Cuarto domingo de Adviento – Año B

2 Samuel 7:1-11,16, Cántico 3, Romanos 16:25-27, San Lucas 1:26-38

¡No tengas miedo! Estas son bellas palabras de aliento. Durante este tiempo de Adviento hemos estado esperando al Mesías. Hemos escuchado muchas lecturas sobre su venida. El primer domingo leímos en Marcos: “Manténganse ustedes despiertos, porque no saben cuándo va a llegar el señor de la casa.” Nos dice el evangelista que estemos preparados para la venida de nuestro Salvador. Escuchamos también en las lecturas recientes que hemos de “tener las lámparas listas con aceite”, esperando ansiosos la llegada de nuestro Amado.

Algunas maneras en las que tal vez nos hemos preparado para mañana o para esta media noche, cuando celebramos la venida de Jesús, es cocinando, mandando tarjetas, preparando regalos, poniendo un árbol navideño, luces y otros adornos y pidiéndole a Dios por la paz del mundo.

Durante los tiempos difíciles de la vida, Dios nos dice que no nos durmamos, que estemos bien despiertos para ver a Su Hijo cuando se presente a nuestros corazones y a nuestros hogares. ¡Qué Dios nos ayude a mantenernos atentos para reconocer a Jesús e invitarle a que more en nosotros cada minuto de cada día!

El segundo domingo de Adviento leímos en Marcos esta cita del Profeta Isaías: “Preparen el camino del Señor.” Juan el Bautista dice: “Después de mí viene uno más poderoso que yo… él los bautizará con el Espíritu Santo.” Ambos nos instan a prepararnos, sabiendo que el que viene es alguien poderoso que merece toda nuestra adoración, respeto, y gratitud.

Al preparar un camino en nuestras vidas para Jesús, nos abrimos a posibilidades milagrosas. En su carta a la comunidad de Gálatas Pablo dijo: “Lo que el Espíritu produce es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio”. Jesús nos bautizará con estos frutos del Espíritu Santo. Imagínense tener más amor, más alegría y más paz. Estas son las promesas que Dios nos hace a través de la venida de aquel que tanto esperamos: Jesús.

El tercer domingo de Adviento Juan Evangelista dijo: “Abran un camino derecho para el Señor.” En otras palabras, dejemos los caminos chuecos, los caminos que no nos conducen a Dios como el pecado, la confusión, y cualquier cosa que nos obstruyan el paso hacia Dios. Este camino derecho, recto no quiere decir que vayamos a ser perfectos, pero que sí vamos a hacer todo lo posible para estar en el camino y caminar de la mano de Dios. Que vamos a seguir su guía y alistarnos para seguirle a Jesús.

Ahora estamos en el cuarto y último domingo de Adviento. ¡Mañana es Navidad, lo que hemos estado esperando durante estas cuatro semanas! Hoy leemos en el evangelio de Lucas que el ángel de Dios fue a María para decirle que iba a tener un hijo, Jesús, quien sería un gran hombre, al que llamarían Hijo del Dios altísimo. Pero antes de decirle todo esto, le dijo, “No tengas miedo.” En la Biblia leemos más de cien veces, que no debemos tener miedo. Parece que Dios quiere que estemos muy seguros y seguras de que Él está con nosotros y no hay nada que temer.

Es de imaginarse que María tuvo miedo. Primeramente, llega un ángel. Hay películas donde se ven ángeles llegando a algún lugar y hay cuadros que muestran lo mismo, pero imaginémonos si al llegar a la casa hoy, cuando pensamos que estamos a solas, llega un ángel. ¿Qué haríamos?

Dice la escritura que María estaba sorprendida por sus palabras, pero podemos imaginarnos que si una persona entra en donde estamos sin aviso, y sin conocerla, nos puede causar temor y hasta terror. Las noticias que tenía el ángel tampoco eran noticias cotidianas. El ángel Gabriel le fue a decir a la Virgen María que iba a quedar encinta y tener un hijo. Ella, como era virgen, le dijo que no vivía con ningún hombre. Pero el ángel le dijo que el Espíritu Santo iría sobre ella, y el poder del Dios altísimo se posaría sobre ella. Así que, de nuevo, podemos imaginarnos que las noticias no eran fáciles de aceptar, entender, ni creer. Pero María decidió creer, no tener miedo y aceptar lo que Dios iba a hacer a través de ella. Ella dijo, “que Dios haga conmigo como me has dicho.”

¿Cómo sería el mundo si todos fuéramos más como María? ¿Qué tal si cada vez que Dios nos habla a través de su Palabra, a través de un sermón, a través de una amistad, a través de nuestras circunstancias y oraciones le hiciéramos caso y simplemente dijéramos, “haz conmigo lo que quieras, Dios”? ¿Cómo sería nuestra vida si en vez de dudar o tener miedo decidiéramos creer y tener fe? Tal vez es fácil dudar que Dios pueda hablarnos, pero si apartamos tiempo para estar en silencio, meditar y de estudiar la Palabra, podemos escuchar su voz claramente. Si tratamos de ver la vida con los ojos de Cristo, veremos a Cristo en la vida y así escucharemos lo que Él nos quiere decir.

Otra palabra que el ángel Gabriel le ofrece a María es que para Dios no hay nada imposible. Nada. Imposible. Nada. Esto es para que nos pongamos de pie y alabemos a Dios con cánticos, danza, y mucho agradecimiento. El ángel estaba hablando de su parienta Isabel (en otras versiones dice prima Elizabet), madre de Juan el Bautista. Dice la escritura que era anciana y, “la que no podía tener hijos.”

Es tan difícil creer que hay cosas que no son imposibles. En estos tiempos vemos que hay tanta maldad, racismo, leyes que parecen hacer más daño que bien, y líderes que desean su propio bien, no el de sus seguidores. Así que nos pasamos la vida cabizbajos. Pasamos la vida preocupándonos por el qué dirán. Pasamos la vida preocupándonos de todo lo que nos puede ir mal. Pasamos la vida sin saber lo que Dios nos promete, sin entender y a veces sin querer escuchar lo que la Palabra de Dios nos dice. ¿Por qué? Porque es mucho más fácil pensar que las cosas son imposibles en vez de tener fe y de vivir sin miedo.

A veces, es más fácil no creerle a Dios que lo puede todo. Recuerde que lo imposible se hizo posible hace más de dos mil años. En contra de todas las leyes del mundo y de la física, una joven Virgen quedó embarazada con el Salvador del mundo. En contra de los reyes y gobernantes de la época, nació un bebito que creció, murió y resucitó porque para Dios no hay nada imposible.

Ese mismo Dios que designó que una virgen quedara embarazada con nuestro Mesías y quien hizo que una mujer anciana que decían que no podía tener hijos tuviera a Juan el Bautista, ha estado con cada uno de nosotros durante este Adviento y durante nuestras vidas. Ese mismo Dios ha permanecido a nuestro lado, manteniéndonos despiertos, preparándonos, ayudándonos a que abramos un camino recto, y diciéndonos, “No tengas miedo, nada es imposible para mí.” No tengamos miedo, hermanos y hermanas, nada es imposible para Dios.

Tercer domingo de Adviento -Año B

Isaías 61: 1-4, 8-11, Salmo 126, 1 Tesalonicenses 5: 16-24, Juan 1:6-8; 19-28

¿Se han preguntado ustedes de dónde proviene la tradición de decorar las casas con luces de colores en anticipación a la Navidad? La respuesta es esta: antes de que hubiera electricidad en los hogares, los árboles navideños se decoraban con velas de cera. No fue hasta el año 1882 que el tecnólogo e inventor Eduardo H. Johnson logró diseñar la primera extensión de luces colgantes para su árbol navideño. Con sus propias manos Johnson creó ochenta luces de colores rosadas, blancas y azules del tamaño de una nuez. Los colores que él escogió representan diferentes cualidades, por ejemplo, la blanca representa la pureza de Jesús, la rosada representa la alegría.

Las luces navideñas también sirvieron para inspirar a los cristianos a que recordaran el símbolo de la luz de Cristo que es amor, esperanza y compasión humana.  En aquella época, esas luces también sirvieron para recordarles a los cristianos que compartieran su luz con el mundo.

Desde el 1930 los bombillos navideños son parte esencial de esta estación. Así que, en todo el mundo cristiano, es imposible pensar en la Navidad sin ellos. Hoy en día estas luces han salido de los pesebres y de los árboles de navidad para de mil formas adornar puertas, ventanas y balcones. Millas de luces colgantes de las más atractivas gamas de colores cubren techos y frentes de millones de hogares y patios. ¡Cuántos vecinos no compiten hoy día por iluminar sus hogares, sus cuadras y comunidades enteras!

Si nos preguntaran ¿por qué lo hacemos? responderíamos que nos fascina vestirnos y vestir con luz lo que somos y tenemos para que así irradie la luz de Jesús a través de nosotros y de nosotras, la presencia del Mesías que viene y llegará a residir y quedarse en nuestros hogares, en nuestros corazones y en cada corazón de nuestras comunidades.

