Décimo domingo después de Pentecostés – Año A

1 Reyes 19:9-18; Salmo: 85:8-13; Romanos 10:5-15; Mateo 14:22-33

[Nota inicial: La primera lectura sobre la cual vamos a reflexionar este domingo es la que la Liturgia propone como segunda opción; pero sería ideal que tomáramos todo el pasaje desde el versículo 1 para no perder los detalles en los cuales se enmarca la experiencia que nos narra el primer libro de los Reyes sobre Elías. En todo caso, aunque no sea leído el pasaje completo en la asamblea, sería bueno que se le recomiende a los feligreses dicha lectura completa en sus casas.]

Tratemos de profundizar sobre este interesante pasaje: En primer lugar, digamos que en la tradición judía, Elías es un personaje muy importante y querido por todos ya que a partir de él se comienza un período de vital importancia para la vida del pueblo: con él se inicia propiamente, la época de los profetas, esos personajes que “no tenían pelos en la lengua”; es decir, no les daba miedo, denunciar las maldades de los reyes y decirles la verdad en la cara, aunque eso les costara la vida. Es que los auténticos profetas que surgieron en el pueblo de Israel eran personas independientes del poder, muy comprometidos con el pueblo y, sobre todo, eran hombres de mucha fe.

Elías dedicó su vida a defender la fe de su gente, la fe en Yahweh como el Dios único y verdadero de Israel; pero ¿saben por qué? Porque había un problema: al pueblo lo querían obligar a adorar a Baal, el dios de la reina de aquel momento, y eso no lo permitió Elías; lleno de celo religioso, se enfrentó con un montón de adoradores de Baal y los eliminó a todos; a causa de esto, la reina lo amenazó de muerte; por eso nos cuenta hoy la primera lectura que Elías tuvo que salir huyendo de la ciudad. Estaba muy triste y desesperado y hasta deseó más bien morir en pleno desierto; sin embargo, un ángel lo animó para que comiera y continuara su camino. Recibió la orden del Señor de peregrinar hasta una montaña en donde se refugia en una cueva; allí recibe la noticia de que el Señor va a pasar.

Elías percibe diferentes fenómenos naturales como el viento, la tempestad, el fuego, pero en ninguno de ellos puede experimentar la presencia de Dios; sólo cuando pasa la brisa suave Elías percibe al Señor y al mismo tiempo puede escuchar sus palabras y el nuevo encargo para el cual ha sido elegido.

Este relato nos trae muchas enseñanzas; resaltemos sólo la siguiente: quizás nos ha pasado a nosotros que nos llenamos de muchas actividades, demasiado empeño en hacer las cosas, y de pronto se nos va perdiendo el horizonte y empezamos a perder estabilidad, confianza en nosotros mismos y hasta se nos olvida lo esencial: nuestra íntima relación con Dios. Ahí es cuando de nuevo el Señor nos llama al desierto, que nos desconectemos un poco del exagerado activismo y entremos en la “cueva”; es decir, que nos serenemos y tratemos de entrar en nuestra propia conciencia para poder volver a percibirlo a él, en la serenidad, en la calma, en la brisa suave. Ahí, y sólo ahí, es posible reencontrarnos con él para escucharle, para experimentarle de nuevo y así, renovados, volver a emprender el camino de nuestra vida.

Valdría la pena preguntarnos ¿cuál ha sido y cómo ha sido mi experiencia de Dios? ¿Dónde le he buscado? ¿En qué circunstancias lo he hallado? Con toda seguridad, alguna vez en nuestra vida, en el proceso de crecimiento de nuestra fe, hemos pasado por la experiencia de Elías; hemos tenido también que “peregrinar”; es decir, abandonar las cosas que nos hacen sentir seguros; pero, ¿lo hemos hecho con verdadero sentido de fe, con auténtico anhelo de crecimiento? ¿Somos conscientes de que una vez superada la crisis, una vez hallado el rostro renovado de Dios, nuestra vida y la calidad de nuestro compromiso deben ser completamente nuevos y distintos? Hacia allá apunta el mensaje que el evangelio nos trae este domingo.

En los versículos de la Carta a los Romanos, Pablo continúa resolviendo al parecer una inquietud vigente en su tiempo: la salvación de los judíos. Los anhelos de Pablo eran que los judíos aceptaran a Jesús y su mensaje como medio de salvación; sin embargo, las cosas fueron muy distintas; quedaba la pregunta sobre cuál sería el destino final de aquellos que no reconocieron a Jesús, de aquellos que continuaban bajo la ley de Moisés. Para el apóstol está claro que la misericordia y el amor de Dios son infinitos y confía en que de alguna manera se llegue a la comprensión, por la misma gracia de Dios, de que en Jesús no hay griego, ni judío, ni gentil; esto es, que todos somos llamados a proclamar el único señorío de Cristo sobre todas las cosas. Ahora, en qué consiste ese único señorío de Cristo, trataremos de verlo en la reflexión sobre el evangelio de hoy.

