Adviento 4 (C) – 23 de diciembre de 2018


[RCL] Miqueas 5:2-5ª; Cántico 3; Hebreos 10:35 – 11:1; Lucas 1:39-45, (46-55)

Arriba en la montaña hay tres mujeres que proclaman. Del viaje solidario a la buena noticia de salvación

El evangelista Lucas nos propone una historia llena de movimientos y dinamismo en este cuarto domingo de Adviento. Así que les invito a pensar que este es un domingo de acción en el contexto de este tiempo litúrgico y no un domingo de espera pasiva.

Nos cuenta Lucas que poco tiempo después de que el ángel Gabriel se presentó a María para declararle el plan de Dios para con ella, María emprende un viaje hacia la montaña para visitar a su pariente Isabel. En una lectura cuidadosa del relato de Lucas sobre el embarazo de Isabel podemos encontrar razones suficientes para pensar que las primas no se habían visto durante los últimos cinco meses previos a la visita de María. Lo que ocurre en el encuentro de María e Isabel desencadena un gran discurso de buena noticia para el mundo. También crea las bases para el argumento sobre la intención de Dios de invertir el orden de las cosas, empezando por el reconocimiento de la importancia de la voz y la presencia profética de la mujer y su rol de liderazgo en la propuesta de salvación que por medio y a través de ella, Dios pone al alcance del ser humano con el testimonio de Juan el Bautista y el ministerio de Jesús de Nazaret.

La visita de María a Isabel es particularmente especial y María lo reconoce. Tal vez por esa razón la prisa de María. El evangelista escribe para que sus lectores observen el detalle de esa urgencia de María para ver a Isabel: “salió de prisa.” Es natural que el que lleva o va en busca de noticia importante tenga algo de urgencia. En María se cumplen estas dos condiciones: lleva noticia y va en busca de noticia. Esta es una dinámica interesante. El misterio que rodea el embarazo de Isabel se convierte en una razón suficientemente poderosa para despertar y alimentar la curiosidad de María. María, por su parte, tiene una excitante historia que contar: el encuentro con el ángel Gabriel y el acontecimiento de su propio embarazo. Estas no son dos historias separadas, sino que están tejidas por la misma y única acción de Dios. También muchas de nuestras historias están unidas, aunque nos parezca que tienen muy poco en común.

El relato de Lucas nos hace pensar que algo extraordinario ocurre en el momento que María llega a la casa de Isabel. Lo que cualquiera podría predecir como una serie de besos y abrazos acostumbrados entre dos primas que se quieren y tienen tiempo sin verse, se convierte en una profunda manifestación del Espíritu en y a través de las palabras de María e Isabel. Las palabras que salen de los labios de ellas traen al presente el relato de Lucas, las voces y aspiraciones de los profetas del pueblo de Israel y resumen en un solo acto la esperanza del pueblo de Dios, especialmente la esperanza de los pobres y la fe de los que esperan la venida del Salvador.

Cuando Isabel dice “¿cómo he merecido yo que venga a mí, la madre de mi Señor?” Ella está profetizando bajo la guía del Espíritu Santo. Isabel habla de lo que todavía no ha escuchado y tampoco ha visto. Cuando en su respuesta a Isabel, María pronuncia las palabras que hoy conocemos como el Magníficat, también María habla bajo el poder e inspiración del Espíritu y no solo eso, en el Magníficat, María comienza parafraseando la oración de la profetiza Ana, madre del profeta Samuel: “mi alma se alegra en Yahvé, en Dios me siento llena de fuerza, ahora puedo responder a mis enemigos, pues me siento feliz con su auxilio”. Lucas trae no una, no dos, sino tres voces de mujeres al centro de esta historia de la encarnación que presenta al inicio de su evangelio: Ana, Isabel y María. Esas tres voces no solo hablan por la mujer judía de aquel tiempo, sino por las mujeres de todos los tiempos, razas y culturas que creen en la presencia y acción liberadora de Dios en nuestra historia.

Esta perspectiva de Lucas es particularmente vital en la práctica de la iglesia y las comunidades de fe hoy día, ya que nuestra posibilidad de ser efectivas en la proclamación del evangelio va de la mano con nuestra habilidad de incluir todas las voces en lo que hacemos. Y particularmente debemos prestar atención a esas voces que normalmente no consideramos valiosas o importantes, pues también en ellas podemos encontrar mensajes de salvación.

En el evangelio que hemos proclamado en este día, Lucas capta un momento especial. La visita de María a la casa de Isabel que está en lo alto, el salto de la criatura que lleva Isabel en el vientre al escuchar la voz de María y sentir la presencia de Dios que se encarna, las palabras de mujer sorprendida que pronuncia Isabel reconociendo en ellas tanto al Salvador como a la mujer que lo lleva en su vientre y el canto liberador que brota de los labios de María. Nada es fortuito. Todo responde a un plan muy bien articulado por Dios en el que cada actor juega un importante papel magistralmente.

También nosotros y nosotras tenemos parte en ese plan, somos invitados e invitadas por Dios a ejecutar nuestra parte. ¿Estamos listos y listas para unir nuestras voces a las de Ana, Isabel y María? ¿Cuál será nuestro canto? ¿Desde qué lugar lo vamos a cantar y con quiénes?

Cada vez que leemos o escuchamos la palabra de Dios en cualquier lugar que nos encontremos, nos estamos exponiendo a la posibilidad de entrar en contacto con la buena noticia, buena noticia que no es exclusivamente para nosotros, sino que se nos da para compartir con los demás. Esta es la manera en que nos hacemos solidarios los unos con los otros. Tal vez esa es parte de la simbología de la prisa de María y el símbolo de la montaña, lugar donde se encuentra con Isabel. La buena noticia se debe difundir rápido, desde lugares donde los demás la puedan escuchar. En el texto de Lucas que leímos hoy el lugar de difusión de esa buena noticia es la montaña. Aquí en la iglesia nuestro lugar de difusión es el templo, los salones de escuela dominical y el salón parroquial entre otros. ¿Dónde y a quiénes proclamas tú la buena noticia en tu vida cotidiana?

Como bien saben, hoy estamos llegando a la conclusión de este Adviento, mañana celebramos los servicios de víspera de navidad, la Nochebuena. ¿Estamos listos para subir con María e Isabel a la montaña, para unir nuestras voces con las de ellas y cantar un canto nuevo de esperanza para todas y todos, especialmente para los más marginados y olvidados, para los que huyen de sus países por el hambre y los perseguidos por la violencia, para los que buscan asilo en nuestras fronteras y los que están en riesgo de ser deportados, para los que viven los horrores de la violencia doméstica y sufren bajo el peso de la discriminación, para los que no encuentran el valor de proclamar la verdad que sana y libera?

Entonces repitamos una vez más las palabras de María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

El Reverendo Simón Bautista Betánces sirve en la Iglesia Catedral de Cristo, en Houston Texas. Es Canónigo para Misión y Alcance, y Ministerio Latino.

Descargue el sermón de Adviento 4 (C).

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