Nos fascina compartir esta época de sagrada espera con la belleza de la iluminación navideña, porque año tras año, nuestra fe y nuestra esperanza nos mueven a preparar el alma para la llegada del amor de Dios encarnado en su Hijo, “la luz verdadera que alumbra a toda la humanidad”.

En el evangelio de Juan que acabamos de escuchar, se nos revela la identidad de Juan Bautista, el hombre montaraz que en medio del desierto preparó el camino para la llegada de su primo Jesús. Dios escogió a Juan, un hombre que no es lo que se espera de un profeta enviado, pero que inspiró a las almas de las multitudes de su época a arrepentirse y a ser recibidos en la familia de Cristo. Pareciera que Juan fuese el elegido, pero no lo era, aunque tenía algunas cualidades para serlo. Él mismo expresó claramente su identidad al decir: “No soy yo”. Lo único que Juan pudo reclamar era que preparaba el camino para Jesús. “Juan no era la luz, sino uno enviado a dar testimonio de la luz”. Sólo Dios pudo maravillar a la humanidad con el regalo de gracia que irrumpió en la humanidad de una forma exuberante, extraordinaria y creíble con la llegada de su Hijo, el Mesías.

¿Será que nosotros podemos reclamar nuestra misión de una forma tan clara como la de Juan el Bautista ante la presencia de Jesús? ¿Podemos responder acerca de nuestra identidad cristiana con esa convicción, humildad y certeza que tuvo Juan el Bautista? ¿Qué nos detiene para llevar y compartir el mensaje y la misión de Dios hoy día, como lo hizo Juan? ¿Podemos encontrar la luz radiante de Jesús en el mundo sin dejarnos distraer por los destellos del mundo?

Muchas voces claman a Jesús, cómo lo hizo Juan el Bautista, al ver la oscuridad de la violencia y las tensiones del mundo. Juan repitió la profecía de Isaías cuando gritó en el desierto: “Abran un camino derecho para el Señor.” Las palabras de arrepentimiento continúan instándonos a mirar muy adentro de nuestro ser para ver esa “luz verdadera que alumbra a la humanidad”, la luz verdadera que está en cada uno y una de nosotros.

En este texto se nos revela desde el principio, la importancia de estar preparados con nuestros sentidos, nuestras mentes y nuestros corazones al resplandor fulgurante de Jesús.

En Jesús, encontramos como lo ordinario se vuelve extraordinario. Que todas esas luchas, desilusiones del mundo, el clamor desesperanzador, tristezas, pérdidas y odios son opacados por el resplandor de Jesús. Ese esplendor nos llena de esperanza y nos hace sentir que la oscuridad no puede opacar la luz que Dios sembró en nosotros y nosotras. Somos el cielo lleno de estrellas que titilan en la oscuridad en preparación del nacimiento de Jesús.

Vivamos este tercer domingo de Adviento, con la intención de reconocer y de abrazar la luz que ilumina al mundo, Jesús. No la rechacemos. Dejemos que Jesús naciente, encienda nuevamente nuestra luz interna a través de la oración y de las prácticas espirituales del Adviento.

El ser cristianos y cristianas, y reconocer a Cristo en nuestras vidas en este tiempo de preparación, significa que reconocemos el privilegio que es Jesús transformando a la humanidad. ¡Que se levante poderosa la voz esperanzada, esa que clama en desiertos y montes, en calles y salones, en hospitales, prisiones, hogares, balcones y comunidades, y en las grandes ciudades! Tal como Pablo expresó al pueblo Tesalonicense, inspirémonos también a tener fe en que Dios nuestro creador, el Dios de paz, nos haga perfectamente santos y santas. Pidámosle que también se conserve todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sin defecto alguno, para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Que esa esperanza nos permita florecer en el nuevo año que llega, y el poder entender que “todo lo podemos hacer en Cristo que nos fortalece.”

Hermanos y hermanas, permitamos que se abran nuestros corazones a la luz de la Natividad de Jesús para que sea fuente de amor, de luz divina y de inspiración.

Segundo domingo de Adviento – Año B

Isaías 40:1-11, Salmo 85:1-2, 8-13, 2 Peter 3:8-15ª, San Marcos 1:1-18

Cuenta la historia que había un pueblito en México en el estado de Zacatecas que era famoso por sus Posadas. Todas las familias del pueblo participaban. Las familias designadas para recibir a la gente competían para ver quién podía darles a los peregrinos el mejor banquete. Y el 26 de diciembre, todo el pueblo se reunía en la Plaza Mayor donde el alcalde anunciaba la familia que había organizado la mejor fiesta. La señora de la casa era nombrada, ‘Reina de las Posadas’.

Doña Tomasa era famosa por hacer los tamales más sabrosos de todo Zacatecas. Un año en particular, todos en el pueblo se alegraron cuando se enteraron de que se había designado su casa para recibir a la gente el 24 de diciembre, el último día de las Posadas. Esa Nochebuena, el pueblo se acercó cantando y tocando guitarras, pero cuando llegaron notaron que no había ninguna luz encendida. Solo encontraron a un niño que era el nieto de Tomasa. “Mi abuelita les pide disculpas,” dijo el niño. “Tuvo que salir a trabajar”.

Todo el pueblo quedó muy desilusionado, pero la decepción se convirtió en sorpresa el día 26, cuando se reunieron en la Plaza Mayor y el alcalde declaró a Doña Tomasa, ‘Reina de las Posadas’. Algunos pensaron que era una broma; otros se enojaron. Entonces el alcalde dio la siguiente explicación:

“El día 24 de diciembre, Leonora la esposa de Miguel, empezó con trabajo de parto. Miguel y Leonora viven en un rancho a 12 kilómetros del pueblo, y como ustedes saben la única manera de llegar es a pie, por el sendero de la montaña. Doña Tomasa que es partera jubilada y tiene 68 años, caminó esos 12 kilómetros para ayudar a que naciera ese bebé. Miguel y Leonora estaban tan agradecidos que le pidieron a Doña Tomasa que eligiera el nombre de su bebé. Tomasa sugirió que le pusieran por nombre Jesús.” El alcalde agregó: “Ya ven porque Doña Tomasa es la ‘Reina de las Posadas´.

Hoy es el segundo domingo de Adviento, y todas las lecturas del leccionario nos invitan a prepararnos. Podemos prepararnos como lo pregona Juan el Bautista, el mensajero al que se refiere el profeta Isaías “para que te prepare el camino.” Este personaje peculiar que se alimentaba de “langostas y miel del monte” y cuya ropa “estaba hecha de pelo de camello, y se la sujetaba al cuerpo con un cinturón de cuero” nos invita a prepararnos para recibir a Jesús. Al desierto desde donde el Bautista gritaba “prepárenle el camino del Señor, ábranle un camino recto” venían personas de todas partes para escuchar sus enseñanzas que consistían primordialmente en que todas las personas allí presentes se volvieran a Dios.

Algunas traducciones de la Biblia no usan el verbo volver, sino arrepiéntase. La expresión “volverse a Dios” tal vez exprese mejor el significado del arrepentimiento. Arrepentirse no significa que a partir de hoy viviremos una vida perfecta y que nunca volveremos a pecar. Arrepentirse significa que reflexionamos y nos reorientamos para darle un cambio a nuestros pensamientos y acciones.

Junto a momentos de reflexión y de arrepentimiento durante estas semanas de Adviento, también nos preparamos dedicándonos a una gran variedad de preparativos para la celebración de la Navidad. Una mezcla de emociones se percibe en el ambiente. Por un lado, nos sentimos ansiosos ante los planes para las cenas y las fiestas navideñas y de nuevo año, cómo decorar, cuándo y qué comprar para regalar a nuestros seres queridos y amistades. Al mismo tiempo, nos invade un regocijo casi inexplicable, una alegría en nuestras almas alimentada por nuestra propia fe y esperanza de que Jesús vuelve a manifestarse en el mundo. Estas son emociones muy parecidas a las que una madre siente en las últimas semanas antes de dar a luz. Por una parte, la preocupa que su bebé esté bien y siente incertidumbre ante el misterio que involucra cada fibra de su cuerpo. A la misma vez, su gozo es profundo y su esperanza es sagrada.

El Adviento es un entretiempo. En otras palabras, estas semanas las vivimos con la esperanza y la ansiedad de lo que viene, y también vivimos con el misterio de lo sagrado. Jesús llegó en un momento desconocido para su madre. De la misma manera como todo el universo celebró la llegada del rey del mundo, nosotros también celebramos la expectativa del nacimiento de Jesús.

Las celebraciones festivas son importantes, no obstante, no podemos olvidar que el significado de la Navidad es la llegada del niño Emanuel, Dios con nosotros. Las Posadas nos pueden ayudar a recordar el tiempo de espera de María y José, ya que la tradición invita a las familias a esmerarse por honrar a la Santa Familia en lo que María y José se preparan para recibir al hijo del Altísimo.

