Segundo Domingo en Cuaresma – Año B

Génesis 17:1-7,15-16, Salmo 22:22-30, Romanos 4:13-25, Marcos 8:31-38

Las lecturas del libro de Génesis y del evangelio de Marcos nos invitan a reflexionar sobre el concepto cristiano de la fe en Dios. ¿Qué es la fe? ¿Cómo la vivimos de día en día? Las historias de Abrahán y Sara y la invitación que Jesucristo le hizo a sus discípulos y a las comunidades, nos ofrecen maneras de seguir a Jesús y de servir al pueblo con fe y con la confianza de que Dios siempre provee.

En nuestras sociedades circulan diversas interpretaciones sobre el concepto de la fe y de tener fe. Una interpretación que se escucha es que la fe es una serie de conceptos abstractos que se deben afirmar, como, por ejemplo, lo que dice la carta de Pablo a los hebreos, “la fe es la certeza de lo que no vemos.” A veces pensamos que, al recitar el Credo, el Padrenuestro o algún testimonio de nuestra experiencia religiosa es el equivalente a que tenemos fe en Dios.

En su carta al pueblo romano, San Pablo incorpora una enseñanza importante sobre la fe dada a Abrahán y a todos sus descendientes y que nos incluye a nosotros y a nosotras. Esa promesa dice que la fe es un don, un don dado por Dios a toda persona que explora su fe y a toda persona que tiene esa fe en Dios. Según el apóstol Pablo, Abrahán confió plenamente en las promesas de Dios y, “no dudó ni desconfió de la promesa de Dios, sino que tuvo una fe más fuerte. Alabó a Dios, plenamente convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete.”

La fe de Abrahán afirma su confianza en el amor de Dios y su convicción de que Dios siempre cumple sus designios. Esta es la fe que Dios busca en cada uno de nosotros y de nosotras. En el libro de Génesis vemos cómo Dios llamó a Abrahán y a Sara para que dejaran su país natal y migraran a un lugar desconocido. ¿No es esta la misma situación que viven muchos inmigrantes en el mundo? La fe nos impulsa a obedecer a Dios y a echar camino confiados en la palabra del Señor.

A través de los siglos, esta misma fe ha impulsado a miles y miles de personas de fe a compartir el amor de Dios en medio de las circunstancias más difíciles y bajo muchas persecuciones. La fe ha inspirado a muchas personas a luchar contra la injusticia y las ha llevado a buscar los caminos de la paz y de la reconciliación entre los pueblos. Nuestro Pacto Bautismal insiste en que los cristianos tengamos un vínculo estrecho entre nuestra fe y nuestra acción cristiana.

De cierto modo podríamos decir que esta fe que impulsa a la acción motivó al Señor Jesús durante su ministerio terrenal y le ayudó a enfrentar su cruz y su muerte para redimir a la humanidad. En el evangelio escuchamos que Jesús invitó al pueblo a poner su fe en acción cuando dijo: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame.” Hoy, con estas mismas palabras, el Señor nos invita a seguirle y a convertir nuestra confianza en acción profética y evangelizadora, independientemente de nuestras realidades.

Aún más allá de definir la fe como la plena confianza en Dios e insistir en que esta fe debe motivarnos a la acción, debemos entender que el concepto bíblico de la fe es algo que transforma nuestras vidas.

La carta a los romanos nos recuerda que, por confiar plenamente en el Dios Todopoderoso, Abrahán llegó a ser, “el padre de muchas naciones y el padre de todos nosotros.” Es decir, que somos los descendientes de Abrahán y de Sara, a quienes Dios escogió con todas sus imperfecciones a ser matriarca y patriarca de los herederos del reino de Dios.

Como símbolo de esta transformación de sus vidas, Dios el Señor les dio nuevos nombres. Simbólicamente estos nombres mostraban su nueva relación con Dios. El hasta entonces llamado Abram, se convirtió en Abrahán, que significa “padre de muchas naciones.” Su esposa Saraí, cuyo nombre significa, “la peleona”, se convirtió en Sara, “la princesa”, puesto que sus hijos serían reyes entre los pueblos. Recordemos que los libros del Antiguo Testamento cuentan cómo los descendientes de ellos se convirtieron en una nación que impactó la historia de toda la humanidad.

El nombramiento de Abrahán y Sara se repite cuando bautizamos a los nuevos cristianos, llamándolos por los nombres completos dados por sus padres. Igualmente, para adultos candidatos al Santo Bautismo, llamarlos por sus nombres completos representa la renovación de sus vidas por la gracia de Dios y los y las identifica como miembros de la familia de Dios y del Cuerpo de Cristo. Así que el llamado que se les hace en el Santo Bautismo representa la invitación a una vida de fe activa y transformadora en el nombre de Dios: Padre, Hijo, e Espíritu Santo.

Durante esta Santa Cuaresma tenemos nuevamente la oportunidad de aprender de Abrahán y Sara y de los seguidores de Jesús que dejaron sus bienes materiales y preocupaciones del mundo para renovar y profundizar su fe al seguir a Jesús. Podemos recordar las promesas que Dios ha hecho a su pueblo, culminando con la resurrección y la vida nueva en Jesucristo.

Hermanos y hermanas recordemos las promesas que Dios hizo a nuestros ancestros, promesas que también son para nosotros y nosotras. ¡Vivamos con la esperanza de que la gracia y el amor de Dios transformarán nuestras vidas y transformarán el mundo que Cristo redimió con su cruz y resurrección!

 

Padre Jack Lynch ha servido en las diócesis de Honduras, Carolina del Norte, y el Sur de Virginia y ahora es sacerdote misionero de la Iglesia Episcopal San Jorge en Central Falls, Rhode Island y sirve como director del Instituto Ecuménico de Ministerio Hispano. Publica el blog “El Cura de Dos Mundos” (padrejack.blogspot.com).

 

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