Segundo Domingo de Pascua – Año B


[RCL] Hechos 4: 32-35; Salmo 133; I Juan 1:1-2:2; Juan 20: 19-31 

Ha pasado una semana desde que celebramos la Semana Santa, una semana en la que experimentamos el caos y la emoción, una semana en la que nos postramos cerca de la tumba vacía y en la mañana del domingo con alegría cantamos nuestro primer “Aleluya. Cristo ha resucitado. El Señor verdaderamente ha resucitado. Aleluya”. No obstante, escuchamos que una semana después de la resurrección los discípulos están en el mismo lugar donde estuvieron la noche de la Pascua. Están en la misma habitación detrás de las mismas puertas cerradas.

Si la resurrección es tan importante, si es un evento que cambia la vida, ¿por qué los discípulos siguen atrapados en el mismo lugar? ¿Qué diferencia ha hecho la tumba vacía en sus vidas? ¿Cómo los ha cambiado? ¿Les ha permitido verse a sí mismos y a su mundo de manera diferente? Si ellos siguen en la misma casa con las puertas cerradas como la semana anterior, ¿Qué ha cambiado?

Preguntémonos nosotros y nosotras ¿qué ha hecho la resurrección de Cristo en nosotros? ¿Ha cambiado nuestras vidas? ¿Vemos el mundo de una manera diferente? ¿Hemos salido al mundo o nos encontramos como los discípulos, encerrados con las puertas cerradas?

Al ​​escuchar el evangelio de hoy tal vez no entendamos a los discípulos. Tal vez nos preguntemos por qué seguían en el mismo lugar si después de todo, la muerte misma había sido derrotada. ¡Cristo ha resucitado!

Hagámonos las mismas preguntas: ¿Han cambiado nuestras vidas después de la Pascua o nos sentimos atrapados en el mismo lugar? ¿Deberíamos vivir la resurrección de Cristo de manera más plena y auténtica? Después de todo, hemos proclamado: “El Señor verdaderamente ha resucitado.”

La resurrección toma su tiempo. No es un evento de una vez. Es un proceso. Es una forma de ser y una forma de vivir. Por la gracia de Dios, podemos llegar a ser personas resucitadas a través de nuestras relaciones y las circunstancias de nuestras vidas. Dios no desperdicia nada. Aunque no siempre sea fácil, todos los días entramos a la vida resucitada.

A veces vamos al Domingo de Pascua esperando despertar el lunes a una nueva vida en un mundo nuevo. O, por el contrario, despertamos el lunes de Pascua a la misma vida y al mundo del Viernes Santo. Despertar a una nueva vida es dejar los hechos de la tumba vacía y comenzar a reclamar la historia de la resurrección.

Hay una diferencia muy grande entre los hechos y la historia. Los hechos informan la mente, las historias tocan el corazón. Los hechos transmiten información, las historias transforman vidas. Un hecho es estático, como una foto instantánea de un momento particular en el tiempo. Una historia es dinámica, como una película que nos lleva a través del tiempo.

La tumba vacía es un hecho. La resurrección es una historia. Tal vez podemos comenzar a entender la resurrección como la película de nuestra vida en lugar de una foto instantánea de la vida de Cristo. El hecho de la tumba vacía no es la historia de la resurrección. Los hechos de la vida de Jesús no son la historia de Jesús. Los hechos de tu vida y mi vida no son la historia de nuestra vida.

Los hechos son solo el punto de partida para la historia. El hecho de la tumba vacía es el punto de partida para la historia de la resurrección. Los hechos que nos despertaron el lunes de Pascua son simplemente el punto de partida para nuestra historia de resurrección. Con demasiada frecuencia, sin embargo, tomamos los hechos como la historia completa. ¿No es eso lo que hemos hecho con la historia de SantoTomás?

Tomás era un escéptico, una persona incrédula. “A menos que vea la marca de los clavos en sus manos, y ponga mi dedo en la marca de los clavos y mi mano en su costado, no lo creeré”. Que Tomás dudó es el único hecho que viene a la mente. ¿Qué pasa si ese hecho, es solo el punto de partida para su resurrección? ¿Qué pasa si esa no es toda la historia? ¿Qué pasa si el lugar donde comenzamos es menos importante que hacia dónde vamos, hacia dónde terminamos?

Tomás llevó el evangelio de Cristo a la India. Murió como mártir luego de que cinco soldados le atravesaran con cinco lanzas. Eso no parece típico de un incrédulo, ¿verdad? Su vida nos muestra a alguien que creció y cambió, alguien para quien la resurrección de Cristo fue real, alguien para quien la tumba vacía marcó la diferencia. Simplemente tomó tiempo, como lo que sucede en nuestras vidas.

Conocemos al Tomás que dudó, pero no olvidemos al Tomás que confesó su fe con su vida. Él también está en el evangelio de hoy. “¡Mi Señor y mi Dios!” Con esas palabras, Tomás reconoció y emprendió una nueva relación, una nueva forma de ser. En algún lugar entre el Tomas que dudó y el Tomás que creyó está la historia de la resurrección en la vida de Tomás.

¿Cuál es nuestro punto de partida? ¿Cuáles son los hechos de nuestra vida, hoy? El punto de partida para la historia de nuestra resurrección es lo que tenemos hoy. Sea cual sea nuestra vida hoy, o cuáles sean nuestras circunstancias, ese es el punto de partida para nuestra historia de resurrección.

Si estamos lidiando con la soledad, el dolor y la pérdida, ese es nuestro punto de partida. Esa es la habitación a la que entra Cristo. Si estamos encerrados en una casa de miedo, confusión u oscuridad, ese es nuestro punto de partida y el lugar en el que se encuentra Jesús. Si la enfermedad, la vejez, la discapacidad o la incertidumbre son hechos en nuestra vida, ese es el punto de partida y el lugar en el que aparece Jesús. Si nos sentimos perdidos, traicionados, decepcionados, abrumados, ese es nuestro punto de partida y la casa en la que Jesús entra. Si la alegría, la gratitud y la celebración son los hechos de nuestra vida hoy, ese es el punto de partida para nuestra historia de resurrección.

El Rvdo. Víctor Conrado es rector asociado en la Iglesia Episcopal San Marcos en la Diócesis de Chicago. Victor es miembro de la facultad del seminario Bexley Seabury.

Descargue el sermón de Pascua 2 (B).

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