Tercer Domingo de Pascua – Año B


[RCL] Hechos 3:12-19; Salmo 4; 1 Juan 3:1-7; Lucas 24: 36b-48

Se dice que, si algo luce, o suena demasiado bueno, entonces es demasiado bueno, lo cual implica que debemos dudar de ello. La resurrección parece demasiado buena, y además imposible desde nuestro punto de vista humano, y por tanto nos cuesta el poder entenderla y hasta creer en ella.

El evangelio de hoy reconoce eso. Los discípulos, traumatizados por los eventos ocurridos desde el Jueves Santo, cuando después de la última cena Jesús fue aprehendido, juzgado, condenado a muerte, crucificado, y enterrado, no aceptan fácilmente los reportes de encuentros con el Maestro resucitado. No demuestran gozo y aceptación inmediatos, sino la misma incredulidad y el temor que cualquiera de nosotros mostraría en un caso semejante: su reacción es muy real. Lo mismo su razonamiento ante la evidencia de la aparición del mismo Jesús ante ellos. Seguramente, pensaron, no era el Maestro, sino un fantasma.

Jesús, mostrando pleno entendimiento por esa reacción, hace grandes esfuerzos por darles lo que necesitan para lograr aceptar que su resurrección es real: “Tengo carne y huesos” les hace ver, ofreciendo su cuerpo para que lo toquen e inspeccionen sus heridas de la crucifixión, señalando que los fantasmas no son de carne y hueso como él. Y para aliviar las dudas de los que aún no estaban convencidos, les pide algo de comer, lo cual es prueba contundente de que la persona delante de ellos era su Maestro, vuelto a la vida y de nuevo entre ellos para restaurar su fe y esperanza.

Este relato nos llega muy profundamente, porque refleja nuestras propias luchas con respecto a la fe. Nosotros también estamos viviendo tiempos muy difíciles, donde nuestra esperanza y nuestros ruegos por tener buenas nuevas se han visto frustradas día tras día, y donde la muerte y la falta de amor parecen estar imponiéndose a nuestro alrededor. Por eso nos es difícil creer los reportes de cambio, nos cuesta creer en la resurrección. Nos da trabajo creer que Dios sí escucha nuestros ruegos, tenemos dificultad en creer que realmente somos amados tan profunda y completamente por un Dios que envió a su único Hijo al mundo para salvarnos, y que ese Dios cuida de nosotros constantemente, trayendo resurrección a nuestras vidas cada día y en formas que pocas veces nos percatamos con claridad.

Y Dios, paciente y, amorosamente, cada vez que reaccionamos con incredulidad, tarde o temprano –como Jesús aquel día después de la resurrección- nos brinda su paz, ofreciéndonos todo lo que necesitamos para salir de nuestra incredulidad y poder abrir los ojos y darnos cuenta de que estábamos perdidos y somos constantemente hallados, estábamos muertos y constantemente el amor de Dios nos da vida nueva, guiándonos con su Espíritu y llenándonos de gozo y gratitud. Recordamos entonces las palabras del Arcángel San Gabriel a María durante el momento de la anunciación: “¡Para Dios nada es imposible!”

Pero la historia del Evangelio de hoy no acaba con la aceptación de la noticia de la resurrección por parte de los discípulos. La historia concluye con la siguiente declaración y llamado a la acción de Jesús a los discípulos: “Está escrito que el Mesías tenía que morir, y resucitar al tercer día. En su nombre, y comenzando desde Jerusalén, hay que anunciar a todas las naciones que se vuelvan a Dios, para que sus pecados les sean perdonados.”

Este cambio de orientación de la resurrección al perdón de los pecados se refleja también en la lectura de los Hechos de los Apóstoles con el llamado de Pedro a los israelitas a volverse hacia Dios y convertirse para que Él borre sus pecados. De nuevo lo escuchamos en la segunda carta de Juan donde leemos que Jesucristo vino al mundo para quitar los pecados, y por tanto debemos purificarnos si queremos estar unidos a él.

Desde el punto de vista de Jesús, su resurrección no es únicamente el retorno a la vida de nuestros cuerpos. Hay una muerte mucho más profunda que nos pone en riesgo de estar separados para siempre de Dios, y esa es la muerte interna que ocurre cuando nos alejamos de Dios y emprendemos el camino opuesto a sus mandatos: el camino del odio, de la búsqueda de la satisfacción de nuestros propios impulsos sin considerar al prójimo ni al resto de la creación. La resurrección del cuerpo no vale nada si con ese cuerpo pecamos y nos perdemos eternamente de la presencia y del amor de Dios. Para salvarnos de esa muerte necesitamos volvernos a Dios, y buscar su perdón el cual nos devuelve la vida que nos arrebata. La buena noticia es que Dios está dispuesto a perdonarnos tantas veces cuantas caigamos y nos levantemos y pidamos su amor y su perdón.

Por tanto, el afán de Jesucristo, la razón por la cual se encarnó, murió y resucitó es para mostrarnos el camino a la verdadera resurrección, camino que perdimos cuando nos dejamos llevar por nuestras propias transgresiones. La resurrección de Jesucristo no es solo un llamado a aceptar y superar la dificultad de creer en ella, es un llamado para que nosotros empecemos a vivir la resurrección, es un llamado a traer cambio a nuestras vidas.

Ese cambio es el orientar el curso de nuestras vidas hacia Dios y sus enseñanzas, buscando siempre hacer su voluntad y arrepintiéndonos cada vez que nos desviemos de ese camino. Al hacerlo, estamos viviendo activamente como miembros del pueblo de la resurrección.

Pero no basta con nuestra jornada de salvación individual. Jesús no vino al mundo para la salvación personal de unos cuantos miembros de grupos privilegiados, Él nos pide que llevemos el llamado a la salvación mediante el arrepentimiento de los pecados “a todas las naciones” a todo el mundo, a toda persona no importa su nacionalidad, raza, color, género, orientación sexual, condición económica, idioma, o cualquier otra característica personal. El llamado a difundir la Buena Nueva de la resurrección es un llamado a tomar acción, a cambio colectivo sin discriminación. Es un llamado a que todos nos sentemos en la mesa juntos, sin negar el pan de la resurrección a nadie.

Puede parecer muy difícil hacerlo, ser mensajeros de un mensaje que puede resultar difícil de creer por parecer demasiado bueno, pero es un mensaje que viene de Dios, y para Dios nada es imposible. ¡Mantengámonos unidos a Dios, que con su ayuda no hay nada imposible!

El Rvdo. Edgar A. Gutiérrez-Duarte es Vicario de la Misión St. Luke’s-San Lucas en Chelsea, Massachusetts. Sirve como director del Comité Diocesano para Ministerio Hispano, y es vicepresidente de la Junta de Directores de la Colaborativa de Chelsea (organización que sirve a inmigrantes y trabajadores del área) y miembro de la Junta de Directores de CAPIC (Community Action Programs Inter-City, Inc) de la región Chelsea-Revere-Winthrop.

Descargue el sermón de Pascua 3 (B).

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