Sermón – Segundo Domingo de Adviento – Año C (2015)

Escrito por El Rvdo. Jesús Reyes

6 de diciembre de 2015
Baruc 5:1-9 o Malaquías 3:1-4; Cántico 4 o 16; Filipenses 1: 3-11; Lucas 3: 1-6.
El domingo pasado, hacíamos referencia a la “Corona de Adviento”. Una tradición cristina practicada en muchas iglesias durante esta época del Adviento. En este evento tradicional, una vela que adorna la corona es encendida para recordarnos un valor esencial del ser cristiano y que es especialmente celebrado durante la temporada de la Navidad. El domingo pasado encendíamos una vela morada, fue la vela de la esperanza, también llamada “Vela de la profecía”. Es el anuncio alegre, esperanzador, que es ofrecido por los profetas.

El día de hoy hemos encendido una segunda vela morada la cual representa al amor. Esta vela es también conocida como la “Vela de Belén”, pues quiere recordarnos el contexto humilde del nacimiento de Jesús. El niño Dios es colocado en un pesebre y es calentado por el aliento de algunos animales domésticos. Creo que la conexión entre el amor y la humildad –en el sentido de pobreza material- es muy evidente. No se requiere de mucho para amar. Lo único necesario es la disposición del corazón. Dios nos ama con tanta humildad, que se despoja de todo y se expone a la pobreza total para exaltar o elevar nuestra propia condición humana. En verdad, todo aquel que ama de verdad se expone a la fragilidad.

Con respecto a esto, quiero traer a colación la porción inicial del poema “Sobre el amor”, escrito por el poeta libanés Gibran Khalil Gibran, tomado de su libro “El Profeta”:

“Entonces dijo Almitra: háblanos del Amor,
Y él alzó la cabeza y miró a la multitud, y un silenció cayó sobre todos, y con fuerte voz dijo él:
Cuando el amor les llame, síganle,
aunque sus caminos sean duros y escarpados.
Y cuando sus alas les envuelvan, cedan a él,
aunque la espada oculta en su plumaje pueda herirles.
Y cuando les hable, crean en él,
aunque su voz pueda desbaratar sus sueños como
el viento del norte asola sus jardines.
Porque así como el amor les corona, debe crucificarles.
Así como les agranda, también les poda.
Así como se eleva hasta sus copas y acaricia
sus más frágiles ramas que tiemblan al sol, también
penetrará hasta sus raíces y las sacudirá de su arraigo a la tierra”.

¿Quién de nosotros no ha experimentado el sufrimiento del amor? Los padres desolados sufren a causa de su amor por los hijos; los matrimonios entran en crisis cuando sienten que el amor se ha ausentado de sus vidas; los hijos viven abandono cuando no sienten el cariño de sus padres, los amigos y amigas se sienten traicionados cuando el hombro amable del amigo o amiga se ausenta en los momentos de mayor necesidad; los jóvenes enamorados hasta dejan de comer y lloran en silencio cuando su ser querido les ha dado la espalda; muchos son los ejemplos que podemos dar acerca de estas experiencias del amor. El amor nos vuelve seres frágiles, y es la fragilidad humana la que nos puede llenar el corazón de humildad. Por esta razón, en este mismo poema, el poeta libanés bien dice: “Cuando amen no deben decir ‘Dios está en mi corazón’, sino más bien ‘estoy en el corazón de Dios’”.

Por esta misma razón, el evangelio de san Juan en su capítulo 15, versos 12 a 17, Jesús les dice a sus discípulos durante el momento de la última cena: “Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo sirvientes, porque el sirviente no sabe lo que hace su señor. A ustedes los he llamado amigos porque les he dado a conocer todo lo que escuché a mi Padre. No me eligieron ustedes a mí; yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto, un fruto que permanezca; así, lo que pidan al Padre en mi nombre él se lo concederá. Esto es lo que les mando, que se amen unos a otros” (Juan 15, 12-17).

Es verdad, la naturaleza de Dios es amor y nosotros manifestamos su presencia en el mundo mediante nuestra disposición a vivir en el amor. Mediante el amor confirmamos que habitamos en el corazón mismo de Dios; somos parte de su propia esencia.

Dios se encarna en un contexto de pobreza total. Lo material y la fragilidad son secundarios al hecho de hacerse presente en la historia para redimir al mundo de su propio pecado. El niño Dios habrá de convertirse en nuestro Cristo redentor. Es tanto su amor por nosotros que el camino de la cruz es su futuro; y la cruz es el medio usado para demostrar su gran amor, al mismo tiempo que es el medio para denostar su triunfo sobre la muerte mediante su resurrección.

Nuestro Dios es, pues, el Dios de la vida y del amor. Por esta razón san Juan nos dice en su primera carta, capítulo 4, verso 20: “Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; porque si no ama al hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”. En otras palabras, la naturaleza de nuestro ser cristiano se centra en la experiencia del amor. Y para amar debemos también estar dispuestos a vivir en la fragilidad.

Pero entendamos bien esta fragilidad. Con esto no estamos invitándoles a tener que aguantar todo y tener que decir sí a todo. No, porque el amor no es un evento masoquista. El masoquismo es cuando encontramos placer en el sufrimiento. Esto no es lo que Dios quiere, esto no es lo que Dios nos pide. Pongamos un ejemplo, ¿cuántas veces cada uno de nosotros hemos dicho “no” motivados por el bien más que motivados por el deseo de hacer el mal? Existen ocasiones en que recibimos un castigo, no por el hecho de que alguien nos odie sino con el deseo de corregir una conducta negativa.

Entonces, el amor no significa tener que decir “sí” a todo, sino siempre actuar con integridad obrando motivados por la verdad. Esto es precisamente lo que san Pablo recomienda en la carta a los filipenses que escuchamos hoy cuando dice: “Esto es lo que pido: que el amor de ustedes crezca más y más en conocimiento y en buen juicio para todo, a fin de que sepan elegir siempre lo mejor. Así llegarán limpios y sin tropiezo al día de Cristo, cargados con el fruto de la honradez que viene por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios”.

La misión profética de san Juan, el Bautista, es proclamar el bautismo para el arrepentimiento de los pecados. Mediante este anuncio las personas son invitadas a “preparar el camino del Señor… para ver la salvación de Dios”.

Preparemos pues los caminos de nuestro corazón en el espíritu del amor para que digamos con firme certeza, “yo estoy en el corazón de Dios”.

El Rvdo. Jesús Reyes, es el Canónigo para el Desarrollo de Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real, California.

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