Tercer Domingo después de la Epifanía – Año B

Jonás 3:1–5, 10, Salmo 62:6–14, 1 Corintios 7:29–31, San Marcos 1:14–20

¡Cómo vuela el tiempo! Hace poco menos de un mes con luces, villancicos, alegría, reuniones en familia y en comunidad celebramos la Natividad del Señor, la llegada de Enmanuel – Dios con nosotros. Esa llegada de Jesús al mundo es el amor infinito de Dios que tomó nuestra condición humana y vino a vivir entre nosotros. Hace veinte días también celebramos la Epifanía. Ese es el día en que San Mateo describe cómo los tres sabios de Oriente, estudiantes de las estrellas y a quienes los conocemos como los Tres Santos Reyes, fueron guiados a Jesús por la estrella que iba delante de ellos. Llenos de gozo al encontrar al niño Jesús y a su madre María, le rindieron homenaje, le ofrecieron oro, incienso y mirra y lo reconocieron como Dios, Hombre y Rey.

En este tercer domingo después de la Epifanía, Jesús está en Galilea donde comienza su vida pública. Su mensaje nos revela quién es Jesús al proclamarle al mundo: “Ya se cumplió el plazo señalado y el reino de Dios está cerca. Vuélvanse a Dios y acepten con fe sus buenas noticias”.

De nuevo como lo escuchamos el domingo pasado, los evangelistas nos describen lo que fue el llamado de Jesús a los pescadores que echaban sus redes en el lago de Galilea. Jesús llamó a esos discípulos y continúa llamándonos de muchas maneras hoy día.  Su llamado es poderoso, transformador y constante. Ese llamado está presente en cada momento; sólo requiere que uno responda. Ese “síganme” que sale de la boca de Jesús es un llamado universal, se trata de un llamado a descubrir la vocación de cada uno de nosotros a explorar las maneras de servir al mundo.

Cuando hablamos del término vocación, creemos que se refiere solamente a las personas que han sido llamadas al ministerio ordenado o a la vida religiosa: diáconos, presbíteros, obispos, y nuestros hermanos y hermanas que pertenecen a comunidades religiosas. No, no es así. La vocación cristiana va más allá, no aplica solamente a esas vocaciones a las sagradas órdenes, sino que abarca todas aquellas vocaciones que, por el bautismo, los fieles en nuestras comunidades de fe descubren como miembros del Cuerpo de Cristo.

Detengámonos a considerar por un momento lo que significa responder al llamado de seguir a Jesús. Seguir a Jesús significa seguirlo comprometiéndonos a lo que se nos presente en ese camino. Pensemos en los pescadores del lago de Galilea, los personajes principales del Evangelio de hoy. El texto nos dice que Simón y su hermano Andrés lo siguieron, también Santiago y Juan, hijos de Salomé y de Zebedeo. Al escuchar la palabra “síganme”, toda su vida se detuvo. Tan monumental debe haber sido lo que vieron y sintieron estos hombres en lo más profundo de su ser, que sin preguntar ni detenerse a dialogar, lo dejaron todo y emprendieron un camino incierto, desconocido, confiando en las palabras que les decía: “y yo haré que ustedes sean pescadores de hombres”.

Si reflexionamos en lo que conlleva transformar el espíritu de un individuo a seguir al Cristo que hoy día reconocemos como Salvador y Redentor, veremos que nos quedamos cortos en la descripción del gran llamado que nos sigue haciendo Jesús a amar y a servir al prójimo. Estos pescadores, que desde muy jóvenes se dedicaban a la única vocación que conocían, cambiaron el rumbo de sus vidas para seguir a un hombre, Dios y humano. Y no iban solos. Iban acompañados de otros, porque Jesús no llamó a un solo individuo, sino que llamó a hombres y a mujeres, y caminando junto a ellos, se les reveló como el Hijo de Dios. Poco a poco lo fueron conociendo y poco a poco confiaron en ese ser divino y humano, y en sus enseñanzas.

Hoy y aquí mismo como lo hizo en el lago de Galilea, Jesús nos llama para que dejemos lo superficial y nos enfoquemos en lo esencial. Que nos enfoquemos en el servicio a Dios y a su creación. Dejar todo lo superficial para seguir a Jesús no quiere decir que tenemos que abandonar nuestros hogares, nuestra familia y nuestras responsabilidades para seguir un grupo a los lugares más apartados del mundo, ni para anunciar las buenas noticias del Reino de Dios. Se trata de abrir nuestros corazones y de estar dispuestos a conocer, relacionarnos y caminar con otras personas para verdaderamente llegar a conocer quién es Jesús reflejado en ellas y a través de nuestras acciones.

El primer llamado que Dios nos ha hecho ha sido el llamado a la existencia. Luego, Dios nos llama a vivir con gozo como servidores y servidoras de nuestro prójimo. Dios nos llama a una existencia de felicidad.  Si decimos que Dios nos ha llamado como cristianos a seguirle, entonces podemos decir que la verdadera felicidad del cristiano está en seguir a Jesús, servirle a Él y a la creación de Dios, con alegría y convicción.

Creemos en Jesús, no solamente por lo que aprendimos desde niños, sino también por lo que compartimos en nuestros caminos cristianos. La alegría de seguir a Jesús nos ha de transformar y alentar a invitar a otras personas a la fiesta Eucarística que nos llena el espíritu y que alienta nuestra esperanza. Nos ha de llevar a pensar en las hermanas y hermanos que están lejos, y a los que están a nuestro alrededor en la comunidad. Seguir a Jesús nos impulsa a compartir el gozo que nos da el Espíritu Santo.

Hermanos y hermanas, veamos cómo nuestras acciones en la vida diaria nos convierten en heraldos de la luz que es Jesús. Roguemos al Señor que nos ayude a reconocer su presencia en nuestra vida, que la transforme, que nos anime y ayude a vivir en comunidad sin exclusión, invitando a otros a seguirle y amarle. De esta manera ayudamos a cimentar el reino de Dios entre nosotras y nosotros.

El Rvdo. Nelson Serrano Poveda es Diácono en Transición de la Diócesis Episcopal de Colombia, adscrito a la Parroquia el Divino Salvador en la ciudad de Bogotá, y miembro del Equipo Coordinador del Centro de Estudios Teológicos de la misma Diócesis.  Actualmente apoya el desarrollo de algunos proyectos de los Ministerios Latinos.

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