Adviento 4 (C) – 23 de diciembre de 2018


[RCL] Miqueas 5:2-5ª; Cántico 3; Hebreos 10:35 – 11:1; Lucas 1:39-45, (46-55)

Arriba en la montaña hay tres mujeres que proclaman. Del viaje solidario a la buena noticia de salvación

El evangelista Lucas nos propone una historia llena de movimientos y dinamismo en este cuarto domingo de Adviento. Así que les invito a pensar que este es un domingo de acción en el contexto de este tiempo litúrgico y no un domingo de espera pasiva.

Nos cuenta Lucas que poco tiempo después de que el ángel Gabriel se presentó a María para declararle el plan de Dios para con ella, María emprende un viaje hacia la montaña para visitar a su pariente Isabel. En una lectura cuidadosa del relato de Lucas sobre el embarazo de Isabel podemos encontrar razones suficientes para pensar que las primas no se habían visto durante los últimos cinco meses previos a la visita de María. Lo que ocurre en el encuentro de María e Isabel desencadena un gran discurso de buena noticia para el mundo. También crea las bases para el argumento sobre la intención de Dios de invertir el orden de las cosas, empezando por el reconocimiento de la importancia de la voz y la presencia profética de la mujer y su rol de liderazgo en la propuesta de salvación que por medio y a través de ella, Dios pone al alcance del ser humano con el testimonio de Juan el Bautista y el ministerio de Jesús de Nazaret.

La visita de María a Isabel es particularmente especial y María lo reconoce. Tal vez por esa razón la prisa de María. El evangelista escribe para que sus lectores observen el detalle de esa urgencia de María para ver a Isabel: “salió de prisa.” Es natural que el que lleva o va en busca de noticia importante tenga algo de urgencia. En María se cumplen estas dos condiciones: lleva noticia y va en busca de noticia. Esta es una dinámica interesante. El misterio que rodea el embarazo de Isabel se convierte en una razón suficientemente poderosa para despertar y alimentar la curiosidad de María. María, por su parte, tiene una excitante historia que contar: el encuentro con el ángel Gabriel y el acontecimiento de su propio embarazo. Estas no son dos historias separadas, sino que están tejidas por la misma y única acción de Dios. También muchas de nuestras historias están unidas, aunque nos parezca que tienen muy poco en común.

El relato de Lucas nos hace pensar que algo extraordinario ocurre en el momento que María llega a la casa de Isabel. Lo que cualquiera podría predecir como una serie de besos y abrazos acostumbrados entre dos primas que se quieren y tienen tiempo sin verse, se convierte en una profunda manifestación del Espíritu en y a través de las palabras de María e Isabel. Las palabras que salen de los labios de ellas traen al presente el relato de Lucas, las voces y aspiraciones de los profetas del pueblo de Israel y resumen en un solo acto la esperanza del pueblo de Dios, especialmente la esperanza de los pobres y la fe de los que esperan la venida del Salvador.

Cuando Isabel dice “¿cómo he merecido yo que venga a mí, la madre de mi Señor?” Ella está profetizando bajo la guía del Espíritu Santo. Isabel habla de lo que todavía no ha escuchado y tampoco ha visto. Cuando en su respuesta a Isabel, María pronuncia las palabras que hoy conocemos como el Magníficat, también María habla bajo el poder e inspiración del Espíritu y no solo eso, en el Magníficat, María comienza parafraseando la oración de la profetiza Ana, madre del profeta Samuel: “mi alma se alegra en Yahvé, en Dios me siento llena de fuerza, ahora puedo responder a mis enemigos, pues me siento feliz con su auxilio”. Lucas trae no una, no dos, sino tres voces de mujeres al centro de esta historia de la encarnación que presenta al inicio de su evangelio: Ana, Isabel y María. Esas tres voces no solo hablan por la mujer judía de aquel tiempo, sino por las mujeres de todos los tiempos, razas y culturas que creen en la presencia y acción liberadora de Dios en nuestra historia.

Esta perspectiva de Lucas es particularmente vital en la práctica de la iglesia y las comunidades de fe hoy día, ya que nuestra posibilidad de ser efectivas en la proclamación del evangelio va de la mano con nuestra habilidad de incluir todas las voces en lo que hacemos. Y particularmente debemos prestar atención a esas voces que normalmente no consideramos valiosas o importantes, pues también en ellas podemos encontrar mensajes de salvación.

En el evangelio que hemos proclamado en este día, Lucas capta un momento especial. La visita de María a la casa de Isabel que está en lo alto, el salto de la criatura que lleva Isabel en el vientre al escuchar la voz de María y sentir la presencia de Dios que se encarna, las palabras de mujer sorprendida que pronuncia Isabel reconociendo en ellas tanto al Salvador como a la mujer que lo lleva en su vientre y el canto liberador que brota de los labios de María. Nada es fortuito. Todo responde a un plan muy bien articulado por Dios en el que cada actor juega un importante papel magistralmente.

También nosotros y nosotras tenemos parte en ese plan, somos invitados e invitadas por Dios a ejecutar nuestra parte. ¿Estamos listos y listas para unir nuestras voces a las de Ana, Isabel y María? ¿Cuál será nuestro canto? ¿Desde qué lugar lo vamos a cantar y con quiénes?

Cada vez que leemos o escuchamos la palabra de Dios en cualquier lugar que nos encontremos, nos estamos exponiendo a la posibilidad de entrar en contacto con la buena noticia, buena noticia que no es exclusivamente para nosotros, sino que se nos da para compartir con los demás. Esta es la manera en que nos hacemos solidarios los unos con los otros. Tal vez esa es parte de la simbología de la prisa de María y el símbolo de la montaña, lugar donde se encuentra con Isabel. La buena noticia se debe difundir rápido, desde lugares donde los demás la puedan escuchar. En el texto de Lucas que leímos hoy el lugar de difusión de esa buena noticia es la montaña. Aquí en la iglesia nuestro lugar de difusión es el templo, los salones de escuela dominical y el salón parroquial entre otros. ¿Dónde y a quiénes proclamas tú la buena noticia en tu vida cotidiana?

Como bien saben, hoy estamos llegando a la conclusión de este Adviento, mañana celebramos los servicios de víspera de navidad, la Nochebuena. ¿Estamos listos para subir con María e Isabel a la montaña, para unir nuestras voces con las de ellas y cantar un canto nuevo de esperanza para todas y todos, especialmente para los más marginados y olvidados, para los que huyen de sus países por el hambre y los perseguidos por la violencia, para los que buscan asilo en nuestras fronteras y los que están en riesgo de ser deportados, para los que viven los horrores de la violencia doméstica y sufren bajo el peso de la discriminación, para los que no encuentran el valor de proclamar la verdad que sana y libera?

Entonces repitamos una vez más las palabras de María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

El Reverendo Simón Bautista Betánces sirve en la Iglesia Catedral de Cristo, en Houston Texas. Es Canónigo para Misión y Alcance, y Ministerio Latino.

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Adviento 3 (C) – 16 de diciembre de 2018


[RCL] Sofonías 3:14-20; Cántico 2 (Isaías 12:2-6); Filipenses 4:4-7; Lucas 3:7-18

La primera lectura de hoy, tomada del libro del profeta Sofonías, expresa el sentimiento de este tercer domingo de Adviento: “¡Canta, ciudad de Sión! ¡Da voces de alegría, pueblo de Israel! ¡Alégrate, Jerusalén, alégrate de todo corazón!” Hoy celebramos el domingo de júbilo, el cual es simbolizado por el color rosado de la tercera vela de la corona de Adviento y en muchas iglesias por el predominio de ese color en las vestimentas.

Se considera que, después de los días austeros del comienzo de Adviento, cuando la iglesia ha invitado a los fieles al arrepentimiento y a la reconciliación penitencial como preparación para la llegada de nuestro Salvador, hoy, en el tercer domingo de Adviento, nos damos un descanso para celebrar con gozo el hecho de que ya se acerca la Natividad de aquel cuya llegada fue anunciada y esperada por muchos siglos. Así, pues, cada lectura de hoy continúa esa invitación al gozo y al regocijo. El profeta Isaías, en los versos del segundo cántico del Libro de Oración Común, nos llama a alabar al Señor con regocijo y gratitud por sus obras portentosas. San Pablo en la carta a los Filipenses, nos llama a regocijarnos en el Señor en toda ocasión con confianza y gratitud.

