2 Cuaresma (B) – 2015

1 de marzo de 2015

Génesis 22:1-14; Salmo 16:5-11Romanos 8:31-39Marcos 8:31-38.

Seguimos avanzando en este tiempo litúrgico de la cuaresma; ya entramos en la segunda semana. Mediante la meditación de la palabra de Dios y la práctica cristiana del ayuno, la oración y la caridad, nos preparamos para un encuentro profundo con el Cristo sufriente, y a la vez glorioso; y así, por él, con él y en él, podemos entender y vivir el misterio de su muerte en la cruz.

En un mundo materializado, como el que vivimos, donde se idolatra el placer, el poder y el dinero, es difícil y aterrador hablar de muerte, de sacrificio y de cruz; para muchos esto es desconcertante. “La muerte se constituye en enemigo número uno de la civilización moderna. Después de tanto presumir de progreso, descubrimos que en ese terreno no hemos avanzado un solo centímetro. Este radical fracaso de la civilización hace que el hombre contemporáneo prefiera no pensar en esa derrota que se sabe inevitable, y así es como huye de todo lo que le hable de muerte” (Martin Descalzo, José Luis, “Vida y misterio de Jesús de Nazaret, Tomo II, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1994, página 430).

Jesús, no teme hablar de la muerte, sabe que no hay una verdadera liberación hasta que no le perdemos el miedo a la muerte biológica y a la espiritual causada por el pecado que nos separa de Dios y de nuestros hermanos. Por eso, en evangelio que hemos proclamado hoy, no solo habla de la muerte y de la cruz, sino más bien Jesús habla de su propia muerte, y lo hace de una forma tan espontánea y serena que deja a todos sus interlocutores desconcertados, especialmente a Pedro.

Poco antes de este anuncio, Pedro había confesado que Jesús era el Mesías, el Cristo anunciado y esperado, pero la actitud que tomó ante las palabras de Jesús dieron a entender que aún no había conocido la profundidad del plan de Dios al enviar a su Hijo al mundo. El, al igual que los demás judíos, esperaba un mesías, un rey al estilo de este mundo; de ahí que cuando escuchó a Jesús decir, “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados y sufrir la muerte” (Marcos 8:31) , no lo podía entender ni aceptar.

En la actitud y las palabras de Pedro, Jesús descubre la actuación de Satanás, tentándole a abandonar el proyecto de Dios Padre. Jesús no se deja intimidar y a su vez reprende a su discípulo y amigo Pedro con estas palabras: “¡Aléjate de mi vista Satanás!, tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios” (Marcos 8:33).

Pedro no era Satanás, era un apóstol elegido, pero se estaba dejando usar de Satanás, y “cualquiera que negase la pasión muerte y resurrección de Jesús, se colocaba del lado de Satanás. Llamando a Pedro Satanás, Jesús considera como tentación la falsa visión sobre su mesianismo” (Brown Raymond E., Fitzmyer Joseph, Murphy Roland, “Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo, Ed. Verbo Divino, Navarra, España, 2004, pág. 44).

La actitud de Pedro hacia Jesús no era mala a simple vista, tal vez quería librarlo del sufrimiento, pero la consecuencia de tal actitud sería fatal, ya que apartaría a Jesús del proyecto salvífico de Dios Padre trazado desde antiguo.

También usted y yo, como seguidores de Jesús, podemos encontrar familias y amigos que nos aprecian, y quieren lo mejor para nosotros, pero cuando nos ven actuar en nombre de Jesús, denunciando el mal y el pecado en todas sus formas tratarán de interponerse para evitarnos sufrimientos y persecuciones, bajo múltiples y sutiles argumentos: “No te meta en eso, no te busques problema, tu no va a cambiar esas estructuras, etc.”. No debemos hacer caso a estas personas, porque a veces por no conocer los caminos de Jesucristo, que son diferentes a los nuestros, actúan condicionados por los criterios de este mundo, y Satanás los usa para apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor (Romanos 8:38). En circunstancias así hemos de decir, como los apóstoles cuando las autoridades judías querían prohibirles hablar en nombre de Jesús: “¿Juzguen ustedes si es correcto a los ojos de Dios que les obedezcamos a ustedes antes que a él? Júzguenlo. Nosotros, no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hechos 4: 19-20).

