8 Pentecostés – Año B

Propio 10


[RCL] Amós 7:7–15; Salmo 85:8–13; Efesios 1:3–14; San Marcos 6:14–29

Hace dos meses celebramos la fiesta de Pentecostés y hemos estado elevando oraciones al Espíritu Santo, nuestra guía y acompañante, dada por Jesucristo nuestro Señor como Consolador y Dador de Vida. Escuchamos hoy en el evangelio de San Marcos la manera como paulatinamente se le va revelando a la humanidad que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Ya en el evangelio del domingo pasado ecuchamos la sorpresa que Jesús causó entre los presentes en la sinagoga de su tierra natal de Nazaret. Aunque estaban admirados de su sabiduría y estaban enterados de los milagros que hacía, no le creyeron. No le creyeron porque les faltaba la fe en ese joven, hijo de un carpintero y de humilde familia. Sin embargo, esta situación no detuvo a Jesús. Él siguió predicando en las aldeas cercanas y envió a sus seguidores a evangelizar, llevando las Buenas Nuevas de sus enseñanzas. Como dice el dicho, nadie es profeta en su propio pueblo.

En las lecturas de hoy, encontramos un mensaje profético central. En la primera lectura, se nota la molestia que causó el profeta Amós por predicar en contra de la mala conducta del pueblo de Israel, tanto que, le fue anunciado el inmediato abandono de Betel, lugar donde habitaba. Todo esto sucedió para incomodar a los líderes religiosos y políticos de la época, pero el profeta es fiel a lo que se le había encomendado: “Ve y habla en mi nombre a mi pueblo Israel.” En esencia, lo que hace Amós es proclamar la justicia, porque Dios es justo y desea para todos sus hijos e hijas, condiciones de vida digna, propias de estar bajo el cuidado y la guía de un padre-madre infinitamente desbordante de amor.

También escuchamos en el salmo que: “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron.” Este verso profetiza como Jesús, trae a su máxima y definitiva plenitud el mensaje divino de Dios. Jesús cuyo mensaje amoroso y misericordioso, justo y verdadero, nos lleva por caminos de paz, no solo en lo externo, sino en la paz que brota desde lo más profundo del nuestro ser. La carta a los efesios también enseña la magnificencia de ese Cristo liberador y redentor, al darnos un testimonio sobre la entrega de sabiduría y entendimiento que reciben los que caminan con Él.

En el evangelio escuchamos que la fama de Jesús se había extendido por muchas partes en su región natal de Galilea y había llegado a oídos del Rey Herodes. Él escuchaba con asombro lo que se contaba sobre la identidad profética de Jesús, y Herodes mismo pensó que Jesús podría ser la encarnación de Juan el Bautista, el profeta que denunció a Herodes por acusarlo de adulterio con la esposa de su hermano.  Por esa voz profética de Juan el Bautista, Herodes y su esposa mandaron a que lo decapitaran.

La voz profética de Juan el Bautista es la clave para entender las consecuencias que a menudos sufren las personas que luchan por la justicia al denunciar las arbitrariedades, los atropellos y los abusos de poder contra la población más vulnerable e inocente en la sociedad. Igualmente, también es una advertencia a Jesús de lo que le esperaría a lo largo de su ministerio.

Este incidente nos muestra cómo, a través de la historia, los podoresos intentan acallar las voces críticas y necearias del pueblo.  No obstante, estas voces proféticas son la determinación de la lucha fundamental y frontal por la justicia y dignidad de cada ser humano en el Reino de Dios. Las lecturas de hoy enfatizan la importancia de la voz profética que proclama el mensaje de amor de Dios a pesar de las amenazas que atentan contra la propia existencia.

El mensaje que nos comunica Jesús nos invita a tomar resoluciones prácticas y conscientes de las necesidades en nuestro entorno, porque el mensaje de Jesús quiere transformar comunidades. Su mensaje no es para guardarlo en lo más secreto de nuestro ser, sino para sacarlo a la luz y de responder con nuestras acciones a los hechos y sucesos que acontecen a nuestro alrededor. Esa es la misión profética a la que nos comprometemos en nuestro pacto bautismal cuando decimos que con la ayuda de Dios lucharemos por la justicia y la paz entre todos los pueblos, y respetaremos la dignidad de todo ser humano.

Constantemente, vemos cómo se desprecia y se despoja a muchos seres humanos de sus derechos y sus libertades. Los cristianos y todo ser humano han de levantar su voz con el  mensaje central del evangelio que es el amor indiscriminado que acoge con ternura y misericordia a toda persona.

Hermanos y hermanas, reflexionemos durante esta semana cómo podemos representar a Jesús y ser voz profetica en las circusntancias cotidianas de nuestras vidas aun cuando no nos sentimos dignos ni dignas de esa responsabilidad. El testimonio evangélico se manifesta en los pequeños detalles, desde la sonrisa para hacer sentir a alguien feliz, en la acogida con ternura y misericordia a aquellas personas que están bajo nuestro cuidado, en el abrazo tierno y compasivo a toda persona que lo necesite, además de levantar enérgicamente nuestras voces de protesta en contra de el tratamiento injusto e indigno de cualquier ser humano. Tengamos la certeza de que Jesús está con nosotros. Sigamos su ejemplo de de una vida entregada a dignificar, a elevar la dignidad de cada ser humano, a mostrarnos el camino de la verdad en Él, y continuar su obra divina a través de nuestras vidas con la guía del Espíritu Santo, nuestro Defensor y Dador de Vida.

Recordemos el canto del salmista que dice, “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron. La verdad brotará de la tierra y la justicia mirará desde los cielos. La justicia irá delante de él, y la paz será senda para sus pasos.”

El Rvdo. Israel Alexander Portilla Gómez es diácono en la Misión San Juan Evangelista, Diócesis de Colombia, donde ha ejercido el ministerio desde diciembre de 2016.

Descargue el sermón de 8 Pentecostés (B).

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