Hasta este momento podemos respirar con alivio, ya que parece que el sentimiento despreocupado y gozoso de las lecturas de hoy por fin se pone de acuerdo con la celebración y el espíritu navideño que inunda al mundo, donde la “Navidad” empieza a verse desde el comienzo del Adviento y a veces mucho antes. Ya se están cantando villancicos en los hogares y en las iglesias donde se realizan las posadas o las novenas, y hay mesas llenas de platos típicos de la temporada, con abundancia de bebidas y celebración. El llamado de San Pablo está en armonía con el espíritu de este mundo ya que el entusiasmo con el que nos lanzamos a toda celebración revela veladamente nuestro deseo de escapar por algún tiempo, de las duras realidades de la vida diaria.

Todo cambia drásticamente al escuchar las palabras de San Juan Bautista, que nos llegan a través de la lectura del Evangelio de San Lucas: “¡Raza de víboras! ¿Quién les ha dicho a ustedes que van a librarse del terrible castigo que se acerca? Pórtense de tal modo que se vea claramente que se han vuelto al Señor; Además, el hacha ya está lista para cortar los árboles de raíz. Todo árbol que no da buen fruto, se corta y se echa al fuego.”

Como todo profeta, Juan el Bautista levanta su voz y llama la atención a aquellas personas que desobedecen a Dios y que se desvían de su camino de salvación. El profeta levanta la voz ante la presencia de la injusticia, la opresión, el abuso de poder y la idolatría. El profeta también levanta la voz ante el silencio y la conformidad, la complicidad en el pecado, en el hacer daño a la creación y al prójimo. El profeta es llamado por Dios a despertarnos de nuestra pasividad ante el mal y a tomar acción reparativa.

Nos cuenta San Lucas que Juan ha estado en el desierto en su misión de preparar al pueblo de Israel para la venida del Mesías. Lo hace con un llamado al arrepentimiento y a la corrección de la vida, y su voz les llega a todas las gentes, quienes responden con temor. Todos le preguntan: “¿Qué debemos hacer?” Tres grupos diferentes le hacen la misma pregunta: el pueblo, los cobradores de impuestos, y los soldados. Juan responde que deben ser generosos, dándole comida a quien no tiene alimentos, y ropa a quienes carecen de ella. A los cobradores de impuestos les dice que sean justos y que no tomen ventaja del pueblo cobrando más impuestos de lo debido. Finalmente, a los soldados les dice que se conformen con su sueldo y no tomen nada a la fuerza ni con amenazas.

Este pasaje del Evangelio termina con las siguientes palabras desconcertantes: “De este modo, y con otros muchos consejos, Juan anunciaba la buena noticia a la gente”. ¿Cómo podemos reconciliar el llamado furioso y a la vez angustioso de Juan Bautista al arrepentimiento y a volvernos a Dios, con la buena noticia y con el llamado al regocijo de Sofonías, Isaías, y San Pablo? La respuesta está en la proclamación inicial y central de las escrituras de hoy: El llamado al júbilo, que es un sentimiento más profundo e intenso que la misma alegría. Mientras que la alegría se experimenta ante la satisfacción por cosas buenas que nos pasan, el júbilo, desde el punto de vista espiritual, es un sentimiento intenso de felicidad. Ese sentimiento nos llena a todo momento y en todo lugar sin depender de que nos ocurran cosas buenas o malas. Este sentimiento lo experimentamos cuando tenemos la certeza de que Dios nos da la salvación y desea lo mejor para toda su creación. Este es el sentimiento que nos invade al estar en constante comunión con Dios. De esto parte la proclamación de San Pablo: “¡Regocíjense siempre en el Señor!”

El júbilo también es el sentimiento que experimentamos cuando sabemos que sin duda Jesús está cerca, y que nosotros estamos listos y listas para recibirlo y compartirlo. De ahí parte el llamado al cambio radical que hace San Juan Bautista. Él nos llama a dejar de buscar solo para nuestro beneficio y que cultivemos la generosidad y compasión por cada persona que tiene menos que nosotros. Juan el Bautista nos llama a dejar de ser indiferentes al sufrimiento humano y que en vez actuemos para aliviarlo, siendo solidarios y respondiendo firme y fielmente a amarnos los unos a los otros como Dios nos ama.

A los gobernantes y a toda persona con poder se les llama a ser justos y justas, a dejar de oprimir y explotar a sus subalternos y a los desprotegidos. El gobernante debe recordar que Jesús, Rey de Reyes y Señor de Señores, le preguntó al mendigo: “¿Qué quieres que haga por ti?” Toda autoridad viene de Dios y Dios llama a la persona en posición de autoridad a servir, no a ser servido.

A los militares se les llama a dejar de ser instrumentos de la ambición de los poderosos y de volver sus armas contra las masas oprimidas para intimidarlas y obligarlas a la obediencia, tal y como San Oscar Romero de El Salvador hizo a los miembros de las fuerzas armadas: “En el nombre de Dios pues, en el nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo, les ruego, les suplico, ¡les ordeno en el nombre de Dios, que cese la represión!”

Las palabras de San Juan, entonces, nos muestran la razón y el camino de este llamado al júbilo en este tercer domingo de Adviento: ¡Regocijémonos, El Señor está cerca! Podemos entonces, unirnos al pregón: “¡Canta, ciudad de Sión! ¡Da voces de alegría, pueblo de Israel! ¡Alégrate, Jerusalén, alégrate de todo corazón!”

El Rvdo. Edgar A. Gutiérrez-Duarte es Vicario de la Misión St. Luke ’s-San Lucas en Chelsea, Massachusetts. Sirve como director del Comité Diocesano para Ministerio Hispano, y es vicepresidente de la Junta de Directores de la Colaborativa de Chelsea (organización que sirve a inmigrantes y trabajadores del área) y miembro de la Junta de Directores de CAPIC (Community Action Programs Inter-City, Inc.) de la región Chelsea-Revere-Winthrop.

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Adviento 2 (C) – 9 de diciembre de 2018


[RCL] Baruc 5:1-9; Cántico de Zacarías; Filipenses 1:3-11; Lucas 3:1-6

¡Preparen el camino del Señor!

En la aclamación memorial de la Plegaria Eucarística A, decimos: “Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado, Cristo volverá”. La semana pasada nos ubicamos en el advenimiento de Cristo que aclamamos en la frase “Cristo volverá,” es decir, el regreso de Cristo. Nuestra vida como cristianos y cristianas es vivir en el entre medio: luego de la Ascensión y esperando su regreso.

Sin embargo, en esta semana y las que quedan de Adviento nos preparamos para celebrar la primera llegada de Cristo al mundo como un bebé. Es en este contexto de espera del Mesías, el Cristo, que Juan el Bautista proclama en el desierto: “preparen el camino del Señor”. Entonces, ¿Cómo preparamos el camino del Señor? ¿Cómo lo hacemos como comunidad? ¿Cómo lo hacemos individualmente? ¿Qué anhelamos este Adviento? Les sugiero que el camino del Señor del que estamos hablando ahora y anhelando es el camino de la justicia.

La proclamación de Juan el Bautista es una que promete que las estructuras opresoras de nuestras sociedades serán expuestas y derrotadas. Es una proclamación de que no habrá más injusticias, y que las personas marginalizadas podrán disfrutar de la dignidad que promete el Reino de Dios, en vez de los reinos de este mundo. A esto se refiere San Lucas sobre Juan el Bautista cuando cita al profeta Isaías diciendo: “donde los valles se rellenan y las montañas se aplanan”.  Podríamos decir que el Reino de Dios es donde las diferencias opresivas se destruyen y donde creamos un mundo de más equidad. Es donde preparamos nuestros entornos y corazones para el Mesías libertador. No sólo preparamos el camino, sino también nos preparamos para el nuevo camino que trae Cristo, y el camino que es Cristo. Esta es nuestra esperanza, una esperanza en fe, ya que particularmente en el Adviento ponemos todos nuestros anhelos en un bebé.

En el Cántico de Zacarías también tenemos una imagen de la esperanza que ponemos en un reino de justicia que viene de Dios. Zacarías dice que: “Es el Salvador que nos libra de nuestros enemigos” y lo hace porque Dios recuerda “su santa alianza”. Y nuestra respuesta entonces es servirle a Dios “con santidad y justicia…todos nuestros días”. Igual que Juan el Bautista, Zacarías era un hombre fiel que vivía con la esperanza declarada por sus antepasados y supo reconocer el cumplimiento de las promesas de Dios en su propio tiempo.

