niño que era el nieto de Tomasa. “Mi abuelita les pide disculpas,” dijo el niño. “Tuvo que salir a trabajar”.

Todo el pueblo quedó muy desilusionado, pero la decepción se convirtió en sorpresa el día 26, cuando se reunieron en la Plaza Mayor y el alcalde declaró a Doña Tomasa, ‘Reina de las Posadas’. Algunos pensaron que era una broma; otros se enojaron. Entonces el alcalde dio la siguiente explicación:

“El día 24 de diciembre, Leonora la esposa de Miguel, empezó con trabajo de parto. Miguel y Leonora viven en un rancho a 12 kilómetros del pueblo, y como ustedes saben la única manera de llegar es a pie, por el sendero de la montaña. Doña Tomasa que es partera jubilada y tiene 68 años, caminó esos 12 kilómetros para ayudar a que naciera ese bebé. Miguel y Leonora estaban tan agradecidos que le pidieron a Doña Tomasa que eligiera el nombre de su bebé. Tomasa sugirió que le pusieran por nombre Jesús.” El alcalde agregó: “Ya ven porque Doña Tomasa es la ‘Reina de las Posadas´.

Hoy es el segundo domingo de Adviento, y todas las lecturas del leccionario nos invitan a prepararnos. Podemos prepararnos como lo pregona Juan el Bautista, el mensajero al que se refiere el profeta Isaías “para que te prepare el camino.” Este personaje peculiar que se alimentaba de “langostas y miel del monte” y cuya ropa “estaba hecha de pelo de camello, y se la sujetaba al cuerpo con un cinturón de cuero” nos invita a prepararnos para recibir a Jesús. Al desierto desde donde el Bautista gritaba “prepárenle el camino del Señor, ábranle un camino recto” venían personas de todas partes para escuchar sus enseñanzas que consistían primordialmente en que todas las personas allí presentes se volvieran a Dios.

Algunas traducciones de la Biblia no usan el verbo volver, sino arrepiéntase. La expresión “volverse a Dios” tal vez exprese mejor el significado del arrepentimiento. Arrepentirse no significa que a partir de hoy viviremos una vida perfecta y que nunca volveremos a pecar. Arrepentirse significa que reflexionamos y nos reorientamos para darle un cambio a nuestros pensamientos y acciones.

Junto a momentos de reflexión y de arrepentimiento durante estas semanas de Adviento, también nos preparamos dedicándonos a una gran variedad de preparativos para la celebración de la Navidad. Una mezcla de emociones se percibe en el ambiente. Por un lado, nos sentimos ansiosos ante los planes para las cenas y las fiestas navideñas y de nuevo año, cómo decorar, cuándo y qué comprar para regalar a nuestros seres queridos y amistades. Al mismo tiempo, nos invade un regocijo casi inexplicable, una alegría en nuestras almas alimentada por nuestra propia fe y esperanza de que Jesús vuelve a manifestarse en el mundo. Estas son emociones muy parecidas a las que una madre siente en las últimas semanas antes de dar a luz. Por una parte, la preocupa que su bebé esté bien y siente incertidumbre ante el misterio que involucra cada fibra de su cuerpo. A la misma vez, su gozo es profundo y su esperanza es sagrada.

El Adviento es un entretiempo. En otras palabras, estas semanas las vivimos con la esperanza y la ansiedad de lo que viene, y también vivimos con el misterio de lo sagrado. Jesús llegó en un momento desconocido para su madre. De la misma manera como todo el universo celebró la llegada del rey del mundo, nosotros también celebramos la expectativa del nacimiento de Jesús.

Las celebraciones festivas son importantes, no obstante, no podemos olvidar que el significado de la Navidad es la llegada del niño Emanuel, Dios con nosotros. Las Posadas nos pueden ayudar a recordar el tiempo de espera de María y José, ya que la tradición invita a las familias a esmerarse por honrar a la Santa Familia en lo que María y José se preparan para recibir al hijo del Altísimo.

En esta época de Adviento tratemos de estresarnos menos, procuremos reunirnos en comunidad para celebrar los servicios religiosos y volver a escuchar las historias bíblicas del Adviento y de la Natividad de Jesús. Busquemos momentos para reflexionar sobre nuestro propio entretiempo, nuestra espera y nuestra esperanza de recibir al niño que entrará en nuestras almas.

Si ponemos a Jesús en el centro de nuestros preparativos, nuestra Navidad será más simple y estará llena del significado sagrado que es la manifestación de Dios en el mundo. La comunidad en Zacatecas siempre recordará el gesto de Doña Tomasa, y de la misma manera nuestros niños y niñas recordarán lo mágico y divino de esta época navideña.

Tanto como en este tiempo de Adviento nos reunirnos para comer, cantar y celebrar, preparémonos para recibir a Jesús, para recibir a Enmanuel, Dios con nosotros que viene a nosotros, Jesús luz resplandeciente, lleno de gracia que nos llega buscando posada en nuestras vidas y en nuestros corazones.

 

Primer domingo de Adviento – Año B

Isaías 64:1-9, Salmo 80:1-7, 16-18, 1 Corintios 1:3-9, San Marcos 13:24-37

¡Feliz Año Nuevo! ¡Así es! El primer domingo de Adviento marca el inicio de un nuevo año litúrgico. El término adviento es una versión de la palabra en latín que significa “venida”. Es una estación de espera, anticipación y esperanza que nos prepara para la celebración de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

Muchos cristianos y comunidades de fe se llenan de regocijo durante la estación de Adviento. Se llevan a cabo prácticas muy particulares a esta estación como, por ejemplo, llevar un calendario de Adviento, la Corona de Adviento y las Posadas – todas estas acciones litúrgicas nos recuerdan la espera del niño Dios y nuestra preparación para la celebración navideña.

En Adviento recordamos la primera venida de Dios al mundo en la persona de Jesucristo y meditamos en su segunda venida, la cual es profetizada en las EscriturasEn cierta forma, la estación de Adviento nos enfoca en el pasado y en el futuro a la misma vez. Nos llama a recordar y a celebrar la Encarnación, el acto más grande del amor de Dios hacia la humanidad, y a la misma vez nos prepara para el día en el cual Dios regresará por su Iglesia.

Las lecturas que escuchamos en los últimos domingos de Pentecostés tenían un tono escatológico, es decir que se enfocaban en el final de los tiempos. Para las próximas cuatro semanas el tema prevalente es el de estar despiertos, el de estar atentos, así como también lo es el tema de la luz. Es común referirse a que una madre da a luz cuando está de parto, así que en esta época de Adviento nuestras oraciones y tradiciones también nos invitan a esperar con María y José la llegada de la luz del mundo, la encarnación de Dios en Jesús.

