25 Pentecostés – Año B

Propio 27


[RCL]: 1 Reyes 17:8–16; Salmo 146; Hebreos 9:24–28; San Marcos 12:38–44

El texto del evangelio de Marcos que se ha proclamado hoy hace parte de las últimas acciones y enseñanzas de Jesús entre nosotros mientras estaba en Jerusalén. Asimismo, también nosotros nos encontramos en la recta final de este año litúrgico, camino a la festividad de Cristo Rey. Esto lo vemos en las lecturas de estos últimos domingos las cuales vienen preparando el culmen de la misión de Jesús. El pasado domingo él mismo nos insistía en el mandamiento principal: el amor a Dios y al prójimo; ahora, nos hace un llamado a evaluar si nuestras acciones como seguidores y seguidoras suyos son el reflejo de dicho amor o están motivadas por algo distinto.

Jesús se da cuenta que los líderes espirituales de su tiempo y de su tierra obran sin amor, sin misericordia, sin sencillez, de ahí que les llame la atención fuertemente e invite a los demás a no aprender estas actitudes: “Cuídense de los maestros de la ley…” ¡Qué triste que el Hijo de Dios prevenga al pueblo de sus pastores! Y, es que tal vez la vocación de estos servidores de Dios y del pueblo se desvió para pasar a ser más un privilegio que una entrega, más un honor social que una vocación; el puesto de servicio tomó tal prestigio que se comenzaron a comportar con arrogancia olvidando su verdadera razón de ser: el amor a Dios y al prójimo.

Jesús hace énfasis en algunos de los comportamientos que ve en los maestros de la ley: ostentación: “les gusta andar con ropas largas”; vanagloria: “que los saluden con todo respeto en las plazas”; egocentrismo: “Buscan los asientos de honor en las sinagogas”; ambición: “los mejores lugares en las comidas”; hipocresía: “despojan de sus bienes a las viudas, y para disimularlo hacen largas oraciones”. Los ministros de Dios han olvidado que están llamados a servir y han abusado de dicha autoridad; han olvidado también que deberán presentar cuentas de dicha responsabilidad a Dios: “Ellos recibirán mayor castigo”.

Si revisamos, seguro nos daremos cuenta que estas actitudes son propias de muchos gobernantes, gente de farándula, ricos y poderosos, a quienes les gusta figurar en los medios, participar de grandes banquetes y fiestas, ser reconocidos por los demás, vestir ostentosamente, quieren ser el centro de atención y, sobre todo, muchos roban a sus gobernados o empleados mientras proclaman estar en su defensa.

Jesús nos hace caer en cuenta del peligro de no ejercer nuestro ministerio bautismal cristianamente. Todas estas actitudes son un buen termómetro para evaluarnos a nosotros mismos, pues si hicieran parte de nuestra personalidad reflejarían cuán mal estamos en el mandamiento del amor. Los cristianos estamos llamados al servicio a los demás, a la compasión, a la humildad y sencillez, a una vida austera, a la acogida, a darnos a los demás sin esperar nada a cambio. Por ello nuestro referente no son los poderosos, sino los humildes. Así lo observa Jesús al decir: “Les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros que echan dinero en los cofres”. La viuda humilde con su trabajo silencioso, donador, sencillo, desinteresado, gratuito y generoso nos enseña la grandeza de la entrega amorosa: “pues todos dan de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir”.

Debemos recordar que en tiempos de Jesús una mujer viuda era una persona vulnerable, quien, al no contar con su esposo protector y proveedor, podía rápidamente terminar en la mendicidad. Lo que estamos viendo es cómo una persona doblemente marginada, es decir, mujer y viuda, da mayor ejemplo de vivencia del mandamiento del amor, que sus mismos líderes religiosos. Así el caso de la viuda de Sarepta en el Primer libro de los Reyes, aquí la triplemente vulnerable al ser mujer, viuda y extranjera, es quien da al profeta Elías lo último que tiene para su sustento y el de su hijo, arriesgando por el prójimo hasta su propia vida: “Te juro por el Señor tu Dios que no tengo nada de pan cocido. No tengo más que un puñado de harina en una tinaja y un poco de aceite en una jarra, y ahora estaba recogiendo un poco de leña para ir a cocinarlo para mi hijo y para mí. Comeremos, y después nos moriremos de hambre”. Aun así, ella optó por servir.

Sin embargo, no es el servicio como asistencialismo o por costumbre, se trata del sacrificio en el servicio. Pareciere que dar de lo que me sobra o no necesito es mucho más fácil, aunque sea mucho, que dar de lo que se necesita o de lo que se carece; es aquí donde se nota el verdadero desprendimiento y espíritu donador. ¿Qué estamos aportando al servicio del Reino, de lo que nos sobra o de lo que necesitamos? Trátese de tiempo, talento, tesoro, la donación que hacemos al Reino, a la Iglesia, al prójimo debe ser de corazón, con espíritu de entrega amorosa y no como simple costumbre o compromiso.

Finalmente, la donación perfecta, ni siquiera son cosas, dinero, alimento, tiempo ni talentos. La entrega perfecta es la de Cristo, tal cual la recuerda la carta a los Hebreos: “ofreciéndose a sí mismo en sacrificio”. Ésta es la entrega más difícil, más que de las mismas viudas de Marcos y el primer libro de los Reyes, pues ya no se trata de dar de lo que se necesita para vivir, sino de ofrendar la persona misma, la propia vida. Si nos hacemos como Cristo por el bautismo debemos comprender que esto se trata de auto donación, de entender que la vida es para los hermanos y las hermanas y que en esa entrega la vida cobra pleno sentido, pues la realización humana está en el ser-con-los-demás; es en esto donde se evidencia con mayor claridad que se ha interiorizado el mandamiento del amor, que realmente se ama a Dios, al prójimo y a sí mismo.

Mientras los modelos políticos, sociales, de farándula y publicidad, nos prometen la felicidad en la fama, el dinero, el lujo, la admiración, la vanagloria y la superioridad, Jesús nos señala un camino diferente. Él es nuestro modelo de la entrega amorosa a los demás, el de dar la vida por los otros. Ahora hermanos y hermanas, a ponerlo en práctica y a servir con la humildad y la sencillez que el mismo Jesús nos enseñó.

El Rvdo. Dr. Richard Acosta Rodríguez es diácono en la Iglesia Divino Salvador, registrador diocesano y docente del Centro de Estudios Teológicos (CET) en la Diócesis de Colombia.

Descargue el sermón de 25 Pentecostés (B).

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