En esta época de Adviento tratemos de estresarnos menos, procuremos reunirnos en comunidad para celebrar los servicios religiosos y volver a escuchar las historias bíblicas del Adviento y de la Natividad de Jesús. Busquemos momentos para reflexionar sobre nuestro propio entretiempo, nuestra espera y nuestra esperanza de recibir al niño que entrará en nuestras almas.

Si ponemos a Jesús en el centro de nuestros preparativos, nuestra Navidad será más simple y estará llena del significado sagrado que es la manifestación de Dios en el mundo. La comunidad en Zacatecas siempre recordará el gesto de Doña Tomasa, y de la misma manera nuestros niños y niñas recordarán lo mágico y divino de esta época navideña.

Tanto como en este tiempo de Adviento nos reunirnos para comer, cantar y celebrar, preparémonos para recibir a Jesús, para recibir a Enmanuel, Dios con nosotros que viene a nosotros, Jesús luz resplandeciente, lleno de gracia que nos llega buscando posada en nuestras vidas y en nuestros corazones.

 

Primer domingo de Adviento – Año B

Isaías 64:1-9, Salmo 80:1-7, 16-18, 1 Corintios 1:3-9, San Marcos 13:24-37

¡Feliz Año Nuevo! ¡Así es! El primer domingo de Adviento marca el inicio de un nuevo año litúrgico. El término adviento es una versión de la palabra en latín que significa “venida”. Es una estación de espera, anticipación y esperanza que nos prepara para la celebración de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

Muchos cristianos y comunidades de fe se llenan de regocijo durante la estación de Adviento. Se llevan a cabo prácticas muy particulares a esta estación como, por ejemplo, llevar un calendario de Adviento, la Corona de Adviento y las Posadas – todas estas acciones litúrgicas nos recuerdan la espera del niño Dios y nuestra preparación para la celebración navideña.

En Adviento recordamos la primera venida de Dios al mundo en la persona de Jesucristo y meditamos en su segunda venida, la cual es profetizada en las EscriturasEn cierta forma, la estación de Adviento nos enfoca en el pasado y en el futuro a la misma vez. Nos llama a recordar y a celebrar la Encarnación, el acto más grande del amor de Dios hacia la humanidad, y a la misma vez nos prepara para el día en el cual Dios regresará por su Iglesia.

Las lecturas que escuchamos en los últimos domingos de Pentecostés tenían un tono escatológico, es decir que se enfocaban en el final de los tiempos. Para las próximas cuatro semanas el tema prevalente es el de estar despiertos, el de estar atentos, así como también lo es el tema de la luz. Es común referirse a que una madre da a luz cuando está de parto, así que en esta época de Adviento nuestras oraciones y tradiciones también nos invitan a esperar con María y José la llegada de la luz del mundo, la encarnación de Dios en Jesús.

La colecta de hoy intercede por la gracia de Dios para que podamos despojarnos de las tinieblas y revestirnos con las armas de la luz, haciendo referencia a la vida mortal la cual Jesús asumió para venir y vivir entre nosotros.

Entonces, ¿qué significa estar despiertos y despojados de las tinieblas en estos tiempos?  Mientras reconocemos que nuestra estancia en este mundo es temporal y que nuestro destino final está en la presencia de Dios, es importante que no perdamos de vista la importancia de hacer que cada día en este mundo terrenal sea una oportunidad más para expandir el Reino de Dios, buscar su justica y fomentar actos de luz donde sea que nos encontremos.

El mundo necesita que cada persona creyente permanezca despierta y vigilante en una manera única y relevante, trabajando por la justicia, buscando y respetando la dignidad de cada ser humano y haciendo una diferencia en el mundo a través de nuestras palabras y de nuestras acciones.

En los últimos meses, se ha estado usando una palabra en inglés refiriéndose a un estado de alerta – woke. Este verbo significa estar despierta o despierto. Se refiere también a un estado de consciencia social ante los retos que han enfrentado y siguen enfrentando las minorías étnicas en este país. Se está escuchando mucho la siguiente frase: “Yo estaba dormida/o, pero ahora estoy despierta/o” – es decir, yo estaba inconsciente de lo que está sucediendo, pero ahora estoy consciente y al tanto de las circunstancias que me rodean.

Jesús llega al mundo para abrirle los ojos del alma a la humanidad y la estación del Adviento nos enfoca como cristianos en el pasado y en el futuro a la misma vez. Esto quiere decir, que la luz del mundo antes de la llegada de Jesús existía, pero con su llegada, ese Niño despliega una luz jamás antes vista que abre no solamente los ojos del alma, sino el alma de toda la humanidad. Nuestras vidas toman un rumbo diferente cuando nuestro camino es iluminado por la gracia y el amor de Jesús. Nos alejamos de las tinieblas del pecado y nos acercamos a la luz que da Cristo, siendo guiados y guiadas por el Espíritu Santo en la medida que ponemos nuestra fe en práctica y proclamamos el Evangelio con palabras y acciones. Estamos despiertas y despiertos para establecer el Reino de Dios en la tierra.

El estar despierta y despierto en esta estación de Adviento no solo se refiere a las obras de acción y justicia social que hacemos como parte de nuestro llamado a establecer el reino de Dios en la tierra. También se refiere a un estado del alma, en el cual nuestro ser reconoce a Jesús como salvador y luz del mundo.

Hermanas y hermanos, esta estación de Adviento, de esperanza y de espera, es una nueva oportunidad para reflexionar y asumir nuestra responsabilidad individual y comunitaria en el establecimiento del Reino de Dios terrenal. Es también una oportunidad para alimentar nuestras almas con prácticas espirituales que nos invitan a mirar hacia atrás y a la misma vez tener esperanza en el futuro para de esa manera también acercarnos a ese niño Jesús, el amor de Dios encarnado que vamos a recibir en nuestros corazones en unas semanas.

Que esta estación de Adviento llene nuestras almas de esperanza y de gozo. Que sobre nosotros y nosotras Dios nuestro Padre y Jesucristo nuestro Señor derramen su gracia y su paz. ¡Que Dios nuestro alfarero haga resplandecer su rostro sobre nosotros, que nos renueve y nos bendiga a todos y a todas!

La Muy Rev. Miguelina Howell es originalmente de la República Dominicana y es Deana de Christ Church Cathedral, Hartford.  Miguelina sirve como capellana de la Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal, miembro de la facultad para programas del Departamento de Educación y Bienestar del Fondo de Pensiones y miembro del Consejo Asesor del Misionero Latino de la Iglesia Episcopal.

Día de Navidad (A,B,C) – 2014

25 de diciembre de 2014

Isaías 62: 6-12; Salmo 97; Tito 3: 4-7; Lucas 2: (1-7) 8-20.

¡Feliz Navidad! Que la alegría y la paz del nacimiento de Cristo permanezca con ustedes ahora y siempre.

Oremos,

Te bendecimos, Abba, Padre, pues tu visita a tu pueblo en cuerpo como uno de nosotros en todo, menos en el pecado. Ahora, tú, en tu gran humildad, permites que la fragilidad humana manifieste el rostro de la divinidad. Reúne a tu regazo a todos los pueblos del mundo, para que en tu abrazo podemos encontrar bendición, paz, y la plenitud de nuestra herencia eterna como tus hijas e hijos. Amén.

Durante los últimos 25 días nos estuvimos preparando para vivir este momento, el nacimiento de Jesús, la presencia encarnada de Dios en la historia de la humanidad. Ahora, Dios mismo, en la persona de Jesús, se vuelve en un peregrino de la tierra con nosotros. Durante 25 días nos estuvimos preparando y espero que nuestra preparación para recibir a Jesús en nuestra vida haya sido primordialmente de carácter espiritual. Digo esto porque, en las últimas décadas, el día de la Navidad dentro de la cultura popular es cada vez menos sobre el nacimiento de Cristo y más sobre santa Claus, o Papá Noel; ya ni siquiera san Nicolás. No quiero sonar como trompeta desentonada que arruina la entrega e intercambio de regalos durante la Navidad. Nada de eso. Tan sólo deseo apuntalar el hecho de que la generosidad de la Navidad quiere ser un espejo de la generosidad de Dios para con nosotros.

Sin embargo, en nuestra sociedad, el día de Navidad está siendo manipulado por las fuerzas comerciales y la están vaciando de sentido. La procura de la ganancia económica nos empuja a todos en dirección de comprar, y con esto valorar la calidad de las relaciones humanas basándose en la calidad del regalo que se recibe. Si se fijan en los comerciales televisivos, la alegría está en el recibir más que en el dar. Por esta razón, como cristianos no debemos caer en la trampa del comercialismo, y debemos prestar especial atención a la preparación espiritual para recibir a Cristo en nuestros corazones.

