23 Pentecostés – Año B

Propio 25


[RCL]: Job 42:1-6, 10-17; Salmo 34:1-8; Hebreos 7:23-28; Marcos 10:46-52

Hay un coro de niños que dice: “El amor de Dios es maravilloso. Grande es el amor de Dios. Tan alto que no puedo estar más alto de Él. Tan bajo que no puedo estar debajo de Él. Tan ancho que no puedo estar afuera de Él. Grande es el amor de Dios”. Al preguntar ¿Qué es el amor de Dios y cómo expresa Dios su amor? Podemos acercarnos a los textos leídos en el día de hoy para encontrar una respuesta. En términos generales nos dicen que el amor de Dios es restauración, es salvación y es salud.

El pasaje que concluye las lecturas del Libro de Job nos habla de la providencia de Dios como la forma de expresar su amor. Al Job sufrido, Dios lo restaura y lo sana física y espiritualmente, le devuelve toda la prosperidad que tuvo y mucho más. La Carta a los Hebreos dice que Jesús puede salvar para siempre a los que se acercan a Dios por medio de Él. Pero es en el Evangelio de Marcos donde Jesús nos da un ejemplo de cómo Dios expresa su amor.

En el Evangelio encontramos a Bartimeo, un mendigo ciego, a quien Jesús sana. Marcos es sucinto en el recuento y no nos dice mucho más acerca de Bartimeo. Es necesario profundizar en las condiciones de vida del tiempo para entender por qué este relato es importante.

La condición de discapacidad que sufre Bartimeo lo lleva a mendigar para poder sobrevivir. Allí se encuentra, al lado del camino, pidiendo la compasión de los que pasan. Quién sabe cuántos años lleva así. Depende de que alguien lo ayude a movilizarse de un lugar a otro. Depende de que alguna persona le dé algo para comer.  La realidad de la pobreza en los tiempos de Jesús toma vida a través del relato de los evangelios. Marcos denuncia la situación de vida de este hombre y con él, la de todos los que viven en la mendicidad. A la vez, denuncia a la Sociedad que le pasa al lado sin preocuparse por él: “al contrario, solo les preocupa silenciarlo”.

Bartimeo esta físicamente ciego, pero espiritualmente tiene visión. Y cuando le dicen que es Jesús de Nazareth el que va saliendo de la Ciudad, Bartimeo reconoce quien es Jesús. Y en Él encuentra su oportunidad. Sólo puede gritar con la esperanza de ser oído desde el lugar donde está sentado. Una y otra vez levanta la voz y grita pidiendo la compasión de Jesús, el Hijo de David. Jesús se detiene, Jesús lo llama, Jesús le da su tiempo y su atención, Jesús lo escucha. Bartimeo sabe en su corazón lo que necesita para recobrar vida, necesita recobrar la vista. Jesús, al sanar a ese hombre que era ciego y vivía de la limosna, le restaura su dignidad como persona, como ser humano, como hijo de Dios.

Esta imagen de un hombre o una mujer con alguna discapacidad sentados a la orilla de la calle, en una acera, o a la par de un local comercial, con una latita entre su mano extendida, pidiendo la compasión del que pasa, se encuentra con regularidad en nuestros pueblos y ciudades alrededor del mundo aún en nuestros días. Muchas personas les pasan de largo y no los ven, sienten temor si se acercan y es un problema si irrumpen en la celebración dominical.  La pobreza en la que viven, el rechazo y la exclusión social son una realidad que no se puede negar. A ellos no llegan los servicios sociales del estado, las organizaciones de ayuda social y las Iglesias se ven limitadas en su capacidad de respuesta. ¿Quién escucha los gritos y el llanto de los que viven en la pobreza en nuestros pueblos y ciudades? ¿Quién se detiene para escuchar, atender y responder a las necesidades integrales de la persona? ¿Quién denuncia y genera cambios en las estructuras de la sociedad que mantienen la pobreza?

Puede que se vea como una tarea titánica y compleja más allá de lo que cualquier individuo o comunidad pueda hacer. Puede que algunos digan que estas son situaciones que sólo Dios puede resolver. Y la realidad es que el amor de Dios se expresa y actúa a través de cada uno de nosotros. La nueva vida que nos es otorgada en el Bautismo nos anima a buscar y a servir a Cristo en todas las personas y a la vez nos compromete en luchar por la justicia y la paz. Jesús nos da el ejemplo al acercarse a la persona, entre ellas Bartimeo, el leproso, la hija de Jairo y la mujer con hemorragia. En el relato de Jesús y Bartimeo encontramos algunas pistas que nos pueden ayudar. Con información y conocimiento Bartimeo actuó: Llamó la atención de Jesús y se acercó a él. Jesús no ignoró la situación ni a la persona. Ambos entablaron una conversación dirigida a buscar respuesta y había un ambiente de respeto mutuo. El pasaje concluye con un Bartimeo quien es sanado tanto física como espiritualmente. Dios invita a su pueblo fiel a expresar su amor a otros sin temor. Nos invita a acercarnos e involucrarnos con el extraño, con la extranjera, con los indigentes. Dios nos invita a participar en la construcción de su Reino restaurando vidas, sanando cuerpos y almas, llevando la salvación de Cristo Jesús.

Las Sagradas Escrituras son la historia revelada de Dios y de cómo expresa su amor. Las palabras del Salmista reconocen los atributos de Dios que es amor “Proclamen conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos a una su Nombre. Busqué al Señor y él me respondió, y me libró de todos mis temores.” Respondamos con valentía a la invitación que Dios hace a amar y como Jesús tomemos el riesgo acercándonos al extraño, a la que es diferente; es así que podremosjuntos cantar con el Salmista “gusten, y vean qué bueno es el Señor”.

La Rvda. Glenda McQueen es Oficial de Compañerismo para América Latina y el Caribe de la Iglesia Episcopal.

Descargue el sermón de 23 Pentecostés (B).

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