7 Pentecostés – Año B

Propio 9

Sermones Episcopal


[RCL] 2 Samuel 5:1-5, 9-10; Salmo 48; 2 Corintios 12: 2-10; Marcos 6: 1-13

En el evangelio de hoy escuchamos que Jesús regresa a Nazaret su pueblo de origen y que va  acompañado de sus discípulos. Nos sorprende que la gente en su comunidad, sus amigos y vecinos que lo habían visto crecer, no salieran a recibirlo con júbilo sino más bien se preguntaran “¿Dónde aprendió este tantas cosas? ¿De dónde ha sacado esa sabiduría y los milagros que hace?” Nosotros y nosotras nos preguntamos ¿A qué se debe esa falta de fe en Jesús si ya eran muchos los milagros que anteceden esta visita a su propia tierra? Sabemos que Jesús estando con sus discípulos, calma la tormenta en el lago de Galilea yendo en camino a la tierra de Gerasa. Sabemos que, al llegar allí, Jesús encuentra a Legión, un hombre poseído por demonios y lo sana. También escuchamos que Jesús trae a la vida a la hija de Jairo y sana a la mujer que tenía hemorragia por muchos años. En cada momento en el que Jesús manifiesta su mano divina y su grandeza, la multitud que lo sigue queda asombrada.

Cualquiera diría que, al escuchar estas historias sobre Jesús, la gente de Nazaret lo debería haber recibido con un gran desfile como el gran héroe local. Desafortunadamente, nos damos cuenta de que la comunidad no estaba preparada para reconocer la grandeza de Jesús de Nazaret, y todo lo que Él representa. La comunidad se pregunta: “¿Quién se cree éste que es?” Y Jesús mismo dice: “En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra, entre sus parientes y su propia casa.”

Al escuchar esta lectura del evangelio, a lo mejor nos asombra la falta de entendimiento que tuvo la comunidad acerca de esa grandeza de Jesús que hoy día abrazamos y reconocemos mediante nuestro estudio de las Sagradas Escrituras y nuestras tradiciones religiosas. Para nosotros y nosotras el camino a seguir es adentrarnos en el mundo de Jesús a través del evangelio y de vivir nuestro testimonio de las grandes obras que ha hecho en nuestras vidas. Es de esta manera como en verdad podemos proclamar quien es nuestro Salvador Jesús.

A través de las escrituras y en el mundo, encontramos a muchas personas que han reconocido la presencia divina de Jesús y la han utilizado para propagar y afirmar la divinidad de Dios en este reino terrenal. Los ejemplos abundan. La Biblia nos ofrece el ejemplo de muchas personas como la de David que escuchamos en la lectura del Antiguo Testamento. Él tuvo que sobrellevar grandes obstáculos que le ayudaron a acrecentar su fe y formar su carácter para poder responder al llamado que Dios le había hecho. David solo pudo entender la grandeza de Dios en su vida cuando superó los obstáculos que lo separaban de Dios, cuando con su propio arrepentimiento y su profunda fe aceptó su llamado, y le responde a Dios. Sabemos que David fue un rey que gobernó con fe y entendimiento de la grandeza de Dios.

Otro ejemplo en nuestros tiempos es el de Helen Keller a quien una terrible enfermedad la dejó ciega y sorda a la edad de diecinueve meses. Con el apoyo de sus padres, y ayudada por su maestra ella se pudo comunicar a través de un lenguaje de señas. Keller fue a la universidad, se graduó, fue la cofundadora de la Unión Americana de Derechos Civiles. Para ella su discapacidad no fue un impedimento. Su fe la sostuvo para poder superar los grandes obstáculos que se le presentaron y lograr con éxito lo que se propuso. Una de sus citas reconocidas, describe la fe de la siguiente manera: “El optimismo es la fe que conduce al logro. Nada puede hacerse sin esperanza y confianza.”