Las tres lecturas y el salmo que escuchamos el día de hoy son muy lindas. La de Isaías nos relata el momento gozoso de la restauración de Israel y de Jerusalén después de haber sufrido la esclavitud bajo el imperio Asirio. Este es un momento lleno de esperanza, alegría y expectativa de un mundo feliz. Para nosotros los cristianos, Isaías está haciendo referencia a la presencia del Mesías, Jesús, Dios con nosotros quien nos conduce al destino final donde todo es plenitud y gracia. Precisamente de esto nos habla la carta de san Pablo a Tito. Parafraseando lo que dice, Pablo nos indica que Dios nos renueva mediante la persona de Jesús. Nos dice, “[Dios] … por pura misericordia nos salvó lavándonos y regenerándonos, y dándonos nueva vida por el Espíritu Santo. Pues por medio de Jesucristo nuestro Salvador nos dio en abundancia el Espíritu Santo, para que, después de hacernos justos por su bondad”.

Ahora, el evangelio nos relata el nacimiento humilde de Jesús. Sin embargo, para capturar la profundidad de este misterio de la encarnación, creo que sería muy importante dar un paso hacia atrás y reflexionar sobre el embarazo de María. La imagen metafórica del embarazo – la historia de la cercanía más que íntima entre madre y bebé- ha sido para mí particularmente poderosa durante este tiempo de Adviento. Esta se ha convertido en una manera para mejor entender lo cerca que Dios quiere estar con nosotros y lo cerca que Dios quiere que nosotros estemos de él. De hecho, el evangelio de Mateo (1:23), haciendo referencia al profeta Isaías (7:14), nos indica que el nombre del niño habrá de ser Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”. Con esto quiero resaltar el profundo significado de la Navidad y el acto valientísimo de María al aceptar ser la madre de Jesús.

Ahora, si trasladamos el hecho de la encarnación y el embarazo de María hasta nuestros días, tendremos que usar del momento de la Eucaristía como el mejor ejemplo de la comunión intima de Dios con nosotros y nosotros con Dios. En la Eucaristía, Jesús nos invita a comer su cuerpo y beber su sangre, imagen que puede ser un tanto perturbante, hasta pudiera sonar un tanto canibalística si la tomamos de manera literal. Pero esta imagen se vuelve mucho más sensible cuando entendemos que el deseo de Jesús es mantenerse tan cerca de nosotros así como sucede en el caso de la imagen de un bebé en seno de su madre. Después de todo, una madre comparte todo lo que es con su bebé; sus cuerpos y su sangre están completamente entrelazados. En este caso la unión de madre y bebé es fundamental para el desarrollo de una nueva vida. Creo que esta es la experiencia de comunión más profunda e íntima en el paradigma humano. Madre y bebé son uno durante el embarazo, como nosotros somos uno con Jesucristo en el momento de la comunión.

Llevemos esta reflexión un poco más lejos. En el evangelio de Juan, el mandato de “comer” a Jesús está por todos lados: “Yo soy el pan de vida, aquel que come de mí no tendrá más hambre” (Juan 6:35). El deseo de Jesús de compartir una presencia más directa y física está firmemente sugerido cuando dice, “coman mi carne y beban mi sangre…” (Juan 6:53). Estas palabras suenan muy fuertes, ¿no es así? Ciertamente en el evangelio, la noción compartida con Nicodemo de que uno debe “nacer de nuevo” (Juan 3:3), no es solamente una sugerencia; se trata de un requisito esencial para adentrarnos en el conocimiento profundo de Dios mediante Jesucristo. Como cristianos celebramos este deseo y le respondemos durante la misa, cuando realizamos la Gran Oración Eucarística.

Cuando ponderamos el hecho del embarazo de María con Jesús, el Cristo niño desarrollándose en la dimensión humana, entonces pienso que Dios, habiendo escogido ser revelado de esta forma, nos está indicando lo cerca que él quiere estar de nosotros. He aquí la razón y la importancia por la cual él mismo quiso nacer en cuerpo y sangre. Así es, el nacer parece ser muy importante; y también nos habla de cómo Dios mismo ha creado todas las cosas.

Después de todo, Dios mismo pudo haber escogido el aparecer de forma instantánea  – como lo hacen los superhéroes en las historietas- en lugar de hacerlo desarrollándose en el vientre de una mujer. En el vientre de María Jesús se mantiene al mismo tiempo humano y divino. ¿Cómo sería el imaginar a Jesús desarrollarse en el seno de Dios? El mismo Jesús nos habla de esta cercanía con Dios Padre. Ahora, ¿cómo sería el imaginarnos a nosotros mismos en el seno de Jesús? Pues Jesús habla también de mantener esa misma cercanía con nosotros. Ciertamente nosotros mismos deseamos con ansiedad este tipo de cercanía con Dios. ¿Cómo sería el imaginar que la divinidad, Dios mismo, esté completamente y totalmente entrelazada en tu vida?

Este tiempo de la encarnación es el cumplimiento del deseo de intimidad entre lo humano y lo divino. Así es como sucede en Jesús, en el seno de María y en nosotros, conforme recibimos a Cristo en nosotros mismos tanto física como espiritualmente. Mi deseo es que respondamos con esa gran acción de gracias –como en la Eucaristía-, compartiendo completamente de su presencia en nuestras vidas, habiendo sido nacidos en este mundo y nutridos de él, signo viviente de lo que el amor íntimo puede hacer por el mundo.

¡Que la presencia de Cristo siempre permanezca con ustedes!

¡Feliz Navidad! ¡Amén! ¡Aleluya!

 

— El Rvdo. C. Jesús Reyes es actualmente el Canónigo para el Desarrollo y Crecimiento de las Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real, California. Es de nacionalidad mexicana y ha vivido en Estados Unidos desde el año 1989. Habiendo crecido en Tijuana, Baja California, México, es una persona muy familiarizada con las realidades de los inmigrantes en este país; de hecho, vive en carne propia esta realidad. Antes de venir a Estados Unidos, sirvió como misionero en la región zapoteca del Estado de Oaxaca, México. Después de esto, trabajó por varios años como misionero en el Estado de Espíritu Santo, Brasil.

Nochebuena (A,B,C) – 2014

24 de Diciembre de 2014

Isaías 9:2-7; Salmo 96; Tito 2:11-14; Lucas 2:1-14, (15-20).

Quizás al leer, una y otra vez, la narración de la natividad que nos presenta el evangelista Lucas, podamos quedar atrapados o perturbados en este versículo en particular: “No había sitio para ellos en la posada”. Es posible que otros versículos nos llamen la atención más, pero éste, en particular, nos puede ilustrar más detenidamente la intención que Lucas nos quiso transmitir.

Probablemente este versículo haya sido uno de los más usados para dar cabida a la inspiración y a la imaginación cristiana durante siglos. Ha inspirado miles de sermones, liturgias, canciones y libros de Navidad. Este versículo, en particular, ha inspirado a generaciones de poetas, músicos y artistas, tratando de comprender el misterio que encierra este evento navideño.

Lucas, en su narración de la natividad, es muy concreto y no nos da más detalles salvo que no hubo lugar para José y María en la posada. Sólo podemos imaginar la escena desplegada alrededor de este versículo en particular.

Podemos ver a José y María muy cansados y agotados por el viaje, recorriendo los caminos polvorientos y abandonados que solo son posibles en el desierto en su camino a la ciudad de David, llamada Belén, para cumplir con lo que el profeta Miqueas había ya anunciado: “En cuanto a ti, Belén Efrata, que no destacas entre los clanes de Judá, sacaré de ti al que va a ser soberano de Israel” (Miqueas 5:2).

Sólo podemos imaginar cuán cansados José y María estuvieron después de caminar muchos kilómetros a pie. ¿Cómo pasaban la noche durante su recorrido antes de llegar a Belén? ¿Se tuvieron que cuidar de ladones, o maleantes durante su trayecto? ¿Se tenían que cuidar de serpientes o animales ponzoñosos en su camino? ¿Tendrían un burro como única forma de transporte? Esto nunca lo sabremos. Lucas no menciona estos detalles en su narración.

Además la distancia desde Nazaret hasta Belén es un poco más de ciento sesenta kilómetros, similar a cualquier distancia entre nuestras ciudades. En auto, esta distancia se puede recorrer en menos de dos horas. Incluso para los estándares modernos, completar un viaje a pie de esta magnitud nos tomaría varios días.

Nosotros sólo podemos presumir imaginar que José y María llegaron al pueblo desolado de Belén en medio de la noche, bajo un cielo oscuro lleno de millones de estrellas radiantes; los perros a la distancia ladrando y el sonido de grillos alrededor de ellos, se hacía más intenso al irse acercando a la posada. Pero eso sí, sólo sabemos por la narración de Lucas que cuando llegaron, “no había sitio para ellos en la posada”.

Doce días antes de Nochebuena es muy común, y cada vez está tomando más auge, la celebración de “Las posadas” en la Iglesia Episcopal. “Las posadas”, son una tradición que se inició en México a finales del siglo XVI y que ahora se celebra en muchos países de América Latina y comunidades en Estados Unidos.

“Las posadas” representan el viaje que José y María hacen Belén. Las posadas se basan en la idea de la recreación de la búsqueda de refugio en la noche, así la gente puede experimentar de una manera única las dificultades del viaje que José y María enfrentaron.

