Decimonoveno domingo después de Pentecostés – Año A

Éxodo 32: 1-14, Salmo 106: 1-6, 19-23, Filipenses 4: 1-9, Mateo 22:1-14

Llevamos varios domingos escuchando en el evangelio de San Mateo que Jesús se dirige con parábolas o enseñanzas, no sólo a sus discípulos y a las multitudes que lo seguían, sino también a las autoridades religiosas y a los agentes del gobierno de aquella época. Su intención fue hacerles entender que Dios es quien tiene la última palabra. Nuestro Creador no solamente tiene la última palabra, también nos ha enseñado a través de las acciones de su hijo Jesús, cómo tomar acción y cómo ser portavoces del evangelio, particularmente cuando nos enfrentarnos a las injusticias del mundo.

La invitación al banquete celestial sí tiene una condición: querer seguir a Jesús y su gran mandamiento. Según las enseñanzas de los cuatro evangelios, todos somos escogidos y escogidas, no obstante, tenemos que aceptar esa invitación divina que se nos extiende a cada momento. Aceptar la condición de seguir a Jesús y la invitación al banquete implica no darle la espalda al “anfitrión”, como lo hicieron los invitados en el evangelio de Mateo.  Persona que no acepte la invitación se atiene a las consecuencias de vivir en la oscuridad de afuera en vez de la luz del reino. El designio de Dios no es excluir del banquete a ninguna persona de su creación, porque Dios sabe que su creación complementará y completará el reino celestial.

La parábola en el evangelio de hoy compara al Reino de los Cielos a un rey que deseaba celebrar la boda de su hijo. Escuchamos que, aunque muchos fueron invitados al banquete, ninguno se presentó.  Por las razones que sean, muchos creyentes tienen prioridades que no siempre incluyen el seguir los caminos que Cristo trazó.  También hay personas que no creen merecer la invitación que Dios les ofrece a sus hijos e hijas porque no se sienten dignas de estar en la presencia de Dios o de reconocerse como hijas e hijos amados de Dios Padre y Madre de todos.

De la misma forma que en la parábola de hoy el rey termina invitando a toda persona a la boda de su hijo, Jesús nos invita a cada uno de nosotros a compartir las Buenas Nuevas con toda persona que nos quiera escuchar.  Esa es la manera en que Jesús nos utiliza para realizar su misión en este mundo. Él nos invita a compartir nuestro amor y gracia, no solamente con personas de fe que conozcamos y que nos agraden porque ellos cumplen la ley de Dios, sino compartir esa gracia con toda persona. Nos dice la Santa Escritura que el rey terminó ordenando a sus criados a invitar a todos los que encontraran en las calles principales. Y ¿Por qué echó a uno de esos invitados? ¿Será que nosotros también vamos a ser rechazados? No, esa no es la manera de Jesús, pero como dije anteriormente, la condición que se nos presenta es seguir a Jesús, o sea aceptar la invitación al banquete que Él nos ofrece.

Algunas personas interpretan esta escritura como un rechazo personal. Inmediatamente piensan que ellos son los que van a ser excluidos por sus acciones o falta de acciones, no “llevar la ropa adecuada”, como en el evangelio, o de no comportarse como se espera.  Pero ¿acaso no son precisamente las personas que menos pensamos dignas de recibir la invitación de Dios, las personas a las que Jesús les dio un lugar preferido en su Santa mesa?

Nuestro Señor espera de nosotros lo que nosotros esperaríamos de cualquier invitado o invitada que llegara a nuestro hogar a participar de un convivio.  Al aceptar la invitación, nuestro compromiso es seguir las normas del anfitrión. A eso se refiere la parábola de hoy cuando dice que el invitado no estaba vestido apropiadamente para la celebración.  Ese invitado escogió no seguir las normas para que los demás pudieran disfrutar del banquete.  La parábola termina diciendo que Dios echó al invitado “a las tinieblas de fuera”, no porque Dios lo desee así, sino porque la persona escogió darle la espalda a Él.

En el libro de Deuteronomio encontramos unos versículos que afirman lo que esta parábola de Jesús quiere enseñarnos al invitarnos al banquete de la gloria eterna: “Mira que te he ofrecido en este día el  bien y la vida, por una parte, y por la otra, el mal y la muerte. Lo que hoy te mando es que tú ames a Yavé, tu Dios, y sigas sus caminos.  Observa sus preceptos, sus normas y sus mandamientos, y vivirás y te multiplicarás, y Yavé te dará su bendición en la tierra que vas a poseer.  Pero, si tu corazón se desvía y no escuchas, sino que te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses para servirlos, yo declaro hoy que perecerás sin remedio… Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia.”

 Dios quiere que sigamos el camino que Jesucristo nos trazó para llegar a Él. Jesús quiere que participemos plenamente del banquete que nos ha prometido. Dios nos ama tanto, que aun cuando esté “ardiendo de enojo” y quiera castigarnos, como lo quiso hacer con el pueblo hebreo en la lectura del Éxodo, Él está dispuesto a cambiar de parecer y recogernos en sus santos brazos, prodigarnos su amor infinito, misericordioso y reconciliador.

Dios desea tu felicidad y la mía y también desea nuestra fidelidad. ¿En qué manera?  Al hablar, al interactuar, al amar, al trabajar, al estudiar, al cuidar de nuestros cuerpos y de nuestras almas, y hasta en nuestra ira y desesperación. Él quiere que en nuestra ira seamos justos y compasivos con el prójimo. Además, Jesús quiere que invitemos a los que no se sienten convidados a la mesa o dignos de participar del banquete. Aceptemos entonces la invitación e invitemos a toda persona a la fiesta en este paraíso terrenal, de la misma manera como Jesús nos invita al banquete de la vida eterna.  ¡Celebremos con Dios y con el Espíritu Santo la fiesta a la que hemos sido invitados e invitadas!

 

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