Día de Pentecostés – Año B

Pentecostes Sermon Espanol Episcopal


[RCL] Hechos 2: 1-21; Salmo 104: 25-35, 37; Romanos 8: 8:22-27; Juan 15: 26-27; 16: 4b-15

En la novela clásica norteamericana titulada “Moby Dick” del autor Herman Melville, encontramos la historia de un barco que se pierde en el océano Atlántico. Como es lógico, después de varios días perdidos sin alimentos ni agua, los marineros empezaron a morirse de sed. Pero empezaron a tener esperanza cuando vieron que se aproximaba otro barco. Hicieron todo lo posible por acercarse a esa nave y empezaron a pedir agua. La respuesta del otro barco los dejó confundidos. Decían, “bajen sus cubos donde están.” Tanta era su necesidad, que, aunque la solución no les parecía lógica, bajaron los cubos. Al probar y al comenzar a tomar el agua, pudieron descubrir que era realmente agua fresca, ya que en ese lugar se unía el gran rio Amazonas con el océano, y solo en esa parte del océano el agua no es salada. Los marineros saciaron su sed.

Nuestro gran reto como seguidores de Jesús es el mismo de aquellos marineros perdidos y sedientos en medio del océano. Quizás, lo que más nos hace falta, es abrirnos a la presencia del Espíritu que habita y vive entre nosotros. Solamente abriendo nuestros ojos y nuestras mentes podemos percibir la gracia de Dios: la promesa de Jesús. Cuando los marineros perdidos bajaron sus cubos encontraron el agua fresca para saciar su sed. Jesús nos invita a abrirnos radicalmente a la presencia del Espíritu Santo que nos rodea de tantas maneras. A veces, nuestra falta de apertura espiritual nos inhibe de ver y de percibir la gracia de Dios, el agua viva del Espíritu Santo que está presente y asequible a cada uno de nosotros y de nosotras.

Hoy la Iglesia celebra la gran fiesta de Pentecostés – la llegada del Espíritu Santo. La palabra está asociada con el número “50” ya que se celebra cincuenta días después de la Pascua de Resurrección. Quizás lo más importante del Pentecostés es que celebramos la llegada de esa gran promesa de Jesús a sus amigos: “Yo les enviaré al consolador, el Defensor.”  Esta promesa era una confirmación de que nunca estaríamos solos ni solas. Después de la muerte y resurrección del Señor, a pesar de que los discípulos se sentían desconsolados y “con miedo”, fue la presencia del Espíritu Santo la que les infundió esperanza y el cumplimiento de la promesa – Jesús siempre estaría con ellos.

También en Pentecostés acostumbramos a decir que es el “cumpleaños de la iglesia”.  Con la llegada del Espíritu Santo los apóstoles de Jesús y todos los que lo siguieron a lo largo de los siglos recibieron por primera vez el espíritu desde lo Alto. Es así como la iglesia puede realizar la misión de Jesús, especialmente la predicación de la Palabra de Dios y la celebración de los sacramentos de la Nueva Alianza. Más aún reconocemos que todo ministerio, toda oración y toda bendición son acciones de ese mismo Espíritu a través de nosotros. Los dones y talentos que Dios nos concede los desarrollamos en nuestras iglesias y comunidades guiados e inspirados por la presencia del Espíritu Santo. Como discípulos y discípulas de Jesús en el siglo veintiuno no podemos olvidar esta gran verdad: somos instrumentos del Espíritu Santo en todo lo que somos y hacemos como Iglesia.

La descripción bíblica más gráfica de este día la encontramos en el segundo capítulo del libro de los Hechos de los Apóstoles, precisamente en Hechos capítulo dos, de los versículos uno al veintiuno. Las imágenes que encontramos en esta descripción del evento de la llegada del Espíritu Santo no son precisamente pacíficas ni tranquilas. Dice la escritura que todos y todas escucharon un “gran ruido”, sintieron “vientos fuertes” y vieron “lenguas de fuego”. Todo indica que hubo un momento de temor y de confusión. Al poco tiempo empezaron a escuchar lenguas de diversas regiones que asombrosamente todos ellos entendían.

En nuestra sociedad contemporánea hablamos mucho sobre los valores de la diversidad y de la inclusión de todos y todas. Mas allá de la diversidad de lenguas y culturas, hoy día como iglesia, luchamos por promover la igualdad sin excluir a nadie. Esto lo hacemos porque creemos en Jesús. Creemos en su amor incondicional y sabemos que nadie está fuera del abrazo amoroso de Dios, pues todos somos sus hijos e hijas amados y amadas. Es importante ver que el Espíritu Santo está presente y lo percibimos más al poner de lado nuestras diferencias, prejuicios y todo tipo de discriminación que van en contra del amor de Dios y del evangelio de Jesús. Fue precisamente en aquel primer Pentecostés, en medio de la diversidad de naciones, idiomas y personas de diversas culturas, que el Espíritu Santo se manifestó poderosamente en la Iglesia.

En esta celebración tan especial, pidámosle al Señor ver la presencia viva de Dios en cada hermana y en cada hermano. Que no veamos el color de la piel, el país de origen, ni cualquier otra diferencia, sino que todos y todas podamos estar reunidos por el poder de un mismo Espíritu.

Hermanos y hermanas concluyamos con una de las oraciones más antiguas conocida como el “Ven Espíritu Santo” (del latín: Veni Sancte Spiritus) atribuida al arzobispo de Canterbury Stephen Langton (1150-1228). Esta oración describe el don del Espíritu Santo con una profundidad poética. Que sea ella nuestra oración en este día de Pentecostés:

Ven Espíritu Santo
y desde el cielo
envía un rayo de tu luz.

Ven padre de los pobres,
ven dador de las gracias,
ven luz de los corazones.

Consolador óptimo,
dulce huésped del alma,
dulce refrigerio.

Descanso en el trabajo,
en el ardor frescura,
consuelo en el llanto.

Oh luz santísima:
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.

Sin tu ayuda
nada hay en el hombre,
nada que sea inocente.

Lava lo que está manchado,
riega lo que es árido,
cura lo que está enfermo.

Doblega lo que es rígido,
calienta lo que es frío,
dirige lo que está extraviado.

Concede a tus fieles
que en Ti confían,
tus siete sagrados dones.

Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación,
dales el eterno gozo.
Amén, Aleluya. 

El  Rvdo. Dr. Alberto R. Cutié, es rector de la Iglesia de Saint Benedict en Plantation, Florida y autor de “Talking God: Preaching to Contemporary Congregations (Church Publishing). Es sacerdote en la Diócesis Episcopal del Sureste de la Florida, donde también sirve como Dean de Broward County.

Descargue el sermón para el Día de Pentecostés (B).

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