11 Pentecostés – Año B

Propio 13


RCL: 2 Samuel 11:26–12:13a; Salmo 51:1–13; Efesios 4:1–16; San Juan 6:24–35

Las lecturas de hoy son muy importantes para nuestro caminar con Dios. Son lecturas que debemos llevar con nosotros y leerlas cada vez que podamos. Las lecturas están llenas de amor, consejos, promesas y verdad.

El salmo de hoy dice: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu firme dentro de mí. No me eches de tu presencia, y no quites de mí tu santo Espíritu.”

Podríamos hacer una oración de estos versículos y podríamos orarla a diario. La vida no es fácil. La vida sin Dios es imposible. Las personas que creemos en Dios, tenemos una esperanza que otras personas tal vez no tengan. En medio de la injusticia social, gobiernos corruptos, leyes injustas, e incertidumbre, tenemos fe que hay un Dios que siempre está con nosotros. Hay un Dios que nos ama y nos da su espíritu de fortaleza y valor para poder aguantar y superar cualquier tentación, cualquier mal y cualquier pensamiento negativo. No es fácil, pero sin Dios es imposible. Oremos a diario: No nos eches de tu presencia, Dios. Quédate a nuestro lado y que tu Espíritu siempre esté renovándonos.

La carta a los Efesios está llena de consejos para las personas que somos parte de los ministerios de la Iglesia. O sea, esos consejos son para todas las personas que estamos aquí hoy. Son consejos que hemos de seguir para continuar madurando espiritualmente. La epístola es clara: seamos humildes. Algunas personas piensan que el ser pobre es ser humilde. Pero la humildad es reconocer tanto nuestros valores como nuestras limitaciones y debilidades y a la misma vez tener modestia. En otras palabras, no nos creamos ni más ni menos de quiénes somos. El mejor ejemplo de humildad y modestia es Jesús. Siendo Dios, siendo hijo de Dios, siendo perfecto, siempre se juntaba con las personas que eran menos apreciadas. Siempre estaba dispuesto a hablar con quienes lo necesitaban. Siempre ayudaba, sanaba, alimentaba, aconsejaba y perdonaba a todas las personas que se acercaban a Él. Pablo nos exhorta a ser más como Cristo: humildes, amables, y tener paciencia, amor, unidad y paz. Nos dice que el Espíritu Santo nos une con la paz.

Otro consejo es que sepamos que Dios nos ha dado diferentes dones. Para identificar nuestros dones, primero hemos de orar para pedirle a Dios que nos los revele. Después de orar, podemos hablar con nuestros y nuestras líderes o directores espirituales. Las personas que nos conocen pueden decirnos lo que ven en nosotros. Pueden ver lo que nos da satisfacción, lo que nos llena de gozo y lo que hacemos bien. Después de hablar con otras personas podemos preguntarnos a nosotros mismos y a nosotras mismas: dónde está mi corazón, dónde está mi pasión, qué me da emoción. Al preguntarnos esto, tenemos que escucharnos y tener confianza en nuestras decisiones. Cuando vemos lo que nos da vida, hagámoslo de todo corazón y sigamos preparándonos para darle lo mejor a Dios.

Otro consejo que nos da Pablo es que aspiremos a la madurez de Cristo. Es importantísimo escuchar esto otra vez: “Ya no seremos como niños, que cambian fácilmente de parecer.” A veces actuamos como niños y niñas. Nos dejamos persuadir por diferentes ideas y personas. Nos vamos de iglesia en iglesia o de grupo en grupo sin comprometernos. Como niños y niñas, si no nos dejan jugar con lo que queremos, o si nos regañan, o si no nos dejan hacer el ministerio que queremos, nos enojamos, nos vamos a casa o a otra iglesia, y a veces ya no regresamos. Esto no es madurez espiritual y no es ser seguidores de Cristo. Aspirar a la madurez de Cristo no es fácil y conlleva mucho tiempo y compromiso.  Dios está constantemente a nuestro lado y no se da por vencido. Dios nos ama y no nos deja como estamos, siempre nos transforma. Pidámosle a Dios, a Cristo y al Espíritu Santo que nos ayude a madurar mientras oramos, mientras leemos la Biblia, o cuando nos reunimos con otras personas creyentes para servir a Dios.

En el evangelio los seguidores de Jesús le hacen muchas preguntas. Una de esas preguntas fue: “¿Qué señal puedes darnos, para que al verla te creamos?” Seamos honestos y honestas, porque Dios nos presenta tantas señales para afirmar su presencia, y, aun así, dudamos. Pensemos, hoy día nos despertamos. Muchos y muchas abrimos los ojos y vimos todo a nuestro alrededor. También pudimos escuchar los pájaros, la alarma, la risa o gritos de nuestros hijos; pudimos oler el café, saborear un pan dulce o unos frijoles; pudimos probar la pasta de dientes, unas tortillas o un pan con mantequilla. Algunos recibimos un abrazo, un beso, o una caricia. Y aquí hemos escuchado las lecturas. Esas son señales del amor de Dios, señales del poder de Dios, señales de que Dios está vivo, actúa en nosotros y nos ama.

Estamos viviendo tiempos difíciles en todo el mundo. Hay volcanes que entran en erupción, tormentas que causan inundaciones, y pensamos, ¿dónde está Dios? Hay personas que matan, otras que son violentos en contra de personas inocentes y pensamos, ¿dónde está Dios? Pero, cuando nos da señales de su amor incondicional, de su cuidado y protección no pensamos, ¡mira, aquí está Dios! No nos acordamos de que hay un Dios que aun en medio de los volcanes y de las tormentas de la vida, nos ha prometido siempre estar y caminar con nosotros y con nosotras.

Seguimos pidiendo señales y seguimos siendo incrédulos. Tratemos de recordar estas lecturas durante la semana. Tratemos de recordar que las señales están a nuestro alrededor diariamente. Pidámosle a Dios que siempre esté a nuestro lado y nos recuerde que lo que nos rodea son sus mensajes y regalos de amor para todos y todas.

Lo último que dice Jesús en este evangelio es algo bello y que une a estas lecturas: “Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca tendrá hambre; y el que cree en mí, nunca tendrá sed.” Todo lo que buscamos, lo encontramos en Jesús. Todo lo que deseamos, está en Jesús. Todo lo que necesitamos, lo tiene Jesús y nos lo quiere dar. Toda nuestra sed y hambre que nos incomoda, que nos hace perder el sueño y que nos consume puede ser saciada por Jesús. Jesús quiere y puede darnos vida, y una vida en abundancia. ¿Qué tenemos que hacer? Ir a él. Tomemos ese paso de ir hacia Jesús. El segundo paso es creer en Jesús. Si vamos a Jesús y creemos, nunca tendremos hambre ni sed de nada. No quiere decir que será fácil, sino que tendremos la certeza de que Jesús está siempre con nosotros. Afirmemos que tenemos la vida y que somos personas llenas de Jesús. ¡Vayamos a Él y creamos más en Él para así tener vida, y vida en abundancia!  

La Dra. Sandra Montes trabaja como consultora de recursos en español para Episcopal Church Foundation. También se desempeña como música, traductora, oradora, asesora y redactora. Vive en Houston, Texas.

Descargue el sermón de 11 Pentecostés (B).

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