También es una manera de ver cómo muchas puertas, a veces, se nos cierran al final del viaje. En esta recreación, María y José buscan un lugar para quedarse y dos grupos de personas cantan estribillos, que son básicamente un intercambio entre José y el hostelero. Al final de la canción el hostelero reconoce a María y José, como los santos peregrinos, y hace una reparación por su rechazo inicial haciendo énfasis en que no los conocía, diciendo: “Entren santos peregrinos, reciban este rincón aunque es pobre la morada, se la doy de corazón”.

Pero, a pesar de lo que ilustran todas las imágenes tradicionales sobre las escenas navideñas, nosotros no podemos estirar demasiado la ilustración que Lucas nos está dando en su narración.

Lucas es muy breve en la descripción del nacimiento de Jesús. Sólo sabemos que mientras José y María estaban en Belén, María dio a luz a su hijo primogénito y lo envolvió en pañales o bandas de tela y lo acostó en un pesebre. Lucas no nos da más detalles, no nos dice por qué no había lugar para ellos en la posada y el hostelero, como personaje característico al momento de cantar las tradicionales “posadas”, nunca es mencionado.

A medida que la historia de la natividad es contada una y otra vez, varios comentarios bíblicos sugieren que la traducción alternativa de “posada” que usa Lucas podría ser “cuarto de huéspedes “ o “casa”. Esta palabra griega de “posada” que Lucas utiliza en esta narración, es la misma que Lucas emplea en su narración cuando Jesús envió a Pedro y Juan en busca del “cuarto de huéspedes” en preparación para la Pascua con sus discípulos (Lucas 22:11).

Según la interpretación de la palabra “posada”, en este contexto, es sumamente posible que no hubo una falta de hospitalidad por parte de la posada local, es posible que el problema hubiera sido, que había simplemente demasiadas personas ya hospedadas en la casa, lo que obligó a José y a María a buscar refugio en un pesebre afuera de la misma.

A todo esto nos preguntamos ¿cuál es el mensaje que intenta transmitir Lucas cuando menciona que, “no había sitio para ellos en la posada?” Tal vez el hecho de que no había lugar para ellos en la posada podría verse como una parábola del alma humana.

¿Me pregunto cuántas veces nosotros nos cerramos a las posibilidades que se presentan frente a nosotros de dar la bienvenida y recibir al Dios encarnado? Este es un Dios que es el origen y sentido de toda la vida, que se reveló a sí mismo en un bebé indefenso que llega al mundo inadvertido en el establo de un pueblo insignificante.

Me pregunto ¿cuántas veces hemos cerrado la puerta al Dios amoroso que nos sale al encuentro donde menos lo esperamos? ¿Es posible que podamos reconocer su presencia divina?

Cuando el ángel del Señor se apareció a los pastores y les dio la buena noticia de que el Salvador, el Mesías, el Señor había nacido en la ciudad de David, los pastores fueron a buscar a este niño, fueron al encuentro del Dios encarnado. Fue su propia iniciativa el embarcarse en su viaje a Belén.

¿Podemos nosotros tomar la misma iniciativa, abrir nuestras puertas e ir a donde Dios viene a nuestro encuentro? ¿Podemos tomar la misma iniciativa, abrir nuestras puertas y decir, en mi casa hay muchas habitaciones, ven y quédate conmigo? ¿Podemos estar verdaderamente abiertos y decir… hay un lugar para ti, eres bienvenido?

En esta Nochebuena sí somos capaces de hacer esto. Puede ser muy difícil, pero somos capaces de decir, ven, te hemos estado esperando. ¡Eres bienvenido!

 

— El Rvdo. Alfredo Feregrino, es nativo de la Ciudad de México y obtuvo su Maestría en Teología en la Escuela de Teología y Ministerio en Seattle University donde obtuvo también el primer Dr. Rod Romney “student preaching award”. Actualmente está formando una congregación bicultural en Seattle Washington: Nuestra Señora de Guadalupe.

4 Adviento (B) – 2014

21 de diciembre de 2014

2 Samuel 7:1-11, 16Cántico 3 o Cántico 15 or Salmo 89:1-4, 19-26; Romanos 16:25-27;Lucas 1:26-38.

Con este domingo de Adviento nos acercamos definitivamente a la Navidad; en sólo tres días estaremos celebrando ese maravillo misterio en el que una débil criatura “envuelta en pañales”, nos revela el amor más grande de parte de Dios.

Escuchamos hoy en la primera lectura el pasaje del Segundo libro de Samuel donde se pueden establecer dos cosas: por un lado, las intenciones de David de construir una casa para el Señor y, por otro lado, la iniciativa de Dios de darle más bien al rey una “casa”; es decir una descendencia que se perpetuaría en el trono de Israel.

La referencia a esta escena de David con el profeta Natán donde este último se encarga de transmitirle al rey la voluntad divina, sirve para refrendar el origen de Jesús: nos dice Lucas que José, el hombre que estaba desposado con María, era de la estirpe de David.

Cuando los israelitas fueron liberados de Egipto, Dios los conformó como un pueblo, con una alianza y con una tierra dónde realizar un proyecto de vida distinto al que habían vivido en Egipto: un proyecto de sociedad igualitaria en una tierra de libertad, apartada de Egipto. No obstante, después de escasos dos siglos durante los cuales Israel vivió la experiencia de la organización tribal, prefirieron igualarse a los demás pueblos vecinos y fue así como optaron por la monarquía. De hecho, el primer rey de Israel, ungido por Samuel, último de los jueces, fue Saúl; sin embargo, nos narra el primer libro de Samuel, que Saúl cayó en desgracia a los ojos de Yahvé quien le retiró su espíritu, y fue reemplazado por David.

David alcanzó, pese a sus múltiples pecados, una gran aceptación y fama en Israel y siempre será recordado como un rey bueno de cuya descendencia, algún día brotará el retoño que encarnará la figura del Mesías; por eso los evangelios son cuidadosos en demostrar que Jesús, que es el Mesías para los que lo aceptaron y creyeron en él, desciende de David por la línea de su padre José.

Y para ayudarnos a la preparación inmediata de la celebración del nacimiento del Niño Jesús, nos presenta la liturgia hoy, el pasaje de la Anunciación del ángel a María. Podríamos decir que este domingo es mariano, la figura central hoy no es ni David, ni Jesús todavía; la gran protagonista de hoy es María a quien veneramos con sincero afecto, primero por haber aceptado sin vacilación, ser la madre del Salvador, segundo por haber confiado en las palabras del mensajero de Dios; tercero, por ser la primera criatura redimida, María es la primicia de la redención; y cuarto, porque en ella estamos todos representados de alguna manera, pues a cada momento, Dios nos comunica su voluntad como a ella; tendríamos que ver si como ella, estamos prestos a decir “yo soy la sierva, o el siervo del Señor; hágase en mí según tu Palabra”.

Para Lucas como catequista, pero también como historiador según la tradición cristiana, es muy importante reconstruir ciertos momentos iniciales de la vida de Jesús, el gran protagonista de su obra, por eso dedica los tres primeros capítulos de su evangelio a lo que denominamos “la infancia de Jesús”. Por supuesto que cuando el evangelista compone este relato, han pasado ya varios años de la pasión muerte, y resurrección de Jesús; se trata entonces de un relato pos-pascual cargado ya de la fe y la fascinación por Jesús y, además, de una gran veneración y devoción hacia su madre, María. Y esto es bueno saberlo para que podamos valorar cómo el evangelista, no deja de lado los detalles de los orígenes humanos de su protagonista.

Digamos entonces que el relato de la Anunciación es literatura, una composición basada en el esquema del género literario “anuncio de nacimiento”, muy frecuente en la Biblia y también en el mundo pagano. Pero cuidado, con esto no queremos quitarle al relato de la Anunciación todo el contenido teológico y evangelizador que tuvo desde el momento en que Lucas los construye y lo pone al servicio de la catequesis para la comunidad que él evangelizaba; la intencionalidad de mostrar el relato como una pieza literaria, un género literario, es que no nos quedemos en las palabras del relato, sino que ahondemos, que miremos más allá de las meras frases e imágenes extraordinarias y tratemos de descubrir la intencionalidad teológica del evangelista cuando cuenta así el anuncio del nacimiento de Jesús.

Lo primero que traza Lucas en su relato son las coordenadas que le dan carácter histórico a lo que nos va a narrar: en cuanto al tiempo: ocurrió en el sexto mes; en cuanto al lugar: se trata de Nazaret, una pequeña población de la región de Galilea y en cuanto a los personajes: María y, por supuesto se menciona a José con quien ella estaba desposada; el trasfondo de todo es la expectativa mesiánica; es decir, la esperanza religiosa de que un día Dios visitaría a su pueblo enviando un Liberador.