La colecta de hoy intercede por la gracia de Dios para que podamos despojarnos de las tinieblas y revestirnos con las armas de la luz, haciendo referencia a la vida mortal la cual Jesús asumió para venir y vivir entre nosotros.

Entonces, ¿qué significa estar despiertos y despojados de las tinieblas en estos tiempos?  Mientras reconocemos que nuestra estancia en este mundo es temporal y que nuestro destino final está en la presencia de Dios, es importante que no perdamos de vista la importancia de hacer que cada día en este mundo terrenal sea una oportunidad más para expandir el Reino de Dios, buscar su justica y fomentar actos de luz donde sea que nos encontremos.

El mundo necesita que cada persona creyente permanezca despierta y vigilante en una manera única y relevante, trabajando por la justicia, buscando y respetando la dignidad de cada ser humano y haciendo una diferencia en el mundo a través de nuestras palabras y de nuestras acciones.

En los últimos meses, se ha estado usando una palabra en inglés refiriéndose a un estado de alerta – woke. Este verbo significa estar despierta o despierto. Se refiere también a un estado de consciencia social ante los retos que han enfrentado y siguen enfrentando las minorías étnicas en este país. Se está escuchando mucho la siguiente frase: “Yo estaba dormida/o, pero ahora estoy despierta/o” – es decir, yo estaba inconsciente de lo que está sucediendo, pero ahora estoy consciente y al tanto de las circunstancias que me rodean.

Jesús llega al mundo para abrirle los ojos del alma a la humanidad y la estación del Adviento nos enfoca como cristianos en el pasado y en el futuro a la misma vez. Esto quiere decir, que la luz del mundo antes de la llegada de Jesús existía, pero con su llegada, ese Niño despliega una luz jamás antes vista que abre no solamente los ojos del alma, sino el alma de toda la humanidad. Nuestras vidas toman un rumbo diferente cuando nuestro camino es iluminado por la gracia y el amor de Jesús. Nos alejamos de las tinieblas del pecado y nos acercamos a la luz que da Cristo, siendo guiados y guiadas por el Espíritu Santo en la medida que ponemos nuestra fe en práctica y proclamamos el Evangelio con palabras y acciones. Estamos despiertas y despiertos para establecer el Reino de Dios en la tierra.

El estar despierta y despierto en esta estación de Adviento no solo se refiere a las obras de acción y justicia social que hacemos como parte de nuestro llamado a establecer el reino de Dios en la tierra. También se refiere a un estado del alma, en el cual nuestro ser reconoce a Jesús como salvador y luz del mundo.

Hermanas y hermanos, esta estación de Adviento, de esperanza y de espera, es una nueva oportunidad para reflexionar y asumir nuestra responsabilidad individual y comunitaria en el establecimiento del Reino de Dios terrenal. Es también una oportunidad para alimentar nuestras almas con prácticas espirituales que nos invitan a mirar hacia atrás y a la misma vez tener esperanza en el futuro para de esa manera también acercarnos a ese niño Jesús, el amor de Dios encarnado que vamos a recibir en nuestros corazones en unas semanas.

Que esta estación de Adviento llene nuestras almas de esperanza y de gozo. Que sobre nosotros y nosotras Dios nuestro Padre y Jesucristo nuestro Señor derramen su gracia y su paz. ¡Que Dios nuestro alfarero haga resplandecer su rostro sobre nosotros, que nos renueve y nos bendiga a todos y a todas!

La Muy Rev. Miguelina Howell es originalmente de la República Dominicana y es Deana de Christ Church Cathedral, Hartford.  Miguelina sirve como capellana de la Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal, miembro de la facultad para programas del Departamento de Educación y Bienestar del Fondo de Pensiones y miembro del Consejo Asesor del Misionero Latino de la Iglesia Episcopal.

Primer domingo de Adviento – año A

Isaías 2:1-5, Salmo 122, Romanos 13:11-14, Mateo 24:36-44

Este domingo comienza un nuevo año litúrgico con un llamado a estar vigilantes porque el Señor está cerca. Es el tiempo del Adviento, tiempo en el cual evocamos la época anterior a la llegada del Señor la cual celebramos en la Navidad. Durante los próximos cuatro domingos vamos a meditar sobre el hecho de que Dios por su inmenso amor hacia nosotros, decidió hacerse persona, hacerse carne, para venir a este mundo a estar con nosotros.

Hoy día, muchos de nosotros comenzamos el nuevo año litúrgico afrontando incertidumbre y ansiedad. Así fue en los tiempos en que este evangelio fue escrito. No sabemos qué nos depara el futuro. Lo que sí sabemos es que vienen cambios. Nos hace cuestionar lo que por un tiempo considerábamos como dado por hecho, nuestra forma de vida, lo que se creía seguro.

Este domingo se destacan dos temas que, en su conjunto, constituyen la dinámica dominante de la lectura del evangelio. El primer tema es que, sea lo que sea, el empuje central es la esperanza. Ésta se puede perder muy fácilmente dadas las advertencias un tanto terribles sobre la llegada futura del Hijo de Hombre. Sin embargo, Jesús está hablando a sus discípulos, y en el corazón de esta breve sección apocalíptica está su promesa de que cuando llegue “reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro”. Todo lo demás que se dice debe ser escuchado a la luz de esta promesa.

El segundo tema que nos ocupa es el carácter inesperado de los acontecimientos de los que habla Jesús. De hecho, dice, nadie sabe – ni los ángeles ni siquiera él mismo – nadie sabe cuándo ocurrirá esto excepto el Padre.

Porque aquí está la clave: no sólo el fin del mundo y de la historia son lo inesperado. También lo es gran parte de los acontecimientos de la vida. A menudo nos sorprenden desprevenidos – a veces con alegría, pero a veces nos trae gran ansiedad y sufrimiento. Por ejemplo, la devastación en Nueva Zelanda del fin de semana pasado y otros desastres naturales representan la naturaleza precaria e impredecible de nuestra vida en este mundo en gran escala. También la muerte de niños en accidentes, hospitales bombardeados, trabajos perdidos, desalojos de comunidades, un ataque al corazón, un cambio de dirección política de un país, la muerte de un ser querido o tantos otros retrocesos personales, conmovedores e imprevistos, nos pueden sorprender y amenazar cualquier apariencia de orden que habíamos creado para nosotros mismos.

Pensemos en las personas que conocemos que han atravesado verdaderos desiertos, peligros y penuria. Recordemos a las personas que han atravesado desiertos económicos, que han sobrevivido enfermedad y otras catástrofes que han parecido que llegaba el fin de su vida—el fin del mundo.

