Inserto para el Boletín: Vigésimo Domingo después de Pentecostés

Una palabra a la Iglesia de la Cámara de los Obispos

Los obispos de la Iglesia Episcopal vinieron a Alaska para escuchar a la tierra y a sus gentes como un acto de oración, solidaridad y testimonio.

 Venimos porque:

  • “La tierra es del Señor y todo lo que está en ella, el mundo, y los que viven en ella; porque él la fundó en los mares y la estableció en los ríos”(Salmo 24:1-2) Dios es el Señor de toda la tierra y de toda la gente; somos una familia, la familia de Dios.
  • “Ya no eres más desconocido o extranjero, porque eres… miembro de la familia de Dios”(Efesios 2:19). Los residentes del interior de Alaska a quienes conocimos no son desconocidos; ellos son miembros de la misma casa de fe.
  • Las personas “se han hecho duras y no escuchan y cierran sus ojos para no tener que ver con sus ojos o escuchar con sus oídos o entender con sus mentes y cambian sus corazones y vidas para que pueda sanarlos” (Mateo 13: 14-15). Estamos ciegos y sordos a los gemidos de la tierra y a sus gentes; estamos aprendiendo el arte de escuchar en oración.

¿Qué significa escuchar a la tierra y a sus gentes? Para nosotros los obispos significa:

  • Salir y caminar en la tierra, pararse al lado de los ríos, sentarse junto a la gente cuyo sustento depende de esta tierra. Tuvimos que aflojar el paso y vivir al ritmo de las historias que oímos. Tuvimos que confiar en que escuchar es rezar.
  • Reconociendo que las luchas por la justicia están conectadas. El racismo, la economía, la violencia de todo tipo y el medio ambiente están interrelacionados. Hemos visto esta realidad no solo en el Ártico sino también en Standing Rock en las Dakotas, en los huracanes recientes, en Flint en Michigan, en Charlottesville en Virginia y en la violencia perpetuada contra las personas de color y las poblaciones más vulnerables en todos lados.
  • Entendiendo que escuchar está profundamente conectado a la sanación. En muchas historias de saneamiento en la biblia, Jesús preguntó, “¿Qué quieres que yo haga por ti?” Eso es, él escuchó primero y luego actuó.

¿Qué escuchamos?

  • Un líder nos dijo “el clima es realmente distinto hoy”. “Ahora la primavera llega más pronto y el otoño dura más. Esto amenaza nuestras vidas porque el permafrost se está derritiendo y desestabilizando los ríos. Nosotros dependemos de los ríos”.
  • La tierra en el Refugio Nacional Ártico de Vida Silvestre donde el caribú pare sus crías y se llama el “sitio sagrado donde la vida comienza”, es tan sagrado que el pueblo Gwich’in no pone un pie ahí. “Perforar aquí”, dijo la gente, “es como perforar debajo de la Catedral Nacional”.
  • Después de comprar juntos, un episcopal nativo le dijo a uno de nosotros lo difícil que es conseguir alimentos. “No podemos conseguir buenos alimentos aquí. Tenemos que manejar hasta Fairbanks. Es un viaje de dos horas de ida y vuelta”.

Lo que nosotros los obispos vimos y oímos en Alaska es dramático; pero no es único. Historias como estas pueden escucharse en cada una de las naciones donde se encuentra la Iglesia Episcopal. Pueden ser escuchadas en nuestras propias comunidades. Los invitamos a que se unan a nosotros, sus obispos, y a esas personas que ya están comprometidos con este trabajo, tomando tiempo para escuchar a las personas en sus diócesis y barrios. Busquen las conexiones entre la raza, la violencia de todo tipo, la disparidad económica y el medio ambiente. Luego después de reflexionar en oración y abordando las escrituras, asóciense con personas con el compromiso común de sanar el mundo de Dios.

Dios nos llama a escucharnos unos a otros con mayor atención. Es solo con oídos destapados y ojos abiertos cuando nuestras vidas y corazones cambiarán. Es a través del amor reconciliador de Dios en Jesús y el poder del Espíritu Santo cuando nosotros y la tierra misma seremos sanados.

Tenga en cuenta: Una oración de los obispos se puede encontrar aquí.

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