Juan y Zacarías proclamaron la llegada de un reino de liberación y de justicia, y entendieron que tenían que responder en su diario vivir. Esta respuesta es una que es individual y también comunal. Esta última es la respuesta que hacemos en comunidad, incluyendo en la reunión dominical como la que tenemos hoy.  Jesús nos salva y nosotros y nosotras respondemos con adoración, santidad, y justicia. Respondemos también, como Pablo nos indica en la carta a la comunidad de Filipos, con la “participación en el evangelio (en anunciar las buenas nuevas)”.  Y esto lo hacemos también, como dice Pablo, porque Jesús comenzó en cada persona “la buena obra”.

La época de Adviento es bien curiosa porque no sólo vivimos entre medio, sino que recordamos el pasado, lo conmemoramos y anhelamos un futuro prometido. Es decir, respondemos a lo que Dios ya ha logrado, continuamos respondiendo a la obra actual de Dios y continuamos preparándonos por el cumplimiento pleno de todas las promesas de Dios para con toda la humanidad.  Pablo en su epístola habla de estos tres tiempos, siendo nuestras acciones de hoy “puras e irreprensibles” que nos preparan para el “día de Cristo”. Con el fruto de nuestras acciones de hoy siendo la justicia.

En este Adviento del año 2018 tenemos que preparar el camino del Señor de una manera nueva – no sólo preparándole un lugar al niño Jesús y abriendo nuestros corazones nuevamente, sino también preparándonos para la labor de crear justicia. Somos todos y todas agentes de esta justicia, siendo esta, la semilla sembrada de Dios en cada persona. Nuevamente, preparamos el camino para Jesús, pero ese camino es el de las “buenas nuevas de Dios en Cristo,” y estas buenas nuevas son el mensaje liberador de Dios que obra en cada persona.

Al preparar el camino de Jesús, que es camino de justicia, hemos de actuar con miras a la justicia, tomando acciones sociales en las que compartimos los destellos del reino de liberación de Jesús, ese reino realizado en su persona; y ese reino revelado en el Mesías; y el reino que continuamos construyendo como obra que somos de Dios. Una de las obras que hace Dios en nosotros y nosotras es darnos la habilidad de ser agentes en el cumplimiento de nuestra propia liberación. Quizás en esta época de Adviento nuestra responsabilidad mayor ha de ser ayudar a preparar un mundo mejor para la humanidad, empezando en nuestro entorno local y en nuestra congregación.

¿Cómo preparamos el camino del Señor como personas individuales?  Proclamando el reino de justicia y liberación de Cristo – usando “la buena obra” que Dios ha empezado en toda persona.

¿Cómo preparamos el camino del Señor como comunidad? Proclamando las buenas nuevas de Dios en Cristo y abogando por la dignidad y justicia para toda la humanidad, reconociendo que somos agentes de Dios.

¿Qué anhelamos en este Adviento? Anhelamos un mundo de justicia, creado por Dios, a través de la agencia de cada persona y comunidad, y ponemos toda nuestra esperanza en el Cristo que ha de nacer y en el Cristo que ha de volver.

Según se puede decir al concluir la Oración Vespertina diaria: “Gloria a Dios, cuyo poder, actuando en nosotros, puede realizar todas las cosas infinitamente mejor de lo que podemos pedir o pensar: Gloria a él en la Iglesia de generación en generación, y en Cristo Jesús por los siglos de los siglos. Amén”. 

La Rvda. Dra. Carla E. Roland Guzmán es Rectora de la Iglesia Episcopal de San Mateo y de San Timoteo en la Ciudad de Nueva York (smstchurch.org) y también coordina Fe, Familia, Igualdad: La Mesa Redonda Latinx (fefamiliaigualdad.org).

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Adviento 1 (C) – 2 de diciembre de 2018


[RCL] Jeremías 33:14–16; Salmo 25:1–9; 1 Tesalonicenses 3:9–13; San Lucas 21:25–36

¡Feliz año nuevo! Hoy comenzamos una nueva etapa, una nueva estación en la Iglesia. Es Adviento. Estamos comenzando el primer tiempo en el año litúrgico cristiano. Esta estación consiste en un tiempo de preparación espiritual para la celebración del nacimiento de nuestro Salvador Cristo Jesús. El Adviento viene antes de la Navidad y estamos a la expectativa de que ya está por llegar Cristo, nuestra salvación. En latín la palabra es adventus que significa venida –estamos esperando la venida de nuestro Redentor. Tomamos este tiempo para reflexionar, orar y esperar atentamente a nuestro Salvador Jesús. También, como esperamos a nuestro Redentor, este tiempo es para preparar nuestros corazones, mentes y almas. Es un tiempo de penitencia, arrepentimiento, y perdón.

 

¿Qué haríamos si supiéramos que va a venir la persona más importante del mundo a nuestro hogar? Pensemos en la persona que más admiramos en este mundo – tal vez tienen su imagen en la pared, tal vez compran cualquier revista que mencione a esta persona o tal vez es alguien que ven en la televisión. ¿Qué haríamos para prepararnos para su visita? Limpiaríamos, compraríamos cosas nuevas, arreglaríamos cualquier cosa que no esté funcionando. Hasta nos iríamos de compras para tener el traje más bello, el peinado más extravagante o los zapatos más brillosos. Prepararíamos los platos más ricos y los presentaríamos en la vajilla de porcelana más lujosa que tuviéramos. No dejaríamos ningún rinconcito sin un vistazo, ¿verdad? Nuestro Dios encarnado, nuestro Mesías, nuestro Redentor y Salvador está por llegar. ¡Preparémonos!

Al iniciar el Adviento leemos la colecta: danos gracia para despojarnos de las obras de las tinieblas y revestirnos con las armas de la luz, ahora en esta vida mortal, en la cual Jesucristo tu Hijo, con gran humildad, vino a visitarnos. ¿Cómo sería si toda la gente se despojara de las tinieblas y se revistiera de luz? Imaginemos un mundo donde todas las personas fueran luz para alumbrar este mundo que a veces está lleno de tinieblas como las del odio, las peleas, los resentimientos, el abuso, la incredulidad y la inseguridad. Imaginemos un mundo donde hay más amor, comprensión, simpatía, respeto, fe, y certeza. Podemos ser parte de la luz, comencemos hoy a revestirnos de luz.

Jeremías nos recuerda que, cuando vivimos en la luz, tenemos la certeza que Dios cumplirá sus promesas de bendición. ¿Cuáles son algunas de esas promesas? En este mismo capítulo de Jeremías encontramos: Dios nos responderá cuando le llamemos. Nos dará salud. Hará que gocemos de paz y seguridad. Nos purificará de nuestros pecados. Para conocer más sus promesas hemos de leer su palabra. Este tiempo de Adviento es un buen momento para comenzar a tener la disciplina de leer la Biblia y conocer no sólo las promesas de Dios, sino también lo que Dios espera de nosotros, sus hijos e hijas.

El salmista nos ayuda a entender un poco más sobre la oración. A veces decimos que no sabemos orar, pero cuando leemos los Salmos podemos ver que la oración es una conversación entre nosotros y Dios. Cuando sentimos que no podemos encontrar palabras adecuadas para orar, leamos los Salmos. Ahí encontraremos frases como: confío en ti, encamíname en tu verdad, acuérdate de mí y también frases como: no sea yo humillado, no triunfen mis enemigos sobre mí, y ninguno de cuantos en ti esperan será avergonzado. No hay nada tan insignificante ni tan grande en nuestra vida que Dios no quiera escuchar. Usemos estas cuatro semanas de Adviento para leer los Salmos y al orar, recordar que Dios es fiel, nos ama y quiere estar en comunicación con nosotros y con nosotras.