De hecho, regularmente tratamos de protegernos contra tales desastres personales. Lo hacemos tratando de cuidar nuestra salud con dietas y ejercicio, protegiéndonos de posibles decepciones de la vida y en cuanto a nuestras relaciones, o del dolor o incertidumbre de otras personas para que no lleguen a ser las nuestras. Tal vez no asumimos riesgos al pensar en como realizar nuestros sueños e ilusiones simplemente por miedo al fracaso o la humillación. Sabemos que la vida es precaria e impredecible. Pero también sabemos que la vida es preciosa y que no estamos solos.

Este domingo, somos invitados a hacer un balance de nuestras vidas, preguntándonos, ¿qué es lo que más tememos acerca de un futuro incierto? y luego recordándonos la promesa de que si nuestros miedos inmediatos se materializan o no, todos hemos sido creados por un amor infinito, encarnado en Jesús el Hijo de Dios, Jesús el Hijo del Hombre, cuyo nacimiento venidero anticipamos, y que ha prometido venir siempre y siempre estar cerca de nosotros. Nunca estaremos solos.

Esta promesa no nos aísla de un futuro incierto, si no que promete que no enfrentaremos ese futuro solos. Venga el infierno o temblores – y esto parece una frase tan apropiada como cualquiera para capturar gran parte de este capítulo – Jesús está a nuestro lado, dándonos fortaleza ante las adversidades de la vida y permaneciendo con nosotros incluso a través de la muerte, trayéndonos nueva vida.

Si creemos que esto es cierto, ¿a qué nos atreveríamos? ¿ A qué podríamos aventurarnos o arriesgar, sabiendo que todas las pérdidas, decepciones, fracasos y humillaciones por más difíciles que sean, son también ocasiones para experimentar más profundamente la presencia sanadora de quien vino, viene y volverá, siempre para caminar con nosotros, estar entre nosotros y en el mundo.

Cada semana encendemos las velas de adviento a medida que los días se hacen más cortos y la oscuridad crece. A la luz de esas velas recordarnos que no enfrentamos la oscuridad solos, sino que la luz del mundo ha llegado, brillando en la oscuridad para iluminar nuestras vidas.

La lectura de este primer domingo de Adviento es un desafío. Nos ofrece una oportunidad de darle nombre a las ansiedades de esta vida, dejar esas ansiedades de un lado y entonces aferrarnos a la luz de la promesa de Jesús que nos rescata de las tinieblas. Recordemos hoy y siempre que vivimos en comunidad. Reflejamos su luz. No estamos solos en medio de la ansiedad y la incertidumbre. Jesús nos llama. Él nos reunió, nos reúne y nos reunirá desde los confines de la tierra.

Este es un tiempo en donde tenemos que vivir desde nuestra esperanza en que todo lo podremos en el Señor. Acompañemos a nuestro pueblo y reconozcamos que vamos tomados de la mano del Señor. Nunca hemos estado solos, no estamos solos, y nunca estaremos solos.

Iluminados por su luz y llenos de fe y esperanza ¡revistámonos de Cristo. Pongámonos la armadura de su fortaleza!

Oremos: Señor Dios, has llamado a tus siervos a aventuras de las cuales no podemos ver el final, por senderos sin ataduras, por peligros desconocidos. Danos fe para salir con buen ánimo, sabiendo que en momentos no sabemos adónde vamos, sino que tu santa mano nos está guiando y tu amor nos apoya. Amén.

Escrito por el Rvdo. Victor Conrado

Estudio Bíblico – Cuarto Domingo de Adviento (Año C) – 20 diciembre 2015

Escrito Por Jessie Gutsell

[RCL] Miqueas 5: 2-5a; Cántico 3 o 15; Hebreos 10: 5-10; Lucas 1: 39-45, (46-55)

Miqueas 5: 2-5a

Miqueas fue uno de los famosos profetas del siglo octavo antes de Cristo en el Antiguo Testamento (junto con Isaías, Amós y Oseas). Miqueas estaba preocupado sobre todo en predicar la justicia y pedir a la gente que obrara el bien, mientras proclamaba un mensaje de esperanza. Los lectores pueden asociar a Miqueas con su más famoso verso: “Lo que el Señor desea de ti: es que defiendas la justicia, y ames la misericordia, y te humilles ante tu Dios” (6: 8). En el pasaje de hoy Miqueas predice la venida de un gobernante pacífico de Belén. Esto se puede entender de la crítica que Miqueas hace de las autoridades políticas de la época. Aquí se predice un nuevo gobernante va a venir de un pequeño pueblo, de un “pequeño clan”, de la familia con “origen antiguo” (v. 2). En otras palabras, las cosas van a cambiar con este nuevo gobernante. Una nueva era vendrá con seguridad (v. 4) y paz (v. 5). Este mensaje de anticipación lleno de esperanza es perfectamente adecuado para el tiempo litúrgico de Adviento cuando los cristianos esperan el nacimiento de Jesucristo, el gobernante pacífico de la pequeña ciudad de Belén.

  • Miqueas habla de la venida de una nueva era, pero las personas que escucharon su mensaje aún vivían en tiempos de incertidumbre y de liderazgo difícil. Al escuchar hoy a Miqueas ¿podemos colocarnos en la época de los oyentes originales?
  • ¿Podemos relacionarnos con una sensación de inseguridad y opresión mientras rezamos por un futuro de paz?
  • ¿Cómo podemos predicar mensajes de esperanza y paz en tiempos de incertidumbre?
  • ¿Cómo podemos proclamar el reinado de Jesucristo en nuestros días?

Cántico 3 o 15 – El Magnificat

El cántico de alabanza de María, conocido como el “Magnificat” entra en la escena justo después de que ella se entere por el ángel Gabriel que va a dar a luz a Jesús. María canta esta canción en compañía de Isabel, la madre de Juan el Bautista (que aún estaba en el vientre). El cántico de María es muy similar al de Ana después que ella se entera de la concepción de su hijo Samuel en 1 Samuel 2: 1-10 (para más información véase abajo el comentario al pasaje Lucas). El cántico de María, cantado en respuesta a Isabel, es una canción sobre el derrocamiento de expectativas. María, la “humilde sierva” (o “esclava”, según algunas traducciones) es el que lleva a nuestro salvador en su vientre. Los orgullosos son dispersados, los gobernantes derribados de los tronos, los humildes ensalzados, y así sucesivamente. El nacimiento de Jesús, que viene a través del cuerpo de una joven virgen, marca el comienzo de una nueva era de expectativas y realidades. Recitamos el Magnificat en los servicios de oración de la mañana y de la tarde en el Libro de Oración Común n Común, y, aparte de eso, es un texto familiar, pero debemos tener cuidado de no olvidar la radicalidad del mensaje de María al mundo.

