Primer domingo en Cuaresma – Año B

Génesis 9:8-17, Salmo 25: 1-9 , 1 Pedro 3:18-22, Marcos 1:9-15

Hoy iniciamos la estación del año litúrgico llamada Cuaresma. El término Cuaresma se refiere a la narración de los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas donde se nos dice que Jesús pasó cuarenta días con sus noches en el desierto.

La estación de Cuaresma y otras estaciones litúrgicas no se establecieron inmediatamente después de la resurrección de Jesús Nuestro Señor. Las primeras comunidades cristianas no conocían la Cuaresma porque todavía no existía, esas comunidades cristianas ayunaban el sábado antes de la Pascua, luego añadieron el ayuno para el viernes, y más tarde, en el siglo tercero, ya se observaban seis días de ayuno.

No fue sino hasta el cuarto siglo que la estación de la Cuaresma tomó forma como estación penitencial cristiana de cuarenta días. La Cuaresma adquirió casi exclusivamente un carácter de tiempo penitencial y ascético, y es por esto por lo que aún se preservan las tradiciones cuaresmales de la oración y del ayuno.

Para entender el significado de la Cuaresma tenemos que indagar lo que implican los cuarenta días. Hay que tener presente que los números en la Biblia son simbólicos y siempre expresan un significado apropiado al contexto de aquel momento histórico.

El número cuarenta se encuentra en la Biblia en más de cien ocasiones y casi siempre en momentos importantes y decisivos en la historia bíblica. Recordemos algunos bien conocidos: estuvo lloviendo sobre la tierra cuarenta días con sus noches; Moisés condujo al pueblo de Israel durante cuarenta años por el desierto y pasó cuarenta días en oración en el monte Sinaí antes de recibir las Tablas de la Ley; el profeta Elías pasó cuarenta días en ayunas en el desierto hasta encontrarse con Dios en el monte Horeb; Jesús fue presentado en el Templo a los cuarenta días de nacido y después de ser bautizado en el río Jordán, permaneció cuarenta días en el desierto.

En todos esos momentos bíblicos se esconde un significado oculto que es reforzado con el número cuarenta. En el diluvio Dios manifiesta su poder sobre los elementos atmosféricos para sobrecoger al ser humano hacia su conversión. Los cuarenta años por el desierto manifiestan claramente lo arduo y costoso que le fue al pueblo de Israel hacer una travesía tan difícil, que por otra parte se puede realizar en corto tiempo.

Los cuarenta días de Jesús en el desierto significan más que las pruebas a las que fue puesto, el momento en su vida en el que Jesús toma una decisión trascendental para salir al mundo a anunciar y llevar a cabo la misión de Dios. Esa misión fue su vocación mesiánica. Para Jesús esa misión respondía a la pregunta: ¿Cómo llevar adelante la misión sublime de manifestar el amor misericordioso del Padre, sobre todo hacia los desposeídos, los humildes, a los perseguidos? ¡Ardua tarea!

Y más aún, sabemos que Jesús fue fiel al plan de salvación divino, aunque ante la inminencia de su muerte, Él les confesó a sus discípulos: “siento una tristeza de muerte”, y todavía más profundamente, “Padre, si es posible, que se aparte de mi esta copa”.

Al inicio del ministerio de Jesús, los evangelistas enmarcan este momento cumbre de su vida dentro de un período de cuarenta días. Sin embargo, en el caso de Jesús pudo resolverse en unos momentos, en unos días, o en un período más largo de reflexión. Un tiempo en el que, a todas luces, lo más difícil no son los ayunos ni las penalidades físicas, sino las sicológicas.

No debemos tomar al pie de la letra, las tentaciones de Jesús en el desierto rodeado de fieras, satanás y ángeles sobre las cuales escuchamos en el evangelio de Marcos. Jesús nos invita a enfocarnos no tanto en la escenografía de esas tentaciones, sino en ese acto importantísimo en su vida donde él rechaza las tentaciones y se prepara espiritualmente para cumplir su ministerio terrenal.

Así pues, la Cuaresma en el sentido espiritual significa un período de tiempo importante en nuestras vidas. Puede ser el tiempo de un día o de siete, en el que tomamos una decisión transcendental en nuestras propias vidas. O, visto desde otra perspectiva, toda nuestra vida es una “cuaresma” en la que nos vamos preparando día a día para la Pascua Celestial, nos preparamos para la Gloria eterna.

Hace unos días celebramos el Miércoles de Ceniza. En el evangelio de Mateo para ese día, Jesús nos insta a que obremos desde lo profundo de nuestro corazón, siendo sinceros y evitando toda vanagloria. No quiere Jesús que publiquemos al son de trompeta nuestras buenas obras. No quiere Jesús que aparezcamos super piadosos, exhibiéndonos como santos, cuando no lo somos. No quiere Jesús que aparezcamos tristes, débiles o demacrados porque ayunamos demasiado.  No quiere Jesús que pongamos nuestro corazón en tesoros perecederos cuando nos espera el mejor tesoro en el más allá. En definitiva, Dios quiere que nuestra actitud en la vida esté marcada por la sinceridad y la autenticidad.

Entonces, ¿qué hemos de hacer en nuestras vidas para darle sentido a la Cuaresma? El Libro de Oración Común nos sugiere a los Episcopales que en primer lugar en la santa Cuaresma nos dediquemos a hacer un “examen de conciencia”. Luego cabe el “arrepentimiento” si es que estamos viviendo una vida sin sentido y superficial, y esto se debe llevar a cabo mediante la reflexión en la Palabra de Dios, meditando en ella día y noche. Orando sin cesar, llevando en nuestros corazones la presencia constante del Dios vivo, eso es vivir la Santa Cuaresma.

No excluye el Libro de Oración Común el “ayuno y la abnegación”. Todo gran compromiso en esta vida implica sacrificio de nuestra parte para estar en comunión con Jesús. Una vida fácil conduce a la pereza espiritual. Una vida dedicada a Jesús y al bien conduce al triunfo espiritual. De igual manera, llevar una vida auténtica, sincera y de entrega a Dios y al prójimo, es una bendición para uno mismo y para Dios.

En las lecturas de hoy, escuchamos al evangelista decir que Jesús: “se hizo bautizar por Juan en el Jordán”, y en la primera carta de Pedro oímos que: “el bautismo no consiste en lavar la suciedad del cuerpo, sino en el compromiso con Dios de una conciencia limpia”. Estas palabras nos dan a entender que Jesús encontró en el Santo Bautismo, la fortaleza para realizar el compromiso de su misterio público.

Hermanos y hermanas, vivamos una Santa Cuaresma llenándonos de la fortaleza divina renovando a diario nuestro compromiso bautismal de resistir toda tentación, proclamar la justicia y la paz y servir a Cristo en toda persona.

El Rvdo. Isaías A. Rodríguez es oriundo de España. Fue carmelita descalzo y sigue amando la espiritualidad carmelitana encarnada en los grandes místicos san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. Reside en la Diócesis de Atlanta desde 1983.

 

 

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