Viernes Santo – Año B

Isaías 52:12-53:12, Salmo 22, Hebreos 10:16-25 o Hebreos 4:14-16; 5:79, Juan 18:1-10:42

El Viernes Santo puede que sea para los cristianos el día más triste del año litúrgico. Recordamos la muerte cruenta de una persona inocente y buena que manifestó un amor divino hacia todo el género humano. Los primeros cristianos no observaban este día por separado porque consideraban la Pascua cristiana como un evento que comprendía tanto la muerte como la resurrección de Jesús. El suplicio de Jesús, aunque horroroso, se había transformado en un triunfo gozoso y de eterna duración. Toda la humanidad sufre y sacrifica durante su jornada terrenal y, gracias a Jesús, tenemos la promesa de un día gozar eternamente en el cielo. No se espera que persona alguna sufra los tormentos que Jesús tuvo que pasar por amor nuestro.

Retrocedamos un poco y demos un vistazo a la historia y a los hechos de este santo día. Sabemos que en un tiempo sin fecha se empieza a recordar este día en Jerusalén. Un testimonio histórico nos lo da la peregrina Egeria en su “Diario de viaje”.  Ella nos cuenta cómo se desarrollaba esta jornada a finales del siglo IV. Muy de mañana, tras haber pasado la noche en vela en el Monte de los Olivos se descendía a Getsemaní para leer la narración del prendimiento de Jesús. La comparecencia de Jesús ante Pilato se leía en el Gólgota, y luego se iban a casa a descansar un rato, pero pasando antes por el monte Sion para venerar la columna de la flagelación. Al mediodía, de nuevo se congregaban en el Gólgota para venerar el madero de la cruz y se leían, durante tres horas, lecturas del Antiguo y Nuevo Testamentos. El recorrido-peregrinación terminaba en la iglesia de la Resurrección, donde se leía el evangelio de la colocación de Jesús en el sepulcro. Era un día verdaderamente intenso, pero que daba profundo respeto y sincera religiosidad al evento más abominable acaecido en el pueblo judío de ese tiempo.

Ahora bien, es propio preguntarnos ¿por qué condenaron a un justo a tan horrible suplicio? Jesús a todos sorprendía con su bondad y generosidad. Jesús pasó haciendo el bien por doquier. Él se colocó del lado de los más pobres, de los indeseables, de los destituidos y a todos ofrecía amor y sobre todo esperanza. Una esperanza de que ellos, aunque condenados y juzgados por la religión oficial, se encontraban más cerca del reino de Dios que quienes por profesión ofrecían sacrificios en el templo.

Para difundir su nuevo mensaje, Jesús utilizó parábolas inmortales. Ejemplos tomados de la vida real que todo el mundo podía entender, pero que asombraban por la conclusión a la que conducían. Memorables entre todas son la del Buen Samaritano y la del Hijo Pródigo. La gran revolución religiosa que Jesús causó fue el haber dado acceso al amor de Dios. Muchas personas, a través del servicio al prójimo, descubren ese Dios de amor en Jesucristo. Él es ese camino certero que nadie más ha mostrado en toda su validez.

No es de extrañar que Jesús levantara sospechas entre los líderes religiosos de su época por todas sus acciones. Página tras página, los evangelios nos muestran a un Jesús perseguido por fariseos, escribas y sacerdotes. Entonces tenemos que la primera y fundamental causa de su condena fue porque su mensaje y comportamiento trastornaba de raíz el sistema organizado, civil y religioso. Jesús estorbaba ya que su predicación invitaba a una convivencia pacífica entre todos, muy contraria a la tiranía y el control que instigaban los seguidores y súbditos de Roma.

No obstante, según la opinión de muchos eruditos, la causa decisiva y determinante de su condena, fue la purificación del templo. Tras su entrada triunfal en la ciudad de Jerusalén, se acerca al templo y ve que lo han convertido en un mercado. Volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas. Expulsó a todos del templo, inclusive a ovejas y bueyes. Esta fue su acción pública más grave porque a partir de ese incidente los sacerdotes del templo cuestionaron su autoridad para realizar semejante atropello.

Aunque los sumos sacerdotes y letrados buscan la forma de acabar con Jesús, ellos le temían. ¡Eran tantas las personas que admiraban a Jesús y estaban de su lado! Lo sucedido en la ciudad santa de Jerusalén, repleta de peregrinos judíos llegados de todo el Imperio Romano, en el explosivo ambiente de las fiestas de Pascua, no auguraba nada bueno. Jesús desafió públicamente el sistema religioso y civil de su época y de esa manera alteró el orden público.

A pesar de todo esto, ni Anás ni Caifás ni los sacerdotes del templo encuentran razón suficiente para condenarlo a muerte. Y deciden que Pilato, prefecto de Judea nombrado por Tiberio, tome cartas en el asunto. Y le dicen: “es un revoltoso, un rebelde, que predica un reino diferente al del César y pone en peligro el orden social”. Y, cosa admirable, ni siquiera Pilato, tras interrogar a Jesús, encuentra en él causa suficiente para condenarlo. ¿Qué hacer?

En toda tiranía impera el miedo. Pilato, sin causa, sin razón alguna de condena, adopta el camino más seguro para él. Condena a Jesús a muerte para evitar consecuencias inesperadas. “Irás a la cruz”, le dice Pilato. Jesús sabía lo que le esperaba. Seguramente había visto a otros morir en la cruz. Ahora era su turno. La crucifixión era una auténtica tortura; al crucificado no se le dañaba directamente ningún órgano vital, de manera que su agonía podría prolongarse durante largas horas y hasta días. En esa época los romanos crucificaban sin piedad a cientos y miles de personas para sembrar el terror e imponer el orden. Al parecer, Jesús estaba tan debilitado por todo el maltrato que ya había recibido con antelación, que su tortura no se prolongó. Según el evangelista Marcos, Jesús murió en la más triste de todas las soledades, exclamando: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”.  Esta muerte provocó en el centurión presente la más bella de todas las confesiones: “Realmente este hombre era Hijo de Dios”.

Ahora podemos preguntarnos. ¿Era necesario que Jesús muriera? Su mensaje había sido sólido y claro. Su vida hubiera sido suficiente para darnos ejemplo y salvarnos de nuestras malas inclinaciones. Sin embargo, la historia nos demuestra que ningún profeta actúa a medias. Todos caminan hasta la última meta. Jesús no podía ceder ante las constantes presiones ejercidas por la religión oficial. Jesús decidió seguir adelante y dar ejemplo hasta el final, aunque ese final implicara la cruz. La muerte en la cruz fue la culminación de un amor sin igual. Un amor heroico, divino, sin igual porque le otorga salvación y vida eterna a toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, nos encontramos aquí en el templo, no para llorar la muerte de Jesús, ni para admirar su sacrificio, sino para imitarlo. No olvidemos las palabras de Jesús: “¡Amémonos los unos a los otros como yo los he amado!”

El Rvdo. Isaías A. Rodríguez es oriundo de España. Fue carmelita descalzo y sigue amando la espiritualidad carmelitana encarnada en los grandes místicos San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Reside en la Diócesis de Atlanta desde 1983.

 

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