  • María comienza su cántico, “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. ¿Cómo puede tu propia alma proclamar la grandeza?
  • ¿Cómo puedes permitir que tu espíritu se alegre en Dios tu salvador?
  • ¿Cuál es tu reacción al cambio de expectativas que caracterizan el Magnificat?
  • ¿Te ofrece esperanza el mensaje de María? ¿Te llena de temor?
  • ¿Cómo has experimentado que Jesús altera las expectativas en tu propia vida?
  • Considera la elaboración de tu propio cántico de alabanza a Dios. ¿Qué dirías?

Hebreos 10: 5-10


Uno de los mensajes fundamentales de la cara a los hebreos es que Jesucristo mismo fue un “sacrificio completo y perfecto” para nosotros, así que no hay razón para que nosotros ofrezcamos siempre sacrificios rituales para recibir el amor de Dios. El pasaje que tenemos para hoy indica explícitamente esta teología. En los versos escuchamos a Jesús proclamando la importancia de la encarnación, cuando dice que Dios le dio un cuerpo para que fuera utilizado como sacrificio. La declaración de Jesús acerca de lo que Dios deseaba de él (no “holocaustos” o “sacrificios por el pecado” [v. 6]) se hace eco de declaraciones similares que se pueden encontrar en todo el Antiguo Testamento. El salmista, Isaías, Samuel, Jeremías y muchos otros hablan de la importancia de los sacrificios de la fe en lugar de sólo el ritual. Al escuchar las palabras de Jesús llegamos a comprender la magnitud de su sacrificio por nosotros, y por ello empezamos a ver lo que el sacrificio realmente implica. Jesús repite dos veces la frase: “Mira, yo he venido a cumplir tu voluntad”. Por esta repetición vemos que el sacrificio implica sumisión total a Dios y la voluntad de Dios.

  • ¿Cómo podemos discernir lo que una completa sumisión a Dios podría significar para nosotros hoy?
  • El nacimiento de Cristo se acerca rápidamente. ¿Cómo, al meditar en el don del cuerpo de Cristo, como un sacrificio a Dios, cambia nuestra visión de esta temporada de Navidad?
  • ¿El ofrecimiento de Cristo de su cuerpo cambia tu manera de pensar acerca de tu propio cuerpo?

Lucas 1: 39-45 (46-55)

¡Qué increíble regalo tenemos en el relato de Lucas de la preparación para el nacimiento de Jesús! Si no fuera por Lucas no tendríamos la perspectiva de María en el nacimiento de Jesús. Nunca hubiéramos recibido el Magnificat que decimos en nuestros oficios diarios. En esta visión de la narración del nacimiento se nos da una idea de la profunda interconexión de las mujeres de Dios. María se apresura a casa de su pariente Isabel, tan pronto como se entera por el ángel Gabriel que ella tendrá un hijo. Escuchamos el detalle maravilloso de que Juan el Bautista saltó en el vientre de Isabel a la llegada de María. Y entonces María ofrece su cántico de alabanza en una forma que recuerda a la canción de Ana acerca de su propio hijo Samuel (1 Sam. 2: 1-10). Jesús nace en una comunidad de mujeres que están unidas por Dios a través de las generaciones.

  • ¿A quién acudes después de recibir una revelación de la fe? ¿O te retiras para procesar solo/a la nueva información?
  • Considera la posibilidad de hacer una lectura atenta de 1 Samuel 2: 1-10 y del pasaje de hoy para ver las similitudes entre Ana y el cántico de María. ¿Qué impacto tiene esta similitud en tu comprensión del cántico de alabanza de María?
  • ¿Cómo puede esta similitud ayudarnos a entender nuestra herencia judeo-cristiana?

Escrito por Jessie Gutsell


Jessie Gutgsell está en su tercer año en el Seminario de Berkeley en Yale y es diaconisa transitoria (hasta el 12/19/15) de la Diócesis de Indianápolis. En su tiempo libre, Jessie disfruta tocando el arpa, haciendo ciclismo y estando con su marido Joe.


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Estudio Bíblico – Tercer Domingo De Adviento (Año C) – 13 diciembre 2015

Escrito por Donald Griffin

[RCL] Sofonías 3: 14-20; Cántico 9; Filipenses 4: 4-7; Lucas 3: 7-18

Sofonías 3: 14-20


En estos versos finales de su libro, el profeta Sofonías nos da una visión exultante de la restauración del pueblo de Dios. El Señor ha “suprimido los juicios contra [ellos]”, es decir, que los ha perdonado y liberado. Y eso es sólo el comienzo. En un verso particularmente llamativo, el profeta sugestivamente describe cómo, al igual que Israel debería alegrarse en el Señor, el Señor se regocijará en ellos. Y, sin embargo, esta restauración todavía permanece para el profeta como una promesa que se cumplirá en el futuro. En una serie de declaraciones en primera persona, el Señor promete que “salvará” a su pueblo, cambiará su situación, y los hará grande entre las naciones, y todo ante sus propios ojos. Llegando al final de un libro de aflicciones y denuncias, este pasaje de cierre realmente parece como una luz al final de un túnel.

  • ¿Cómo estas promesas y alegrías se relacionan con nosotros, la Iglesia, ahora que los gentiles han sido injertados en el Pueblo de Dios?
  • ¿Dónde, como Iglesia, nos vemos a nosotros mismos en la historia de Israel?

Cántico 9 – Ecce Deus Isaías 12: 2-6

Una de las características inusuales del Leccionario Común Revisado es su uso ocasional de un cántico en lugar de un salmo entre las dos primeras lecturas. Este cántico del profeta Isaías se basa en los temas de la primera lectura. Al igual que el pasaje anterior de Sofonías, aparece en la conclusión de una serie de juicios y aflicciones, pintando ahora un cuadro de alegría y restauración. Isaías canta las aguas curativas para un pueblo sediento, dándonos otra imagen, igual de sugerente, del día prometido de que oímos hablar en Sofonías. Isaías también hace hincapié en la presencia permanente de Dios entre el pueblo de Dios, que mora entre ellos, “el Santo de Israel” “en medio de [ellos]”.

  • ¿En qué otro lugar de las Escrituras se habla de aguas curativas o que dan vida?
  • ¿Qué es lo importante para nosotros en las palabras “salvar”, “Salvador” y “salvación” en este cántico?