En la epístola, Pablo nos recuerda la Regla de Oro: amémonos. Hay un himno que dice: Amémonos de corazón, no de labios solamente. En otras palabras, hay que demostrar amor, no sólo decir que amamos. El amor es una palabra de acción, es una decisión, es un mandamiento. Pidámosle a Dios que nos dé más amor para darlo a las demás personas. En este tiempo de Adviento, tenemos aproximadamente veintidós días para demostrar amor. A veces creemos en el amor superficial que nos vende este mundo, pero el amor del que nos habla Pablo es un amor puro y desinteresado, un amor como el que Jesús tuvo para todo el mundo. Podemos hacer actos de amor que incluyen la generosidad, la compasión, ofrecer ayuda y consuelo y compartir nuestro tesoro durante el Adviento. Actos de amor pueden incluir escribir una carta de agradecimiento, hacerle un favor a alguien que no te lo puede devolver, comprar flores para la iglesia, conducir con alegría durante la hora pico, abrirle la puerta a alguien, donar sangre y sonreír. Si hacemos actos de amor durante el Adviento, veremos que nos beneficia a nosotros tanto o más que a la persona que los recibe.

El evangelio de San Lucas nos muestra una visión un tanto espantosa. “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra las naciones estarán confusas y se asustarán por el terrible ruido del mar y de las olas. La gente se desmayará de miedo al pensar en lo que va a sucederle al mundo; pues hasta las fuerzas celestiales serán sacudidas”. Si nos ponemos a pensar, las señales ya se están viendo. En este tiempo de cambios climáticos suceden desastres naturales, lo cual nos da a entender cuánto sufre la madre tierra. Tal vez sentimos mucho temor y no sabemos cómo será nuestro futuro. Pero Jesús mismo nos dice: anímense y levanten la cabeza, porque muy pronto serán libertados.

Si estamos cabizbajos es porque nos hemos dejado llevar por el abatimiento, la tristeza o la preocupación. Jesús, el Salvador y Redentor que esperamos durante el Adviento nos dice que levantemos la cabeza porque nos promete que seremos libertados. ¡Jesús está en camino para liberarnos! Estas sí que son buenas noticias para este tiempo y para empezar el Adviento. “El Señor es nuestra victoria” nos dice Jeremías. Nuestra victoria está a punto de llegar.

Tal vez algunas personas en este día estén pasando por problemas espantosos. Tal vez vinieron a la iglesia desanimadas y sienten que ya no pueden más. Jesús está aquí y te dice con amor, “El cielo y la tierra dejarán de existir, pero mis palabras no dejarán de cumplirse”. Sus palabras se cumplirán. Sus palabras van dirigidas especialmente a cada persona en este día. Palabras como: “Yo te haré descansar”, “Te doy la luz que da vida” ,“Yo estaré contigo todos los días, hasta el fin del mundo”, “Te doy mi paz. No te angusties ni tengas miedo”, “Proveeré para todas tus necesidades”. Creámosle y repitamos a menudo estas palabras porque se cumplirán.

Durante esta época de Adviento, mientras esperamos al niño Dios – Redentor y Salvador, les invito a alimentarse de la palabra de Dios, a orar y a recordar cuánto Jesús nos ama.  Él nos dice: ¡Ánimo! ¡Levanta la cabeza! ¡Estoy por llegar para darte libertad!

La Dra. Sandra Montes trabaja como consultora de recursos en español para Episcopal Church Foundation. También se desempeña como músico, traductora, oradora, asesora y redactora. La Dra. Montes vive en Houston, Texas.

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Sermón – Cuarto Domingo de Adviento – Año C (2015)

Escrito por El Rvdo. Jesús Reyes

20 de diciembre de 2015

Miqueas 5:2-5ª; Cántico 3 o 15 o Salmo 80:1-7; Hebreos 10:5-10; Lucas 1:39-45, (46-55).

En este cuarto domingo de Adviento, todas las iglesias que siguen la tradición de encender una de las velas en la corona de Adviento, están encendiendo la última vela morada. Esta representa la paz y es también llamada “Vela de los ángeles”. El día de hoy sería muy bueno reflexionar sobre el la paz en el contexto de la justicia. Creo que este el mensaje centra del evangelio cuando María proclama el magníficat.

Durante estos últimos domingos, hemos venido diciendo que el Adviento, es cuando entendemos mejor lo que significa esperar la venida de Cristo. Esperamos el arribo de la Navidad, la llegada del Cristo niño. Nuestra atención, tiempo, dinero y energía se centran en la preparación de nuestras festividades familiares y de la iglesia. Este es nuestro punto de enfoque primordial. Sin embargo, no debemos olvidarnos que en la esperanza cristiana también existe la espera de la segunda venida de Cristo. No sabemos el día, no sabemos la hora, pero todos los cristianos tenemos esperanza en ella, puesto que es una promesa hecha por el mismo Jesús a sus discípulos.

El primer tipo, la espera de la Navidad, llega todos los años, siempre llega a tiempo y como se esperaba. No hay duda de que vamos a celebrar la Navidad. El momento de la segunda venida de Cristo, sin embargo, es un misterio. No sabemos cuál será el momento ni el lugar. Sabemos que debemos estar atentos y preparados para la recepción de este día portentoso. La Segunda Carta de Pedro, capítulo tres, versículo 10 dice, “Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. Entonces los cielos se desharán con un ruido espantoso, los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, quedará sometida al juicio de Dios” (2 Pedro 3:10).

Tal escena dramática puede motivarnos, asustarnos y enfocar nuestras vidas para estar listos. El escritor de la Segunda Carta de Pedro se refiere a la paciencia del Señor como un hecho de salvación. A pesar de que nuestra espera, de casi dos mil años desde la primera venida de Cristo, parece seguir sin un término fijo, Pedro nos recuerda que cada día es una nueva oportunidad para preparar nuestros corazones, mentes y almas para el gran acontecimiento de la venida de Cristo. De alguna manera bien podemos decir que estamos viviendo un tiempo de Adviento constante, de preparación perene para la segunda venida del Señor. En efecto, hermanos y hermanas, nuestro tiempo de Adviento no es tan sólo un tiempo de preparación para la llegada predecible de la Navidad, sino también una preparación para la segunda venida misteriosa e impredecible de Cristo y la sanación completa de toda la creación. ¡Qué gran día será!

¿Y qué vamos a hacer mientras esperamos? En las últimas semanas nuestras reflexiones se han enfocado a usar el tiempo de Adviento como un tiempo para la revisión de nuestras vidas. La invitación concreta ha sido a usar cuatro importantes valores humanos fundamentales –esperanza, amor, alegría y paz- como punto de referencia para nuestra revisión de vida. Hoy queremos resaltar el hecho de la paz en el contexto de la justicia. No puede existir la paz verdadera si no se practica la justicia. Por esta razón, como María lo hace en el magníficat, el evento de la justicia depende de la manera cómo pudiésemos estar al servicio de los pobres. Esto es lo que dice María:

“Su misericordia con sus fieles se extiende
de generación en generación.
Despliega la fuerza de su brazo,
dispersa a los soberbios en sus planes,
derriba del trono a los poderosos
y eleva a los humildes,
colma de bienes a los hambrientos
y despide vacíos a los ricos”.

Esto mismo es expresado el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, cuando Jesús describe la dramática escena de su segunda venida y que el juicio final es acerca de cómo es que los pobres habían sido servidos. Se nos recuerda que si hemos servido al más pobre entre nosotros, entonces hemos servido a Cristo mismo. Es importante estar donde los pobres están. Y no sólo para que los pobres sean atendidos, sino para nuestra propia transformación. El acercanos a los pobres es una manera mediante la cual descubrimos nuestra propia pobreza. Cuando descubrimos nuestra pobreza, descubrimos nuestra profunda necesidad de Dios, y estamos más abiertos a reconocer la presencia de Dios. Por así decirlo, es en estos momentos de servicio cundo experimentamos una venida de Cristo.

Se cuenta que una persona de nuestra Iglesia Episcopal fue a Haití en un viaje de misión médica. Llevó consigo a un par de mujeres que nunca habían estado en un país pobre. Todas ellas estaban profundamente conmovidas con lo experimentado en ese país; pero una de las mujeres, en particular, regresó a Estados Unidos con ganas de volver a Haití inmediatamente. Ella dijo: “No tienen nada y, sin embargo, están tan llenos de alegría. Cuando estoy con ellos, ¡yo también me lleno de alegría!”

Esta persona fue a aquellos que viven en la pobreza y descubrió su propia pobreza. Creo que, además de ayudar a los necesitados, esta es la razón por la que Jesús nos pide que sirvamos a los pobres; para que aquellos de nosotros que tenemos la capacidad de servirles de alguna manera, descubramos nuestra propia pobreza y con ello nuestra necesidad profunda de Dios.

