Estudio Bíblico, Pentecostés 8 (B) – 15 de julio de 2018

Propio 10

[RCL]: 2 Samuel 6:1-5, 12b-19; Salmo 24; Efesios 1:3-14; Marcos 6:14-29

2 Samuel 6:1-5, 12b-19

Los libros atribuidos al profeta Samuel cuentan la historia de los israelitas y explican la ley de Dios para Israel bajo la guía de los profetas. En el capítulo 6 del Segundo libro de Samuel, el rey David, después de unir a las tribus de Israel bajo su dirección, toma posesión del Arca de la Alianza, que contiene los Diez Mandamientos, y el cayado de Moisés.

En nuestra lectura, somos testigos de una escena de celebración de esta nueva era de unidad para los israelitas, con Jerusalén como capital, y se ve al propio rey David dando gracias a Dios en alabanza y adoración. La adoración descrita es alegre y sincera, con música y baile. Si bien la adoración fue la primera prioridad para el rey David, él no se olvidó de su pueblo, lo bendijo y le ofreció comida. Sin embargo, hay un personaje que se destaca por su resentimiento ante esta alegre escena: la hija del anterior rey Saúl.

Cada acto de adoración a Dios debe ser alegre y sincero, independientemente de nuestro estilo eclesiástico preferido. Nuestra unidad cristiana, expresada a través de nuestra oración y adoración en común, es digna de celebración, y el lugar central de Dios en esta unidad es digno de una auténtica acción de gracias. A veces hay entre nosotros algunos que dan mayor valor a la forma de nuestra adoración que a la sustancia; a veces un recién llegado simplemente no entiende de qué se trata toda la conmoción. Podría expresar resentimiento cuando la adoración no es exactamente como le gustaría que fuera, o cuando la alegre escena de adoración es algo con lo que no puede relacionarse. Por lo tanto, depende de nosotros el asegurarnos de que nos concentremos en la sustancia de la adoración más que en la forma y llegar a aquellos que tratan de relacionarse con nuestra adoración a fin de ser verdaderamente agradables a Dios. De esta manera, nuestra oración y la adoración comunitaria pueden cumplir su propósito de unirnos como comunidad cristiana y lograr llegar con amor a otros, a quienes aún no han comprendido completamente la alegría de la adoración.

  • ¿Cómo se siente durante la adoración en su iglesia?
  • ¿Cómo podemos asegurarnos de que Dios esté siempre en el centro de nuestra adoración?
  • ¿Qué deberíamos hacer si nosotros, o alguien más, está sintiendo resentimiento por un aspecto de nuestra adoración?
  • ¿Cómo explicaría nuestra adoración a un recién llegado?

Salmo 24

El Salmo 24, Del Señor es la tierra, se atribuye al antepasado de Jesús, el rey David, y se recita en la tradición judía durante el retorno del rollo de la Torá al arca durante la adoración. También ha sido utilizado por el músico Handel en su legendario Mesías, y en el Himnario 1916 de la Iglesia Episcopal para la conmovedora ocasión de la consagración de una iglesia. Tal es la profundidad y atemporalidad del Salmo 24 a través de los tiempos.

El rey David reflexiona que es natural que todas las cosas le pertenezcan a Dios, porque es Él quien creó todas las cosas. Luego se pregunta quién es digno de comparecer ante un Dios tan glorioso y de recibir sus bendiciones, y decide que deben ser los de corazón puro y que no han hecho nada malo ante los ojos de Dios. Estas son las personas que están buscando a Dios, deseando conocerlo y reconocer su gloria.

Es un gran acto de humildad aceptar que no somos el centro del universo. Más bien, Dios lo es, y es, en última instancia, a él a quien pertenecemos y le rendimos cuentas. Si bien nadie puede pretender ser perfecto o estar sin culpa, podemos estar seguros de que vamos en la dirección correcta si ya hemos comenzado a buscar conocer a Dios y cuál es su voluntad para nuestras vidas. Esto en sí mismo le es a Él agradable. Al humillarnos y reconocer nuestra necesidad de Dios, nos abrimos a Él y le permitimos que entre en nuestras vidas para que sea nuestra fortaleza y guía.

  • En su vida diaria, ¿se comporta usted como si fuera el centro del universo o como si Dios lo fuera?
  • ¿Cómo ha comenzado a buscar conocer a Dios y su voluntad para la vida de usted?
  • ¿Cómo reconoce la gloria de Dios en el mundo y en la vida de usted?

