4 Pentecostés – Año B

Propio 6


[RCL] Ezequiel 17:22-24; Salmo 20; 2 Corintios 5:6-10, (11-13), 14-17; Marcos 4:26-34.

La experiencia de plantar un árbol es sin duda muy especial. Colocar en la tierra ya sea la semilla o bien una pequeña planta, nos permite tener la visión futura de un árbol frondoso que dará sombra y frutos a las futuras generaciones.

La primera lectura tomada del libro del profeta Ezequiel nos habla de que para el mismo Dios la imagen de plantar un árbol es la mejor manera de mostrarnos su visión de una humanidad próspera y renovada. Estas imágenes de la vida agraria son muy comunes en la Biblia. Las comunidades bíblicas dependían totalmente de la tierra para su sobrevivencia. En ese ambiente son frecuentes los relatos sobre las cosechas, la buena tierra y los suelos estériles, la alegría de la lluvia y la bendición de frutos abundantes.

Estas narraciones de la sociedad agraria tal vez no tengan para nosotros y nosotras en los tiempos actuales el mismo impacto que tuvieron cuando fueron escritas. La vida de las personas que vivieron en los tiempos bíblicos también giraba en torno a la cría de animales, bien fuera para el alimento y el vestuario, así como para las labores agrícolas.

El simbolismo de las imágenes agrarias tiene además un valor especial en nuestras experiencias espirituales. Un alto monte, un árbol frondoso, un manantial de agua cristalina y la sencillez de las ovejas tienen un equivalente en nuestra vida espiritual. De esta manera lo describe el profeta Ezequiel: “Yo, el Señor, digo: también voy a tomar la punta más alta del cedro; arrancaré un retoño tierno de la rama más alta, y yo mismo lo plantaré en un monte muy elevado, en el monte más alto de Israel.”

El cedro que menciona Ezequiel bien puede ser, el creyente firme y convencido que ha crecido en el conocimiento y el amor del Señor, a tal punto que su ejemplo es digno de imitarse. Sin embargo, en este mismo pasaje, Dios dice: “Yo derribo el árbol orgulloso y hago crecer el árbol pequeño. Yo seco el árbol verde y hago reverdecer el árbol seco. Yo, el Señor, lo digo y lo cumplo.” En la vida espiritual todos somos como esos árboles: unos con hojas, flores y frutos abundantes y otros que están a punto de secarse por falta de agua y de los nutrientes de un buen suelo. Cada ser humano nace y crece en un contexto particular; unos han tenido la dicha de nacer y crecer en el seno de familias en el que el amor y el cuidado entre sus miembros son el abono que alimenta y fortalece a ese árbol, a esa familia. Por el contrario, hay personas cuyos ámbitos familiares no proveen el abono necesario para fortalecerse como individuo dentro del núcleo familiar.

No es casualidad que en nuestro lenguaje pastoral hablemos de plantar, desyerbar, abonar, dar frutos y cosechar. En las comunidades donde se cultiva una relación íntima con el Señor y se construye una relación sólida y saludable entre los miembros, la visión del árbol frondoso que da sombra y refresca a los que se acercan es también la visión de la comunidad de fe. San Pablo nos dice: Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo.”

Nuestra fe se fundamenta en la persona de Cristo resucitado; es el mismo Dios que en su misión terrenal tuvo como centro de su predicación el anuncio del Reino de Dios. Tanto para los que vivieron en tiempo de Jesús como los que vivimos hoy, no es tan fácil entender ese Reino de Dios que nos muestra Jesús. Las parábolas usadas por el Señor nos permiten captar la realidad del Reino de Dios.

La semilla que germina en la tierra para luego dar frutos abundantes es una de las muchas imágenes mencionadas en el evangelio para ilustrar el inicio del Reino. Jesús nos propone que ese Reino es un proyecto marcado por varias etapas. Al igual que la semilla que necesita del suelo para germinar, el Reino debe llegar al corazón del ser humano. La fuerza del Espíritu Santo se encarga de robustecernos hasta alcanzar la madurez.

Cada uno de nosotros y de nosotras estamos llamados a continuar la obra iniciada por Jesús. La Iglesia, como comunidad de creyentes es un signo visible del reino de Dios llamada a ser la voz de los olvidados y olvidadas de nuestra sociedad. La compasión y predicación de Jesús nos enseña que hemos de ser esa voz que proclama en el desierto la presencia real de Jesucristo.

Hermanos y hermanas mantengámonos como Iglesia fieles a la voz profética que anuncia y protege al Reino de Dios en este mundo. Celebremos con gozo el que hay muchas congregaciones que imitan al Señor en su amor y compasión por las personas marginadas que se encuentran dentro y fuera de sus puertas. Son comunidades inclusivas que practican una auténtica hospitalidad. En ellas se recibe al inmigrante y se valora su experiencia, se invita a los jóvenes a participar en la vida de la comunidad, se recibe a cada persona tal como es, sin juzgarla ni condenarla por su identidad de género, estado civil o por su clase social.

En las palabras del profeta Ezequiel hay: “árboles verdes y secos”. Esas son las comunidades de fe donde se cultiva el prejuicio y la exclusión. Algunas ostentan rótulos en los que se da la bienvenida a todos, pero al entrar se experimenta una realidad muy diferente. Tales congregaciones viven en un glorioso pasado que dejó de existir y no abren sus puertas al vecino que es diferente.

El Reino de Dios es un proyecto más grande que la Iglesia misma. La Iglesia no está llamada a proclamar su propio reino, está llamada a proclamar el Reino de Dios. Todas las culturas y todas las generaciones son parte del Reino divino de Dios. Jesús nos mostró que aun cuando tuvo la experiencia de vivir en una sociedad oprimida por el poder de Roma, no tuvo miedo de proclamar las Buenas Nuevas. El Señor entró en contacto con una variedad de personas muy diferentes entre sí por razones políticas, sociales y religiosas. Sin embargo, Él comparte con cada persona el anuncio de una nueva vida.

Entre nuestras promesas bautismales hay una que nos pide que luchemos por la paz y la justicia entre todos los pueblos y que respetemos la dignidad de todo ser humano. La comunidad de bautizados y bautizadas somos los constructores de un mundo más humano y más justo. El Reino de Dios no es un concepto, es un movimiento que inició Jesús. Todos y todas participamos en su desarrollo aquí en la tierra.

El Rvdo. Álvaro Araica es Asociado del Ministerio Hispano en la Diócesis de Chicago. También sirve como vicario parroquial en la iglesia Cristo Rey en el norte de la ciudad de Chicago. El padre Araica es graduado del programa de doctorado en ministerio de Seabury Western Theological Seminary.

Descargue el sermón de 4 Pentecostés (B).

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