Cuarto domingo después de la Epifanía – Año B

Deuteronomio 18:15–20, Salmo 111, 1 Corintios 8:1–13, San Marcos 1:21–28

El Evangelio de San Marcos que acabamos de escuchar nos relata el primer milagro de Jesús en este evangelio. Es el primero que Él hizo después de su bautismo en el río Jordán y después de llamar a los pescadores del Lago de Galilea a que lo siguieran. De esa manera Jesús comienza a llevar las Buenas Nuevas al mundo y a preparar a esos discípulos a continuar su legado.

¿Qué tiene de especial el comienzo del ministerio de Jesús? Con palabras claras y sencillas San Marcos nos indica que la autoridad de Jesús es central a su ministerio entre nosotros y nosotras. Se trata de una autoridad que va más allá de las palabras, de los tradicionalismos de líderes religiosos de su tiempo. Es una autoridad que rompe esquemas y que libera. De entrada, el evangelio nos muestra lo que será esa autoridad en la obra de Jesús, el Mesías y en lo que consiste la llegada del Reino de Dios.

La autoridad de Jesús se revela durante el Shabbát, la festividad religiosa judía del sábado a la cual Jesús asistía siendo Él mismo, de origen judío. Jesús respeta los preceptos religiosos en tiempo y en espacio. En tiempo pues es sábado y en espacio, la sinagoga, el lugar del culto. No obstante, Jesús asiste no como un oyente más. Jesús enseña, y su palabra es tan profunda que “La gente se admiraba de cómo les enseñaba, porque lo hacía con plena autoridad”. La comunidad reconoce que está ante un hombre que con sus palabras conmueve a sus oyentes y despierta en ellos su admiración. Según esto, Jesús es un maestro cualificado cuya autoridad ya supera a los más doctos de su tiempo, pues enseña de manera diferente a los maestros de la ley y de la religión judía.

Pero ¿qué tiene de diferente la autoridad de Jesús y su manera de enseñar? La diferencia es en que su autoridad va de la mano con su acción, que son las Buenas Nuevas. El texto inaugural de la misión de Jesús es uno de palabras y de hechos. Porque la realización del Reino no se logra solamente con palabras conmovedoras, sino a través de la verdadera transformación de las realidades humanas. Como escuchamos en el evangelio de hoy, Jesús confronta al espíritu impuro que oprime a un hombre. Jesús va más allá de las palabras para obrar en el hombre su primer milagro: la expulsión de un demonio.

En esa época y hoy día, un demonio constituye la presencia del mal que intenta impedir la realización del Reino, pero Jesús es la autoridad sobre ese poder. Esto quiere decir que con Jesús llega la era del fin del poder del mal sobre la humanidad. Con Jesús se inaugura el Reino de Dios y los demonios lo saben: “¿Por qué te metes con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo te conozco, y sé que eres el Santo de Dios.” Como resultado sólo puede venir el reconocimiento de quién es Jesús. Él es aquel que “¡Enseña de una manera nueva, y con plena autoridad! ¡Incluso a los espíritus impuros da órdenes, y lo obedecen!”. Todos estaban admirados porque Jesús no enseñaba de la forma tradicional. Se trata del profeta prometido por Dios por medio de Moisés en el libro del Deuteronomio que escuchamos hoy: “Yo haré que salga de entre ellos un profeta… que les diga lo que yo le ordene decir, y les repita lo que yo le mande.” Ese profeta es Jesús y su autoridad radica en su enseñanza y también en sus obras.

En este tiempo de la Epifanía, cuando se nos recuerda la manifestación de Jesús a los pueblos, la Iglesia también ha de hacer el esfuerzo de conocerle y reconocerle, de lo contrario ¡cómo podrá comunicarlo al mundo! ¿Qué Epifanía necesitamos hoy? ¿De qué manifestación de Jesús tiene sed el mundo? ¿Qué autoridad reclama la sociedad?

Una iglesia que se centra en la Palabra, que la medita, la interioriza, la comparte, la difunde, lo está haciendo bien, y debe sentirse orgullosa de ello. Sin embargo, si falta el paso al hacer, al obrar, a evidenciar cada día un poco más la realidad del Reino de Dios y hacerlo tangible en su contexto, tal vez deba replantear la comprensión de dicha Epifanía. Recordemos que Jesús pasa de la palabra a la acción, de la exhortación a la liberación, y en ello debemos transformarnos como Iglesia. Ser una iglesia que por sus obras los tristes sonrían, los angustiados reciban esperanza, los sin sentido encuentren la razón de vivir, los enfermos alivien su dolor, los olvidados se sientan queridos, los rechazados por tantas condiciones humanas discriminatorias se puedan sentir en casa. Todos estos son signos del Reino de Dios y a lo que hemos sido llamados como discípulas y discípulos seguidoras y seguidores de Jesús.

Nuestro llamado a seguir a Cristo implica una gran responsabilidad social, moral y ética además de religiosa. Con el bautismo, como Jesús nos enseña, viene nuestro compromiso con Jesús, con Dios y con toda su creación sagrada. De la misma manera que el ministerio público de Jesús comenzó después de su bautismo, así ha de ser con el pueblo de Dios. Nuestro bautismo es el mismo llamado que Jesús hizo a esos primeros discípulos a quienes invitó a ser pescadores de hombres. Hay muchas realidades que transformar, muchos “demonios” que expulsar, muchas personas por liberar, muchas realidades por cambiar. Nuestro compromiso de fe con Jesús y unos con otros, es de afirmar las palabras de la Biblia y a poner esas enseñanzas en acción, como Jesús mismo lo hizo.

Hermanos y hermanas, vivamos centrados en la divina autoridad de Jesús y seamos fieles a esa autoridad revelada en sus palabras y también en sus obras.

 El Rvdo. RICHARD ACOSTA RODRÍGUEZ es diácono en la iglesia de San Pedro, Diócesis de Colombia, es el Registrador Diocesano, profesor del Centro de Estudios Teológicos, doctor en Teología y docente universitario.

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