Efesios 1:3-14

La carta de San Pablo a la comunidad cristiana de Éfeso, una ciudad griega en la actual Turquía, incorpora temas de unidad, pureza y santidad en la iglesia.

En esta sección de su carta, San Pablo nos habla de las bendiciones recibidas de Dios el Padre a través de Jesucristo, bendiciones que estábamos destinados a recibir desde el principio de los tiempos. Él explica que, por amor a Dios, debemos esforzarnos por ser santos y sin mancha. Aunque indignos, nuestros pecados quedan perdonados mediante la fe en Jesús, que nos hace libres para obrar mejor.

Conocemos cuál es la voluntad de Dios para nuestras vidas por el ejemplo de la propia vida de Jesús. Como creador de todas las cosas, Dios desea que todas las cosas se unan a Él a través de Jesucristo, un legado que nosotros, que tenemos fe en Él, también hemos heredado. Deberíamos vivir con el deseo de que Dios fuera alabado por todos. A través de nuestra fe en Jesucristo, tenemos la seguridad de que el Espíritu Santo siempre nos permitirá y nos capacitará para esta tarea.

En cuanto episcopales, este mensaje de San Pablo debería recordarnos la Primera Marca de Misión de la Comunión Anglicana: “Proclamar las Buenas Nuevas del Reino”, que se considera como el propio resumen de la misión de Jesús en la tierra y la declaración clave de todo lo que hacemos en la misión. Esto requiere que todos nosotros estemos comprometidos con el evangelismo personal. Nadie está exento. De hecho, el nombre legal de la Iglesia Episcopal es ¡la Sociedad Misionera Doméstica y Extranjera! Por supuesto, podemos ser creativos en nuestro evangelismo, pero todos estamos llamados a compartir de alguna manera nuestra fe en Jesucristo con los demás. San Pablo nos recuerda que el Espíritu Santo está siempre con nosotros cuando nos comprometemos en esta tarea y también debemos recordar que el fruto del Espíritu Santo es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio (Gálatas 5:22-23). Entonces, con estos dones deberíamos cumplir nuestra tarea de proclamar las Buenas Nuevas del Reino.

  • ¿Cómo se siente usted cuando oye dar alabanza a Dios, especialmente por parte de los nuevos en la fe?
  • ¿De qué manera la comunidad de su iglesia local está cumpliendo la Primera Marca de Misión?
  • ¿Cómo está usted cumpliendo personalmente la Primera Marca de Misión?

Marcos 6:14-29

Este evangelio se atribuye al evangelista San Marcos, considerado el fundador de la comunidad cristiana de Alejandría. Fue escrito para conversos cristianos de habla griega con la necesidad de explicar las tradiciones judías desconocidas y los términos arameos.

En esta sección del Evangelio de San Marcos, se nos cuenta cómo la vida de san Juan Bautista, un hombre muy conocido para nosotros por bautizar a Jesús en el río Jordán, llegó a su fin. En este punto de las Escrituras, todavía hay confusión sobre quién era realmente Jesús, y muchos, incluido el rey Herodes, se habían convencido de que Jesús era San Juan resucitado. La muerte de Juan claramente perturbaba la conciencia del rey Herodes. Sin embargo, el rey se había sentido obligado a mandar su ejecución porque le había prometido a su hijastra que le concedería cualquier deseo. Cuando, bajo la influencia de su madre insegura, la hijastra deseó la cabeza de San Juan, el rey sintió que no podía negarse.

¿Nos parece familiar esta situación? ¿Alguna vez usted ha hecho algo que realmente no quería hacer, sabiendo que estaba mal y preocupaba su conciencia? Tal vez nos hemos encontrado en posiciones de poder sobre otros, al igual que el rey Herodes, y hemos utilizado ese poder para mandar a alguien que hiciera algo en un intento de evitar la responsabilidad directa. Al igual que Herodes, ¿tenemos más miedo a las consecuencias de quienes nos rodean que a Jesús, que nos pedirá cuentas de todas nuestras acciones al final de los tiempos? Si bien Jesús ofrece el perdón, debemos estar realmente arrepentidos de los errores que hemos realizado y sinceramente intentar cambiar las actitudes que nos condujeron a esos errores. Por lo tanto, tengamos la valentía de intentar siempre hacer lo que es correcto a los ojos de Dios.

  • ¿Alguna vez ha hecho algún mal por miedo a decepcionar a alguien?
  • ¿Está más preocupado por la aprobación de otros que por la aprobación de Dios?
  • Si pudiera volver a vivir alguna de estas situaciones, ¿qué haría de manera diferente?

Descargue el Estudio Bíblico para Pentecostés 8.

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