Para aquellos de nosotros que podemos tener nuestras necesidades físicas satisfechas, especialmente, es tan fácil pensar que no necesitamos de Dios; que no estamos espiritualmente empobrecidos de alguna manera. Ahora bien, aquellos cuyas vidas son espiritualmente ricas, pero viven en estado de necesidad física, ellos están llamados a pasar tiempo con los espiritualmente empobrecidos. Así unos alimentan a los otros. El ministerio como la construcción de la justicia son eventos de alimento mutuo. Uno alimento al otro de aquello que carece.

Cuando descubrimos nuestra pobreza, nos encontramos en un cierto tipo de desierto. Un lugar estéril, que es peligroso y donde los recursos son escasos. Es ahí donde descubrimos nuestra fragilidad. Y es ahí también cuando descubrimos nuestra dependencia. En las Escrituras, el desierto es un lugar sagrado y poderoso. Los rigores, la aridez, eliminan toda ilusión de nuestra fragilidad. Cuando estamos en el desierto, sabemos que, literalmente, podemos ser consumidos en vida, y que estamos a merced de todo. Estamos dispuestos a recibir cualquier tipo de ayuda en nuestra impotencia.

El domingo pasado escuchábamos acerca de Juan el Bautista. El vagaba por el desierto, comiendo lo que encontraba en ese lugar desolado. Si usted ha estado en un desierto, usted sabrá que el desierto es un lugar salvaje. En este lugar Juan proclama que Dios está cerca. La noticia de la salvación viene desde este peligroso y empobrecido lugar fuera de la seguridad de la ciudad. Y algunas personas sabias dejan sus espacios seguros para salir al desierto y exponerse a este mensaje trasformado sobre la venida de Cristo. ¡Qué hermoso testimonio de fe nos ofrecen! Especialmente cuando nuestra tentación inicial pudiese ser correr hacia un espacio seguro en nuestro pequeño mundo de certeza. Estos fieles han estado expuestos al empobrecimiento, al riesgo, al desierto, a la fragilidad de la vida. ¿Podríamos unirnos a ellos, y abrirnos a nuestra propia pobreza y necesidad de Dios?

Este Adviento, preparémonos para la llegada de la Navidad mediante el acercamiento a los lugares empobrecidos que vemos en el mundo. Conforme estemos presentes en ellos, y para ellos, entonces conoceremos nuestra propia pobreza. Nuestra capacidad para recibir la venida de Cristo se fortalecerá y podremos decir en voz alta: “Ven Señor Jesús ¡Ven!” ¡Qué gran regalo será este!
El Rvdo. Jesús Reyes es el Canónigo para el Desarrollo de Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real.

Sermón – Tercer Domingo de Adviento – Año C (2015)

Escrito por El Rvdo. Jesús Reyes

13 de diciembre de 2015

Sofonías 3:14-20; Cántico 9; Filipenses 4: 4-7; Lucas 3: 7-18.

En este tercer domingo de Adviento hemos encendido la tercera vela. Es de un color diferente a las otras tres que se encuentran en el círculo exterior de la corona. Esto es para indicar que el Adviento está a mitad de camino y la Navidad ya está cerca. Esta vela es conocida como la “Vela de los pastores” e indica alegría.

¿Alguna vez se han preguntado qué es lo que significa la palabra alegría? Esta palabra proviene del latín “alicer” o “alecris” que significa “vivo y animado”. Esta es una de las emociones básicas en el ser humano. Es muy real que todos nosotros nos sentimos más vivos cuando estamos alegres. De hecho, está médicamente demostrado que la alegría ayuda al mejoramiento de la salud. Es ahí cuando nos sentimos interiormente frescos, vivaces, emprendedores y optimistas. En pocas palabras, la alegría es un generador de bienestar general y es contagiosa.

En este contexto podemos resaltar el júbilo que trasmite el profeta Sofonías en la primera lectura que escuchamos hoy cuando dice: “¡Grita, ciudad de Sión; lanza vítores, Israel; festéjalo exultante, Jerusalén capital! Que el Señor ha expulsado a los tiranos, ha echado a tus enemigos; el Señor dentro de ti es el rey de Israel y ya no temerás nada malo”. Estas palabras están siendo dirigidas a un pueblo que ha sido largamente oprimido y sometido a un estado de esclavitud. Ahora, el profeta anuncia a este pueblo la liberación que proviene del Dios con estas palabras de ánimo: “Tu Dios, es dentro de ti un soldado victorioso que goza y se alegra contigo, renovando su amor, se llena de júbilo por ti…”.

En otras palabras, la alegría, como toda otra emoción, nace en el corazón y brota de él. Nadie puede forzar a otros a estar felices puesto que la alegría es un evento espontáneo de nuestro interior. Me encantan estas palabras del profeta que dicen, “… tu Dios, es dentro de ti un soldado victorioso que goza y se alegra contigo…”. Lindo, ¿no es así?

Y entonces podemos reconectarnos con la palabras de san Pablo dirigidas a los filipenses. Vamos a saborearlas, porque este texto es muy rico, dice: “Tengan siempre la alegría del Señor; lo repito, estén alegres. Que la bondad de ustedes sea reconocida por todos. El Señor está cerca. No se aflijan por nada, más bien preséntenselo todo a Dios en oración, pídanle y también denle gracias. Y la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús”.

Desde la alegría del corazón se desencadena toda una serie de reacciones positivas en la vida como son, según san Pablo, la bondad, el agradecimiento –pero presten especial atención a esto- “Y la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús”. Estas palabras las pronuncia Pablo desde su cautiverio. Cuando él está siendo transportado de Jerusalén a Roma para ser juzgado y penalizado con la muerte por profesar la fe en Cristo Jesús.

¡Qué contraste entre las alegrías del profeta Sofonías y las de Pablo! La primera es una invitación a ella basada en el acto de la liberación, la segunda es sugerida desde el cautiverio. Ilumino esto con una pequeña historia: se dice que una señora ya mayor, sin familia y con limitaciones de salud, fue ingresada a un asilo de ancianos. Durante su momento de registro, la gerente de admisiones del asilo comenzó a describir las facilidades del asilo, las actividades, las normas del centro para ancianos, y todo eso. Conforme la gerente describía todo lo que el asilo tenía a ofrecer, la anciana respondía a todo con palabras positivas exclamando ¡Oh esto es maravilloso! ¡Pero qué lindo es esto! Pero lo que más le llamó la atención a la gerente es que la anciana en un momento dijo: “¡Oh, mi cuarto es tan bello!” Entonces la gerente le preguntó a la mujer: “Señora, ¿cómo es que usted dice que su cuarto es bello si todavía no se lo hemos enseñado?” La anciana respondió: “Hija, no todo lo que importa en la vida es sobre aquello que está ahí afuera; lo más importante es lo que llevamos por dentro, en el corazón. Yo he decidido que ese cuarto es bello, no importan las condiciones en que se encuentre, pues en mi corazón he decidido amarlo desde ahora mismo”. Así mismo, Jesús le dijo a sus discípulos en una ocasión, en el capítulo 12 del Evangelio de Lucas: “Porque donde está el tesoro de ustedes, allí también estará su corazón” (Lucas 12,34).

Hoy hemos encendido la tercera vela en la corona de Adviento, es la vela de la alegría, también llamada “Vela de los pastores”. Y cuando aunamos la imagen de la alegría y la de los pastores, me viene a la mente la narrativa del Evangelio de san Lucas en el capítulo anterior al que hoy escuchamos. Es el capítulo 2 de este mismo evangelio y se trata del momento en que los pastores reciben la visita de un ángel para anunciarles el nacimiento del Niño Dios. El texto dice: “Había unos pastores en la zona que cuidaban por turnos los rebaños a la intemperie. Un ángel del Señor se les presentó. La gloria del Señor los cercó de resplandor y ellos sintieron un gran temor. El ángel les dijo: No teman. Miren, les doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy les ha nacido en la ciudad de David el Salvador, el Mesías y Señor” (Lucas 2:8-11).

Aquí encontramos una primera reacción de temor por parte de los pastores, seguido de un anuncio alegre. La buena noticia de “el Salvador, el Mesías y Redentor”. La narrativa continúa diciendo: “Cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se decían: Crucemos hacia Belén, a ver lo que ha sucedido y nos ha comunicado el Señor. Fueron rápidamente y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño. Y todos los que lo oyeron se asombraban de lo que contaban los pastores. Pero María conservaba y meditaba todo en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto; tal como se lo habían anunciado”.

