17 Pentecostés – Año B

Propio 19

17 Pentecostés sermon Episcopal


RCL: Proverbios 1:20-33; Salmo 19; Santiago 3:1-12; San Marcos 8:27-38

Si nos detenemos para reflexionar sobre las lecturas de este domingo podemos escuchar la respuesta de la sabiduría divina a las circunstancias actuales del mundo y podemos aprender dos lecciones para nuestras vidas.

Frente a situaciones tales como gobiernos que reprimen a sus ciudadanos en nombre de sus pueblos, discursos que nos dividen en lugar de unirnos y la corrupción que va en aumento a pesar de los reclamos constantes por la justicia y los valores, podemos escuchar la voz de Dios preguntándonos y también invitándonos: “¿Hasta cuándo amarán la inexperiencia y hallarán placer en sus burlas y despreciarán el saber?” y “Presten atención a mis correcciones, y yo los colmaré de mi espíritu; les daré a conocer mis pensamientos”.

Ya conocemos el fenómeno que el libro de Proverbios nos plantea hoy. En algún momento hemos conocido la frustración: Buscamos respuestas a nuestras preguntas y soluciones a nuestros problemas, pero no las encontramos. Decimos que queremos una cosa, pero logramos otra. Por ejemplo, decimos que queremos paz, pero entramos en más conflictos innecesarios. Decimos que queremos una sociedad más justa y una vida mejor, pero no queremos esforzarnos para lograr estos deseos. La verdad es que el ser humano parece vivir la insensatez. En el vocabulario de la lectura del Antiguo Testamento, a menudo somos “inexpertos, burlones y necios”.

Nadie realmente está exento de esta insensatez porque todos, de una manera u otra, participamos en los mecanismos distorsionados de la sociedad en que vivimos. Todos hemos pecado.

No solo nosotros nos encontramos en esta situación tan frustrante. Desde los tiempos de nuestros primeros padres, nos vemos frustrados por esta insensatez que nos impulsa a actuar en contra de nuestro propio bienestar y el de la familia humana. Si pensamos en el ejemplo de Adán y Eva, veremos una muestra de nuestra situación: Dios les dijo que podían comer de todos los árboles menos de uno, pero fueron necios y no hicieron caso a la palabra del Señor y por eso fueron expulsados del jardín. Su necedad los llevó a actuar en contra de su propio bienestar.

Por eso, la Palabra de Dios nos llama a despertarnos y a tomar conciencia de nuestra condición, y nos llama a atender sus consejos. Ya despiertos, podemos aprender a romper estos ciclos de pecado e insensatez, pues dice la Escritura: “Pero el que me presta atención vivirá en paz y sin temor de ningún peligro”. Dios quiere enseñarnos un camino hacia una vida mejor.

Este aprendizaje realmente es un proceso de toda la vida. El hecho de que los seguidores de Jesucristo nos llamamos “discípulos” revela que somos aprendices del Señor, pues en el discipulado cristiano como estudiantes, o aprendices, aprendemos a imitar al Maestro. De hecho, el apóstol Santiago en su carta nos aconseja que no muchos deberíamos ser maestros, sino que todos y todas, sí deberíamos aprender a ser discípulos de Cristo, porque él es el verdadero Maestro y experto en las cosas de Dios.

Es iluminador el hecho de que Pedro y los otros apóstoles también pasaron por este proceso de aprendizaje como todos los seguidores de Jesús por casi tres años. El texto del evangelio para hoy nos da un buen ejemplo:

Caminaban con Jesús; comían con Jesús; oraban con Jesús día a día. Escucharon sus mensajes y enseñanzas; presenciaron sus milagros. Ya se había despertado en ellos la conciencia de un nuevo estilo de vida centrado en el amor de Dios. Incluso, como escuchamos hoy en la lectura, Pedro hizo la magnífica declaración: “¡Tú eres el Mesías!”. Fue el primero que logró comprender que Jesús era el Hijo de Dios enviado del cielo; sin embargo, Pedro no había entendido todo; tampoco entendieron los otros.

El problema fue que Pedro, como joven inexperto, había entendido las palabras, sin entender su sentido verdadero. Como muchos de nosotros estaba algo confundido con las cosas de Dios.  En su inmadurez quiso corregir a Jesús, quién le llamó la atención y le reprendió con palabras fuertes: “¡Apártate de mí, Satanás! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres”.

De ese encuentro es claro que a Pedro le quedaban por lo menos dos lecciones que aprender. Son lecciones que nosotros debemos aprender también.

Primero, cuando leemos los evangelios, nos damos cuenta de que Pedro actuaba y hablaba impulsivamente. Como nosotros y nosotras, necesitaba aprender que seguir a Cristo requiere que tengamos disciplina sobre lo que hacemos y decimos. Hemos de aceptar responsabilidad por nuestros actos y aprender a controlar nuestras lenguas, pues hablar sin control nos puede crear muchos problemas. Como nos señala la lectura de la carta de Santiago: “La lengua es un fuego. Es un mundo de maldad puesto en nuestro cuerpo, que contamina a toda persona”. En realidad, el problema no es nuestra lengua, sino nuestra inmadurez y nuestra insensatez que operan la lengua sin control. Esta inmadurez nos lleva a decir cosas negativas acerca de los demás, a repetir chismes y rumores que dañan a otras personas y a pelear innecesariamente.

Segundo, todavía Pedro necesitaba aprender que ser discípulo también incluye sufrimientos y problemas. Cuando Cristo enseñó que el sufrimiento por causa del reino de Dios forma parte del camino a la vida eterna, Pedro reaccionó negativamente. La idea de que el Hijo de Dios debió sufrir violencia y morir le chocó mucho. No entendió que el camino a la vida es la cruz y que ser discípulo significa entregarse a Dios sin reservas y sin vergüenza, hasta la muerte si es necesario. Para nosotros puede ser una lección difícil de asimilar, pero Jesús lo dijo con claridad: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame”.

¿Cómo podemos aprender estas dos lecciones de la vida cristiana? Para empezar, podemos hacer lo que hicieron Pedro y los apóstoles, podemos acercarnos a Cristo e imitar su vida. La vida de Jesús nos indica el camino y nos da un bueno modelo a seguir: Jesús fue fiel a su Padre Dios en todo momento, cumpliendo su propósito divino de la redención del mundo. Sirvió a personas marginadas y necesitadas.  Enseñó el valor del perdón y del respeto para los demás, y nos mostró que el amor de Dios es capaz de transformar las vidas de todos los seres humanos, permitiéndonos romper con los viejos esquemas de los conflictos, el pecado y la insensatez.

Las Escrituras y la tradición cristiana cuentan que eventualmente Pedro aprendió estas lecciones. Le costó mucho tiempo, falló varias veces en el intento, pero al final aprendió a usar sus palabras para proclamar el amor de Dios, sufrió mucho por la causa de Cristo y también fue crucificado en imitación de su Maestro.

Hermanos y hermanas roguémosle a Dios nos capacite con su gracia y sabiduría para seguir su buen ejemplo.

El Reverendo Jack Lynch es Cura Párroco de la Iglesia Episcopal San Jorge en Central Falls, Rhode Island y Director del Instituto Ecuménico de Ministerio Hispano. Publica el blog “El Cura de Dos Mundos” (padrejack.blogspot.com).

Descargue el sermón de 17 Pentecostés (B).

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