El pasaje de Mateo es continuación del que escuchamos el domingo pasado. Recordemos que para tener un poco más de comprensión del pasaje sobre el signo de los cinco panes y los dos peces con los cuales se alimentó una multitud y sobró, hicimos un rápido recorrido por esas expectativas mesiánicas que circulaban en el ambiente que le tocó vivir a Jesús. Una característica común de esas expectativas era que el Mesías tendría que solucionar los problemas del pueblo de una manera mágica, sin que tuviera que intervenir para nada la persona, el individuo.

Vimos, entonces, que Jesús no se identifica con ninguna de esas expectativas y, tal vez por eso, muchos no pudieron ver en él al “Esperado de los tiempos”. Jesús es consciente de la situación que le rodea y por eso, su propuesta está fuertemente enraizada en esa situación; sabe que la realidad de su pueblo tiene que cambiar; que la opresión, el marginamiento, el abuso de autoridad, el empobrecimiento material y espiritual, no pueden continuar por más tiempo. Pero contra lo que muchos esperaban, Jesús plantea un cambio personal, desde dentro, desde lo más profundo de la conciencia de cada uno para poder llegar a un cambio paulatino de la realidad vigente.

Jesús sabe que el medio más efectivo para rescatar al ser humano de la postración en que se hallaba era volver a los principios de la solidaridad y la igualdad; era absurdo que la gente continuara creyendo que alguien desde afuera les resolvería su situación; por eso, su mensaje al penetrar en el fondo mismo de la conciencia, individual y colectiva, puede transformarlo todo. En este sentido es como se debe entender ese signo de los cinco panes y los dos peces que vimos hace una semana. El resultado fue clarísimo: donde se comparte, hay para todos y sobra; eso sí, hay que dejar de pensar en sí mismo, hay que pensar en el grupo, hay que abandonar la idea de que las cosas cambiarán mágicamente.

Quedó, entonces, como compromiso para la comunidad de seguidores de Jesús, mantener esta actitud, continuar luchando por un cambio enraizado en el cambio de mentalidad y de conciencia. En ese sentido debemos entender la figura del lago tranquilo por donde avanzan los discípulos, sin peligros ni temores. Esto para decir que el pasaje que escuchamos hoy es antes que nada un símbolo donde se refleja la primera experiencia de la primitiva comunidad cristiana: todos comprometidos, todos aferrados a la idea de mantener viva esa presencia alentadora de Jesús poniendo en práctica sus enseñanzas.

Pero como sucede con frecuencia, a veces los primeros ardores se van extinguiendo, el compromiso se va desvaneciendo y la meta se va opacando, cuando no olvidando. Ahí vienen las tormentas; esto es, las dificultades tanto en lo personal como en lo comunitario. Es entonces, cuando la fuerza externa de la injusticia y el rechazo al proyecto de Jesús nos arrinconan en un aparente callejón sin salida; es cuando, con tanta ingenuidad, nos inmovilizamos y comenzamos a esperar soluciones desde afuera; es cuando comenzamos a creer que una figura, digamos, un presidente, un curandero, un pastor o un sacerdote de esos que congregan multitudes sólo para alentar sentimentalismos religiosos, nos darán la solución. ¡Qué ingenuidad y qué lejos nos ubicamos del auténtico proyecto de Jesús!

Sin embargo, cuando la comunidad descubre que la “tormenta” se debe a que se está dando la espalda a la propuesta de Jesús y vuelve y adhiere a él su fe y su compromiso, Jesús viene de nuevo, acoge de nuevo a la comunidad y con él retorna la calma. El mensaje de hoy, entonces, no puede ser más claro: sólo con Jesús y esforzándonos por hacer vida su proyecto, podemos vivir una realidad diferente donde todos tendremos las mismas oportunidades y donde todos estaremos llamados a servir y a compartir. Es así como en la realidad es posible hacer vivo el señorío de Jesús.

— El Rvdo. Gonzalo Rendón es sacerdote de la Iglesia Episcopal en Colombia. Por algunos años sirvió en la Diócesis Episcopal de Colombia en San Lucas (Medellín) y en la Catedral de San Pablo (Bogotá). También fue comentador de las lecturas dominicales del Ciclo A y parte del Ciclo B. Ha colaborado en otras publicaciones como Diario Bíblico Latinoamericano y los comentarios pastorales de La Biblia de nuestro pueblo. Ahora trabaja como profesor virtual de una importante universidad virtual de Colombia.

 

 

Speak Your Mind

*

Full names required. Read our Comment Policy. General comments and suggestions about the Episcopal Digital Network, or any site on the network, as well as reports of commenting misconduct, can be made here.


Se necesita el nombre completo. Lea nuestra política para los comentarios. Puede hacer aquí comentarios generales y sugerencias sobre Episcopal Digital Network, o de cualquier sitio en Episcopal Digital Network, así como también informes de comentarios sobre conducta inadecuada.