Filipenses 4: 4-7

Este pasaje de la conclusión de la carta de san Pablo a la Iglesia en Filipos es, a riesgo de ser cliché, corta pero dulce. Exhorta a los que le escuchan a que se regocijen, que su bondad sea conocida por todos, que no se aflijan por nada, que estén en oración con Dios, suplicando, pero, sobre todo, dando gracias. Pablo desea que los filipenses permitan que la paz de Dios, que es mejor que la intelección humana, cuide de ellos, ya que se mantendrá en vigilancia sobre sus corazones y pensamientos en Cristo Jesús. ¿Por qué pide Pablo a los filipenses que hagan todo esto? La respuesta es simple: porque “el Señor está cerca”.

  • ¿Cómo se ve el “alegrarse en el Señor” en medio de los pleitos de la congregación (o incluso de las denominaciones)?
  • ¿Cómo vive el pueblo de Dios la paz y la alegría en este tiempo imperfecto antes de que el Señor regrese?

Lucas 3: 7-18

Se me recuerda que san Juan Bautista no es un hombre “agradable”. No tiene problema en llamar a los que se sienten atraídos hacia él “raza de víboras” cuando cuestiona su nivel de sinceridad. Tampoco su mensaje es suave. El hacha escatológica, dice, está lista para cortar no sólo los árboles estériles, sino también a aquellos que no den suficiente buen fruto, por lo cual serán arrojados al fuego. Del mismo modo, mientras que el trigo será recogido con seguridad en los graneros, la paja será quemada con “fuego que nunca se apagará”. Y, de acuerdo a Juan, no hay nada especial acerca de ser hijo de Abraham, hijo de la promesa. Sin embargo, al final de este pasaje, san Lucas llama a todo esto “buena noticia”. Y realmente lo es. Después de todo, el que quemará la paja en fuego también bautizará al penitente con el Espíritu Santo y con fuego. Este Uno no es otro que el Mesías, a quien la gente que viene a Juan está esperando con tanta ansiedad que piensan que el propio Bautista podría ser el esperado. Sí, el Mesías traerá un fuego de destrucción, pero también es un fuego de purificación y renovación. Por otra parte, hay tiempo, ahora mismo, de arrepentirse y de dar frutos buenos. No, Juan no es un hombre “agradable”. Pero es bueno, y también lo es el Que Juan proclama.

  • Juan está preparando el camino para el Mesías, ¿por qué incluye en eso la exhortación a que la gente se arrepienta?


Escrito por Donald J. Griffin


Creció episcopal en el área de Dallas. Donald Griffin tenía catorce años cuando por primera vez discernió la llamada al sacerdocio. Desde entonces, Donald ha tratado de responder a esa llamada y seguir el camino que cree que Dios ha preparado para él. Se graduó de la Universidad de Oklahoma con una licenciatura en Ciencias de la Religión, en Filosofía e Historia. Fue allí donde se enamoró de la mujer con la que se casará en unos pocos meses. Después de haber entrado en el proceso de discernimiento en su último año de universidad, a Donald le fue concedido el postulantado poco después de la graduación y entró en la Nashotah House para su formación en el seminario. Ha trabajado como consejero en un campamento diocesano, ha sido capellán en la Universidad de Baylor Medical Center en Dallas (al completar CPE), y hecho una pasantía en la Trinity Episcopal Church en Wauwatosa, Wisconsin. Donald tiene mucho interés en teología, en la práctica del ministerio pastoral, y cómo los dos se cruzan, sobre todo, en la liturgia. Está esperando a ver a donde el Señor le conducirá.



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Nochebuena – (Años A, B y C) – 2015

Escrito por Por el Rvdo. Gonzalo Rendón

24 de diciembre de 2015

Isaías 9:2-7; Salmo 96; Tito 2:11-14; Lucas 2:1-14, (15-20).

