Cuarto domingo en Cuaresma – Año B

Números 21: 4-9, Salmo 107: 1-3, 17-22, Efesios 2: 1-10, Juan 3: 14-21

La lectura del evangelio según San Juan que acabamos de escuchar le sigue al diálogo entre Nicodemo y Jesús. Nicodemo es uno de los líderes religiosos judíos quien, por temor al juicio de sus compañeros, secretamente y en la oscuridad de la noche busca a Jesús. Es en esta conversación que encontramos tal vez uno de los versículos bíblicos más citados de todos los tiempos: “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él.”

Los cristianos reconocemos que, a través de la muerte de Jesucristo, la muerte, que es antítesis de la vida, se convierte en el portal de la vida eterna. En cada una de las lecturas de hoy, vemos como el pueblo del Señor ha sido liberado de la muerte y ha pasado a la vida. Hemos de reconocer que la promesa de vida eterna que escuchamos en estas lecturas es la gracia de Dios encarnada para la humanidad, no porque la humanidad tenga derecho a la vida eterna, sino porque así lo designa Dios. Como escuchamos al apóstol Pablo en la carta a los efesios, “Pues por la bondad de Dios han recibido ustedes la salvación por medio de la fe. No es esto algo que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios. No es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie puede gloriarse de nada.”

Nicodemo responde a la luz que emana de Jesús, porque, como nos dice el evangelio, “los que viven de acuerdo con la verdad, se acercan a la luz para que se vea que todo lo hacen de acuerdo con la voluntad de Dios.” Recordemos que Nicodemo visitó a Jesús a escondidas, en parte para evitar la crítica social de la comunidad. Ese rechazo que Nicodemo eludía le sirve de ejemplo a todo el mundo, pero particularmente a nosotros los cristianos.

Recordemos la manera radical de Jesús para incluir a toda persona marginada, sin distinción. No es fácil proclamar la bondad de Dios y la inclusividad del ministerio terrenal de Jesús en un mundo que desprecia hasta cierto punto estos valores morales y religiosos que nos imparte nuestro Salvador. Sabemos que el mundo se ha vuelto más y más indiferente a los valores religiosos que a través de la historia han sido el marcador ético y moral para el mundo. Tal vez a veces nosotros también pecamos por juzgar al prójimo o al no incluir a personas diferentes a nosotros en nuestras vidas.

De la misma manera como Jesús distinguió a los seguidores del bien y del mal mientras recorría pueblos y ciudades, toda persona cristiana ha de reconocer lo mismo en sus alrededores. Y hacerlo como lo hizo Jesús, no para rechazar, descartar o juzgar, sino para ofrecer luz divina y luz eterna. Tenemos la responsabilidad de no participar en aquello que roba la dignidad de los seres humanos, como el racismo, la discriminación y la explotación. Esos son algunos de los pecados más graves que enfrentamos hoy día y que causan profundo sufrimiento, injusticia y división porque nos alejan de Dios. La intención del Señor para cada uno de nosotros y nosotras es tener dignidad personal y de otorgar dignidad al prójimo.

¿Quién entre nosotros no es pecador o pecadora? No obstante, recordemos que Dios ama a toda su creación libremente y es por su gracia, no por nuestros méritos, que somos su creación amada. Jesús nos invita a salir de la oscuridad y a abrazar la verdad que es su luz. No podemos seguir callados o guardando silencio acerca de la verdad de Dios en nuestras vidas y la manera como Jesús nos salva de hora en hora y de día en día. Entonces, debemos preguntarnos: ¿Cómo estoy reflejando la luz de Cristo en mis acciones con el prójimo? ¿Es en palabras o en hechos que somos más susceptibles y vacilamos al proclamar la verdadera inclusión que demostró Jesucristo?

Jesús nos sirve de ejemplo al invitarnos a todos nosotros y nosotras y al mundo entero a vestirse de luz, sin excluir o juzgar de antemano. ¿A qué le teme usted cuando se habla de respetar la dignidad de todo ser humano y de verdaderamente incluir a toda persona en su vida de fe? Hay mil maneras de compartir las Buenas Nuevas del amor dentro de nuestra sociedad, pero tenemos que empezar por enfrentar la oscuridad que nos ciega y nos aparta de la luz que emana de Jesucristo. El mundo está lleno de personas profundamente necesitadas de este mensaje de inclusión, amor, y dignidad porque luchan con la soledad y con la desesperación que causa el aislamiento. Como cristianos y por nuestro compromiso bautismal, somos llamados y llamadas para encarnar nuestros valores e identidades cristianas.

Hermanas y hermanos, durante esta estación en Cuaresma, recordemos que el amor de Dios está presente en nuestro mundo donde sabemos que hay opresión, dolor y oscuridad. Tengamos fe firme en el amor de Dios que no nos aísla ni nos separa. Confiemos en el amor de Dios que nos lo da a cada uno de nosotros y nosotras a través de su gracia divina y suprema.

Demos gracias al Señor cantando con el salmista “Den gracias al Señor, porque es bueno, porque para siempre es su misericordia”. Recordemos siempre que Cristo es la luz del mundo, que no vino a condenar al mundo sino a salvarlo por su amor. Como el Cuerpo de Cristo que somos, hemos de ser, “luz del mundo” al mostrar el amor de Dios entre nosotros y de nosotras para cada persona que encontremos en nuestro camino.

La Rvda. Dr. Lisa Fortuna se desempeña como sacerdote asociada en Trinity Church en Melrose, Massachusetts; es médico y directora de la Oficina de Siquiatría Para Niños y Adolescentes en el Boston Medical Center.

 

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