Jueves Santo (A,B,C) – 2015

2 de abril de 2015

Éxodo 12:1-4, (5-10), 11-14; Salmo 116: 1-2, 12-19; 1 Corintios 11:23-26; Juan 13:1-17, 31b-35.

El Jueves Santo es para nosotros una fiesta muy especial y llena de símbolos que marcan nuestra fe. Por eso este día se reconoce como “La institución de la Eucaristía” y como “La institución del sacerdocio” aunque más comúnmente lo reconocemos como el recuerdo de la última cena de Jesús. Pero esencialmente es un día cuyos símbolos representan algo mucho más grande de lo que nuestros ojos pueden ver y por eso los símbolos se han convertido en ritos que celebramos litúrgicamente.

En el centro de los símbolos está la idea de nuestra purificación y quien es el purificador. Desde antiguo el ser humano ha sentido la necesidad de realizar un acto externo que significara el deseo interno de ser perdonado, de poder empezar de nuevo. Y siempre se escogió un acto que representaba una ofrenda, algo que se entregaba y se sacrificaba a la divinidad en favor de la comunidad.

Así pues los agricultores ofrecían buena parte de su primera cosecha quemándola; con eso entendían que ese ofrecimiento les beneficiaría para el resto de las cosechas. Los que tenían ovejas y las cuidaban escogían un corderito pequeño que no tuviera mancha y ese corderito se sacrificaba para el bien de todos. La gente se purificaba siendo rociados con la sangre del corderito. Así que desde antiguo nos encontramos con ese doble sentido de ser purificados y el purificador.

Para el pueblo de Israel, que se encontraba en esclavitud bajo los egipcios, ocurre un nuevo momento que significará su liberación y el inicio de una nueva realidad para ellos. En la primera lectura encontramos el mandato de Dios a Moisés y a Aarón diciéndoles que esto significará un nuevo inicio, “este mes será el comienzo de los meses, el primero de los meses del año”. Todo lo siguiente queda ordenado a esta nueva realidad, es un volver a empezar.

Se retoma algo que ya el pueblo realizaba, la ofrenda de un corderito, pero ahora con un nuevo sentido. Las instrucciones dadas a Moisés ya hablan de ciertas características que marcan este momento. Sacrificarán un corderito para comerlo y lo tendrán que comer unidos como familia y listos para el camino (el cinturón apretado, las sandalias puestas y el bastón en la mano). La sangre de ese cordero tendrá el valor de señal. Así como se acostumbraba a rociarse con la sangre del corderito sacrificado en señal de purificación, ahora también la sangre tiene valor de señal, en donde esté la puerta marcada con la sangre no sucederá ninguna desgracia. Quedaban lavados, purificados y escogidos. Y se le pide al pueblo de Israel que año tras año celebren este rito como una fiesta en honor a Dios.

El pueblo se vio libre de la esclavitud, y recordaban que en el rito del cordero sacrificado, el corderito es el purificador y ellos encontraron su purificación como pueblo libre. Esta fiesta se celebró año tras año y recibe el nombre de cena pascual (La cena del paso del Señor). Se recordaba entonces que para seguir siendo el pueblo de Dios tenían que mantenerse unidos como familia y listos para el camino.

Muchos años después, ahora es Jesús quien invita a sus discípulos a celebrar la cena pascual en la que cambió el símbolo y realiza un nuevo inicio. Los tres evangelios antes de Juan habían hablado del nuevo símbolo del pan y del vino entregados como el cuerpo y la sangre de Jesús en donde él es el nuevo cordero sacrificado en favor de los demás. Su sangre derramada es señal de un nuevo inicio.

Pero el evangelista Juan, que es el último en escribir, no presenta la misma narración y en su lugar quiere presentarnos una actitud esencial para todo seguidor de Jesús. Jesús es el purificador, es quien lava todo lo que impide a la persona dar lo mejor de sí mismo, lo llamamos pecado. Y lo hace rompiendo toda búsqueda de poder de reconocimiento o de fama, lo hace a través del servicio a los demás con un corazón humilde. “Entonces Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ató una toalla y se puso a lavar los pies de sus discípulos”. El evangelista Juan se preocupa en hacernos ver que el rito a celebrar está marcado por la actitud de entrega, de servicio desinteresado. La purificación sucede en la entrega humilde del purificador. No es solo el celebrar un rito externo sino el hacerlo con el corazón humilde del que sirve y se da a los demás desinteresadamente.

Con este nuevo símbolo ahora valoramos toda entrega hecha por los seres humanos en el espíritu de servicio y la vemos como símbolo de ese amor que nos une. En la actitud de servicio de Jesús hacia sus discípulos podemos reconocer la entrega del amor. Y para que lo entendamos analicemos las entregas diarias de las personas que se dan por otras. Hace unos meses el presidente Obama reconoció de una manera especial la acción de un ciudadano que arriesgó su vida al ayudar a otro que había resbalado en las vías del metro. Esta acción desinteresada salvó la vida de una persona, a pesar de que ponía en riesgo su propia vida. El presidente le ofreció una condecoración como ciudadano excelente.

En este ejemplo de la vida diaria se dan los símbolos que reconocemos en este día. Para el que había resbalado y se encontraba en peligro se le dio una nueva oportunidad, un nuevo comienzo en su vida. El purificador es la persona que arriesgó su vida de una manera generosa, y se hace símbolo de una entrega que da vida.

Estas acciones nos hacen ver que el lavar los pies de los discípulos es una acción que sucede a diario en la entrega generosa de uno por otro. Y esto es el símbolo de la eucaristía que recibimos y del sacerdocio que celebramos. Que el Jueves Santo sea la fiesta anual en la que reconocemos que un sacrificio se ha hecho por nuestra purificación y el purificador es quien, con su amor desinteresado, lo arriesga todo por nosotros. Y aquí tenemos un nuevo empiezo en nuestras vidas. “Pues si yo, siendo el Señor y Maestro les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo y ustedes deben hacer como he hecho yo”.

 

— El Rvdo. Enrique Cadena es de México y ahora se encuentra como vicario de la Iglesia Episcopal San Pablo en Phoenix.

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