Con la celebración del nacimiento del Niño Dios, esta noche, concluye el tiempo de Adviento; ese tiempo durante el cual la liturgia nos fue ayudando a través de las diferentes lecturas de la Palabra de Dios a prepararnos adecuadamente para celebrar el nacimiento del Mesías y Salvador Jesucristo.
Para nosotros, como cristianos, la celebración del nacimiento del Niño Dios es algo más que un simple aniversario, un nuevo cumpleaños de Jesús. Nos hemos preparado durante cuatro semanas para celebrar la venida de Jesús. Dejando a un lado todo el aparato consumista que se ha montado en torno a la Navidad, nosotros nos dejamos invadir de esa alegría inmensa que nos produce el hecho de saber que hoy, el Dios Todopoderoso y eterno, ha venido hasta nosotros en forma de un débil niño.
Hemos escuchado hoy una lectura muy sugestiva del Antiguo Testamento y hemos aclamado el salmo 96 donde el salmista nos invita al gozo y la alabanza al constatar las obras grandes del Señor. Eso es lo que hacemos en esta Nochebuena, alabar y bendecir al Señor por sus obras; pero por encima de todo alabarlo y darle gracias porque a pesar de su infinita grandeza ha decidido venir hasta nosotros, hacerse uno de nosotros y compartir nuestras alegrías y tristezas, nuestros sueños y esperanzas. Ese es el gran sentido de la celebración de esta noche.
Como acabamos de escuchar en el pasaje del libro de Isaías que nos trae la liturgia de hoy, el profeta invita a la alegría por dos motivos especialmente: porque “el pueblo que caminaba a oscuras vio un luz intensa”, y el segundo motivo es porque “un niño nos ha nacido”. Por una parte, Isaías invita a vivir esa alegría y regocijo en actitud de agradecimiento a Dios porque la opresión que pesaba sobre su pueblo se ha retirado. El trasfondo histórico de este pasaje es la devastación y muerte que produjo en la región el imperio Asirio quien derramó mucha sangre y produjo gran dolor a los israelitas del Norte del país. En medio de todo, el profeta invita a mantener viva la fe y a confiar siempre en el poder inigualable de Dios, único que puede doblegar a los más poderosos del mundo.
El otro motivo de alegría se refiere al nacimiento de un niño; al parecer, se trata de un descendiente real que acaba de nacer. Era normal que cuando se producía el nacimiento del descendiente, hubiera alegría y se renovaran las esperanzas del pueblo. Desde la época del rey David, el pueblo siempre alimentó la esperanza de un rey a la medida de sus expectativas y necesidades; sin embargo, ningún descendiente del legendario David dio la talla; por eso, siempre se mantuvo la esperanza en que algún día, Dios enviaría un Mesías que sí fuera capaz de realizar el papel auténticamente liberador.
Ya en la época del Nuevo Testamento, las comunidades cristianas primitivas muy pronto encontraron el cumplimiento de estas profecías en Jesús de Nazaret. Ese niño que anunciaba Isaías fue para los primeros cristianos Jesús, el hijo de José y María que hoy contemplamos en el pesebre.
Llenos de gozo contemplamos pues al niño de Belén. En este niño se cumplen hoy todas las profecías, ahí está en el silencio y la humildad del pesebre la realización de todas las promesas divinas; no importa cuanta oscuridad, cuanta soledad, cuantas tristezas y angustias ha experimentado la humanidad y cada uno de nosotros; ese llanto y esa desnudez de este Niño nos están diciendo que no estamos solos; que la vida no es dolor ni llanto, que la vida, nuestra vida, tiene un sentido porque Dios en su amor infinito ha venido a hacerse uno con nosotros, a llenar de sentido nuestra existencia.
El evangelista Lucas es quien nos cuenta con más detalle el nacimiento del Niño Dios. Como hemos escuchado, Lucas menciona una circunstancia muy particular que rodeó este nacimiento: María y José que habitaban el pequeño y escondido caserío de Nazaret en Galilea, tuvieron que desplazarse hasta Belén, muy cerca de Jerusalén, para registrarse en un censo que había decretado el emperador romano. La ley era que cada judío tenía que ir hasta su lugar de origen a censarse; y como José no era de Galilea, sino de Belén de Judá, por eso tuvo que hacer este viaje.
Estando entonces en esta penosa diligencia, se le cumplió el tiempo a María y tuvo que dar a luz allí en Belén, lejos de su casa, entre gente desconocida. Y nos dice Lucas que como no hubo sitio para María y José en la posada, tuvo que alumbrar en una pesebrera. Fue lo más íntimo que pudieron encontrar María y su esposo, el lugar donde habitualmente pasaban la noche los animales de trabajo.
No se trata simplemente de un relato pintoresco. El evangelista quiere subrayar aquí tres cosas muy importantes: la primera tiene que ver con el origen histórico de Jesús, el Mesías: aun tratándose del esperado de los tiempos, no cae del cielo, ni viene entre ángeles y nubes; su nacimiento tuvo lugar en un momento preciso: en los días del censo impuesto por la autoridad romana; la segunda tiene que ver con la localidad o la ciudad donde nace el Mesías: en Belén, ciudad de David; de este modo, Lucas conecta el nacimiento de Jesús con las expectativas mesiánicas según las cuales, el mesías tenía que ser un descendiente de David y, aparte de eso, tenía que nacer allí en la ciudad de David.
Sin embargo, para nosotros, el tercer elemento que subraya Lucas es el más importante de todos ya que se trata del sentido teológico que el evangelista quiere darle a su relato. Prestemos mucha atención. Se trata del lugar exacto del nacimiento; nos dice san Lucas que éste se realizó en un pesebre o una pesebrera, como quieran mirarlo. Como quien dice, al Mesías, al enviado de Dios, su propio Hijo, no le ha tocado nacer, como a la gran mayoría de criaturas, en la intimidad de un hogar -por aquel tiempo cuando no había clínicas ni hospitales, los niños nacían en la casa y la madre era asistida por una partera.
Para María y José “no hubo lugar en la posada de Belén”, nos dice san Lucas. Había mucha gente aquel día en la ciudad a causa del censo. Este detalle lo utiliza el evangelista para hacer entender a los cristianos y cristianas de su comunidad -y a nosotros hoy- que no podemos quedarnos contemplando sólo la dimensión gloriosa de Jesús, el Cristo. Es importante tener en cuenta que Lucas es un cristiano probablemente de la segunda generación de cristianos, cuando ya el cristianismo tiene raíces muy fuertes, pero está olvidando muchos aspectos que tienen que ver con la sencillez, la humildad y el despojo de toda vanagloria que rodearon el origen humano de su Señor.
Delante del pesebre hoy pensemos con toda sinceridad si hay o no, lugar en nuestro corazón para el Hijo de Dios; qué situaciones, qué intereses, qué obstáculos ponemos para no abrir la posada de nuestra vida a Jesús. No le cerremos la puerta, no dejemos pasar la oportunidad de dejarlo entrar en cada uno de nosotros para que él nos transforme, para que él nos reconstruya, para que él vuelva a hacer de cada uno de nosotros seres nuevos, más humanos, más dignos de ser hijos e hijas de Dios.
Que las luces, la música y el consumismo de la Navidad no sean más un motivo para cerrar la puerta a la humilde pareja de María y José que quieren hoy pasar la noche de la vida con nosotros.

El Rvdo. Rendón es colombiano, nativo del departamento de Antioquia. Filósofo, teólogo y biblista. Actualmente presta servicios de docencia en la primera Universidad 100% virtual del país.

Sermón – Cuarto Domingo de Adviento – Año C (2015)

Escrito por El Rvdo. Jesús Reyes

20 de diciembre de 2015

Miqueas 5:2-5ª; Cántico 3 o 15 o Salmo 80:1-7; Hebreos 10:5-10; Lucas 1:39-45, (46-55).

En este cuarto domingo de Adviento, todas las iglesias que siguen la tradición de encender una de las velas en la corona de Adviento, están encendiendo la última vela morada. Esta representa la paz y es también llamada “Vela de los ángeles”. El día de hoy sería muy bueno reflexionar sobre el la paz en el contexto de la justicia. Creo que este el mensaje centra del evangelio cuando María proclama el magníficat.

Durante estos últimos domingos, hemos venido diciendo que el Adviento, es cuando entendemos mejor lo que significa esperar la venida de Cristo. Esperamos el arribo de la Navidad, la llegada del Cristo niño. Nuestra atención, tiempo, dinero y energía se centran en la preparación de nuestras festividades familiares y de la iglesia. Este es nuestro punto de enfoque primordial. Sin embargo, no debemos olvidarnos que en la esperanza cristiana también existe la espera de la segunda venida de Cristo. No sabemos el día, no sabemos la hora, pero todos los cristianos tenemos esperanza en ella, puesto que es una promesa hecha por el mismo Jesús a sus discípulos.

El primer tipo, la espera de la Navidad, llega todos los años, siempre llega a tiempo y como se esperaba. No hay duda de que vamos a celebrar la Navidad. El momento de la segunda venida de Cristo, sin embargo, es un misterio. No sabemos cuál será el momento ni el lugar. Sabemos que debemos estar atentos y preparados para la recepción de este día portentoso. La Segunda Carta de Pedro, capítulo tres, versículo 10 dice, “Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. Entonces los cielos se desharán con un ruido espantoso, los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, quedará sometida al juicio de Dios” (2 Pedro 3:10).

