Sermón – Cuarto Domingo de Adviento – Año C (2015)

Escrito por El Rvdo. Jesús Reyes

20 de diciembre de 2015

Miqueas 5:2-5ª; Cántico 3 o 15 o Salmo 80:1-7; Hebreos 10:5-10; Lucas 1:39-45, (46-55).

En este cuarto domingo de Adviento, todas las iglesias que siguen la tradición de encender una de las velas en la corona de Adviento, están encendiendo la última vela morada. Esta representa la paz y es también llamada “Vela de los ángeles”. El día de hoy sería muy bueno reflexionar sobre el la paz en el contexto de la justicia. Creo que este el mensaje centra del evangelio cuando María proclama el magníficat.

Durante estos últimos domingos, hemos venido diciendo que el Adviento, es cuando entendemos mejor lo que significa esperar la venida de Cristo. Esperamos el arribo de la Navidad, la llegada del Cristo niño. Nuestra atención, tiempo, dinero y energía se centran en la preparación de nuestras festividades familiares y de la iglesia. Este es nuestro punto de enfoque primordial. Sin embargo, no debemos olvidarnos que en la esperanza cristiana también existe la espera de la segunda venida de Cristo. No sabemos el día, no sabemos la hora, pero todos los cristianos tenemos esperanza en ella, puesto que es una promesa hecha por el mismo Jesús a sus discípulos.

El primer tipo, la espera de la Navidad, llega todos los años, siempre llega a tiempo y como se esperaba. No hay duda de que vamos a celebrar la Navidad. El momento de la segunda venida de Cristo, sin embargo, es un misterio. No sabemos cuál será el momento ni el lugar. Sabemos que debemos estar atentos y preparados para la recepción de este día portentoso. La Segunda Carta de Pedro, capítulo tres, versículo 10 dice, “Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. Entonces los cielos se desharán con un ruido espantoso, los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, quedará sometida al juicio de Dios” (2 Pedro 3:10).

Tal escena dramática puede motivarnos, asustarnos y enfocar nuestras vidas para estar listos. El escritor de la Segunda Carta de Pedro se refiere a la paciencia del Señor como un hecho de salvación. A pesar de que nuestra espera, de casi dos mil años desde la primera venida de Cristo, parece seguir sin un término fijo, Pedro nos recuerda que cada día es una nueva oportunidad para preparar nuestros corazones, mentes y almas para el gran acontecimiento de la venida de Cristo. De alguna manera bien podemos decir que estamos viviendo un tiempo de Adviento constante, de preparación perene para la segunda venida del Señor. En efecto, hermanos y hermanas, nuestro tiempo de Adviento no es tan sólo un tiempo de preparación para la llegada predecible de la Navidad, sino también una preparación para la segunda venida misteriosa e impredecible de Cristo y la sanación completa de toda la creación. ¡Qué gran día será!

¿Y qué vamos a hacer mientras esperamos? En las últimas semanas nuestras reflexiones se han enfocado a usar el tiempo de Adviento como un tiempo para la revisión de nuestras vidas. La invitación concreta ha sido a usar cuatro importantes valores humanos fundamentales –esperanza, amor, alegría y paz- como punto de referencia para nuestra revisión de vida. Hoy queremos resaltar el hecho de la paz en el contexto de la justicia. No puede existir la paz verdadera si no se practica la justicia. Por esta razón, como María lo hace en el magníficat, el evento de la justicia depende de la manera cómo pudiésemos estar al servicio de los pobres. Esto es lo que dice María:

“Su misericordia con sus fieles se extiende
de generación en generación.
Despliega la fuerza de su brazo,
dispersa a los soberbios en sus planes,
derriba del trono a los poderosos
y eleva a los humildes,
colma de bienes a los hambrientos
y despide vacíos a los ricos”.

