Séptimo Domingo de Pascua – Año B

Pascua Episcopal Sermon


[RCL] Hechos 1:15-17, 21-26; Salmo 1; 1 Juan 5:9-13; Juan 17: 6-19

En el evangelio de hoy escuchamos que Jesús ora con el alma cargada de amor y encomendando a sus discípulos. Jesús ora por aquellos que Dios Padre escogió para seguirlo con estas divinas palabras: “eran tuyos y tú me los diste, y han hecho caso de tu palabra”. Jesús, el Dios hecho hombre dejó de lado sus sufrimientos para calmar la angustia de sus discípulos que no entendían del todo lo que el futuro les deparaba. Jesús es el Mesías enviado de Dios quien se entrega del todo y sin límites y no se cansa de probarnos su amor redentor a cada uno de nosotros y de nosotras. Jesús nos amó y nos amará siempre. Él amó tanto al mundo que llevó su misión de obediencia a la voluntad de su Padre ofreciéndose como sacrificio para redimirnos, salvarnos y ofrecernos la entrada al Reino del Padre celestial y eterno, es decir la vida eterna.

La oración con la que Jesús concluye la última cena es conocida como la Gran Oración Sacerdotal. Es una conversación sencilla y espontánea entre el Padre y el Hijo elevada en uno de los momentos más críticos de su vida terrenal. Jesús se dirige a Dios de esta manera: “Padre, la hora ha llegado: glorifica a tu Hijo, para que también él te glorifique a ti”. Luego, con urgencia y preocupación le pide por sus discípulos: “Yo no voy a seguir en el mundo, pero ellos sí van a seguir en el mundo, mientras yo me voy para estar contigo. Padre santo, cuídalos con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado, para que estén completamente unidos, como tú y yo.”

Estas sentidas palabras expresan la preocupación trascendental de Jesús al poner en manos de Dios a aquellos discípulos que Él le ha dado. En este momento Jesús encomienda a sus discípulos el porvenir de la misión salvífica del mundo. De aquí en adelante, los discípulos portaron el futuro del cristianismo, de la iglesia, y más importante aún, de la creación humana que recibió la promesa de vida eterna.

Jesús es Dios de amor y su oración expresa cuán grande es ese amor por hombres y mujeres, niños y niñas a quienes con sus enseñanzas les abrió las puertas del cielo. Jesús le dice al Padre: “Cuando yo estaba con ellos en este mundo, los cuidaba y los protegía con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado.” “Ahora yo voy a donde tú estás; pero digo estas cosas mientras estoy en el mundo, para que ellos se llenen de la misma perfecta alegría que yo tengo” “Yo te ruego por ellos.”

Ese amor tan grande que Jesús siente por sus discípulos lo reconocemos cada vez que, con fervor, le pedimos a Dios Padre que proteja a nuestros seres queridos. Es la oración que brota de los labios de padres y madres al despedir a sus hijos e hijas en su ida a la escuela o al trabajo. Esa bendición y el abrazo amoroso siempre van unidos a un sentido ruego a Dios encomendándolos para que Dios los lleve con bien e ilumine su camino.

La oración de Jesús la expresa con mucha pasión el himno titulado, “Cuán grande es Él.” Este himno nos invita a reflexionar lo magnánimo que es el amor divino de Dios Padre al entregarnos a su Hijo amado con miras a nuestra salvación eterna.

Cuando recuerdo del amor divino
que desde el cielo al salvador envió,
aquel Jesús que por salvarme vino,
en una cruz sufrió, por mí murió.

Mi corazón entona la canción
cuán grande es Él, cuán grande es Él.

Cuando cantemos este himno, reflexionemos sobre la plegaria de nuestro Señor Jesucristo en la que se aprecia lo profundo e intenso del amor puro de Jesús por el mundo. Él vino a este mundo para sanar y transformar los corazones de toda persona abierta a su promesa divina. Su amor por nosotros es el mismo desde entonces y para siempre. Él se revela de muchas maneras y nos invita a amarle. No nos impone su amor. Jesús es como ese amante que persiste sin desanimarse y acompaña y vela muy de cerca a su amado o a su amada.

Jesús nunca se rinde, ni nos abandona. Jesús siempre está ahí, esperándonos pacientemente para que lo encontremos en cada momento de nuestras vidas. Permanece a nuestro lado en momentos de desesperación, de tristeza o de dificultad. Jesús nos ofrece su amparo cuando el mundo nos da la espalda. Nos prodiga su divino consuelo cuando nos enfrentamos a los grandes sufrimientos y al dolor de la partida de nuestros seres queridos. Sentimos su presencia en nuestras iglesias y a través de la sonrisa tierna de un niño o una niña. Aunque no hayamos respondido a su amor, Jesús siempre está presente para nosotros.

Jesús se revela a través de nuestras oraciones elevadas con fe y a través de nuestros amigos que viven el evangelio. Él se revela en nuestras vidas en los momentos más inesperados. Además, se ha revelado a través del ejemplo de padres y madres, maestros y maestras, amigos y amigas del alma y a través del comportamiento de nuestros vecinos, jefes y compañeros de trabajo. Jesús se revela en nuestra comunidad de fe a través de un sermón, en las escrituras del día, en las alabanzas, en el canto de un salmo, en el abrazo fraternal de la paz, en la Santa Eucaristía, en la despedida a salir al mundo en paz a amar y a servir en su nombre y hasta en la hora del convivio reunidos en comunidad.

Hermanos y hermanas, preguntémonos, ¿cómo se ha revelado el amor de Jesús para usted en esta semana que acaba de pasar? ¿Cómo se le revela a diario el amor de Jesús? Recordemos que su amor es muy grande y generoso y siempre tiene un espacio para cada uno de nosotros y nosotras. Solo necesitamos tener un corazón dispuesto a dejarnos abrazar por esa divina presencia y que lo busquemos con fe en nuestras oraciones y en todo lo que hagamos con amor y humildad para la gloria de Dios.

 

La Reverenda Alejandra Trillos es Sacerdote Encargada de la Iglesia San Andrés en Yonkers, Diócesis de Nueva York.

Descargue el sermón de Pascua 7 (B).

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