Dentro de la pobreza en este retrato, un establo, un nacimiento y el niño acostado en el pesebre, existe un acto de grandeza que merece ser glorificada. Desde la humildad surge un acto portentoso. Desde el lugar más frágil surge la razón para una alegría profunda.

Nuestra invitación, a lo largo de esta reflexión, es que nos enfoquemos a hacer una revisión de nuestra vida, desde la perspectiva de la alegría. Este es uno de los regalos que nos ofrece este tiempo de Adviento. Quizás las palabras del evangelio de hoy son fuertes y ausentes de toda alegría. Expresiones como ¡raza de víboras!… Amenaza de la condena que llega … Quemar la paja con un fuego que no se apaga… Creo que todas estas imágenes sugeridas por Juan el Bautista son duras y no contienen nada de alegría. Pero esto puede ser entendido desde la perspectiva de la función de un profeta. Los profetas eran personas que denunciaban los pecados del pueblo con palabras duras, pero también anunciaban la alternativa del perdón y la reconciliación. Un llamado de atención, y la invitación a buscar un camino nuevo en la vida. Anuncio y denuncia, este es una de las funciones de los profetas. En el evangelio de hoy, Juan el Bautista usa la aproximación de la denuncia como instrumento de invitación a las personas para que transformen su vida. La alegría se encuentra en el acto de reconciliación. Juan no dice, “bautícense para seguir sufriendo en su conciencia”. La invitación que hace es, “arrepiéntanse de sus pecados, bautícense, y vivan la vida nueva y alegre en el perdón de Dios”. Preparemos nuestro corazón para vivir una Navidad llena de alegría.

El Rvdo. Jesús Reyes es el Canónigo para el Desarrollo de Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real, California.

Sermón – Día de la Virgen de Guadalupe – Año C (2015)

Por el Rvdo. Antonio Brito

12 de diciembre de 2015
Zacarías 2:14-17 o Revelación 11: 19a, 12, 1-6a, 10b.; Judith 13: 18-19; Lucas 1: 39-56 o Lucas 1: 39-47
Estamos a mitad del tiempo de adviento, camino hacia la Navidad. En esta etapa del adviento celebramos la fiesta de la aparición de la Virgen María de Guadalupe, en el cerro de Tepeyac en México.
A nivel histórico, el relato de la guadalupana se atribuye al indígena Don Antonio Valeriano (1520-1605), discípulo de Fray Bernardino de Sahagún. Según su testimonio nos transmite las apariciones ocurridas del 9 al 12 de Diciembre de 1531, tal como el vidente Juan Diego, indígena azteca, se las contó.
El hecho de la aparición toma como instrumento al indio azteca Juan Diego. Mientras caminaba de madrugada para asistir a Misa, al subir al cerro de Tepeyac, escucha la voz de una mujer que le dice que es la madre de Dios, creador del universo, y le pide que le construya un templo en el cerro.
Juan Diego se puso en contacto con el Obispo Fray Juan Zumárraga, le contó lo sucedido, pero no le creyó. Procuró rechazar la misión y que fuera otro que llevara el encargo por considerar que no le iban a creer, pero la mujer le dijo que le tocaba a él llevar el mensaje. Todo se concretó cuando llevó al Obispo por orden de la mujer las flores que recogió en el cerro, como prueba de lo acontecido.
De esta manera, con el milagro de Tepeyac, se inicia para América Latina una profunda devoción a la madre de Dios que impulsa la evangelización. Cada nación, cada pueblo nuestro se encuentra bajo la especial protección de María en sus diversas advocaciones. Es como si la Virgen hubiera querido dar a cada uno de los pedazos del continente un regalo único y particular.
En la actualidad, México no se entendería sin el fenómeno guadalupano: “si quitas de nuestra historia a santa María de Guadalupe, estás hablando de otro país, de otra nación, de otro pueblo, pero no de México, que se ha conformado en torno a santa María de Guadalupe”. (Cardenal de México Norberto Rivera Carrera, 2003).
Con este sencillo presupuesto histórico, consideramos ahora el aporte de la Virgen María de Guadalupe la mujer del adviento y la navidad como nos muestra san Lucas en su evangelio: “En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel” (Lucas 1,39).
María es la Virgen de la esperanza y está embarazada de la inmensidad de Dios. Es una presencia entrañable en el camino de Adviento hacia la Navidad. Se puso en camino y fue a toda prisa a anunciar la Buena Noticia. Es un gesto de solidaridad compartir con los hermanos el don recibido.
María se convierte en la sierva del señor. Por eso, la Escritura nos la presenta como la que, yendo a servir a Isabel en la circunstancia del parto, le hace el servicio mucho mayor de anunciarle el evangelio con las palabras del magnificat.
Así, en la boda de Caná en Galilea está atenta a las necesidades de la fiesta y por su intercesión: “Jesús hace su primera señal milagrosa mostrando su gloria, y sus discípulos creyeron en él” (Juan 2,11). Todo su servicio consiste en abrirnos al evangelio e invitarnos a su obediencia; por eso nos dice: “Hagan lo que él diga” (Juan 2,5).
María es señal de cercanía, de proximidad. Como cristianos tenemos que ser siempre testigos operantes de la proximidad y de la cercanía. Posibilitar siempre espacios abiertos de proximidad y cercanía. Cercanía de Dios en el camino, sea en el llano o en las abruptas montañas, en la densidad de las ciudades o en la soledad de los pueblos.
En este tiempo especial de Adviento y en este día de celebración, María de Guadalupe desea que en cada uno de nosotros como creyentes, el misterio de Dios esté presente, no para guardarlo celosamente, sino para transmitirlo a los hermanos. Desea que seamos testigos de la realidad de Dios en el corazón del mundo.
Nosotros estaremos en medio de nuestro pueblo para proclamar que Dios está muy cerca de nosotros y nos salva. Nuestro mundo, nuestro pequeño mundo, tiene necesidad, hoy más que nunca, de humanidad, de fraternidad, de respeto mutuo y confianza recíproca. María Virgen y madre nos regala el sentido de vivir y celebrar.
María es una de las figuras fuertes de adviento y el evangelio nos la presenta como modelo de fe. No es una diosa, si hubiera sido una diosa no habría sido modelo para nosotros. Pues, lo que el evangelio nos propone como modelo de ella es precisamente su fe.
Por esta razón escribe Lucas en su evangelio: “Dichosa tú que has creído” (Lucas 1,45). María ha creído. Lo que le ha sido propuesto podría haberle parecido más bien algo increíble. Pero ella cree. Se le anuncia que ella puede ser madre del Mesías por encima de los caminos humanos. Ella no entiende. Pero confía, y se entrega al plan de Dios.
Dios tiene un plan de salvación, pero no quiere llevarlo a cabo en solitario. Busca la cooperación de nosotros, y baja para pedir su consentimiento a una muchacha nazarena. Ella decide dejar hacer, en todo caso, y poner en todo caso su propia vida a la disposición de Dios. Por eso respondió al querer de Dios: “Yo soy la esclava del señor; que Dios haga conmigo como me has dicho” (Lucas 1,38).
Así lo escribe el evangelista: “Porque lo que te ha dicho el señor se cumplirá” (Lucas 1,45). La fe de María es una fe hecha de esperanza. No se trata de creer en afirmaciones teóricas, sino de confiar en la acción del señor en la historia y secundarla. Esa es la fe de María. Pide un templo en el cerro de Tepeyac y está segura que se construirá, porque confía enteramente en Dios.
En María se cumple aquello de la primera lectura: “La confianza que tú has mostrado nunca se apartara del corazón de los hombres, que siempre recordaran el poder de Dios” (Judith 13,19). En esta situación la fe de María de Guadalupe está hecha de esperanza y de confianza.
Nuestra encomienda es, creer y esperar como María. Mirar a María puede ser un estímulo para nuestra esperanza. Todos atravesamos momentos difíciles, sin esperanza. Hay en toda vida humana, por lo menos, algunos momentos de crisis, en los que nos parece perder pie, o tocar fondo en la vida, son los momentos para explorar nuestra propia esperanza.
Estamos en la mitad de la estación de Adviento. Junto a la Virgen María de Guadalupe, estamos invitados a confiar, a no desesperarnos, hacer un acto de coraje y confiar.
Ya hemos escuchado muchas veces las promesas del señor. Quizá también muchas veces las hemos acogido. Bastaría que, una vez más, al concluir el Adviento, nos entregáramos confiadamente a creer y esperar en sus promesas.
Todo alcanzará su plenitud, si al igual que María, ponemos toda nuestra vida en la tarea de cooperar con el Señor en la realización de sus promesas. Con una fe llena de coraje y una esperanza activa, en el fondo hacemos nuestras las promesas del Señor.