Lo novedoso de Lucas es que en su relato esas expectativas mesiánicas involucran directamente la competencia humana; es decir, el evangelista pone de manifiesto que en los planes divinos la acción humana es muy importante; pero además, es necesario que caigamos en cuenta de otra cosa: desde el principio mismo del evangelio, Lucas nos está mostrando que esa acción humana, esa competencia humana con la que cuenta Dios para realizar sus planes, no se basa en primer lugar en los que tienen fama o importancia en la sociedad; es a partir de los pequeños, humildes y sencillos donde Dios pone los ojos para involucrarlos en la ejecución de sus planes.

María, es en efecto, el más claro ejemplo de lo más sencillo e ignorado de la sociedad de su tiempo; la sociedad patriarcal en que nace y crece María relega a la mujer a un segundo o tercer plano; las mujeres no cuentan; tienen valor en cuanto están amparadas por un hombre. Primer elemento entonces que Lucas quiere subrayar en su relato: Dios no se fija en las apariencias humanas, se fija en quienes no cuentan para la sociedad porque quizás en ellos hay mayor apertura a su Palabra, mayor disponibilidad para comprometerse en la realización de sus planes.

El segundo elemento importante que nos muestra Lucas es la disponibilidad y la fe confiada de María para aceptar la Palabra de Dios. El único “pero” que pone María a la propuesta divina es “¿cómo será esto si no convivo todavía con mi varón?” (Lucas 1:34).

María no necesita mayores explicaciones, no tiene nada claro, pero sí está firmemente aferrada a su fe en un Dios que no la dejará sola y por eso, aunque las palabras del ángel no son la más clara de las explicaciones, ¿cómo es así que iba a quedar encinta por el Espíritu Santo? ¿Alguno de nosotros entendería eso? ¡Pues María tampoco! Sin embargo, tiene la valentía de expresar “yo soy servidora del Señor, que se haga en mí todo cuanto has dicho” (v. 38).

Demos gloria al Padre porque su manera de ser y de actuar es tan diferente a la nuestra; roguemos para que nos regale en esta Navidad un corazón como el de María, dispuesto, sencillo y humilde, con la capacidad de escuchar su voz y con la prontitud necesaria para decir “Sí” a su llamado. Que al ver a María en el pesebre con su hijo recién nacido en sus brazos, recordemos que en ella estamos representados todos, hombres y mujeres de todos los tiempos con los cuales Dios quiere seguir llevando adelante su plan de salvación y de quienes espera siempre ese Sí confiado como el de ella.

 

— El Rvdo. Gonzalo Rendón es sacerdote de la Iglesia Episcopal en Colombia. Por algunos años sirvió en la Diócesis Episcopal de Colombia en San Lucas (Medellín) y en la Catedral de San Pablo (Bogotá). También fue comentador de las lecturas dominicales del Ciclo A y parte del Ciclo B. Ha colaborado en otras publicaciones como Diario Bíblico Latinoamericano y los comentarios pastorales de La Biblia de nuestro pueblo. Ahora trabaja como profesor virtual de una importante universidad virtual de Colombia.

3 Adviento (B) – 2014

14 de diciembre de 2014

Isaías 61:1-4, 8-11; Salmo 126 o Cántico 3 o Cántico 15; 1 Tesalonicenses 5:16-24; Juan 1:6-8; 19-28

Podríamos decir que en este tercer domingo de Adviento, la nota predominante es la alegría. En efecto, todas las lecturas se enfocan a ese sentimiento. Hay alegría cuando se reciben buenas noticias, como allá los deportados en Babilonia, cuando el profeta les anuncia su próxima liberación; hay alegría cuando los que vieron y escucharon a Jesús sentían esa presencia cercana de Dios a través de su hijo; hoy sentimos alegría porque la Navidad está ya muy cerca, porque volveremos a contemplar ese misterio insondable del nacimiento de Jesús, Dios que se hace uno como nosotros.

El profeta Isaías (el Tercer Isaías) describe con abundantes imágenes los sentimientos que suscita la esperanza de la pronta liberación de la servidumbre en Babilonia. El ambiente es de sufrimiento, de nostalgia, de tristeza y abatimiento, y para esas personas que por años han vivido esa situación, la buena noticia del profeta no puede ser mejor: el Señor mismo vendrá a vendar las heridas, a sanar los corazones rotos, a levantar a los caídos, a liberar a los cautivos… Y esa perspectiva de liberación hace que el profeta junto con los creyentes entone cantos de alabanza y acción de gracias al Liberador de Israel como el que acabamos de escuchar en la primera lectura.

Nuestro mundo actual necesita esta voz profética, requiere con urgencia volver los ojos a Jesús para sentir que él ha realizado ya esa proclama de Isaías, pero que esa acción de Jesús realizada tiempo atrás debe ser actualizada permanentemente por nosotros los que creemos en él, los que decimos ser sus seguidores. No basta simplemente con creer; el Diablo también cree. En los evangelios encontramos testimonios donde se nota que el Diablo, el Tentador, dice creer; sin embargo, no por creer deja de ser “el” Tentador. Igual sucede con nosotros, decimos creer, pero nuestra vida y nuestra obras no se ajustan a esa fe que profesamos; es que creer en Jesús va más allá de confesarlo como el Mesías, el Hijo de Dios, esa confesión de fe implica para nosotros realizar las mismas acciones de Jesús, adoptar su estilo de vida, de confianza plena en Dios, de amor desbordante hacia los más débiles e ignorados de la sociedad, entregar hasta nuestra propia vida por la justicia, rechazar de manera radical todo lo que se opone al plan de vida propuesto por el Padre… eso y mucho más implica ser seguidor de Jesús.

Ojalá que nuestro estilo de vida, sea buen anuncio para tanta gente que dice creer en Dios, y sin embargo, sufren de soledad, de abatimiento, andan con el corazón roto, los ojos vendados… Nosotros, que por el bautismo somos también profetas, pidamos a Dios la luz necesaria para ejercitar ese don de ser profetas, anunciadores de las buenas noticias de la salvación y de la acogida del Padre a todos sin excepción.

A tono con la alegría característica de este tercer domingo de Adviento, escuchamos hoy el amplio testimonio de Juan el Bautista sobre Jesús. Digamos que, aunque en el pasaje del evangelio según san Juan que escuchamos no se nota mucho ese tono de alegría, sabemos que para la comunidad del evangelista, este testimonio y estas aclaraciones sí produjeron mucha alegría. Los cristianos de la primera generación tuvieron que discernir cuál de los dos personajes, Juan o Jesús, era definitivamente el Enviado de Dios, el Mesías; es decir, para los seguidores de Jesús no fue todo tan claro desde el principio. Y menos aún, para los miembros de la comunidad, o de las comunidades a las cuales se dirige el evangelio de san Juan, pues se nota que eran personas profundamente marcadas por el gnosticismo tan en boga en aquella época.

Tratemos de ponernos en el lugar de esa comunidad joánica que tiene pues, una fuerte influencia del movimiento bautista, pero también una fuerte experiencia de evangelización y de formación cristiana; a eso también hay que sumarle la influencia del gnosticismo que al parecer tiene raíces muy hondas en la mentalidad de esa comunidad. Si miramos bien, también hoy muchas comunidades presentan ambigüedades similares.

El evangelista Juan declara que efectivamente Juan el Bautista fue un hombre enviado por Dios; es decir, que su ministerio tiene ciertamente autoridad; pero inmediatamente describe su misión: “vino como testigo, para dar testimonio de la luz, de modo que todos creyeran por medio de él”. El bautista fue, entonces, el medio para preparar, para disponer la fe en el que sería realmente el Ungido de Dios.

La otra manera de establecer la necesaria claridad sobre los dos personajes y sobre la misión de cada uno es relatar el diálogo entre las autoridades judías de Jerusalén y el mismo Bautista. Los otros tres evangelios sinópticos no narran este mismo diálogo, pero al menos Mateo y Lucas nos dejaron un testimonio más para refrendar la identidad de Juan y la de Jesús: cuando Juan está en la cárcel, él mismo envía mensajeros a Jesús para preguntarle “¿Eres tú el que había de venir o tenemos que esperar a otro?” (Mateo 11:2-6; Lucas 7:18-23).

Miremos con detenimiento el interrogatorio al que es sometido Juan según lo que hemos escuchado hoy. De acuerdo con el relato, podemos deducir que desde las expectativas de la religión judía, en cualquier momento aparecería Elías, el famoso profeta del Antiguo Testamento que supuestamente regresaría como signo de la inminente llegada del Mesías. Ante la pregunta de los enviados de las autoridades de Jerusalén, Juan responde que no es Elías. Otro personaje que debía aparecer en cualquier momento era “el profeta”, alguien con la sabiduría necesaria para interpretar y explicar al pueblo toda la Escritura, este sería el profeta escatológico, es decir, de los últimos tiempos. Juan declara que tampoco es ese profeta. Finalmente, la inquietud de las autoridades es saber si entonces se trata del Mesías; Juan declara que tampoco es el Mesías.