Esto mismo es expresado el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, cuando Jesús describe la dramática escena de su segunda venida y que el juicio final es acerca de cómo es que los pobres habían sido servidos. Se nos recuerda que si hemos servido al más pobre entre nosotros, entonces hemos servido a Cristo mismo. Es importante estar donde los pobres están. Y no sólo para que los pobres sean atendidos, sino para nuestra propia transformación. El acercanos a los pobres es una manera mediante la cual descubrimos nuestra propia pobreza. Cuando descubrimos nuestra pobreza, descubrimos nuestra profunda necesidad de Dios, y estamos más abiertos a reconocer la presencia de Dios. Por así decirlo, es en estos momentos de servicio cundo experimentamos una venida de Cristo.

Se cuenta que una persona de nuestra Iglesia Episcopal fue a Haití en un viaje de misión médica. Llevó consigo a un par de mujeres que nunca habían estado en un país pobre. Todas ellas estaban profundamente conmovidas con lo experimentado en ese país; pero una de las mujeres, en particular, regresó a Estados Unidos con ganas de volver a Haití inmediatamente. Ella dijo: “No tienen nada y, sin embargo, están tan llenos de alegría. Cuando estoy con ellos, ¡yo también me lleno de alegría!”

Esta persona fue a aquellos que viven en la pobreza y descubrió su propia pobreza. Creo que, además de ayudar a los necesitados, esta es la razón por la que Jesús nos pide que sirvamos a los pobres; para que aquellos de nosotros que tenemos la capacidad de servirles de alguna manera, descubramos nuestra propia pobreza y con ello nuestra necesidad profunda de Dios.

Para aquellos de nosotros que podemos tener nuestras necesidades físicas satisfechas, especialmente, es tan fácil pensar que no necesitamos de Dios; que no estamos espiritualmente empobrecidos de alguna manera. Ahora bien, aquellos cuyas vidas son espiritualmente ricas, pero viven en estado de necesidad física, ellos están llamados a pasar tiempo con los espiritualmente empobrecidos. Así unos alimentan a los otros. El ministerio como la construcción de la justicia son eventos de alimento mutuo. Uno alimento al otro de aquello que carece.

Cuando descubrimos nuestra pobreza, nos encontramos en un cierto tipo de desierto. Un lugar estéril, que es peligroso y donde los recursos son escasos. Es ahí donde descubrimos nuestra fragilidad. Y es ahí también cuando descubrimos nuestra dependencia. En las Escrituras, el desierto es un lugar sagrado y poderoso. Los rigores, la aridez, eliminan toda ilusión de nuestra fragilidad. Cuando estamos en el desierto, sabemos que, literalmente, podemos ser consumidos en vida, y que estamos a merced de todo. Estamos dispuestos a recibir cualquier tipo de ayuda en nuestra impotencia.

El domingo pasado escuchábamos acerca de Juan el Bautista. El vagaba por el desierto, comiendo lo que encontraba en ese lugar desolado. Si usted ha estado en un desierto, usted sabrá que el desierto es un lugar salvaje. En este lugar Juan proclama que Dios está cerca. La noticia de la salvación viene desde este peligroso y empobrecido lugar fuera de la seguridad de la ciudad. Y algunas personas sabias dejan sus espacios seguros para salir al desierto y exponerse a este mensaje trasformado sobre la venida de Cristo. ¡Qué hermoso testimonio de fe nos ofrecen! Especialmente cuando nuestra tentación inicial pudiese ser correr hacia un espacio seguro en nuestro pequeño mundo de certeza. Estos fieles han estado expuestos al empobrecimiento, al riesgo, al desierto, a la fragilidad de la vida. ¿Podríamos unirnos a ellos, y abrirnos a nuestra propia pobreza y necesidad de Dios?

Este Adviento, preparémonos para la llegada de la Navidad mediante el acercamiento a los lugares empobrecidos que vemos en el mundo. Conforme estemos presentes en ellos, y para ellos, entonces conoceremos nuestra propia pobreza. Nuestra capacidad para recibir la venida de Cristo se fortalecerá y podremos decir en voz alta: “Ven Señor Jesús ¡Ven!” ¡Qué gran regalo será este!
El Rvdo. Jesús Reyes es el Canónigo para el Desarrollo de Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real.

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