Domingo de la Transfiguración – Año A

Éxodo 34:29-35, Salmo 99, 2 Pedro 1:13-21, Lucas 9:28-36

¿Cuántas veces ha querido usted cambiarle la rutina o la manera de ser a otra persona? ¿Pudo lograrlo? Es probable que, si usted le preguntara a alguien si logró cambiar a una pareja o amistad con quien llevara cinco, quince, treinta, cuarenta años o más, la respuesta sería no. A lo mejor pudo lograr cambiar algo superficial, como su manera de vestir o de hablar, pero la identidad fundamental de un individuo es muy difícil de cambiar o de transformar. También es probable que, si esas personas lograron mantener su larga amistad o relación, fue porque la una tuvo la madurez y la sabiduría de darse cuenta de que cambiar a la otra persona era menos importante que perderla.

El evangelio según san Lucas nos presenta la historia de la transfiguración de Cristo, pero reflexionemos no en el cambio físico de Jesús, sino en la transformación espiritual de los espectadores Pedro, Santiago y Juan. Ellos acompañaron a Jesús al cerro y presenciaron la sorprendente transformación del Hijo de Dios.

La transfiguración de Jesús causó cambios profundos en ellos y en la humanidad, porque les transformó el alma y les cambió la vida de una manera que solo puede realizarse con la transformación espiritual, la cual no se conforma a las reglas humanas. El impacto de ese suceso en los discípulos no fue superficial, sino un acontecimiento sublime y divino en el que ellos pudieron presenciar la majestuosidad del Padre y del Hijo.

El poder transformador de la Santa y Divina Trinidad puede convertir la esencia e identidad del creyente. Miremos el impacto que tuvo Jesús en las vidas de los tres discípulos pescadores, Pedro, Santiago y Juan. Todos fueron transformados en evangelizadores y promotores del movimiento de Jesús y uno de ellos inclusive, Santiago, fue martirizado por Herodes por su apostolado y fe en Jesús.

La transformación y cambio de estos discípulos y de muchos seguidores cristianos, desde entonces, ha transfigurado a la humanidad y ha impactado cómo los cristianos y cristianas pensamos y actuamos.

Sabemos que el Espíritu de Dios utiliza a los seres humanos para tocar las almas de otras personas, y a la misma vez, debemos reconocer que el cambio espiritual que viene a través del Espíritu Santo es la manifestación del poder de Dios y no del poder humano individual. Pensemos cómo la transfiguración de Jesús creó y sigue creando en la humanidad cambios radicales espirituales, y cómo el Espíritu de Dios abre el alma a la gracia y a la presencia de Dios, en cada uno de nosotros y en toda la humanidad.

Hoy conmemoramos la Transfiguración del Señor. Algunos lo llaman Domingo de la Transfiguración. En ese caso, propongo que lo llamemos Domingo de la Transformación porque ese es el efecto que tiene Jesús sobre la humanidad. El evangelio describe cómo Jesús cambió delante de sus discípulos y cómo el Padre se presentó a ellos y les habló para manifestar y afirmar la divinidad de Jesús. ¡Imagínense eso, cualquiera se transforma en heraldo de Jesús!

Tenemos muy poca probabilidad de cambiar comportamientos, hábitos, costumbres y caprichos de otras personas. Sin embargo, consideremos cómo Dios nos puede utilizar para transformar las almas de sus hijas y de sus hijos. Pensemos, ¿qué incidente ha transformado nuestra fe? ¿En qué ocasión hemos sido cambiados por la presencia y manifestación de Dios en nuestra vida? ¿Ha sido, el resultado de esa manifestación algo que, como la de los discípulos de Jesús, salimos a compartir con otras personas igual como lo hicieron Pedro, Santiago y Juan?

En esta temporada de verano apartémonos un poco del bullicio, como lo hizo Jesús al subir al cerro para orar. Vayamos a un parque para presenciar la hermosa creación natural que nos rodea, o a una playa para descansar; organicemos una reunión para disfrutar y reír junto con nuestros seres queridos y amistades. Es muy posible que nuestro semblante sea transfigurado, que nuestra alma recobre la armonía al retirarnos del trajín cotidiano y podamos en nuestra reflexión y regocijo, sentirnos unidos al Espíritu Santo que está presente entre nosotros, y nos rodea de amor.

En este domingo de Transfiguración propongámonos a ser cambiados, a ser transformados y aprovechemos la oportunidad de contemplar la magnitud de la presencia Divina en nuestras vidas. La transfiguración no es algo que solo le sucedió a Jesús o a las figuras bíblicas del pasado. La transfiguración es algo que nos puede suceder a cada uno de nosotros y nosotras cuando abrimos nuestras almas al poder de Dios.

Busquemos al ángel de luz transfigurado entre conocidos y conocidas. Sabremos quién es esa persona por el espíritu que se le percibe, por su manera de ser hospitalaria, por la sonrisa; esas personas no irradiarán luz blanca y fulgurante como Jesús. Ustedes percibirán en ellas la paz de Jesús y el poder del Espíritu Santo. Al aceptar la gloriosa luz irradiante de Cristo y la paz de Dios que no tiene fin, avanzamos el reino de Dios de la misma manera como lo hicieron Pedro, Juan y Santiago.

Hermanos y hermanas, Jesús está a nuestro alrededor, encontrémoslo y aceptémoslo como lo hicieron los discípulos pescadores; seamos como ellos, pescadores de hombres y mujeres en el movimiento de Jesús. No olvidemos las palabras del Padre, Tu eres mi hija amada, tú eres mi hijo amado: en ti me complazco.

Comments

  1. Roberto Martinez says:

    Qué calendario de lecturas es el que utilizan? Las lecturas no coinciden con el nuevo leccionario que se editó y se publico.

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