El Rvdo. Antonio Brito es oriundo de la República Dominicana y en la actualidad misionero hispano en la Diócesis de Atlanta.

Sermón – Segundo Domingo de Adviento – Año C (2015)

Escrito por El Rvdo. Jesús Reyes

6 de diciembre de 2015
Baruc 5:1-9 o Malaquías 3:1-4; Cántico 4 o 16; Filipenses 1: 3-11; Lucas 3: 1-6.
El domingo pasado, hacíamos referencia a la “Corona de Adviento”. Una tradición cristina practicada en muchas iglesias durante esta época del Adviento. En este evento tradicional, una vela que adorna la corona es encendida para recordarnos un valor esencial del ser cristiano y que es especialmente celebrado durante la temporada de la Navidad. El domingo pasado encendíamos una vela morada, fue la vela de la esperanza, también llamada “Vela de la profecía”. Es el anuncio alegre, esperanzador, que es ofrecido por los profetas.

El día de hoy hemos encendido una segunda vela morada la cual representa al amor. Esta vela es también conocida como la “Vela de Belén”, pues quiere recordarnos el contexto humilde del nacimiento de Jesús. El niño Dios es colocado en un pesebre y es calentado por el aliento de algunos animales domésticos. Creo que la conexión entre el amor y la humildad –en el sentido de pobreza material- es muy evidente. No se requiere de mucho para amar. Lo único necesario es la disposición del corazón. Dios nos ama con tanta humildad, que se despoja de todo y se expone a la pobreza total para exaltar o elevar nuestra propia condición humana. En verdad, todo aquel que ama de verdad se expone a la fragilidad.

Con respecto a esto, quiero traer a colación la porción inicial del poema “Sobre el amor”, escrito por el poeta libanés Gibran Khalil Gibran, tomado de su libro “El Profeta”:

“Entonces dijo Almitra: háblanos del Amor,
Y él alzó la cabeza y miró a la multitud, y un silenció cayó sobre todos, y con fuerte voz dijo él:
Cuando el amor les llame, síganle,
aunque sus caminos sean duros y escarpados.
Y cuando sus alas les envuelvan, cedan a él,
aunque la espada oculta en su plumaje pueda herirles.
Y cuando les hable, crean en él,
aunque su voz pueda desbaratar sus sueños como
el viento del norte asola sus jardines.
Porque así como el amor les corona, debe crucificarles.
Así como les agranda, también les poda.
Así como se eleva hasta sus copas y acaricia
sus más frágiles ramas que tiemblan al sol, también
penetrará hasta sus raíces y las sacudirá de su arraigo a la tierra”.

¿Quién de nosotros no ha experimentado el sufrimiento del amor? Los padres desolados sufren a causa de su amor por los hijos; los matrimonios entran en crisis cuando sienten que el amor se ha ausentado de sus vidas; los hijos viven abandono cuando no sienten el cariño de sus padres, los amigos y amigas se sienten traicionados cuando el hombro amable del amigo o amiga se ausenta en los momentos de mayor necesidad; los jóvenes enamorados hasta dejan de comer y lloran en silencio cuando su ser querido les ha dado la espalda; muchos son los ejemplos que podemos dar acerca de estas experiencias del amor. El amor nos vuelve seres frágiles, y es la fragilidad humana la que nos puede llenar el corazón de humildad. Por esta razón, en este mismo poema, el poeta libanés bien dice: “Cuando amen no deben decir ‘Dios está en mi corazón’, sino más bien ‘estoy en el corazón de Dios’”.

Por esta misma razón, el evangelio de san Juan en su capítulo 15, versos 12 a 17, Jesús les dice a sus discípulos durante el momento de la última cena: “Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo sirvientes, porque el sirviente no sabe lo que hace su señor. A ustedes los he llamado amigos porque les he dado a conocer todo lo que escuché a mi Padre. No me eligieron ustedes a mí; yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto, un fruto que permanezca; así, lo que pidan al Padre en mi nombre él se lo concederá. Esto es lo que les mando, que se amen unos a otros” (Juan 15, 12-17).

Es verdad, la naturaleza de Dios es amor y nosotros manifestamos su presencia en el mundo mediante nuestra disposición a vivir en el amor. Mediante el amor confirmamos que habitamos en el corazón mismo de Dios; somos parte de su propia esencia.

Dios se encarna en un contexto de pobreza total. Lo material y la fragilidad son secundarios al hecho de hacerse presente en la historia para redimir al mundo de su propio pecado. El niño Dios habrá de convertirse en nuestro Cristo redentor. Es tanto su amor por nosotros que el camino de la cruz es su futuro; y la cruz es el medio usado para demostrar su gran amor, al mismo tiempo que es el medio para denostar su triunfo sobre la muerte mediante su resurrección.

Nuestro Dios es, pues, el Dios de la vida y del amor. Por esta razón san Juan nos dice en su primera carta, capítulo 4, verso 20: “Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; porque si no ama al hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”. En otras palabras, la naturaleza de nuestro ser cristiano se centra en la experiencia del amor. Y para amar debemos también estar dispuestos a vivir en la fragilidad.

Pero entendamos bien esta fragilidad. Con esto no estamos invitándoles a tener que aguantar todo y tener que decir sí a todo. No, porque el amor no es un evento masoquista. El masoquismo es cuando encontramos placer en el sufrimiento. Esto no es lo que Dios quiere, esto no es lo que Dios nos pide. Pongamos un ejemplo, ¿cuántas veces cada uno de nosotros hemos dicho “no” motivados por el bien más que motivados por el deseo de hacer el mal? Existen ocasiones en que recibimos un castigo, no por el hecho de que alguien nos odie sino con el deseo de corregir una conducta negativa.

Entonces, el amor no significa tener que decir “sí” a todo, sino siempre actuar con integridad obrando motivados por la verdad. Esto es precisamente lo que san Pablo recomienda en la carta a los filipenses que escuchamos hoy cuando dice: “Esto es lo que pido: que el amor de ustedes crezca más y más en conocimiento y en buen juicio para todo, a fin de que sepan elegir siempre lo mejor. Así llegarán limpios y sin tropiezo al día de Cristo, cargados con el fruto de la honradez que viene por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios”.

La misión profética de san Juan, el Bautista, es proclamar el bautismo para el arrepentimiento de los pecados. Mediante este anuncio las personas son invitadas a “preparar el camino del Señor… para ver la salvación de Dios”.

Preparemos pues los caminos de nuestro corazón en el espíritu del amor para que digamos con firme certeza, “yo estoy en el corazón de Dios”.

El Rvdo. Jesús Reyes, es el Canónigo para el Desarrollo de Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real, California.

Inserto Para el Boletín: Primer Domingo de Adviento

Recursos Para Adviento

29 de noviembre del 2015

Foto: Lawrence Lew

Hoy la Iglesia Episcopal celebra el primer domingo de la temporada de Adviento, que continuará durante cuatro domingos, hasta el día de Navidad. La palabra “adviento” se deriva de la palabra latina adventus, que significa “venida”, y durante esta temporada, la Iglesia entra en un tiempo de preparación y expectativa por la venida de Cristo “en el poder y la gloria” (Marcos 13:26).

Campaña de Adviento de este año para el sitio web de la Iglesia Episcopal y medios de comunicación social se basará en temas diarios destacando las prácticas culturales y tradiciones de la temporada. Cada día, a partir del 1 de Adviento (29 de noviembre) hasta el Día de Navidad (25 de diciembre), se ofrecerán la historia y la información, los proyectos centrados en la familia, música, recetas, oraciones y otros recursos que se centran en el tema concreto del día y los encontrará en episcopalchurch.org y en todos nuestros medios de comunicación social. Participa aquí: http://www.episcopalchurch.org/adventreflections (esta liga no será en vivo hasta 29 de noviembre 2015)

Recursos adicionales de Adviento:

Voces de la paz , esperanza, alegría y amor: http://episcopaldigitalnetwork.com/yacm/

Sociedad de San Juan Evangelist #AdventWord2015: http://ssje.org/adventword

Agencia Episcopal de Ayuda y Desarrollo Toolkit: http://www.episcopalrelief.org/church-groups/advent-toolkit

d365.org Siguiendo las Estrella: http://d365.org/

Descarga los insertos para boletines (PDF):

página completa, de un solo lado, 29 de noviembre del 2015
media página a doble cara, 29 de noviembre del 2015

blanco y negro, página completa, de un solo lado, 29 de noviembre del 2015
blanco y negro, media página a doble cara, 29 de noviembre del 2015

4 Adviento (C) – 2015

20 de diciembre de 2015

Miqueas 5:2-5ª; Cántico 3 o 15 o Salmo 80:1-7; Hebreos 10:5-10; Lucas 1:39-45 (46-55).

