18 Pentecostés – Año B

Propio 20

Pentecostés 18 Episcopal Sermon


RCL: Proverbios 31:10–31; Salmo 1; Santiago 3:13–4:3, 7–8a; San Marcos 9:30–37

Escuchamos en el evangelio la conversación entre Jesús y sus discípulos mientras caminaban hacia Cafarnaúm. Jesús aprovecha este momento para compartirles que, “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; pero tres días después resucitará”. Al oír esto los discípulos no entendieron cómo el Mesías podía sufrir de la manera en que Jesús describe su fin terrenal. ¿Por qué podría sufrir Jesús? Todos sabemos que, por su amor al mundo, el Mesías sería traicionado, sufriría, moriría y resucitaría a la gloria eterna, que es también su promesa a la humanidad. Esta es la voluntad divina de Dios encarnado en su hijo Jesús.

Si nos percatamos de las enseñanzas que Jesús les ofrece a sus discípulos, nos damos cuenta de que, muchas veces ellos no entendían su mensaje y a veces les atemorizaba preguntarle. Aunque los doce discípulos siempre iban a su lado y pasaban bastante tiempo con su amado maestro, muchas veces no reconocían la importancia de los mensajes del Mesías como el de su pasión, muerte y resurrección que acabamos de escuchar y que ya habían escuchado en otra ocasión. Jesús se da cuenta de ello y al llegar a la ciudad de Cafarnaúm les pregunta: “¿qué venían discutiendo ustedes por el camino?” Aunque se quedaron callados y no contestaron la pregunta que Jesus les hizo, sabemos que los discípulos “habían discutido quién de ellos era el más importante”.

Jesús en su profunda sabiduría se sienta entre ellos y les comparte esta enseñanza: “si alguien desea ser el primero, él debe ser el último entre ellos, y al servicio de todos”. Esta es una enseñanza de humildad. Jesús les dice que los primeros o primeras en nuestras vocaciones y en nuestras vidas debemos ponernos en el último lugar para poder servir a nuestro prójimo en Su nombre.

Jesús trae a un niño al círculo de los doce para ilustrar su enseñanza de la humildad y del servicio a los demás. Los pequeños siguen siendo los más vulnerables en nuestras sociedades y aún en el tiempo de Jesús eran vistos como el grupo menos privilegiado dentro del estatus social. Su manutención y bienestar dependía de los adultos. Hoy día, con el tráfico humano que es universal, muchos niños y niñas también son utilizados como sirvientes y mucho más.  Se ven víctimas de prácticas y labores inhumanas y degradantes.

En cualquier grupo o sociedad nos encontramos personas que viven al margen de la sociedad y son vulnerables. En nuestro caminar cristiano, ¿cómo reaccionamos cuando nos encontramos con estas personas en posiciones de vulnerabilidad? ¿Cómo nos convertimos en su voz y cuál es el servicio al que estamos llamados siguiendo el ejemplo de Jesús?

Es por esto por lo que Jesús dice: “aquel que reciba a cualquier niño o niña en mi nombre, también me recibe a mí. Y aquel que me recibe a mí, no solamente me recibe; sino también al que me envió”. Jesús nos enseña cómo llegar con entrega al marginado, al enfermo y al pobre de la misma manera que Él se entregó por toda la humanidad. Su gran enseñanza de humildad y servicio al prójimo no discrimina y es inclusiva. Jesús nos muestra un principio transcendental; al nosotros y nosotras servir a la humanidad en su nombre, le estamos rindiendo honor y gloria al Dios Todopoderoso: “el que me recibe a mí, no solamente a mí me recibe, sino también a aquel que me envió”. En nuestro servicio al mundo complacemos a Dios, y también nos unimos en divina comunión con su Hijo amado.

Recordemos en sus palabras divinas cuando nos dice que estamos en el mundo pero que no somos del mundo. Jesús nos afirma constantemente que, aunque tengamos las presiones de las cosas superficiales del mundo, ante Dios lo que vale es hacer prevalecer nuestro amor a Dios y a los demás incluida su creación. Vivimos en un mundo muy competitivo y egoísta. En un mundo que nos presiona a mostrar quiénes somos a través de nuestras posesiones materiales y credenciales. El evangelio nos exhorta a dejar de lado esas prioridades materiales y estar dispuestos y dispuestas a valorar al ser humano que tenemos delante. Y, es aquí, cuando Jesús a través de su divina enseñanza nos demuestra cuán importante es nuestro servicio y lealtad a Él.

El Mesías nos sigue enseñando que este caminar no es fácil y nos lo demuestra en la forma en que se lo enseñó mientras caminó con ellos. Jesús nos provee el máximo ejemplo de su entrega al humillarse y hacerse siervo de la humanidad. Nuestra riqueza en Jesús y el legado de su mensaje lo continuamos viviendo en la Santa Eucaristía, en el estudio de su palabra, en el compartir sus enseñanzas y en cada ejemplo de servicio, amor, compasión, caridad, y hermandad. Sabiendo todo esto, a nosotros nos ronda la misma preocupación que a sus discípulos. Inclusive sentimos temor como lo sintieron los discípulos cuando nos enfrentamos a la misión evangelizadora a la cual nos envía Jesús.

De la misma manera que Jesucristo exhortó a sus discípulos a darle prioridad a las personas marginadas entre ellos, nosotros y nosotras también hemos de poner de lado nuestras agendas personales para encarnar la voluntad de Dios en el mundo. Como dice el apóstol Santiago: “Si entre ustedes hay alguno sabio y entendido, que lo demuestre con su buena conducta, con la humildad que su sabiduría le da”.

Hermanos y hermanas, sigamos viviendo las enseñanzas de Jesús y de la Colecta que escuchamos hoy que nos recuerda el no afanarnos por las cosas terrenales, sino que amemos las celestiales. De esta manera todos y todas vivimos el evangelio de Jesús en nuestras vidas y es a lo que nos invita nuestro Salvador compartir con nuestras comunidades.

La Reverenda Alejandra Trillos es Sacerdote Encargada de la Iglesia San Andrés en Yonkers, Diócesis de Nueva York.

Descargue el sermón de 18 Pentecostés (B).

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