Es verdad que no debemos buscar el sufrimiento como masoquistas, pero si nos llega, por causa de Cristo, no debemos evitarlo, hemos de recibirlo con alegría. El sufrimiento y la persecución vendrán a todo aquel que siga a Jesucristo (II Timoteo 3:12). Cristo nos ofrece una corona de gloria, pero no hay corona sin cruz. En la primera carta de san Pedro leemos: “No se extrañen del incendio que ha estallado contra ustedes, como si fuera algo extraordinario; alégrense más bien, de compartir los sufrimientos de Cristo, y así, cuando se revele su gloria, ustedes también desbordarán de gozo y alegría” (I Pedro 4:12-13).

La invitación que Jesús nos hace a seguirle, es en absoluta libertad. Dice: “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Marcos 8:34). El aceptar o no esta invitación depende de nosotros, pero la consecuencia de una u otra opción es diferente, “porque el que quiera salvar su vida la perderá; quien la pierda por mí y por la Buena Noticia, la salvará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Qué precio pagará el hombre por ella? (Marcos 8:35-37). Todo el que niega a Jesucristo por las cosas de este mundo, riquezas materiales, prestigio, perderá la vida verdadera; pero si por la fe somos capaces de renunciar al orgullo y a las vanidades del mundo tendremos la vida que no se acaba.

La primera lectura del libro del Génesis nos ofrece el ejemplo de fe de Abrahán, a quien Dios se le aparece en el ocaso de su vida haciéndole una promesa, que estaría condicionada por una alianza y al final sería signo de bendición. “Mantendré mi alianza contigo y futuras generaciones como alianza perpetua. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Dios dijo a Abrahán: Saray, tu mujer, ya no se llamará Saray, sino Sara. La bendeciré y te dará un hijo y lo bendeciré; de ella nacerán pueblos y reyes de naciones” (Génesis 17,15-16). Abrahán tuvo una fe profunda, no solo creyó en Dios, sino que le creyó a Dios contra toda esperanza; aunque tenía motivos suficientes para no hacerlo: era viejo, su mujer también y estéril. Salir de su tierra, dejar una vida sedentaria para lanzarse a una aventura no es fácil a su edad, cuando Dios interviene en su vida. La fe de este hombre fue probada en múltiples ocasiones, mientras esperaba el cumplimiento de la promesa, pero él mantuvo una confianza absoluta en el Dios que le llamaba, y por ese Dios estuvo siempre dispuesto a sacrificarlo todo, incluso al hijo de la promesa (Génesis 22: 1-14).

El apóstol Pablo, en la epístola a los romanos, ve en la fe de Abrahán el prototipo de la fe cristiana. Esta fe trae consigo la justificación y el ver manifestado en nuestras vidas el poder de Dios, que da vida a los muertos y que puede hacer de lo imposible, lo posible. La intención del apóstol Pablo, es poner el tema de la resurrección de Jesucristo el centro de nuestra fe. Porque, “cuando dice la Escritura que Dios tuvo en cuenta la fe de Abrahán, no se escribió solo por él, sino también por nosotros, que tenemos fe en el que resucitó de la muerte a Jesús, Señor nuestro, que se entregó por nuestros pecados y resucitó para hacernos justos” (Romanos 4: 23-25).

La cuaresma es un tiempo privilegiado que Dios nos ofrece a través de la Iglesia, para escuchar su voz y seguirle sin renunciar al escándalo de la cruz. El llamado está hecho: “Sígueme, dice el Señor, sacrifícame tu Isaac, sal de tu tierra”. Si así lo hacemos, seremos bendecidos. Dios nos devolverá, con abundancia en el cielo, cualquier pérdida que hayamos tenido en este mundo por causa del evangelio.

 

— El Rvdo. Ramón Betances pertenece a la Diócesis Episcopal de Atlanta, pastorea las misiones hispanas de San Benedicto (Smyrna, Ga.) y El Buen Pastor (Austell, Ga., y es oriundo de la República Dominicana.

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