Tal escena dramática puede motivarnos, asustarnos y enfocar nuestras vidas para estar listos. El escritor de la Segunda Carta de Pedro se refiere a la paciencia del Señor como un hecho de salvación. A pesar de que nuestra espera, de casi dos mil años desde la primera venida de Cristo, parece seguir sin un término fijo, Pedro nos recuerda que cada día es una nueva oportunidad para preparar nuestros corazones, mentes y almas para el gran acontecimiento de la venida de Cristo. De alguna manera bien podemos decir que estamos viviendo un tiempo de Adviento constante, de preparación perene para la segunda venida del Señor. En efecto, hermanos y hermanas, nuestro tiempo de Adviento no es tan sólo un tiempo de preparación para la llegada predecible de la Navidad, sino también una preparación para la segunda venida misteriosa e impredecible de Cristo y la sanación completa de toda la creación. ¡Qué gran día será!

¿Y qué vamos a hacer mientras esperamos? En las últimas semanas nuestras reflexiones se han enfocado a usar el tiempo de Adviento como un tiempo para la revisión de nuestras vidas. La invitación concreta ha sido a usar cuatro importantes valores humanos fundamentales –esperanza, amor, alegría y paz- como punto de referencia para nuestra revisión de vida. Hoy queremos resaltar el hecho de la paz en el contexto de la justicia. No puede existir la paz verdadera si no se practica la justicia. Por esta razón, como María lo hace en el magníficat, el evento de la justicia depende de la manera cómo pudiésemos estar al servicio de los pobres. Esto es lo que dice María:

“Su misericordia con sus fieles se extiende
de generación en generación.
Despliega la fuerza de su brazo,
dispersa a los soberbios en sus planes,
derriba del trono a los poderosos
y eleva a los humildes,
colma de bienes a los hambrientos
y despide vacíos a los ricos”.

Esto mismo es expresado el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, cuando Jesús describe la dramática escena de su segunda venida y que el juicio final es acerca de cómo es que los pobres habían sido servidos. Se nos recuerda que si hemos servido al más pobre entre nosotros, entonces hemos servido a Cristo mismo. Es importante estar donde los pobres están. Y no sólo para que los pobres sean atendidos, sino para nuestra propia transformación. El acercanos a los pobres es una manera mediante la cual descubrimos nuestra propia pobreza. Cuando descubrimos nuestra pobreza, descubrimos nuestra profunda necesidad de Dios, y estamos más abiertos a reconocer la presencia de Dios. Por así decirlo, es en estos momentos de servicio cundo experimentamos una venida de Cristo.

Se cuenta que una persona de nuestra Iglesia Episcopal fue a Haití en un viaje de misión médica. Llevó consigo a un par de mujeres que nunca habían estado en un país pobre. Todas ellas estaban profundamente conmovidas con lo experimentado en ese país; pero una de las mujeres, en particular, regresó a Estados Unidos con ganas de volver a Haití inmediatamente. Ella dijo: “No tienen nada y, sin embargo, están tan llenos de alegría. Cuando estoy con ellos, ¡yo también me lleno de alegría!”

Esta persona fue a aquellos que viven en la pobreza y descubrió su propia pobreza. Creo que, además de ayudar a los necesitados, esta es la razón por la que Jesús nos pide que sirvamos a los pobres; para que aquellos de nosotros que tenemos la capacidad de servirles de alguna manera, descubramos nuestra propia pobreza y con ello nuestra necesidad profunda de Dios.

Para aquellos de nosotros que podemos tener nuestras necesidades físicas satisfechas, especialmente, es tan fácil pensar que no necesitamos de Dios; que no estamos espiritualmente empobrecidos de alguna manera. Ahora bien, aquellos cuyas vidas son espiritualmente ricas, pero viven en estado de necesidad física, ellos están llamados a pasar tiempo con los espiritualmente empobrecidos. Así unos alimentan a los otros. El ministerio como la construcción de la justicia son eventos de alimento mutuo. Uno alimento al otro de aquello que carece.

Cuando descubrimos nuestra pobreza, nos encontramos en un cierto tipo de desierto. Un lugar estéril, que es peligroso y donde los recursos son escasos. Es ahí donde descubrimos nuestra fragilidad. Y es ahí también cuando descubrimos nuestra dependencia. En las Escrituras, el desierto es un lugar sagrado y poderoso. Los rigores, la aridez, eliminan toda ilusión de nuestra fragilidad. Cuando estamos en el desierto, sabemos que, literalmente, podemos ser consumidos en vida, y que estamos a merced de todo. Estamos dispuestos a recibir cualquier tipo de ayuda en nuestra impotencia.

El domingo pasado escuchábamos acerca de Juan el Bautista. El vagaba por el desierto, comiendo lo que encontraba en ese lugar desolado. Si usted ha estado en un desierto, usted sabrá que el desierto es un lugar salvaje. En este lugar Juan proclama que Dios está cerca. La noticia de la salvación viene desde este peligroso y empobrecido lugar fuera de la seguridad de la ciudad. Y algunas personas sabias dejan sus espacios seguros para salir al desierto y exponerse a este mensaje trasformado sobre la venida de Cristo. ¡Qué hermoso testimonio de fe nos ofrecen! Especialmente cuando nuestra tentación inicial pudiese ser correr hacia un espacio seguro en nuestro pequeño mundo de certeza. Estos fieles han estado expuestos al empobrecimiento, al riesgo, al desierto, a la fragilidad de la vida. ¿Podríamos unirnos a ellos, y abrirnos a nuestra propia pobreza y necesidad de Dios?

Este Adviento, preparémonos para la llegada de la Navidad mediante el acercamiento a los lugares empobrecidos que vemos en el mundo. Conforme estemos presentes en ellos, y para ellos, entonces conoceremos nuestra propia pobreza. Nuestra capacidad para recibir la venida de Cristo se fortalecerá y podremos decir en voz alta: “Ven Señor Jesús ¡Ven!” ¡Qué gran regalo será este!
El Rvdo. Jesús Reyes es el Canónigo para el Desarrollo de Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real.

Sermón – Tercer Domingo de Adviento – Año C (2015)

Escrito por El Rvdo. Jesús Reyes

13 de diciembre de 2015

Sofonías 3:14-20; Cántico 9; Filipenses 4: 4-7; Lucas 3: 7-18.

En este tercer domingo de Adviento hemos encendido la tercera vela. Es de un color diferente a las otras tres que se encuentran en el círculo exterior de la corona. Esto es para indicar que el Adviento está a mitad de camino y la Navidad ya está cerca. Esta vela es conocida como la “Vela de los pastores” e indica alegría.

¿Alguna vez se han preguntado qué es lo que significa la palabra alegría? Esta palabra proviene del latín “alicer” o “alecris” que significa “vivo y animado”. Esta es una de las emociones básicas en el ser humano. Es muy real que todos nosotros nos sentimos más vivos cuando estamos alegres. De hecho, está médicamente demostrado que la alegría ayuda al mejoramiento de la salud. Es ahí cuando nos sentimos interiormente frescos, vivaces, emprendedores y optimistas. En pocas palabras, la alegría es un generador de bienestar general y es contagiosa.

