Tercer Domingo en Cuaresma – Año A

Éxodo 17:1–7, Salmo 95, Romanos 5:1–11, San Juan 4:5–42

La oración colecta para este tercer domingo en Cuaresma, contiene una frase que nos invita a la reflexión: “Dios todopoderoso, tú sabes que en nosotros no hay poder para ayudarnos”.

Si relacionamos la frase en la oración con los hechos narrados en la primera lectura tomada del libro del Éxodo, entenderemos que hay momentos en nuestras vidas, en los que no tenemos el poder para cambiar la realidad, y solamente nuestra fe y la confianza en Dios pueden asistirnos.

Los israelitas en su paso por el desierto llegaron a un lugar en el que no había agua. Frente a semejante situación, culpan a Moisés, su líder, y de paso también culpan a Dios porque dicen que les ha sacado de Egipto para morir de sed en el desierto. El episodio termina cuando Moisés orientado por Dios, golpea con su bastón una roca en el monte Horeb, de la cual saldrá el agua para que beba la gente. Aquel lugar fue llamado Meribá, por las quejas de los israelitas y también se le llamó Masá, porque el pueblo había puesto a prueba a Dios.

Los que estamos hoy en la iglesia también somos como los israelitas. Seguro que tenemos muchas quejas y culpamos a una o varias personas, e incluso reclamamos a Dios de lo mal que están las cosas.

Cuando enfrentamos una crisis, se nos olvida que mucho antes enfrentamos mayores calamidades, y a pesar de ello, mantuvimos la esperanza de superar los obstáculos. Los israelitas frente al problema de no tener agua, olvidaron que antes no tenían libertad y que morían como esclavos en Egipto. El problema de la falta de agua, era digno de tomarse en cuenta, pero no justificaba la reacción agresiva contra Moisés.

¿Qué es lo que puede ayudarnos en una situación difícil? Lo primero es tener una imagen acertada de la realidad. A veces pintamos la realidad de tal manera, que nos parece que todo ha terminado y otras veces no somos capaces de ver la realidad.

Una sola persona es incapaz de resolver un problema de gran magnitud; se requiere el apoyo y esfuerzo de toda una comunidad para responder a la crisis.

En el momento presente, nos toca vivir una crisis migratoria que afecta a miles de personas en los Estados Unidos y en nuestros países de origen. Algunos se preguntan por qué Dios permite tanto sufrimiento a las familias que han sido separadas o por qué personas sin antecedentes delictivos han sido deportadas.

En muchos pasajes de la Sagrada Escritura encontramos que Dios desea que sus hijos e hijas vivan en libertad y en dignas condiciones de vida. Sin embargo, sabemos también que hay seres humanos con una sed insaciable de poder. Son aquellos que ven la realidad desde cómodos estilos de vida y son ciegos a los dolores y calamidades de miles de seres humanos. Los cristianos y cristianas estamos llamados a reflexionar sobre la realidad de la injusticia que predomina en nuestra sociedad. Los que podemos alzar nuestra voz, no podemos callar frente a la situación actual.

El evangelio de este domingo nos muestra una larga conversación entre Jesús y una mujer samaritana. Después de terminar su conversación con Jesús, la mujer corrió al pueblo y dijo a todos: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?”

La mujer se había encontrado con alguien que sabía interpretar muy bien la realidad. El Señor conocía de la rivalidad entre judíos y samaritanos; sin embargo, se acercó a la mujer y le pidió agua. Jesús reconoció el sufrimiento en la vida de la mujer, al haber sido tratada por varios maridos como una mercancía, y le ofreció el agua de la vida. En otras palabras, le ofreció una nueva manera de entender a Dios y de relacionarse con Él. Le habló de un Dios que no tiene un lugar fijo de adoración, pero que se le encuentra en todo lugar cuando le adoramos en espíritu y verdad.

El encuentro con Jesús nos cambia de muchas maneras. Primero nos pone en contacto con nuestra propia realidad. A veces nos centramos en ver únicamente nuestras limitaciones. La mujer samaritana pensaba que estaba condenada a vivir según las costumbres y tradiciones religiosas que la obligaban a llevar una vida sin sentido propio. En su conversación con Jesús descubrió que era una persona digna y aún más, que era amada por Dios. En tal contexto, la mujer tiene la confianza de preguntarle al Señor sobre la forma de vivir su fe en el Dios de Israel, porque unos dicen una cosa y otros opinan de otra forma. “La mujer le dijo: —Señor, ya veo que eres un profeta. Nuestros antepasados, los samaritanos, adoraron a Dios aquí, en este monte; pero ustedes los judíos dicen que Jerusalén es el lugar donde debemos adorarlo”.

Jesús mismo, refleja la bondad del Padre y sus palabras transforman el corazón de la samaritana. Le muestra que Dios no ama a unos más que a otros, Él habita en todo lugar y se manifiesta como Espíritu de verdad. La mujer samaritana se benefició del mensaje liberador del Señor. Ella lo acogió y corrió hasta el pueblo para compartirlo con sus vecinos y vecinas.

Todos acudieron para escuchar al Señor y al igual que la mujer, creyeron en Jesús como el Mesías. Y dijeron a la mujer: “Ahora creemos, no solamente por lo que tú nos dijiste, sino también porque nosotros mismos le hemos oído y sabemos que de veras es el Salvador del mundo.”

Nuestro encuentro con Jesús según este relato, tiene que ser muy personal. Tal encuentro nos permite conocer la misión sanadora del Señor y por lo tanto abrir nuestro corazón a Él para consolarnos y fortalecernos.

Cada vez que leamos o escuchemos el evangelio, reflexionemos si las palabras del Señor tienen eco en nuestras vidas. Al igual que la mujer samaritana, podemos acercarnos en oración al pozo del agua de la vida para hablar con el Señor sobre el rumbo de nuestra existencia.

La mujer samaritana volvió renovada a su pueblo. Ella reconoció que podía vivir libre de odios y temores. No titubeó en anunciar a Jesús como Mesías, lo hizo al terminar su conversación con él. Buena lección para nosotros que tal vez llevamos muchos años como miembros de una iglesia y no nos atrevemos a llevar las buenas nuevas del Señor a otras personas, porque tememos que los demás se burlen de nosotros.

Hermanos y hermanas, que en esta Cuaresma, nuestras familias descubran el amor incondicional del Salvador del Mundo en medio de las pruebas que se nos presentan. Recordemos que nosotros no podemos cambiar por si solos nuestra realidad, necesitamos a Cristo para orientar nuestro camino y a la comunidad que nos acompañe.

Alvaro Araica nació en Nicaragua . Es sacerdote episcopal y sirve como vicario en la Iglesia Episcopal Cristo Rey y como Asociado para el Ministerio Hispano en la Diócesis de Chicago.

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