Resaltemos la honestidad del Bautista y su humildad para no hacerse pasar por ninguno de esos tres personajes tan esperados por los judíos. Otros sí lo habían hecho, muchos falsos profetas y falsos mesías se habían presentado predicándose a sí mismos y habían fracasado. Juan sabe y es consciente de que su misión es simplemente la de ser esa “voz en el desierto” que llama a la conversión y al cambio de vida. Podríamos decir que en cierto modo, al tiempo que los cuatro evangelistas se ocupan de establecer con claridad la identidad tanto de Juan como de Jesús, en cierto modo es un homenaje que le rinden al bautista, no es mera casualidad que pongan en labios de Jesús expresiones cargadas de admiración y de honor hacia Juan: “Les aseguro, de los nacidos de mujer no ha surgido aún alguien mayor que Juan el Bautista” (Mateo 11:11).

Hoy no necesitaríamos nosotros quién nos aclare quién es Juan y quién es Jesús, ¿verdad? Sin embargo, a veces nos dejamos confundir ya no con otro personaje como el bautista, sino con los distintos modos de ver y de entender a Jesús y su mensaje. Si miramos con atención, cuántos cristianos se desvanecen y se deshacen en una mera contemplación mística de Jesús, lo adoran, lo alaban…etc., pero no se comprometen para nada con lo que él nos pide. Muchos sólo ven en él aquella dimensión divina, espiritual, pero se olvidan de ese aspecto humano de Jesús, aquel que lo hizo ver, sentir, gozar, padecer… tal como nos pasa a todos.

Qué bueno que esta Navidad que ya está tan cerca, nos recuerde a nosotros quién es Jesús: el Dios que se ha hecho humano como nosotros y que desde la humildad del pesebre nos invita para que lo aprendamos a identificar, para que asumamos con verdadero compromiso la tarea que desde el pesebre él empezó: acercarse a nosotros, acercar a Dios hasta nosotros.

 

— El Rvdo. Gonzalo Rendón es sacerdote de la Iglesia Episcopal en Colombia. Por algunos años sirvió en la Diócesis Episcopal de Colombia en San Lucas (Medellín) y en la Catedral de San Pablo (Bogotá). También fue comentador de las lecturas dominicales del Ciclo A y parte del Ciclo B. Ha colaborado en otras publicaciones como Diario Bíblico Latinoamericano y los comentarios pastorales de La Biblia de nuestro pueblo. Ahora trabaja como profesor virtual de una importante universidad virtual de Colombia.

Fiesta de la Virgen de Guadalupe (A,B,C) – 2014

12 de diciembre de 2014

Zacarías 2:14-17; o Apocalipsis 11:19, 12:1-6, 10; Judit 13:18-19; Lucas 1:39-56 o Lucas 1:39-47.

El relato de la Guadalupana de México se atribuye al indígena Don Antonio Valeriano (1520-1605?), discípulo de fray Bernardino de Sahagún. Antonio nos transmite la narración de las apariciones ocurridas del 9 al 12 de diciembre de 1531, tal como el vidente, Juan Diego, indígena azteca, se las contó. La copia más antigua del relato se encuentra en la biblioteca pública de Nueva York en el departamento de libros y manuscritos raros.

El documento está escrito en la lengua náhuatl –lengua todavía en uso–. El título completo es: Aquí se cuenta cómo hace poco milagrosamente se apreció la Perfecta Virgen Santa María, Madre de Dios, nuestra Reina; allá en el Tepeyac, de renombre Guadalupe”.

A 20 kilómetros de México, en el pueblo de Tlayacac, nace Juan Diego (1474-1548), cuyo nombre indígena significa “el que habla como águila”. El relato lo describe como un “pobre indio”, es decir, uno que no pertenecía a ninguna de las categorías sociales del Imperio, como funcionarios, sacerdotes, guerreros y mercaderes. Pertenecía a la clase más numerosa y baja del Imperio Azteca. Veamos cómo sucedieron los hechos.

El sábado, día 9 de diciembre de l531, Juan Diego venía muy de madrugada para asistir a la misa y realizar recados en Tlatilolco, barrio de México. Al subir al cerro del Tepeyac escucha la voz de una mujer que le dice que es la Madre de Dios, y pide que le erijan un templo en el cerro. Ese mismo día, Diego entra en la ciudad de México y habla con el obispo Juan Zumárraga. Le cuenta la aparición. El obispo no le cree. Juan Diego, vuelve a subir al cerro y le pide a la Virgen que mande a alguien más importante que él, porque el obispo no le va a creer. Pero la Virgen insiste que tiene que ser él y no otro quien lleve el mensaje.

El domingo, día 10 del mismo mes, Diego, de madrugada vuelve a Tlatilolco. Después de oír misa logra ver al obispo. Éste le hace muchas preguntas, le sugiere que pida una señal a la Virgen. El obispo manda espías para que sigan al indio, pero éstos lo pierden de vista al llegar al cerro. Regresan y le dicen al obispo que no preste atención al indio. Juan Diego habla nuevamente con la Virgen quien le promete una señal para el día siguiente.

El lunes 11, Juan Diego no pudo ir a recoger la señal porque su tío Juan Bernardino estaba grave, el cual por la noche, ruega le traigan un sacerdote para confesarse. El martes, día 12, muy de madrugada Juan Diego marcha a Tlatilolco en busca del sacerdote. Para evitar encontrarse con la Virgen, da un rodeo al cerro, pero al otro lado aparece la Virgen, que, ante las disculpas de Diego le dice que no se preocupe porque su tío no morirá. Le manda que suba a la cima del cerro donde podrá recoger toda clase de flores. Efectivamente, sube, y se asombra de ver “tantas varias exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo”; las recoge y se las trae a la Virgen, quien se las pone de nuevo en el regazo de Juan Diego para que se las ofrezca al obispo.

Al llegar al palacio del obispo, el mayordomo y los criados no le dejan entrar. Diego espera pacientemente. Al verle allí tanto tiempo, cabizbajo, decidieron llamarlo. Observaron que llevaba flores. Por tres veces intentaron quitárselas, pero no pudieron porque parecía que desaparecían y se grababan en la manta. Se lo cuentan al obispo y éste decide recibirlo, pensando que esa era la señal esperada. Juan Diego entra, deja caer las rosas y al mismo tiempo ven la imagen de la Virgen estampada en la tilma del indio. “Luego que la vio el señor Obispo, él y todos los que allí estaban, se arrodillaron; se levantaron a verla, se entristecieron y acongojaron. El señor Obispo, con lágrimas de tristeza, oró y le pidió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato”. Al día siguiente, Juan Diego regresa a casa y ve su tío ya curado.

En la imagen grabada en la tilma de Diego aparece la Virgen rodeada de los rayos del sol. Los indios interpretan que la Virgen era más poderosa que el sol al que daban culto. Aparece pisando la luna en cuarto creciente, con lo que veían que era más poderosa que el dios Quetzacoaltl. Lo mismo sucede con las estrellas que los indios veneraban, pues ahora veían cuarenta y seis estrellas de oro decorando el manto de la Virgen. Los colores del manto, azul verde, y el de su vestido, rosa, eran colores reales en la simbología azteca. Ahora bien, esta Señora no parecía ser diosa, ya que se mostraba en actitud de adoración con su cabeza inclinada ante el Hijo que lleva en su seno, simbolizado por la estrella que decora su vestido en el vientre y por el cuello y los puños afelpados de armiño, señales de que va a ser madre. No falta el detalle del crucifijo que la Virgen llevaba colgando del cuello. Los misioneros habían predicado sobre ese Dios llamado Jesucristo y que ahora les mostraba María, como el único Dios verdadero.

Tanto sobre ésta, como de otras apariciones, siempre habrá creyentes e incrédulos. Por otra parte, hay que comprender que lo que cuenta en las devociones populares no son los datos históricos, sino la fe de la gente. Y esa fe puede conducir a hechos portentosos. Tiene razón Virgilio Elizondo al afirmar en su libro Galilean Journey que “el milagro real no fue la aparición sino lo que sucedió al indio vencido”, de repente, este indio, representado en Juan Diego, adquiere vida, valor y orgullo. El indio empieza a entender que la nueva religión traída por los misioneros puede ser una continuación de la que ellos practicaban. Tenían ya un ejemplo: la diosa Tonantzin que ellos adoraban como la “madre de todos los dioses” es ahora la madre del único y verdadero Dios.

En la actualidad, México no se entendería sin el fenómeno guadalupano. El 22 de febrero de 2003, el cardenal de México, Norberto Rivera Carrera, llegaría a afirmar: “Si quitas de nuestra historia a María de Guadalupe, estás hablando de otro país, de otra nación, de otro pueblo, pero no de México, que se ha conformado en torno a santa María de Guadalupe”.