En este cuarto domingo de Adviento, todas las iglesias que siguen la tradición de encender una de las velas en la corona de Adviento, están encendiendo la última vela morada. Esta representa la paz y es también llamada “Vela de los ángeles”. El día de hoy sería muy bueno reflexionar sobre el la paz en el contexto de la justicia. Creo que este el mensaje centra del evangelio cuando María proclama el magníficat.

Durante estos últimos domingos, hemos venido diciendo que el Adviento, es cuando entendemos mejor lo que significa esperar la venida de Cristo. Esperamos el arribo de la Navidad, la llegada del Cristo niño. Nuestra atención, tiempo, dinero y energía se centran en la preparación de nuestras festividades familiares y de la iglesia. Este es nuestro punto de enfoque primordial. Sin embargo, no debemos olvidarnos que en la esperanza cristiana también existe la espera de la segunda venida de Cristo. No sabemos el día, no sabemos la hora, pero todos los cristianos tenemos esperanza en ella, puesto que es una promesa hecha por el mismo Jesús a sus discípulos.

El primer tipo, la espera de la Navidad, llega todos los años, siempre llega a tiempo y como se esperaba. No hay duda de que vamos a celebrar la Navidad. El momento de la segunda venida de Cristo, sin embargo, es un misterio. No sabemos cuál será el momento ni el lugar. Sabemos que debemos estar atentos y preparados para la recepción de este día portentoso. La Segunda Carta de Pedro, capítulo tres, versículo 10 dice, “Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. Entonces los cielos se desharán con un ruido espantoso, los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, quedará sometida al juicio de Dios” (2 Pedro 3:10).

Tal escena dramática puede motivarnos, asustarnos y enfocar nuestras vidas para estar listos. El escritor de la Segunda Carta de Pedro se refiere a la paciencia del Señor como un hecho de salvación. A pesar de que nuestra espera, de casi dos mil años desde la primera venida de Cristo, parece seguir sin un término fijo, Pedro nos recuerda que cada día es una nueva oportunidad para preparar nuestros corazones, mentes y almas para el gran acontecimiento de la venida de Cristo. De alguna manera bien podemos decir que estamos viviendo un tiempo de Adviento constante, de preparación perene para la segunda venida del Señor. En efecto, hermanos y hermanas, nuestro tiempo de Adviento no es tan sólo un tiempo de preparación para la llegada predecible de la Navidad, sino también una preparación para la segunda venida misteriosa e impredecible de Cristo y la sanación completa de toda la creación. ¡Qué gran día será!

¿Y qué vamos a hacer mientras esperamos? En las últimas semanas nuestras reflexiones se han enfocado a usar el tiempo de Adviento como un tiempo para la revisión de nuestras vidas. La invitación concreta ha sido a usar cuatro importantes valores humanos fundamentales –esperanza, amor, alegría y paz- como punto de referencia para nuestra revisión de vida. Hoy queremos resaltar el hecho de la paz en el contexto de la justicia. No puede existir la paz verdadera si no se practica la justicia. Por esta razón, como María lo hace en el magníficat, el evento de la justicia depende de la manera cómo pudiésemos estar al servicio de los pobres. Esto es lo que dice María:

“Su misericordia con sus fieles se extiende
de generación en generación.
Despliega la fuerza de su brazo,
dispersa a los soberbios en sus planes,
derriba del trono a los poderosos
y eleva a los humildes,
colma de bienes a los hambrientos
y despide vacíos a los ricos”.

Esto mismo es expresado el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, cuando Jesús describe la dramática escena de su segunda venida y que el juicio final es acerca de cómo es que los pobres habían sido servidos. Se nos recuerda que si hemos servido al más pobre entre nosotros, entonces hemos servido a Cristo mismo. Es importante estar donde los pobres están. Y no sólo para que los pobres sean atendidos, sino para nuestra propia transformación. El acercanos a los pobres es una manera mediante la cual descubrimos nuestra propia pobreza. Cuando descubrimos nuestra pobreza, descubrimos nuestra profunda necesidad de Dios, y estamos más abiertos a reconocer la presencia de Dios. Por así decirlo, es en estos momentos de servicio cundo experimentamos una venida de Cristo.

Se cuenta que una persona de nuestra Iglesia Episcopal fue a Haití en un viaje de misión médica. Llevó consigo a un par de mujeres que nunca habían estado en un país pobre. Todas ellas estaban profundamente conmovidas con lo experimentado en ese país; pero una de las mujeres, en particular, regresó a Estados Unidos con ganas de volver a Haití inmediatamente. Ella dijo: “No tienen nada y, sin embargo, están tan llenos de alegría. Cuando estoy con ellos, ¡yo también me lleno de alegría!”

Esta persona fue a aquellos que viven en la pobreza y descubrió su propia pobreza. Creo que, además de ayudar a los necesitados, esta es la razón por la que Jesús nos pide que sirvamos a los pobres; para que aquellos de nosotros que tenemos la capacidad de servirles de alguna manera, descubramos nuestra propia pobreza y con ello nuestra necesidad profunda de Dios.

Para aquellos de nosotros que podemos tener nuestras necesidades físicas satisfechas, especialmente, es tan fácil pensar que no necesitamos de Dios; que no estamos espiritualmente empobrecidos de alguna manera. Ahora bien, aquellos cuyas vidas son espiritualmente ricas, pero viven en estado de necesidad física, ellos están llamados a pasar tiempo con los espiritualmente empobrecidos. Así unos alimentan a los otros. El ministerio como la construcción de la justicia son eventos de alimento mutuo. Uno alimento al otro de aquello que carece.

Cuando descubrimos nuestra pobreza, nos encontramos en un cierto tipo de desierto. Un lugar estéril, que es peligroso y donde los recursos son escasos. Es ahí donde descubrimos nuestra fragilidad. Y es ahí también cuando descubrimos nuestra dependencia. En las Escrituras, el desierto es un lugar sagrado y poderoso. Los rigores, la aridez, eliminan toda ilusión de nuestra fragilidad. Cuando estamos en el desierto, sabemos que, literalmente, podemos ser consumidos en vida, y que estamos a merced de todo. Estamos dispuestos a recibir cualquier tipo de ayuda en nuestra impotencia.

El domingo pasado escuchábamos acerca de Juan el Bautista. El vagaba por el desierto, comiendo lo que encontraba en ese lugar desolado. Si usted ha estado en un desierto, usted sabrá que el desierto es un lugar salvaje. En este lugar Juan proclama que Dios está cerca. La noticia de la salvación viene desde este peligroso y empobrecido lugar fuera de la seguridad de la ciudad. Y algunas personas sabias dejan sus espacios seguros para salir al desierto y exponerse a este mensaje trasformado sobre la venida de Cristo. ¡Qué hermoso testimonio de fe nos ofrecen! Especialmente cuando nuestra tentación inicial pudiese ser correr hacia un espacio seguro en nuestro pequeño mundo de certeza. Estos fieles han estado expuestos al empobrecimiento, al riesgo, al desierto, a la fragilidad de la vida. ¿Podríamos unirnos a ellos, y abrirnos a nuestra propia pobreza y necesidad de Dios?

Este Adviento, preparémonos para la llegada de la Navidad mediante el acercamiento a los lugares empobrecidos que vemos en el mundo. Conforme estemos presentes en ellos, y para ellos, entonces conoceremos nuestra propia pobreza. Nuestra capacidad para recibir la venida de Cristo se fortalecerá y podremos decir en voz alta: “Ven Señor Jesús ¡Ven!” ¡Qué gran regalo será este!

 

— El Rvdo. Jesús Reyes es el Canónigo para el Desarrollo de Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real.