3 Cuaresma (B) – 2015

8 de marzo de 2015

Éxodo 20:1-17; Salmo 19; 1 Corintios 1:18-25; Juan 2:13-22.

La palabra de Dios que proclamamos en este tiempo de cuaresma nos va preparando para aceptar el camino de la cruz como la única vía que nos lleva a la vida verdadera. Hoy el evangelista san Juan en el capítulo dos nos presenta a Jesús purificando el templo de Jerusalén con una actitud que inquieta y confunde a sus enemigos: “ Se hizo un látigo de cuerdas y expulsó a todos del templo, ovejas y bueyes; esparció las monedas de los que cambiaban dinero y volcó las mesas” (Juan 2: 15). Con la narración de este episodio el evangelista quiere dejar claro el origen mesiánico de Jesús que llama al templo, “la casa de mi Padre” (Juan 2:16).

Jesús quería hacer respetar el honor del templo de Dios. Convertir el templo en un mercado era deshonrar a Dios. La casa de Dios era un lugar destinado desde antiguo a la adoración, no para ganar dinero. Jesús quiere que “den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Marcos 11:17). Para los judíos, al querer purificar el templo, Jesús estaba dando a entender que era el Mesías. Por lo tanto, ellos le pidieron una señal que comprobara con qué autoridad hacia tal cosa. Sin una señal milagrosa no creerían que Jesús era el Mesías, no lo considerarían más que un subversivo del orden establecido.

La señal que Jesús les da, está relacionada con su muerte y su resurrección. Como la escena controversial que nos presenta el evangelista se desarrolla alrededor del templo de Jerusalén y en referencia a este, les dice: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré” (Juan 2: 19); pero los judíos no entendieron, consideraron la afirmación de Jesús como un absurdo, y contestan: “Cuarenta y seis años ha llevado la construcción de este santuario, y tú lo vas a levantar en tres días” (Juan 2: 20).

Todos estaban confundidos con la actitud de Jesús, en un momento trata de purificar el templo y al instante habla de destruirlo. Está claro que los judíos esperaban al Mesías de Dios, pero Jesús les parecía todo menos eso. Purificar el templo era una atribución del Mesías, pero tratar de destruirlo era propio de un bandido. El templo de Jerusalén era el centro de la vida y la religión de los judíos. Meterse con el templo era buscarse la muerte.

Los judíos no comprendieron eso de destruir el templo y probablemente tampoco los discípulos de Jesús lo entendieron hasta después de la resurrección; pero Juan nos lo explica diciendo que “él se refería al santuario de su cuerpo” (Juan 2:24); su cuerpo que sería destruido en la cruz, pero que a los tres días sería resucitado de entre los muertos. Esta resurrección seria la prueba final de que él era el Mesías, el Hijo de Dios.

Los judíos continuamente estaban pidiendo señales para poder creer que Jesús era el enviado del Padre. En la epístola que leemos hoy, Pablo “a través de una serie de contrastes audaces y contundentes nos acerca al misterio de Cristo crucificado: es un escándalo dice, para los judíos que esperan un Cristo triunfador. Es una locura para los griegos que buscan y apoyan la sabiduría. El misterio de la cruz solo puede expresarse ante los ojos de la sabiduría y la razón humanas como locura y debilidad de Dios, y precisamente por eso, es fuerza y sabiduría de Dios, para los creyentes” (Schokel, Luis Alonso, La Biblia de Nuestro Pueblo, Ediciones Mensajero, Bilbao, España, 2011, Pág. 2174).

Es verdad que Jesús hizo muchos milagros y “muchos creyeron en él por las señales que hacía” (Juan 2:23), pero el fin no era hacerse un líder famoso en este mundo para que muchos lo siguieran. No debemos acercarnos a Jesús buscando arrancarle algún milagro, el gran milagro es creer en él como el suficiente salvador, aun cuando parezca que todo está perdido o destruido.

Dice Walter Kasper que “los milagros jamás pueden constituir una prueba clara para la fe. La fe de los milagros no es una fe en los milagros, sino una confianza en la omnipotencia y providencia de Dios. El contenido propio de esta fe no son ciertos fenómenos extraordinarios, sino Dios. Por eso, lo que los milagros de Jesús dicen en definitiva, es que en Jesús Dios realiza su plan, que Dios actuó en él, para la salvación del hombre y del mundo” (Kasper Walter, Jesús, El Cristo, 11a edición, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2002, Pág. 164-11).

Nuestro acercamiento a Jesús debe ser una respuesta de amor. Él nos amó primero y se entregó a la muerte por nuestros pecados. Si así lo hacemos entonces tendremos una vida nueva, porque el amor engendra amor y solo el amor es digno de fe. Es posible que al principio nos acerquemos a Jesús egoístamente, buscando algún bien material, pero después de conocerlo y creer en él, tenemos que dejar las idolatrías de este mundo y seguirlo en espíritu y verdad.

La mejor forma para demostrar el amor al Señor es obedeciendo los mandamientos, porque Jesús dice: “Si alguien me ama guardará mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él. Quien no me ama no cumple mis palabras, y la palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió (Juan 14:23). Como el Padre me amó, así yo los he amado, permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, lo mismo que yo he cumplido los mandamientos de mi padre y permanezco en su amor” (Juan 15: 9-10).

Precisamente, la primera lectura nos habla de los mandamientos de Dios que fueron dados al pueblo de Israel por mediación de Moisés como parte importante de la alianza de Dios con Israel al que había sacado de la esclavitud en Egipto; eran las leyes que debían regir la vida de los israelitas como pueblo elegido, regir su relación con Dios y entre ellos como hermanos, hijos del mismo Padre.

Parte de los mandamientos hacen referencia directa a la relación con el Dios único, el Dios de la alianza: “No tendrás otros dioses…no te harás una imagen…no te postrarás ante ellos, ni les darás culto…no pronunciarás el nombre del Señor tu Dios en falso…”. La fe y el respeto al Dios único y verdadero, conlleva el respeto y amor a los hijos de Dios, creados a su propia imagen, de ahí, los demás mandamientos: honra a tu padre y a tu madre…no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio contra tu prójimo, no codiciarás los bienes de tu prójimo.

Ahora el pueblo rescatado de la esclavitud debe dar testimonio de su nueva vida escuchando la voz de Dios y cumpliendo los mandamientos, que no son una carga difícil de llevar, sino una ayuda para caminar en la presencia de Dios y obtener la verdadera liberación.

El salmo 19, es un cántico que engrandece y define la verdadera intención de la ley de Dios: “La ley del Señor es perfecta: devuelve el aliento; el precepto del Señor es verdadero: da sabiduría al ignorante; los mandatos del Señor son rectos: alegran el corazón; la instrucción del Señor es clara” (Salmo 19: 8-10).

El tiempo de cuaresma es una oportunidad que tenemos para revisar nuestras vidas a la luz de los mandamientos de Dios. Para ver si andamos en verdadera armonía con él, con el prójimo y con toda la creación. Hagamos un alto en el camino, escuchemos la voz del Señor que nos invita a seguirle con un corazón contrito: “Vengan a mi todos los que están trabajados y cargados, y yo los haré descansar. Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11: 28- 30).

 

El Rvdo. Ramón Betances pertenece a la Diócesis Episcopal de Atlanta; es vario en las misiones de San Benedicto en Smyrna, y El Buen Pastor en Austell, Ga.

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