Todos los 12 de diciembre, la ciudad de México entera se traslada al pie del santuario, desde la mañana hasta la caída de la tarde, formando una muchedumbre pintoresca ante la basílica de México, donde se guarda la imagen de la Virgen. Se calcula que llegan al año unos veinte millones de peregrinos, y el día de la fiesta unos tres millones. Entre todos estos peregrinos encontramos: indios, mestizos, blancos, turistas y curiosos; artistas populares, danzantes con trajes prehispánicos, mariachis; hombres, mujeres y niños; todos se reúnen para bailar y cantar en honor de la Virgen morena. Ese día el pueblo mexicano nos ofrece la mejor estampa de la vida mexicana, con sus tradiciones y devociones populares. El papa Pío XI la declaró patrona de todas las Américas.

Honremos y amemos, pues, a María ya que nos dio a su amado hijo Jesucristo.

 

— El Rvdo. Isaías A. Rodríguez es oriundo de España, llegó a este país en l974. Lleva en la ciudad de Atlanta desde l980 y trabajando como misionero hispano en la Diócesis de Atlanta desde l983.

2 Adviento (B) – 2014

7 de diciembre de 2014

Isaías 40:1-11; Salmo 85;1-2, 8-13; 2 Pedro 3:8-13; Marcos 1:1-8

Amados hermanos y hermanas, nos volvemos a encontrar en torno a la mesa de la Eucaristía para celebrar la vida, para vivir la experiencia maravillosa de la presencia del Señor. Para este segundo domingo de Adviento la liturgia nos sigue ofreciendo la oportunidad de escuchar esa Palabra consoladora y esperanzadora que nos dirige el Padre. El pasaje del libro de Isaías que acabamos de escuchar, es tal vez uno de los más bellos del Antiguo Testamento. En él se deja ver esa actitud compasiva de Dios cuando le dice al profeta “consuelen, consuelen a mi pueblo”.

La situación del pueblo era verdaderamente trágica y dolorosa. Sometidos a la servidumbre en tierra extranjera, sin tierra, sin templo, sin culto, sin identidad…, la amargura era el pan de cada día para los desterrados en Babilonia; sin embargo, en ese clima de lágrimas y de sentimiento de abandono, la voz del profeta es genuinamente consoladora, pues Dios mismo se encargará de hacer que todos regresen a su patria, a su tierra; si entre lágrimas habían ido desterrados hasta Babilonia, con gozo, alegría y entre cánticos regresarán a la tierra de la libertad.

A partir de la esperanza del retorno, el profeta construye la imagen del Señor que viene a rescatar. Y esa venida debe ser preparada convenientemente: “… tracen en la llanura un sendero para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se aplanen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se nivele…” (Isaías 40:3-4). Se trata de la disposición que cada fiel israelita debía tener para recibir a su Liberador. En la mentalidad semita, la visita de un gran personaje exigía la construcción o la mejora del camino que utilizaría para llegar hasta la ciudad visitada.

Con todo, el profeta no se refiere exclusivamente a la calidad del camino físico por donde llegará su Dios liberador. En la conciencia religiosa israelita estaba claro que su condición de desterrados tenía como origen su maldad, su infidelidad, sus injusticias y, en definitiva, su rechazo al plan de vida pactado en la alianza. Por eso, el profeta alude a las actitudes personales que cada creyente debe comenzar a construir en su corazón. Si cada uno logra allanar su sendero interior, el Señor llegará y como un pastor los llevará en sus brazos a una nueva experiencia de vida.

Esta invitación del profeta es también para nosotros. Quizás nuestra experiencia de vida esté marcada por el “destierro”, por la tristeza, por la amargura de no poder disfrutar una vida plena, de amor y de libertad, situaciones que han acarreado tal vez nuestras múltiples infidelidades al proyecto de vida que Jesús nos ofrece. Hoy, en este segundo domingo de Adviento, el Señor mismo quiere consolarnos, nos anuncia que no vale la pena seguir tristes ni amargados, que nuestras fallas y debilidades no son tenidas en cuenta si cada uno comenzamos ya la tarea de “aplanar” esos montes y colinas del egoísmo, si nos comprometemos a enderezar esas torcidas actitudes que a veces dominan nuestra vida y si sentimos vivamente la necesidad de nivelar esos escabrosos comportamientos que tantas veces tenemos con respecto a nuestros semejantes. Así y sólo así, él tendrá cabida en nuestra vida; el sendero que le permite llegar hasta nosotros estará dispuesto para que llegue y nos libere.

Y en consonancia con el mensaje de Isaías, escuchamos también hoy el mensaje de Marcos cuyos primeros versículos de su evangelio completan el banquete de la Palabra que nos trae hoy la liturgia. Señala Marcos que “este” es el inicio de la Buena noticia, de Jesús, y de entrada el evangelista declara que ese Jesús es el Mesías y, además, que es el Hijo de Dios. Sin embargo, no empieza Marcos de una vez a hablarnos de Jesús, sino de Juan, aquel adusto personaje que recordamos siempre como “el precursor” de Jesús. Y es importante para el evangelista, para su comunidad y para nosotros hoy, esta nota relativa a Juan. Veamos por qué.

El movimiento bautista iniciado con Juan había adquirido bastante fuerza en Jerusalén y toda Judea. Tal vez el estilo de vida de Juan y su predicación habían calado bastante en la mentalidad de un pueblo que tenían grandes expectativas con respecto a la venida de un mesías. Muchísima gente acudía al Jordán atraídos por las dos cosas: la figura del profeta y su mensaje, un mensaje que enfatizaba la venida inminente de Dios o su mensajero, pero con una característica que a muchos asustaba, vendría a castigar a todo pecador. El sentido de la inmersión en las aguas del Jordán era, por tanto, purificarse de todo pecado para poder escapar a la “ira de Dios”.

Posterior a Juan, comienza Jesús su ministerio. También se hace bautizar, pero adopta un camino y un estilo completamente diferente al de Juan. Su predicación, los signos que realiza y el modo de ensañar no coinciden para nada con el bautista, pero también atrae a mucha gente. Seguramente no fue fácil para Jesús la aceptación inmediata de muchos; recordemos que hasta su madre y sus familiares llegaron a pensar que ¡estaba loco! (Marcos 3:21), otros pensaban que era Elías, para la época posterior a la decapitación de Juan, algunos pensaban que era el bautista que había regresado… (Marcos 8:27-28 ); en fin, es sólo después de su pasión, muerte y resurrección cuando sus discípulos adquieren la plena conciencia de que realmente Jesús era “el Mesías, el Hijo de Dios”, que es lo que subraya Marcos en la primera línea de su evangelio.

La incertidumbre con respecto a Juan y su movimiento, y con Jesús y su movimiento, se vive y se siente fuertemente, entonces, en la primitiva comunidad cristiana. Si nos ponemos en el lugar de esa primera generación que no tienen muy claro quién es quién, podremos entender con mucha más facilidad el pasaje de Marcos que escuchamos hoy donde el evangelista pone en boca del mismo Juan esta declaración solemnísima: “Detrás de mí viene uno con más autoridad que yo, y yo no soy digno de agacharme para soltarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo” (Marcos 1:7-8).

Si prestamos atención, los cuatro evangelistas tienen el cuidado de hacer claridad sobre quién es quién al inicio de sus respectivos escritos (Mateo 3:11; Lucas 3:15-16; Juan 1:6-8, 1:15-18), cada uno a su modo, pero siempre con la intención de dejar claro cuál fue el papel de Juan y quién es Jesús realmente

Ahora bien, ¿qué nos dice todo esto a nosotros, cristianos del siglo XXI? Mucho; tiene que decirnos mucho. Aunque todos confesamos la misma fe cristiana y nos sentimos seguidores de Jesús, muchas veces con nuestras actitudes, dudas, incertidumbres, negamos todo eso y hacemos todo lo contrario a lo que tiene que hacer un auténtico discípulo de Jesús. Él ya vino, ya realizó su misión y nos mostró el camino que nos conduce a nuestra auténtica humanización. Mientras vuelve, nosotros tendríamos que estar empeñados en realizar su misma obra, con plena conciencia de que en efecto él es el que había de venir y que volverá, pero no para castigarnos ni para juzgarnos de modo implacable, sino para levantarnos y presentarnos ante el Padre como frutos maduros de su tarea mesiánica.

Que de este segundo domingo de Adviento salgamos fortalecidos en la fe, en el amor, en la esperanza y sobre todo en la claridad de que somos seguidores de Jesús, “el Mesías, el Hijo de Dios” y que esta convicción es la que nos impulsa a mejorar el mundo desde el cambio y las mejoras que continuamente tenemos que hacer en nuestro modo de ser y de vivir.

 

— El Rvdo. Gonzalo Rendón es sacerdote de la Iglesia Episcopal en Colombia. Por algunos años sirvió en la Diócesis Episcopal de Colombia en San Lucas (Medellín) y en la Catedral de San Pablo (Bogotá). También fue comentador de las lecturas dominicales del Ciclo A y parte del Ciclo B. Ha colaborado en otras publicaciones como Diario Bíblico Latinoamericano y los comentarios pastorales de La Biblia de nuestro pueblo. Ahora trabaja como profesor virtual de una importante universidad virtual de Colombia.