Domingo de Trinidad – Año B

Domingo de Trinidad


[RCL] Isaías 6:1–8; Salmo 29 o Cántico 6; Romanos 8:12–17; San Juan 3:1–17

Celebramos hoy la fiesta solemne de la Santísima Trinidad. La lectura según el profeta Isaías afirma que la presencia de Dios es pura y santa. Dice el profeta: “Unos seres como de fuego estaban por encima de él. Cada uno tenía seis alas. Con dos alas se cubrían la cara, con otras dos se cubrían la parte inferior del cuerpo y con las otras dos volaban. Y se decían el uno al otro: “Santo, santo, santo es el Señor todopoderoso; toda la tierra está llena de su gloria”. Por otra parte, la naturaleza del ser humano es imperfecta y por esta razón indigna de contemplar el rostro de Dios. La santidad de Dios es altamente reafirmada en la visión descrita y el ser humano en la persona de Isaías teme perder la vida porque ha contemplado a Dios.

Dios, según la visión de Isaías y de otros personajes importantes del Antiguo Testamento, tiene como cualidades la santidad, la perfección y la pureza. Por su grandeza y majestuosidad, pareciera que Dios se presenta distante del ser humano. Ante este concepto, una reacción muy humana puede ser la de temer a Dios.

¿Ha cambiado ese concepto de Dios en el mundo? No, no ha cambiado mucho porque Dios sigue siendo para algunas personas una figura autoritaria y avasalladora que genera miedo y angustia. Basta que examinemos nuestro lenguaje cotidiano: “Dios te va a castigar”. “Dios tarda, pero no olvida”. “Nadie se escapa de la ira de Dios”. ¿Se puede cultivar una relación saludable entre el ser humano y Dios partiendo de este concepto? La respuesta es no.

La idea de que la condición humana y la vida espiritual de cada persona son realidades totalmente separadas una de la otra, ha contribuido a menospreciar nuestra naturaleza humana frente a lo divino. Esta diferencia se debe a la influencia de la filosofía griega sobre el mensaje cristiano. Los filósofos griegos y en especial Platón plantearon la separación entre el cuerpo y el espíritu y en tal distinción el cuerpo es la parte débil y el espíritu es lo más importante.

Tal enfoque ha llevado a muchos a ver el cuerpo como el recipiente del pecado y el alma como lo que realmente debemos salvar y proteger. Esto es lo que plantea San Pablo en su carta a los romanos: “Así pues, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir según las inclinaciones de la naturaleza débil. Porque si viven ustedes conforme a tales inclinaciones, morirán; pero si por medio del Espíritu hacen ustedes morir esas inclinaciones, vivirán.” No es casualidad que, en la religiosidad popular del pueblo latino, se enfatice la condición pecadora del cuerpo y el autocastigo. Son muy conocidas las escenas de personas cargando pesadas cruces o azotándose las espaldas durante la Semana Santa como señal de arrepentimiento.

El resultado de abrazar la creencia de que el cuerpo es malo ha tenido efectos nocivos en la salud espiritual, emocional y física de muchas personas. Tanto así, que, para muchos cristianos y cristianas, los pecados más abominables son los vinculados a la sexualidad humana. Se juzga a las personas como buenas o malas a partir de la forma en que expresan su sexualidad. Se añade a esto, la idea de que todo lo que tiene que ver con nuestra vida corporal es pasajero y que por lo tanto, no es importante. Se plantea que la prioridad es salvar el alma. Aunque las nuevas generaciones ya están expuestas a otras filosofías de vida más positivas, todavía muchas personas interpretan el concepto que para Dios lo más importante es el alma y que esta vida es un lugar de sufrimiento, de penas y de dolores.

El pasaje del evangelio de hoy tampoco escapa al dualismo alma y cuerpo.  Nicodemo, el maestro de la ley que visita a Jesús en medio de la noche, necesita escuchar de la boca de Jesús una enseñanza sobre la relación entre Dios y los seres humanos. Nicodemo es un maestro de la ley que recibió una formación religiosa basada en el concepto de que Dios es puro, santo e inalcanzable. Nicodemo le dice a Jesús: “—Maestro, sabemos que Dios te ha enviado a enseñarnos, porque nadie podría hacer los milagros que tú haces, si Dios no estuviera con él”. Tanto para Nicodemo como para sus contemporáneos, Dios guardaba una distancia con el ser humano, porque Dios como ser puro y santo no puede contaminarse con la naturaleza humana, que es frágil y pecadora.

El evangelista Juan también pone en boca de Jesús la frase: “Lo que nace de padres humanos, es humano; lo que nace del Espíritu, es espíritu”. Sin embargo, encontramos que el evangelio de hoy concluye con la definición de que Dios es amor: “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él”. Los cristianos y cristianas estamos llamados a sostener nuestra fe en un Dios amoroso y compasivo, porque es la imagen de Dios que nos ofrece Jesús tanto en sus palabras como en sus gestos y sus obras.

La santidad también la encontramos en la persona humana porque es receptora del amor de Dios. Nuestros cuerpos mortales son también recipientes de la bondad de Dios que mira con amor a los seres humanos sin distinción. Somos una unidad de alma y cuerpo. Nuestro cuerpo no es un simple recipiente que al morir se descarta, el cuerpo es pieza vital en nuestra relación con Dios. Hemos sido bendecidos y bendecidas con una naturaleza mortal que puede conocer el mensaje de Dios por medio del entendimiento y el discernimiento que caracteriza a los seres humanos.

El ejemplo más claro y evidente de que Dios tiene en alta estima la naturaleza corporal es que tomó forma humana para vivir una cercana relación con sus criaturas. En nuestro catecismo Episcopal se enseña que, “Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es El divino Hijo que se hizo humano para que en él todos los seres humanos sean adoptados como hijos de Dios y hechos herederos de su reino”. Como podemos ver, no hay razón ni justificación para denigrar la condición humana. Todos los bautizados y bautizadas hemos afirmado que “lucharemos por la justicia y la paz entre todos los pueblos, respetando la dignidad de todo ser humano” (LOC pg. 225).

En este domingo de la Santísima Trinidad, reafirmamos nuestra fe en Dios que se manifiesta en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu Santo es amor. No hay tres planes para salvar y rescatar al género humano, existe un solo plan porque uno solo es Dios y uno su propósito: atraer a todos y todas a Él por medio del amor creador del Padre, en la encarnación del Hijo y en la santificación de la iglesia por medio de su Santo Espíritu como comunidad de fe que lleva las Buenas Nuevas a todas las naciones.

Nuestra fe y nuestras acciones se fundan en la certeza de que en Dios hay bondad y compasión y que su creación es buena. Cada hombre y cada mujer es imagen del amor de Dios y a la vez llamados y llamadas a expresar ese amor sin condiciones.

El Rvdo. Álvaro Araica es oriundo de Nicaragua y actualmente sirve como vicario en las congregaciones de Cristo Rey y Nuestra Señora de las Américas en la Diócesis Episcopal de Chicago. Araica es el presidente del Comité de Asuntos Hispanos en la Diócesis de Chicago y sirve en las Comisiones de Ministerio y de Desarrollo Congregacional. Araica es graduado del programa de doctorado en Ministerio de Seabury Western Theological Seminary en Evanston Illinois.

Descargue el sermón de Domingo de Trinidad (B).

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