En Nazaret, el pueblo estaba sorprendido porque no podía reconocer la grandeza de Jesús en sus vidas. Y se preguntaban: ¿De dónde este hombre saca estas cosas, acaso no es el hijo de María? Tal vez, no podían ver la grandeza de Jesús ni en su profecía ni en sus obras. Sólo se limitaban a verlo como un carpintero más. La gente de su pueblo no entendía como Jesús era reconocido como profeta en la región. Después de todo, los profetas habían vivido mucho tiempo atrás. La gente citaba a los profetas de memoria, pero Jesús apenas era un joven. Nadie le debería prestar atención a alguien tan joven. Y, sin embargo, Dios hecho hombre en Jesús, había venido al mundo para mostrar la grandeza de Dios, incluso a la gente de su propio pueblo.

Al encontrarnos con este episodio de la vida de Jesús nos podemos cuestionar lo siguiente, ¿Será que usamos la comodidad de nuestras posiciones para escuchar ligeramente el mensaje de la Buena Nueva? Cuando nos aproximamos a las escrituras, ¿será que solo lo entendemos como un mensaje que pasó hace mucho tiempo atrás, y no tiene relevancia para el momento en el que estamos viviendo? O, más bien, tomamos la lectura de la Biblia como un ejercicio espiritual que nos ayuda a reforzar nuestras creencias y examinarlas. O, como pasa con algunas personas quienes al encontrar pasajes de la Biblia que son difíciles de entender, la dejan de lado. Nuestra respuesta a estas preguntas nos lleva a darnos cuenta de si estamos experimentando o no, la grandeza de Dios en nuestras vidas.

Podemos encontrar muchas razones de la dificultad que implica el leer la Biblia, y, sin embargo, en el evangelio de Marcos en el día de hoy, encontramos aspectos fascinantes de la vida de Jesús que nos ayudan a acercarnos a su grandeza y abrazarla sin miedo.

En este texto, Jesús fue rechazado por su propia gente en Nazaret, esto es algo que se nos hace imposible creer. También escuchamos que Jesús se maravillaba de ver la incredulidad de su gente. Notemos que en los domingos anteriores las historias nos hablan de creer y confiar en Jesús. Se nos enseña a creer con fe y a no tener miedo.

Hermanos y hermanas, pensemos en la manera como hemos experimentado el poder de Dios en nuestras vidas porque creemos con fe y con asombro en la grandeza de Dios en cada uno y una de nosotros y nosotras. Recordemos los milagros que ha obrado la grandeza de Dios en nuestras propias vidas y los milagros de los que hemos sido testigos en la vida de otras personas.

Cuando Jesús llegó a Nazaret, él estaba maravillado de ver la incredulidad de su gente.  La pregunta es, si Jesús llegara a nuestras vidas en estos momentos ¿se maravillaría de ver nuestra incredulidad, o de ver nuestra fe absoluta?

Si como cristianos y cristianas seguidores de Jesús estamos en desacuerdo con estas premisas, entonces recordémonos lo siguiente: que en tus ojos encuentres la mirada de Jesús para ver el mundo con compasión, que en tu corazón tengas un lugar para Jesús siempre, y deja que Jesús haga su trabajo. Sólo si te encuentras en este lugar, podrás experimentar la grandeza y el amor de Dios, y podrás proclamarlo a otros y otras. ¡No tengas miedo de vivir tu fe en Jesús!

La Reverenda Alejandra Trillos es Sacerdote Encargada de la Iglesia San Andrés en Yonkers, Diócesis de Nueva York.

Descargue el sermón de 7 Pentecostés (B).

Comments

  1. Carlos Austin says:

    Profunda reflexión que parte del silencio santo en dónde acepto que tengo obstáculos que superar con la ayuda de Dios. De no hacerlo estos se convierten en la razón por la que no podré ver a Dios en mí. Y para aumentar mi fe y crecer y cambiar, tengo que ver Cristo en mí, primero. Gracias Reverenda.

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