La Anunciación del Señor (A,B,C) – 2015

25 de marzo de 2015

Isaías 7:10-14; Salmo 45 o Salmo 40:5-10; Hebreos 10:4-10; Lucas 1:26-38.

La Anunciación del Señor es uno de los días más importantes en el Santoral de la Iglesia Episcopal, pues conmemora la ocasión en que el ángel Gabriel anunció a la Bendita Virgen María que Dios se encarnaría en su vientre, que ella sería la madre del Hijo de Dios. (Por tanto al llegar a esta fecha ya sabemos que estamos a nueve meses de la celebración de Navidad.) En nuestra tradición anglicana, la Anunciación presume de gran categoría por ser la mayor de las dos festividades marianas que sobrevivieron la Reforma eclesiástica del siglo dieciséis. A esta fecha se le decía en inglés “Lady day” o “Día de Nuestra Señora”. Es una conmemoración que propone una temática bíblica muy rica y abundante para nuestra reflexión espiritual.

El primer tema notable que surge de las lecturas asignadas para este día es el de la concepción virginal del Señor Jesucristo. Tanto los credos ecuménicos como los evangelios nos enseñan que María concibió al Señor por obra del Espíritu Santo de manera milagrosa y sin la participación de un hombre. Los primeros cristianos vieron esto como el cumplimiento de la profecía que hoy escuchamos del libro de Isaías: “Miren, la virgen concebirá y dará a luz a un hijo, y le pondrá por nombre ‘Emanuel’”. El nombre “Emanuel” es significativo, pues quiere decir “Dios-con-nosotros”.

El resultado de esta concepción milagrosa es algo todavía más grande, lo que el escritor inglés C.S. Lewis llamó “el milagro más grande” de todos. Éste es el milagro de la Encarnación. En un acto de compasión profunda, Dios se hizo carne en el seno de María. El infinito Gobernante de todas las cosas se hizo hombre y así entró directamente en la historia humana como uno de nosotros para llevar a cabo nuestra salvación. El Creador benignamente se solidarizó con la criatura, y el Verbo divino asumió todo lo particular de nuestra naturaleza humana como herencia de su madre – el cuerpo, la mente, y el alma – todo menos el pecado que tanto ha distorsionado a nuestra vida. Por tanto, no se puede exagerar la importancia de la encarnación.

En la segunda lectura, el autor de la epístola a los hebreos se refiere al misterio de la encarnación cuando pone las palabras del salmo 40 en la boca del Señor: “Un cuerpo me has formado … heme aquí para hacer tu voluntad.” (Hay que notar que la versión del salmo citada por el autor sagrado es distinta de la versión que se encuentra en nuestro Libro de Oración Común porque sigue la versión de los salmos leída por los primeros cristianos). Dios le formó un cuerpo humano para Jesús en el vientre de la Virgen para que, como verdadero hombre, pudiera cumplir su voluntad y así rescatar a la humanidad de la muerte y del pecado cuando murió en nuestro lugar, ofreciendo el sacrificio perfecto de obediencia y de amor al Padre. Siendo Cristo el Hijo de Dios y también el Hijo de María, él como ningún otro pudo servir como mediador y reconciliar el ser humano con su Padre Dios, gracias a la oblación de este cuerpo ofrecido, de una vez para siempre, en la cruz de Gólgota.

El otro gran tema de la Anunciación es el de la gracia de Dios en la vida de la bendita Virgen María. Sin la aceptación de María, la encarnación del Señor no se hubiera realizado de la manera en que se efectuó. Con decir. “Hágase conmigo según tu palabra”, María aceptó la voluntad de Dios para su vida y se declaró la sierva del Señor. Fue ella fiel y obediente a Dios y en el momento propicio María dijo “sí” a la voluntad del Padre. Pero María no pudiera hacerlo si no fuera por la gracia de Dios actuando en ella de antemano y preparándole para realizar la tarea y cumplir la misión tan consecuente para ella misma y para toda la humanidad.

La señal de esta gracia se ve en el saludo del ángel Gabriel: “¡Salve, muy favorecida! El Señor está contigo”. La palabra que se traduce como “muy favorecida” en el evangelio se deriva de la misma raíz que nos da la palabra “gracia”. Por tanto, no nos equivocamos cuando decimos que la Virgen María es bienaventurada o “llena de gracia” porque eso es lo que afirma la Biblia. Este saludo indica que aún antes de dar su “sí”, Dios estaba presente en la vida de María dándole la gracia necesaria para participar en la redención del mundo como madre de su Hijo. Podríamos decir, sin especular, que la gracia de Dios la consagró con el fin de que ella pudiera aceptar la misión que Dios le encomendaría en la anunciación.

Los teólogos y filósofos de la Edad Media discutían entre sí cuándo fue el momento en que la Virgen quedó lista para asumir el papel de madre de nuestro Salvador. La verdad es que no lo sabemos porque no tenemos ninguna revelación divina que nos informe, pero, sí, podemos afirmar que el plan de Dios para nuestra redención se ha puesto en acción desde la eternidad y el papel de María ha sido parte de este plan.

Con la intervención de la misma gracia del Señor, María fue fiel a Cristo su Hijo. Lo acompañó en toda su vida. Lo acobijó de bebé, presenció su primer milagro, escuchó a sus predicaciones, estuvo a su lado cuando murió en la Cruz y, fiel a la recomendación de Cristo, acompañó a sus discípulos cuando reunidos en la oración recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés. Es decir que con su vida María reflejó la devoción de quien fielmente escuchaba la palabra de Dios y la ponía en práctica y por eso ella es un modelo que seguir para todos los cristianos.

En particular, los anglicanos y episcopales no debemos tener ninguna reserva en afirmar un rol especial de la Virgen María en los propósitos de Dios. Para nosotros, María goza de todos los honores que se mencionan para ella en las Sagradas Escrituras: es bienaventurada, muy favorecida, bendita entre todas las mujeres, y la madre del Señor. Por tanto, como confirman los antiguos Padres y concilios de la Iglesia y como lo afirma el Libro de Oración Común, María es la Teotókos, la madre de Dios, porque el que fue concebido en su vientre y que nació de sus entrañas, Jesús, en verdad es Dios mismo. Aunque sea claro que María no puede ser madre de la naturaleza divina aislada de la humanidad; también es claro que ella no es solo madre de la naturaleza humana como algo aparte de la divinidad de Cristo. No, la Virgen es madre de la persona completa de Jesucristo, en quien las naturalezas divina y humana se han unido para siempre.

Nunca debemos avergonzarnos tampoco de celebrar a María, de participar en sus festivales, y de unirnos a diario en su cántico de alabanza – el Magnificat – para glorificar a Dios. No debemos sentirnos apenados de darle gracias a Dios por la fidelidad de María o por amarla porque también lo hizo Jesús, su Hijo. A lo mejor, nuestra devoción anglicana para la bendita Virgen María se resume bien en las palabras del himno Gloriosos ángeles alzad, que a la Madre de Dios le llama “más alta que el querubín” y “más bella que el serafín”.

Que Dios nuestro Señor nos conceda también la gracia de imitar a María y de servir fielmente a su Hijo Jesucristo.

 

— El Rvdo. John J. Lynch es rector de Christ the King Episcopal Church en Yorktown, Va.Por varios años sirvió como misionero y clérigo de la Diócesis Episcopal de Honduras. Además de su labor pastoral, el padre Lynch escribe libros y folletos en inglés y español y mantiene el blog “El Cura de Dos Mundos”.

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