En este contexto podemos resaltar el júbilo que trasmite el profeta Sofonías en la primera lectura que escuchamos hoy cuando dice: “¡Grita, ciudad de Sión; lanza vítores, Israel; festéjalo exultante, Jerusalén capital! Que el Señor ha expulsado a los tiranos, ha echado a tus enemigos; el Señor dentro de ti es el rey de Israel y ya no temerás nada malo”. Estas palabras están siendo dirigidas a un pueblo que ha sido largamente oprimido y sometido a un estado de esclavitud. Ahora, el profeta anuncia a este pueblo la liberación que proviene del Dios con estas palabras de ánimo: “Tu Dios, es dentro de ti un soldado victorioso que goza y se alegra contigo, renovando su amor, se llena de júbilo por ti…”.

En otras palabras, la alegría, como toda otra emoción, nace en el corazón y brota de él. Nadie puede forzar a otros a estar felices puesto que la alegría es un evento espontáneo de nuestro interior. Me encantan estas palabras del profeta que dicen, “… tu Dios, es dentro de ti un soldado victorioso que goza y se alegra contigo…”. Lindo, ¿no es así?

Y entonces podemos reconectarnos con la palabras de san Pablo dirigidas a los filipenses. Vamos a saborearlas, porque este texto es muy rico, dice: “Tengan siempre la alegría del Señor; lo repito, estén alegres. Que la bondad de ustedes sea reconocida por todos. El Señor está cerca. No se aflijan por nada, más bien preséntenselo todo a Dios en oración, pídanle y también denle gracias. Y la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús”.

Desde la alegría del corazón se desencadena toda una serie de reacciones positivas en la vida como son, según san Pablo, la bondad, el agradecimiento –pero presten especial atención a esto- “Y la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús”. Estas palabras las pronuncia Pablo desde su cautiverio. Cuando él está siendo transportado de Jerusalén a Roma para ser juzgado y penalizado con la muerte por profesar la fe en Cristo Jesús.

¡Qué contraste entre las alegrías del profeta Sofonías y las de Pablo! La primera es una invitación a ella basada en el acto de la liberación, la segunda es sugerida desde el cautiverio. Ilumino esto con una pequeña historia: se dice que una señora ya mayor, sin familia y con limitaciones de salud, fue ingresada a un asilo de ancianos. Durante su momento de registro, la gerente de admisiones del asilo comenzó a describir las facilidades del asilo, las actividades, las normas del centro para ancianos, y todo eso. Conforme la gerente describía todo lo que el asilo tenía a ofrecer, la anciana respondía a todo con palabras positivas exclamando ¡Oh esto es maravilloso! ¡Pero qué lindo es esto! Pero lo que más le llamó la atención a la gerente es que la anciana en un momento dijo: “¡Oh, mi cuarto es tan bello!” Entonces la gerente le preguntó a la mujer: “Señora, ¿cómo es que usted dice que su cuarto es bello si todavía no se lo hemos enseñado?” La anciana respondió: “Hija, no todo lo que importa en la vida es sobre aquello que está ahí afuera; lo más importante es lo que llevamos por dentro, en el corazón. Yo he decidido que ese cuarto es bello, no importan las condiciones en que se encuentre, pues en mi corazón he decidido amarlo desde ahora mismo”. Así mismo, Jesús le dijo a sus discípulos en una ocasión, en el capítulo 12 del Evangelio de Lucas: “Porque donde está el tesoro de ustedes, allí también estará su corazón” (Lucas 12,34).

Hoy hemos encendido la tercera vela en la corona de Adviento, es la vela de la alegría, también llamada “Vela de los pastores”. Y cuando aunamos la imagen de la alegría y la de los pastores, me viene a la mente la narrativa del Evangelio de san Lucas en el capítulo anterior al que hoy escuchamos. Es el capítulo 2 de este mismo evangelio y se trata del momento en que los pastores reciben la visita de un ángel para anunciarles el nacimiento del Niño Dios. El texto dice: “Había unos pastores en la zona que cuidaban por turnos los rebaños a la intemperie. Un ángel del Señor se les presentó. La gloria del Señor los cercó de resplandor y ellos sintieron un gran temor. El ángel les dijo: No teman. Miren, les doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy les ha nacido en la ciudad de David el Salvador, el Mesías y Señor” (Lucas 2:8-11).

Aquí encontramos una primera reacción de temor por parte de los pastores, seguido de un anuncio alegre. La buena noticia de “el Salvador, el Mesías y Redentor”. La narrativa continúa diciendo: “Cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se decían: Crucemos hacia Belén, a ver lo que ha sucedido y nos ha comunicado el Señor. Fueron rápidamente y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño. Y todos los que lo oyeron se asombraban de lo que contaban los pastores. Pero María conservaba y meditaba todo en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto; tal como se lo habían anunciado”.

Dentro de la pobreza en este retrato, un establo, un nacimiento y el niño acostado en el pesebre, existe un acto de grandeza que merece ser glorificada. Desde la humildad surge un acto portentoso. Desde el lugar más frágil surge la razón para una alegría profunda.

Nuestra invitación, a lo largo de esta reflexión, es que nos enfoquemos a hacer una revisión de nuestra vida, desde la perspectiva de la alegría. Este es uno de los regalos que nos ofrece este tiempo de Adviento. Quizás las palabras del evangelio de hoy son fuertes y ausentes de toda alegría. Expresiones como ¡raza de víboras!… Amenaza de la condena que llega … Quemar la paja con un fuego que no se apaga… Creo que todas estas imágenes sugeridas por Juan el Bautista son duras y no contienen nada de alegría. Pero esto puede ser entendido desde la perspectiva de la función de un profeta. Los profetas eran personas que denunciaban los pecados del pueblo con palabras duras, pero también anunciaban la alternativa del perdón y la reconciliación. Un llamado de atención, y la invitación a buscar un camino nuevo en la vida. Anuncio y denuncia, este es una de las funciones de los profetas. En el evangelio de hoy, Juan el Bautista usa la aproximación de la denuncia como instrumento de invitación a las personas para que transformen su vida. La alegría se encuentra en el acto de reconciliación. Juan no dice, “bautícense para seguir sufriendo en su conciencia”. La invitación que hace es, “arrepiéntanse de sus pecados, bautícense, y vivan la vida nueva y alegre en el perdón de Dios”. Preparemos nuestro corazón para vivir una Navidad llena de alegría.

El Rvdo. Jesús Reyes es el Canónigo para el Desarrollo de Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real, California.